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se exprese con tanto acierto?

In document Heisenberg (página 66-75)

Di á logo sobre los dos sistemas m á ximos

Jornada primera 

SAGREDO: Siempre me ha parecido la mayor soberbia querer tomar a la humana

capacidad de concebir como suprema regla de lo que la Naturaleza es capaz de obrar, sie ndo as

í

 que, por el contrari o, no se da e n la Naturaleza ning

ú

n fen

ó

me no, ni si quiera el m

á

s insignificante, cuyo completo conocimiento pudiere ser alcanzado por la m

á

s profunda meditaci

ó

n. La fr

í

vola fatuidad de querer entenderlo todo sale tan s

ó

lo de la completa care ncia de cualquier conocimiento. Si uno hubiera i ntentado una s ola vez entender perfectamente una cosa, y hubiera llegado a gustar ve rda dera mente c

ó

mo est

á

hecho el saber, se dar

í

a cuenta de que no entiende ninguna de las dem

á

s infinitas verdades.

SALVIATI: Lo que de c

í

s e s innegable. S

í

rvenos de e jem plo quie nes comprende n o han comprendido algo: cuanto m

á

s sabios s on, tanto m ejor se dan cue nta de que poco sa ben  y m

á

s francamente lo confiesan. El m

á

s sabio hombre de Grecia, a quien el or

á

culo

design

ó

 como ta l, dec

í

a a m enudo darse cuenta de que nada sab

í

a.

SIMP LICIO: De suerte que o S

ó

crates o el or

á

culo tienen que haber mentido, ya que

é

ste alaba a aqu

é

l por ser e l m

á

s sabio, mi e ntras que aqu

é

l dice no saber n ada.

SALVIATI: No es ne cesario ni lo uno ni lo otro, ya que ambos dichos pueden se r ciertos. El or

á

culo llama a S

ó

crates e l m

á

s sabio de los hom bre s, cuyo sa ber es fini to. S

ó

crates

confiesa no saber nada compar

á

ndose con e l saber absoluto, que e s infinito. Lo mucho no es una parte del infinito mayor que lo poco o la nada, tal como, por ejemplo, para obtener un n

ú

mero infinito tanto vale sumar miles como cientos o ceros, y por eso se daba muy bien cuenta S

ó

crates de que su limitado saber no era nada ante el saber infinito, de que care c

í

a. Pe ro como entre los hom bre s se da de to dos m odos ci e rto saber, desigualmente repartido entre ellos, S

ó

crates pod

í

a poseer una parte mayor que los dem

á

s, y justifica r la re spue sta del or

á

culo.

SAGREDO: Creo que entiendo perfectamente este punto. Los hombres, se

ñ

or Simplicio, poseen aptitud para obrar, pero no todos en igual medida. Est

á

 claro que e l poder

í

o de un em perador es mucho mayor que e l de un si mple ciuda dano, pe ro ni uno ni otro son nada ante la omnipotencia divina. Unos entienden de agricultura m

á

s que otros; pero ¿qui

é

n posee el arte de plantar una vid, y a dem

á

s de hace rle echar ra

í

ces, de proporcionarle su nutrici

ó

n, de escoger una parte de ella para formar las hojas y otra para los s armientos, y en fin otra para los racim os y para la pulpa o la piel de las uvas ?;  y todo e sto, si n embargo, lo pue de la Naturaleza omnisciente. No e s m

á

s que una e ntre las innumerables opera ciones que ella lleva a cabo, per o ya es una mue stra de un arte infi nito; de ah

í

 puede infe rirse que el saber divi no es i nfini tas veces infinito.

SALVIATI: Otro e jem plo. ¿No e s cie rto que e l arte de descubrir una soberbia estatua en

el se no de un bloque de m

á

rmol ha e levado al geni o del Buonaroti muy por encim a de los vulgares e sp

í

ritus de otros hom bre s? Y sin e mbargo una tal obra n o es m

á

s que una imitaci

ó

n exte rna y superficia l, de un gesto y una actitud

ú

nicas de un hombre inm

ó

vil. ¿Qu

é

 e s e sto comparado con e l hom bre tal como lo ha f ormado la Naturaleza, con tantos

ó

rganos externos e i nternos, con tal multitud de m

ú

sculos, tendones, nervios, huesos, que ha cen posible tanta diversidad de movi mientos? ¿Y qu

é

 diremos de los sentidos, de las facultades del alma y, finalmente, de la raz

ó

n? ¿No es justo concluir que esculpir una e statua tiene un valor mucho me nor que formar un hombre vivo, o incluso el m

á

s despreciable de los gusanos?

