Para leer el socialismo
Introducción.
Cómo leer
Otro factor que promueve el dogmatismo, es la simple flojera mental. Se asume una única interpretación, porque multiplicarlas lleva a ir de definición en definición, en un vértigo de interpretaciones, y esto supone un esfuerzo, un trabajo de reflexión, de búsqueda, de investigación, de más lecturas. La pereza intelectual es un aliado del dogmatismo. Irónicamente, a veces se alían el flojo y el ortodoxo, éste porque necesita su intolerancia para encubrir su profunda inseguridad, aquél porque le basta adaptarse a las normas y “seguir la corriente” impuesta en cada momento.
y útiles para nuestros intereses. Finalmente, esos nuevos conceptos serán aplicados a nuestra actividad. Nos referimos a estos alcances de lectura, porque queremos dejar sentado de una vez, y desde el principio, que esta recopilación tiene el objetivo de enriquecer la formación de unos ciudadanos que se encuentran ocupados en la construcción de una nueva sociedad en Venezuela, y por ello no se trata de leerlos bien y con atención para recordarlos solamente. Se trata de entenderlos, comprenderlos, juzgarlos, criticarlos, apropiárselos, aplicarlos. Tomamos tan solo cinco libros: de Marx y Engels, el Manifiesto Comunista, la Guerra Civil en Francia, la Crítica del Programa de Gotha; de Lenin el Imperialismo, fase superior del capitalismo y El estado y la revolución.
Por supuesto, no se trata de una antología exhaustiva, sino elemental, básica si se quiere. Hay otros, muchos textos de los clásicos del marxismo y de otros autores como Gramsci, Trotski, Rosa Luxemburgo, Lukacs, Korsch, etc. que nos hubiera gustado antologizar. Es más, nos da dolor no haberlos incluido; pero ello haría demasiado largo el intento, y además inútil, porque allí están los libros, defendiéndose por sí solos. En todo caso, vale la recomendación de la lectura.
Después de hacer los comentarios de los textos básicos que hemos seleccionados, decidimos hacer una síntesis histórica de los derroteros del socialismo. Esto constituirá la segunda parte del libro intitulada Tradición y ruptura: tradición de la ruptura. El objetivo es brindar un marco más amplio para la interpretación. Allí, por supuesto, daremos nuestro sesgo al examen de ese devenir histórico.
no sólo significa un esfuerzo por entender qué se nos dice a través de los siglos y comprender los motivos y circunstancias en las cuales se dijo lo que se dijo; sino también esa especial capacidad y habilidad para darle vida a una anotación; es decir, interpretar en el sentido en que el músico toma su instrumento y ejecuta una pieza escrita. Dependerá de la sensibilidad, la destreza, el tino, de cada intérprete lo que se produzca en el escenario. Así mismo, dependerá del intérprete la ejecución del mensaje socialista que nos viene de la tradición. Todos estos textos fueron escritos en circunstancias muy específicas y concretas, en países lejanos, en tiempos diferentes, pero, al mismo tiempo, trascienden a nuestra actualidad y a nuestro espacio. Todo discurso tiene un auditorio inmediato, actual, y otro mediato, trascendental, futuro. Es posible que ya estén extintas y lejanas las emociones, coacciones, urgencias, razonamientos, hechos, que hayan motivado ciertos énfasis, reiteraciones y giros. Pero, si el texto de verdad vale y trasciende, su mensaje llegará al buen lector del futuro, en otro espacio y tiempo, con otras urgencias y emociones.
Pero esa trascendencia sólo puede evidenciarse si el lector hace el esfuerzo de penetrar en el mensaje que pueda valorar en el aquí y ahora. Paradójicamente, para ello, el lector debe congeniar con la intención del autor, que no es sólo lo que quiso decir, sino lo
que efectivamente dijo para el momento en que lo dijo. No hay que olvidar que decir es
también un hacer, y éste es un sentido y un valor también.
PRIMERA PARTE:
LOS TEXTOS
1.Manifiesto del Partido Comunista
Como narra Engels (en el prefacio de 1890), el Manifiesto inicialmente tuvo el gran contratiempo de que, precisamente por su éxito entre la “reducida vanguardia del socialismo científico”, fue prohibido apenas un año después de su publicación, a raíz de los acontecimientos de 1848 (aplastamiento de levantamientos proletarios en Francia y poco después, en otros países) y la condena de los comunistas en Colonia, en 1852, que fue el punto de partida para la persecución en toda Europa. Cabe destacar que el año 1848 fue un año agitadísimo. Para entenderlo habría que hacer una consideración general: desde la revolución francesa de 1789, las ideas republicanas y democráticas no habían podido terminar de instalarse en suelo europeo, puesto que las fuerzas reaccionarias de las aristocracias y las familias monárquicas (y sus partidarios de todas las clases, incluidos los campesinos) lograron una y otra vez hacer retroceder lo que para ellos era la amenaza democrática. A cada movimiento democrático más o menos exitoso, sucedía una respuesta reaccionaria monárquica. Al mismo tiempo que se da este flujo y reflujo de las luchas democráticas, se extienden y profundizan las relaciones sociales y económicas propias del capitalismo, acicateadas por el impacto de la revolución industrial. De modo que la modernidad capitalista, a pesar de la resistencia aristocrática, le ganaba la partida al feudalismo aristocrático y monárquico en lo que toca al tejido social y la economía se refiere.
