UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTELA FACULTAD DE PSICOLOGÍA
Máster Universitario en Psicología del Trabajo y las
Organizaciones, Psicología Jurídico-Forense y de la Intervención Social
Delimitación y análisis de la violencia filio-parental: variables relacionadas, modelos explicativos y una propuesta de intervención
Trabajo Fin de Máster Curso académico: 2013/2014 AUTORA: Raquel Gallego González
Francisca Fariña Rivera, Catedrática de Psicología Jurídica del Menor de la Universidad de Vigo y profesora del Máster Universitario en Psicología del Trabajo y las Organizaciones, Psicología Jurídico-Forense y de la Intervención Social (PTOJFIS) de la Universidad de Santiago de Compostela,
INFORMA favorablemente sobre el Trabajo Fin de Máster “Delimitación y análisis de la violencia filio-parental: variables relacionadas, modelos explicativos y una propuesta de intervención” realizado por la alumna Raquel Gallego González en el marco del citado Máster Universitario en PTOJFIS (curso 2013/2014), y hace constar que reúne todos los requisitos y condiciones para su presentación y defensa pública.
Y para que así conste, firmo el presente documento
En Santiago de Compostela a ---de 2014
Dr. ___________________ ____________________
Resumen
En el presente trabajo realizamos un acercamiento al fenómeno de la violencia filio-parental, esto es, de la violencia direccionada de hijos a padres partiendo de la necesidad de profundizar en el conocimiento de esta problemática, cuya incidencia ha incrementado de forma significativa en los últimos años, y que en muchos casos permanece oculta. Partimos de los datos obtenidos de la Fiscalía General del Estado que recogen las denuncias interpuestas por padres a sus hijos, confirmando estos la tendencia al aumento de esta problemática social en estos últimos años, lo que pone de manifiesto la necesidad de hacer frente a esta problemática social, que acecha a los hogares españoles.
La revisión de la literatura existente sobre el tema, nos ha permitido avanzar hacia una definición, aunque se haya evidenciado la falta de consenso existente dentro de la comunidad científica. Así mismo exponemos los principales modelos explicativos propuestos por diferentes autores, así como los factores que pueden explicar el inicio y mantenimiento de esta forma de violencia intrafamiliar, tanto a nivel familiar como a nivel familiar. Por otro lado, realizamos una breve reseña sobre la situación legal del menor, cuando alcanza el sistema judicial, atendiendo, de manera particular, a las medidas que los jueces pueden imponer a los menores que ejercen violencia filio-parental.
También se formulan algunas consideraciones finales que nos permiten relacionar este tema con nuestra disciplina, particularmente, sobre la importancia de la prevención e intervención, apelando a la necesidad de contar con más investigaciones en este campo, y teniendo siempre presente como objetivo el bienestar y el interés superior del menor.
En la segunda parte del trabajo se desarrolla una propuesta de intervención dirigida a aquellas familias que presenten dicha problemática, derivadas del sistema de justicia o de los servicios sociales. Previamente, se ha llevado a cabo una revisión de los programas existentes en el ámbito con el objeto de averiguar cuáles son aquellas características más exitosas y contenidos más apropiados para la erradicación del comportamiento violento ascendente. En esta revisión previa, también se han tenido en cuenta los principios inspiradores de la LO 5/2000, reguladora de la responsabilidad legal de los menores, desprendiéndose de la misma una serie de directrices que es necesario tener en cuenta al movernos en el ámbito de la justicia juvenil.
La intervención ha sido diseña distinguiendo tres niveles; en primer lugar, los menores, protagonistas de las conductas de maltrato familiar, en segundo lugar, los progenitores, víctimas directas de los comportamientos violentos, y por último, una intervención conjunta, esto es, menores y padres.
Los contenidos a tratar han sido distribuidos en bloques temáticos a los que se les dedicará un número de horas determinadas, estimadas tras un análisis profundo, tanto de la problemática como de las personas que conformar el objeto de intervención. Para la exposición de los contenidos se llevarán a cabo sesiones de carácter grupal, tanto con los progenitores como con los menores, acompañadas estas de un número concreto de sesiones individuales en las que se indagará sobre los avances y las dificultades a nivel particular.
El programa ha sido cuidadosamente elaborado y cuenta con todas las especificaciones y descripciones necesarias para llevar a cabo la implantación inmediata del mismo.
Palabras clave:
Índice
Resumen 3
Índice 5
Introducción 8
Capítulo 1: Delimitación y análisis de la violencia filio-parental:variables
relacionadas y modelos explicativos 11
1 Violencia filio-parental 11
1.1 Delimitación conceptual 11
1.1.1 Avanzando hacia una definición 11
1.1.2 Tipología de la violencia filio-parental 15
1.2 Modelos explicativos 19
1.3 Factores de riesgo y de protección 24
1.3.1 Factores familiares 25
1.3.1.1 Nivel socioeconómico 25
1.3.1.2 Estructura familiar 26
1.3.1.3 Dinámica familiar 29
1.3.2.1 Género 33
1.3.2.2 Edad 35
1.3.2.3 Trastornos clínicos y consumo de sustancias 36
1.3.2.4 Rasgos de personalidad 37
1.3.2.5 Contexto socioeducativo 37
2 Situación legal del menor 39
3 Buenas prácticas en la intervención con menores 45
Capítulo 2: Propuesta de intervención 51
2.1 Desarrollo del plan del programa 52
2.1.1 Objetivos 52
2.1.2 Población destinataria 53
2.1.3 Composición equipo técnico 53
2.1.4 Temporalización 54
2.1.5 Protocolo de acceso al programa 54
2.1.6 Propuesta de intervención 60 2.1.6.1 Intervención progenitores 60 2.1.6.1.1 Contenidos 61 2.1.6.2 Intervención menores 63 2.1.6.2.1 Contenidos 64 2.1.6.3 Intervención conjunta 69
2.1.7 Evaluación programa de intervención 70
2.1.7.1 Evaluación estratégica 70
2.1.7.2 Evaluación táctica 70
2.1.7.3 Evaluación operativa 71
2.1.7.4 Seguimiento 74
Conclusiones 76
Referencias bibliográficas 78
Índice de gráficos 86
Índice de tablas 87
Introducción
La violencia es una lacra que acosa a la sociedad desde tiempos lejanos, manifestándose de diversas formas. La disolución de valores, de sentimientos altruistas y de emociones positivas sitúa a la comunidad y a la familia en la clínica de la emergencia, donde el operador del ámbito jurídico es convocado como una salida a conflictos familiares y hechos que requieren un límite legal. En el presente trabajo, nos centraremos en el análisis de la violencia doméstica, y más concretamente en la ejercida por los descendientes, haciendo un llamamiento a la responsabilidad social, como llave maestra para erradicar este mal. Asimismo, nos centraremos en la intervención, con la propuesta de un programa.
Revisando la literatura científica existente sobre la violencia filio-parental, nos encontramos con que se trata de una de las dimensiones menos estudiadas de la violencia doméstica, pero dado el incremento que esta ha tenido en los últimos años, está suscitando alto interés y convirtiéndose en un campo de estudios emergentes.
Debemos comprender que a pesar del reciente interés en el fenómeno, no se trata de un problema social nuevo, este tipo de violencia familiar parece haber existido desde siempre, aunque apenas salía a la luz y, de un modo genérico, se asociaba a la presencia de psicopatología en el agresor, como por ejemplo trastornos delirante, deficiencia mental, autismo, síndrome de abstinencia y rasgos de personalidad antisociales (Suárez, 2012).
Hoy en día existe constancia de la existencia del fenómeno, algo que se ve reflejado en los ámbitos relacionados con su abordaje como el legal, el sanitario y el académico, considerándose un tercer tipo de violencia familiar junto con la paterno-filial y la violencia conyugal (Pereira y Bertino, 2009).
