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Epistemologia Juridica - Ariel Alvarez Gardiol - Capitulo 04

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“cuando nos abrimos tú a mí y yo a ti cuando nos sumergimos tú en mí y yo en ti cuando nos olvidamos tú en mí y yo en ti solo entonces yo soy yo y tú eres tú”.

(Reiner María Rilke)

CAPÍTULOCUATRO

LA TOLERANCIA

En el capítulo anterior reduje a dos palabras,(pretensión absolutamente imposible) lo más significativo de las ideas de Popper: Tolerancia y falsación.

Y anuncié que la derivación hacia lo jurídico, me iba a lle-var a detenerme en el concepto de la tolerancia.

Pocos conceptos son políticamente más simpáticos y a la vez más peligrosamente comprometidos que el de toleran-cia.

La tolerancia es indudablemente un triunfo de la civiliza-ción y un ingrediente indispensable para la convivencia. Nuestra vida solo tiene sentido en relación con los demás. El otro, el que está frente a nosotros, es el que de alguna manera nos constituye, en un mundo que aspira a la multi-culturalidad.

Sin embargo, ser tolerante implica hacer algo a pesar nues-tro y, además, importa un modo de condescendencia que, de alguna manera, conlleva una manera oculta de discrimi-nación de la que se pretende escapar.

Tolerar a otro, de ninguna manera supone una integración de una intensidad tal, que implique hacer desaparecer toda diferencia entre él y yo, es decir que represente, respecto de la idea de lo humano, que seríamos iguales. Nada de eso por cierto.

Sin embargo, a veces, muy sutilmente, tolerar significa la inoculación de un disvalor de algo que soportamos, de una inferioridad que no queremos reconocer. Significa, ni más ni menos, que resaltar algo que de otro modo sería insigni-ficante. La tolerancia aparece precisamente cuando ya hemos discriminado, y esto hace, que sea un remedio tard-ío de una visión parcializada de lo humano.

Desde esa atalaya, tolerar es casi un permiso para que el otro pueda sentarse, no sé si al lado mío, o quizá solo en la misma mesa.

Jean-Paul Sartre decía que si alguien se aproximaba a un judío o a un negro, o a un musulmán o a cualquier diferente, con aire espontáneo o quizá demasiado sonriente, esta acti-tud se exhibía como objeto de una expresión de tolerancia pero en un análisis más prolijo se podía establecer, que había sido sólo un pretexto para los demás y para si mismo, una muestra de que tengo ideas amplias, de que no soy antisemita, de que no me preocupa el distinto color de la gente.

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Saberse objeto de una expresión de tolerancia es una ma-nera de discriminación inversa desprovista de una violen-cia actual, pero reemplazada por la violenviolen-cia de la condes-cendencia, ya que la tolerancia practicada en forma abierta trata al otro violentamente y desde esa apariencia, es un modo de conferirse a uno mismo una superioridad que nos aleja de la diversidad.

Respecto del ser humano, lo que más podemos decir es que hemos nacido perfectibles pero también que jamás seremos perfectos.

Sin embargo, la idea que Marx le tomara prestada a Hegel conforme a la cual cada sociedad lleva en su seno las semi-llas de sus descendientes, del mismo modo que cada orga-nismo vivo lleva en sí el germen de su prole, no es solo la más ingeniosa, sino también la única garantía de la conti-nuidad del progreso humano.

La gran pregunta tal vez sea en este tema: ¿Quién manda a quién? Y ahí las respuestas pueden ser el poder, la potencia, la fuerza, la autoridad, la violencia.

Y a esta lista que todos conocemos, tal vez deberíamos aña-dir la última y quizá la más perversa forma de dominio: La burocracia, que es el dominio de un complejo sistema de oficinas, en el que no se puede hacer responsable a los hombres, ni a los buenos ni a los mejores, ni a pocos ni a muchos, y que podríamos definir como el “dominio de Na-die”.

Desde el Tratado de la Tolerancia de Voltaire, al que algu-na vez me he referido y volveré a él, hasta las ideas de Ro-berto Bobbio sobre los finales del siglo XX, han transcurri-do casi transcurri-dos siglos y medio y el tema de la tolerancia sigue siendo una cuestión apasionante y controvertida.

Ambos la reconocieron como una de las columnas sobre las que se construye el edificio del liberalismo político, enten-dido éste como el respeto por la libertad y por los derechos de las personas.

El siglo XX fue testigo del nacimiento de las más fuertes expresiones, del transpersonalismo y del autoritarismo tanto militar como populista, exhibiendo la contracara de la libertad y la negación de la tolerancia.

Luego de la derrota del totalitarismo, comenzó un nuevo enfrentamiento para que se determinaran los límites que moderaran los abusos, como consecuencia de un ejercicio irresponsable de los derechos.

La tolerancia tenia que ser complementada con justicia, con igualdad, con cooperación, con orden y con solidaridad y en definitiva con paz. A partir de estas ideas entramos en el tembladeral de la cuestión de los límites. Para algunos, el único criterio aceptable es el que deja afuera de sus fronte-ras, solo a aquellos que niegan su esencia es decir, hay que ser tolerante con todos, menos con los intolerantes.

Yo creo que los argentinos, desde el 1810, hemos procla-mado la tolerancia pero hemos sido casi siempre intoleran-tes y siempre el vencedor, en las guerras, en las revolucio-nes y en las elecciorevolucio-nes, se consideró con derecho a imponer a todos su ideología y hasta su estilo o su modelo como se prefiere ahora decir mientras los derrotados quedaban a la espera de la oportunidad para hacer a su retorno, si es que alguna vez les llegaba, exactamente los mismo.

Estoy totalmente convencido de que ese maniqueísmo de todo o nada, ha sido la estructura de nuestro alcance. Creo que no es cierto que seamos capaces de aceptar el dis-enso. Los que no piensan como nosotros no son adversarios, son enemigos y tampoco hemos aprendido a establecer o fijar los límites de la protesta y de la diferencia. Cualquier grupo, y cuando digo grupo estoy pensando en no más de media docena de personas, puede cortar un camino, una calle, un puente o una avenida. Con palos y embozados, so pretexto de reivindicaciones sociales sobre promesas in-cumplidas, perturban el orden público y ejercen violencia sobre los bienes de todos o de algunos. Tengo para mí que

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esto no es tolerancia y que nada de esto ayuda a la convi-vencia en paz de todos los habitantes de la República. En la Introducción expresé que, habida cuenta que este libro tenía como destinatarios finales a abogados en el de-sarrollo de una carrera de post grado, no solo enfatizaría la importancia de la cientificidad de lo jurídico y de los plan-teamientos epistemológico jurídicos, sino que, aún en el desenvolvimiento de los temas generales, en los que esta-mos y en los que me proponía describir los perfiles de los momentos más importantes de la epistemología contem-poránea, siempre encontraría la manera de descubrir un atajo para conducir la problemática desarrollada al plano de la juridicidad.

Había reducido a dos palabras, lo más significativo de las ideas de Popper: Tolerancia y falsación. Ésta última la de-sarrollé en el capítulo anterior. La derivación hacia lo jurí-dico me lleva en este caso a detenerme en el concepto de la tolerancia.

EL CASO “ROE V/WADE”

Pocas veces en el ámbito de la literatura científica se ad-vierte que un hecho de la realidad haya podido catapultar los desarrollos que el científico o el filósofo producen. Es-tamos acostumbrados, sí, a ver que hechos de realidad hayan sido los motores determinantes de ensayos y libelos. El famoso “J’ acuse “de Émile Zola aparecido en forma de carta dirigida al presidente de Francia Félix Faure, en la edición del periódico parisino “L’ Aurore” con la protección de un periodista comprometido con la causa, como conse-cuencia del infamante proceso a Dreyfus, que no lo recuer-do por cierto de casualidad, sino que tiene tanto que ver con nuestro tema de la tolerancia. Y si se me permite la digresión, la invocación de aquel proceso extraordinario me trae a la memoria que Jacques Antoine Anatole Thibault,

más conocido por su seudónimo literario como Anatole France, devolvió la Legión de Honor, cuando se enteró de que el gobierno de Francia se la había retirado a Émile Zo-la, por su denodada defensa del coronel Dreyfus.