aristocracia, para lograr una alianza de clase que emprendiera sólo algunas reformas al absolutismo monárquico, implantando monarquías constitucionales y algunas instituciones “democráticas”. Es por ello que pudiéramos discutir mucho el rasgo “burgués” de la democracia y el republicanismo consecuente, dado que la burguesía europea pactó con la aristocracia monárquica todas esas reformas, dejando en la estacada al proletariado, aislándolo del campesinado.
1887, dice, “el socialismo continental era casi exclusivamente la teoría formulada en el Manifiesto”, y se ha convertido, en la última década del siglo XIX, en el texto socialista más difundido), se produce en el marco de una estabilización y auge económico del capitalismo, posterior a sangrientas derrotas del movimiento obrero.
Efectivamente, el marxismo como tal logra la dirección intelectual del movimiento socialista europeo, gracias a la derrota de las otras tendencias. Ahora bien, esos fracasos fueron también de la clase misma en lucha: la Comuna de París, dirigida por blanquistas y proudhonianos, en primer lugar (1870). Es por esto que Korsch señala que la sistematización de la lectura de la obra de Marx y la constitución del marxismo en doctrina oficial de algunas organizaciones políticas, tuvo lugar después de duras y consistentes
La perspectiva eurocentrista de Marx ha sido señalada por varios comentaristas. No creo que se deba (por lo menos, no solamente) a una simple arrogancia frente a la “barbarie” asiática, africana o americana, aunque pueda rastrearse en algunos textos de Marx cierto dejo de desprecio hacia los países atrasados de Asia y América. Considerando algunas orientaciones metodológicas que da en los textos preparatorios de El Capital, puede decirse que Europa era para Marx y Engels, un modelo de la historia de la Humanidad, porque había alcanzado un grado mayor de desarrollo y progreso (representado, claro está, por el capitalismo industrial). Por esa razón, el conocimiento de la historia de Europa resolvía el conocimiento del resto de los procesos históricos; igual que en la biología evolucionista, para comprender la anatomía de las especies menos evolucionadas, hay que analizar la de las más evolucionadas. Es importante entender que para Marx y Engels, sus esfuerzos de concebir una ciencia de la historia, eran análogos a los de Darwin de realizar una ciencia de las especies biológicas. La segunda reducción, la de la explicación de la historia humana por un proceso más fundamental, la de lucha de clases, no es original de Marx, como se encarga de resaltarlo Engels y el propio Marx. Ya esta explicación la había utilizado Saint Simon y otros. Lo que es propio de Marx y Engels era que … esta lucha ha llegado a la fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y las luchas de clases , esta idea fundamental pertenece única y exclusivamente a Marx. 1
Esto concuerda con el pasaje del propio Manifiesto donde se explica que los comunistas no son opuestos a otros partidos obreros, sino que son el sector “más resuelto”
Estas son las ideas centrales en torno a las cuales gira todo el texto. Los puntos programáticos son considerados por sus propios autores como contingentes, adaptables a otras situaciones históricas. El movimiento proletario del siglo XIX queda así explicado, no a partir de las ideas de sus pensadores, sino por la lógica de unas causas y unos efectos perfectamente discernibles en la experiencia propia de las luchas. Los planteamientos principales del Manifiesto constituyen las premisas de la acción revolucionaria, su garantía científica. No una fe o una especulación filosófica o ética. La convicción racional de esa explicación de la historia (la lucha de clases, el avance de las fuerzas productivas que llevan a su choque con las relaciones sociales, la definitiva liberación de la dominación de clase a través de la victoria proletaria, el aprovechamiento en la nueva sociedad de las riquezas que producen las fuerzas productivas desarrolladas por la burguesía), se identifica con la convicción del revolucionario práctico.
A continuación las páginas del capítulo “Burgueses y proletarios” del Manifiesto Comunista, momento clave en la formulación de la concepción materialista de la historia.
BURGUESES Y PROLETARIOS
Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.
de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición. El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.
Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos.
comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.
Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.
A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la “comuna” una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo. Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.
La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.
lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación. La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.
La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad. Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural. Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.
La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país. Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad. Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política. Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.
fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?
más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.
Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.
más aumentan la maquinaria y la división del trabajo, tanto más aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se intensifique el rendimiento exigido, se acelere la marcha de las máquinas, etc.
La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanta mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.
Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción. Todas las clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del proletariado.
