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Heisenberg

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(1)

WERNER HEISENBERG

WERNER HEISENBERG

LA IMAGEN DE LA

LA IMAGEN DE LA

NATURALEZA EN LA

NATURALEZA EN LA

FISICA ACTUAL

FISICA ACTUAL

EDICION

(2)
(3)

 T 

 T 

íí

tulo

tulo original: Das

original: Das Na

Natturbild der heut

urbild der heutigen

igen Physik

Physik (1955)

(1955)

 T

 Traducc

raduccii

ó

ó

n: Gabriel Ferrat

n: Gabriel Ferrat

éé

Asesor cient

Asesor cient

íí

fico de la colecci

fico de la

colecci

ó

ó

n: Pedro Puigdom

n: Pedro Puigdom

éé

nech

nech

Direcci

Direcci

ó

ó

n de la colecci

n de la colecci

ó

ó

n: Virgilio Ortega

n: Virgilio Ortega

© 1955: Rowohlt Verlag, Hamburgo

© 1955: Rowohlt Verlag, Hamburgo

© 1976: Ariel, S. A.

© 1976: Ariel, S. A.

© por la prese

© por la presente

nte edici

edici

ó

ó

n, Ediciones Orbis, S. A

n, E

diciones Orbis, S. A., 1985

., 1985

Apartado de Correos

Apartado de Correos 35432,

35432, Barcelona

Barcelona

© Foto portada: Pete Turner/The I

© Foto portada: Pete Turner/The Image Bank

mage Bank

ISBN:

84-7634-001-ISBN: 84-7634-001-X

X (Obra completa)

(Obra completa)

ISBN: 84-7634-184-9

ISBN: 84-7634-184-9

D. L.: B. 23194-1985

D. L.: B. 23194-1985

Fotocomposici

Fotocomposici

ó

ó

n: Fotocomposici

n: Fotocomposici

ó

ó

 Tharrats

 Tharrats

Gran Via de

Gran Via de les Corts Catalanes, 569. 08011 Ba

les Corts Catalanes, 569. 08011 Barcelona

rcelona

Impreso y encuadernado por

Impreso y encuadernado por

Printer industria gr

Printer industria gr

á

á

fica, s. a. Provenza, 388 Barcelona

fica, s. a. Provenza, 388 Barcelona

Sant Vicen

Sant Vicen

Printed in Spain

Printed in Spain

 dels Horts

 dels Horts

(4)

I. LA IMAG

I. LA IMAG EN DE LA NAT

EN DE LA NATURALEZA EN LA F

URALEZA EN LA F

II

SICA ACTUAL 

SICA ACTUAL 

Se ha sugerido que acaso la actitud del hombre moderno ante la

Se ha sugerido que acaso la actitud del hombre moderno ante la

Naturaleza sea radicalmente distinta de la actitud de

Naturaleza sea radicalmente distinta de la actitud de

éé

pocas anteriores,

pocas anteriores,

tanto, que

tanto, que tenga por consecuen

tenga por consecuencia una completa trans

cia una completa transformaci

formaci

ó

ó

n de

n de todas

todas

las relaciones con la Naturaleza, por ejemplo de la relaci

las relaciones con la Naturaleza, por ejemplo de la relaci

ó

ó

n del artista. Lo

n del artista. Lo

cierto es que en

cierto es que en nuestros

nuestros tiempos, mucho m

tiempos, mucho m

á

á

s que en siglos anteriores, la

s que e

n siglos anteriores, la

actitud ante la

actitud ante la Naturaleza se expresa mediante una filosof 

Naturaleza se expresa mediante una filosof 

íí

a natural

a natural

altamente desarrollad

altamente desarrollada; y por otra

a; y por otra parte, dicha actitud es de

parte, dicha actitud es determinada en

terminada en

considerable medida por la ciencia natural y la t

considerable medida por la ciencia natural y la t

éé

cnica modernas. No es,

cnica modernas. No es,

por consiguiente, s

por consiguiente, s

ó

ó

lo al cient

lo al cient

íí

fico que importa precisar la imagen de la

fico que importa precisar la imagen de la

Naturaleza seg

Naturaleza seg

ú

ú

n la dibuja l

n la dibuja la moderna cien

a moderna ciencia natural y en particular la

cia natural y en particular la

F

F

íí

sica de hoy. Conviene de todos modos precaverse en seguida contra

sica de hoy. Conviene de todos modos precaverse en seguida contra

una posible confusi

una posible confusi

ó

ó

n: no existen razones para pensar que la imagen

n: no existen razones para pensar que la imagen

cient

cient

íí

fica del Universo natural haya influido inmediatamente en las

fica del Universo natural haya influido inmediatamente en las

diversas relaciones de los hombres con la Naturaleza, por ejemplo en la

diversas relaciones de los hombres con la Naturaleza, por ejemplo en la

del

del artis

artista moderno. M

ta moderno. M

á

á

s aceptable parece la idea de que las alteraciones

s aceptable parece la idea de que las alteraciones

en

en los fundamentos de la moderna cien

los fundamentos de la moderna ciencia de la Naturaleza son indicio de

cia de la Naturaleza son indicio de

alteraciones hondas en las bases de nuestra existencia, y que,

alteraciones hondas en las bases de nuestra existencia, y que,

precisament

precisamente

e por tal raz

por tal raz

ó

ó

n, aquellas alteraciones en el dominio cient

n, aquellas alteraciones en el dominio cient

íí

fico

fico

repercuten en todos los dem

repercuten en todos los dem

á

á

s ámbitos de la vida. Desde este punto de

s ámbitos de la vida. Desde este punto de

v

vista,

ista, se concibe que tal v

se concibe que tal vez a todo hombre

ez a todo hombre que, con fine

que, con fines de creaci

s de creaci

ó

ó

n o de

n o de

reflexi

reflexi

ó

ó

n, desee penetrar en la esencia de la Naturaleza, haya de

n, desee penetrar en la esencia de la Naturaleza, haya de

interesarle la pregunta: ¿Qu

interesarle la pregunta: ¿Qu

éé

  cambios han tenido lugar, durante los

  cambios han tenido lugar, durante los

ú

(5)

1.

 EL PROBLEMA DE LA NAT URALEZA

Los cambios en la actitud del cient 

 f ico ante la Naturaleza

í 

Empecemos dirigiendo nuestra mirada a las ra

í

ces hist

ó

ricas de la

ciencia de la Naturaleza en la Edad Moderna. Cuando, en el siglo XVII,

fue fundada dicha ciencia por Kepler, Galileo y Newton, hallaron

é

stos

ante s

í

, como punto de partida, la imagen de la Naturaleza caracter

í

stica

de la Edad Media: la Naturaleza era todav

í

a, en primer lugar, lo creado

por Dios. Como obra de Dios se la conceb

í

a, y a las gentes de la

é

poca les

hubiera parecido una insensatez querer ahondar en el mundo material

prescindiendo de Dios. Como documento de la

é

poca, citar

é

 las palabras

con que Kepler concluye el

ú

ltimo volumen de su Armon 

í 

a del Universo: 

 Te doy las graci as a ti, Di os se

ñ

or y creador nuestro, porque me dejas ver la belleza de tu creaci

ó

n, y me regocijo con las obras de tus manos. Mira, ya he concluido la obra a la que me sent

í

 llamado; he cultivado el talento que T 

ú

 me diste ; he proclamado la m agnificencia de tus obras a los hom bre s que le an estas demostraciones, en la medida en que pudo abarcarla la limitaci

ó

n de mi esp

í

ritu.