Otro ejemplo sería el ensayo escrito por el presidente Ro-nald Reagan como crítica contra el fallo de la Corte Supre-ma de los Estados Unidos en “Roe v/ Wade”, que legitimó los abortos hasta entonces vedados, en uno de cuyos párra-fos memorables decía:

“Abraham Lincoln reconoció que no podría sobrevivir como un país libre, cuando algunos hombres pueden deci-dir que los demás no estaban en condiciones de ser libres y por lo tanto, debían ser esclavos.

“Asimismo, no puede sobrevivir como una nación libre, cuando algunos hombres deciden que los demás no son aptos para vivir y deben ser abandonados al aborto o al infanticidio.”

“ Mi administración está dedicada a la preservación de América como una tierra libre, y no hay causa más im-portante para preservar esa libertad que se afirma, que el derecho a la vida trascendente de todos los seres huma-nos, el derecho sin el cual ningún otro derecho tiene senti-do”.

En 1970, Norma L. Mc Corvey, que usó en el caso el apodo de “Jane Roe”, representada por dos abogadas recién reci-bidas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Texas, se presentaron ante el Juzgado de Distrito del Condado de Dallas, demandando al Fiscal de Distrito Henry Wade (lo que explica la causa por la que el caso se caratuló ”Roe v/ Wade”), arguyendo que había sido violada por pandilleros, de resultas de lo cual había quedado embarazada, sin re-cursos para afrontar los gastos que demandaba un aborto fuera del Estado de Texas.

El Tribunal de Distrito resolvió la cuestión a favor de la demandante (the plaintiff) pero sin establecer una

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restric-ción respecto a las normas que regulaban el aborto, lo que motivó sucesivas apelaciones hasta llegar a la Suprema Corte de los Estados Unidos. El contenido sustancial de la decisión del más alto tribunal del país del norte dictada en 1973, establecía diferentes períodos en la evolución del em-barazo y consecuentemente en la vida de esa persona por nacer, hasta que el feto se transformara en viable, es decir, que llegara a ser potencialmente capaz de vivir fuera del útero materno, sin necesidad de asistencia artificial. Ello determinó dividir el embarazo en tres trimestres, con con-secuencias muy diferentes respecto de los dos valores com-prometidos en la decisión: la vida de la persona por nacer y la libertad de la mujer gestante. Mientras más avanzaba el proceso del embarazo, menos se priorizaba el segundo a favor del primero. Correlativamente, mientras más cerca estaba del comienzo de la gestación, más se potenciaba la libertad de la mujer gestante.

Fue sin duda una decisión histórica que se interpretó, no sé si del todo correctamente, que la mayoría de las normas aplicables a la situación violaban el derecho constitucional a la privacidad, bajo la cláusula del debido proceso, esta-blecido por la décimo cuarta enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.

Quince años después del fallo, que se dictó obviamente luego de que “Jane Roe” hubiese dado a luz una niña que fue dada por ella en adopción, Mc Corvey, entiéndase bien Jane Roe, reconoció que había mentido, que no había sido violada por pandilleros. Paralelamente Hugh Hefner fun-dador de la Revista Playboy, reconoció que su empresa había financiado el proceso para llegar a la Suprema Corte, aportando los fondos necesarios y escribiendo el “amicus curiae” en el caso.

Esa sentencia tuvo en los Estados Unidos un efecto demo-ledor, seguramente por el enorme respeto que una decisión del más alto tribunal de la república produce en ese país en el resto de los tribunales inferiores. Sin embargo, tengo para mí de que con arreglo a los propios precedentes de la

Suprema Corte, no podría invocarse la cosa juzgada obte-nida mediante fraude, que surgiría de las propias declara-ciones de la misma demandante y del enorme número de firmas que acompañaron su petición, algunos años después.

EL TRATADO DE LA TOLERANCIA DE VOLTAIRE

Esta cuestión de la tolerancia tiene mucho que ver con el derecho y por eso me proponía ahondar un poco en esa cuestión, desde una perspectiva humanística.

El tema de la tolerancia ha sido motivo de reiterada pre-ocupación en el campo filosófico, desde los tiempos vene-rables de los sabios del estoicismo como Séneca y Marco Aurelio101, pasando por las cabezas más fecundas del

Ilu-minismo renacentista y encontrando definitiva formulación en las expresiones del liberalismo en los siglos XVI y XVII en pensadores tan importantes como John Milton, que fue secretario de Oliverio Cronwell el famoso estadista, general, dictador y regicida cuya estatua, curiosamente, se yergue hoy a pocos pasos de la de su víctima en la urbe titánica de Londres. Volviendo a Milton me permito citarlo a quien ya retirado de la vida pública, pobre, ciego y olvidado, le dictó a su mujer y a sus dos hijas el inmortal poema El Paraíso

perdido.

101 Marcos Aurelio Antonino (121 -180). Emperador romano desde el

101 hasta su muerte. Es el más grande representante del estocismo imperial, discípulo de los grandes maestros del estoicismo como Séneca y Epícteto y el que llevó ese engarce tan particular del post-aristotelismo a su más marcada acentuación religiosa. Lucius Anna-eus Séneca (4-65) vivió en Roma en tiempos de Calígula, a quien sucedió Claudio y más tarde Nerón. Figura emblemática del estoi-cismo imperial influido por el cristianismo atribuido a una supuesta correspondencia con San Pablo.

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También invoco a John Locke que es el autor del Ensayo

sobre el entendimiento humano, tan importante en el

des-pliegue de este tema. Corona todo ese ubérrimo período de la historia de la humanidad, el Tratado de la Tolerancia publicado por Voltaire en 1763.

Me parece muy importante que nos detengamos un mo-mento en la figura de este filósofo conocido como Voltaire, cuyo nombre real era François Marie Aruet, y que se consti-tuyó en el maestro de los pensadores que transformaron desde Paris el clima intelectual de Europa, a través de la Enciclopedia, monumento encarnado de la Ilustración que contribuyó vivamente a erradicar el viejo orden y a prepa-rar el clima de la Revolución, desde el pretexto de sustituir a la religión por la ciencia y a la fe por la razón.

En la Enciclopedia de los siglos XVI y XVII, plasmaba una actitud que apuntaba a lograr una convivencia pacífica en-tre católicos y protestantes, marco referencial dentro del cual deberíamos lamentablemente concluir que muy poco éxito han tenido las densas meditaciones de tan dignas in-teligencias, si miramos el escaso acercamiento que se ha logrado en siglos de aproximación y, como contrapartida, subrayo la descontrolada progresión de violencia que pade-ce nuestro tiempo, y especialmente nuestro pobre país, en el que la violencia es probablemente una consecuencia de la mala relación entre la Justicia y el Gobierno. Decía el Juez de la Corte Suprema de justicia Doctor Eugenio Zaffaroni, que …“hay problemas que los operadores políticos no pue-den resolver por falta de idoneidad”102, con enclaves

real-mente vergonzosos, particularreal-mente en algunos países an-glosajones.

De allí surge la nueva metodología interpretativa postulada por el jurista español, don Luis Recaséns Siches, que él llamó “la teoría del logos de lo razonable”.

102 La Nación Revista, domingo 3 de enero de 2010, página 12.

El Tratado de la Tolerancia de Voltaire que estoy referen-ciando, también se origina en un hecho de la realidad, que seguramente debe haber sido la motivación radical de esa expresión literaria. El Tratado, comienza con un breve títu-lo que se llama “Historia de la muerte de Juan Calas”, que se refiere al asesinato de Juan Calas cometido en Toulouse con la espada de la justicia el 9 de marzo 1762.

Ese crimen fue el motor determinante de la preocupación socio-política de Voltaire, que se embandera en la defensa de este desdichado protestante de Toulouse, al que el Par-lamento francés había hecho responsable de la muerte de su hijo, cuando en los hechos, se había tratado realmente del suicidio de un pobre muchacho enfermo de hipocondría. Este fue un extraño asunto de religión, de suicidio, de pa-rricidio, de saber si unos padres habían asfixiado a su hijo para agradar a Dios, si un hermano había estrangulado a su hermano, si un amigo había ahorcado a su amigo, y en todo caso si los jueces tenían que reprocharse la muerte de un padre inocente o el perdón de una madre, un hermano, un amigo y hasta una doméstica culpables.

