Di á logo sobre los dos sistemas m á ximos
Jornada primera
SAGREDO: Siempre me ha parecido la mayor soberbia querer tomar a la humana
capacidad de concebir como suprema regla de lo que la Naturaleza es capaz de obrar, sie ndo as
í
que, por el contrari o, no se da e n la Naturaleza ningú
n fenó
me no, ni si quiera el má
s insignificante, cuyo completo conocimiento pudiere ser alcanzado por la má
s profunda meditació
n. La frí
vola fatuidad de querer entenderlo todo sale tan só
lo de la completa care ncia de cualquier conocimiento. Si uno hubiera i ntentado una s ola vez entender perfectamente una cosa, y hubiera llegado a gustar ve rda dera mente có
mo está
hecho el saber, se darí
a cuenta de que no entiende ninguna de las demá
s infinitas verdades.SALVIATI: Lo que de c
í
s e s innegable. Sí
rvenos de e jem plo quie nes comprende n o han comprendido algo: cuanto má
s sabios s on, tanto m ejor se dan cue nta de que poco sa ben y má
s francamente lo confiesan. El má
s sabio hombre de Grecia, a quien el orá
culodesign
ó
como ta l, decí
a a m enudo darse cuenta de que nada sabí
a.SIMP LICIO: De suerte que o S
ó
crates o el orá
culo tienen que haber mentido, ya queé
ste alaba a aqué
l por ser e l má
s sabio, mi e ntras que aqué
l dice no saber n ada.SALVIATI: No es ne cesario ni lo uno ni lo otro, ya que ambos dichos pueden se r ciertos. El or
á
culo llama a Só
crates e l má
s sabio de los hom bre s, cuyo sa ber es fini to. Só
cratesconfiesa no saber nada compar
á
ndose con e l saber absoluto, que e s infinito. Lo mucho no es una parte del infinito mayor que lo poco o la nada, tal como, por ejemplo, para obtener un nú
mero infinito tanto vale sumar miles como cientos o ceros, y por eso se daba muy bien cuenta Só
crates de que su limitado saber no era nada ante el saber infinito, de que care cí
a. Pe ro como entre los hom bre s se da de to dos m odos ci e rto saber, desigualmente repartido entre ellos, Só
crates podí
a poseer una parte mayor que los demá
s, y justifica r la re spue sta del orá
culo.SAGREDO: Creo que entiendo perfectamente este punto. Los hombres, se
ñ
or Simplicio, poseen aptitud para obrar, pero no todos en igual medida. Está
claro que e l poderí
o de un em perador es mucho mayor que e l de un si mple ciuda dano, pe ro ni uno ni otro son nada ante la omnipotencia divina. Unos entienden de agricultura má
s que otros; pero ¿quié
n posee el arte de plantar una vid, y a demá
s de hace rle echar raí
ces, de proporcionarle su nutrició
n, de escoger una parte de ella para formar las hojas y otra para los s armientos, y en fin otra para los racim os y para la pulpa o la piel de las uvas ?; y todo e sto, si n embargo, lo pue de la Naturaleza omnisciente. No e s má
s que una e ntre las innumerables opera ciones que ella lleva a cabo, per o ya es una mue stra de un arte infi nito; de ahí
puede infe rirse que el saber divi no es i nfini tas veces infinito.SALVIATI: Otro e jem plo. ¿No e s cie rto que e l arte de descubrir una soberbia estatua en
el se no de un bloque de m
á
rmol ha e levado al geni o del Buonaroti muy por encim a de los vulgares e spí
ritus de otros hom bre s? Y sin e mbargo una tal obra n o es má
s que una imitació
n exte rna y superficia l, de un gesto y una actitudú
nicas de un hombre inmó
vil. ¿Qué
e s e sto comparado con e l hom bre tal como lo ha f ormado la Naturaleza, con tantosó
rganos externos e i nternos, con tal multitud de mú
sculos, tendones, nervios, huesos, que ha cen posible tanta diversidad de movi mientos? ¿Y qué
diremos de los sentidos, de las facultades del alma y, finalmente, de la razó
n? ¿No es justo concluir que esculpir una e statua tiene un valor mucho me nor que formar un hombre vivo, o incluso el má
s despreciable de los gusanos?SAGREDO: ¡Y qu
é
diferencia debió
de haber en tre la paloma de Arquitas y una paloma natural!SIMPLICIO: Pero teniendo en cuenta que se dice que los hombres est
á
n dotados de razó
n, en vuestras palabras se encierra una manifiesta contradicció
n. Pensá
is que la razó
n es una de las mayores superioridades del hombre, tal vez la suprema, y sin embargo decí
s con Só
crates que la razó
n no es nada. Hay que concluir, pues, que la Naturale za no ha sabido h ace r un hombre capaz de s aber.SALVIATI: Muy aguda e s esta o bjeci
ó
n. Para refutarla, debemos hacer una distinció
n filosó
fica, que el concepto de entendimiento se dice en dos sentidos, a saber, uno intensivo y otro extensivo. Extensivamente, e s deci r, e n re lació
n a la multitud de las cosas por conocer, cuyo nú
mero es infinito, la razó
n humana no es nada, ni lo serí
aaunque conociera mil verdades, ya que un millar no es m
á
s que cero en comparació