El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse. Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia.
movimiento cosa que todavía logra a todo el proletariado. En esta etapa, los proletarios no combaten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los grandes señores de la tierra, los burgueses no industriales, los pequeños burgueses. La marcha de la historia está toda concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la clase burguesa. Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino que las aprieta y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y al paso que la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado. La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesantes y cada día más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones.
medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política. Las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años. Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros. Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante. Y aprovechándose de las discordias que surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal de sus intereses propios. Así nace en Inglaterra la ley de la jornada de diez horas.
actitud no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia para abrazar la del proletariado. El proletariado andrajoso , esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios. Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado. El proletario carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción industrial moderna, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que en Norteamérica, borra en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión, son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que anidan otros tantos intereses de la burguesía. Todas las clases que le precedieron y conquistaron el Poder procuraron consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de adquisición. Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás.
desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase. Es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad.
miles de habitantes a las tropas, en particular a la Guardia Nacional, una milicia de ciudadanos que era el principal bastión en la defensa de la ciudad. Contra la opinión de los obreros, el gobierno francés firmó un armisticio con las tropas prusianas y creó las condiciones para su entrada en la ciudad. Esto acrecentó el odio de la población, terminó con las expectativas que había creado la Tercera República y aceleró el proceso de organización en los talleres y distritos que venían sufriendo las crueles condiciones de un asedio que provocó una hambruna de grandes proporciones. Este proceso culminó en la creación de un Comité Central de la Guardia Nacional, que desconoció al general designado por el gobierno de la República. En estas condiciones se convocó a una Asamblea Nacional en Burdeos, en la que los sectores reaccionarios (terratenientes, burgueses y monárquicos) se aliaron y ganaron la mayoría sobre los burgueses de izquierda, designando a Luis Thiers al frente del gobierno. El 1 de marzo se concretó la entrada de las tropas prusianas. La Guardia Nacional, con la ayuda de las mujeres y hombres del pueblo, puso a resguardo 400 cañones, mientras banderas de luto asomaban por las ventanas de la ciudad. Los alemanes triunfadores no se atrevieron a entrar en París en son de triunfo. Sólo osaron ocupar un pequeño rincón de la ciudad, una parte en que no había, en realidad, más que parques públicos, y, por añadidura, ¡sólo lo tuvieron ocupado unos cuantos días! Y durante este tiempo, ellos, que habían tenido cercado a París por espacio de 131 días, estuvieron cercados por los obreros armados de la capital, que montaban la guardia celosamente para evitar que algún «prusiano» traspasase los estrechos límites del rincón cedido a los conquistadores extranjeros.
algunos enfrentamientos, los mismos soldados se negaron a disparar a las masas, arengados por la Guardia Nacional y el pueblo, que había levantado barricadas calle por calle. Los generales Lecomte y Thomas, odiados por los obreros, fueron fusilados en el barrio de Montmarte. Thiers huye a Versalles. El Comité Central de la Guardia Nacional asume el gobierno de la ciudad y llama a elecciones para el 26 de marzo. Ese día, el pueblo de París elegía un gobierno de 92 miembros, en los hechos un amplio frente único de obreros, algunos profesionales y representantes de distintos sectores políticos, (reformistas, socialistas, jacobinos, etc.), y fue elegido presidente Louis Blanqui, que no llegó a asumir ya que Thiers lo secuestró y lo mantuvo en una prisión secreta durante el tiempo que duró la Comuna. Los insultos, los sarcasmos, los desprecios, los ataques polémicos de Marx y Engels, dan cuenta de un vigoroso estilo y una pasión política ardiente. Pero al lado y debajo de ellos, sentimos en acción una lógica férrea, la aplicación rigurosa de unos conceptos que adquieren vida en las narraciones. Los individuos son poca cosa más que agentes de las clases sociales en lucha. Los pequeños incidentes, los equívocos, las ridiculeces de algunos personajes, sólo le agregan al texto un efecto realista. Lo principal es la identificación de las cadenas causales, de las tendencias que chocan como olas encrespadas, del proceso global que atraviesa momentos críticos, indefinidos, que seguidamente, alcanzan desenlaces necesarios a partir de determinadas decisiones humanas.
decisiones y medidas son componentes de lo que en obras posteriores, Marx denominó dictadura del proletariado, expresión que no aparece en el texto seleccionado, aunque sí aparece el dolor y la indignación por los errores fatales que se cometieron, productos de cierto embeleso utópico (consideremos que la experiencia la dirigieron proudhomistas y blanquistas), motivados en una confianza ingenua, que no asumió con toda la gravedad del caso la situación de guerra, de amenazas terribles, de la clase burguesa recién desplazada, frente a la cual cabía una respuesta de emergencia, de restricción provisional de la libertad plena conquistada en el nuevo estado proletario, un gobierno fuerte, por lo menos provisionalmente, mientras se superaba la emergencia.
