WERNER HEISENBERG
WERNER HEISENBERG
LA IMAGEN DE LA
LA IMAGEN DE LA
NATURALEZA EN LA
NATURALEZA EN LA
FISICA ACTUAL
FISICA ACTUAL
EDICION
T
T
íí
tulo
tulo original: Das
original: Das Na
Natturbild der heut
urbild der heutigen
igen Physik
Physik (1955)
(1955)
T
Traducc
raduccii
ó
ó
n: Gabriel Ferrat
n: Gabriel Ferrat
éé
Asesor cient
Asesor cient
íí
fico de la colecci
fico de la
colecci
ó
ó
n: Pedro Puigdom
n: Pedro Puigdom
éé
nech
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Direcci
Direcci
ó
ó
n de la colecci
n de la colecci
ó
ó
n: Virgilio Ortega
n: Virgilio Ortega
© 1955: Rowohlt Verlag, Hamburgo
© 1955: Rowohlt Verlag, Hamburgo
© 1976: Ariel, S. A.
© 1976: Ariel, S. A.
© por la prese
© por la presente
nte edici
edici
ó
ó
n, Ediciones Orbis, S. A
n, E
diciones Orbis, S. A., 1985
., 1985
Apartado de Correos
Apartado de Correos 35432,
35432, Barcelona
Barcelona
© Foto portada: Pete Turner/The I
© Foto portada: Pete Turner/The Image Bank
mage Bank
ISBN:
84-7634-001-ISBN: 84-7634-001-X
X (Obra completa)
(Obra completa)
ISBN: 84-7634-184-9
ISBN: 84-7634-184-9
D. L.: B. 23194-1985
D. L.: B. 23194-1985
Fotocomposici
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ó
ó
n: Fotocomposici
n: Fotocomposici
ó
ó
Tharrats
Tharrats
Gran Via de
Gran Via de les Corts Catalanes, 569. 08011 Ba
les Corts Catalanes, 569. 08011 Barcelona
rcelona
Impreso y encuadernado por
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Printer industria gr
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á
á
fica, s. a. Provenza, 388 Barcelona
fica, s. a. Provenza, 388 Barcelona
Sant Vicen
Sant Vicen
Printed in Spain
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dels Horts
dels Horts
I. LA IMAG
I. LA IMAG EN DE LA NAT
EN DE LA NATURALEZA EN LA F
URALEZA EN LA F
IISICA ACTUAL
SICA ACTUAL
Se ha sugerido que acaso la actitud del hombre moderno ante la
Se ha sugerido que acaso la actitud del hombre moderno ante la
Naturaleza sea radicalmente distinta de la actitud de
Naturaleza sea radicalmente distinta de la actitud de
éé
pocas anteriores,
pocas anteriores,
tanto, que
tanto, que tenga por consecuen
tenga por consecuencia una completa trans
cia una completa transformaci
formaci
ó
ó
n de
n de todas
todas
las relaciones con la Naturaleza, por ejemplo de la relaci
las relaciones con la Naturaleza, por ejemplo de la relaci
ó
ó
n del artista. Lo
n del artista. Lo
cierto es que en
cierto es que en nuestros
nuestros tiempos, mucho m
tiempos, mucho m
á
á
s que en siglos anteriores, la
s que e
n siglos anteriores, la
actitud ante la
actitud ante la Naturaleza se expresa mediante una filosof
Naturaleza se expresa mediante una filosof
íí
a natural
a natural
altamente desarrollad
altamente desarrollada; y por otra
a; y por otra parte, dicha actitud es de
parte, dicha actitud es determinada en
terminada en
considerable medida por la ciencia natural y la t
considerable medida por la ciencia natural y la t
éé
cnica modernas. No es,
cnica modernas. No es,
por consiguiente, s
por consiguiente, s
ó
ó
lo al cient
lo al cient
íí
fico que importa precisar la imagen de la
fico que importa precisar la imagen de la
Naturaleza seg
Naturaleza seg
ú
ú
n la dibuja l
n la dibuja la moderna cien
a moderna ciencia natural y en particular la
cia natural y en particular la
F
F
íí
sica de hoy. Conviene de todos modos precaverse en seguida contra