El caso fue más o menos así: Juan Calas, de 68 años, era un comerciante en Toulouse. Hacía más de 40 años que estaba dedicado a su familia y a sus trabajos, reconocido por todos sus vecinos como un buen padre de familia. Era protestante, lo mismo que su mujer y sus hijos. Un hijo de Juan Calas, Marco Aurelio, no pudiendo entrar en los negocios, para los que no servía, ni recibirse de abogado, porque necesita-ba certificación de catolicismo, que no pudo obtener, resol-vió acabar con su vida, participando este deseo a un amigo, y confirmando su resolución con la lectura de todo lo que hasta entonces había escrito sobre el suicidio. Habiendo perdido un día todo su dinero en el juego, decidió ejecutar sus designios. Un amigo suyo y de la familia, llamado La-vaisse, de 19 años, conocido por su candor y dulzura de costumbres, que era hijo de un célebre abogado local, llegó la víspera de Burdeos y, por casualidad, cenó en casa de los Calas.

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El padre, la madre, Marco Antonio el mayor, Pedro el se-gundo, y Lavaisse comieron todos juntos, asistidos por una criada. Después de la cena, pasaron a la sala y ahí advirtie-ron que Marco Antonio había desaparecido. Al despedirse, el joven Lavaisse bajó, acompañado de Pedro Calas hallan-do junto al almacén a Marco Antonio en camisa, y ahorcahallan-do colgado de una puerta. Su traje estaba doblado sobre el mostrador y ni siquiera tenía la camisa en desorden. Sus cabellos estaban cuidadosamente peinados y no presentaba en su cuerpo huella alguna de lesión o herida.

Un fanático del pueblo gritó que Juan Calas había asesina-do a su propio hijo, este grito fue repetiasesina-do y otros agrega-ron que el muerto iba a abjurar de su fe protestante al día siguiente y que su familia y el joven Lavaisse lo habían es-trangulado por odio a la religión católica. Al momento des-pués nadie dudaba, toda la ciudad estaba persuadida de que es exigencia de religión, entre los protestantes, que los padres deben asesinar a sus hijos que quieran convertirse. Trece jueces se reunían todos los días para terminar el pro-ceso; y no se podía tener ninguna prueba en contra de la familia, pero la Religión ofendida era prueba más que elo-cuente. Seis jueces querían condenar a Juan Calas, a su hijo Pedro, a Lavaisse y a la criada a la rueda y a la mujer de Juan Calas a la hoguera. Otros siete, más moderados, quer-ían seguir deliberando. Dudaban entre el suicidio y el homicidio.

Uno de los jueces, convencido de la inocencia de los acusa-dos y más que ello, de la imposibilidad del crimen, habló vehementemente y opuso el celo de la humanidad al de la severidad y se convirtió en el abogado de los Calas en todas las casas de Toulouse.

Otro juez, famoso por su violencia, hablaba en la ciudad con tanta pasión contra los Calas, como celo mostraba el primero en defenderlo.

Imposible parecía que Juan Calas, anciano de 68 años, con las piernas hinchadas y débiles desde hacía tiempo, hubiese

podido estrangular y ahorcar él solo a su hijo de veintiocho años de extraordinaria fuerza. Era absolutamente preciso que hubiese sido ayudado por su mujer, por su hijo Pedro, por Lavaisse y aún por la criada. No se habían separado entre ellos un solo instante la noche de la fatal tragedia. Resultaba evidente que si hubo parricidio, todos los acusa-dos eran igualmente culpables y era también lógico que el padre solo no podría haber cometido el crimen. Sin embar-go, la sentencia condenó solo al padre a expirar en el potro. Los jueces que decidieron el suplicio de Juan Calas, con-vencieron a sus compañeros de que aquel débil anciano no resistiría el tormento y que confesaría sus crímenes, dela-tando además a sus cómplices. Quedaron atónitos cuando el anciano al morir en el potro, puso a Dios por testigo de su inocencia, rogándole asimismo perdonar a sus jueces. Casi como Jesús.

Respecto de los demás comprometidos en el hecho, los jue-ces se vieron obligados a pronunciar otra sentencia, fuer-temente contradictoria, perdonando a la madre, al otro hijo, a Lavaisse y a la criada también sometida a juicio. Pero uno de los consejeros les hizo ver que aquella sentencia des-mentía la anterior porque habiendo estado todos juntos durante el tiempo en que se suponía se había cometido el parricidio, el perdón de los sobrevivientes probaba la ino-cencia del padre ejecutado. Acordaron entonces desterrar al hijo.

Este destierro era asimismo inconsecuente y absurdo por-que Pedro Calas era culpable o inocente. Si era culpable, había que ejecutarle como a su padre; si era inocente, no había por qué desterrarlo. Pero los jueces, horrorizados por el suplicio del padre y por la piedad conmovedora con que había muerto, creyeron salvar su honor dando a entender que concedían gracia al hijo, como si aquella gracia no fue-ra una nueva prevaricación. Supusieron que el destierro del joven pobre y desvalido no era tanta injusticia después de la que tuvieron la desgracia de cometer.

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Termina el caso motivador del libro con un pensamiento que es casi una fábula con moraleja, digna de recordar y repetir en todos los tiempos. Dice Voltaire más o menos así: “El género humano, se asemeja a un tropel de viajeros

que van en un buque. Unos están en popa, otros en proa, algunos en la cala y no pocos en la sentina. El buque hace agua por todos lados y el huracán que azota las aguas es continuo. Piensan entonces esos miserables pasajeros que serán inevitablemente sumergidos: ¿es preciso que en vez de darnos los socorros necesarios para endulzar nuestra situación, la hagamos todavía más horrible? Pero hay que tener en cuenta que hay algunos que son “nestorianos” (secta del Patriarca Nestorio que creía en la dualidad de la persona de Cristo), aquel otro es “Islebe” (que es una derivación del luteranismo) otros son “anabaptistas” una suerte de precursores de los menonitas y que son los que creen que no se debe bautizar a una persona hasta que no tenga uso de razón y si lo hubiese sido antes habría que repetirlo después. Hay algunos “picardos” que son herejes que profesan la creencia de que en la Comunión el pan y el vino son solo emblemas y no realmente el cuerpo y la san-gre de Cristo. Más allá hay algunos musulmanes. Pero qué importan en definitiva las sectas heréticas, es menester que trabajen todos en calafatear el buque y que cada uno al asegurar la vida de su vecino por algunos momentos, asegure el mismo tiempo la suya. Pero no se entienden, empiezan a disputar, y al fin perecen todos”.

Las cavilaciones de Voltaire en este Tratado se despliegan esencialmente respecto de que si había que ser tolerante o intolerante y en todo caso hasta que punto era plausible serlo y en que ámbitos específicos. Ahondan también en pretender saber si la tolerancia y la intolerancia habían sido respectivamente beneficiosas o perjudiciales para el desa-rrollo de la civilización europea. Se preocupa por el abuso de la tolerancia y se pregunta si los griegos y los romanos habían sido tolerantes.

En esa dimensión, Proudhon nos ha dejado páginas inolvi-dables en defensa de la tolerancia, como paso necesario para la destrucción de las falsas opiniones, persiguiendo la consagración de un ideal de justicia universal. Jeremy Bentham, fue asimismo un encendido defensor de la tole-rancia, como neutralización de ideales que posibilitaran una auténtica libertad.

Menos cáustico, pero no por ello menos profundo tal vez, Comte proclamó la necesidad de la tolerancia, pero defen-dió también la intolerancia como afirmación de los ideales de la nueva edad estable.

Así como se ha sostenido que la tolerancia ha sido uno de los más dinámicos motores que pusieron en marcha una civilización tan trascendente como la europea, al hacer po-sible la coexistencia de principios que generaron un equili-brio dinámico hacia el progreso, no menos cierto es que la intolerancia encontró sus defensores, al sostener que la tolerancia anda generalmente acompañada de la idea del mal, como cuando se toleran malas costumbres, en una sociedad que carece de los adecuados mecanismos de de-fensa contra ellas.

