Primera edición: septiembre 2018 © Derechos de edición reservados. Editorial Círculo Rojo.
www.editorialcirculorojo.com [email protected] © José Luis Jiménez del Pino Edición: Editorial Círculo Rojo.
Fotografía de cubierta proporcionada por el autor
Diseño de portada: Editorial Círculo Rojo. Maquetación: Editorial Círculo Rojo. Producido por: Editorial Círculo Rojo. ISBN: 978 84 1304 309 8
DEPÓSITO LEGAL: AL 2088-2018
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna y por ningún medio, ya sea electrónico, quí-mico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor. Todos los derechos reservados. Editorial Círculo Rojo no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si ne-cesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Dedico este libro a mis hijas: Sara y Eva y a su madre, Encarna, y, cómo no, a mi nieto, Arnau.
«La vida está entretejida de momentos de esfuerzo y de descanso. Hay veces que todo se pone cuesta arriba y vivimos sin respiro; otras veces parece que todo es monótono; hay días de sol y de lluvia, de viento y de tormenta; momentos para compartir, para charlar o para escuchar y momentos en los que se prefiere estar sólo. En ocasiones, le gustaría a uno quedarse en determinada situación más tiempo o, quizás, para siempre; pero no se puede porque la vida te empuja, inexorablemente, a seguir adelante.»
Prólogo
Conozco al protagonista de estas historias desde siempre. Por más que lo he intentado, no he conseguido sacarle, sino unas cuantas líneas de su puño y letra, que a continuación incluyo como pró-logo de este libro y, al final, en el epípró-logo. Todo lo que se cuenta aquí es fruto de la memoria de este narrador. Durante días, oí las vivencias que me fue contando el peregrino que, con su permiso, y no sin antes insistir durante largo tiempo, transcribo lo más fielmente posible. Más tarde, pude confrontar y completar todos esos recuerdos con la lectura de sus diarios en su blog, cuando se decidió a publicarlos.
«No recuerdo, exactamente, cuando entré en contacto con la idea de hacer el Camino por primera vez. Debió ser allá por el año 2000, o quizás antes, pero nunca pensé en ello más tiempo del suficiente para darle un cierto crédito a la idea y verla como algo realizable. Sin embargo, fuere cuando fuere, el gusanillo se había introducido en mí y, de vez en cuando, volvía a rascar en el sitio pertinente de mi memoria para recordarme que estaba allí, que vivía allí y que algún día tendría que dedicarle un tiempo para hacer realidad aquel sueño que él encarnaba. No viene a cuento, explicar porqué no pude convertir esa idea en proyecto antes. Año tras año, postergaba el momento de pensar en ello ya que veía mu-chas dificultades para ponerlo en marcha. Pero cada cosa tiene su momento en la vida y ese momento llegó cuando a final del 2005
decidí romper con mi pareja y, con ello, con algunas, que no todas, de las trabas, de los impedimentos que en los años anteriores creía que dificultaban la realización de mi proyecto: «Hacer el Camino».
Pasados los primeros meses después de la ruptura, el gusanillo volvió a rascar donde sa-bía y cuajó, entonces sí, la idea, que pronto se convertiría en proyecto. Los primeros meses del 2006 dediqué mi tiempo libre a planificar mi Camino. Consulté guías y Webs que dan información detallada del Camino y, como no podía ser de otra manera, decidí hacer el Camino Francés, por otra parte el más conocido y el más transitado. Recogí y resumí toda la información que pude encontrar, me compré una guía del Camino y planifiqué las etapas: kilometraje, descansos, almuer-zos, pueblos a transitar, lugares destacables que visitar, qué llevar en la mochila, albergues…
Llegaron las deseadas vacaciones y bien poco tardé en tomar la mochila, por cierto, antes de salir de casa la pesé y eran 13 los kilos que habría de llevar encima. Sin duda, como pude comprobar unos días después, ¡demasiados!, máxime cuando era la primera vez que andaba tantos km y, sobre todo, tantos días con ese peso a la espalda. En previsión, esos meses de invierno y primavera, an-teriores a mi partida, los dediqué a hacer salidas con la mochila a medio peso, y, progresivamente, aumentando la cantidad de Km a hacer. Como entrenamiento creía que era suficiente, aunque tenía mis dudas al respecto.