Cottrell y Monk (2004), han realizado varios estudios sobre la extensión y características de este fenómeno. Atendiendo a los resultados de los mismos, encontramos que entre el 9% y el 14% de los padres han sufrido, en alguna ocasión, agresiones por parte de sus hijos adolescentes.
En EE.UU., los datos nos informan de una incidencia de entre el 7% y el 18% en hogares de dos progenitores, produciéndose un incremento de la cifra hasta el 29% en casos de familias monoparentales. Por su parte, los datos recogidos en España aportan un porcentaje del 7,2%, mientras que en Francia un 0,6%.
La discordancia entre la cifras puede deberse a variaciones metodológicas y culturales, sobre todo si prestamos atención a las diferencias existentes entre los datos americanos y europeos.
Si acudimos a los datos de la Fiscalía General del Estado (Memoria de la Fiscalía 2012), observamos como en Galicia las denuncias interpuestas por padres a sus descendientes alcanzan cifras significativamente altas, poniendo en evidencia la necesidad de abordar la problemática (véase gráfico 1).
Gráfico 1. Datos tomados de la Fiscalía de la Comunidad Autónoma de Galicia (2012)
Como la mayoría de la violencia doméstica, sólo podemos aproximarnos a un determinado número de casos, aquellos que se han hecho visibles mediante la interposición de una denuncia o la apertura de un expediente, pero debemos ser prudentes y considerar que habrá un porcentaje de casos que permanezcan ocultos, algo que nos debe impulsar a avanzar en el estudio de esta problemática, para lograr traspasar más barreras y poder contribuir a prevenirla identificando factores de riesgo, y posibilitando la intervención.
Cómo ya se ha avanzado, el presente trabajo se esquematiza en dos partes: la primera, cuyo objetivo principal es el de conceptualizar el fenómeno, identificando los principales modelos explicativos que posibilitan la comprensión de las causas de su existencia y el análisis de las variables relevantes con la problemática; y la segunda parte se centra en la propuesta de un programa de intervención.
CAPÍTULO 1: DELIMITACIÓN Y ANÁLISIS DE LA VIOLENCIA FILIO-PARENTAL: VARIABLES RELACIONADAS Y MODELOS EXPLICATIVOS
1 Violencia filio-parental
En el presente apartado nos centraremos en el análisis del conocimiento existente sobre esta tipología de violencia doméstica.
1.1 Delimitación conceptual
1.1.1 Avanzando hacia una definición
Antes de profundizar en la violencia filio-parental, creemos conveniente analizar el contexto en el que se enmarca este tipo de violencia, es decir, violencia familiar o violencia doméstica. Si revisamos la bibliografía sobre el tema, nos encontramos con multitud de definiciones y una generalizada falta de consenso dentro de la comunidad científica debido a la dificultad de establecer criterios límites para clasificar los comportamientos aceptables y los abusivos en la adolescencia.
Dentro del conjunto de definiciones, destacamos la del Consejo de Europa (1987), que señala que la violencia familiar es todo acto u omisión sobrevenido en el marco familiar por obra de uno de sus componentes que atente contra la vida, la integridad corporal o psíquica, o la libertad de otro componente de la misma familia, o que amenace gravemente el desarrollo de su personalidad.
En la misma dirección apuntamos la definición de Echeburúa (2003), que establece que la violencia familiar se refiere a las agresiones físicas, psíquicas, sexuales o de otra índole, llevadas a cabo reiteradamente por parte de un familiar, y que causan daño físico y/o psicológico y vulnera la libertad de otra persona.
Actualmente, la investigación en este ámbito (Aroca, 2010; Echeburúa, Odriozola y de Corral, 1998; Garrido, Redondo y Stangeland, 2006) señala las siguientes características referidas a la violencia familiar:
a) Puede darse en cualquier nivel cultural, económico, social y étnico.
b) El maltrato puede ejercerlo cualquier miembro de la familia y perpetrarlo contra cualquiera de los integrantes que la componen.
c) Encontramos una serie de variables asociadas a la violencia familiar como la edad y el género de la víctima, siendo más vulnerables las mujeres, los niños y los ancianos. Exceptuamos la dimensión de violencia filioparental que no cumpliría esta característica al ser los propios descendientes los que ejercen la violencia contra las figuras ascendientes.
d) Los agresores tienen con sus víctimas lazos biológicos o civiles, económicos, afectivos y de convivencia.
e) La víctima vive en una situación de amenaza que puede hacerle temer por su seguridad personal de forma constante e imprevisible, generada por un sujeto con el que mantiene un vínculo biológico o civil, económico, afectivo y de convivencia, que en algunos casos es necesaria y obligatoria.
f) Con el paso del tiempo, la víctima tiene más temores, sufre un proceso de despersonalización y de dependencia, desarrolla sentimientos de culpabilidad, baja autoestima, de impotencia, pasividad o bloqueo ante el maltrato.
g) En algunos casos la víctima está expuesta y sometida a una violencia reiterada, intencional, a lo largo del tiempo, intermitente y cada vez más violenta, intercalada, en muchos casos, con periodos de arrepentimiento y muestras de afecto de su agresor, que le provoca cuadros graves de ansiedad y respuesta de alerta constante.
En general, podemos señalar que el término de violencia familiar hace referencia a diferentes víctimas y victimarios, al poder darse entre y hacia cualquiera de sus miembros, y señalamos que es habitual encontrar que la víctima se encuentre en una situación de dependencia del agresor (niños, ancianos y mujeres); sin embargo, en el caso de la violencia
filio parental, esta idea se invierte dado que es el menor de edad, dependiente de la unidad familiar, el que ejerce la violencia hacia sus ascendientes.
Disponemos de pocas definiciones de violencia filio-parental, pero esto no sería un indicador de una aparición reciente del fenómeno, sino que es posible hallar conceptualizaciones de la problemática de la década de los setenta y ochenta, como la señalada por Harbin y Madden (1979), quienes la definieron como ataques físicos o amenazas verbales y no verbales o daño físico, haciendo referencia al síndrome de los progenitores maltratados. Destacamos también en la misma línea, la propuesta de Straus (1979) que añadió a la conceptualización anterior, comportamientos como morder, golpear, empujar, arañar lanzar objetos, maltrato verbal y amenazas.
Por su parte Laurent, Derry y Wilson (1999), conceptualizaron el fenómeno como una agresión física repetida a lo largo del tiempo, realizada por el menor hacia los progenitores.
Si seguimos la línea del tiempo, nos encontramos con definiciones más elaboradas que categorizan este tipo de violencia en cuatro apartados similares a los utilizados en otras modalidades de violencia doméstica. Así nos encontramos a Cottrell (2001) que define este tipo de violencia como cualquier acto de los hijos que provoque miedo en los padres y que tenga como objetivo hacer daño a éstos, distinguiendo diferente dimensiones.
En primer lugar nos encontraríamos con el maltrato físico que incluiría actos violentos ya señalados por Straus (1979), como pegar, morder, empujar, lanzar objetos, entre otros.
La siguiente dimensión hace alusión al maltrato psicológico, constituido por comportamientos intimidatorios y atemorizados hacia los padres.
El maltrato emocional constituiría la tercera dimensión e implica la realización de demandas irrealistas, mentir, fugarse de casa, engañar maliciosamente a los padres haciéndoles creer que se están volviendo locos y chantajes emocionales.
Por último, Cottrell (2001) distingue el maltrato económico, entre cuyos comportamientos se observaría el robo de dinero y pertenencias, su venta, la destrucción de bienes y la compra de cosas que no se pueden permitir.
También encontramos otras aproximaciones al fenómeno como la establecida por Paterson, Luntz, Perlesz y Cotton (2002), quienes consideran que para que el comportamiento de un miembro de la unidad familiar sea considerado violento, es necesario que los otros de familia se sientan amenazados, intimidados y controlados.