La provisionalidad, la coacción, las restricciones, la centralización y la emergencia, dentro del pensamiento político clásico y moderno, eran los distintivos de la dictadura, que, en ese contexto, no representaba un tipo de estado (como sí lo eran la república, la monarquía y la aristocracia; o el despotismo, o la democracia), sino un régimen temporal, excepcional, limitado a situaciones de gravedad, de urgencia, como sería una guerra o un desastre natural. El análisis crítico que acomete Marx en este texto, arroja una reflexión en este sentido. El hecho de que, ni en el Manifiesto ni en este análisis de la experiencia de la Comuna, aparezca el término de dictadura del proletariado, que adquiriría con Lenin una gran relevancia teórica, da qué pensar. En lugar de esa expresión, los autores prefieren hablar de la elevación del proletariado a clase dominante. Y cuando van a describir y explicar las decisiones y medidas de la Comuna, resaltan sus aspectos radicalmente democráticos. Y lamentan que los dirigentes proletarios no hayan tomado en cuenta, con la debida seriedad, las condiciones de emergencia de su acción, para tomar las medidas correspondientes.
III
En la alborada del 18 de marzo de 1871, París despertó entre un clamor de gritos de "Vive la Commune!" ¿Qué es la Comuna, esa esfinge que tanto atormenta los espíritus burgueses? "Los proletarios de París decía el Comité Central en su manifiesto del 18 de marzo , en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, se han dado cuenta de que ha llegado la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos . . . Han comprendido que es su deber imperioso y su derecho indiscutible hacerse dueños de sus propios destinos, tomando el Poder." Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está, y a servirse de ella para sus propios fines.acabó transformando en un medio para la esclavización del trabajo por el capital. La antítesis directa del Imperio era la Comuna. El grito de "República social", con que la Revolución de Febrero fue anunciada por el proletariado de París, no expresaba más que el vago anhelo de una República que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase. La Comuna era la forma positiva de esta República. París, sede central del viejo Poder gubernamental y, al mismo tiempo, baluarte social de la clase obrera de Francia, se había levantado en armas contra el intento de Thiers y los "rurales" de restaurar y perpetuar aquel viejo Poder que les había sido legado por el Imperio. Y si París pudo resistir fue únicamente porque, a consecuencia del asedio, se había deshecho del ejército, substituyéndolo por una Guardia Nacional, cuyo principal contingente lo formaban los obreros. Ahora se trata de convertir este hecho en una institución duradera. Por eso, el primer decreto de la Comuna fue para suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado.
continuar siendo un instrumento del Gobierno central, la policía fue despojada inmediatamente de sus atributos políticos y convertidos en instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los servidores públicos debían devengar salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad privada de los testaferros del Gobierno central. En manos de la Comuna se pusieron no solamente la administración municipal, sino toda la iniciativa ejercida hasta entonces por el Estado.
Los funcionarios judiciales debían perder aquella fingida independencia que sólo había servido para disfrazar su abyecta sumisión a los sucesivos gobiernos, ante los cuales iban prestando y violando, sucesivamente, el juramento de fidelidad. Igual que los demás funcionarios públicos, los magistrados y los jueces habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables.
comunales que, gracias a esta condición, serían estrictamente responsables. No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el Poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, de la cual no era más que una excrecencia parasitaria. Mientras que los órganos puramente represivos del viejo Poder estatal habían de ser amputados, sus funciones legitimas serían arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, para restituirlas a los servidores responsables de esta sociedad. En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante habían de "representar" al pueblo en el parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio individual sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. Y es bien sabido que lo mismo las compañías que los particulares, cuando se trata de negocios saben generalmente colocar a cada hombre en el puesto que le corresponde y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica.
precedido a ese Estado, le sirvieron luego de base. Al régimen comunal se le ha tomado erróneamente por un intento de fraccionar, como lo soñaban Montesquieu y los girondinos[76], esa unidad de las grandes naciones en una
como contrapeso a un Poder estatal que ahora era superfluo. Sólo en la cabeza de un Bismarck, que, cuando no está metido en sus intrigas de sangre y hierro, gusta de volver a su antigua ocupación, que tan bien cuadra a su calibre mental, de colaborador del Kladderadatsch (el Punch de Berlín), sólo en una cabeza como ésa podía caber el achacar a la Comuna de París la aspiración de reproducir aquella caricatura de la organización municipal francesa de 1791 que es la organización municipal de Prusia, donde la administración de las ciudades queda rebajada al papel de simple rueda secundaria de la maquinaria policíaca del Estado prusiano. Ese tópico de todas las revoluciones burguesas, "un gobierno barato", la Comuna lo convirtió en realidad al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado. Su sola existencia presuponía la no existencia de la monarquía que, en Europa al menos, es el lastre normal y el disfraz indispensable de la dominación de clase La Comuna dotó a la República de una base de instituciones realmente democráticas. Pero, ni el gobierno barato, ni la "verdadera República" constituían su meta final, no eran más que fenómenos concomitantes.
apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo.