Pero en el transcurso de unos pocos decenios, la actitud del hombre

ante la Naturaleza qued

ó

  profundamente alterada. A medida que el

cient

í

fico ahondaba en los detalles de los procesos naturales, iba

convenci

é

ndose de que en efecto era posible, siguiendo a Galileo, aislar

ciertos procesos naturales de las circunstancias que les rodean, para

describirlos matem

á

ticamente y con ello "explicarlos". As

í

  fue

adquiriendo una clara noci

ó

n de la infinitud de la tarea propuesta a la

naciente ciencia de la Naturaleza. Ya para Newton, el mundo no era

sencillamente la obra de Dios, que s

ó

lo puede ser comprendida en su

conjunto. Su actitud ante la Naturaleza no puede describirse mejor que

mediante su conocida frase en la que se compara a un ni

ñ

o que juega en

la playa y se alegra cuando encuentra un guijarro m

á

s pulido o una

concha m

á

s hermosa que de ordinario, mientras el gran oc

é

ano de la

verdad se extiende ante

é

l, inexplorado. Tal vez nos ayude a comprender

(6)

este cambio en la actitud del cient

í

fico ante la Naturaleza la observaci

ó

n

de que en aquella época el pensamiento cristiano hab

í

a llegado a separar

tanto a Dios de la tierra, situ

á

ndole en un tan alto cielo, que

rec

í

procamente no parec

í

a ya absurdo considerar a la tierra

prescindiendo de Dios. Hasta cierto punto, pues, es justificado pensar

con Kamlah que la moderna ciencia de la Naturaleza revela una forma de

ate

í

smo específicamente cristiana; con ello se comprende que en otros

á

mbitos culturales no haya tenido lugar una evoluci

ó

n semejante. No

puede tampoco ser fortuito el hecho de que precisamente en la misma

é

poca las artes figurativas comiencen a tomar a la Naturaleza como

objeto de representaci

ó

n, prescindiendo de los temas religiosos. Id

é

ntica

tendencia se manifiesta en el dominio cient

í

fico cuando se considera a la

Naturaleza como independiente, no s

ó

lo de Dios, sino tambi

é

n del

hombre, constituy 

é

ndose el ideal de una descripci

ó

n o una explicaci

ó

n

"objetiva" de la Naturaleza. No debe olvidarse, sin embargo, que para el

mismo Newton la concha es valiosa porque ha salido del gran oc

é

ano de

la verdad, y que el hecho de contemplarla no tiene desde luego valor en s

í

mismo; el estudio de la concha adquiere sentido cuando se le pone en

conexi

ó

n con la totalidad del Universo.

La

é

poca siguiente aplic

ó

  con

é

 xito los m

é

todos de la Mec

á

nica

newtoniana a dominios de la Naturaleza cada vez m

á

s amplios. Se

procur

ó

 aislar mediante el experimento determinadas partes del proceso

natural, observarlas objetivamente y comprender su regularidad; se

procur

ó

  luego formular matem

á

ticamente las relaciones descubiertas

obteniendo "leyes" de validez incondicion ada en todo el Universo. Con ello

se alcanz

ó

 finalmente, mediante la t

é

cnica, el poder de aplicar a nuestros

fines las fuerzas de la Naturaleza. El magno desarrollo de la mec

á

nica en

el siglo XVIII, y el de la

ó

ptica y la teor

í

a y t

é

cnica t

é

rmicas a principios del

XIX, atestiguan la fecundidad de aquel principio.

(7)

A medida que aquel tipo de ciencia natural iba obteniendo

é

 xito,

traspasaba progresivamente las fronteras del dominio de la experiencia

cotidiana y penetraba en remotas zonas de la Naturaleza, que no pod

í

an

ser alcanzadas m

á

s que mediante la t

é

cnica que por su parte iba

desarroll

á

ndose en combinaci

ó

n con la ciencia natural. Ya en la obra de

Newton, el paso decisivo lo constituy 

ó

 el descubrimiento de que las leyes

mec

á

nicas que rigen la ca

í

da de una piedra son las mismas que presiden

el movimiento de la Luna alrededor de la Tierra, y, por consiguiente, que

aquellas leyes pueden aplicarse tambi

é

n en dimensiones c

ó

smicas. En la

é

poca siguiente, la ciencia natural fue realizando incursiones victoriosas,

cada vez en mayor estilo, en aquellos dominios remotos de la Naturaleza

de los que no tenemos noticia m

á

s que pasando por el rodeo de la t

é

cnica,

es decir, mediante aparatos m

á

s o menos complicados. Gracias a los

telescopios perfeccionados, la Astronom

í

a ocup

ó

 espacios c

ó

smicos cada

vez m

á

s extensos; la Qu

í

mica tom

ó

  por base el comportamiento de la

materia en las transformaciones qu

í

micas para explicar los procesos en

dimensiones atomales; los experimentos con la m

á

quina de inducci

ó

n y

la pila de Volta proporcionaron las primeras claridades sobre los

fen

ó

menos el

é

ctricos, extra

ñ

os todav

í

a a la vida ordinaria de la

é

poca. As

í

fue paulatinamente transform

á

ndose el significado de la palabra

"Naturaleza", en cuanto designa al obje to de la investigaci

ó

n de la ciencia

natural. El concepto de "Naturaleza" se convirti

ó

 en concepto colectivo de

todos los dominios de la experiencia que resultan asequibles para el

hombre con los medios de la ciencia natural y de la t

é

cnica,

prescindiendo de si alguno de tales dominios forma o no parte de la

"Naturaleza" que conocemos por la experiencia ordinaria. Tambi

é

n el

t

é

rmino de "descripci

ó

n" de la Naturaleza fue perdiendo cada vez m

á

s su

sentido primitivo, el de una exposici

ó

n orientada a presentar un cuadro

de la Naturaleza tan vivo e intuitivo como fuera posible; antes bien, se

trata, en creciente medida, de una descripci

ó

n matem

á

tica de la

Naturaleza, es decir, de una compilaci

ó

n, todo lo precisa y concisa que se

pudiera, pero al propio tiempo inclusiva de informaciones sobre las

(8)

conexiones regulares observadas en la Naturaleza.

La ampliaci

ó

n del concepto de Naturaleza que con ello, y en parte de

modo inconsciente, tuvo lugar, no deb

í

a a

ú

n

interpretarse

necesariamente como un radical abandono de los primitivos fines de la

ciencia natural. Los conceptos b

á

sicos decisivos, en efecto, eran en la

experiencia dilatada los mismos que gobiernan la experiencia natural, y

para el siglo XIX la Naturaleza no era m

á

s que un transcurso regular en el

espacio y en el tiempo; al describirlo, pod

í

a prescindirse, si no en la

pr

á

ctica por lo menos en principio, del hombre y de su acci

ó

n sobre la

Naturaleza.