Así pues, como decía, el domingo 2 de julio de 2006, a las 7 de la mañana, partí de casa cargando con una pesada mochila y me dirigí a la estación de ferrocarril de Terrassa para viajar hasta la estación de Sants de Barcelona, donde tomaría un tren hacia Pamplona. Desde allí viajaría en un autobús de línea a Ronces-valles, desde donde comenzaría, al día siguiente mi peregrinaje, mi tan ansiado peregrinaje. ¡Por fin se hacía realidad un sueño largamente esperado. Sabía cuando partía, lo que no tenía es la más mínima idea de cuándo volvería».
Capítulo 1
Camino Francés (I)
Es inútil volver sobre lo que ha sido y ya no es. Frederich Chopin
4 de julio. Su primer día en el Camino transcurrió con normali-dad, si entendemos por ello lo que se narra a continuación.
Estaba allí, sentado, apoyada su cansada espalda en el tronco de un árbol, junto al río en el que se había refrescado los pies en un descanso matinal, dispuesto a revivir los momentos más signi-ficativos de su larga caminata. La salida de Roncesvalles, de buena mañana, debían de ser las 6,30, la había hecho como mandan los cánones, es decir, como se aconseja en todas las guías y webs que había consultado, sobre todo si el Camino se hace en verano, para aprovechar las horas frescas de la mañana. A partir del medio-día, el calor, si el sol brilla en el cielo, como es propio de esa estación, aprieta de valiente y es mejor no extender la caminata mucho más allá de esas horas cálidas del día.
Nada más iniciar su andadura, con suave pendiente, por el borde de la carretera por la que llegó el día anterior al atardecer, el peregrino miró a un lado y a otro del camino, y, en la leja-nía, advirtió unas montañas plateadas casi ocultas por la niebla y suavemente onduladas. Las miró como si no las fuera a ver nunca más. Enseguida, abandonada la carretera, el Camino, un umbrío
y ancho sendero que serpenteaba junto a ella. Hayas, robles y alerces, formando en ocasiones un túnel casi perfecto, ocultaban el cielo al caminante cuya única compañía era la de la soledad, a veces, su mejor compañera, su deseada compañera. Era un buen amigo de ella y, últimamente, le acompañaba do quiera que fuese.
Tardó un buen rato hasta ver a otros peregrinos y, por mo-mentos, se sintió el único peregrino del Camino. Los divisó cuan-do miró hacia atrás, algo le impelía a hacerlo de vez en cuancuan-do, como si fuera la última vez que iba a poder hacerlo. Venían en bicicleta. Ni rastro del resto de peregrinos caminantes. Debían de haber salido más temprano que él, se dijo.
Había andado 10 Km y apenas se había percatado de ello. Buen presagio, pensó. Transcurría por un sendero ancho, fácil de transitar aunque lo duro estaba por llegar. De tanto en tanto, el paisaje se abría y se le antojaba increíblemente bello, casi de dulce, se decía él. Se extasiaba y, a la vez, se concentraba en el camino. Intentaba ser plenamente consciente del momento, vi-virlo, sentirlo. Cuando empezó a sentir en sus piernas y en sus espaldas el cansancio se concentró aún más e intentaba aplicar lo que su amigo Fernando le enseñó, con la premura que suponía la cercanía de su partida, a andar con un mínimo gasto de energía: concentración, plena consciencia del paso, izquierdo, derecho…; sintiendo cada bache, cada irregularidad del camino, cada piedra, en fin, el relieve y su impacto en la planta de sus pies. Le dijo su amigo que así se optimizaba la energía y uno se cansaba menos. Lo aprendió en un viaje a Méjico donde conoció a un chamán y anduvo unos días con él aprendiendo esto y otras cosas.
Rememoraba estas vivencias allí, junto al río, cuando miró al cielo y recibió la impresión de que iba a haber tormenta. El viento soplaba cada vez más fuerte y en un momento dado se percató de que, encima de él, los árboles habían dejado de moverse y en la otra orilla, unos 30 metros más allá, los chopos aventolados se inclinaban acompasadamente de un lado a otro. Comenzaron a
caer las primeras gotas que confirmaron su presagio y se dispuso a dirigirse hacia el albergue donde se alojaba. Se quedó en la puerta esperando a que fueran cuatro gotas. Falsa esperanza.
