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En el segundo cap í tulo del Mysterium Cosmographicum, que damos a continuaci ó n, se afirma que lo corp ó reo es comprensible mediante lo

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cuantitativo; de modo que lo cuantitativo constituye el punto de partida

de una construcción conceptual mediante la cual la obra de Dios es

asequible para la mente humana. Por ello se esfuerza Kepler, ante efectos

observados a  posteriori, mediante la experiencia ("como cuando un ciego

guía sus pasos con su bastón"), por deducirlos según razones a priori,

derivadas de las causas.

Esbozo de mi demostraci ó n capital

Para llegar por fin a mi tema y reforzar mediante una nueva demostraci

ó

n la expuesta doctrina de Cop

é

rnico sobre el nuevo universo, quiero resumir con toda bre ve dad la mate ria de sde su pri nci pio.

El cuerpo fue lo primero que Dios cre

ó

. Poseyendo esta noci

ó

n, probablemente resultar

á

 bastante claro por qu

é

 Dios cre

ó

 primero el cuerpo y no otra cosa. Digo que Dios ten

í

a ante s

í

 la cantidad; para realizarla, necesitaba todo cuanto pertenece a la esencia del cue rpo, con e l fin de que la cantidad del cue rpo e n cu anto cuerpo se haga en cierto modo forma y sea el primer apoyo del pensamiento. Que la cantidad fuera lo primero en adquirir existencia, lo quiso Dios para que se diera una distinci

ó

n entre lo curvo y lo recto. El Gusano y otros me parece n tan divinamente grandes s

ó

lo porque ha n sabido apreciar tanto la relaci

ó

n entre lo recto y lo curvo, osando adscribir lo curvo a Dios, lo recto a la s criaturas. De modo que quienes se aplican a concebir al Cre ador por la criatura, a Dios por el hombre, apenas puede decirse que hagan labor m

á

s

ú

til que quie ne s buscan lle gar a lo curvo por lo re cto, al c

í

rculo por el cuadrado.

¿Por qu

é

, entonces, al a dornar el m undo, i nstituy 

ó

 Dios la distinci

ó

n e ntre curvo y recto y la noble jerarqu

í

a de lo curvo? ¿Por qu

é

? Pues simplemente porque el mejor arquitecto debe formar una obra de la m ayor he rmosura. No es, en e fecto, posi ble, ni lo fue nunca (seg

ú

n dice Ci cer

ó

n en su li bro Sobre el todo, siguiendo al Timeo de Plat

ó

n), que el mejor haga otra cosa que lo m

á

s hermoso. Puesto que el Creador ten

í

a en la

mente la i de a del Universo (hablo se g

ú

n el modo hum ano, para que los hom bre s me comprendan), y puesto que la idea debe contener algo ya acabado y, seg

ú

n dije, algo perfecto, para que se a tambi

é

n perfecta la form a de la obra por re alizar, e st

á

 claro que, de acue rdo con aque llas le yes que e l propio Dios e n su bondad se prescr ibe a s

í

 mismo, Dios no pod

í

a tomar la idea del fundamento del mundo m

á

s que de su pro pia e sencia. Cu

á

n soberbia y divina es

é

sta, puede ve rse me diante una doble consideraci

ó

n, por una parte re flexi onando que Dios e s e n s

í

 mi smo uno en esencia y trino e n personas, y por otra parte compar

á

ndolo con las criaturas.

Quiso Dios acu

ñ

ar al m undo con aque lla imagen, aque lla idea. Para que e l Universo fuera el me jor y m

á

s hermoso posi ble, para que pudie ra re cibir la impronta de aque lla idea, el omnisciente Creador form

ó

 la magnitud y concibi

ó

 las cantidades, cuya entera esencia se halla en cierto modo e ncerra da en la distinci

ó

n entre los dos conce ptos de lo curvo y lo recto; y precisamente, en la forma arriba expresada, lo curvo ha de re pre sentarnos a Dios. De modo que no ha de creer se que una distinci

ó

n tan apropiada para la representaci

ó

n de Dios se haya instituido por azar, ni que Dios haya podido no pensar en ella, de tal modo que sean otras razones y otros motivos los que hayan formado a la magnitud como cuerpo, resultando luego sin mayor deliberaci

ó

n y fortuitame nte la disti nci

ó

n de lo recto y lo curvo y su se me janza con Dios.

Lo veros

í

mil, por el contrario, es que Dios, desde el primer comienzo, eligiera por expresa de cisi

ó

n a lo curvo y lo recto para introducir en el Universo la divinidad del Creador; para hacer posible la existencia de aquellos dos conceptos, aparecieron las cantidades, y para que las cantidades pudieran ser comprendidas, cre

ó

  Dios los cuerpos antes que ni nguna otra cosa.