Sin esta última condición, el régimen comunal habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, cada hombre
del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo, el "irrealizable" comunismo! Sin embargo, los individuos de las clases dominantes que son lo bastante inteligentes para darse cuenta de la imposibilidad de que el actual sistema continúe y no son pocos se han erigido en los apóstoles molestos y chillones de la producción cooperativa. Ahora bien, si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de substituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, sino comunismo, comunismo "realizable"?
resucitase. El Imperio los había arruinado económicamente con su dilapidación de la riqueza pública, con las grandes estafas financieras que fomentó y con el apoyo prestado a la concentración artificialmente acelerada del capital, que suponía la expropiación de muchos de sus componentes. Los había oprimido políticamente, y los había irritado moralmente con sus orgías; había herido su volterianismo al confiar la educación de sus hijos a los frères ignorantins, y había sublevado su sentimiento nacional de franceses al lanzarlos precipitadamente a una guerra que sólo ofreció una compensación para todos los desastres que había causado: la caída del Imperio. En efecto, tan pronto huyó de París la alta bohème bonapartista y capitalista, el auténtico Partido del Orden de la clase media surgió bajo la forma de "Unión Republicana”, se colocó bajo la bandera de la Comuna y se puso a defenderla contra las malévolas desfiguraciones de Thiers. El tiempo dirá si la gratitud de esta gran masa de la clase media va a resistir las duras pruebas de estos momentos.
proceso cada vez más acelerado en virtud del desarrollo de la agricultura moderna y la competencia de la producción agrícola capitalista.
El campesino francés había elegido a Luís Bonaparte presidente de la República, pero fue el Partido del Orden el que creó el Segundo Imperio. Lo que el campesino francés quiere realmente, comenzó a demostrarlo él mismo en 1849 y 1850, al oponer su maire al prefecto del gobierno, su maestro de escuela al cura del gobierno y su propia persona al gendarme del gobierno. Todas las leyes promulgadas por el Partido del Orden en enero y febrero de 1850 fueron medidas descaradas de represión contra el campesino. El campesino era bonapartista porque la gran revolución, con todos los beneficios que le había conquistado, se personificaba para él en Napoleón
Pero esta ilusión, que se esfumó rápidamente bajo el Segundo Imperio (y que era, por naturaleza, contraria a los "rurales"), este prejuicio del pasado, ¿cómo hubiera podido hacer frente a la apelación de la Comuna a los intereses vitales y necesidades más apremiantes de los campesinos? Los "rurales" tal era, en realidad, su principal temor sabían que tres meses de libre contacto del París de la Comuna con las provincias bastarían para desencadenar una sublevación general de campesinos, y de ahí su prisa por establecer el bloqueo policiaco de París para impedir que la epidemia se propagase.
La gran medida social de la Comuna fue su propia existencia, su labor. Sus medidas concretas no podían menos de expresar la línea de conducta de un gobierno del pueblo por el pueblo. Entre ellas se cuentan la abolición del trabajo nocturno para los obreros panaderos, y la prohibición, bajo penas, de la práctica corriente entre los patronos de mermar los salarios imponiendo a sus obreros multas bajo los más diversos pretextos, proceso éste en el que el patrono se adjudica las funciones de legislador, juez y agente ejecutivo, y, además, se embolsa el dinero. Otra medida de este género fue la entrega a las asociaciones obreras, bajo reserva de indemnización, de todos los talleres y fábricas cerrados, lo mismo si sus respectivos patronos habían huido que si habían optado por parar el trabajo. Las medidas financieras de la Comuna, notables por su sagacidad y moderación, hubieron de limitarse necesariamente a lo que era compatible con la situación de una ciudad sitiada. Teniendo en cuenta el latrocinio gigantesco desencadenado sobre la ciudad de París por las grandes empresas financieras y los contratistas de obras bajo la tutela de Haussmann, la Comuna habría tenido títulos incomparablemente mejores para confiscar sus bienes que los que Luis Napoleón había tenido para confiscar los de la familia de Orleans. Los Hohenzollern y los oligarcas ingleses, una buena parte de cuyos bienes provenían del saqueo de la Iglesia, pusieron naturalmente el grito en el cielo cuando la Comuna sacó de la secularización 8.000 míseros francos.
Jules Favre, todavía a la sazón ministro de Asuntos Exteriores de Francia, y que seguía vendiendo su país a Bismarck y dictando órdenes a aquel incomparable Gobierno de Bélgica? La verdad es que la Comuna no presumía de infalibilidad, don que se atribuían sin excepción todos los gobiernos de viejo cuño. Publicaba sus acciones y sus palabras y daba a conocer al público todas sus imperfecciones.
boyardos de Valaquia. Ya no había cadáveres en la morgue, ni asaltos nocturnos, y apenas uno que otro robo; por primera vez desde los días de febrero de 1848, se podía transitar seguro por las calles de París, y eso que no había policía de ninguna clase. "Ya no se oye hablar decía un miembro de la Comuna de asesinatos, robos y atracos; diríase que la policía se ha llevado consigo a Versalles a todos sus amigos conservadores". Las
cocottes [damiselas] habían reencontrado el rastro de sus protectores,
"Les doy a ustedes mi palabra, a la que jamás he faltado", dice Thiers a una comisión de alcaldes del departamento de SeineetOise. A la Asamblea Nacional le dice que "es la Asamblea más libremente elegida y más liberal que en Francia ha existido"; dice a su abigarrada soldadesca, que es "la admiración del mundo y el mejor ejército que jamás ha tenido Francia"; dice a las provincias que el bombardeo de París llevado a cabo por él es un mito: "Si se han disparadoalgunos cañonazos, no ha sido por el ejército de Versalles, sino por algunos insurrectos empeñados en hacernos creer que luchan, cuando en realidad no se atreven a asomar sus caras". Poco después, dice a las provincias que "la artillería de Versalles no bombardea a París, sino que simplemente lo cañonea". Dice al arzobispo de París que las pretendidas ejecuciones y represalias (!) atribuidas a las tropas de Versalles son puras invenciones. Dice a París que sólo ansía "liberarlo de los horribles tiranos que lo oprimen" y que el París de la Comuna no es, en realidad, "más que un puñado de criminales".