SAGREDO: ¡Y qu

é

 diferencia debi

ó

 de haber en tre la paloma de Arquitas y una paloma natural!

SIMPLICIO: Pero teniendo en cuenta que se dice que los hombres est

á

n dotados de raz

ó

n, en vuestras palabras se encierra una manifiesta contradicci

ó

n. Pens

á

is que la raz

ó

n es una de las mayores superioridades del hombre, tal vez la suprema, y sin embargo dec

í

s con S

ó

crates que la raz

ó

n no es nada. Hay que concluir, pues, que la Naturale za no ha sabido h ace r un hombre capaz de s aber.

SALVIATI: Muy aguda e s esta o bjeci

ó

n. Para refutarla, debemos hacer una distinci

ó

n filos

ó

fica, que el concepto de entendimiento se dice en dos sentidos, a saber, uno intensivo y otro extensivo. Extensivamente, e s deci r, e n re laci

ó

n a la multitud de las cosas por conocer, cuyo n

ú

mero es infinito, la raz

ó

n humana no es nada, ni lo ser

í

a

aunque conociera mil verdades, ya que un millar no es m

á

s que cero en comparaci

ó

n con lo infini to. Pe ro si consideramos al entendi miento intensivamente, en cuanto esta expresi

ó

n significa la intensidad o perfecci

ó

n en el conocimiento de una verdad cualquiera, afirmo que el intelecto del hombre concibe algunas verdades tan perfectamente y est

á

  tan absolutamente seguro de ellas como pueda estarlo la Naturaleza. Son ejemplos los conocimientos matem

á

ticos puros, a saber la Ge ometr

í

a y la Aritm

é

tica. Cierto que la mente divina conoce muchas m

á

s ve rdades matem

á

ticas, puesto que las conoce todas. Pero el conocimie nto de las pocas que la me nte humana ha entendido, creo posee una certeza obje tiva igual a la del conocimie nto divino; ya que ha llega do a aprehe nder su ne ce sidad, y un grado mayor de ce rteza no puede da rse .

SIMPLICIO: A esto le llamo ha blar con pre sunci

ó

n y osad

í

a.

SALVIATI: Estas proposiciones son generalmente conocidas, y enteramente libres de toda sospecha de soberbia u osad

í

a. No van de ning

ú

n mo do contra la omni sciencia divi na, tal como no se ataca a la omni potencia divina cuando se dice que Dios no podr

í

a hacer que lo ocurri do no hu bie ra ocurri do. Pero barrunto, se

ñ

or Simplicio, que vuestro recelo procede de haber entendido en parte mal mis palabras. Por consiguiente, para expresarme mejor, explicar

é

 que de sde lue go la ve rda d cuyo conoci miento proporcionan las demostraciones matem

á

ticas es la misma que conoce la divina sabidur

í

a; pero otorgar

é

 que e l modo como Dios c onoce las innume rables verdades, unas pocas de las cuales son las alcanzadas por nosotros, es muy superior al modo nuestro. Nosotros avanzam os de conclusi

ó

n en conclusi

ó

n mediante progresivos an

á

lisis, mie ntras que El comprende por pura intuici

ó

n. Nosotros por ejemplo, para obtener el conocimiento de algunas de las in finitas propie dade s de l c

í

rculo que l posee , partimos de una de las m

á

s sencillas, la sentamos como definici

ó

n de aquella figura y pasamos mediante el razonamiento a una se gunda propie da d, de

é

sta a una te rcera , luego a una cuarta, y as

í

suce sivamente. El inte le cto divino, en cambio, por la me ra constituci

ó

n de su e sencia y sin ninguna operaci

ó

n temporal, conoce la infinita abundancia de las propiedades del c

í

rculo. En el fondo, las propiedades de una cosa est

á

n virtualmente contenidas en su definici

ó

n, y aunque infinitas en n

ú

mero, puede que e n su esencia y en la me nte divina constituyan una unidad. El propio esp

í

ritu del hom bre n o deja de sa be r algo de e sta suerte de conocimiento, aunque s