Un par de Km más y divisó a lo lejos el pequeño pueblo en el que habría de pernoctar, Litzoain. Tras el pueblo se avistaba el camino que transcurría por una enorme pendiente que acababa en el alto de Erro, primer gran obstáculo del Camino según tenía anotado en su guía. Menos mal que la pendiente queda para ma-ñana, se dijo el peregrino. Se detuvo y se sentó junto a una fuente. Había caminado unos 13 Km y ya sentía que necesitaba un buen descanso. Según sus anotaciones haría noche en aquel pueblo. Consultó su guía para comprobar donde se ubicaba el albergue y se quedó estupefacto cuando lo que comprobó es que había errado en su planificación. En aquel pueblo no había albergue, tan solo una casa rural que quedaba fuera de su presupuesto y, así pues, habría de continuar. Tendría que franquear lo que enton-ces, dadas las circunstancias, se había convertido en una enorme pendiente que había que salvar fuera como fuere y, después, ya cuesta abajo, llegar al albergue, ahora sí, donde tendría un mere-cido descanso.
La ascensión al alto de Erro fue dura. Continuaba aplicando lo que su amigo le había enseñado. Parece fácil cuando uno em-pieza, cuando se llevan pocos Km transitados. Ahora le suponía un esfuerzo psíquico que se añadía al esfuerzo físico de la subida. Se concentraba en la forma de caminar y lo conseguía. Se con-centraba en la respiración y ello le resultaba mucho más difícil. Quería controlar la respiración pero era ella la que lo dominaba a él. No obstante, se propuso no desfallecer y continuó su ascen-sión. Los árboles que le acompañaban en los tramos anteriores habían desaparecido. No había sombra. Era mediodía y el sol empezaba a castigar sin contemplaciones. Por fin, le pareció, divi-saba a lo lejos lo que podría ser la cima de aquel alto. Ensimisma-do en lo que hacía, no se percató de que alguien lo adelantaba en
la última cuesta. Eran tres jóvenes de aspecto extranjero, rubios, altos, con buenas piernas para caminar. A la vez, él sobrepasó a otra peregrina que sufría, parecía, más que él. Se trataba de una mujer mayor que él, que se ayudaba de dos bastones de trecking. Su ritmo era lento, cansino, pero seguro y persistente. Más tarde, sería ella quien la sobrepasara a él cuando culminado el alto de Erro se detuviera a descansar unos minutos.
Reemprendió su marcha y, qué sorpresa más grata, el sendero transcurría de nuevo por en medio del bosque. Lo agradeció. Du-rante una hora, el camino subía y bajaba sin grandes desniveles y el peregrino volvió a adelantar a tan perseverante transeúnte, no sin antes saludarla con un hola al que la peregrina respondió con un hola con marcado acento extranjero. Más adelante, volverían a encontrarse de nuevo, cuando él se detuvo a descansar otra vez y ella, inagotable, lo volvía a alcanzar. Se acercó a él y le pidió, con gestos, que le acercara la cantimplora que tenía alojada en un bolsillo trasero de la mochila y que, obviamente, no podía alcan-zar ella sola si no era porque se la descalzaba. El peregrino hizo lo que le pidió y la peregrina se lo agradeció con una sonrisa. Partió de nuevo impasible al desaliento y al cansancio.
Poco después, partió él también. Cruzó la carretera y siguió la indicación que dice sin decir: por aquí sigue el camino, pere-grino. Faltaban 4 Km para llegar a Zubiri. Se había pasado, sin percatarse de ello, el desvío al pueblo de Erro, donde pensaba alo-jarse. No tuvo más remedio que seguir adelante. Zubiri se hizo de esperar. El peregrino confirmó aquello de la relatividad del tiem-po. Eran tan sólo 4 Km, cuesta abajo, lo que en circunstancias normales podría haber hecho en una hora escasa. La hora, y el camino, se le estiraban y el final nunca parecía llegar. Se encontró con otros peregrinos que descansaban y se paró un instante a de-partir con ellos. Comentó su sensación de relatividad del tiempo y de la distancia y todos estuvieron de acuerdo. Pero, se dijo el peregrino, es nuestra mente la que lo percibe así. El cansancio
cambia la actitud del caminante y es precisamente ese cambio de actitud lo que provoca un cambio en la percepción y ello induce a pensar que el tiempo y la distancia se estiran caprichosamente.