Lo duradero a trav

é

s de toda la mutabilidad de los fen

ó

menos, se crey 

ó

lo era la materia, de masa invariable, que puede ser puesta en

movimiento por las fuerzas. Como, desde el siglo XVIII, se vio que los

hechos qu

í

micos pueden ser ordenados y explicados satisfactoriamente

mediante la hip

ó

tesis atomal heredada de la Antig edad, no es de

extra

ñ

ar que, siguiendo a la Filosof 

í

a antigua, se considerara al

á

tomo

como lo realmente existente, como el sillar invariable de la materia. Con

ello, y continuando tambi

é

n la filosof 

í

a de Dem

ó

crito, las cualidades

sensibles de la materia fueron concebidas como mera apariencia: el

aroma o el color, la temperatura o la tenacidad no eran propiamente

propiedades de la materia. Se produc

í

an como resultado de las acciones

rec

í

procas entre la materia y nuestros sentidos, y hab

í

a que explicarlas

mediante la disposici

ó

n y el movimiento de los

á

tomos y el efecto de dicha

disposici

ó

n sobre nuestros sentidos. As

í

 surgi

ó

 la simplista imagen que el

materialismo del siglo XIX daba del Universo: los

á

tomos, que

constituyen la realidad aut

é

nticamente existente e invariable, se mueven

en el espacio y en el tiempo, y gracias a su disposici

ó

n relativa y sus

movimientos generan la policrom

í

a fenom

é

nica de nuestro mundo

sensible.

(9)

Una primera grieta en aquella imagen del Universo, no demasiado

amenazadora todav

í

a, se abri

ó

 en la segunda mitad del siglo pasado como

consecuencia del desarrollo de la teor

í

a de la electricidad. En la

electrodin

á

mica, lo aut

é

nticamente existente no es la materia, sino el

campo de fuerzas. Un juego de relaciones entre campos de fuerzas, sin

ninguna substancia en que se apoyaran dichas fuerzas, constitu

í

a una

noci

ó

n bastante menos comprensible que la noci

ó

n materialista de la

realidad, basada en la F

í

sica atomal. Se introduc

í

a un elemento de

abstracci

ó

n, no intuitivo, en aquella imagen del Universo que por otra

parte parec

í

a tan clara y convincente. De ah

í

 que no faltaran intentos de

regresar a la Filosof 

í

a materialista y a su sencillo concepto de la

Naturaleza, utilizando para dicho fin el rodeo de un

é

ter material, cuyas

tensiones el

á

sticas constituyeran el soporte de los campos de fuerzas;

pero tales intentos no dieron resultado satisfactorio. Alg

ú

n consuelo se

hallaba de todos modos en el hecho de que por lo menos las alteraciones

de los campos de fuerzas pod

í

an darse por procesos en el espacio y e n el

tiempo a los que cab

í

a describir con entera objetividad, es decir, sin tener

en cuenta los procedimientos de observaci

ó

n; y que por consiguiente se

ajustaban a la imagen ideal, generalmente aceptada, de un transcurso

regular en el espacio y en el tiempo. Era l

í

cito adem

á

s concebir a los

campos de fuerzas, observables tan s

ó

lo en sus interacciones con los

á

tomos, como engendrados por

é

stos, y en cierto modo no hab

í

a

necesidad de recurrir a los campos m

á

s que para explicar los

movimientos de los

á

tomos. En este sentido, la aut

é

ntica realidad segu

í

a

siendo constituida por los

á

tomos y, entre ellos, por el espacio vac

í

o, cuyo

peculiar modo de realidad era a lo sumo el de servir de soporte a los

campos de fuerzas y a la Geometr

í

a.

 Tampoco conmovi

 ó

demasiado a aquella imagen del Universo el hecho

de que, luego que a fines del siglo pasado se descubriera la radiactividad,

el

á

tomo de la Qu

í

mica no pudiera ya concebirse como el

ú

ltimo e

indivisible constituyente de la materia. El

á

tomo, por el contrario, se

compone de tres clases de constituyentes b

á

sicos, a los que hoy damos

(10)

los nombres de protones, neutrones y electrones. El conocimiento de este

hecho ha tenido como consecuencias pr

á

cticas la transmutaci

ó

n de los

elementos y la t

é

cnica at

ó

mica, y ha adquirido por consiguiente

extraordinaria importancia. En lo tocante a las cuestiones de principio,

sin embargo, la situaci

ó

n no se altera al identificar a protones, neutrone s

 y electrones como a los constituyentes m

í

nimos de la materia e

interpretarlos como realidad aut

é

nticamente existente. Lo

ú

nico que

importa para la imagen materialista del Universo es la posibilidad de

considerar a dichos constituyentes m

í

nimos de las part

í

culas

elementales como la

ú

ltima realidad objetiva. En tales fundamentos, por

lo tanto, pudo descansar y articularse firmemente la imagen del Universo

en el siglo XIX y a principios del XX; imagen que, gracias a su sencillez,

conserv

ó

durante muchos decenios su entera fuerza de persuasi

ó

n.

Precisamente en este punto, sin embargo, se han producido en

nuestro siglo hondas alteraciones en los fundamentos de la F

í

sica

at

ó

mica, que conducen muy lejos de las concepciones de la realidad

propias de la Filosof 

í

a at

ó

mica en la Antig edad. Se ha puesto de

manifiesto que aquella esperada realidad objetiva de las part

í

culas

elementales constituye una simplificaci

ó

n demasiado tosca de los hechos

efectivos, y que debe ceder el paso a concepciones mucho m

á

s abstractas.

Lo cierto es que cuando queremos formarnos una imagen del modo de ser

de las part

í

culas elementales, nos hallamos ante la fundamental

imposibilidad de hacer abstracci

ó

n de los procesos f 

í

sicos mediante los

cuales ganamos acceso a la observaci

ó

n de aquellas part

í

culas. Cuando

observamos objetos de nuestra experiencia ordinaria, el proceso f 

í

sico

que facilita la observaci

ó

n desempe

ñ

a un papel secundario. Cuando se

trata de los componentes m

í

nimos de la materia, en cambio, aquel

proceso de observaci

ó

n representa un trastorno considerable, hasta el

punto de que no puede ya hablarse del comportamiento de la part

í

cula

prescindiendo del proceso de observaci

ó

n. Resulta de ello, en definitiva,

que las leyes naturales que se formulan matem

á

ticamente en la teor

í

a

cu

á

ntica no se refieren ya a las part

í

culas elementales en s

í

, sino a

(11)

nuestro conocimiento de dichas part

í

culas. La cuesti

ó

n de si las

part

í

culas existen «en s

í

» en el espacio y en el tiempo, no puede ya

plantearse en esta forma, puesto que en todo caso no podemos hablar

m

á

s que de los procesos que tienen lugar cuando la interacci

ó

n entre la

part

í

cula y alg

ú

n otro sistema f 

í

sico, por ejemplo los aparatos de

medici

ó

n, revela el comportamiento de la part

í

cula. La noci

ó

n de la

realidad objetiva de las part

í

culas elementales se ha disuelto por

consiguiente en forma muy significativa, y no en la niebla de alguna

noci

ó

n nueva de la realidad, oscura o todav

í

a no comprendida, sino en la

transparente claridad de una matem

á

tica que describe, no el

comportamiento de las part

í

culas elementales, pero s

í

  nuestro

conocimiento de dicho comportamiento. El f 

í

sico at

ó

mico ha tenido que

echar sus cuentas sobre la base de que su ciencia no es m

á

s que un

eslab

ó

n en la cadena sin fin de las contraposiciones del hombre y la

Naturaleza, y que no le es l 

í 

cito hablar sin m 

á 

s de la Naturaleza "en s 

í 

". La

ciencia natural presupone siempre al hombre, y no nos es permitido

olvidar que, seg

ú

n ha dicho Bohr, nunca somos s

ó

lo espectadores, sino

siempre tambi

é

n actores en la comedia de la vida.