sica de hoy. Conviene de todos modos precaverse en seguida contra
una posible confusi
una posible confusi
ó
ó
n: no existen razones para pensar que la imagen
n: no existen razones para pensar que la imagen
cient
cient
íí
fica del Universo natural haya influido inmediatamente en las
fica del Universo natural haya influido inmediatamente en las
diversas relaciones de los hombres con la Naturaleza, por ejemplo en la
diversas relaciones de los hombres con la Naturaleza, por ejemplo en la
del
del artis
artista moderno. M
ta moderno. M
á
á
s aceptable parece la idea de que las alteraciones
s aceptable parece la idea de que las alteraciones
en
en los fundamentos de la moderna cien
los fundamentos de la moderna ciencia de la Naturaleza son indicio de
cia de la Naturaleza son indicio de
alteraciones hondas en las bases de nuestra existencia, y que,
alteraciones hondas en las bases de nuestra existencia, y que,
precisament
precisamente
e por tal raz
por tal raz
ó
ó
n, aquellas alteraciones en el dominio cient
n, aquellas alteraciones en el dominio cient
íí
fico
fico
repercuten en todos los dem
repercuten en todos los dem
á
á
s ámbitos de la vida. Desde este punto de
s ámbitos de la vida. Desde este punto de
v
vista,
ista, se concibe que tal v
se concibe que tal vez a todo hombre
ez a todo hombre que, con fine
que, con fines de creaci
s de creaci
ó
ó
n o de
n o de
reflexi
reflexi
ó
ó
n, desee penetrar en la esencia de la Naturaleza, haya de
n, desee penetrar en la esencia de la Naturaleza, haya de
interesarle la pregunta: ¿Qu
interesarle la pregunta: ¿Qu
éé
cambios han tenido lugar, durante los
cambios han tenido lugar, durante los
ú
1.
EL PROBLEMA DE LA NAT URALEZALos cambios en la actitud del cient
f ico ante la Naturaleza
í
Empecemos dirigiendo nuestra mirada a las ra
í
ces hist
ó
ricas de la
ciencia de la Naturaleza en la Edad Moderna. Cuando, en el siglo XVII,
fue fundada dicha ciencia por Kepler, Galileo y Newton, hallaron
é
stos
ante s
í
, como punto de partida, la imagen de la Naturaleza caracter
í
stica
de la Edad Media: la Naturaleza era todav
í
a, en primer lugar, lo creado
por Dios. Como obra de Dios se la conceb
í
a, y a las gentes de la
é
poca les
hubiera parecido una insensatez querer ahondar en el mundo material
prescindiendo de Dios. Como documento de la
é
poca, citar
é
las palabras
con que Kepler concluye el
ú
ltimo volumen de su Armon
í
a del Universo:
Te doy las graci as a ti, Di os se
ñ
or y creador nuestro, porque me dejas ver la belleza de tu creació
n, y me regocijo con las obras de tus manos. Mira, ya he concluido la obra a la que me sentí
llamado; he cultivado el talento que Tú
me diste ; he proclamado la m agnificencia de tus obras a los hom bre s que le an estas demostraciones, en la medida en que pudo abarcarla la limitació
n de mi espí
ritu.Pero en el transcurso de unos pocos decenios, la actitud del hombre
ante la Naturaleza qued
ó
profundamente alterada. A medida que el
cient
í
fico ahondaba en los detalles de los procesos naturales, iba
convenci
é
ndose de que en efecto era posible, siguiendo a Galileo, aislar
ciertos procesos naturales de las circunstancias que les rodean, para
describirlos matem
á
ticamente y con ello "explicarlos". As
í
fue
adquiriendo una clara noci
ó
n de la infinitud de la tarea propuesta a la
naciente ciencia de la Naturaleza. Ya para Newton, el mundo no era