Finalmente, divisó el pueblo en el fondo del valle, adonde lle-go tras salvar una fuerte pendiente descendente. Se adentró en el pueblo cruzando el río por el puente medieval llamado Puente de la Rabia que es de lo poco que le queda al pueblo de su pasado ja-cobeo. Se detuvo en el centro del pueblo y se asomó a contemplar el río. Había gente bañándose, si es que alguien puede bañarse en un caudal que no supera los 20 o 30 cm de alzada. ¡Eso quiero yo!, pensó el peregrino. Se dispuso raudo a llegar al albergue, pri-vado y algo más caro que el municipal, pero con la gran ventaja de estar situado junto al río, lo que para nuestro peregrino era todo un lujo. Dejó su mochila en la litera correspondiente, se puso el bañador y… al río. Estaba solo pero no tardaron en llegar otros peregrinos atraídos por el mismo lujo. Se adentró en el río y percibió un claro a unos metros de la orilla donde alguien había apartado los cantos rodados dejando a la vista la arena. Se sentó en lo que le pareció todo un trono. Su cuerpo reaccionó favora-blemente y lo agradeció con una agradable sensación de descanso y frescor. Sobre todo, sus pies, su soporte. Había hecho casi 25 Km. Bastante más de los que había previsto hacer el primer día.
Tras el agradable y reponedor baño, el peregrino se dirigió de nuevo al albergue. Se duchó y tras ello fue a informarse, con la hospitalera, sobre dónde comer bien y barato. Le indicó un res-taurante donde el menú del peregrino costaba 9 euros. Allá se dirigió y mientras le servían aprovechó para llamar a su hija, la mayor, pues con la menor ya había hablado durante uno de los descansos de la mañana. Le explicó cómo le iban las cosas en su primera experiencia en el Camino. Terminó de comer, más o menos bien y se dijo a sí mismo que no se podía pedir más por ese precio y se dirigió al albergue, a echarse una siesta tal y como había programado hacer durante todo el camino. Resultó que no
pudo dormir ni un minuto pero se dio por satisfecho con haberse relajado un rato sobre la cama. Lo achacó al propio cansancio, por la dureza de la etapa. A veces, en casa, cuando salía a caminar por la mañana y se daba una buena caminata le ocurría lo mismo, que no podía conciliar el sueño. Por eso no se extrañó cuando en el albergue le acababa de suceder lo mismo.
A media tarde se fue a comprar algo para la cena. Después, tomó su guía para echarle una ojeada a la etapa del día siguiente y se llevó también el cuaderno donde pensaba escribir un diario del Camino. Se fue a orillas del río y se dispuso a realizar ambas cosas. Tras consultar su guía, decidió no seguir la etapa que acon-sejaba ésta, ya que la encontró demasiado larga para tan cansado como estaba. Sintió que le dolían todos los músculos del cuerpo, desde el cuello hasta los pies. Para el día siguiente se propuso hacer unos 15 Km. No le dio más vueltas. Así estaba bien. No quería preocuparse mucho por el mañana, por un futuro que, aunque muy cercano en el tiempo, aún no existía. Estaba por lle-gar. En aquel momento, se encontraba tan bien allí, que decidió dedicarse a disfrutar de la fresca brisa, de la paz y del bienestar que sentía, del saber que estaba haciendo lo que realmente quería y le apetecía. Sabiendo que era él quien decidía y que a nadie más tenía que darle explicaciones sobre sus decisiones.
Acabó sus notas en el cuaderno que le habría de servir de so-porte para su diario y se fue al albergue. Cenó algo y poco antes de las 10, tal y como establecían las normas del albergue, se fue a la cama. Le costó dormirse, sensible como era al cambio de cama, de dormitorio, a los ronquidos de otros peregrinos, que tenían la suerte de dormirse enseguida; ronquidos que un rato después él también habría de emitir.
