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thSunday OT (Year B) SPANISH February 7, 2021
Jb 7:1-4, 6-7; Ps 147:1-2, 3-4, 5-6; 1 Cor 9:16-19, 22-23; Mk 1:29-39
En nuestra Segunda Lectura, San Pablo muestra el altísimo nivel de
expectativa de un apóstol para predicar el Evangelio para la salvación de su pueblo y de su propia alma. Escuchamos en la lectura:
No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es
mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! (1 Cor 9:16)
Claramente, un apóstol—así como un sucesor de los apóstoles, lo que hoy llamamos obispos—un apóstol tiene la grave responsabilidad de predicar el Evangelio completo, no solo las cosas fáciles e agradables, como la misericordia y la caridad, sino también el difícil mensaje de
conversión y arrepentimiento. San Pablo continúa en su carta:
Si [predigo el Evangelio] por propia iniciativa, merecería recompensa;
pero si no, es que se me ha confiado una misión. (1 Cor 9:17)
Note aquí que San Pablo dice que un predicador fiel debe predicar el evangelio lo quiera…o no.
En su Primera Carta a su propio discípulo, San Timoteo—St. Pablo describió el deber del predicador:
Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino: Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo;
redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción.
Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a
sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos. Pero tú, sé sobrio en todas las cosas, sufre penalidades, haz el
trabajo de un evangelista, cumple tu ministerio. (2 Tim 4:1-5)
El desafío de San Pablo a San Timoteo es igualmente relevante para los predicadores de hoy—los obispos y sacerdotes en la Iglesia
contemporánea—quienes deben enfrentar mucha ignorancia y
resistencia entre su propia gente, muchos de los cuales toman sus señales sobre el bien y el mal más de la política y la cultura que de la enseñanza católica.
Volviendo a nuestra Segunda Lectura, continuamos...
Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el Evangelio,
para participar yo también de sus bienes. (1 Cor 9:22-23)
El significado de estos versículos difiere según la traducción al español específica. En la traducción al español del Leccionario para la Misa, San Pablo habla de ganar todas las almas. Escuchen otra vez…
Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho
todo a todos, a fin de ganarlos a todos. (cf. 1 Cor 9:22)
Pero en la Biblia de las Américas—por ejemplo—este mismo versículo
dice lo siguiente:
A los débiles me hice débil, para ganar a los débiles; a todos me he
hecho todo, para que por todos los medios salve a algunos. (1 Cor 9:22)
San Pablo predica a todos. Pero no todos aceptan el mensaje y
Aquellos que lo aceptan serán salvos.
El resto—los que prefieren entregar su lealtad a la cultura o la política
más que a Cristo—se perderán. Eso era cierto entonces.
Es cierto hoy.
Cuando los católicos no viven el evangelio de manera coherente, no solo es desastroso para el católico individual, sino que también perjudica a la sociedad en general.
Tomemos, por ejemplo, las recientes elecciones presidenciales. Muchos
católicos votaron por Joe Biden, a pesar de que durante la campaña,
Biden prometió aumentar el acceso al aborto y hacer que todos—
incluidos los que nos oponemos al aborto—lo paguen con nuestros impuestos.
También prometió promover la ideología de género bajo el disfraz de la “igualdad”. En la superficie, esto suena bien. Pero en realidad, la
ideología de género conducirá al aplastamiento de la libertad religiosa, ya que los predicadores ya estamos presionados para diluir el evangelio
para hacerlo inofensivo para la cultura.
En lugar de predicar toda la verdad del Evangelio como exhorta San
Pablo, los predicadores de hoy—bajo un régimen de represión de la
administración Biden—seremos presionados para que guardaremos silencio sobre el plan de Dios para el santo matrimonio, porque tal
predicación será etiquetada como “discurso de odio”. Entonces, no se trata solo de aborto.
Se trata de libertad religiosa, de manera más general.
Qué tragedia que muchos católicos ignoraban las advertencias que
algunos de nosotros predicamos antes de las elecciones y pusieran en el
poder a un hombre que prometió—descaradamente—hacer muchas
cosas para destruir la fe católica que él mismo profesa seguir. Un católico practicante que votó por Joe Biden, recientemente me preguntó si era un pecado votar por él. Esta persona explicó todas las diferentes razones por las que no podía votar por Donald Trump. Después de escuchar su explicación, le dije que el pecado no era el voto en sí.
Su pecado fue el fracaso—ya sea por terquedad o por ignorancia—el pecado fue el fracaso en formar su conciencia de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica.
Nadia estaba obligada a votar por Donald Trump.
¡Pero tampoco estaba obligado a votar por Joe Biden especialmente considerando su promesa de atacar a la libertad religiosa, y la vida.
Mis hermanos y hermanas, hasta que podamos unirnos—como
católicos—en un compromiso firme de proteger la dignidad de toda vida
humana; la santidad del matrimonio; y la soberanía de la libertad religiosa...
¡Hasta que los católicos nos rehusamos a votar por los enemigos de la Iglesia Católica—Satanás logrará separarnos unos de otros—en la Iglesia Católica!
Los fieles católicos pueden discrepar legítimamente sobre las mejores políticas—los mejores programas—para abordar cuestiones como— por ejemplo—la inmigración, la pobreza y la economía.
Pero una vez que los católicos estén dispuestos a comprometer su fe en
estos tres temas no negociables—fingiendo que no es un problema
votar por aquellos que prometen atacar a la Iglesia en estas tres áreas— una vez que los católicos caigan en la mentira de que tú puedes proteger la Iglesia y al mismo tiempo empodera a los enemigos de la Iglesia,
entonces cualquier esperanza de unidad en la Iglesia es simplemente
una ilusión.