sencillamente la obra de Dios, que s
ó
lo puede ser comprendida en su
conjunto. Su actitud ante la Naturaleza no puede describirse mejor que
mediante su conocida frase en la que se compara a un ni
ñ
o que juega en
la playa y se alegra cuando encuentra un guijarro m
á
s pulido o una
concha m
á
s hermosa que de ordinario, mientras el gran oc
é
ano de la
verdad se extiende ante
é
l, inexplorado. Tal vez nos ayude a comprender
este cambio en la actitud del cient
í
fico ante la Naturaleza la observaci
ó
n
de que en aquella época el pensamiento cristiano hab
í
a llegado a separar
tanto a Dios de la tierra, situ
á
ndole en un tan alto cielo, que
rec
í
procamente no parec
í
a ya absurdo considerar a la tierra
prescindiendo de Dios. Hasta cierto punto, pues, es justificado pensar
con Kamlah que la moderna ciencia de la Naturaleza revela una forma de
ate
í
smo específicamente cristiana; con ello se comprende que en otros
á
mbitos culturales no haya tenido lugar una evoluci
ó
n semejante. No
puede tampoco ser fortuito el hecho de que precisamente en la misma
é
poca las artes figurativas comiencen a tomar a la Naturaleza como
objeto de representaci
ó
n, prescindiendo de los temas religiosos. Id
é
ntica
tendencia se manifiesta en el dominio cient
í
fico cuando se considera a la
Naturaleza como independiente, no s
ó
lo de Dios, sino tambi
é
n del
hombre, constituy
é
ndose el ideal de una descripci
ó
n o una explicaci
ó
n
"objetiva" de la Naturaleza. No debe olvidarse, sin embargo, que para el
mismo Newton la concha es valiosa porque ha salido del gran oc
é
ano de
la verdad, y que el hecho de contemplarla no tiene desde luego valor en s
í
mismo; el estudio de la concha adquiere sentido cuando se le pone en
conexi
ó
n con la totalidad del Universo.
La
é
poca siguiente aplic
ó
con
é
xito los m
é
todos de la Mec
á
nica
newtoniana a dominios de la Naturaleza cada vez m
á
s amplios. Se
procur
ó
aislar mediante el experimento determinadas partes del proceso
natural, observarlas objetivamente y comprender su regularidad; se
procur
ó
luego formular matem
á
ticamente las relaciones descubiertas
obteniendo "leyes" de validez incondicion ada en todo el Universo. Con ello
se alcanz
ó
finalmente, mediante la t
é
cnica, el poder de aplicar a nuestros
fines las fuerzas de la Naturaleza. El magno desarrollo de la mec
á
nica en
el siglo XVIII, y el de la
ó
ptica y la teor
í
a y t
é
cnica t
é
rmicas a principios del
XIX, atestiguan la fecundidad de aquel principio.
A medida que aquel tipo de ciencia natural iba obteniendo
é
xito,
traspasaba progresivamente las fronteras del dominio de la experiencia
cotidiana y penetraba en remotas zonas de la Naturaleza, que no pod
í
an
ser alcanzadas m
á
s que mediante la t
é
cnica que por su parte iba
desarroll
á
ndose en combinaci
ó
n con la ciencia natural. Ya en la obra de
Newton, el paso decisivo lo constituy
ó
el descubrimiento de que las leyes
mec
á
nicas que rigen la ca
í
da de una piedra son las mismas que presiden
el movimiento de la Luna alrededor de la Tierra, y, por consiguiente, que
aquellas leyes pueden aplicarse tambi
é
n en dimensiones c
ó
smicas. En la
é
poca siguiente, la ciencia natural fue realizando incursiones victoriosas,
cada vez en mayor estilo, en aquellos dominios remotos de la Naturaleza
de los que no tenemos noticia m
á
s que pasando por el rodeo de la t
é
cnica,
es decir, mediante aparatos m
