Este opúsculo de la Co
lección PARA RELIGIO
SAS, y su
Sección bolsillo
que t a n extraordinario
éxito está obteniendo tan
to en España como en
Iberoamérica, introduce a
la religiosa en los um
brales de la vida interior.
Por sus pensamientos,
redactados en gran parte
aforística y sentenciosa
mente, el alma se centra
en los puntos claves de la
ascética, que el autor to
ma de la liturgia, de la
teología tradicional y de
la experiencia religiosa de
las grandes almas, entre
otras del doctor de la
Iglesia, San Buenaventu
ra (Memorialia).
Una lectura atenta, bre
ve y animada de buena
voluntad en los ratos li
bres, llevará insensible
mente a las almas hasta
el santuario del amor di
vino.
EN LOS
UMBRALES
DE LA VIDA
INTERIOR
VERSION DE LA SEGUNDA EDICION ALEMANA, POR EL
R. P. JOSE LUIS ALBIZU, 0. F. M.
EDICIONES
STVDIVM
B A I L E N , 19
I N D I C E
Págs.
Prólogo ... 5
El cántico de la con fian za... 7
¿E n tre som bras y c ad e n as?... 12
V ida del espíritu, no de los sen tid os... 17
V acaciones de to d as la s c ria tu ra s... 22
C o n trita y h u m illada, confieso... 26
C am in a con cu id ad o ...,... 29
Y Je s ú s c a lló ... 34
M ejor es la obediencia que el sacrificio (1 S am 15, 22)... 38
L a luch a con el ad v e rsa rio ... 43
El deber de o ra r ... 48
H ab la poco sobre tu vida in terio r... 53
L a libertad in terio r... 60
¡ S i no hubiera que s u fr ir ! ... 66
B en dita sea tu p u re za... 74
¿M en o sp reciad a en el convento?... 78
No a mí, sino a tu nom bre sea todo h on or y bendición ... 82
Vive y obra en D io s... 89
C am in a en D io s... 93
D ios m ira a los h u m ildes... 96
Y sobre to d as la s d em ás cosas, revestios de la carid ad (Col 3, 14)... 100
L a p az sea con vosotros (Le 24, 36)... 106 G océm onos y regocijém on os y dém osle g lo ria
im p rlm a tu r: F r . B e r n o l d K u h l m a n n , O . P . M . Min. Provlia. Nihil obstat: M a r t í n A r r o y o . Censor. Im p rlm atu r:
Jo s é M a r í a , Obispo, Vic. Cap., S.
Madrid, m arzo 1964.
Es traducción de la segunda edi ción alemana, publicada por Ver- larg j . Schnellsche Buchhandlung (C. Leopold) Westíalen (Alemania), con el título TORE ZUM INNE-
REN LEBEN. E D I C I O N E S S T V D I V M © J u l i o G u e r r e r o C a r r a s c o IMPRESO EN ESPAÑA 1 9 6 4 N .o d e R e g is tr o : 835-64 D e p ó s ito l e g a l : M . 6.065.— 1964
PROLOGO
Este opúsculo, octavo de la colección
Libritos de bolsillo para las religiosas,
introduce a la religiosa en los umbrales
de la vida interior. Por sus pensamien
tos, redactados en gran parte aforísti
ca y sentenciosamente, el alma se cen
tra en los puntos claves de la ascética,
que el autor los toma de la liturgia, de
la teología tradicional y de la experien
cia religiosa de las grandes almas, en
tre otras del doctor de la Iglesia San
Buenaventura (Memorialia). Una lec
tura atenta, breve y animada de buena
voluntad en los ratos libres llevará in
sensiblemente a las almas hasta el san
tuario del amor divino.
Münster (Westf.), 4 de octubre de
1948. Fiesta de San Francisco de Asís.
EL CANTICO DE LA CONFIANZA
J
j
AS
a l a s
d el
a l m a
El buen Dios ha dotado de alas al
alma, pero cuántas veces las tenemos
abatidas por cansancio, tedio y acedía.
Faltan alientos para batirlas. Contem
plamos las altas cimas y el miedo nos
retrae. O lo que es peor, miramos muy
poco a las altas cimas que debiéramos
tener siempre ante los ojos, a saber:
las cimas del poder y de la bondad de
Dios.
Si tuviera conocimientos más claros,
el alma emprendería el gran vuelo. ¡ Oh,
infinito abismo del amor y del poder de
Dios que desde los días de nuestra in
fancia nos envuelves más que el aire y
los rayos del sol! ¿Cómo es posible que
e olvi(iemos? Nosotras, religiosas,
espe-cialmente llamadas a la santidad, somos
los niños mimados de la divina Provi
dencia. Y ¿dudaremos todavía del amor
de Dios, vacilaremos en entregarnos a
Él? ¿No confiaremos?
La i n v i t a c i ó n
«Venid a Mi todos..., Yo os aliviaré»
(Mt 11, 28), es decir, Yo os elevaré a
las cumbres de la virtud. Ninguna ac
tividad
ad extra
, nos dice Dios, me es
más agradable que la de dirigir las al
mas inmortales a la santidad. Yo pon
go todo mi poder a vuestra disposición.