2.

 LA T 

É

CNICA

Influencias rec 

 procas de la t 

í 

é 

cnica y la ciencia de la

Naturaleza

Antes de que podamos extraer consecuencias generales de esta nueva

situaci

ó

n de la F

í

sica moderna, tenemos que ponderar la expansi

ó

n de la

t

é

cnica, tan importante para la vida pr

á

ctica en esta tierra y tan

estrechamente entrelazada con el desarrollo de la ciencia de la

Naturaleza; a la t

é

cnica, precisamente, se debe la propagaci

ó

n de la

ciencia por todo el mundo, a partir de los pa

í

ses occidentales, y su

implantaci

ó

n en el centro del pensamiento de nuestra

é

poca. En todo este

proceso evolutivo, que se extiende a lo largo de los

ú

ltimos 200 a

ñ

os, la

(12)

t

é

cnica ha sido a la vez condici

ó

n previa y consecuencia de la ciencia

natural. Es su condici

ó

n previa, ya que a menudo una expansi

ó

n y

ahondamiento de la ciencia no son posibles m

á

s que gracias a un

refinamiento de los medios de observaci

ó

n; recu

é

rdense la invenci

ó

n del

telescopio y del microscopio o el descubrimiento de los rayos R ntgen. Por

otra parte, la t

é

cnica es consecuencia de la ciencia, ya que e n general la

explotaci

ó

n t

é

cnica de las fuerzas naturales se hace posible gracias a un

conocimiento bastante extenso del dominio de experiencia que en cada

caso entra en cuesti

ó

n.

As

í

  empez

ó

  desarroll

á

ndose, en el siglo XVIII y a principios del XIX,

una t

é

cnica basada en la explotaci

ó

n de los procesos mec

á

nicos. En este

dominio, es frecuente que la m

á

quina imite sencillamente la acci

ó

n de las

manos del hombre, por ejemplo al hilar o tejer, al levantar fardos o al

cortar grandes pedazos de hielo. De ah

í

 que esta forma de la t

é

cnica se

concibiera al principio como continuaci

ó

n y ampliaci

ó

n de la antigua

artesan

í

a; para un observador, parec

í

a tan comprensible y l

ó

gica como el

propio taller artesano, cuyos principios eran conocidos por todo el

mundo, aunque no todos pudieran igualar la habilidad del operario. La

introducci

ó

n de la m

á

quina de vapor no lleg

ó

 a alterar radicalmente este

car

á

cter de la t

é

cnica; s

ó

lo ocurri

ó

, que, a partir de aquel momento, la

expansi

ó

n de la t

é

cnica se realiz 

ó 

en una medida hasta entonces

desconocida, ya que las fuerzas naturales escondidas en el carb

ó

n se

pusieron al servicio del hombre, desplazando al trabajo de sus manos.

Una alteraci

ó

n decisiva en el car

á

cter de la t

é

cnica, sin embargo, no se

produce probablemente hasta que, en la segun da mitad del siglo pasado,

tiene lugar el desarrollo de la Electrot

é

cnica.

sta excluye casi

enteramente toda noci

ó

n de semejanza con el taller tradicional. Las

fuerzas naturales que pasan a ser objeto de explotaci

ó

n, apenas las

conoc

í

a el hombre a trav

é

s de su directa experiencia de la Naturaleza. De

ah

í

 que la Electrot

é

cnica, todav

í

a hoy, presente para muchas personas

un car

á

cter vagamente inquietante, o por lo menos, que a menudo se la

considere como incomprensible, a pesar de que nos circunda por todas

(13)

partes. Cierto que los conductores de alta tensi

ó

n a los cuales no puede

uno acercarse demasiado, nos proporcionan una cierta experiencia

intuitiva de lo que es un campo de fuerzas, precisamente el concepto

fundamental de la ciencia en este dominio; pero a pesar de todo, sentimos

como extra

ñ

o a nosotros este sector de la Naturaleza. Contemplar el

interior de un aparato el

é

ctrico complicado, nos da muchas veces una

impresi

ó

n de desagrado, parecida a la que sentimos ante una operaci

ó

n

quir

ú

rgica.

La t

é

cnica qu

í

mica, en cambio, s

 í

pudo concebirse como prolongaci

ó

n

de las artesan

í

as tradicionales, por ejemplo del te

ñ

ido o curtido o de la

botica. Pero la enormidad del desarrollo que, a partir poco m

á

s o menos

del comienzo de nuestro siglo, alcanza dicha t

é

cnica qu

í

mica, impide

desde luego toda asimilaci

ó

n a los procesos tradicionales. Y finalmente la

t

é

cnica at

ó

mica se consagra de modo absoluto a la explotaci

ó

n de fuerzas

naturales hacia las cuales el mundo de la experiencia cotidiana no nos

abre ninguna v

í

a de aproximaci

ó

n. Es posible que esta t

é

cnica termine

haci

é

ndose tan familiar como lo es para el hombre moderno la

Electrot

é

cnica, que constituye una parte inescindible de su ambiente

inmediato. Pero lo cierto es que no basta que un objeto se encuentre

todos los d

í

as ante nosotros, para que pase a con vertirse en un trozo de la

naturaleza, en el sentido original del t

é

rmino. Acaso un d

í

a los m

á

s

diversos artefactos t

é

cnicos formar

á

n parte integrante del hombre, como

su concha lo es del caracol o su tela lo es de la ara

ñ

a. Pero en tal caso,

aquellos artefactos ser 

á 

n m 

á 

s bien partes del organismo humano que

partes de la Naturaleza que nos circunda.

Influjo de la t 

é 

cnica sobre la relaci 

ó 

n entre la Naturaleza

y el hombre 

La t

é

cnica modifica en considerable medida el ambiente en que vive

sumergido el hombre, y coloca a

é

ste, sin cesar e inevitablemente, ante

una visi

ó

n del mundo derivada de la ciencia; con lo cual, la t

é

cnica

(14)