Al día siguiente, se levantó temprano, como mandan los cá-nones, cogió su mochila y empezó de nuevo su andadura. Eran las seis y cuarto de la mañana cuando partió. Había partido solo, como el primer día. Aún desconocía él que ésa sería la tónica
de su Camino. Pronto encontró compañía. Otros peregrinos que partieron detrás de él y algunos a los que él adelantaba se iban alternando como compañía más o menos duradera. A algunos se los encontraría más adelante, descansando. A otros no volvería a verlos nunca más. Cada cual lleva su ritmo y el peregrino no debe adaptarse nunca al de otro. Podría ser contraproducente. Cuando se daba la circunstancia de que se encontraba con algún peregrino con el que hubiera coincidido antes y una vez comprobada cierta afinidad tras el intercambio de opiniones y de sensaciones, enton-ces le ocurría que le parecía que lo conocía de toda la vida. Así es el Camino, a veces te une y a veces te separa. Él manda, él decide.
En algunas ocasiones prefería seguir su senda en soledad. Se lo pedía el cuerpo o tal vez era su mente, se justificaba él. En otras, buscaba la compañía de otros caminantes con los que volver a sentir esa afinidad a la que antes aludíamos. Se dejaba lleva por su intuición, una intuición que habría de afinar, y mucho, durante su periplo. Pensó que era una verdadera lástima tener que descar-tar a los extranjeros pero encontraba insalvable el obstáculo de la lengua para comunicarse. En esas ocasiones, echaba a faltar el sa-ber defenderse bien en inglés, tal vez segunda lengua del Camino a tenor del creciente número de extranjeros que en esa lengua se comunicaban.
Acabada su andadura, hizo una primera comparación de las dos etapas que había hecho hasta el momento. Se percató en se-guida de que la primera etapa había sido una auténtica paliza. Sin embargo, se dijo que no debía ser tan taxativo. Puede que lo hubiese sido para él pero, por los comentarios que oyó a algún que otro peregrino, hubo alguno que hizo unos cuantos Km más que él. Todo es relativo, se decía a sí mismo. El día anterior se había acercado a los 25 Km. Aquel día había hecho unos 16 y se le ocurrió que tenía que dar las gracias por encontrarse allí, en Trinidad de Arre, un monasterio que lo fue y que, aunque se llamara así, no pertenecía al término de Arre, sino al de Villava,
en las cercanías, ya, de Pamplona. Regentaban el albergue los her-manos maristas. El precio, muy asequible, era de 6 euros la litera. Estaba bien cuidado y al peregrino se le antojó muy acogedor. Tenía un patio ajardinado en el que, un rato después, se sentaría a escribir su diario.
Tras cumplir con las obligaciones habituales del peregrino, al menos las que él había decidido imponerse, tales como ducharse, comer, lavar la ropa y tenderla, echarse una siestecita… se dirigió al patio y se sentó a la sombra de un castaño dispuesto a escribir sus impresiones en un cuaderno. Pronto llegó una peregrina con la que se había cruzado varias veces durante la mañana. Le había parecido que iba tan cansada como él. Inesperadamente, pues él no solía tomar casi nunca la iniciativa, se le acercó y se puso a charlar con ella. Era de Barcelona, le dijo. Y, en aquel instante, al peregrino le pareció, aunque no sabía bien porqué, que allí po-día comenzar una relación de amistad. Tras un rato de compartir impresiones sobre el Camino quedaron en salir juntos al día si-guiente puesto que sus intereses coincidían, tanto en la distancia a recorrer como en el lugar en el que finalizar la etapa. La peregri-na abandonó el lugar y él se dedicó a lo que había ido a hacer allí. Se equivocó de pleno el peregrino en su apreciación y lo que había sido un inicio de relación, que a él se le antojó que prome-tía, se había convertido durante la etapa del día siguiente, que hicieron juntos, en una seguridad absoluta de que aquello no iba a llegar a ninguna parte. Faltó la afinidad a la que se aludió an-teriormente.