completamente seguro de que el resultado de la votación en las provincias le permitiría ungir a la Asamblea Nacional con aquel poder moral que jamás había tenido, y obtener por fin de las provincias la fuerza material que necesitaba para la conquista de París.
contra París, a la nueva ley de deportaciones de Dufaure. Bajo todas estas circunstancias, Thiers no hubiera podido seguir representando su comedia de conciliación, si esta comedia no hubiese arrancado, como él precisamente quería, gritos de rabia entre los "rurales", cuyas cabezas rumiantes no podían comprender la farsa, ni todo lo que la farsa exigía en cuanto a hipocresía, tergiversación y dilaciones.
Francia, ¿no era éste el hombre predestinado para ser elegido por Thiers, en su última y culminante traición, como digno auxiliar de Jules Favre?
A la llegada a Francfort de esta magnífica pareja de delegados plenipotenciarios, el brutal Bismarck los recibió con este dilema categórico: "¡O la restauración del Imperio, o la aceptación sin reservas de mis condiciones de paz!". Entre estas condiciones entraba la de acortar los plazos en que había de pagarse la indemnización de guerra y la prórroga de la ocupación de los fuertes de París por las tropas prusianas mientras Bismarck no estuviese satisfecho con el estado de cosas reinante en Francia. De este modo, Prusia era reconocida como supremo árbitro de la política interior francesa. A cambio de esto, ofrecía soltar, para que exterminase a París, al ejército bonapartista que tenía prisionero y prestarle el apoyo directo de las tropas del emperador Guillermo. Como prenda de su buena fe, se prestaba a que el pago del primer plazo de la indemnización se subordinase a la "pacificación" de París. Huelga decir que Thiers y sus delegados plenipotenciarios se apresuraron a tragar esta sabrosa carnada. El Tratado de Paz fue firmado por ellos el 10 de mayo y ratificado por la Asamblea de Versalles el 18 del mismo mes.
actuaban "con la ley en la mano" ni con el grito de "civilización" en los labios.
Y tras estos horrores, volvamos la vista a otro aspecto, todavía más repugnante, de esa civilización burguesa, tal como su propia prensa lo describe.
"Mientras a lo lejos escribe el corresponsal parisino de un periódico conservador de Londres se oyen todavía disparos sueltos y entre las tumbas del cementerio de Pére Lachaise agonizan infelices heridos abandonados; mientras 6.000 insurrectos aterrados vagan en una agonía de desesperación en el laberinto de las catacumbas y por las calles se ven todavía infelices llevados a rastras para ser segados en montón por las
mitrailleuses resulta indignante ver los cafés llenos de bebedores de ajenjo y
de jugadores de billar y de dominó; ver cómo las mujeres del vicio deambulan por los bulevares y oír cómo el estrépito de las orgías en los
cabinets particuliers de los restaurantes distinguidos turban el silencio de la
noche". El señor Edouard Hervé escribe en el Journal de París, periódico de Versalles suprimido por la Comuna: "El modo cómo la población de París (!) manifestó ayer su satisfacción era más que frívolo, y tememos que se agrave con el tiempo. París presenta ahora un aire de día de fiesta lamentablemente poco apropiado. Si no queremos que nos llamen los
parisinos de la decadencia, debemos poner término a tal estado de cosas". Y
de voluptuosidad que destruía su cuerpo y encenagaba su alma alibi
proelia et vulnera, alibi balnea popinaeque (aquí combates y heridas, allí
baños y festines)". El señor Hervé sólo se olvida de aclarar que la "población de París" de que él habla es, exclusivamente, la población del París del señor Thiers: los francsfileurs que volvían en tropel de Versalles, de Saint Denis, de Rueil y de Saint Germain, el París de la "decadencia".
de moderación y de humanidad la sed de sangre de sus instintos satánicos, para darle rienda suelta en la hora de su agonía!
versallesas. ¿Quién podía seguir guardando sus vidas después de la carnicería con que los pretorianos de MacMahon celebraron su entrada en
París? ¿Había de convertirse también en una burla la última medida la toma de rehenes con que se aspiraba a contener el salvajismo desenfrenado de los gobiernos burgueses? El verdadero asesino del arzobispo Darboy es Thiers. La Comuna propuso repetidas veces el canje del arzobispo y de otro montón de clérigos por un solo prisionero, Blanqui, que Thiers tenía entonces en sus garras. Y Thiers se negó tenazmente. Sabía que entregando a Blanqui daría a la Comuna una cabeza, mientras que el arzobispo seniría mejor a sus fines como cadáver. Thiers seguía aquí las huellas de Cavaignac. ¿Acaso en junio de 1848 Cavaignac y sus gentes del Orden no habían lanzado gritos de horror, estigmatizando a los insurrectos como asesinos del arzobispo Affre? Y ellos sabían perfectamente que el arzobispo había sido fusilado por las tropas del Partido del Orden.