influye desde luego profundamente sobre la relaci

ó

n entre hombre y

Naturaleza. El intento, intr

í

nseco a la ciencia natural, de introducirse en

el entero universo mediante un m

é

todo que a

í

sla e ilumina a un objeto

tras otro, progresando as

í

 de una a otra conexi

ó

n de hechos, se refleja en

la t

é

cnica, en cuanto

é

sta, paso tras paso, se insin

ú

a en dominios

siempre nuevos, va transformando el Universo ante nuestra mirada, y le

da la forma de nuestra propia imagen. As

í

  como en la ciencia todo

problema parcial se subordina a la gran tarea de la compren si

ó

n del todo,

por su parte todo progreso t

é

cnico, por m

í

nimo que sea, sirve al fin

general de ampliaci

ó

n del poder

í

o material del hombre. Se deja a un lado

toda discusi

ó

n sobre el valor de este fin

ú

ltimo, del mismo modo como la

ciencia evita poner en entredicho la val

í

a del conocimiento de la

Naturaleza, y ambos fines confluyen en la tesis expresada por el dicho

banal: "saber es poder". Aunque desde luego cabe mostrar para cada

proceso t

é

cnico individual su subordinaci

ó

n al fin general, uno de los

rasgos caracter

í

sticos del conjunto de la evoluci

ó

n t

é

cnica es el hecho de

que, a menudo, un proceso de la t

é

cnica no guarda m

á

s que una

conexi

ó

n indirecta con el fin general, de modo que resulta dif 

í

cil

aprehenderlo como parte de un plan consciente para la consecuci

ó

n de

aquel fin. Cuando dirigimos la atenci

ó

n a casos semejantes, la t

é

cnica,

m

á

s bien que fruto del consciente humano esfuerzo por ampliar el

poder

í

o material del hombre, casi parece constituir un vasto proceso

biol

ó

gico, gracias al cual las estructuras inherentes al organismo

humano van siendo paulatinamente transportadas al medio ambiente en

que vive el hombre. Un proceso biol

ó

gico que, precisamente en cuanto tal,

escapa al control de los seres humanos; ya que "el hombre ciertamente

puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera".

3.

 LA CIENCIA DE LA NATURALEZA COMO UN ASPECTO DE LA INTERACCI

Ó

N ENTRE HOMBRE Y NATURALEZA

(15)

A este prop

ó

sito, se ha sostenido a menudo que la profunda alteraci

ó

n

que nuestro ambiente y nuestros modos de vivir han sufrido en la

é

poca

t

é

cnica ha producido tambi

é

n una peligrosa transformaci

ó

n en nuestro

pensamiento; y en ello se ha querido ver la ra

í

z de las crisis que han

conmovido a nuestro tiempo, y que se manifiestan tambi

é

n, por ejemplo,

en el arte moderno. Lo cierto es que tales reproches son mucho m

á

s

antiguos que la t

é

cnica y la ciencia de la Edad Moderna; t

é

cnica y

m

á

quinas, bien que en forma primitiva, las hubo mucho antes, y es

natural que los hombres de tiempos muy remotos se vieran forzados a

meditar sobre estas cuestiones. Hace dos milenios y medio, por eje mplo,

el sabio chino Yuang Tsi hablaba ya de los peligros que para el hombre

constituye el uso de las m

á

quinas, y no me parece inoportuno citar un

pasaje de sus escritos, de importancia para nuestro tema:

Cuando Tsi Gung andaba por la re gi

ó

n al norte del r

í

o Han, encontr

ó

 a un vie jo atareado en su huerto. Hab

í

a excava do unos hoyos para r ecoger e l agua de l riego. Iba a la fue nte y volv

í

a cargado con un cubo de agua, que ve rt

í

a e n e l hoyo. As

í

, cans

á

ndose m ucho, sacaba escaso provecho de su labor.

 Tsi Gung habl

ó

: Hay un arte facto con el que se pueden regar cie n hoyos en un d

í

a. Con poca fatiga se hace mucho. ¿Por qu

é

  no lo empleas? Levant

ó

se el hortela no, le vio y dijo: ¿C

ó

mo es e se artefacto?

 Tsi Gung h a bl

ó

: Se hace con un palo una palanca, con un contrapeso a un extremo. Con e lla se pue de sacar agua del pozo con toda facilidad. Se le llama cigo

ñ

al.

El viejo, mientras s u rostro se llenaba de c

ó

lera, dijo con una risotada: He o

í

do decir a mi maestro que cuando uno usa una m

á

quina, hace todo su trabajo maquinalmente, y al fin su coraz

ó

n se convierte en m

á

quina. Y quie n tiene en e l pecho una m

á

quina por coraz

ó

n, pierde la pureza de su simplicidad. Quien ha perdi do la pure za de su si mplici dad est

á

 aquejado de i ncertidumbre en e l mando de sus actos . La ince rtidumbre e n e l mando de los actos no es compatible con la verdader a cordura. No es que yo no conozca las cosas de que t

ú

 ha blas, pe ro me dar

í

a verg enza usarlas.

Que ese antiguo ap

ó

logo contiene una considerable parte de verdad,

todos nosotros lo sentimos; ya que la "incertidumbre en el mando de los

actos" es tal vez una de las m

á

s acertadas descripciones que darse

(16)

puedan de la condici

ó

n del hombre en nuestra actual crisis. La t

é

cnica, la

m

á

quina, se han propagado por el mundo en una medida que aquel sabio

chino de ning

ú

n modo pod

í

a imaginar, a pesar de lo cual, dos mil a

ñ

os

m

á

s tarde, aparecieron en el mundo obras de arte supremamente

hermosas; y no se ha perdido del todo la simplicidad del alma, de que

habla el fil

ó

sofo: a lo largo de los siglos, se ha manifestado m

á

s

d

é

bilmente unas veces, con mayor fuerza otras, y con siempre renovada

fecundidad. Y en

ú

ltimo t

é

rmino el crecimiento del g

é

nero humano se ha

ido acompa

ñ

ando y sosteniendo con el desarrollo de sus instrumentos y

herramientas; de modo que la t

é

cnica, por s

í

 sola, no puede de ning

ú

n

modo ser la causa de que nuestra

é

poca haya perdido en muchos

dominios el sentimiento de las conexiones espirituales.

 Tal vez nos acerquemos algo m

á

s a la verdad, si buscamos la raz

ó

n de

muchas dificultades en la s

ú

bita y, seg

ú

n el patr

ó

n de anteriores

procesos, fabulosamente r

á

pida expansi

ó

n que la t

é

cnica ha ganado en

los

ú

ltimos cincuenta a

ñ

os. Tanta celeridad en el cambio, en contraste

con pasados siglos, ha hecho que la humanidad no tuviera literalmente

tiempo para adaptarse a las nuevas condiciones de vida. Pero esto no

basta para explicar adecuadamente o por lo menos completamente, por

qu

é

 nuestro tiempo parece hallarse sin lugar a dudas ante una situaci

ó

n

enteramente nueva, para la que apenas se encuentra analog

í

a hist

ó

rica.