á
s o menos complicados. Gracias a los
telescopios perfeccionados, la Astronom
í
a ocup
ó
espacios c
ó
smicos cada
vez m
á
s extensos; la Qu
í
mica tom
ó
por base el comportamiento de la
materia en las transformaciones qu
í
micas para explicar los procesos en
dimensiones atomales; los experimentos con la m
á
quina de inducci
ó
n y
la pila de Volta proporcionaron las primeras claridades sobre los
fen
ó
menos el
é
ctricos, extra
ñ
os todav
í
a a la vida ordinaria de la
é
poca. As
í
fue paulatinamente transform
á
ndose el significado de la palabra
"Naturaleza", en cuanto designa al obje to de la investigaci
ó
n de la ciencia
natural. El concepto de "Naturaleza" se convirti
ó
en concepto colectivo de
todos los dominios de la experiencia que resultan asequibles para el
hombre con los medios de la ciencia natural y de la t
é
cnica,
prescindiendo de si alguno de tales dominios forma o no parte de la
"Naturaleza" que conocemos por la experiencia ordinaria. Tambi
é
n el
t
é
rmino de "descripci
ó
n" de la Naturaleza fue perdiendo cada vez m
á
s su
sentido primitivo, el de una exposici
ó
n orientada a presentar un cuadro
de la Naturaleza tan vivo e intuitivo como fuera posible; antes bien, se
trata, en creciente medida, de una descripci
ó
n matem
á
tica de la
Naturaleza, es decir, de una compilaci
ó
n, todo lo precisa y concisa que se
pudiera, pero al propio tiempo inclusiva de informaciones sobre las
conexiones regulares observadas en la Naturaleza.
La ampliaci
ó
n del concepto de Naturaleza que con ello, y en parte de
modo inconsciente, tuvo lugar, no deb
í
a a
ú
n
interpretarse
necesariamente como un radical abandono de los primitivos fines de la
ciencia natural. Los conceptos b
á
sicos decisivos, en efecto, eran en la
experiencia dilatada los mismos que gobiernan la experiencia natural, y
para el siglo XIX la Naturaleza no era m
á
s que un transcurso regular en el
espacio y en el tiempo; al describirlo, pod
í
a prescindirse, si no en la
pr
á
ctica por lo menos en principio, del hombre y de su acci
ó
n sobre la
Naturaleza.
Lo duradero a trav
é
s de toda la mutabilidad de los fen
ó
menos, se crey
ó
lo era la materia, de masa invariable, que puede ser puesta en
movimiento por las fuerzas. Como, desde el siglo XVIII, se vio que los
hechos qu
í
micos pueden ser ordenados y explicados satisfactoriamente
mediante la hip
ó
tesis atomal heredada de la Antig edad, no es de
extra
ñ
ar que, siguiendo a la Filosof
í
a antigua, se considerara al
á
tomo
como lo realmente existente, como el sillar invariable de la materia. Con
ello, y continuando tambi
é
n la filosof
í
a de Dem
ó
crito, las cualidades
sensibles de la materia fueron concebidas como mera apariencia: el
aroma o el color, la temperatura o la tenacidad no eran propiamente
propiedades de la materia. Se produc
í
an como resultado de las acciones
rec
í
procas entre la materia y nuestros sentidos, y hab
í
a que explicarlas
mediante la disposici
ó
n y el movimiento de los
á
tomos y el efecto de dicha
disposici
ó
n sobre nuestros sentidos. As
í
surgi
ó
la simplista imagen que el
materialismo del siglo XIX daba del Universo: los
á
tomos, que
constituyen la realidad aut
é
nticamente existente e invariable, se mueven
en el espacio y en el tiempo, y gracias a su disposici
ó
n relativa y sus
movimientos generan la policrom
í
a fenom
é
nica de nuestro mundo
sensible.