LA TOLERANCIA HOY

El regreso hoy a la idea de tolerancia, pareciera girar como una extrapolación de otros conceptos relacionados con los derechos humanos, como contrapartida de los auges nacio-nalistas y las preocupaciones diversas por los estatutos rei-vindicativos de las minorías.

Desde esta perspectiva, hablar de tolerancia implica la co-existencia de dos sistemas normativos que funcionan al unísono y no precisamente en un mismo plano de igualdad, ya que siempre el sujeto que tolera se encuentra en una situación de superioridad de algún tipo -cultural, intelec-tual, étnica- respecto de aquel otro cuya conducta y

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perso-na son objeto del juicio de tolerancia. Es decir, que en ese caso, estaríamos predicando un principio de diferencia, que abjura de un presupuesto racional de igualdad.

No se me escapa que este postulado de igualdad juega en paralela con el principio de discriminación, ya que estoy absolutamente persuadido de que no se puede hablar de igualdad sin un referente lo suficientemente objetivo y re-levante, como para que nos fuerce a prescindir de las múltiples diferencias que siempre y en muchísimos senti-dos, existen entre los seres humanos.

Cuando el Pacto de San José de Costa Rica, por ejemplo, postula (artículo 24) que todas las personas son iguales ante la ley, o cuando la Declaración Americana de los Dere-chos y Deberes del hombre (art. 11) consagra el postulado de la igualdad, no está haciendo una manifestación empíri-camente descriptiva, sino más bien una prescripción nor-mativa, que debe entenderse como que todos los seres humanos debemos ser tratados de modo uniforme, salvo, naturalmente, que existiere alguna razón significativa, ob-jetiva, relevante y razonable, para que ello no sea de ese modo.

Huelga reconocer que no solo el principio de igualdad está limitado a la aceptación de aquellas diferencias que no en-tren en el marco de la irrazonabilidad arbitraria, sino que correlativamente, es plausible distinguir entre actos clara e inequívocamente discriminatorios y simples preferencias razonables, que no significan violación al principio de igualdad.

En pocas palabras y muy sintéticamente, es dable afirmar que la conducta que se tolera es siempre algo malo que se quiere permitir, como nos relaciona con pintoresca ironía la clásica denominación de los burdeles como "casas de

tolerancia”. Aquí está la prueba de la veracidad del adagio

de Goethe: "tolerar, es ofender”.

He avanzado hasta un punto en el que si nos despojamos de la prosopopeya, de la pompa y de la circunstancia, y

pre-tendemos ubicar el principio de tolerancia dentro de la es-tructura de un Estado de Derecho, como todos aspiramos en el dintel de ingreso al tercer milenio, con pleno y acaba-do acatamiento, por lo menos principista, de los derechos fundamentales, la tolerancia pasa a ser algo muy diferente que el mítico principio de respeto por las diferencias con el que se lo suele mimetizar.

Me gusta partir del concepto de tolerancia tal como lo en-tiende Ferrajoli 103como “el primado de la persona como

valor, o del valor de las personas y por tanto de todas las diversidades de sus identidades” que se entiende esencial-mente como el respeto por todas las identidades personales y por los puntos de vista personales, la atribución a cada persona del mismo valor. Todo ello conduce a sostener que la intolerancia es el disvalor asociado a una persona, como consecuencia de su identidad, mientras que la tolerancia implica el respeto de todas las características que constitu-yen las diferentes identidades personales.

Consecuente con esta idea, deberíamos aceptar que el in-terés en defender la institucionalización de la tolerancia como principio jurídico, desaparece allí donde se encuentra asegurada la igualdad y la libertad de las personas y en consecuencia la constitucionalización del pluralismo, hace innecesaria la tolerancia.

Las diferencias culturales, que muy a menudo no son sino la consecuencia de una larga y abyecta historia de domina-ción avasallante y opresiva, son muy frecuentemente hipos-tasiadas en pretendidas diferencias raciales propias y natu-rales. Así estas diferencias se convierten en el fundamento de los variados intentos de exclusión de esos sectores de la comunidad política, como se ha dado tanto en el racismo norteamericano y en el moderno antisemitismo europeo.

103 Ferrajoli, Luiggi, eminente jurista florentino (n.1940), teórico del

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El Parlamento Europeo en su declaración del 14 de julio de 1992, se refirió al activismo del neonazismo y del fascismo que, con alguna alarma lo hemos visto trasplantado en nuestro país en algunos conflictos callejeros, con la apari-ción histérica de punks y neonazis disputándose territorios, vidas y fama.

Por eso es que el argumento de la tolerancia exige hoy, co-mo una cuestión absolutamente fundamental, partir de una preocupación superior y madura respecto de ese mal so-ciológico del racismo en el que se parasita, comprometida-mente, la necesidad de proclamar un principio de toleran-cia.

Si estos razonamientos que he ido encadenando tienen algún fundamento de razonabilidad y encuentran algún respaldo de coherencia, debemos necesariamente concluir que si un sistema garantiza efectivamente la constituciona-lización del pluralismo, de la igualdad y de las libertades, ese principio de tolerancia que hoy repetimos, a lo mejor un poco irreflexivamente, significa o debería implicar algo muy diferente de lo que encarnó en tiempos de Séneca o de Voltaire.

Posiblemente, debería ser sustituido por otra conceptuali-zación en el ámbito político que no tenga nada que ver con la tolerancia que implica como principio político ni más ni menos, que disminuir los derechos de aquellos a quienes se proclama tolerar.

Hoy deberíamos entender a la tolerancia mucho más como un punto de inflexión para el despliegue de la acción humana, que como un principio a ser aplicado en un Esta-do de Derecho. Casi todas las conductas que se han iEsta-do reclamando en el curso de la historia como una exigencia de la tolerancia, el pluralismo político liberal y el progreso moral de la humanidad, han ido incorporadas como princi-pios insoslayables de un estado de justicia.

Ya ni el color de la piel, ni el origen social y étnico, ni la edad, ni la capacidad física, ni el sexo, ni el pensamiento, ni

la conciencia, como tampoco las creencias, el lenguaje, el estatuto marital, la cultura y el nacimiento, pueden encon-trar abrigo a la discriminación y están absolutamente fuera del alcance de la tolerancia.

¿Hemos llegado acaso a un punto en el que no tiene ya sen-tido hablar de tolerancia?

Si escarbamos un poco, por ejemplo adentro de nosotros mismos, encontraremos algunas áreas adonde, en el mejor de los casos, seguimos practicando, por lo menos en forma íntima la intolerancia.

Dentro del amplísimo campo de las discriminaciones sexuales y más precisamente de aquellas basadas en las orientaciones voluntarias del sexo; toleramos, aún en espa-cios muy estrechos que están limitando la frontera infran-queable de lo intolerable.

Algunos países ya han incorporado esta forma de discrimi-nación en sus textos constitucionales. La reciente reforma constitucional de la República de Sudáfrica promulgada el 8 de mayo de 1996, se introduce expresamente en ese área un poco vedada al acceso de nuestros sentimientos.

Fuerza es admitir, no obstante, que la tendencia conducirá, más tarde o más temprano, a incorporar esas formas de tolerancia dentro del marco de libertad protegida y conse-cuentemente serán marginadas del ámbito de la tolerancia. En nuestro país terminamos de homologar legislativamen-te la figura del matrimonio a las uniones civiles de personas del mismo sexo

Y entonces volvemos a preguntarnos para qué la tolerancia hoy?

Hay algunas áreas donde se advierte su implicancia. Hace apenas un rato que he dicho que las diferencias físicas, es-taban fuera del alcance de la tolerancia, sin embargo, si esto fuera tan cierto no existirían en el mundo organizacio-nes sociales como la “Comunidad El Arca” creada por Jean Vanier, un ex oficial de la Royal Navy y que se doctoró en

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París en Filosofía Moral en el Instituto Católico de París y ha fundado ya cien comunidades en el mundo.