Al llegar a Puente la Reina, fin de etapa, encontró completo el albergue al que había previsto ir, el de los Padres Reparadores, el más céntrico de los tres que había en la villa. Le quedaban dos opciones: seguir hasta el próximo albergue, situado en las afueras y recientemente construido, que tenía el inconveniente de tener que salvar una fuerte pendiente para llegar a él, o bien, dar mar-cha atrás y alojarse en el que había a la entrada del pueblo, en
los bajos de un hotel, habilitados como albergue de peregrinos. Se decidió por esta opción y su acompañante también. Cuan-do llegaron, comprobaron que más que bajos se trataba de un sótano sin ventilación pero con aire acondicionado. No obstante, no era cuestión de deshacer el camino y probar suerte en el al-bergue nuevo.
Estaba demasiado cansado como para ni siquiera planteárselo. Había previsto, una vez instalado, llegarse a la ermita de Santa María de Eunate, de la que había oído hablar muy bien y que se encontraba dos Km más allá, a la altura de Muruzabal, lugar don-de se encuentran dos caminos: el francés, que él hacía, y el ara-gonés, que partiendo del puerto de Somport viene a encontrarse aquí con el francés. Sin embargo, se encontraba muy cansado y se dijo que iría por la tarde, aunque fuese tomando un taxi.
La tarde tampoco se prestó a tal cometido. No pudo dormir, de nuevo, la siesta y el cansancio se le acrecentó, aunque él sos-pechaba que era más bien algo mental. Así es que pasó la tarde y no se acercó a Eunate. Se prometió que ello no impediría que al día siguiente, por la mañana, a primera hora se acercaría y vi-sitaría la, para él, renombrada ermita. Había oído hablar sobre ella. Aunque tuviera que hacer más km de los previstos, se dijo. Se lo había recomendado Cinta, la mujer de su amigo Ángel, quien hacía unos años también había hecho el Camino, cosa ésta que, según ella, le había cambiado la vida.
Al día siguiente, a partir de las cinco de la mañana, el albergue fue un no parar de hacer mochilas, de trajinar, entrando y salien-do, a recoger cada cual sus cosas, hablando bajo para no despertar a otros peregrinos que no querían madrugar tanto, cosa inútil por lo demás. Nuestro peregrino había decidido no madrugar tanto pero se despertó cuando ya nadie quedaba en el albergue, ya que se había dormido de nuevo, y eso fue hacia las 7,30. Recogió sus cosas e hizo la mochila. Subió a la cafetería y desayunó viendo en la TV el primer encierro de los sanfermines, fiel a una cita que no
se perdía desde hacía muchos años. No le gustaban las corridas de toros pero si le atraían muchísimo los encierros. Tenían algo que le atraía y no sabía por qué. Quizás porque se recordaba a sí mismo de jovencito viéndolos en compañía de su padre, quien le transmitió tal afición. Pero algo más debía de haber. Algo incons-ciente que él no acertaba a comprender.
Después de desayunar partió hacia Eunate y en el trayecto se encontró a unos peregrinos valencianos, muy jóvenes ellos y con mucha ilusión por hacer el Camino aunque con pocas luces para dilucidar cuál era la distancia correcta que debían hacer cada día para no tener problemas con lo que constituye el primer enemigo del peregrino: las ampollas. Algunos ya sabían lo que era sufrir-las, fruto de su imprevisión en días anteriores haciendo etapas, que para ser las primeras, eran demasiado largas para personas no habituadas a caminar muchos km diariamente. Estos le pregun-taron que cómo era que iba de vuelta y el peregrino les explicó el porqué de ello y luego se despidieron. Al cabo de una hora, el peregrino llegaba a Eunate.
La ermita en sí, no era espectacular pero a nuestro peregrino le impactó y, se puede decir así, le sobrecogió sobremanera cuando se acercó lo suficiente para poder valorarla en su integridad. De planta octogonal, estaba rodeada por una hilera de arcadas romá-nicas que la envolvían en un octógono de mayor diámetro que, a su vez, se encontraba arropado por un muro de media altura con un espacio en medio de unos tres metros de ancho que servía, en la edad media, para enterrar a los peregrinos que allí encontraba el fin de sus días. La pequeña iglesia data del siglo XII y hay con-troversias acerca de la autoría del monumento. Algunos expertos dicen que fueron los caballeros templarios quienes lo hicieron. Otros descartan que así fuere. Los que defienden la primera hi-pótesis ven en el lugar una vena telúrica, energías que surgen del interior de la tierra. Afirman que la iglesia es precisamente el sello con el que se cierra esa grieta en la superficie terrestre por donde
surgen las energías del interior. Ésta y otras razones esotéricas im-pulsarían a los templarios a construir allí, en medio del páramo, el tal templo. Sea como fuere, a nuestro peregrino le causó una gran impresión y, también, sensaciones y emociones que vale la pena describir.