Una primera grieta en aquella imagen del Universo, no demasiado
amenazadora todav
í
a, se abri
ó
en la segunda mitad del siglo pasado como
consecuencia del desarrollo de la teor
í
a de la electricidad. En la
electrodin
á
mica, lo aut
é
nticamente existente no es la materia, sino el
campo de fuerzas. Un juego de relaciones entre campos de fuerzas, sin
ninguna substancia en que se apoyaran dichas fuerzas, constitu
í
a una
noci
ó
n bastante menos comprensible que la noci
ó
n materialista de la
realidad, basada en la F
í
sica atomal. Se introduc
í
a un elemento de
abstracci
ó
n, no intuitivo, en aquella imagen del Universo que por otra
parte parec
í
a tan clara y convincente. De ah
í
que no faltaran intentos de
regresar a la Filosof
í
a materialista y a su sencillo concepto de la
Naturaleza, utilizando para dicho fin el rodeo de un
é
ter material, cuyas
tensiones el
á
sticas constituyeran el soporte de los campos de fuerzas;
pero tales intentos no dieron resultado satisfactorio. Alg
ú
n consuelo se
hallaba de todos modos en el hecho de que por lo menos las alteraciones
de los campos de fuerzas pod
í
an darse por procesos en el espacio y e n el
tiempo a los que cab
í
a describir con entera objetividad, es decir, sin tener
en cuenta los procedimientos de observaci
ó
n; y que por consiguiente se
ajustaban a la imagen ideal, generalmente aceptada, de un transcurso
regular en el espacio y en el tiempo. Era l
í
cito adem
á
s concebir a los
campos de fuerzas, observables tan s
ó
lo en sus interacciones con los
á
tomos, como engendrados por
é
stos, y en cierto modo no hab
í
a
necesidad de recurrir a los campos m
á
s que para explicar los
movimientos de los
á
tomos. En este sentido, la aut
é
ntica realidad segu
í
a
siendo constituida por los
á
tomos y, entre ellos, por el espacio vac
í
o, cuyo
peculiar modo de realidad era a lo sumo el de servir de soporte a los
campos de fuerzas y a la Geometr
í
a.
Tampoco conmovi
ó
demasiado a aquella imagen del Universo el hecho
de que, luego que a fines del siglo pasado se descubriera la radiactividad,
el
á
tomo de la Qu
í
mica no pudiera ya concebirse como el
ú
ltimo e
indivisible constituyente de la materia. El
á
tomo, por el contrario, se
compone de tres clases de constituyentes b
á
sicos, a los que hoy damos
los nombres de protones, neutrones y electrones. El conocimiento de este
hecho ha tenido como consecuencias pr
á
cticas la transmutaci
ó
n de los
elementos y la t
é
cnica at
ó
mica, y ha adquirido por consiguiente
extraordinaria importancia. En lo tocante a las cuestiones de principio,
sin embargo, la situaci
ó
n no se altera al identificar a protones, neutrone s
y electrones como a los constituyentes m
í
nimos de la materia e
interpretarlos como realidad aut
é
nticamente existente. Lo
ú
nico que
importa para la imagen materialista del Universo es la posibilidad de
considerar a dichos constituyentes m
í
nimos de las part
í
culas
elementales como la
ú
ltima realidad objetiva. En tales fundamentos, por
lo tanto, pudo descansar y articularse firmemente la imagen del Universo
en el siglo XIX y a principios del XX; imagen que, gracias a su sencillez,
conserv
ó
durante muchos decenios su entera fuerza de persuasi
ó
n.
Precisamente en este punto, sin embargo, se han producido en
nuestro siglo hondas alteraciones en los fundamentos de la F
í
sica
at
ó
mica, que conducen muy lejos de las concepciones de la realidad
propias de la Filosof
í
a at
ó
mica en la Antig edad. Se ha puesto de
manifiesto que aquella esperada realidad objetiva de las part
í
culas
elementales constituye una simplificaci
ó
n demasiado tosca de los hechos
efectivos, y que debe ceder el paso a concepciones mucho m
á
s abstractas.