¡Debemos condenar los ataques agresivos de Joe Biden contra la
libertad religiosa, el matrimonio y la vida humana en el útero!
Pero no debemos condenar al propio Joe Biden, porque Jesús nos dice en el Evangelio:
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os
persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e
injustos… (Mt 5:43-45)
Joe Biden se ha convertido en enemigo de su propia Iglesia católica, no por sus palabras, sino por sus acciones.
Todo lo que tiene que hacer es examinar las políticas que ya ha
implementado en solo dos semanas y media desde su inauguración.
Ahora, como sacerdote—como padre espiritual—estoy devastado de
que tantos católicos no reconozcan el problema aquí.
Me maravillo de que tan pronto hayáis abandonadoal que os llamó por
la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente; que en
realidad no es otro evangelio, solo que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo…Como hemos dicho antes,
también repito ahora: Si alguno os anuncia un evangelio contrario al
que recibisteis, sea anatema. Porque ¿busco ahora el favor de los
hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de
Cristo. (Gal 1:6-7, 9-10)
Pero, en la mayoría de los casos, me doy cuenta de que es por ignorancia. Por eso, no responsabilizo plenamente al católico medio en los bancos de
abandonar su fe en la votación cuando sus propios obispos no les mostraron el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6)—antes de las elecciones, y solo ahora están advirtiendo claramente sobre la seria amenaza que Joe Biden representa para la Iglesia Católica en particular, y la verdad cristiana en general.
Ustedes merecían algo mejor de sus obispos y sacerdotes.
¡Sus pastores—que permanecían en silencio ante la amenaza de una presidencia de Joe Biden—les fallaron al no desafiarlos a rechazar la mentira de que se puede proteger simultáneamente a los niños no nacidos mientras vota por aquellos que prometen aumentar el asesinato de los mismos no nacidos!
El sentido común dicta que la única forma de detener el aborto es dejar de empoderar a quienes lo promueven.
La preocupación por la salvación de las almas dicta que sus padres espirituales—sus obispos y sacerdotes—prediquen claramente sobre el peligro para sus almas, el peligro para su Iglesia y el peligro para la sociedad en general, cuando los católicos abandonan su fe mientras votan.
Jesús nos dijo que amemos a nuestros enemigos y oremos por los que persiguen a la Iglesia.
Pero, no dijo que votemos por ellos.
Y hasta que podamos ver esa distinción y vivir de acuerdo con esa
distinción—hasta que pongamos nuestra fe primero en todo momento
y en todas las circunstancias de nuestra vida diaria—Satanás celebrará la división que ha inyectado en la Iglesia.
Todos debemos orar—con un deseo sincero—por el arrepentimiento, la
conversión y la salvación del alma de Joe Biden.
Muchos católicos votaron por Joe Biden porque odian a Donald Trump.
Pero no había obligación de votar por ninguno de estos dos candidatos.
No era necesario poner en el poder a un enemigo de la Iglesia Católica para rehusar de votar por el otro candidato.
Lo que los fieles católicos deben evitar ahora es odiar a Joe Biden a pesar de sus agresivos ataques contra los inocentes en el útero; su
promoción de la ideología de género demoníaca; y su supresión de la libertad religiosa.
Pero no debemos odiar a él.
Pero, debemos odiar—y oponer—sus acciones, por decidir—hoy—de nunca mas empoder un enemigo político de la Iglesia por votar por el. Debemos orar para que Joe Biden se vuelva a Jesús.
Pero nunca debemos alentarlo a él—ni a ningún otro político católico— a destruir su propia alma y perder su propia salvación, alentando su suicidio espiritual y sus políticas asesinas con nuestro voto.
San Pablo se vio obligado a aconsejar a Los Corintios sobre cómo tratar
con los miembros de la Iglesia que desprecian descaradamente las
enseñanzas de la Iglesia y escandalizan a los fieles cuando escribió: …se oye que entre vosotros hay inmoralidad, y una inmoralidad tal como no existe ni siquiera entre los gentiles…Y os habéis vuelto
arrogantes en lugar de haberos entristecido, para que el que de entre vosotros ha cometido esta acción fuera expulsado de en medio de
vosotros. Pues yo, por mi parte, aunque ausente en cuerpo pero presente en espíritu, como si estuviera presente, ya he juzgado al que cometió tal acción. En el nombre de nuestro Señor Jesús, cuando vosotros estéis reunidos, y yo con vosotros en espíritu, con el poder de nuestro Señor
Jesús, entregad a ese tal a Satanás para la destrucción de su carne, a
fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. (1 Cor 5:1-5) Si sinceramente amamos a Joe Biden como un compañero católico,
entonces debemos negarnos a permitir que él continúe su guerra contra su propia Iglesia…y su guerra contra su propia alma.
Si sinceramente amamos a Joe Biden, entonces nosotros—sus padres espirituales—debemos predicar claramente sobre lo que está en juego,
incluso si algunos feligreses nos acusan falsamente de “predicar la política”.
El hecho es que nuestra fe debe aplicarse a todos los aspectos de
nuestras vidas, incluidas nuestras decisiones con respecto a la política. Y sus pastores—sus padres espirituales—los obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica—debemos predicar claramente sobre la intersección de
la fe y la política para evitar que Satanás infecte a la Iglesia ya que ha corrompido la cultura.
Puede, que no les guste yo por lo que yo prediqué hoy. Pero sepan esto…
Los amo lo suficiente para decirles la verdad, para que no pierdan sus almas.
Ahora, depende de ustedes decidir qué hacer con lo que han escuchado.
En el evangelio de hoy oímos:
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó,
salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. (Mk 1:35)
Sugiero que todos oremos—y que pidamos al Señor directamente—que nos muestre la verdad claramente—y que nos dé el valor para seguirla dondequiera que nos lleve.