Aproximándonos a las conceptualizaciones teóricas del fenómeno dentro del ámbito nacional, encontramos que la variabilidad dentro de las definiciones también está presente, en concordancia con lo expuesto anteriormente.
Por su parte, Garrido (2005) identifica el “Síndrome del emperador” entendido como:
“Cuando un niño que debería ser feliz y hacer feliz a sus padres se convierte en el símbolo de una falta de tolerancia de la frustración que parece cada vez más dominante en nuestra sociedad. Este joven quiere hacer las cosas como él quiere, y lo quiere ahora, y no le arredra la conciencia a la hora de ser violento” (p.19)
El término “hijos tiranos”, fue acuñado por Urra (2006) para hacer referencia a “la persona que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, y también, simplemente, como el que impone ese poder o superioridad en grado extraordinario”(p. 15).
Otra definición es planteada por Pereira (2006) quien la conceptualizó como las conductas reiteradas de violencia física, entre las que se incluyen actos como agresiones, golpes, empujones o arrojar objetos; de violencia verbal, como insultos repetidos o amenazas; de violencia no verbal, mediante gestos amenazadores o ruptura de objetos apreciados por ejemplo, dirigida a los padres o a los adultos que ocupan su lugar. De esta definición quedan excluidos los casos aislados relacionados con el consumo de tóxicos, psicopatologías graves, deficiencia verbal y parricidio.
Posteriormente, Aroca (2010) define la violencia filio-parental como “aquella en la que el hijo/a actúa de manera intencional y conscientemente con el deseo de causar daño, prejuicio y/o sufrimiento a sus progenitores, de forma reiterada a lo largo del tiempo, y con el fin inmediato de obtener poder, control y dominio sobre sus víctimas para conseguir lo que desea, por medio de la violencia psicológica, económica y/o física “(p. 136). Podemos destacar de esta conceptualización del fenómeno la dimensión reiterativa así como la intencionalidad, aspectos no recogidos por otras definiciones (Cottrell 2001; Pereira 2006)
En definitiva, en la violencia filio parental los hijos mantienen una conducta constante de violencia, incluyendo periodos en los cuales, los progenitores suavizan sus actitudes y desisten de su vilipendiada jerarquía parental; además el maltrato que ejerce el hijo se incrementa con el transcurso del tiempo en intensidad, frecuencia y tipos de violencia que cada vez son más contundentes (Aroca, 2010; Eckstein, 2004)
1.1.2. Tipología de la violencia filio-parental
En este apartado haremos referencia a las diferentes manifestaciones que la conducta violenta de nuestros menores puede tener. Distinguiremos principalmente cuatro categorías, empezando por la violencia física. Dentro de los comportamientos que se considerarían propios de la categoría, encontramos múltiples estudios con variados resultados, señalando, en primer lugar atendiendo al criterio de orden cronológica, el realizado por Livingston (1986) quien encontró un 79,5% de empujones, un 59% de golpes con la mano abierta y un 66% de patadas o lanzamiento de objetos.
En relación con el lanzamiento de objetos, destacamos los datos aportados por Robinson (2004) y Evans y Warren-Sohlberg (1988) quienes concluyeron que en torno a un 5% de los menores empleaba este tipo de manifestación.
También se incluirían en esta dimensión los comportamientos relacionados con la violencia material relacionada con la destrucción de la propiedad. Ibabe et al. (2009) encontraron en sus estudios un porcentaje del 3% de violencia material, incrementándose este dato al 57% en el estudio realizado por Haw (2010).
Por otra parte, el maltrato económico, a pesar de no contar con una operativización esclarecedora de los comportamientos que la definirían, representa un porcentaje del 57% en el mencionado estudio de Haw (2010) y 35,3% en el estudio de Rechea y Cuervo (2010).
Consideramos necesario mencionar el reciente estudio llevado a cabo por Calvete, Orue y Sampedro (2011), por su gran aportación sobre la tipología de las conductas así como también sobre la frecuencia y gravedad de las mismas. Este estudio se enmarca dentro del territorio español, por lo que la muestra empleada supone un análisis muy específico de la problemática en la población nacional. En la tabla 1 se muestran los resultados obtenidos por estos autores.
A veces A menudo
¿Has gritado a tus padres? 59% 6,8%
¿Has insultado o dicho palabrotas a tu padre o madre? 21,1% 2,5% ¿Amenazaste con pegas a tus padres aunque no llegaste a
hacerlo?
4,1% 0,4%
¿Abofeaste a tu padre o madre? 2% 0,5%
¿Golpeaste a tu padre o a tu madre con algo que podía hacer daño?
1% 0,6%
¿Diste una patada o puñetazo a tu padre o madre? 2,2% 0,6%
Tabla 1. Resultados estudios Calvete, Orue y Sampedro (2011)
Como podemos observar al analizar la tabla 1, la violencia verbal es la más frecuente y reiterativa, mientras que la violencia física es la menos común y repetida, aunque no debemos obviar la gravedad de la presencia de resultados positivos en esta categoría.
En la misma dirección transcurren los hallazgos de Gámez- Guadix (2011), quién ofrece una visión en función del género, tanto de las víctimas como de los agresores, (véase tabla 2)
Tipo de abuso
Hombres Mujeres
Padres Madres Padres Madres
Gritaste a tus padres
52,8% 65,5% 58,1% 69%
Insultaste o dijiste palabrotas a tus padres
33,8% 37,6% 29,7% 35,6%
Amenazaste con golpear a tus padres pero no lo hiciste
4,4% 6,5% 2,4% 4,1%
Agresión Verbal Total 57% 68% 60,1% 70,9%
Tú bofeteaste o golpeaste a tus padres 2,5% 2,8% 1,4% 1,4% Pegaste a tus padres con alfo que podía
dolerles
1,6% 0,9% 0,4% 0,3%
Diste una patada o mordiste a tus padres
2,5% 2,2% 2,4% 2,5%
Agresión física total 4% 4,4% 3,5% 3,1%
Tabla 2. Resultados estudio Gámez- Guadix (2011)
En la línea de los resultados del estudio expuesto previamente, la violencia verbal conforma el comportamiento violento más frecuente, frente a la violencia física, en donde observamos que las conductas más comunes serían las bofetadas, los golpes o patadas y las mordeduras.
Como vemos, en este ámbito también es posible hallar desacuerdos que se manifiestan en la variabilidad de los datos. Gallagher (2008), propone como una de las causa de la discrepancia, la influencia de los factores emocionales tales como la vergüenza, la culpa y la humillación, que influyen a la hora de describir la problemática por parte de los progenitores, constituyendo un sesgo en la información.
Es posible identificar una secuencia de desencadenamiento de la conducta violenta. Así tal y como señalan Pereira y Bertino (2009) puede resultar de la dinámica familiar propia
de la familia, como una forma de sobrevivir o de descargar las tensiones generadas por los conflictos.
Estos autores señalan además que es posible que en otros casos la violencia aparezca como una vía de escape ante una fusión emocional, víctima/agresor, de modo que el hijo intenta alejarse y el progenitor bloquea tal intento, produciéndose la manifestación de la conducta violenta, como método para alcanzar la autonomía ansiada por el menor. La secuencia de acción que nos proponen Pereira y Bertino (2009) comenzaría con el desacuerdo entre ambas partes, progenitor-menor, normalmente sobre el establecimiento de alguna norma o sobre el ejercicio de la autoridad. A continuación, tendría lugar una discusión, existiendo entre los participantes un nivel de igualdad, que con facilidad conlleva a una escalada simétrica, como analizaremos más tarde. Alguno de los presentes en la discusión, adopta un comportamiento evitativo y trata de retirarse sin haberse resuelto el conflicto, normalmente suele ser el hijo el que opte por este tipo de afrontamiento.
Tras la conducta evitativa, con frecuencia el progenitor persigue e incluso acosa al menor, tratando de evitar la retirada. Como consecuencia de este bloqueo de la salida del conflicto, los niveles de tensión van incrementándose hasta llegar a reacciones violentas del acosado para poner punto y final a la tensión sostenida.