n con lo infini to. Pe ro si consideramos al entendi miento intensivamente, en cuanto esta expresió
n significa la intensidad o perfecció
n en el conocimiento de una verdad cualquiera, afirmo que el intelecto del hombre concibe algunas verdades tan perfectamente y está
tan absolutamente seguro de ellas como pueda estarlo la Naturaleza. Son ejemplos los conocimientos matemá
ticos puros, a saber la Ge ometrí
a y la Aritmé
tica. Cierto que la mente divina conoce muchas má
s ve rdades matemá
ticas, puesto que las conoce todas. Pero el conocimie nto de las pocas que la me nte humana ha entendido, creo posee una certeza obje tiva igual a la del conocimie nto divino; ya que ha llega do a aprehe nder su ne ce sidad, y un grado mayor de ce rteza no puede da rse .SIMPLICIO: A esto le llamo ha blar con pre sunci
ó
n y osadí
a.SALVIATI: Estas proposiciones son generalmente conocidas, y enteramente libres de toda sospecha de soberbia u osad
í
a. No van de ningú
n mo do contra la omni sciencia divi na, tal como no se ataca a la omni potencia divina cuando se dice que Dios no podrí
a hacer que lo ocurri do no hu bie ra ocurri do. Pero barrunto, señ
or Simplicio, que vuestro recelo procede de haber entendido en parte mal mis palabras. Por consiguiente, para expresarme mejor, explicaré
que de sde lue go la ve rda d cuyo conoci miento proporcionan las demostraciones matemá
ticas es la misma que conoce la divina sabidurí
a; pero otorgaré
que e l modo como Dios c onoce las innume rables verdades, unas pocas de las cuales son las alcanzadas por nosotros, es muy superior al modo nuestro. Nosotros avanzam os de conclusió
n en conclusió
n mediante progresivos aná
lisis, mie ntras que El comprende por pura intuició
n. Nosotros por ejemplo, para obtener el conocimiento de algunas de las in finitas propie dade s de l cí
rculo que l posee , partimos de una de las má
s sencillas, la sentamos como definició
n de aquella figura y pasamos mediante el razonamiento a una se gunda propie da d, deé
sta a una te rcera , luego a una cuarta, y así
suce sivamente. El inte le cto divino, en cambio, por la me ra constituci
ó
n de su e sencia y sin ninguna operació
n temporal, conoce la infinita abundancia de las propiedades del cí
rculo. En el fondo, las propiedades de una cosa está
n virtualmente contenidas en su definició
n, y aunque infinitas en nú
mero, puede que e n su esencia y en la me nte divina constituyan una unidad. El propio espí
ritu del hom bre n o deja de sa be r algo de e sta suerte de conocimiento, aunque só
lo lo adivine tra s un e speso velo de nie bla, el cual, por decir así
, se hace má
s claro y transparente cuando dominamos ciertos razonamientos que nos han sido rigurosamente demostrados y hemos asimilado tanto que podemos pasar de uno a otro con toda cele ridad. ¿Pue s qué
, el teorem a por ejem plo que dice que el cuadrado de la hipotenusa e s igual a la suma de los cuadrados de los catetos, no es en el fondo el mismo teorema que dice que paralelogramos de igual base y comprendidos entre paralelas son iguales? ¿Y esto, al cabo, no es lo mismo que decir que dos superficies son iguales si se recubren perfectamente, de modo que ninguna de ellasdesborde a la otra? Tales pasos, para los cuales nuestra mente requiere tiempo, el intelecto divino los realiza en un instante, como la luz, o lo que es lo mismo, siempre est
á
n simultá
ne amente presente s ené
l. De e llo infiero que nue stro entendimiento, tanto en lo que c oncierne al modo como al nú
mero de sus c onocimientos, es m uy inferior al divino. Pero no lo menosprecio hasta el punto de tenerlo por una pura nada. Por el contrario, cuando reflexiono y veo cuá
ntas y cuá
n admirables cosas los hombres han entendido, investigado y ejecutado, percibo con toda claridad que la mente humana es ve rdaderamente una obra de Di os, y sin duda una de la s má
s sublim es.SAGREDO: Muy a menudo me he sumido en reflexiones sobre este tema de que habl
á
is, el de la penetració
n de la mente humana. Y cuando recorro las muchas maravillosas invencione s de la humanidad e n las artes y las cie ncias, y luego considero mi propio saber, que no me capacita de ningú
n modo para inventar nada, ni siquiera para entender lo que otros inventan, entonces me sobrecoge el asombro, caigo en la desesperació
n y me considero casi desdichado. Cuando contemplo una hermosa estatua, me digo: ¿cuá
ndo aprenderá
s a extraer de un bloque de má
rmol un nú
cleo comoé
ste, a descubrir la so be rbia forma que esconde?, ¿o a me zclar varios colores y extenderlos sobre un lie nzo o un muro , de mo do que representen e l entero reino de las cosas visibles, como hacen Miguel ngel, Rafael, Tiziano? Si medito sobre e l modo comolos hom bre s han apre ndido a divi dir los intervalos musica les y han da do pre ce ptos y reglas para utilizarlos con el fin de proporcionar una maravillosa delicia al o