Venid todos los que estáis abatidos de
ánimo, todos los que habéis perdido la
confianza. Mirad, hasta ahora pusis
teis vuestra esperanza en vosotros mis
mos, cuando en el hombre no hay sino
impotencia y fragilidad. Venid, dejaos
abrazar por mi caridad y el poder de
mi brazo os levantará.
Pl e n a c o n f i a n z a
Una confianza plena hace prodigios.
Una confianza plena fascina a Jesús y
le arrebata todas las gracias de su co
razón. Con mil pesetas puedo comprar
más que con cién: con una mayor con
fianza puedo conseguir más gracias que
con la duda y el temor. La plena con
fianza es la moneda con la que puedo
comprar la preciosa gracia de una santa
vida. «¡Poned vuestra confianza en
Dios, hijos míos!» «¿No valéis, acaso,
mucho más que los gorriones?» (Mt 10,
31). Dios cuida del último pajarillo y
¿se olvidará de vosotros? ¿Dejará Él de
escuchar vuestras plegarias y peticio
nes? Imposible, porque Dios es amor y
quiere que todos seamos conformes a
la imagen de su divino Hijo
Co n f i a n z a h u m i l d e
Dios se complace en distribuir sus
beneficios entre los pobres, los débiles y
necesitados. ¡Si nos acercáramos a Él
con humilde confianza! Dios no ha
cambiado, aunque nosotros hayamos re
sistido a su gracia Ahora como antes,
Él es el piélago infinito dei amor, el
amigo de los pecadores, el médico de
los enfermos. ¡Oh, cuántas almas re
cuperarían su dicha y alegría y se tor
narían muy pronto fervorosas si ali
mentaran en su interior el sentimiento
de una humilde confianza*
La confianza nos pone en la pista de
las gracias perdidas y nos restablece
rápidamente en el dichoso estado o en
la satisfactoria condición de una amis
tad íntima pasada. Dios se deja buscar.
Sea que movido por sus insondables de
signios se haya retirado o que el alma
le ha perdido de vista con su resistencia
a la gracia, Dios se hace buscar. Y quien
quiera hallarle pronto, abrigue en su
pecho unq. iiiTnitfl/ifl. confianza en su
bondad y misericordia.
Los
SANTOS LLAMANNo ahondamos suficientemente en las
vidas de los santos. En otr? caso nos
sentiríamos sobrecogidos por el miste
rioso hálito divino que las impregna y
por esa confianza y familiaridad que
ellos tuvieron con Dios. Según la vo
luntad de Dios, las vidas de los santos
deben comunicar como un nuevo im
pulso primaveral a las almas, darles
alas para no arrastrarse en el polvo de
la duda, de la mcerlidumbre, de las
rastreras caídas y elevarse como águi
las a las alturas de una vida religiosa
valiente, osada, confiada y decidida.
Si los santos nos hablaran desde los
collados eternos, pensando sin duda,
en su pasado, nos dirían a voz en cue
llo: « i Coraje, hermanos! ¡Confiad!»
Y el eco de su arenga debiera resonar
en tu alma. Di, pues, al Señor: «¡Oh,
Jesús, no quiero ya más reservarme!
Confío, confío. Robustece mi esperanza
e hincha mi corazón de confianza,
como henchiste las almas de los san
tos».
Co n f i a n z a c o n t r a v i e n t o y
MAREA
Cantemos el maravilloso cántico de
la confianza que registró el Apóstol
San Mateo en el capítulo VI de su
Evangelio. Confiemos en el Salvador
presente en la Eucaristía. Todo lo pode
mos obtener de Él, si perseveramos en
diálogo con Él. Confiemos en los supe
riores, que son los representantes de
Dios. Confiemos en las Sagradas Escri
turas, que encierran la palabra de Dios.
Confiemos en nuestras hermanas, que
son templo y habitación de Dios. Con
fiemos en la amargura del dolor y del
sufrimiento, que son envíos de Dios.
Confiemos en los sucesos de cada
día, que son disposiciones de la bon
dadosa y pedagógica Providencia de
Dios. Confiemos en la comunidad con
ventual que profesa una misma fe, una
misma esperanza y una misma caridad
y es una asamblea reunida y santificada
por el mismo Dios.
¿ENTRE SOMBRAS Y CADENAS?
¿ No c h e o d í a?
El pecado mortal es tiniebla, dice San
Agustín, y la vida interior es luz, dice la
fe. ¿Pueden coexistir en el alma el día
y la noche, la oscuridad y la luz? ¡Qué
horrorosas son esas noches en que ni si
quiera parpadea la estrella de la con
fianza en Dios! ¡Qué terribles las no
ches en que un firmamento negro y
sin estrellas se comba sobre la miseria
del hombre pecador! ¡Pobres almas, si
en esta condición se encuentran entre
los muros de un convento! No crea na
die ser alma de vida interior, si no
abandonó completamente y para siem
pre esa oscura noche.