El hombre no encuentra ante s 

í 

á 

s que a s 

í 

 mismo

Empezamos diciendo que las transformaciones en los fundamentos de

la moderna ciencia de la naturaleza acaso pudieran ser consideradas

como s

í

ntomas de deslizamientos en las bases de nuestra existencia, de

los que resultan manifestaciones diversas y simult

á

neas, tanto en forma

de cambios en nuestro modo de vivir y en nuestros h

á

bitos mentales,

como en forma de cat

á

strofes externas, de guerras o revoluciones. Si,

partiendo de la situaci

ó

n de la moderna ciencia, intentamos ahondar

hasta los ahora m

ó

viles cimientos, adquirimos la impresi

ó

n de que acaso

(17)

no sea simplificar demasiado groseramente las circunstancias, si

decimos que  por primera vez en el curso de la Historia el hombre no

encuentra ante s 

í 

á 

s que a s 

í 

mismo en el Universo 

,

que no percibe a

ning

ú

n asociado ni adversario. En primer lugar y trivialmente, esto es

cierto en lo que concierne a la lucha del hombre con los peligros

exteriores. En

é

pocas tempranas, el hombre se ve

í

a amenazado por las

fieras, por las enfermedades, el hambre, el fr

í

o, y por muchas otras

violencias de la Naturaleza; en tal estado de contienda, toda expansi

ó

n de

la t

é

cnica robustec

í

a la posici

ó

n del hombre, y por consiguiente

representaba un progreso. En nuestros tiempos, cuando la Tierra se

halla cada vez m

á

s densamente poblada, la limitaci

ó

n de las

posibilidades de vida y con ello la amenaza provienen en primer lugar de

los dem

á

s hombres, que afirman tambi

é

n su derecho al goce de los

bienes terrestres. En este r

é

gimen de discordia, la expansi

ó

n de la

t

é

cnica no es necesariamente un progreso. Pero por otra parte, en una

é

poca de predominio de la t

é

cnica adquiere un nuevo y mucho m

á

s

amplio sentido la afirmaci

ó

n de que el hombre se encuentra situado

ú

nicamente ante s

í

 mismo. En

é

pocas anteriores, era la Naturaleza lo que

se ofrec

í

a a su mirada. Habitada por toda suerte de seres vivientes, la

Naturaleza constitu

í

a un reino que viv

í

a seg

ú

n sus leyes propias, y al que

el hombre deb

í

a encontrar un modo de acomodarse. En nuestros

tiempos, en cambio, vivimos en un mundo que el hombre ha

transformado enteramente. Por todas partes, tanto al manejar los

artefactos de uso cotidiano, corno al comer un manjar elaborado por

procedimientos mec

á

nicos, como al pasear por un paisaje modificado por

la industria humana, chocamos con estructuras producidas por el

hombre, y en cierto modo nos vemos siempre situados ante nosotros

mismos. Cierto que quedan todav

í

a porciones de la Tierra en que

é

ste se

encuentra muy lejos de su conclusi

ó

n, pero es seguro que, m

á

s tarde o

m

á

s temprano, el predominio del hombre, en este sentido, llegar

á

 a ser

total.

(18)

como precisamente en el de la moderna ciencia, en la que, seg

ú

n

anteriormente dijimos, ha resultado que a los constituyentes ele mentales

de la materia, a los entes que un d

í

a se concibieron como la

ú

ltima

realidad objetiva, no podemos de ning

ú

n modo considerarlos "en s

í

": se

escabullen de toda determinaci

ó

n objetiva de espacio y tiempo, de modo

que en

ú

ltimo t

é

rmino nos vemos forzados a tomar por

ú

nico objeto de la

ciencia a nuestro propio conocimiento de aquellas part

í

culas. La meta de

la investigaci

ó

n, por consiguiente, no es ya el conocimiento de los

á

tomos

 y de su movimiento "en s

í

", prescindiendo de la problem

á

tica suscitada

por nuestros procesos de experimentaci

ó

n; antes bien, desde un

principio nos hallamos imbricados en la contraposici

ó

n entre hombre y

naturaleza, y la ciencia es precisamente una manifestaci

ó

n parcial de

dicho dualismo. Las vulgares divisiones del universo en sujeto y objeto,

mundo interior y mundo exterior, cuerpo y alma, no sirven ya m

á

s que

para suscitar equ

í

vocos. De modo que en la ciencia el objeto de la

investigaci 

ó 

n no es la Naturaleza en s 

í 

 misma, sino la Naturaleza sometida

a la interrogaci 

ó 

n de los hombres; con lo cual, tambi

é

n en este dominio, el

hombre se encuentra enfrentado a s

í

 mismo.

Es evidente que la tarea que se le plantea a nuestro tiempo, es la de

aprender a desenvolverse con acierto en todos los dominios de la vida,

sobre la base de esta nueva situaci

ó

n. S

ó

lo una vez alcanzado este fin,

podr

á

 el hombre recobrar la "certidumbre en el mando de sus actos" de

que habla el sabio chino. El camino hasta la meta ser

á

 largo y afanoso, y

no podemos prever qu

é

  estaciones de sufrimiento habr

á

  que recorrer.

Para buscar, sin embargo, alg

ú

n indicio del aspecto que presentar

á

la

ruta, s

é

anos permitido rememorar una vez m

á

s el ejemplo de las ciencias

naturales exactas.

Nuevo concepto de la verdad cient 

 f ica 

í 

En la teor

í

a de los cuantos, la situaci

ó

n descrita qued

ó

 dominada en

cuanto se logr

ó

  representarla matem

á

ticamente, y con ello prever para

(19)

cada caso, con claridad y sin peligro de contradicciones l

ó

gicas, el

resultado de un experimento. O sea que el dominio de la nueva situaci

ó

n

ha consistido en disolver sus oscuridades. Para ello, ha habido que hallar

ó

rmulas matem

á

ticas que expresaran, no la Naturaleza, sino el

conocimiento que de ella tenemos, renunciando as

í

  a un modo de

descripci

ó

n de la naturaleza que era el usual desde hac

í

a siglos, y que

todav

í

a pocos decenios atr

á

s era tenido por la meta indiscutible de toda

ciencia natural exacta. De modo que, en rigor, s

ó

lo puede decirse por

ahora que en el dominio de la moderna F

í

sica at

ó

mica se han superado

las perplejidades, si con ello se entiende que es posible dar una expresi

ó

n

adecuada de la experiencia. Pero en cuanto se quiere pasar a una

interpretaci

ó

n filos

ó

fica de la teor

í

a cu

á

ntica, las opiniones vuelven a

contraponerse; y de vez en cuando alguien sostiene que e sta nueva forma

de descripci

ó

n de la naturaleza sigue siendo insatisfactoria, ya que no se

acomoda al ideal tradicional de la verdad cient

í

fica, debiendo a su vez

tenerse por s

í

ntoma de la crisis de nuestra

é

poca y desde luego

representando tan s

ó

lo un estadio no definitivo.

Parece oportuno a este prop

ó

sito discutir con alguna mayor

generalidad el concepto de la verdad cient 

 fica, y buscar alg

í 

ú

n criterio que

permita decidir si determinada teor

í

a cient

í

fica puede ser llamada

consecuente y definitiva. Se da en primer lugar un criterio en cierto modo

externo: en tanto que determinado dominio de la vida intelectual se

desarrolla continuamente y sin e scisiones internas, a los individuos que

trabajan en dicho dominio se les van planteando cuestiones aisladas,

problemas de taller por as

í

 decir, cuya soluci

ó

n no constituye desde luego

un fin por s

í

  misma, pero parece valiosa en atenci

ó

n a lo

ú

nico

importante, el conjunto intelectivo. Dichas cuestiones aisladas se

plantean espont

á

neamente, no hay que buscarlas, y su elaboraci

ó

n es

condici

ó

n necesaria de toda labor

ú

til al conjunto. Los escultores

medievales, por ejemplo, se aplicaron a representar del mejor modo

posible los pliegues de las vestiduras, y era necesario que resolvieran este

problema, ya que los pliegues en las vestiduras de los santos formaban

(20)

parte del sistema de simbolismo religioso que era el fin del arte.