ó

lo lo adivine tra s un e speso velo de nie bla, el cual, por decir as

í

, se hace m

á

s claro y transparente cuando dominamos ciertos razonamientos que nos han sido rigurosamente demostrados y hemos asimilado tanto que podemos pasar de uno a otro con toda cele ridad. ¿Pue s qu

é

, el teorem a por ejem plo que dice que el cuadrado de la hipotenusa e s igual a la suma de los cuadrados de los catetos, no es en el fondo el mismo teorema que dice que paralelogramos de igual base y comprendidos entre paralelas son iguales? ¿Y esto, al cabo, no es lo mismo que decir que dos superficies son iguales si se recubren perfectamente, de modo que ninguna de ellas

desborde a la otra? Tales pasos, para los cuales nuestra mente requiere tiempo, el intelecto divino los realiza en un instante, como la luz, o lo que es lo mismo, siempre est

á

n simult

á

ne amente presente s en

é

l. De e llo infiero que nue stro entendimiento, tanto en lo que c oncierne al modo como al n

ú

mero de sus c onocimientos, es m uy inferior al divino. Pero no lo menosprecio hasta el punto de tenerlo por una pura nada. Por el contrario, cuando reflexiono y veo cu

á

ntas y cu

á

n admirables cosas los hombres han entendido, investigado y ejecutado, percibo con toda claridad que la mente humana es ve rdaderamente una obra de Di os, y sin duda una de la s m

á

s sublim es.

SAGREDO: Muy a menudo me he sumido en reflexiones sobre este tema de que habl

á

is, el de la penetraci

ó

n de la mente humana. Y cuando recorro las muchas maravillosas invencione s de la humanidad e n las artes y las cie ncias, y luego considero mi propio saber, que no me capacita de ning

ú

n modo para inventar nada, ni siquiera para entender lo que otros inventan, entonces me sobrecoge el asombro, caigo en la desesperaci

ó

n y me considero casi desdichado. Cuando contemplo una hermosa estatua, me digo: ¿cu

á

ndo aprender

á

s a extraer de un bloque de m

á

rmol un n

ú

cleo como

é

ste, a descubrir la so be rbia forma que esconde?, ¿o a me zclar varios colores y extenderlos sobre un lie nzo o un muro , de mo do que representen e l entero reino de las cosas visibles, como hacen Miguel ngel, Rafael, Tiziano? Si medito sobre e l modo como

los hom bre s han apre ndido a divi dir los intervalos musica les y han da do pre ce ptos y reglas para utilizarlos con el fin de proporcionar una maravillosa delicia al o

í

do, ¿c

ó

mo cesar de asombrarme? ¿Y los muchos distintos instrumentos? ¡De qu

é

  admiraci

ó

n colma la le ctura de los e xcelentes poetas a quie n sigue atentamente la i nve nci

ó

n y el desarrollo de sus i de as! ¿Y qu

é

 dire mos de la Arquite ctura, de la N

á

utica? Pero a to das estas invenciones super

ó

  el genio de aquel que hall

ó

  el medio de que podamos comunicar nuestros pensamientos a otros, por muy lejanos que se encuentren en el espacio o en el tiempo, de hablar a los que viven en la India, a los que todav

í

a no han nacido, que tardar

á

n miles y decenas de miles de a

ñ

os en nacer. ¡Y con qu

é

 facilidad! Mediante ciertas combinaciones de una ve intena de signos en una hoja de pa pe l. Esta invenci

ó

n puede vale r como cum bre de todas las prodigi osas invenciones de los hombres, y a la ve z damos ocasi

ó

n para conclui r nuestra conver saci

ó

n hoy. El calor del d

í

a ha pasado, y el se

ñ

or Salviati gozar

á

, pienso, aprovechando el fres co para un pase o en g

ó

ndola. Ma

ñ

ana os e spe ro a am bos para prosegui r e l di

á

logo interrumpido.

Jornada segunda 

SALVIATI: Ayer nos apartam os tanto de la v

í

a recta de nuestra discusi

ó

n, y lo hicimos tantas veces, que dif 

í

cilmente conseguir

é

  sin vuestra ayuda encontrarla de nuevo y prolongar e l buen sur co.