Lo cierto es que cuando queremos formarnos una imagen del modo de ser
de las part
í
culas elementales, nos hallamos ante la fundamental
imposibilidad de hacer abstracci
ó
n de los procesos f
í
sicos mediante los
cuales ganamos acceso a la observaci
ó
n de aquellas part
í
culas. Cuando
observamos objetos de nuestra experiencia ordinaria, el proceso f
í
sico
que facilita la observaci
ó
n desempe
ñ
a un papel secundario. Cuando se
trata de los componentes m
í
nimos de la materia, en cambio, aquel
proceso de observaci
ó
n representa un trastorno considerable, hasta el
punto de que no puede ya hablarse del comportamiento de la part
í
cula
prescindiendo del proceso de observaci
ó
n. Resulta de ello, en definitiva,
que las leyes naturales que se formulan matem
á
ticamente en la teor
í
a
cu
á
ntica no se refieren ya a las part
í
culas elementales en s
í
, sino a
nuestro conocimiento de dichas part
í
culas. La cuesti
ó
n de si las
part
í
culas existen «en s
í
» en el espacio y en el tiempo, no puede ya
plantearse en esta forma, puesto que en todo caso no podemos hablar
m
á
s que de los procesos que tienen lugar cuando la interacci
ó
n entre la
part
í
cula y alg
ú
n otro sistema f
í
sico, por ejemplo los aparatos de
medici
ó
n, revela el comportamiento de la part
í
cula. La noci
ó
n de la
realidad objetiva de las part
í
culas elementales se ha disuelto por
consiguiente en forma muy significativa, y no en la niebla de alguna
noci
ó
n nueva de la realidad, oscura o todav
í
a no comprendida, sino en la
transparente claridad de una matem
á
tica que describe, no el
comportamiento de las part
í
culas elementales, pero s
í
nuestro
conocimiento de dicho comportamiento. El f
í
sico at
ó
mico ha tenido que
echar sus cuentas sobre la base de que su ciencia no es m
á
s que un
eslab
ó
n en la cadena sin fin de las contraposiciones del hombre y la
Naturaleza, y que no le es l
í
cito hablar sin m
á
s de la Naturaleza "en s
í
". La
ciencia natural presupone siempre al hombre, y no nos es permitido
olvidar que, seg
ú
n ha dicho Bohr, nunca somos s
ó
lo espectadores, sino
siempre tambi
é
n actores en la comedia de la vida.
2.
LA TÉ
CNICAInfluencias rec
procas de la t
í
é
cnica y la ciencia de la
Naturaleza
Antes de que podamos extraer consecuencias generales de esta nueva
situaci
ó
n de la F
í
sica moderna, tenemos que ponderar la expansi
ó
n de la
t
é
cnica, tan importante para la vida pr
á
ctica en esta tierra y tan
estrechamente entrelazada con el desarrollo de la ciencia de la
Naturaleza; a la t
é
cnica, precisamente, se debe la propagaci
ó
n de la
ciencia por todo el mundo, a partir de los pa
í
ses occidentales, y su
implantaci
ó
n en el centro del pensamiento de nuestra
é
poca. En todo este
proceso evolutivo, que se extiende a lo largo de los
ú
ltimos 200 a
ñ
os, la
t
é
cnica ha sido a la vez condici
ó
n previa y consecuencia de la ciencia
natural. Es su condici
ó
n previa, ya que a menudo una expansi
ó
n y
ahondamiento de la ciencia no son posibles m
á
s que gracias a un
refinamiento de los medios de observaci
ó
n; recu
é
rdense la invenci
ó
n del
telescopio y del microscopio o el descubrimiento de los rayos R ntgen. Por
otra parte, la t
é
cnica es consecuencia de la ciencia, ya que e n general la
explotaci
ó
n t
é
cnica de las fuerzas naturales se hace posible gracias a un
conocimiento bastante extenso del dominio de experiencia que en cada
caso entra en cuesti
ó
n.
