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San Ignacio, en el Preámbulo para hacer elección, dice que, “en toda buena elección […] el ojo de nuestra intención debe ser simple (¡no bizco!), solamente mirando para lo que soy creado; es a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi ánima; y así, cualquier cosa que yo eligiere, debe ser la que me ayude para el fin para que soy creado…” (EE 169), que es la gloria y servicio de Dios y, consiguientemente, mi salvación (EE 23).J

1. Debemos tener siempre este “ojo de nuestra intención simple”, elijamos o no, y por eso conviene renovarlo. Por ejemplo, al comienzo de cada día; también con frecuencia durante el día.

Es una de las cosas más encomendadas y repetidas en las

Constituciones de la Compañía de Jesús, que nos dicen

debemos procurar tener la intención recta en todas nues- tras obras, buscando en ellas siempre la voluntad de Dios y su gloria.

Dice san Ignacio, por ejemplo, que “todos se esfuercen de tener la intención recta, no solamente acerca del estado de su vida, pero aun de todas las cosas particulares, siempre pretendiendo en ellas puramente el servir y complacer a la divina Bondad por sí misma y por el amor y beneficios tan singulares en que nos previno, más que por el temor de penas ni esperanza de premios, aunque de esto deben también ayudarse” (Constituciones, 288).

1.1. Hay muchas maneras de buscar y servir a Dios nuestro Señor. Y la primera es servirlo por temor de las penas que merecemos por las veces que no cumplimos con su volun- tad: no digamos la que se expresa bajo la pena de pecado mortal —y, por consiguiente, del infierno— en los manda- mientos de la ley de Dios; sino la que se expresa en sus “consejos” y bajo pena de imperfección o la que —por la pequeñez de la materia o inadvertencia— implica cometer un pecado venial y merecer la pena consiguiente, pequeña o grande, según la materia o la advertencia y deliberada voluntad.

Este temor servil es bueno y es un don de Dios, porque, “donde otra cosa mejor o más útil el hombre no alcance, ayuda mucho” (EE 370); más aun, hay que pedirlo, “para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de la pena me ayude para no venir en pecado” (EE 65, 2o preámbulo).

1.2. La segunda manera de buscar y servir a Dios nuestro Señor es hacerlo por el premio que esperamos de la gloria; es buena manera y mejor que la primera.

1.3. Bueno es todo esto y así nos podemos ayudar en sus momentos de lo uno o de lo otro. Pero quiere san Ignacio que pasemos más adelante, que levantemos más el corazón y que tengamos más altos los pensamientos: como dice san Pablo, “aspirad a los carismas superiores…” (1 Cor 12, 31). Esto es, en este caso, buscar y servir a Dios por Dios y pu- ramente por sí mismo, por su infinita bondad, por ser Dios quien es, que es el mayor de todos los títulos.

Hay mucha diferencia entre el servir del esclavo, el servir del criado y el servir del hijo. Porque el esclavo sirve a su señor por temor del castigo y del azote. El criado sirve a su amo por la paga y galardón que espera de él y, si anda di- ligente en servirlo, es porque de esa manera piensa medrar y que le hará mercedes. Pero el hijo sirve a su padre por amor y tiene mucha cuenta de no ofenderlo, no por temor del castigo —no lo teme cuando ya es grande— ni por lo espera haber de él, sino por puro amor.

Y así el buen hijo, aunque su padre sea pobre y no tenga nada que dejarle, lo sirve y honra, porque lo merece por ser su padre y el darle contento tiene por suficiente premio de su servicio y trabajo.

Pues así debemos nosotros servir a Dios, no por temor del castigo, como el esclavo, ni poniendo los ojos principal- mente en la paga y galardón que esperamos, como criados mercenarios y jornaleros, sino como hijos verdaderos, porque nos ha hecho Dios esta gracia, que no sólo nos digamos sus hijos, sino que lo seamos (1 Jn 3, 1).

Pues si somos hijos de Dios, amemos y sirvamos a Dios como hijos y honrémoslo como Padre; y como a tal Padre, por puro amor, por dar contento a nuestro Padre celestial, porque lo merece él por ser quien es, por su sola infinita bondad.

2. En esta rectitud de intención hay tres grados, por los cuales puede uno ir creciendo.

2.1. El primero es cuando uno solamente pretende y busca la gloria de Dios, de manera que en las cosas que hace todo su contento es en Dios y que está allí cumpliendo y ha- ciendo la voluntad de Dios, olvidado de este mundo. Como dice san Ignacio, “apartando, cuanto es posible, de sí el amor de todas las creaturas, por ponerle

en el Creador de ellas, a él en todas amando y a todas en él, conforme a su santísima y divina voluntad” (Constitucio- nes, 288).

Como dice san Agustín: “Menos te ama, Señor, aquel que ama juntamente otra cosa, la cual no ama por ti” (Confe- siones, Libro X, cap. 29).

2.2. El segundo grado puede ser cuando uno no solamente está olvidado de todas las cosas exteriores, sino también de sí mismo, no amándose a sí mismo, sino en Dios y por Dios y para Dios.