An

á

logamente, en la moderna ciencia de la Naturaleza se han ido y se van

planteando cuestiones cuya elaboraci

ó

n es condici

ó

n previa para la

inteligencia del conjunto. Tambi

é

n en los

ú

ltimos cincuenta a

ñ

os, el

desarrollo de la ciencia ha ido planteando autom

á

ticamente tales

cuestiones, sin que nadie haya tenido que esforzarse en buscarlas, y la

meta a que se apuntaba nunca dej

ó

 de ser el mismo vasto conjunto de las

leyes naturales. Externamente, por lo tanto, no se ven todav

í

a razones

para sospechar que se d

é

 alguna ruptura en la continuidad de la ciencia

exacta de la Naturaleza.

En cuanto a si los resultados son definitivos, hay que recordar que en

el dominio de las ciencias exactas naturales siempre se han ido

encontrando soluciones definitivas para determinados sectores de la

experiencia, bien acotados. Las cuestiones, por ejemplo, que pudieran

plantearse sobre la base de los conceptos de la Mec

á

nica newtoniana,

hallaron su soluci

ó

n, v

á

lida para todo tiempo, en las leyes de Newton y

las consecuencias matem

á

ticas que de las mismas pueden extraerse. En

cambio, ya la teor

í

a de la electricidad se rebelaba a un an

á

lisis mediante

aquellos conceptos, de modo que la progresiva investigaci

ó

n de dicho

sector de la experiencia ha ido generando nuevos sistemas de conceptos,

con cuya ayuda se lleg

ó

 por fin a formular matem

á

ticamente, en forma

definitiva, las leyes naturales de la teor

í

a de la electricidad.

Manifiestamente, pues, el t

é

rmino "definitivo" se refiere en el dominio de

la ciencia natural exacta a la siempre renovada aparici

ó

n de sistemas, de

conceptos y de leyes, cerrados y matem

á

ticamente formulables; sistemas

que concuerdan con determinados sectores de la e xperiencia, son v

á

lidos

para cualquier localidad del cosmos dentro de los cotos del sector

correspondiente, y no son susceptibles de alteraci

ó

n ni de

perfeccionamiento; sistemas, empero, de cuyos conceptos y leyes no

puede naturalmente esperarse que sean m

á

s adelante aptos para

expresar nuevos sectores de la experiencia. S

ó

lo en este sentido limitado,

por lo tanto, puede decirse que sean definitivos los conceptos y las leyes

(21)

de la teor

í

a de los cuantos; y s

ó

lo en este sentido limitado puede ocurrir

en general que el conocimiento cient

í

fico quede definitivamente fijado en

el lenguaje matem

á

tico o en cualquier otro.

Por v

í

a de analog

í

a, puede aducirse el ejemplo de numerosas filosof 

í

as

del derecho, seg

ú

n las cuales existe siempre un cuerpo de derecho v

á

lido,

pero en general un nuevo conflicto jur

í

dico ha de motivar la creaci

ó

n de

una nueva norma de derecho bajo la cual subsumirle, ya que el cuerpo

 jur

í

dico que ha quedado fijado por escrito abarca s

ó

lo sectores acotados

de la vida, y por consiguiente no es posible que obligue en toda

circunstancia. El punto de partida de la ciencia natural exacta es sin

duda la asunci

ó

n de que en todo nuevo sector de la experiencia se dar

á

en

ú

ltimo t

é

rmino la posibilidad de entender a la Naturaleza; pero con ello

no queda determinado de antemano el significado que habr

á

 que dar al

t

é

rmino "entender", ni se presupone que el conocimiento de la Naturaleza

fijado en las f 

ó

rmulas matem

á

ticas de

é

pocas anteriores, por muy

"definitivo" que sea, haya de poder aplicarse siempre. De ah

í

precisamente resulta que es imposible fundamentar exclusivamente en el

conocimiento cient

í

fico las opiniones o creencias que determinan la

actitud general ante la vida. Tal fundamentaci

ó

n, en efecto, no podr

í

a en

ning

ú

n caso remitir m

á

s que al cuerpo de conocimiento cient

í

fico fijado, y

é

ste no es aplicable m

á

s que a sectores acotados de la experiencia. La

afirmaci

ó

n que a menudo encabeza los credos de nuestra

é

poca, por la

que

é

stos se dan no como materia de mera fe, sino como saber

cient

í

ficamente acreditado, encierra por consiguiente una contradicci

ó

n

interna y se basa en una ilusi

ó

n.

No ser

í

a justo, sin embargo, que las expresadas consideraciones

indujeran a menospreciar la firmeza de los cimientos en que descansa el

edificio de la ciencia natural exacta. El concepto de verdad cient

í

fica

inherente a la ciencia natural puede servir de apoyo para muy diversos

modos de comprensi

ó

n de la Naturaleza. Y en efecto, tanto la ciencia

natural de siglos pasados como la F

í

sica at

ó

mica moderna se sostienen

sobre dicho concepto; de ah

í

 resulta que tambi

é

n se puede dominar una

(22)

situaci

ó

n epistemol

ó

gica en que no parece posible una objetivaci

ó

n de los

procesos naturales y que, sin salir de dicha situaci

ó

n, puede ponerse

orden a nuestra relaci

ó

n con la Naturaleza.

En la medida en que en nuestro tiempo puede hablarse de una imagen

de la Naturaleza propia de la cie ncia natural exacta, la imagen no lo es en

ú

ltimo an

á

lisis de la Naturaleza en s

í

; se trata de una imagen de nuestra

relaci 

ó 

n con la Naturaleza. La antigua divisi

ó

n del universo en un proceso

objetivo en el espacio y el tiempo por una parte, y por otra parte el alma

en que se refleja aquel proceso, o sea la distinci

ó

n cartesiana de la res

cogitans y la res extensa, no sirve ya como punto de partida para la

inteligencia de la ciencia natural moderna. Esta ciencia dirige su

atenci

ó

n ante todo a la red de las relaciones entre hombre y naturaleza: a

las conexiones determinantes del hecho de que nosotros, en cuanto seres

vivos corp

ó

reos, somos parte dependiente de la Naturaleza, y al propio

tiempo, en cuanto hombres, la hacemos objeto de nuestro pensamiento y

nuestra acci

ó

n. La ciencia natural no es ya un e spectador situado ante la

Naturaleza, antes se reconoce a s

í

 misma como parte de la interacci

ó

n de

hombre y Naturaleza. El m

é

todo cient

í

fico consistente en abstraer,

explicar y ordenar, ha adquirido conciencia de las limitaciones que le

impone el hecho de que la incidencia del m

é

todo modifica su objeto y lo

transforma, hasta el punto de que el m

é

todo no puede distinguirse del

objeto. La imagen del Universo propia de la ciencia natural no es pues ya

la que corresponde a una ciencia cuyo objeto es la Naturaleza.