As
í
empez
ó
desarroll
á
ndose, en el siglo XVIII y a principios del XIX,
una t
é
cnica basada en la explotaci
ó
n de los procesos mec
á
nicos. En este
dominio, es frecuente que la m
á
quina imite sencillamente la acci
ó
n de las
manos del hombre, por ejemplo al hilar o tejer, al levantar fardos o al
cortar grandes pedazos de hielo. De ah
í
que esta forma de la t
é
cnica se
concibiera al principio como continuaci
ó
n y ampliaci
ó
n de la antigua
artesan
í
a; para un observador, parec
í
a tan comprensible y l
ó
gica como el
propio taller artesano, cuyos principios eran conocidos por todo el
mundo, aunque no todos pudieran igualar la habilidad del operario. La
introducci
ó
n de la m
á
quina de vapor no lleg
ó
a alterar radicalmente este
car
á
cter de la t
é
cnica; s
ó
lo ocurri
ó
, que, a partir de aquel momento, la
expansi
ó
n de la t
é
cnica se realiz
ó
en una medida hasta entonces
desconocida, ya que las fuerzas naturales escondidas en el carb
ó
n se
pusieron al servicio del hombre, desplazando al trabajo de sus manos.
Una alteraci
ó
n decisiva en el car
á
cter de la t
é
cnica, sin embargo, no se
produce probablemente hasta que, en la segun da mitad del siglo pasado,
tiene lugar el desarrollo de la Electrot
é
cnica.
sta excluye casi
enteramente toda noci
ó
n de semejanza con el taller tradicional. Las
fuerzas naturales que pasan a ser objeto de explotaci
ó
n, apenas las
conoc
í
a el hombre a trav
é
s de su directa experiencia de la Naturaleza. De
ah
í
que la Electrot
é
cnica, todav
í
a hoy, presente para muchas personas
un car
á
cter vagamente inquietante, o por lo menos, que a menudo se la
considere como incomprensible, a pesar de que nos circunda por todas
partes. Cierto que los conductores de alta tensi
ó
n a los cuales no puede
uno acercarse demasiado, nos proporcionan una cierta experiencia
intuitiva de lo que es un campo de fuerzas, precisamente el concepto
fundamental de la ciencia en este dominio; pero a pesar de todo, sentimos
como extra
ñ
o a nosotros este sector de la Naturaleza. Contemplar el
interior de un aparato el
é
ctrico complicado, nos da muchas veces una
impresi
ó
n de desagrado, parecida a la que sentimos ante una operaci
ó
n
quir
ú
rgica.
La t
é
cnica qu
í
mica, en cambio, s
í
pudo concebirse como prolongaci
ó
n
de las artesan
í
as tradicionales, por ejemplo del te
ñ
ido o curtido o de la
botica. Pero la enormidad del desarrollo que, a partir poco m
á
s o menos
del comienzo de nuestro siglo, alcanza dicha t
é
cnica qu
í
mica, impide
desde luego toda asimilaci
ó
n a los procesos tradicionales. Y finalmente la
t
é
cnica at
ó
mica se consagra de modo absoluto a la explotaci
ó
n de fuerzas
naturales hacia las cuales el mundo de la experiencia cotidiana no nos
abre ninguna v
í
a de aproximaci
ó
n. Es posible que esta t
é
cnica termine
haci
é
ndose tan familiar como lo es para el hombre moderno la
Electrot
é
cnica, que constituye una parte inescindible de su ambiente
inmediato. Pero lo cierto es que no basta que un objeto se encuentre
todos los d
í
as ante nosotros, para que pase a con vertirse en un trozo de la
naturaleza, en el sentido original del t
é
rmino. Acaso un d
í
a los m
á
s
diversos artefactos t
é
cnicos formar
á
n parte integrante del hombre, como
su concha lo es del caracol o su tela lo es de la ara
ñ
a. Pero en tal caso,
aquellos artefactos ser
á
n m
á
s bien partes del organismo humano que
partes de la Naturaleza que nos circunda.