Estos autores también apuntan que es muy frecuente que, tras el episodio violento recién expuesto, sobrevenga un estado de relajación en el cual es posible reconstruir la relación.
Es conveniente analizar la reacción que se suscita en los progenitores ante la violencia ejercida por sus hijos. Podemos identificar dos tipos de evolución, la simétrica o la complementaria.
Cuando los padres optan por responder de una manera hostil, dura y violenta al comportamiento del menor, la violencia filio-parental tendrá una evolución simétrica. El progenitor tratará de imponerse ante el menor empleando las mismas tácticas violentas que éste y generando, por lo tanto, un aumento en la respuesta violenta. Lo que se va produciendo es un incremento progresivo de la hostilidad por ambas partes, que actúan con la convicción de que se trata de un acto de defensa propia.
Por otro lado, si los progenitores optan por una respuesta que puede ser considerada blanda, mediante métodos persuasivos verbales, para convencer o tratar de cambiar los comportamientos del menor, estaremos ante una evolución de la violencia filio-parental en escala complementaria. Optar por una búsqueda de conexión empática como vía de resolución de los conflictos suele tener como consecuencia un aumento en las exigencias por parte del menor que se incrementan aún más ante la actitud sumisa del progenitor, entrando así en una relación circular en la que el aumento de la violencia, genera a su vez un aumento en la sumisión. Concluimos entonces con que la escala complementaria es asimétrica y se caracteriza por una dinámica de chantaje.
Es común que los padres intercambien ambas estrategias, dando lugar en estos casos, según Pereira y Bertino (2009), a una retroalimentación mutua entre ambas escalas.
1.2 Modelos Explicativos
Las principales explicaciones de la violencia filio-parental vienen de la mano de las que se han ofrecido para explicar la violencia familiar. Así destacamos a Rybski (1998), que sostiene que es el aprendizaje social y los sistemas familiares son los que proporcionan las explicaciones más exactas sobre este fenómeno.
La teoría del aprendizaje social explicaría la violencia intrafamiliar centrándose en las actitudes violentas que los progenitores emplean para relacionarse, tanto entre sí como con sus hijos. Podemos afirmar que este enfoque, propuesto originalmente por Bandura y Walters (1959, 1983) rechaza la concepción innata de la agresividad humana así como también la base genética del temperamento, de tal forma que concibe el origen de la violencia en el aprendizaje por modelado que se produce durante las interacciones personales.
Posteriormente, Burgess y Akers (1966) y Akers (2006), tomando como base los planteamientos del párrafo anterior, formularon una teoría sobre el aprendizaje social de las conductas antisociales y delictivas. Postularon que los individuos aprendían a comportarse de una manera violenta mediante el aprendizaje por observación. En la última revisión de este modelo, Aker (2006) propone una explicación sobre el modo en el que aprendemos,
mantenemos y modificamos la conducta observada y modelada en distintos contextos, tales como el familiar, el grupo de iguales, los medios de comunicación, etc.
Como bien sabemos, la imitación es el principal y primer elemento para aprender una conducta, pero su implicación en el mantenimiento de la misma no está tan clara. Cuando aprendemos conductas por observación de modelos y posteriormente, éstas son reproducidas y mantenidas, es porque entran en juego los resultados o consecuencias de la conducta en cuestión, por lo tanto, su repetición irá unida a la consecución de resultados positivos. Un inhibidor de la conducta puede ser la aceptación o no de la misma por personas importantes para el individuo, como por ejemplo, los padres, amigos o pareja; pudiendo interferir tanto en su mantenimiento como en su eliminación (Aroca, 2009).
Las experiencias violentas que pueden ser observadas por los hijos, pueden conducirles a convertirse en potenciales adultos violentos con sus hijos, con su pareja o con sus progenitores en la adolescencia.
En la misma dirección, Ulman y Srtauss (2003), postulan que la violencia filio-parental debe hallar su explicación en la teoría de la coerción recíproca, del aprendizaje social y la teoría feminista; estas dos últimas compartidas también por Cottrell y Monk (2004), quienes tratan de explicarla dentro de un modelo ecológico holístico, basado en una interacción recíproca entre cuatro niveles de influencia: macrosistema, exosistema, microsistema y factores ontogenéticos, haciendo hincapié sobre la casuística de la problemática en el macrosistema y ecosistema (Bronfebrenner, 1987).
Para estos autores, el macrosistema implica todos aquellos valores culturales, creencias y el modelado social que influye y hasta llega a legitimar la violencia, que modela el poder del género masculino sobre el femenino, rol de víctima.
El exosistema se refiere a las estructuras sociales que influyen en el funcionamiento individual y personal, creando un contexto potenciador de la violencia. El aislamiento social, el modelado de la delincuencia, la falta de apoyo comunitarios o de intervenciones profesionales inadecuadas serían un ejemplo.
El microsistema hace referencia a las dinámicas familiares que contribuirían al desarrollo de conductas violentas, así como aquellas que suponen conflictos de poder, estilos de comunicación inadecuados y limitadas habilidades de resolución de conflictos.
Finalmente, los factores ontogenéticos, apelan a factores propios del individuo como la historia de abusos, el modelado de conductas violentas, estilos de apego problemático, abusos de sustancias, problemas de salud mental o historial académico conflictivo.
Gráfico 2. Tomado de Ibabe, Jaureguizar y Díaz (2007)
Dentro de las variables que mayor influencia parecen tener a la hora de desarrollar conductas violentas hacia los progenitores es el haber sido víctima de malos tratos durante la infancia, lo que alude a la hipótesis bidireccional de la violencia (Hartz, 1995; Kratcoski, 1985; Langhinrichsen- Rolhling y Neidig, 1995; Mahoney y Donnelly, 2000; Meredith,
Abbot y Adams, 1985; Straus y Hotaling, 1988). Esta hipótesis plantea que la violencia paterna cometida con los hijos, es relativa a la de los hijos contra sus padres.
La explicación de la hipótesis de la bidireccionalidad reside en el aprendizaje de modelos de relación basados en la violencia, mediante los cuales, los niños interiorizarán que la mejor forma de lidiar con los conflictos es mediante comportamientos violentos (Barkin, Kreiter y Durant, 2001; Laurent y Derry, 1999; Mitchell y Finkelhor, 2001). La interiorización de ciertas creencias sobre la violencia y de los modelos comportamentales agresivos, es la explicación ofrecida que indicaría que los niños testigos de violencia en sus hogares muestran, consecuentemente, comportamientos violentos hacia sus padres.
No obstante, teniendo en cuenta lo comentado hasta el momento no podemos asumir que existe una asociación directa, sino que se trataría de un factor a tener en cuenta.
En esta misma dirección, Peek, Fischer y Kidwell (1985) añaden que la frecuencia de los comportamientos violentos hacia los padres es más relevante que la intensidad de los mismos.
Volviendo al modelo de Monk y Cotrell (2004), observamos como de la combinación de la perspectiva psicológica, sociológica y feminista de la violencia en la familia, se proporciona un marco explicativo general, donde son múltiples variables las que interaccionan en el desarrollo de la violencia filio-parental.
Como ya hemos dicho, no se trata de una ecuación perfecta ni exacta, sino que hablamos en términos probabilísticos, donde a mayor presencia de variables en los diferentes sistemas, mayor probabilidad de que se observe esta violencia doméstica. Se ha de añadir que no son necesarias todas las variables mencionadas para que se produzca. La literatura ha dado mayor evidencia a unas que a otras, de las cuales mencionamos, por ejemplo, la violencia intrafamiliar (hipótesis de la bidireccionalidad de la violencia) o la enfermedad mental.