La conciencia del riesgo de nuestra situaci 

ó 

Conviene reconocer que con haber aclarado tales paradojas en un

dominio estrictamente cient

í

fico, poco se ha alcanzado en lo tocante a la

situaci

ó

n general de nuestro tiempo, en el que, para reiterar nuestra

simplificadora imagen, nos hemos visto de pronto enfrentados en primer

lugar a nosotros mismos. La esperanza de que la expansi

ó

n del poder

í

o

material y espiritual del hombre haya de constituir siempre un progreso,

(23)

se ve constre

ñ

ida por limitaciones ciertas, por m

á

s que resulte dif 

í

cil

dibujarlas con nitidez; y los riesgos crecen en la medida en que la ola de

optimismo, impulsada por la fe en el progreso, se obstina en batir contra

aquellos l

í

mites. Tal vez otra imagen sirva mejor para mostrar la suerte de

riesgo a que nos referimos. La expansi

ó

n, ilimitada en apariencia, de su

poder

í

o material, ha colocado a la humanidad en el predicamento de un

capit

á

n cuyo buque est

á

  construido con tanta abundancia de acero y

hierro que la aguja de su comp

á

s apunta s

ó

lo a la masa f 

é 

rrea del propio

buque, y no al Norte. Con un barco semejante no hay modo de poner proa

hacia ninguna meta; navegar

á

en c

í

rculo, entregado a vientos y

corrientes. Pero, pensando otra vez en la situaci

ó

n de la F

í

sica moderna,

podemos a

ñ

adir que el riesgo subsiste s

ó

lo en tanto que el capit

á

n ignora

que su comp

á

s ha perdido la sensibilidad para la fuerza magn

é

tica de la

 Tierra. En el instante en que este hecho se pone al descubierto, una

buena mitad del riesgo se esfuma, ya que el capit

á

n que no quiere dar

vueltas al azar, sino alcanzar un objetivo conocido o desconocido,

encontrar

á

  sin duda alg

ú

n medio para determinar la direcci

ó

n de su

barco. Podr

á

 adoptar otra forma m

á

s moderna de comp

á

s, insensible a la

masa del buque, o podr

á

 orientarse por las estrellas, como en antiguas

é

pocas. Ni que decir tiene que no podemos contar con que la estrellas

sean siempre visibles, y acaso en nuestros tiempos no se las vea m

á

s que

de tarde en tarde. Pero en todo caso, la conciencia de que la esperanza

escondida tras la fe en el progreso ha hallado sus l

í

mites, implica ya el

deseo de no dar vueltas en c

í

rculo, sino de alcanzar una meta. Si

podemos arrojar alguna claridad sobre dichos l

í

mites, ellos mismos

constituir

á

n una primera escala, en la que podremos reorientarnos. Tal

vez, por consiguiente, la reflexi

ó

n sobre la moderna ciencia natural pueda

darnos raz

ó

n para esperar que lo que entrevemos sea

ú

nicamente el

l

í

mite de ciertas formas de expansi

ó

n del dominio vital del hombre, y no

sencillamente el l

í

mite de este dominio. El espacio en que el hombre y su

intelecto se desarrollan, tiene m

á

s dimensiones que aquella

ú

nica por la

que en los

ú

ltimos siglos tuvo lugar la expansi

ó

n. De ah

í

 podr

í

a deducirse

(24)

que, al t

é

rmino de un intervalo hist

ó

rico mayor, la aceptaci

ó

n consciente

de aquellos l

í

mites conducir

á

  a una cierta estabilizaci

ó

n, en la que los

conocimientos

y

la

fuerza

creadora

del

hombre

volver

á

n

espont

á

neamente a ordenarse alrededor de un centro com

ú

n

.

(25)

II. F

I

SICA AT

ICA Y LEY CAUSAL 

Una de las m

á

s interesantes consecuencias generales de la moderna

F

í

sica at

ó

mica la constituyen las transformaciones que bajo su influjo ha

sufrido el concepto de las leyes naturales o de la regularidad de la

Naturaleza. En los

ú

ltimos a

ñ

os, se ha hablado a menudo de que la

moderna F

í

sica at

ó

mica parece abolir la ley de la causa y el efecto, o por lo

menos dejar parcialmente en suspenso su validez, de modo que no cabe

seguir admitiendo propiamente que los procesos naturales est

é

n

determinados por leyes. Incluso llega a afirmarse simplemente que el

principio de causalidad es incompatible con la moderna teor

í

a at

ó

mica.

Ahora bien, tales formulaciones son siempre imprecisas, en tanto no se

expliquen con suficiente claridad los conceptos de causalidad y de

regularidad. Por eso, en las p

á

ginas que siguen trazar

é

 en primer lugar

un esbozo del desarrollo hist

ó

rico de dichos conceptos. Luego tratar

é

 de

las relaciones entre la F

í

sica at

ó

mica y el principio de causalidad seg

ú

n

se pusieron de manifiesto ya mucho antes de la teor

í

a de los cuantos.

Finalmente, discutir

é

 las consecuencias de la teor

í

a cu

á

ntica y estudiar

é

el desarrollo de la F

í

sica at

ó

mica en los a

ñ

os m

á

s inmediatamente

pr

ó

 ximos. Este desarrollo no ha traslucido todav

í

a para el p

ú

blico sino

muy escasamente y, sin embargo, parece probable que tambi

é

n los m

á

s

recientes descubrimientos hayan de tener consecuencias filos

ó

ficas.

(26)

1.

 EL CONCEPTO DE

"

CAUSALIDAD

"

El uso del concepto de causalidad como designaci

ó

n de la regla de la

causa y e l efecto es relativamente reciente en la Historia. En la filosof 

í

a de

otras

é

pocas, el t

é

rmino latino causa ten

í

a un significado mucho m

á

s

general que ahora. La escol 

á 

stica por ejemplo, continuando a Arist

ó

teles,

contaba hasta cuatro formas de "causa". Eran ellas la causa formalis 

 ,

a la

que hoy llamar

í

amos acaso la estructura o e l contenido espiritual de una

cosa, la causa materialis, o sea la materia de que una cosa se compone, la

causa f inalis, que es el fin para que una cosa ha sido he cha, y finalmente

la

causa

efficiens.

S

ó

lo

esta

causa

efficiens

corresponde

aproximadamente a lo que hoy entendemos por el t

é

rmino de causa.

La transformaci

ó

n del concepto antiguo de causa en el actual se ha ido

produciendo a lo largo de los siglos, en estrecha conexi

ó

n con la

transformaci

ó

n del conjunto de la realidad percibida por el hombre, y con

la aparici

ó

n de la ciencia de la Naturaleza a principios de la Edad

Moderna. En la medida en que los procesos materiales fueron

adquiriendo un grado mayor de realidad, el t

é

rmino de causa fue siendo

referido a la ocurrencia material que precediera a la ocurrencia que en

determinado caso se tratara de explicar y que de alg

ú

n modo la hubiera

producido. Ya en Kant, que en muchos pasajes no hace m

á

s que sacar las

consecuencias filos

ó

ficas del desarrollo de las ciencias naturales a partir

de Newton, encontramos el t

é

rmino de causalidad explicado en la forma

que se nos ha hecho usual desde el siglo XIX: "Cuando experimentamos

que algo ocurre, presuponemos en todo caso que algo ha precedido a

aquella ocurrencia; algo de lo que ella se sigue seg

ú

n una regla". As

í

 fue

paulatinamente restringi

é

ndose el alcance del principio de causalidad,

hasta resultar equivalente a la suposici

ó

n de que el acontecer de la

Naturaleza est

á

un

í

vocamente determinado, de modo que el

conocimiento preciso de la Naturaleza o de cierto sector suyo basta, al

menos en principio, para predecir el futuro. Precisamente la F

í

sica

newtoniana se hallaba estructurada de modo tal que a partir del estado

Referencias

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