Hace poco nos visitó y disertó en al Facultad Católica Ar-gentina ante un auditorio colmado de jóvenes instándolos a incluir a la Argentina en su largo listado de países de Euro-pa, América, África y Medio Oriente, en los que la toleran-cia puede tener ubicación intentando tratar de comprender nuestras diferencias físicas.

La paz significa encontrar aceptable a la gente como es, encontrar a los diferentes, encontrar al ciego en su ceguera y al discapacitado en sus propias capacidades.

En realidad, si ampliáramos un poco el espectro de nuestra observación podríamos muy fácilmente convenir que la capacidad o la discapacidad están estrechamente vincula-das con la posibilidad o con la imposibilidad de hacer, de decir, de sentir, de pensar, de percibir algo, por lo que es fácil concluir que todos, de alguna manera, tenemos un puñado de capacidades y como contrapartida otro manojo de discapacidades.

Y en este plano, cabría concluir que si debiéramos aceptar un ranking de capacidades y discapacidades, habría varias que con certeza serían merecedoras de los primeros pues-tos: la de amar, la de comprender y la de comunicarse y si reconocemos esta realidad, cabría pensar si no vale la pena concluir que el que no reconozca ser un poco discapacitado, que tire la primera piedra.

Además, cuando le damos trabajo a un discapacitado, todos ganamos. El beneficiario del trabajo recupera su dignidad y puede darle mejor calidad de vida a su familia, el Estado gasta menos, porque deja de protegerlo y gana más porque deja de ser una carga pública y se transforma en un contri-buyente y además la sociedad aprende a convivir con sus miembros diferentes.

Otra cuestión intensamente gravitante en nuestro tiempo es el de la adaptación de los problemas que se generan con

el sexo, la cultura y la intimidad. La ley de uniones civiles que la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires sancionó a fines del año 2002, en evidente colisión con la letra y con el espíritu del Código Civil de la Nación en materia de dere-cho de familia, sería un modelo a tener en cuenta.

Considero realmente lamentable que el órgano legislativo porteño haya sancionado esta norma que intenta dar satis-facción más a una finalidad ideológica que a una genuina necesidad social. La norma prescribe que la unión de dos personas mayores de edad que convivan en una relación de afectividad estable y pública análoga a la familiar, con in-dependencia de su sexo u orientación sexual, podrá ser inscripta oficialmente y esa inscripción les otorgará a los titulares de la unión los mismos derechos y beneficios que a los esposos y cónyuges. Mientras estoy escribiendo este capítulo, en mi país se termina de legalizar en Tierra del Fuego, la primera unión matrimonial de dos personas del sexo masculino, que fueron declarados “marido y marido”. El sexo, sigue siendo un elemento fuertemente discrimina-dor en muchas partes del mundo, en los que la igualdad es una materia pendiente.

En Afganistán, tras la retirada de los talibanes, la mujer sigue siendo igual de desfavorecida. Pakistán, cuyo presi-dente nos visitó oficialmente hace poco, junto a los Emira-tos Árabes, Sudán, Nigeria e Irán aplican la ley islámica (sharia) que contempla la lapidación como pena máxima en delitos de adulterio, prostitución y pornografía, pero claro, sólo cuando el reo es femenino.

En nombre de la lucha contra la prostitución ciento treinta mujeres fueron decapitadas en Irak, y de esa suerte se logró eliminar alguna oposición política.

En mi ciudad, Rosario de Santa Fe República Argentina, se ha realizado en el mes de mayo de 2002, la primer marcha de la que yo tenga conocimiento contra la intolerancia, per-siguiendo la despenalización del consumo de marihuana,

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con un discurso que minimiza los efectos nocivos y los ries-gos del consumo de esa droga.

En el mundo del arte hay también un modo de intolerancia, cuando se mezclan las creencias religiosas de una comuni-dad con las expresiones y manifestaciones del arte, y en-tonces a partir de esas expresiones, se vehiculiza un modo de discriminación intolerante de un supuesto modo de ma-nifestación del arte. En mi país, en la ciudad de Buenos Aires, la Iglesia criticó duramente una muestra retrospecti-va del artista plástico León Ferrari, cuya maestría artística no se cuestiona pero, algunas de sus obras se consideraron una blasfemia que podía lastimar a un sector considerable de la población.

En efecto en una carta pastoral dirigida a los sacerdotes congrados, el Cardenal Jorge Bergoglio, Arzobispo de Bue-nos Aires, se quejó porque hace ya un tiempo que se advier-ten manifestaciones públicas que ofenden la persona de Jesucristo y de la Santísima Virgen María, así como expre-siones contra los valores religiosos y morales que profesa el catolicismo. León Ferrari es un artista que en 1976 debió exiliarse en San Pablo huyendo de la dictadura militar en nuestro país.

Menor significación, pero se interpretó como una forma de discriminación cuando Letizia Ortiz se casó con el Príncipe de Asturias, heredero de la corona española. España tuvo que aceptar una princesa que proviene del pueblo, divor-ciada, hija de una sindicalista y de un periodista, para al-gunos una modernización democrática de la monarquía española y para otros la banalización de la institución monárquica.

LA LIBERTAD POLÍTICA

Varias veces me he preguntado si el hombre está efectiva-mente dotado del libre albedrío, pregunta que ha recorrido

la ética cristiana de todos los signos, y la teología de todas las religiones.

La escuela clásica del derecho natural, en la persona de uno de sus más eminentes representantes, Baruch Spinoza, nos ha enseñado que “la libertad es una perfecta racionalidad”. Leibniz la describía como “una forma de espontaneidad de la inteligencia”. Hegel la enseñaba como “la aceptación de la necesidad”.

Sin embargo, todas estas conceptualizaciones intentan des-cribir, qué es la libertad como esencia última de la condi-ción de hominidad, ya que ninguna de ellas está pensando en lo que podríamos llamar la libertad externa del ser humano.

Es decir, en otras palabras, algo así como una libertad que puede o no tener en cuenta la relación con los demás. Y esto es, ni más ni menos que la libertad política: una co-existencia en libertad, un convivir con la libertad de los demás, y un rechazo a la ausencia de libertad.

Esto me permite suponer que puede pensarse en una

liber-tad interior entendida como una liberliber-tad de querer, y por

otra parte en una libertad exterior asumida como una li-bertad de hacer. Indudablemente ambas son tema de pre-ocupación de la filosofía, pero la libertad exterior, tiene además que ver con la libertad política.

John Locke, en su famoso: Ensayo sobre el entendimiento

humano, fue uno de los pocos pensadores que percibió

cla-ramente esta diferencia pero, tal vez, quien mejor haya de-finido esa libertad exterior como con la que estamos ope-rando, fue Thomas Hobbes en Leviatán o la materia,

for-ma y poder de una República eclesiástica y civil.

Libertad es, propiamente hablando, ausencia de impedi-mentos externos y acierta con toda precisión, con ese sen-tido de la libertad política porque la refiere a la relación del Estado con el súbdito y del súbdito con el Estado, es decir,

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que el Estado es libre pero hasta el límite de la arbitrarie-dad.

De ahí se puede inferir claramente que esta libertad exte-rior o política a la que me refiero, le es necesaria al ciuda-dano para protegerlo del poder discrecional del gobernante, y el único instrumento que tiene ese ciudadano para salva-guardarse de esa arbitrariedad

Es, repitiendo palabras de Cicerón, “reconocer ser siervos de la ley para poder ser libres” ya que, trayendo en el re-cuerdo a Rousseau:, “cuando la ley está sometida a los hombres, no quedan más que esclavos y amos, es la certi-dumbre de la que estoy más seguro: “La libertad sigue siempre la misma suerte que las leyes: reina y perece con ellas”.