Aún teniendo en cuenta que el presente modelo teórico constituye una de las explicaciones más válidas para el fenómeno, no se encuentra exento de limitaciones, entre las cuales mencionamos la dificultad para estimar las influencias de los valores y las creencias
culturales, es decir, la influencia macrosistémica, y su consiguiente influencia en el resto de variables.
Por otra banda, se ha de señalar el modelo explicativo de la violencia filio-parental propuesto por Garrido (2007) a partir del acuñamiento del síndrome del emperador, el único marco teórico elaborado en nuestro país. El autor emplea la influencia de una serie de variables para explicar el fenómeno tales como la presencia de comportamientos violentos dirigidos a menores por parte de los progenitores, la presencia de un trastorno mental comórbido y el consumo de sustancias.
A pesar de lo expuesto, el autor afirma que alrededor del 10% de los jóvenes que agreden a sus padres no se ven influidos por las variables nombradas. El síndrome del emperador fue acuñado por Garrido para explicar ese porcentaje, definiéndolo como la disposición psicológica que caracteriza a los hijos que maltratan a sus padres de forma continuada o habitual sin que éstos puedan ser considerados malos padres.
Como características definitorias de estos jóvenes propone la ausencia de principios morales, una baja capacidad empática y creencias distorsionadas en lo referente a la relación padre e hijo. Sin embargo, el modelo de Garrido (20005) presenta una serie de limitaciones entre las que destacan la baja representatividad que supone al centrarse en explicar el funcionamiento del 10% de los menores agresores, sin que pueda ser considerado como un modelo explicativo de la violencia filio-parental en toda su globalidad.
Por último señalar que numerosas investigaciones (Bobic, 2002; Brenzina, 1999; Gallagher, 2004; Patterson et. al., 2002; Ulman y Straus, 2003) establecen que frecuentemente las madres suelen ser el objetivo de las agresiones de los hijos. Se han propuesto diferentes hipótesis explicativas de este hecho, de entre las cuales, destacaremos las siguientes:
A) Implicación de la madre en la educación de los hijos.
Esta hipótesis se basa en que generalmente son las madres las que más tiempo dedican a la crianza de los hijos, encargadas también de poner límites y de supervisar a los menores. El hecho de que la figura materna sea la más implicada en esta tarea genera, según los
estudios de Agnes y Huguley (1989) y Ulman y Straus (2003) mayor número de enfrentamientos, mayor reactancia y mayor frustración en los menores en comparación con lo que produciría la figura paterna. A esta cuestión se añade que las mujeres poseen menor fuerza física que los hombres, por lo que las convierte en más vulnerables.
B) Violencia marital o violencia de género.
Como ya hemos mencionado, las experiencias tempranas en la familia representan un factor esencial para el posterior desarrollo del niño-adolescente. Los hijos interiorizan los modelos de relación observados así como también aprenden a legitimar la violencia como medio para conseguir objetivos. Según un estudio de Cotrell y Monk (2004), en el que se analizaban 34 familias víctimas de violencia por parte de los menores, el proceso de interiorización de creencias legitimadoras de la violencia se desarrolla de forma cualitativamente distinta en función de si se es varón o mujer. Los chicos, tras haber presenciado la violencia marital, imitan la conducta de su progenitor por creer que refleja la superioridad del hombre frente a la mujer. Por la otra banda, las niñas, adoptan conductas agresivas hacia la figura de materna como una forma de rebelión y de liberación de la figura
1.3 Factores de riesgo y de protección
A continuación, trataremos de abordar las variables relacionadas, tanto en la aparición como en la perpetuación, de la violencia filio-parental. Las hemos clasificado para una mejor comprensión, en dos grupos atendiendo a si las variables se relacionan con factores a nivel familiar, o si lo hacen con factores individuales, es decir, variables relacionadas con las víctimas y variables relacionadas con los agresores. En la tabla 3 se recoge una propuesta de clasificación fruto de la revisión llevada a cabo.
Variables relacionadas con factores
Nivel socioeconómico Estructura familiar
Dinámica familiar:
familiares - Problemáticas en los progenitores - Estilos educativos
Variables relacionadas con factores personales
Género Edad
Trastornos clínicos y consumo de sustancias
Rasgos de personalidad Contexto socioeducativo
Tabla 3. Variables relacionadas con la violencia filio-parental
1.3.1 Factores familiares
1.3.1.1 Nivel socioeconómico
En este apartado trataremos de analizar la posible influencia del nivel socioeconómico como variable moduladora en el fenómeno de la violencia parental.
Aunque diferentes estudios (Agnes y Huguley, 1989; Cornell y Gelles, 1982; Gelles, 1997; Peek, Fischer y Kidwell, 1985; Wells, 1987) han demostrado que la violencia filio-parental puede afectar a cualquier nivel socioeconómico, algunos autores como Pagani, Boulerice y Tremblay (1997) y Vitaro (1999) proponen que un nivel económico bajo podría potenciar la aparición de la problemática.
En la misma dirección, Cottrell y Monk (2004), advierten que los jóvenes con sentimientos altos de frustración, enfado o resentimiento hacia sus progenitores motivados por la privación de oportunidades interesantes para ellos debido a su bajo nivel económico, tienen más probabilidad de ejercer este tipo de violencia.
Por otro lado, los estudios de Charles (1986), Dugas, Mouren y Halfon (1985), Laurent y Derry (1999) y Paulson, Coombs y Landsverk (1990), indican que este fenómeno
puede darse también en familias con un nivel socioeconómico medio-alto, esto es familias con recursos y con nivel académico medio alto.
En el estudio de Ibabe et al. (2007, 2012), con una muestra de 103 menores con expedientes judiciales iniciados en la Fiscalía de Menores de Bilbao y juzgados de menores de Biskaia durante los años 1999-2006, se encontró que el nivel socioeconómico de las familias de los menores infractores era alto.
Los resultados obtenidos por estos autores, se sitúan en la dirección de los de Laurent y Derry (1999) y Paulson et.al. (1990) que entienden la violencia filio-parental no como un fenómeno propio de familias que viven en situaciones precarias, sino como un fenómeno más frecuente en familias con medios sociales y educativos suficientes.
1.3.1.2 Estructura familiar
Son numerosos los estudios que tratan de contrastar la hipótesis de si existe una influencia o no de la estructura familiar en la aparición de este fenómeno. Así parte de los estudios han señalado mayor proporción de familias monoparentales, en las que son las madres las que viven solas con sus hijos. En esta dirección, el estudio longitudinal llevado a cabo por Pagani, Larocque, Vitaro y Tremblay (2003), nos muestra el desarrollo de conductas violentas hacia los progenitores en una muestra de 778 jóvenes. Los resultados ponen sobre la mesa que los cambios en el subsistema marital, tales como un divorcio o separación, una nueva pareja, suponen un factor de riesgo para que se produzcan agresiones físicas hacia la figura materna.
Los autores concluyen que no se trata de que la estructura monoparental o el divorcio sean factores de riesgo en sí mismos, sino que las variables que rodean a este tipo de acontecimientos, son las que pueden suponer un factor de riesgo en caso de que no se manejen correctamente. En este sentido, se pueden señalar las siguientes variables:
a) El proceso de ajuste vivido por la madre al pasar al estatus relacionado con la monoparentalidad (Wallerstein, 1991).
b) El proceso de ajuste vivido por los hijos al pasar a un estado mayor de responsabilidades (Hetherington, Bridges e Insabella, 1998).
c) El proceso de alienación por conseguir la custodia de los hijos (Turkat, 1994).
d) Dificultades económicas (Pagani et al. ,1997) o bien la falta de apoyo social por parte de la familia extensa (Kurtz, 1994)
Romero et al. (2005) llevaron a cabo un estudio en el que concluyen que un 56% de los jóvenes denunciados por sus progenitores, vivía en organizaciones familiares diferentes a las originarias. Los autores señalan las características de los jóvenes que protagonizan situaciones de violencia filio-parental en función del núcleo de convivencia, diferenciando entre familias nucleares, monoparentales, según sea formada por el padre o la madre, reconstituida y extensa (véase tabla 4).