Al entrar en el recinto, un escrito daba cuatro nociones sobre la ermita y explicaba su significado como lugar de espiritualidad y de meditación. Se rogaba al peregrino que se descalzase y de-jara su mochila junto al muro. Se le invitaba a dar tres vueltas al octógono, transitando entre los muros de la ermita y las arcadas románicas, entrando a continuación al templo por la puerta norte, por otra parte la única que estaba abierta, habiendo roga-do previamente, a las efigies que se hallaban en los capiteles de la portada, que se le dejara entrar en ese lugar de sacralidad y de meditación.
Siguió el peregrino todas las indicaciones que se le habían dado y tras la primera vuelta al recinto, un turista vestido de pamplonica, con su camisa y pantalones blancos y su pañuelo rojo al cuello, ajeno al momento de recogimiento que intentaba vivir el peregrino, le interrumpió pidiéndole que le hiciera una foto junto a las arcadas. Cumplió con su deseo el peregrino y se detuvo a charlar unos minutos a instancia del turista. Le dijo que a medida que se iba haciendo mayor, iba creyendo más en esas cosas —sin aclarar en qué consistían esas cosas— . El peregrino le dijo, en fin, que a él le pasaba lo mismo. Se despidió el turista, ávido de experiencias nuevas en sus días de fiesta, con un «buen camino, peregrino». Le dio las gracias y se dispuso a continuar con el ritual iniciado. Tras la tercera vuelta se dirigió despacio hacia la puerta norte, por donde se indicaba que se debía entrar. No se había percatado el peregrino que estaba cerrada y hubo de entrar por la puerta oeste, algo más pequeña que la anterior. Del interior del templo salió una bocanada de aire sensiblemente más fresco que el del exterior, lo que agradó sumamente al peregrino.
Eran las 9,30 de la mañana. Entró y, muy lentamente, avanzó ha-cia el centro de la nave. Se situó bajo el centro de la bóveda y una sensación de escalofríos recorrió todo su cuerpo, de pies a cabeza. Sin saber porqué, ya que se creía agnóstico, de lo más profundo de su interior surgió una súplica a Dios para que se manifestara de alguna manera que él pudiera captar. Se lo pedía de corazón, como decía el cartel de fuera. Entonces, empezó a emocionarse sin entender bien porqué. Notó que las lágrimas estaban a punto de surgir de sus ojos. Continuó allí durante un tiempo indeter-minado, de pie, mirando fijamente hacia el ábside, a un punto inconcreto. Lloró, por fin, y no sabía por qué. Lloró sin pena, sin angustia, sin nudo en la garganta, tal y como lloraba casi siempre, en otras circunstancias. No tenía una razón aparente para llorar, pero las lágrimas brotaban de sus ojos con suma facilidad. Al-gunos visitantes entraban y pasaban junto a él, sin percatarse de su presencia estática en el centro de la nave. Hacían las fotos de rigor y se marchaban sin más. Entonces empezaron a temblarle las piernas. Fuera se oía un trasiego de visitantes que llegaban o se marchaban. Decidió sentarse en el banco más cercano. Cerró los ojos. Sintió que la emoción lo invadía. Continuaba lloran-do, sin parar. Sintió que acabaría llorando desconsoladamente. Incluso lo deseaba. Pero no quería montar el numerito, se dijo. Se contuvo como pudo. ¡Cuánto le hubiese gustado estar solo y abandonarse a esa experiencia! Siguió llorando. Ahora más tran-quilamente. Finalmente se fueron los visitantes y tan solo quedó otro peregrino ciclista. Lo supo por el atuendo que vestía y los zapatos que calzaba, muy diferentes a los de los peregrinos vian-dantes. Poco a poco, logró relajarse y pudo meditar durante una media hora, disfrutando a la vez de la paz y el silencio que allí se daban, acompañado de una suavísima y relajante música instru-mental que invitaba a la introspección, a la meditación y, a otras personas creyentes, a la oración.