Creo que estamos padeciendo la crisis más profunda de que la Nación tenga recuerdo desde su organización constitu-cional, por la lesión que se ha inferido al principio de la división de los poderes, ya que ninguno de los contrapesos que deberían poner límites al autoritarismo presidencialis-ta, funciona, detectándose solo una tibia reacción, por lo menos en el decir, de algunos de los jueces que integran la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Sin embargo ello no surge de decisiones jurisdiccionales, que sería el medio idóneo para que la voluntad del poder se exprese, (los jueces hablan por sus sentencias y no por sus opiniones personales expresadas en los medios masivos de comunicación). En efecto, su digno presidente, Ricardo Lorenzetti, se ha expresado públicamente criticando, sin referencia expresa, la acumulación de poder de algunos órganos y señalando que el Estado desacata el cumplimien-to de sentencias judiciales firmes (La Nación del 14 de ju-nio de 2009).

Eugenio Zaffaroni, otro de sus altos integrantes, plantea como causa de nuestra crisis institucional, el sistema presi-dencialista, que debería ser sustituido por el modo parla-mentarista, lo que fue largamente discutido en el debate de

la Convención Constituyente de 1994 y no pareciera plausi-ble plantearlo, en un ámbito diferente que aquél que era el adecuado.

En su tan larga como fecunda vida, el Papa León XIII pro-mulgó casi un centenar de encíclicas, entre las que destaco por su trascendente importancia la “Rerum Novarum”, a fines del siglo XIX, que abordando la problemática cuestión obrera, como consecuencia de la revolución industrial, se convirtió en la partida de nacimiento de la democracia cris-tiana y de la Doctrina social de la Iglesia, y unos pocos años después, el documento papal “Libertas Prestantissimum” sobre el liberalismo y las libertades políticas.

Concluyo que la libertad es, indudablemente, un aspecto de la personalidad humana que se manifiesta desde la más profunda esencia ontológica de su ser y es por eso proba-blemente, que el respeto a la dignidad del ser humano re-clama el homenaje a la intangibilidad de esa libertad, con la que puede y debe ganar su fin. Libertad y derechos son las sustancias propias de la democracia como forma de organi-zación política, que no se agota ni en la expresión del voto en el comicio, ni en el principio de la mayoría.

La democracia es esencialmente el derecho constitucional de la libertad y por ello es que la libertad es la exigencia más importante que la moral reclama a su ejercicio. Si esto no es así, no sabemos ser seres humanos; en realidad no merecemos disfrutar de esa dignidad.

La perfección del hombre que describe Aristóteles, siempre es algo que nos pertenece a todos. Es una especie de “De-mocracia de la aristocracia”. En efecto no todos tienen be-lleza, fuerza y salud, ni todos tienen la posibilidad de alcan-zar la especulación filosófica: ellos son personas destinadas a la imperfección y manifiestamente no por su culpa. Así lo admite Aristóteles y estos son los esclavos, “conforme a la naturaleza” cuya única felicidad es colaborar con su trabajo, a la felicidad de los elegidos por los filósofos.

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En la descripción del Estado ideal, los aristócratas, sabios, hermosos, morales y virtuosos son los que tienen y deben tener el poder.

La civilización es poligenética, es decir, es hija de varias madres.

Por más que escarbemos en el hilo rojo de la historia, y digo rojo porque ha sido siempre marcado con sangre, es casi imposible descubrir dónde, cuándo y por quiénes, se ha realizado la más importante conquista de la civilización: El derecho.

LA DISCRIMINACIÓN AL DIFERENTE

Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, catedrático emérito de Sociología en las Universidades de Varsovia y de Leeds (In-glaterra) autor de una serie de libros interesantes sobre la condición humana : La vida líquida, Amor Líquido,

Tiem-po Líquido, La ambivalencia de la modernidad y otras conversaciones, La cultura como praxis ha publicado por

Polity Press Cambridge en 2004 Wasted lifes, traducido al español en 2005 y que en 2008 lanzó una cuarta reimpre-sión bajo el título Vidas desperdiciadas–La modernidad y

sus parias.

En este libro realmente sobrecogedor, desarrolla, a partir de una frase supuestamente dicha por Miguel Ángel en respuesta a una pregunta en la que le consultaban cómo lograba la bella armonía de sus esculturas, y que el inigua-lable artista respondía: “Es sencillo. Se coge un bloque de mármol y se eliminan los pedazos superfluos”.

Si esto fuese verdad, es decir si fuese cierto que esa expre-sión hubiese sido en algún momento pronunciada por guel Ángel Buonarotti en el apogeo del Renacimiento, Mi-guel Ángel habría estado proclamando, tal vez sin pro-ponérselo, el precepto que habría de guiar la creación mo-derna: la separación y la destrucción de los residuos, habría

de ser el secreto de la creación moderna, eliminando y ti-rando lo superfluo, lo innecesario y lo inútil, habría de adi-vinarse lo agradable y lo gratificante”. Siguiendo este razo-namiento, habría que concluir que la pieza a esculpir no estaba prefigurada en la mente del artista y aquél, buril y martillo en mano, iba poco a poco, pulcra y pacientemente, separando lo útil de lo residual lo necesario de lo superfluo, y al tiempo tendríamos “El David” o “La pietá”.

No. No habría sido así. Por el contrario el bloque de mármol ya traía consigo preconcebida, la escultura que de él saldría imponiéndose a la creación estética del artista. Nos dirá Bauman, profundizando su descubrimiento:

“Nuestro planeta está lleno. Permítanme que me explique: éste no es un enunciado de geografía física o humana. En términos del espacio físico y la propagación de la cohabi-tación humana, está lo que sea menos lleno. Por el contra-rio el tamaño total de las tierras escasamente pobladas o despobladas, que se consideran inhabitables e incapaces de soportar vida humana, parece estar expandiéndose más que encogiéndose. Mientras que el progreso tecnoló-gico ofrece (a un precio cada vez más alto desde luego) nuevos medios de supervivencia, en hábitats previamente estimados no aptos para el asentamiento humano, erosio-na asimismo la capacidad de muchos hábitats de sostener las poblaciones que solían albergar y alimentar con ante-rioridad. Entretanto, el progreso económico torna invia-bles e impracticainvia-bles modos de ganarse la vida antaño efectivos, incrementando así el tamaño de las tierras yer-mas que quedan en barbecho y abandonadas.”…

El planeta está lleno es un enunciado de sociología y cien-cia política. No se refiere al estado de la tierra, sino a los medios y arbitrios de sus habitantes. Indica la desapari-ción de la “tierra de nadie”, de los territorios susceptibles de definirse y/o tratarse como exentos de habitación humana, así como carentes de administración soberana y, por ende abiertos a (¡pidiendo a gritos!) la colonización y

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el asentamiento. Tales territorios, en gran medida inexis-tentes hoy en día, durante gran parte de la historia mo-derna desempeñaron el papel crucial de vertederos para los desechos humanos, arrojados en volúmenes cada vez mayores, en las partes del globo afectadas por los proce-sos de modernización.”…La producción de ”residuos humanos”- o para ser más precisos, las poblaciones “su-perfluas” en emigrantes, refugiados y demás parias, es una consecuencia inevitable de la modernización. Y tam-bién se trata de un ineludible efecto secundario del pro-greso económico y la búsqueda de orden, característico de la modernidad. Mientras vastas regiones del mundo per-manecieron total o parcialmente al margen de la moder-nización, las demás sociedades las veían como zonas ca-paces de absorber el excedente de población de los <países desarrollados>…. De ahí las nuevas inquietudes acerca de los <inmigrantes> y de los que piden asilo, así como la importancia creciente del papel que desempeñan los difu-sos <temores relativos a la seguridad > en la agenda con-temporánea”…

El problema de la inmigración se ha convertido en una de las cuestiones más difíciles en Europa y los Estados Unidos, que son las metas que persiguen todos esos residuos humanos a los que se refiere Bauman. Hemos celebrado hace ya algunos años el fin del “muro de Berlín”, pero el mundo se ha llenado de barreras de seguridad para impedir la llegada de los indeseables. Israel termina de construir una polémica barricada que la separe de Cisjordania. En Riad (Arabia Saudita), se está levantando un muro en la frontera con Yemen –que se supone es el criadero más importante de terroristas en el planeta, para evitar su in-greso al resto del mundo. En los Estados Unidos, desde mediados del año l990, se están edificando defensas de separación en la frontera con México de más de tres mil kilómetros de su larga frontera. En Belfast, unos veinte kilómetros de tapias de ladrillo y acero se proponen separar

barrios de católicos y protestantes desde 1970. Chipre tiene una construcción de concreto y alambres de púas que se extiende en una distancia de ciento ochenta kilómetros desde 1974, desde el sur al norte de esa bellísima isla al sur de Grecia. Desde 1953, Corea del Norte y Corea del Sud, están separados por una valla de doscientos cuarenta kiló-metros. Marruecos tiene una muralla de piedras y bolsas de arena de tres metros de altura para separar al país del Sa-hara Occidental, impidiendo el ingreso de guerrilleros. La India tiene un cerco electrificado de más de mil kilómetros que fue construido en la frontera con Pakistán en la región de Cachemira.