Familias nucleares
— Ausencia de cambios significativos previos en el núcleo familiar.
— Víctimas: padre, madre y hermanos. El padre interpone la denuncia, aunque son ambos padres quienes acompañan al joven.
— Actitud colaboradora y correcta del joven durante la entrevista. — Padre: estudios superiores, y estilo educativo adecuado.
— Ambos progenitores asocian la problemática de su hijo con una problemática conductual.
Familias monoparentales madre — Ha habido separación de los padres.
— Hubo conflictos entre los progenitores y distanciamiento del padre. — Madre: víctima que pone la denuncia.
— Joven: no trabaja, no conductas violentas con iguales, conductas desadaptadas con tendencia «externalizante».
— Grupo de referencia con características disociales. Familias monoparentales padre
— Expedientes anteriores y posteriores contra las personas. — Cambios de residencia en la misma población.
— Relaciones con grupos violentos y disociales. — Último curso realizado: garantía social.
— Motivo de denuncia: discusión y aumento de violencia. Atribuye al otro la responsabilidad.
Familia reconstituida con madre
— Ha habido separación y remodelación familiar. — Víctimas: madre y su pareja.
— Madre: estilo educativo adecuado.
— Joven: rendimiento escolar regular, hasta 4.º ESO. Convivencia con familia extensa
— Víctimas: abuelos, madre y/o otros parientes. — Consumo de alcohol y tabaco por parte del joven.
— Intervención de Servicios Sociales, Salud Mental, por abandono y carencias en su desarrollo.
Tabla 4. Características de los jóvenes en función de su núcleo convivencial (Romero et al., 2005, tomado de Izaskun Ibabe, Joana Jaureguizar y Oscar Díaz, 2007)
Los autores indican que no podemos olvidar la dimensión del “poder” a la hora de analizar la estructura familiar. Así, en aquellas familias en las que está presente la violencia filio-parental, se observa que habitualmente existe una inversión de las relaciones jerárquicas, es decir, son los hijos los que más poder tienen en las relaciones y éste podrá fortalecerse si los hijos perciben que sus comportamientos causan miedo en sus ascendientes (Ibabe, Jaureguizar y Díaz, 2007, 2012).
Esta situación de inversión de poder puede acentuarse si los progenitores adoptan el rol de víctima (Downey, 1997; Gallagher, 2004; Harbin y Madden, 1997).
Abordando la problemática desde una perspectiva de género, observamos que autores como Brown y Hendricks (1998), otrogan gran importancia al género de los agresores y de los agredidos. Si tenemos en cuenta la idea primitiva de que el varón está legitimado para
dominar a la familia, podemos hallar una explicación del predominio de varones en este tipo de violencia y el porque la mayoría de las víctimas son las madres.
Por último añadir que se han encontrado relevancias empíricas de la influencia del orden en la fratría, hallándose que muchos de los casos de denuncia analizados coincidían con el menor que ocupa el primer lugar en la fratría, pudiéndose explicar este hecho con la sensación de “dominio” que experimentan estos menores, tanto hacia sus hermanos como hacia sus progenitores (Ibabe et al., 2007, 2012; Dugas, Mouren y Halfon 1985; Romero, 2005).
1.3.1.3. Dinámica familiar
A continuación analizaremos las variables relacionadas con la dinámica familiar que puedan tener una influencia en la aparición y en la perpetuación de la violencia filio-parental , tales como la violencia dentro del seno familiar, las problemáticas individuales de algún miembro de la familia y los estilos educativos de los progenitores.
- Violencia intrafamiliar
Ya hemos señalado que la bidireccionalidad en la violencia intra-familiar, es decir, que los padres hayan ejercido violencia, tanto de padres a hijos como violencia en la pareja, de diversas tipologías, aunque la más frecuente se observe en forma de castigos físicos, aumenta las posibilidades de que los hijos presenten conductas violentas hacia los progenitores.
Según Charles (1986) y Wells (1987) las relaciones entre los menores que ejercen violencia filio-parental y sus padres son disfuncionales, por lo que encontramos vínculos afectivos limitados entre ellos, pudiendo estar la negligencia parental en la base de este tipo de violencia.
La explicación de que tenga lugar esta bidireccionalidad reside en que los hijos interiorizan mediante el aprendizaje, modelos de relación basados en la violencia, ya sea por experimentación propia o por observación de comportamientos agresivos durante la infancia.
Los estudios de Barkin, Reiter y Durant (2001), los de Laurent y Derry (1999) y Mitchell y Finkelhor (2001) plantean que los menores aprenden que la violencia es la mejor forma de lidiar con los conflictos.
Los resultados del estudio realizado por Ibabe et al. (2007,2012), confirmarían que la violencia intrafamiliar se puede considerar un importante predictor de la violencia filio-parental. El estudio muestra que un 80% de los menores que había sufrido u observado violencia en el ámbito familiar, contaba en su historial con denuncias por agresión paterna.
Añadiremos que estos últimos autores apuntan que la tipología de la violencia objeto principal de estudio de su trabajo debería considerarse un subtipo de violencia de género ya que en la mayoría de los casos analizados, la figura sobre la que ejercen la violencia es la madre. Desde el ámbito legal, no cumple los requisitos ya que la violencia de género sería la cometida sobre la mujer por quien es quien o ha sido su pareja. Como consecuencia, consideran que el término más adecuado para este fenómeno sería violencia filio-maternal.
- Problemáticas en los progenitores
Debemos de comenzar este apartado advirtiendo de la escasez de estudios relacionados con problemas mentales de los progenitores víctimas de violencia filioparental.
Destacamos a los autores Cottrell y Monk (2004), que han postulado que los problemas mentales de los progenitores pueden contribuir a la aparición de los malos tratos, como consecuencia de la asunción, por parte del menor, del rol de vigilante, derivando en resentimiento hacia los padres e incrementando el conflicto familiar.
En revisiones bibliográficas sobre este tema concreto, se ha encontrado que el consumo de alcohol y drogas correlaciona positivamente con la tendencia de los hijos adolescentes a mostrar comportamientos violentos e ira. Como explicación a esta relación se apunta a que los progenitores con problemas con el consumo, pueden ser inconsistentes tanto en la gestión como en la aplicación de normas disciplinarias, derivando en conflictos con presencia de agresiones. Otra posible explicación sería que los padres emplearan una disciplina muy dura y que posteriormente el menor utilice la agresión como venganza.
En esta misma dirección, Pagani, Tremblay, Nagin, Zoccolillo, Vitaro y McDuff (2004), realizaron un estudio en el que hallaron que el 11% de los progenitores que participaban reconocían tener problemas con el consumo de sustancias. Dentro de este colectivo, el 70% de los casos encontraron evidencias de agresiones por parte de los adolescentes.
Tomando como marco de referencia la población española, centrándonos en la presencia de psicopatología paterna como factor favorecedor de la aparición de violencia filio-parental, encontramos numerosos estudios. En primer lugar, Romero et al. (2005) afirman que el 8,6% de los progenitores analizados presentaban problemas relacionados con el consumo de drogas y/o alcohol, y un 13,8%, problemas de salud mental, fundamentalmente en la figura materna.
Por otra banda, los estudios de Ibabe et al. (2007,2012) informan que un 22,1% de los padres de la muestra presentaban problemas derivados del consumo de drogas y un 8,4% problemas de salud mental. En la misma dirección, el estudio de Sánchez (2008) pone de manifiesto que el 25,9% de los padres y el 21,2% de las madres de la muestra presentaban problemas de droga o alcohol, mientras que el 23,5% de las madres presentaban problemas emocionales, tales como depresión o ansiedad, frente al 1,2% de los padres.