Influjo de la t
é
cnica sobre la relaci
ó
n entre la Naturaleza
y el hombre
La t
é
cnica modifica en considerable medida el ambiente en que vive
sumergido el hombre, y coloca a
é
ste, sin cesar e inevitablemente, ante
una visi
ó
n del mundo derivada de la ciencia; con lo cual, la t
é
cnica
influye desde luego profundamente sobre la relaci
ó
n entre hombre y
Naturaleza. El intento, intr
í
nseco a la ciencia natural, de introducirse en
el entero universo mediante un m
é
todo que a
í
sla e ilumina a un objeto
tras otro, progresando as
í
de una a otra conexi
ó
n de hechos, se refleja en
la t
é
cnica, en cuanto
é
sta, paso tras paso, se insin
ú
a en dominios
siempre nuevos, va transformando el Universo ante nuestra mirada, y le
da la forma de nuestra propia imagen. As
í
como en la ciencia todo
problema parcial se subordina a la gran tarea de la compren si
ó
n del todo,
por su parte todo progreso t
é
cnico, por m
í
nimo que sea, sirve al fin
general de ampliaci
ó
n del poder
í
o material del hombre. Se deja a un lado
toda discusi
ó
n sobre el valor de este fin
ú
ltimo, del mismo modo como la
ciencia evita poner en entredicho la val
í
a del conocimiento de la
Naturaleza, y ambos fines confluyen en la tesis expresada por el dicho
banal: "saber es poder". Aunque desde luego cabe mostrar para cada
proceso t
é
cnico individual su subordinaci
ó
n al fin general, uno de los
rasgos caracter
í
sticos del conjunto de la evoluci
ó
n t
é
cnica es el hecho de
que, a menudo, un proceso de la t
é
cnica no guarda m
á
s que una
conexi
ó
n indirecta con el fin general, de modo que resulta dif
í
cil
aprehenderlo como parte de un plan consciente para la consecuci
ó
n de
aquel fin. Cuando dirigimos la atenci
ó
n a casos semejantes, la t
é
cnica,
m
á
s bien que fruto del consciente humano esfuerzo por ampliar el
poder
í
o material del hombre, casi parece constituir un vasto proceso
biol
ó
gico, gracias al cual las estructuras inherentes al organismo
humano van siendo paulatinamente transportadas al medio ambiente en
que vive el hombre. Un proceso biol
ó
gico que, precisamente en cuanto tal,
escapa al control de los seres humanos; ya que "el hombre ciertamente
puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera".
3.
LA CIENCIA DE LA NATURALEZA COMO UN ASPECTO DE LA INTERACCIÓ
N ENTRE HOMBRE Y NATURALEZAA este prop
ó
sito, se ha sostenido a menudo que la profunda alteraci
ó
n
que nuestro ambiente y nuestros modos de vivir han sufrido en la
é
poca
t
é
cnica ha producido tambi
é
n una peligrosa transformaci
ó
n en nuestro
pensamiento; y en ello se ha querido ver la ra
í
z de las crisis que han
conmovido a nuestro tiempo, y que se manifiestan tambi
é
n, por ejemplo,
en el arte moderno. Lo cierto es que tales reproches son mucho m
á
s
antiguos que la t
é
cnica y la ciencia de la Edad Moderna; t
é
cnica y
m
á
quinas, bien que en forma primitiva, las hubo mucho antes, y es
natural que los hombres de tiempos muy remotos se vieran forzados a
meditar sobre estas cuestiones. Hace dos milenios y medio, por eje mplo,
el sabio chino Yuang Tsi hablaba ya de los peligros que para el hombre
constituye el uso de las m
á
quinas, y no me parece inoportuno citar un
pasaje de sus escritos, de importancia para nuestro tema:
Cuando Tsi Gung andaba por la re gi
ó
n al norte del rí
o Han, encontró
a un vie jo atareado en su huerto. Habí
a excava do unos hoyos para r ecoger e l agua de l riego. Iba a la fue nte y volví
a cargado con un cubo de agua, que ve rtí
a e n e l hoyo. Así
, cansá
ndose m ucho, sacaba escaso provecho de su labor.Tsi Gung habl
ó
: Hay un arte facto con el que se pueden regar cie n hoyos en un dí
a. Con poca fatiga se hace mucho. ¿Por qué
no lo empleas? Levantó
se el hortela no, le vio y dijo: ¿Có
mo es e se artefacto?Tsi Gung h a bl
ó
: Se hace con un palo una palanca, con un contrapeso a un extremo. Con e lla se pue de sacar agua del pozo con toda facilidad. Se le llama cigoñ
al.El viejo, mientras s u rostro se llenaba de c