Tal vez el origen de todo esto haya sido la Gran Muralla China, construida entre los siglos VII y IV a. de C. en la dinastía Qin y concluida en plenitud en el Siglo III a de C. en su extensión total de 6.700 kilómetros. China tal vez tenga el raro privilegio de la prioridad separatista, que aho-ra curiosamente, muchos siglos después se expresa en la curiosa experimentación que está realizando en su territo-rio, estableciendo una especie de aduanas barriales para impedir la despoblación de algunas áreas y la superpobla-ción de otras.104

104 Cuando hace algunos pocos años una Fundación suiza lanzó una

propuesta internacional para consagrar las Nuevas Siete Maravillas del mundo, por la casi total extinción de las establecidas antes( la pirámide de Giza, Los jardines colgantes de Babilonia, El Templo de Artemisa, La estatua de Zeus en Olimpia, la tumba del rey Mausolo, el Coloso de Rodas y el gran Faro de Alejandría) de la que solo quedó la Pirámide tumba de Keops, yo me encontraba circunstancialmente en Panamá dictando un curso de esta misma disciplina. El único requisito para la propuesta, era que se tratase de una obra humana es decir no natural. Yo sugerí a mis alumnos que propusieran en lugar de la Gran Muralla China, que era el símbolo de la división, el Canal de Panamá que había sido el símbolo de la unión de los océa-nos, además de una obra de ingeniería increíble. Espero que mis clases de epistemología hayan tenido mejor aprovechamiento que mis sugerencias.

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Y no es que se haya agotado el número de instrumentos para evitar el masivo ataque de ilegales que escapan de sus países de origen huyendo del hambre y la desocupación. Lo que se ha consumido es la paciencia del autor, en esta in-terminable enumeración de horrores, que se ha constituido en una expresión de vergüenza universal por la actitud del mundo para con la dignidad de esos seres que han perdido su condición de humanidad y el respecto de sus semejantes.

OTRA FORMA DE INTOLERANCIA: LOS DISCAPACITADOS El término “discapacitado” implica elípticamente una for-ma de intolerancia, importa un modo encubierto de dis-criminación. Tengo para mí que nunca se es absolutamente capacitado, ya que la capacidad está vinculada a la posibili-dad de hacer, de creer, de pensar, de percibir o de sentir algo, y creo que nunca se es totalmente capacitado o disca-pacitado. La primera discapacidad sería la de la intoleran-cia, la de la comprensión; tal vez la de amar.

Me pregunto si tenemos conciencia de que la estatura mo-ral de una persona se debería medir por su capacidad de ampliar sus sentimientos y su espíritu, de abrir su pensa-miento a comunicarse con los amigos y también con los que no lo son.

La palabra “discapacitado” significa textualmente “no ca-pacitado” y tal vez ese que está imposibilitado de captar imágenes porque tiene una lesión incurable en su retina, o aquel que se traslada en una silla de ruedas, o aquel otro más allá, que posee rasgos característicos de que proba-blemente no sea capaz de desenvolver razonamientos de alta complejidad, es muy natural que posean una vida in-terior muy profunda, que tenga una aptitud de brindar afecto con una intensidad de la que seguramente no sería-mos capaces nosotros de hacerlo, que pueda apreciar la textura singular de una composición musical que nosotros apenas llegamos a apreciar, no digo a disfrutar, que pueda

en suma comprender el alma de otro ser humano que le es imprescindible para su propia constitución.

Hay que pensar que todo discapacitado tiene una enorme dosis de capacidades en ámbitos en los cuales, muchos de nosotros, deberíamos considerarnos discapacitados.

Tal vez un ejemplo que podríamos considerar emblemático sea el de Stephen Hawking que, habiendo nacido en 1942, apenas cumplidos los veinte años le diagnosticaron una enfermedad neuronal mortal. Una esclerosis lateral amiotrófica, que lo dejó casi enseguida parapléjico, con pronóstico de que no viviría lo suficiente para completar su doctorado.

Al tomar conciencia de su destino inevitable escribió unas palabras que decían:

“Aunque había una nube sobre mi futuro, descubrí para mi sorpresa, que estaba disfrutando la vida en el presente más de lo que lo había hecho antes: empecé a trabajar en mi investigación. Por lo tanto comencé a trabajar por primera vez en mi vida. Para mi sorpresa, descubrí lo que me gustaba”.

Físicamente confinado en un cuerpo con irreversibles pro-blemas de movilidad, no solo terminó su doctorado en 1966, sino que hoy es miembro de la Real Sociedad de Londres y de la Academia Nacional de Estados Unidos, y reconocido mundialmente como uno de los físicos más importantes del planeta con descubrimientos en la teoría del Big Bang res-pecto de la creación del universo y ampliaciones de la teor-ía de la relatividad y de la física cuántica. No tiene voz, ya que la perdió en una traqueotomía que le salvó la vida, pero él en sí mismo es un canto a la vida.

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LOS LÍMITES DE LA TOLERANCIA

Empecé con Voltaire y termino con él cuando sostiene des-de su estatura, que un sistema político des-debe limitar la tole-rancia cuando los hechos que se cuestionan son delitos que perturban a la sociedad o inspiran el fanatismo. Bobbio, el filósofo turinés recientemente desaparecido, nos decía que el único criterio plausible para limitar la tolerancia es el que deriva de la idea de que ésta debe comprender a todos menos a aquellos que niegan sus principios esenciales. Ambos pensadores, separados en el tiempo, pero unidos en el pensamiento, afirman que la tolerancia es la expresión más pura de la libertad y la negación más absoluta del sec-tarismo. Luego de la destrucción de los autoritarismos que bajo diferentes denominaciones pero consagrando los mismos principios transpersonalistas, entronizando la fi-gura del Estado y sometieron al individuo se opacó el hori-zonte de nuestro paisaje desde la primera mitad del siglo XX.

Luego de esa derrota que costó millones de muertos y la destrucción de incalculables bienes materiales, comenzó otra lucha para que la libertad con tolerancia se instituyera en las democracias modernas, garantizando los derechos humanos y sociales.

La lucha continúa. En mi patria hemos regresado a la más pura expresión de intolerancia. Es realmente urgente, si no queremos un enfrentamiento fratricida, que se propague como un virus infeccioso incontrolable, revertir la situación y empezar a convivir en paz, y en orden en un mundo real-mente solidario.

Con todos se debe ser tolerante menos con los intolerantes. El copete de este capítulo es parte de un poema de Reiner María Rilke, el poeta de la Bohemia, nacido en Praga, y uno de más universales rapsodas en lengua germana que nos indica el camino de otras soluciones frente al “encuentro

con el otro”. Al encontrarse con “el otro” no necesariamen-te debemos pensar que sea hostil, peligroso o letalmennecesariamen-te maligno. El encuentro con el otro sugiere el conflicto, el encerramiento o el diálogo y a lo largo de los tiempos, la Humanidad, no ha cesado de comportarse con arreglo a estas tres alternativas, de las cuales, sin duda, la menos utilizada es la última.

La guerra manifiesta la incomprensión del hombre y ter-mina produciendo un resultado invariablemente desastro-so para todos. El aislamiento del muro o la muralla, tan antiguo como las torres amuralladas de Babilonia, o la Gran Muralla China, el limes romano105, o las pétreas

mu-rallas incaicas, nos remontan miles de años en el tiempo pasado. En nuestro tiempo, el pensamiento que nos condu-jo al aislamiento, al “apartheid”, podría resumirse en esta sentencia:

“Cada uno es libre de vivir como le plazca, siempre y cuando esté lo más lejos posible de mí, si no pertenece a mi raza, religión o cultura”,

que podría ser definida como la doctrina de la desigualdad estructural del género humano.