Por último destacar los resultados del estudio de Rechea y Cuervo (2010) por su relevancia en el ámbito del estudio de la cuestión al hallar que el porcentaje de padres víctimas de violencia filio-parental con problemas era superior, 41,2% de padres y 52,9% de madres, que el hallado en el grupo de padres con menores no agresores, 5,9% padres y 0% madres. Los problemas más frecuentes que presentaban los progenitores de los menores agresores eran de adicción en el caso paterno (28,6%) y de salud mental en el caso de las madres (66,7%).
- Estilos educativos
Como bien sabemos, la familia es el primer agente socializador del niño, por lo que el estilo educativo de la familia constituye un factor fundamental a la hora de analizar las situaciones de violencia y de planificar las intervenciones.
Desde una perspectiva social, podemos identificar los cambios más que significativos que se han llevado a cabo en los últimos años. La incorporación de ambos progenitores al mundo laboral ha repercutido en la dinámica familiar, de tal forma que esta ha perdido protagonismo como agente principal de socialización implicando a instituciones en su labor tales como la escuela.
Laurent (1977) y Price (1996), acentúan la escasez de valores en la educación, critican la educación en la no frustración, la falta de respeto, la falta de inculcación de responsabilidades y el capricho constante como mejor aliado para conseguir antojos. Apuntan a que estos aspectos mencionados pueden contribuir a la aparición de comportamientos de maltrato. La indulgencia, la permisividad y la falta de límites son factores comunes en las prácticas educativas actuales que pueden contribuir a la perpetuación de este tipo de violencia.
Garrido (2005) identifica como posibles causas que dificultan la educación de los hijos en la sociedad actual las siguientes:
A) Falta de educación de la conciencia
B) Conflictos en la relaciones de pareja (las madres educan solas) C) Los padres sometidos a un elevado nivel de estrés
D) La evitación de la adquisición de roles de responsabilidad de los adolescentes durante un largo periodo de tiempo
E) La sociedad de consumo exacerbado
Gallagher (2004) y Garrido (2005) distinguen entre dos tipos familia principalmente:
- Famililas tipo A: Permisivo-liberal, sobreprotector y sin normas consistentes. Se correspondería con el estilo permisivo-indulgente de la clasificación propuesta por Barudy y Dantagnan ( 2005) sobre los estilos parentales.
En este tipo de dinámica familiar, los caprichos de los niños suelen ser satisfechos de manera inmediata, no les transmiten el esfuerzo por lograr metas, generando como consecuencia adolescentes con escasa tolerancia a la frustración. A medida que crecen los hijos, los padres van renunciando progresivamente a su
autoridad y finalmente se verán incapacitados para cesar las conductas violentas de sus hijos adolescentes.
- Familias tipo B: Autoritario con violencia intra-familiar.
Se caracterizan por interacciones rígidas y agresivas, con un uso de la violencia como vía para conseguir objetivos. En estos casos, el control parental se ejerce de manera inflexible y mediante el uso de castigos corporales, humillaciones y rechazos. Los castigos que son percibidos como injustos por los hijos facilitan el exacerbamiento del resentimiento, el enfado y la frustración. De este modo, los hijos optarán por recurrir a la violencia como una forma de rebelarse, o fantasearán sobre posibles formas de venganza.
Por último, Laurent y Derry identifican un tercer tipo de familia C, negligente- ausente. Se trata de padres que no desempeñan su rol y como consecuencia, los adolescentes toman responsabilidades de adultos. Un ejemplo común de este tipo de dinámica familiar serían las situaciones de divorcio en la que los hijos conforman un triángulo en el conflicto de la pareja. La suma de responsabilidades como consecuencia de la negligencia parental puede desencadenar en actos violentos como vía para rechazar el rol adulto. Otra característica que se ha señalado como común en este tipo de familia, es el bajo nivel socioeconómico, en las cuales los jóvenes tienen una gran responsabilidad y autonomía en relación a su subsistencia.
1.3.2. Factores personales
1.3.2.1 Género
El género ha sido una de las variables sociodemográficas más densamente estudiadas, contamos por lo tanto con numerosos estudios que aportan datos esclarecedores respecto a esta cuestión.
Por un lado, en numerosos estudios (Ibabe et al., 2009; Howard, 2011;Kennedy et al., 2010) aportan resultados sobre una supremacía del género masculino a la hora de emitir
conductas de violencia filio-parental. En esta misma dirección hallamos los estudios de Walsh y Krienert (2009), quienes informan de un porcentaje de varones en su muestra del 62,2%.
Analizando los estudios realizados sobre la población española, encontramos datos que corroboran este predominio masculino, por ejemplo, Romero et al. (2005) donde los varones agresores alcanzan un 79,3%, incrementándose esta cifra en el estudio de Ibabe et al. (2007, 2012) a un 85%.
Por otra banda, encontramos estudios que sostienen la posición opuesta, es decir, un predominio del género femenino en los menores agresores. Una aproximación a esta orientación la encontramos en los estudios de Pagani et al. (2004) quieres hallaron un porcentaje del 65,9% de mujeres agresoras.
Teniendo en cuenta lo ya comentado, encontramos un número importante de autores que apelan por la distribución igualitaria de la violencia filio-parental en ambo sexos (Agnes y Huguley, 1989; Cottrell, 2001; McCloskey y Lichter, 2003).
Consideramos relevante mencionar las aportaciones realizadas por Pagani (2004) sobre el tema ya que considera que los estudios clínicos y los judiciales muestran una mayor tendencia a señalar un predominio de varones agresores, frente a los estudios epidemiológicos que no encuentran diferencias significativas relacionadas con la variable género. Una explicación plausible para este hecho la encontramos en las aportaciones de Gallaher (2008) quien considera que los hijos varones son denunciados con más facilidad y derivados a los servicios de salud que las hijas, pudiendo dar lugar a un sesgo en los resultados.
También es posible encontrar estudios que abogan por diferencias de género en la tipología de la violencia. Así, Archer (2004), Bobic (2002) y Walsh y Krienert (2007), defienden que la violencia llevada a cabo por las mujeres suele ser más suave, circunscrita al ámbito emocional, financiero y psicológico, mientras que los hombres son más propensos al uso de violencia física.
Haciendo referencia a la población española, encontramos datos que corroboran lo expuesto hasta el momento. Los estudios de Ibabe y Jaureguizar (2011) informan de mayor uso de la violencia física por parte de los menores varones.
1.3.2.2 Edad
La edad ha sido, junto al género, una de las variables más ampliamente estudiadas. Encontramos múltiples estudios que avalan diferentes resultados, por un lado Ulman y Straus (2003) hallaron que niños situados en la franja de edad de 3 a 5 años, representaban la tasa más elevada de menores agresores. En esta misma dirección encontramos los resultados de Routt y Anderson (2011), quienes ampliaron el rango de edad de los menores y encontraron que el mayor porcentaje de agresiones tiene lugar en menores de 12 años.
Considerar rangos de edades tan tempranas ha sido puesto en tela de juicio por autores como Gallagher (2008) quien defiende que es un error puesto que la presencia de conductas agresivas normativas y prototípicas de la infancia, tales como rabietas o berrinches, no pueden ser consideradas como comportamientos agresivos típicos de la violencia filio-parental.
En la dirección opuesta encontramos estudios que avalan que los rangos de edad en los que se produce este tipo de violencia se sitúan entre los 12-14 y 15-17 años (Cottrell, 2001). Los estudios de Kethineni (2004) muestran que adolescentes situados entre los 15 y 16 años, representan el grupo con mayor probabilidad de agredir a sus progenitores.
Por su parte, Haw (2010), concluye que el rango de edad con mayor presencia de conductas categorizadas dentro del ámbito de comportamientos de la violencia filio-parental, abarca desde los 13 a los 21 años, con un pico máximo de comportamientos violentos alrededor de los 15 años.