SAGREDO: Compre ndo muy bie n que os encontr

é

is un poco desorientado, teniendo como ten

é

is la men te ocupa da tanto e n lo ya dicho como en lo que nos que da por deci r. Yo, e n cambio, que siendo un m ero oyente no ne ce sito guardar e n la me moria m

á

s que lo ya ex puesto, espero poder dese ntra

ñ

ar los hilos de nuestra pesquisa, mediante un breve re sumen de lo ya dicho. Si no me falla, pues, la me moria, lo que ayer nos ocup

ó

princi palmen te fue e l examen detallado de cu

á

l de las dos o piniones era m

á

s probable y razonable: la que dice que la sustan cia de los cuerpos celestes es i mposible de fabricar, inde structible, invariable, insensible , en fin, aparte las variacione s de lugar, ajena a todo cam bio, y por consi guiente representa un quinto e lemento completamente distinto de nuestros cuerpos elementales, que son susceptibles de fabricaci

ó

n, destructibles y variables; o la otra opini

ó

n, que califica de error tal desproporci

ó

n entre las partes del Universo, atribuye ndo a la Tie rra las mismas ve ntajas que a los restante s cuerpos que componen el Universo, de modo que la Tierra viene tambi

é

n a se r una esfera en libre movimiento, como la L una, J

ú

pite r, Venus u otro plane ta cualquiera. Luego observam os muchas semejanzas de detalle entre la Tierra y la Luna, viendo que e n efecto aqu

é

lla se parec

í

a m

á

s a la Luna que a los dem

á

s planetas, probablemente a causa del conocimiento m

á

s preciso y sensible que de la Luna, debido a su menor alejamiento, poseemos. Tras llegar finalmente a reconocer que esta segunda opini

ó

n es la que pose e una mayor verosimilitud, la buena consecuencia, creo, pide que examinemos la cuesti

ó

n de si hay que tener a la Tierra por inm

ó

vil, seg

ú

n han cre

í

do hasta ahora los m

á

s, o por m

ó

vil, seg

ú

n creyeron algunos fil

ó

sofos de la Antig edad y opinan algunos mode rnos; y si e s m

ó

vil, hay que ver qu

é

 suerte de movim iento posee .

SALVIATI: Ya recuerdo ahora e l camino que recorrim os. Pe ro antes de que sigam os

adelante, quisiera permitirme una observaci

ó

n sobre vuestras

ú

ltimas palabras. Dec

í

s que hab

í

amos llegado a la conclusi

ó

n de que la opini

ó

n que e quipara a la Tie rra con los otros cuerpos celestes es m

á

s veros

í

mil que la opuesta. Esto no lo afirm

é

  yo, e igualmente me abstendr

é

 de consi derar como dem ostrada ninguna de las doctrina s en discusi

ó

n. No me he pro puesto m

á

s que expresar las razone s y o bjeci ones en pro y e n contra de ambas teor

í

as, las dificultades y el modo de salvarlas, seg

ú

n otros han desarrollado ya, con alguna novedad que he hallado tras larga reflexi

ó

n. Pero el juicio fina l lo dejo para otros.

SAGREDO: Me dej

é

  arrastrar por mi creencia personal. Creyendo que los dem

á

s hab

í

an de pensar como yo, he generalizado lo que deb

í

  decir con toda limitaci

ó

n. Realme nte soy culpa ble de una falta, ya que no conozco la opini

ó

n de l se

ñ

or Si mplicio, aqu

í

  presente.

SIMPLICIO: Confieso que he pasado la noche reflexionando so bre nuestra discusi

ó

n de

ayer, y creo que en verdad hubo en e lla mucha s cosas hermosas, nuevas y acer tadas. A pesar de todo, me convence m

á

s e l pare cer de tan grandes escri tore s, y especi almente...

Mene

á

is la cabeza, se

ñ

or Sagre do, y sonre

í

s, como si yo dijera algo extravagante

.

SAGREDO: Cierto que he sonre

í

do, pero deb

é

is creer que me ha costado un gran

esfuerzo no echarme a re

í

r a carcajadas, porque me hab

é

is recorda do un i ncidente muy divertido, de que fui testigo hace algunos a

ñ

os, junto con otros se

ñ

ores amigos m

í

os, cuyos nombres podr

í

a mencionar.

SALVIATI: Mejor ser

á

  que nos cont

é

is la historia, ya que de otro modo el se

ñ

or Simplici o podr

í

a quedar con la i mpresi

ó

n de que son sus palabras lo que os ha he cho sonre

í

r.