Las puertas no están colocadas para separarnos del otro, sino también para abrirlas al otro, para invitarlo a entrar en nuestra casa. Cuando William Faulkner, a desgano y casi contra su voluntad, viajó con su hija a Nueva York a recibir el premio Nobel de literatura del año 1950 que le concedía la Academia Sueca, en la ocasión de su discurso de agrade-cimiento, que debía ser una clase magistral, apenas pudo balbucear unas pocas palabras que había borroneado en un papel en su traslado aéreo y que en la ceremonia nadie en-tendió. Pero cuando el día siguiente las leyeron en los

dia-105 Límites amurallados que construyeron los romanos para

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rios, el país y el mundo entero quedaron conmovidos. Decía Faulkner en el final de su mensaje:

“No creo en el fin del hombre. Creo no solo que el hombre perdurará. Creo que el hombre prevalecerá. Es inmortal, no porque sea la única entre todas las criaturas que posee una voz inextinguible, sino porque tiene un alma, un espí-ritu capaz de compasión y de sacrificio y de sufrimiento.”

No ignoro que todo esto puede sonar como una fantasía en los tiempos de violencia que nos conmueven a diario, pero estoy escribiendo sobre la tolerancia desde las ideas de Popper y ésta debe ser la necesaria consecuencia.

LATINOAMÉRICA

Sin duda ustedes no ignoran que el Tratado Internacional más importante de toda la Historia Universal fue el Trata-do de Tordesillas, firmaTrata-do entre los Reyes Católicos por España y Juan II en representación de Portugal, que mo-tivó una bula pontificia dictada por el Sumo Pontífice Ro-mano Alejandro VI y por el cual el Papa, en nombre de Cristo, dividió todo el territorio conquistado y colonizado por los reinos más dedicados a ello de la Península Ibérica. España no existía aún como Nación, y estos Reinos eran el de Portugal, por una parte, y el de Castilla y Aragón, por la otra, de cuya división surgieron la América Española, inte-grada con el tiempo por una veintena de naciones que su-cesivamente se fueron separando de la madre Patria, y la América Lusitana, que se constituyó en los Estados Unidos del Brasil.

Yo realmente me percaté de mi pertenencia a la América Española, aunque pueda parecer una expresión de jactan-cia, en París allá por los años sesenta del siglo pasado, por-que hasta entonces yo había sido una persona por-que

sola-mente había leído y continuaba leyendo escritores europe-os y a uneurope-os poceurope-os norteamericaneurope-os. Con excepción de algún escritor hispanoamericano absolutamente europeizado, como Jorge Luis Borges o Pablo Neruda, apenas conocía otro escritor hispanoamericano y nunca antes de ese tiem-po, pensé en la América Española como una comunidad cultural, sino más bien como una especie de archipiélago de países muy pocos relacionados entre sí.

En cierta ocasión, conversando con una bibliotecaria de una pequeña población del medio oeste de los Estados Unidos, ella me decía que su país había cometido el error de haber convertido las trece colonias originarias, con raí-ces culturales muy diferentes, en un solo estado, y que esto había significado un verdadero empobrecimiento cultural de ese país como nación, porque la cultura actual lo hace tan homogéneo que, cuando te desplazas de un estado (provincia) a otro, no hay casi ninguna variación en lo esencial.

En América Latina, en la América Española, si vas de un país a otro, el cambio es casi total y paradojalmente es una misma cosa, y no te encuentras con ninguna barrera cultu-ral realmente infranqueable, porque en definitiva, tenemos el mismo pasado, iguales aspiraciones, la misma caladura de lo religioso, como la exigente necesidad de lo laico. Este es precisamente nuestro gran patrimonio y lo que permite que la cultura y la literatura latinoamericana tengan tanta fuerza y los escritores tanta capacidad de creación.

Después de esa latinoamericanización de mi posiciona-miento intelectual, descubrí a Mario Vargas Llosa en Perú, a Roa Bastos en Paraguay, pude leer a Jorge Edwards y a Gabriela Mistral en Chile y a Alejo Carpentier en Cuba, encontré a Rafael Alberti en Uruguay, al mismo Ernesto Sábato y Adolfo Bioy Casares en mi propio país, a Octavio Paz y a Carlos Fuentes en México para nombrar algunos, a sabiendas de que por la exigencia de brevedad, estoy omi-tiendo nombres venerables en el mundo de las letras lati-noamericanas.

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¿Qué significa sentirse un latinoamericano?

Fundamentalmente tener clara conciencia de que las de-marcaciones territoriales que nos dividen son imperativos políticos de los años coloniales que, en muchos casos, no guardan relación con la realidad actual, generando una especie de balcanización forzosa de nuestra América Espa-ñola, tan distinto, insistimos de lo que ocurrió con las pri-meras trece colonias que se unieron en el enorme país del norte produciendo el resultado imperial que hoy todos co-nocemos.

Y es precisamente allí, en el plano de la cultura, tanto de la literaria como de la plástica, la cinematográfica o cualquier otra actividad creativa, es el ámbito donde se descubre que la integración latinoamericana es algo real y tangible, ya que en otros escenarios, tanto los económicos, como los políticos, nos encontramos con las más hondas cortapisas que nos separan e impiden una integración real , como su-cede en todos los organismos concebidos para unificar nuestra América, desde el Pacto Andino hasta el mismo MERCOSUR que está mucho más en los papeles que en la realidad.

Creo que todos podríamos coincidir en que las fronteras que nos separan de las otras naciones hermanadas en el lenguaje y en muchas de nuestras costumbres esenciales, no son las que señalan las diferencias que existen en nues-tro continente.

Así como estoy persuadido de que la creación estética es el marco de mayor identificación, y donde ni metafóricamen-te se podría hablar de subdesarrollo, creo que hay clara-mente una América Latina occidentalizada, heredera de la colonización Europea y en menor medida asiática y de muy otras diferentes latitudes, y una América Latina indígena, heredera de los dueños originarios de estas tierras antes del descubrimiento y la colonización, que practica y posee cos-tumbres, tradiciones y mitos vigentes desde su raíz pre-hispánica.

Cómo poder explicar esta paradoja, por una parte con grandes diferencias de ingresos entre pobres y ricos que indican enormes niveles de marginación, increíbles índices de corrupción que corroe sus instituciones, inmersos en ponderables niveles de criminalidad, drogadicción y anal-fabetismo, por una parte y por la otra, esos inconcebibles horizontes de excelencia en el ámbito de la producción estética.

Yo creo que desde adentro, no es posible comprender este cuadro descrito, solo es posible hacerlo desde afuera, como lo hice yo, pero comprendiendo que no todos los productos occidentales son consumibles sin costo, porque hay que comprender que el antisemitismo, el fascismo, el nazismo y el comunismo nos vienen de Europa o tal vez más amplia-mente del mundo occidental. Es esencial tratar de aceptar de esa cultura lo que tenemos de aportes de tolerancia, de racionalidad, de libertad y, en suma, de sabiduría democrá-tica. Y eso nos dejará la enseñanza que nos mostraba que el Viejo y el Nuevo Mundo no son más que una perspectiva bifronte de la realidad, como decía hace un momento, las dos caras de una misma moneda.

LA CONDICIÓN FEMENINA

A partir de la segunda mitad del siglo XX, la condición de la mujer, ha experimentado cambios fundamentales. Libera-da de la servidumbre inmemorial que suponía la procrea-ción, entregada al libre ejercicio de sus actividades profe-sionales, así como de su libertad sexual, hoy las mujeres pisan fuerte en lo que siempre fueron las verdaderas ciuda-delas masculinas. Gilles Lipovetsky,106 sociólogo y heredero

106 Lipovetsky Gilles, nos enseña en La tercera mujer, Anagrama

Barcelona 1999 edición original en París 1997 que el último medio siglo ha introducido más cambios en la condición femenina que

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