í
do, ¿có
mo cesar de asombrarme? ¿Y los muchos distintos instrumentos? ¡De qué
admiració
n colma la le ctura de los e xcelentes poetas a quie n sigue atentamente la i nve nció
n y el desarrollo de sus i de as! ¿Y qué
dire mos de la Arquite ctura, de la Ná
utica? Pero a to das estas invenciones superó
el genio de aquel que halló
el medio de que podamos comunicar nuestros pensamientos a otros, por muy lejanos que se encuentren en el espacio o en el tiempo, de hablar a los que viven en la India, a los que todaví
a no han nacido, que tardará
n miles y decenas de miles de añ
os en nacer. ¡Y con qué
facilidad! Mediante ciertas combinaciones de una ve intena de signos en una hoja de pa pe l. Esta invenció
n puede vale r como cum bre de todas las prodigi osas invenciones de los hombres, y a la ve z damos ocasió
n para conclui r nuestra conver sació
n hoy. El calor del dí
a ha pasado, y el señ
or Salviati gozará
, pienso, aprovechando el fres co para un pase o en gó
ndola. Mañ
ana os e spe ro a am bos para prosegui r e l diá
logo interrumpido.Jornada segunda
SALVIATI: Ayer nos apartam os tanto de la v
í
a recta de nuestra discusió
n, y lo hicimos tantas veces, que difí
cilmente conseguiré
sin vuestra ayuda encontrarla de nuevo y prolongar e l buen sur co.SAGREDO: Compre ndo muy bie n que os encontr
é
is un poco desorientado, teniendo como tené
is la men te ocupa da tanto e n lo ya dicho como en lo que nos que da por deci r. Yo, e n cambio, que siendo un m ero oyente no ne ce sito guardar e n la me moria má
s que lo ya ex puesto, espero poder dese ntrañ
ar los hilos de nuestra pesquisa, mediante un breve re sumen de lo ya dicho. Si no me falla, pues, la me moria, lo que ayer nos ocupó
princi palmen te fue e l examen detallado de cuá
l de las dos o piniones era má
s probable y razonable: la que dice que la sustan cia de los cuerpos celestes es i mposible de fabricar, inde structible, invariable, insensible , en fin, aparte las variacione s de lugar, ajena a todo cam bio, y por consi guiente representa un quinto e lemento completamente distinto de nuestros cuerpos elementales, que son susceptibles de fabricació
n, destructibles y variables; o la otra opinió
n, que califica de error tal desproporció
n entre las partes del Universo, atribuye ndo a la Tie rra las mismas ve ntajas que a los restante s cuerpos que componen el Universo, de modo que la Tierra viene tambié
n a se r una esfera en libre movimiento, como la L una, Jú
pite r, Venus u otro plane ta cualquiera. Luego observam os muchas semejanzas de detalle entre la Tierra y la Luna, viendo que e n efecto aqué
lla se parecí
a má
s a la Luna que a los demá
s planetas, probablemente a causa del conocimiento má
s preciso y sensible que de la Luna, debido a su menor alejamiento, poseemos. Tras llegar finalmente a reconocer que esta segunda opinió
n es la que pose e una mayor verosimilitud, la buena consecuencia, creo, pide que examinemos la cuestió
n de si hay que tener a la Tierra por inmó
vil, segú
n han creí
do hasta ahora los má
s, o por mó
vil, segú
n creyeron algunos filó
sofos de la Antig edad y opinan algunos mode rnos; y si e s mó
vil, hay que ver qué
suerte de movim iento posee .SALVIATI: Ya recuerdo ahora e l camino que recorrim os. Pe ro antes de que sigam os
adelante, quisiera permitirme una observaci
ó
n sobre vuestrasú
ltimas palabras. Decí
s que habí
amos llegado a la conclusió
n de que la opinió
n que e quipara a la Tie rra con los otros cuerpos celestes es má
s verosí
mil que la opuesta. Esto no lo afirmé
yo, e igualmente me abstendré
de consi derar como dem ostrada ninguna de las doctrina s en discusió
n. No me he pro puesto má
s que expresar las razone s y o bjeci ones en pro y e n contra de ambas teorí
as, las dificultades y el modo de salvarlas, segú
n otros han desarrollado ya, con alguna novedad que he hallado tras larga reflexió
n. Pero el juicio fina l lo dejo para otros.SAGREDO: Me dej
é
arrastrar por mi creencia personal. Creyendo que los demá
s habí
an de pensar como yo, he generalizado lo que debí
decir con toda limitació
n. Realme nte soy culpa ble de una falta, ya que no conozco la opinió
n de l señ
or Si mplicio, aquí
presente.SIMPLICIO: Confieso que he pasado la noche reflexionando so bre nuestra discusi
ó
n deayer, y creo que en verdad hubo en e lla mucha s cosas hermosas, nuevas y acer tadas. A pesar de todo, me convence m
á
s e l pare cer de tan grandes escri tore s, y especi almente...Mene
á
is la cabeza, señ
or Sagre do, y sonreí
s, como si yo dijera algo extravagante.