aparezcan en la vanguardia. El terreno de donde brota nuestra Asociación es la propia sociedad moderna. No es posible exterminarla, por grande que sea la carniceria. Para hacerlo, los gobiernos tendrían que exterminar el despotismo del capital sobre el trabajo, base de su propia existencia parasitaria.
El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera. Y a sus exterminadores la historia los ha clavado ya en una picota eterna, de la que no lograrán redimirlos todas las preces de su clerigalla.
3. Crítica del programa de Gotha
los setenta, a acuerdos políticos con el canciller presidente prusiano Otto Leopold Von Bismarck.
Bismarck era representante de la aristocracia prusiana, quien, desde 1863 emprendió la unificación alemana, bajo el reinado del Kaiser Guillermo I, mediante una agresiva política militarista y una serie de acciones bélicas: guerra con Dinamarca para quitarle el ducado de SchleswingHolstein imponiéndose a la mayoría liberal en el parlamento de
Prusia, guerra contra Austria (1866) mediante la cual se hizo dueño absoluto de aquel ducado y anexó a PrusiaHannover y HesseCassel; a continuación creó la Confederación de Alemania Septentrional bajo la hegemonía de Prusia, que incluía todos los territorios germánicos situados al norte del Main; guerra Francoprusiana de 1871 (uno de cuyos episodios fue la Comuna de París). Lassalle proponía lograr el apoyo gubernamental a la formación de cooperativas y conquistar las elecciones universales y directas, a cambio de aislar al sector liberal burgués, representado por el Partido Progresista, enemigo de Bismarck. Rechazaba la acción reivindicativa de los sindicatos porque supuestamente apartaba la atención del verdadero objetivo de alcanzar el poder político, y también se oponía al constitucionalismo parlamentario de la burguesía liberal, por considerarlo una forma de estado resultado de unas correlaciones de fuerzas sociales, cuando, para él, el fin del Estado no era otro que la hegeliana implantación de la idea. Su sistema de gobierno era un poder central autoritario, una dictadura educativa de reafirmación plebiscitaria, guiada por la intuición del liderazgo, y no por la dictadura de la clase obrera como tal.
Según la primera tesis, el trabajo era la fuente de toda riqueza y de toda cultura, es decir, que sin trabajo, no era posible tampoco la existencia de ninguna sociedad. Ahora, nos enteramos, por el contrario, de que sin sociedad no puede existir ningún trabajo "útil". Del mismo modo hubiera podido decirse que sólo en la sociedad puede el trabajo inútil e incluso perjudicial a la comunidad convertirse en una rama industrial, que sólo dentro de la sociedad se puede vivir del ocio, etc., etc.; en una palabra, copiar aquí a todo Rousseau. ¿Y que es trabajo "útil"? No puede ser más que el trabajo que consigue el efecto útil propuesto. Un salvaje y el hombre es un salvaje desde el momento en que deja de ser mono que mata a un animal de una pedrada, que amontona frutos, etc., ejecuta un trabajo "útil". Tercero. Conclusión: "Y como el trabajo útil sólo es posible dentro de la sociedad y a través de ella, el fruto íntegro del trabajo pertenece por igual derecho a todos los miembros de la sociedad".
¡Hermosa conclusión! Si el trabajo útil sólo es posible dentro de la sociedad y a través de ella, el fruto del trabajo pertenecerá a la sociedad, y el trabajador individual sólo percibirá la parte que no sea necesaria para sostener la "condición" del trabajo, que es la sociedad.
En realidad, esa tesis la han hecho valer en todos los tiempos los
defensores de todo orden social existente. En primer lugar, vienen las
es el órgano de la sociedad para el mantenimiento del orden social; detrás de él, vienen las distintas clases de propiedad privada,* con sus pretensiones respectivas, pues las distintas clases de propiedad privada son las bases de la sociedad, etc. Como vemos, a estas frases hueras se les puede dar las vueltas y los giros que se quiera. La primera y la segunda parte del párrafo sólo guardarían una cierta relación razonable redactándolas así: "El trabajo sólo es fuente de riqueza y de cultura como trabajo social", o, lo que es lo mismo, "dentro de la sociedad y a través de ella".