Veamos ahora c

ó

mo el perfecto Creador ha aplicado dichas cantidades en la edificaci

ó

n de l Universo, y lo que nue stras consideraciones nos pe rmiten s uponer com o pro ba ble a cerca de su pr oceder. Com pararemos de e ste modo a las antiguas con las nuevas hip

ó

tesi s, dando la palma a la que la me re zca.

Que el conjunto del Universo se encierra en una forma esf 

é

rica, ya lo expuso Arist

ó

teles con suficiente detalle (en el libro 2° Del cielo), apoyando en parte su demostraci

ó

n en la suprema significaci

ó

n de la superficie e sf 

é

rica. Por la m ism a raz

ó

n, la e sfera e xte rior de las e strellas fijas posee todav

í

a hoy dicha forma, aunque no tenga ning

ú

n movimie nto; el Sol, que es su centro, se e ncierra por as

í

 deci r en su m

á

s

í

ntimo seno. Que las dem

á

s trayectorias son redon das, resulta de l movimie nto circular de las estrellas. Que lo curvo ha encontrado aplicaci

ó

n para el ornamento del Universo, no ne cesita por lo tanto de ma yor demostraci

ó

n. Pero mientras que en e l mundo vemos tre s especies de cantidades, a saber, forma, n

ú

mero y contenido de los cuerpos, s

ó

lo encontramos a lo curvo en la forma. Con e l contenido no tie ne que ver, ya que un objeto inscrito en otro semejante y conc

é

ntrico con

é

ste (por ejemplo la esfera en la esfera, el

c

í

rculo en e l c

í

rculo), o lo t oca en todas partes o e n ning

ú

n punto. A lo e sf 

é

rico, siendo como es una cantidad absolutamente singular, no puede corresponderle m

á

s n

ú

mero que e l tres. Por consiguiente, si Di os, al crear el mundo, no hu biera ate ndido m

á

s que a lo curvo, no ha br

í

a e n nue stro Universo m

á

s que e l Sol en el ce ntro, imagen de l Padre, las estrellas fijas o el agua de la ley mosai ca e n la superfi cie, i magen del Hij o, y e l

é

ter celeste llen

á

ndolo to do, es decir la e xte nsi

ó

n y el firmamento, ima gen del Santo Esp

í

ritu. Pero como existen las estre llas fijas en innumerable m ultitud y las estrellas errantes en n

ú

mero bien definido, y que las magnitudes de las trayectorias celestes son distintas, debemos necesariamente buscar las causas de todo esto en el concepto de lo recto.  Tendr

í

amos que a dmi tir pues que Dios hubie ra hecho el m undo a ojo de buen cu ber o,

mientras ten

í

a a su disposici

ó

n los mejores y m

á

s racionales planes; y nadie me convencer

á

 de que as

í

 ocurrie ra, ni siquiera para e l caso de las e strellas fijas, cuyos lugares nos parecen sin embargo de lo m

á

s fortuito, como el de las semillas al ser arrojadas e n el campo.

Pasemos pue s a las cantida de s rectas. As

 í

como antes e scogimos a la e sfera por ser la m

á

s perfecta cantidad, nos orientaremos en seguida a los cuerpos, ya que son las m

á

s perfe ctas entre las cantidade s re ctas, y poseen tre s dime nsiones. Que la idea del mundo es perfecta, no cabe dudarlo. A las l

í

neas y superficies rectas, por ser infinitas en n

ú

mero y por ende indomables para ninguna ordenaci

ó

n, las dejaremos fuera del mundo finito, ordenado y perfecto. Probaremos pues los cuerpos, de los que existen infini tas clases, distinguiendo a algunos por cie rtas caracter

í

sticas; me refie ro a los que tienen aristas o caras o

á

ngulos i guale s entre s

í

, aislados o por pares o se g

ú

n cualquier otra regularidad, de modo que por este camino se pueda razonablemente llegar a algo finito. Ahora bie n: una especie de cue rpos definida por determinadas condici ones, aunque se componga de un n

ú

mero finito de tipos, da lugar a una e norme multiplicidad de cue rpos individuales; an

á

logamente, a ser posible, procurare mos utilizar los

á

ngulos  y los ce ntros de las caras de aque llos cue rpos para re pre sentar la multiplici dad, la magnitud y la posici

ó

n de las e strellas fijas. Pero si e llo supera ra a las fuerzas de un hombre, dife riremos la justificaci

ó

n de l n

ú

mero y la posici

ó

n de las e strellas fijas hasta que alguien pueda dar el n

ú

mero y la magnitud de todas ellas sin excepci

ó

n. Dejemos pues a las estrellas fijas al cuidado del arquitecto omnisciente,

ú

nico que conoce su n

ú

mero y las nombra a todas con su nombre, y dirijamos nuestra mirada a los astros errantes, m

á

s cercanos y me nos numerosos.