SAGREDO: Cierto que he sonre
í
do, pero debé
is creer que me ha costado un granesfuerzo no echarme a re
í
r a carcajadas, porque me habé
is recorda do un i ncidente muy divertido, de que fui testigo hace algunos añ
os, junto con otros señ
ores amigos mí
os, cuyos nombres podrí
a mencionar.SALVIATI: Mejor ser
á
que nos conté
is la historia, ya que de otro modo el señ
or Simplici o podrí
a quedar con la i mpresió
n de que son sus palabras lo que os ha he cho sonreí
r.SAGREDO: Se a. Me encontraba un d
í
a en casa de un mé
dico muy famoso en Venecia, a cuyas lecciones acudí
a mucho pú
blico, unos por deseo de estudiar, otros por la curiosidad de ver ejecutar una disecció
n por la m ano de un anatomista tan re almente instruido como cuidadoso y há
bil. Aquel dí
a, pues, ocurrió
que buscamos la raí
z y el comienzo de aquel ne rvio que e s la base de una cé
lebre polé
mi ca entre los mé
dicos de la escuela de Galeno y los peripaté
ticos. Cuando el anatomista mostró
có
mo el tronco princi pal del ner vio, parti endo del cerebro, recorrí
a la espalda, se e xtendí
a por la e s pina dorsal y se ramificaba por to do e l cuerpo, y que só
lo un hi lo muy fino llega ba al c orazó
n, se volvió
a un caballero conocido como peripaté
tico, en cuyo honor habí
aé
l hecho su demostració
n con extraordinaria m eticulosidad, y le pre guntó
si se habí
a convenci do de que los nervios se originan en el cerebro y no en e l corazó
n. A lo que nuestro filó
sofo, tras meditar unos instantes, contestó
: "Lo habé
is mostrado todo con tanta claridad y evidencia, que si no se opusie ra a ello el te xto de Ari stó
teles, quien expresamente dice que los nervi os nacen en e l corazó
n, no ha brí
a má
s re me dio que daros la razó
n".SIMPLICIO: Debo recordaros que aquella pol
é
mica sobre e l origen de los nervios está
muy lejos de haberse decidido con tanta claridad como muchos acaso se figuran.
SAGREDO: Y es de su poner que nunca lle gar
á
a decidirse , porque nunc a faltará
n tales contraopinantes. Pero esto no le quita nada de su extravagancia a la respuesta del peripaté
tico, ya queé
ste , ante la evidencia experimental, no opuso otras e xperie ncias, ni siquiera razones sacadas de Aristó
teles, sino que se contentó
con su autorida d, con e l mero ipse dixit.SIMP LICIO: Si Arist
ó
teles ha a lcanzado tan gran de nombradla, se de beú
nicamente a sus concluyentes demostraciones y a sus profundos estudios. Só
lo que hay que entenderle, y má
s que entenderle, estar tan versado en sus escritos, que uno pueda recorrerlos con una s ola ojeada, tenie ndo sie mpre presentes e n la mem oria cada una de sus palabras. El filó
sofo no escri bió
para la m asa ni se ocupó
de e xponer sus razone s en forma elemental ni de enumerarlas con los dedos de la mano. A veces sigue un orden desconcertante, dando la prueba de cierta afirmació
n en algú
n capí
tulo que en apariencia trata de mate rias completamente disti ntas. Para esto si rve tener un a visió
n total de to da la o bra: para poder com binar este pasaje con aquel otro, com parar e stepasaje con un o muy le jano. No ca be duda de que quien posea tal aptitud, e ncontrar
á
e n sus e scri tos demostraci ones de todo lo cognoscible, ya que todo está
en e llos.SAGREDO: Pues bien, caro se