Pero de hecho, todo ese párrafo, que es falso lo mismo en cuanto a estilo que en cuanto a contenido, no tiene más finalidad que la de inscribir como consigna en lo alto de la bandera del Partido el tópico lassalleano del "fruto íntegro del trabajo". Volveré más adelante sobre esto del "fruto del trabajo", el "derecho igual", etc., ya que la misma cosa se repite luego en forma algo diferente. 2. "En la sociedad actual, los medios de trabajo son monopolio de la clase capitalista; el estado de dependencia de la clase obrera que de esto se deriva, es la causa de la miseria y de la esclavitud en todas sus formas". Así "corregida", esta tesis, tomada de los Estatutos de la Internacional, es falsa. En la sociedad actual, los medios de trabajo son monopolio de los dueños de tierras (el monopolio de la propiedad del suelo es, incluso, la base del monopolio del capital) y de los capitalistas. Los Estatutos de la Internacional no mencionan, en el pasaje correspondiente, ni una ni otra clase de monopolistas. Hablan de "los monopolizadores de los medios de
trabajo, es decir, de las fuentes de vida". Esta adición: "fuentes de vida",
señala claramente que el suelo esta comprendido entre los medios de trabajo.
Para saber lo que aquí hay que entender por la frase de "reparto equitativo", tenemos que cotejar este párrafo con el primero. El párrafo que glosamos supone una sociedad en la cual los "medios de trabajo son patrimonio común y todo el trabajo se regula colectivamente", mientras que en el párrafo primero vemos que "el fruto íntegro del trabajo pertenece por igual derecho a todos los miembros de la sociedad".
Tercero: el fondo de reserva o de seguro contra accidentes, trastornos
debidos a fenómenos naturales, etc.
De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha
desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta
se cambia una cantidad de trabajo, bajo una forma, por otra cantidad igual de trabajo, bajo otra forma distinta.
Por eso, el derecho igual sigue siendo aquí, en principio, el derecho
burgués, aunque ahora el principio y la práctica ya no se tiran de los pelos,
mientras que en el régimen de intercambio de mercancías, el intercambio de equivalentes no se da más que como término medio, y no en los casos individuales.
A pesar de este progreso, este derecho igual sigue llevando implícita una limitación burguesa. El derecho de los productores es proporcional al trabajo que han rendido; la igualdad, aquí, consiste en que se mide por el
mismo rasero: por el trabajo.
Pero unos individuos son superiores, física e intelectualmente a otros y rinden, pues, en el mismo tiempo, más trabajo, o pueden trabajar más tiempo; y el trabajo, para servir de medida, tiene que determinarse en cuanto a duración o intensidad; de otro modo, deja de ser una medida. Este derecho
igual es un derecho desigual para trabajo desigual. No reconoce ninguna
distinción de clase, porque aquí cada individuo no es más que un trabajador como los demás; pero reconoce, tácitamente, como otros tantos privilegios naturales, las desiguales aptitudes individuales, y, por consiguiente, la desigual capacidad de rendimiento. En el fondo es, por tanto, como todo
derecho, el derecho de la desigualdad. El derecho sólo puede consistir, por
Me he extendido sobre el "fruto íntegro del trabajo", de una parte, y de otra, sobre "el derecho igual" y "el reparto equitativo", para demostrar en qué grave falta se incurre, de un lado, cuando se quiere volver a imponer a nuestro Partido como dogmas ideas que, si en otro tiempo tuvieron un sentido, hoy ya no son más que tópicos en desuso, y, de otro, cuando se tergiversa la concepción realista que tanto esfuerzo ha costado inculcar al Partido, pero que hoy está ya enraizada con patrañas ideológicas, jurídicas y de otro género, tan en boga entre los demócratas y los socialistas franceses.
Aun prescindiendo de lo que queda expuesto, es equivocado, en general, tomar como esencial la llamada distribución y poner en ella el acento principal.
intermedio suyo, una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución. Una vez que esta dilucidada, desde hace ya mucho tiempo, la verda dera relación de las cosas, ¿por qué volver a marchar hacia atrás? 4. "La emancipación del trabajo tiene que ser obra de la clase obrera, frente a la cual todas las demás clases no forman mas que una masa reaccionaria". La primera estrofa está tomada del preámbulo de los Estatutos de la Internacional, pero "corregida". Allí se dice: "La emancipación de la clase obrera tiene que ser obra de los obreros mismos"; aquí, por el contrario, "la clase obrera" tiene que emancipar, ¿a quien?, "al trabajo". ¡Entiéndalo quien pueda! Para indemnizarnos, se nos da, a título de antistrofa, una cita lassalleana del más puro estilo: "frente a la cual (a la clase obrera) todas las demás clases no forman más que una masa reaccionaria ".
En el Manifiesto Comunista se dice: "De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente
revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el
Por lo demás, en el párrafo que acabamos de citar, esta sentencia lassalleana está traída por los pelos y no guarda ninguna relación con la manoseada cita de los Estatutos de la Internacional. El traerla aquí, es sencillamente una impertinencia, que seguramente no le desagradará, ni mucho menos, al señor Bismarck; una de esas impertinencias baratas en que es especialista el Marat de Berlín. 5. "La clase obrera procura su emancipación, en primer termino, dentro del marco del Estado nacional de hoy, consciente de que el resultado necesario de sus aspiraciones, comunes a los obreros de todos los países civilizados, será la fraternización internacional de los pueblos".