En lo que se refiere a la tendencia de las conductas violentas en función con la edad, encontramos resultados variables, ya que por un lado, autores como Ulman y Straus (2003), defienden un incremento de las mismas, mientras que por otro lado, autores como Peek et al., afirman que las agresiones disminuyen con la edad como consecuencia de la maduración y de la ausencia de castigos paternos físicos.
Los datos relativos a la población española informan que la violencia filio-parental no muestra un detrimento con la edad, haciéndose una excepción en las agresiones emocionales, que presentan una tendencia a reducirse en la última etapa de la adolescencia (Ibabe y Jaureguizar, 2011).
1.2.2.3 Trastornos clínicos y consumo de sustancias
Tras revisar la literatura científica existente sobre este factor como precipitante de la violencia filio-parental, nos encontramos con un acuerdo común en afirmar que los problemas mentales no se pueden considerar un factor clave en la aparición de maltrato.
Los trastornos de inicio en la infancia, los trastornos del estado de ánimo así como los de ansiedad y el control de impulsos, han sido los más estudiados en relación con la conducta agresiva, incluyendo el consumo de sustancias por su alta correlación con este tipo de conductas.
La National Clearinhouse on Family Violence, confirmó la presencia en algunos adolescentes agresores, de trastornos como TDAH, trastorno bipolar y esquizofrenia. En la misma línea, Cottrel y Monk (2004), identificaron la presencia de los trastornos mencionados y añadieron el trastorno reactivo adaptativo, trastorno de conducta disruptiva y trastorno del aprendizaje.
En general, podemos afirmar que los jóvenes cuyas familias y características sociales se orienten hacia una situación de riesgo de desviación social, presentan mayores niveles de desajuste clínicos y un bajo desarrollo en la inteligencia emocional.
En lo referido al consumo de sustancias, Cottrel y Monk (2004), encontraron que en más de la mitad de los casos analizados estaba presente el consumo de sustancias, aunque decidieron incluirlo como síntoma de una dinámica familiar deteriorada en vez de como un factor precipitante.
En esta misma línea, Charles (1986), Evans y Warren-Sohlberg (1988), Price (1996), encontraron una relación directa entre el consumo de sustancias, ya sean drogas o alcohol, y la violencia filio-parental.
En nuestro país, el estudio de Romero et al. (2005) informa que el 41,1% de los menores agresores no consumía ningún tipo de sustancia frente a un 2,4% que consumía sustancias ilegales y el 31,9% que consumía drogas legales como tabaco y/o alcohol.
Ibabe, Jaureguizar y Díaz (2007) informan de un 86% de menores agresores consumidores regulares, acentuándose los comportamientos violentos en menores consumidores de cocaína. En el estudio de Ibabe y Jaureguizar (2011) se postula el consumo de drogas como un factor de riesgo especialmente relevante en lo referente a la violencia filio-parental, en menores de 12 a 18 años.
1.3.2.4 Rasgos de personalidad
La literatura científica indica que los rasgos de personalidad que se asocian con conductas antisociales en la adolescencia son el locus de control externo, el déficit en empatía y los rasgos narcisistas.
Romero y cols. (2005), hallaron una tendencia a la externalización, entendida como conductas oposicionistas así como distantes, con un predominio en el sexo femenino. Encontraron también que un 13% de la muestra analizada no poseía problemas relevantes en su desarrollo evolutivo. El porcentaje de menores con problemas conductuales o emocionales ascendía al 36% y un 11% pertenecía a problemas psiquiátricos. Un 24% de los menores había sufrido carencias o se encontraba institucionalizado y, por último, un 16% presentaba retraso mental o muerte de un pariente.
A ello hemos de añadir que los estudios sobre los rasgos de personalidad relacionados con la temática de nuestro trabajo son todavía reducidos. Esperamos que en el futuro se lleven a cabo investigaciones que permitan concretar mejor el perfil de la personalidad del menor maltratador.
1.3.2.3 Contexto socioeducativo
Los estudios realizados por Pagani y cols. (2003,2004), ponen de manifiesto que la observación de conductas disruptivas en el contexto escolar durante la infancia supone un factor predictivo para la agresión paterna en etapas posteriores. Una explicación a este fenómeno la proponen Harbin y Madden (1979) apuntando que puede que la problemática se produzca por el refuerzo de las conductas disruptivas por parte de los padres, adoptando una
postura permisiva e inconsistente, o también cabe la posibilidad de que sean las propias figuras paternas las que utilicen técnicas coercitivas, modelando entonces la conducta violenta de los menores.
Por otro lado, Honjo y Wakabayashi (1988) encontraron la existencia de una correlación positiva entre el rechazo al colegio y el maltrato hacia los progenitores. En relación con esta correlación positiva, encontramos los datos obtenidos por Romero y cols. (2005), en un estudio realizado sobre la trayectoria escolar de 116 menores denunciados por violencia. En la muestra se observa que un alto porcentaje, rondando el 85%, mostraban dificultades en la escuela, ya fueran de aprendizaje, de adaptación o de absentismo.
Una propuesta relacionada con las conductas disruptivas fue la de Cottrell y Monk (2004) que apuntan que los jóvenes son modelados por su grupo de iguales, aprendiendo el uso de conductas agresivas como método eficaz para conseguir poder y control. Estos mismos autores proponen que los adolescentes que hayan sido víctimas de violencia ejercida por su grupo de iguales, podrían optar por actuaciones violentas hacia sus progenitores como vía compensatoria a sus propios sentimientos de impotencia o inferioridad.
El apoyo social percibido, entendido como otra variable susceptible de estudio en este ámbito, fue analizado por Jiménez, Musitu y Murgui (2005) en relación con las características familiares y como un factor predictivo de la conducta disruptiva en los menores. Estos autores hallaron que “adolescentes pertenecientes a familias con una mejor comunicación familiar, mayor adaptabilidad, fuerte vinculación emocional entre sus miembros y mayor satisfacción familiar, son aquellos que también perciben más apoyo en sus relaciones personales significativas” (p. 190), y añadimos, que como consecuencia, una menor probabilidad de desarrollar conductas agresivas hacia sus ascendientes
2 Situación legal del menor
En el presente apartado realizaremos un análisis de los procesos de intervención que la Administración de Justicia lleva a cabo con los menores infractores. Tengamos presente que en nuestra legislación, los menores tienen responsabilidad penal a partir de los catorce años.
Tradicionalmente, las instituciones y los procedimientos legales en lo que concierne al delincuente, han seguido una línea centrada en intereses correccionales, obviando cualquier tipo de preocupación sobre las causas que suscitaban la comisión de un acto delictivo, así como también los motivos por los que se transgreden las normas y patrones sociales. Las medidas aplicadas contaban con una fuerte represión sobre las conductas antisociales, sin dejar lugar alguno a la prevención o a la educación.
A lo largo de la historia, la concepción sobre el origen de la conducta delictiva ha sufrido modificaciones que han ido ligadas a los cambios en la manera de proceder en las intervenciones con individuos delincuentes, dando lugar a una intervención de carácter educativa y que tenga siempre presente el principio del mejor beneficio del menor.
La Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, regula la responsabilidad penal de los menores, sin embargo, en ella no se recoge ninguna medida preventiva o reguladora de la violencia filio-parental. Dicha ley se ve modificada sustancialmente con la entrada en vigor de la Ley Orgánica 8/2006, en la que podemos observar una aproximación específica al fenómeno.
Para comprender el sistema penal de lo menores existente en nuestro país, debemos comentar brevemente los principios que lo rigen, a los cuales, deben atenerse todos los actores del proceso, ya sean jueces, fiscales, equipos técnicos o letrados de los menores, bien actuando como acusación o como defensa.
Encontramos así que el interés superior del Menor, es el primero de los principios a seguir, consagrado en la Convención de Derechos del Niño (2007). Las decisiones que se tomen en el contexto de la administración de la justicia de menores, deberán tener una consideración primordial ante el interés superior del niño.