SAGREDO: Se a. Me encontraba un d

í

a en casa de un m

é

dico muy famoso en Venecia, a cuyas lecciones acud

í

a mucho p

ú

blico, unos por deseo de estudiar, otros por la curiosidad de ver ejecutar una disecci

ó

n por la m ano de un anatomista tan re almente instruido como cuidadoso y h

á

bil. Aquel d

í

a, pues, ocurri

ó

 que buscamos la ra

í

z y el comienzo de aquel ne rvio que e s la base de una c

é

lebre pol

é

mi ca entre los m

é

dicos de la escuela de Galeno y los peripat

é

ticos. Cuando el anatomista mostr

ó

c

ó

mo el tronco princi pal del ner vio, parti endo del cerebro, recorr

í

a la espalda, se e xtend

í

a por la e s pina dorsal y se ramificaba por to do e l cuerpo, y que s

ó

lo un hi lo muy fino llega ba al c oraz

ó

n, se volvi

ó

 a un caballero conocido como peripat

é

tico, en cuyo honor hab

í

a

é

l hecho su demostraci

ó

n con extraordinaria m eticulosidad, y le pre gunt

ó

 si se hab

í

a convenci do de que los nervios se originan en el cerebro y no en e l coraz

ó

n. A lo que nuestro fil

ó

sofo, tras meditar unos instantes, contest

ó

: "Lo hab

é

is mostrado todo con tanta claridad y evidencia, que si no se opusie ra a ello el te xto de Ari st

ó

teles, quien expresamente dice que los nervi os nacen en e l coraz

ó

n, no ha br

í

a m

á

s re me dio que daros la raz

ó

n".

SIMPLICIO: Debo recordaros que aquella pol

é

mica sobre e l origen de los nervios est

á

muy lejos de haberse decidido con tanta claridad como muchos acaso se figuran.

SAGREDO: Y es de su poner que nunca lle gar

á

 a decidirse , porque nunc a faltar

á

n tales contraopinantes. Pero esto no le quita nada de su extravagancia a la respuesta del peripat

é

tico, ya que

é

ste , ante la evidencia experimental, no opuso otras e xperie ncias, ni siquiera razones sacadas de Arist

ó

teles, sino que se content

ó

 con su autorida d, con e l mero ipse dixit.

SIMP LICIO: Si Arist

ó

teles ha a lcanzado tan gran de nombradla, se de be

ú

nicamente a sus concluyentes demostraciones y a sus profundos estudios. S

ó

lo que hay que entenderle, y m

á

s que entenderle, estar tan versado en sus escritos, que uno pueda recorrerlos con una s ola ojeada, tenie ndo sie mpre presentes e n la mem oria cada una de sus palabras. El fil

ó

sofo no escri bi

 ó

para la m asa ni se ocup

 ó

de e xponer sus razone s en forma elemental ni de enumerarlas con los dedos de la mano. A veces sigue un orden desconcertante, dando la prueba de cierta afirmaci

ó

n en alg

ú

n cap

í

tulo que en apariencia trata de mate rias completamente disti ntas. Para esto si rve tener un a visi

ó

n total de to da la o bra: para poder com binar este pasaje con aquel otro, com parar e ste

pasaje con un o muy le jano. No ca be duda de que quien posea tal aptitud, e ncontrar

á

e n sus e scri tos demostraci ones de todo lo cognoscible, ya que todo est

á

 en e llos.

SAGREDO: Pues bien, caro se

ñ

or Simplicio, puesto que no os desagradan las mescolanzas de mate ria, y quer

é

is alcanzar la quintaesencia mediante la comparaci

ó

n y combinaci

ó

n de pedacitos, yo voy a adoptar el procedimiento que vuestros agudos colegas aplican al texto de Arist

ó

teles, y operando as

í

  con los versos de Virgilio o de Ovidio, juntar

é

  viruta con viruta y explicar

é

  todos los fen

ó

menos y misterios de la Naturaleza. ¿Pero para qu

é

 ne cesito a Virgi lio o a otro poeta cualquie ra? Me basta con un librito mucho m

á

s breve que e l Arist

ó

teles y e l Ovidio, un librito que ve rda derame nte contiene todas las ci en cias, y al que e s facil

í

simo aprender de memoria; me refiero al alfabeto. Nadie dudar

á

 de que, mediante una apropiada ordenaci

ó

n y combinaci

ó

n de

é

sta o aquella vocal con

é

sa o esotra consonante, se pue de componer la m

á

s fi de digna soluci

ó

n a toda duda, y se pue den obtener las doctri nas de toda cie ncia y las re glas de

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