Si, finalmente, hacemos una selecci

ó

n en tre los cuerpos, desde

ñ

ando a toda la masa de los irregulares y qued

á

ndonos s

ó

lo con aquellos cuyas caras tienen todas iguales

á

ngulos y la dos, tene mos a los ci nco cuerpos re gulare s, que los griegos bautizar on con los siguientes nombres: el cubo o hexaedro, la pir

á

mide o tetraedro, el dodecaedro, el icosaedro y el octaedro. Que no hay m

á

s que estos cinco, se ve en Euclides, libro XIII,

corolario al teore ma 18.

Puesto que el n

ú

mero de tales cuerpos est

á

  bien determinado y es muy peque

ñ

o mientras que las clases de los dem

á

s son innumerables o infinitas, deben darse en el mundo tam bi

é

n dos clase s de astros, que se distingan por alguna se

ñ

al evidente (como es la de l reposo y el movi miento); una de las clases ha de limitar con el infinito, como el n

ú

mero de las e strellas fijas, e n tanto que la otra ha de e star estrechamente deli mitada, como el n

ú

me ro de los planetas. No es

é

ste el lugar de de sentra

ñ

ar las razones por las que

é

stos se mueven y aqu

é

llas no. Pero admitiendo que los planetas requieren el movim iento, se sigue que, para conservarlo, de be n posee r traye ctorias redondas.

Llegamos pues a la trayectoria circular por el movimiento, y a los cuerpos por el n

ú

mero y la magnitud. No tenemos m

á

s remedio que decir con Plat

ó

n que Dios hace siempre geometr í a,  ya que al formar las estrellas errantes adscri bi

ó

  cuerpos a los c

í

rculos y c

í

rculos a los cuerpos hasta que no qued

ó

 ning

ú

n cue rpo si n provee r con c

í

rculos m

ó

viles, tanto en su i nte rior como e n su exte rior. En los teore mas 13, 14, 1 5, 16 y 17 del li bro XIII de Eucli des se ve cu

á

n grandemente aquellos cuerpos est

á

n naturalmente adecuados para dicho proceso de inscripci

ó

n y circunscripci

ó

n. Si luego los cinco cuerpos se imbrican unos en otros, introduciendo c

í

rculos entre ellos y para cer rar exteri ormente e l conjunto, se obtie ne precisam e nte el n

ú

me ro de se is c

í

rculos.

Por l o tanto, si alguna

é

poca ha expuesto e l orden del mundo sobre e l fundame nto de que se dan seis trayectorias m

ó

viles alrededor del inm

ó

vil Sol, no cabe duda de que dicha

é

poca nos ha legado la verdadera Astronom

í

a. Pues bien,  precisamente tiene Cop é rnico seis trayectorias de aquella especie, las cuales se hallan dos a dos en tales relaciones rec í  procas, que aquellos cinco cuerpos enca jan entre ellas del modo m á s  perfecto; é ste es el contenido de la siguiente exposici ó n. Hay que escuchar por consi guiente a Cop

é

rnico hasta que alguie n aporte una hi p

ó

tesi s que coincida me jor con nuestras reflexiones filos

ó

ficas , o hasta que alguien nos ense

ñ

e a cree r que tanto en los n

ú

meros como en la mente humana haya podido deslizarse por pura casualidad algo que se infiere de los principios de la Naturaleza directamente y seg

ú

n la mejor l

ó

gica. ¿Qu é , pues, podr í a haber m á s admirable, qu é  podr í a imaginarse m á s convincente que el hecho de que lo que Cop é rnico hall ó   partiendo de los fen ó menos, de los efectos, a posteri ori, como cuando un ciego gu í a sus pasos con su bast ó n (seg ú né l mismo le dijo sin ambages a R é tico), lo que estableci ó   y demostr ó m á s por una feliz casualidad que por buena l ó gica, de que esto, digo, haya podido inferirse por razones obtenidas a priori,  partiendo de las causas, de la idea de la creaci ó n, y quedando demostrado y

comprendido del modo m á s indudable? 

Para el lector de hoy, que pone a la ciencia de la Naturaleza en

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