Hemos de estar tan olvidados de nosotros y de todo nues- tro provecho e interés y amar tan pura y perfectamente a Dios, que en los bienes que de su mano recibiéremos, así gracia como de gloria, todo nuestro contento y regocijo no por nuestro bien y provecho, sino porque en aquello se cumpla la voluntad y contento de Dios, como lo hacen los bienaventurados en el cielo, donde más se alegran en el

cumplimiento de la voluntad de Dios y están tan transfor- mados en él y tan unidos con su voluntad, que la gloria que tienen y la buena suerte que les cupo no la quieren tanto por el bien y provecho que a ellos les viene ni por el con- tento que reciben, como porque huelga Dios en ello y es aquella su voluntad.

2.3. El tercer y último grado de amor de Dios es cuando uno está tan olvidado de sí, que no mira ya en lo que hace si se agrada Dios de mí, sino en agradar y contentar yo a Dios.

Decía el beato Fabro:

“Yo siempre he andado a buscar revestirme de devoción y de otros cualesquiera aderezos con que pudiese atraerlos a ellos —es decir, a Dios y a sus santos— hacia mí y hacerme amable a ellos y agradable; pero no he buscado cómo ir hacia ellos, atraído por ellos, lo cual sería muy fácil, dado que podía contemplar los bienes que en sí tienen y con los cuales son en sí tan amables y agradables.”

Y continúa diciendo:

“Denme el Padre todopoderoso y el Hijo y el Espíritu gracia para que sepa y pueda y quiera procurar y pedir a mismo tiempo dos cosas: a saber, ser amado de Dios y de sus santos, y amar a Dios y a sus santos. De aquí en ade- lante más cuidado he de poner en lo que es mejor y más generoso y que yo menos he hecho, es a saber, más querer amar que ser amado. Y por eso he de buscar con más dili- gencia aquellas señales que me puedan mostrar que amo, que no las que muestran que soy amado. Y estas señales serán los trabajos por Cristo y por el prójimo, conforme a aquello que dijo Cristo a san Pedro: ¿Mc amas más que estos? Apacienta mis ovejas. Atiende, pues, a ser primero Pedro, para que después seas Juan, el cual es más amado. Hasta ahora has querido ser primero Juan y luego Pedro. Hasta ahora he andado yo muy solícito en procurar aque- llos sentimientos de los cuales se puede tomar Indicio de ser uno amado de Dios y de sus santos, pues lo que más queria entender era cómo se habían respecto de mí. Y esto no es malo, antes es lo primero que ocurre a los que cami- nan hacia Dios: o, por decirlo mejor, tratan de hacerse a Dios propicio…

Solemos, pues, no procediendo mal, en los principios de nuestro vivir bien, andar principalmente solícitos de con- tentar a Dios en nosotros mismos… Hay, sin embargo, cierto tiempo —cuál sea, sola la unción del Espiritu Santo a cada uno de los que van rectamente aprovechando se lo enseña—, en el que se nos concede y se nos exige que no queramos ni procuremos tan principal y primariamente amados de Dios, sino que nuestro principal empeño debe ser amarle a él y que se lo mostremos, como dice EE 230, que „el amor se ha de poner más en las obras…‟); esto es, que no andemos averiguando cómo se ha respecto de no- sotros, sino cómo se ha él en si mismo y en las otras cosas, y qué es lo que en las cosas le agrada o desagrada a él…” (Memorial, 197 ss.)

3. Lo contrario a la rectitud de intención es el hacer nues- tras obras por vanagloria o por otros respectos humanos (por contentar, por ejemplo, a los que nos ven).

La vanagloria es, según toda la tradición, un ladrón muy sutil que suele tratar de asaltarnos y robarnos todas las obras buenas: entra tan oculta y disimuladamente que, muchas veces, antes de que sea sentido y conocido, nos ha robado y despojado.

Dice san Gregorio que la vanagloria es como un ladrón disimulado que se junta con un caminante, fingiendo que va el mismo camino; y después, cuando está más descui- dado y seguro, le roba y lo mata.

Pero notemos que, en este pecado capital, “una cosa es sentir y otra consentir”: no está mal en que nos venga un pensamiento de vanagloria después de haber obrado, sino el consentir en él.

Debemos tener en cuenta el consejo que nos da san Ignacio en la última regla “para sentir y entender escrúpulos…”. Dice así:

“Cuando la tal ánima buena quiere hablar u obrar alguna cosa dentro de la Iglesia… que sea en gloria de Dios Señor, y le viene un pensamiento de fuera para que ni ha- ble ni obre aquella cosa, trayéndole razones aparentes de vanagloria o de otra cosa, etc.; entonces debe alzar el en- tendimiento a su Creador y Señor; y si ve que es su debido servicio, o a lo menos no contra, debe hacer diametral- mente contra la tal tentación, según aquello de Bernardo que respondió: ni por ti lo comencé, ni por ti lo terminaré” (EE 351).

4. Hay otra señal de no tener rectitud de intención y es el recibir tristeza cuando se ve a otro progresar en la perfec- ción o tener éxito en su apostolado con los prójimos. Es la envidia, que no le permite a uno gozarse del bien que se da o se realiza por medio de otro.

TERCERA PARTE. LA ORACIÓN EN LA

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