A
LAS PUERTASQuien está dominado de grandes pa
siones y se empeña poco en combatir
las, está a las puertas de la noche. Co
rre el inminente peligro de perder la
luz de la gracia y de precipitarse en las
tinieblas. Su vida interior no tiene
consistencia. No puede aprovechar con
reposo y seguridad la luz que le pro
viene de la fe, de los sacramentos y de
la oración.
¿ En c a d e n a s?
¿Quién no ha contemplado a la alon
dra que, arrojando trinos de alegría y
de amor, corta el aire y asciende dere
chamente a las alturas? Estas son las
almas que, libres de las ligaduras de
las pasiones, se elevan orando y can
tando en alabanza del Señor. Pero
¿quién no sabe que muchas almas es
tán en sus cuerpos encerradas como en
oscura mazmorra y entre cadenas? No
es ciertamente por culpa del cuerpo,
que ha sido creado para el alma, que
lo vivifica y espiritualiza. Es culpa de
las pasiones, que son las cadenas del
alma y la atan fuertemente al polvo de
la tierra.
Su b o r d i n a c i ó n
Dios quiere ser el único dueño y se
ñor del alma. Las pasiones como la
naturaleza humana en general, pueden
y deben también reinar pero en com
pleta subordinación a la voluntad de
Jesús. El divino Rey de las almas no
admite parcelas ni rincones dominados
por sus enemigos. El alma experimenta
rá el poder de su soberanía cuando so
meta todas sus pasiones o llegue al me
nos a calmarlas y sujetarlas.
La s c a d e n a s r e c h i n a n
Quien desea de veras santificarse tie
ne por delante mucho que hacer. Tiene,
en primer lugar, que domeñar sus pa
siones. No puede pensar: «No sé si me
teré horas extraordinarias o dejaré a
media tarde el trabajo». No puede decir:
«Me es igual hacer la culpa que dejarla
de hacer». Ni tampoco: «Estoy dispuesto
a hacerlo; pero que tengan los superiores
una palabra de reconocimiento... ¡Un
poco de tacto, siquiera!» ¿Lo oyes bien?
Todas esas ideas son cadenas que re
chinan y atan fuertemente al alma. En
esta alma Jesús no es todavía el rey so
berano y el dueño absoluto.
V i s t a z o s h o n d o s
El amor busca el bien, el temor huye
del mal. Así, pues, me pregunto: ¿Qué
bien busco yo? ¿De qué mal huyo? ¿Bus
co el verdadero bien? Y si no, ¿tras qué
corro? ¿Huyo del verdadero mal? Y si
no, ¿de qué males huyo? Una sincera y
atinada respuesta a estas preguntas re
quiere echar hondos vistazos al alma.
Quien ama y teme ordenadamente, ha
vencido todas sus pasiones
¿Lo
E N T IE N D E S?Todo el que vive en el retiro de un
convento halla al cabo del día momen
tos de reposo espiritual, en los que se
exploran los fondos del alma y se en
tretienen íntimos coloquios con Dios.
Con frecuencia sucede en estos momen
tos que la gracia ilumina con sus colo
res los entresijos del alma como los ra
yos de sol los campos en la primavera.
El alma orante conoce entonces su es
tado y condición. Pero aun sin contar
con estos momentos especiales, el silen
cio y la paz conventuales ayudan mu
cho mejor que el tráfago del mundo a
un profundo conocimiento de sí mismo.
Ahora bien, una vez conocidas las fron
preciso es aplicar sin compasión la hoz
para desbrozarla y dejarla presta para
la gracia. Hay algunos que se entretie
nen demasiado en sus pensamientos:
Primero, dicen, tengo que conocer mi
pasión dominante y luego obraré en
consecuencia. Falso es esperar de esta
manera. Quien inm ediatamente corta y
quema, llega antes a conocer su pa
sión dom inante que quien espera a la
hora de las grandes luces Los días son
cortos y la vida discurre a prisa como
una nubecilla que luego se disipa en el
horizonte.
VIDA DEL ESPIRITU, NO
DE LOS SENTIDOS
Ve l a s o b r e t u s o j o s
Pon un guarda a tus ojos para que
no estén m erodeando por doquier. Pres
ta atención y haz que tus miradas no se
posen en cosas que no son necesarias o
no conviene verlas sin razón suficiente.
Renuncia incluso a muchas miradas lí
citas o inocentes, a fin de que seas due
ña y señora de tus ojos. Somete tu vista
a una disciplina rigurosa, militar, diría
yo. Nunca te arrepentirás de ello.
El guarda de tus ojos son los párpa
dos, que siempre velan mientras duer
mes y hacen más hermosos tus ojos al
despertar. Y la misma vigilancia debes
observar durante el día. ¿Por qué fue
ron tan bellos los ojos de los santos,
por qué tan radiantes y sobrenaturales,
sino porque los párpados los preserva
ban del polvo de las criaturas y por
que estaban abiertos a la luz purísima
y blanca de la gracia que alumbraba su
vida interior?
Si quieres ser alma interior, pon guar
da a tus ojos. No les dejes divagar, con
sérvalos puros, brillantes, nítidos, para
que tu alma sea también pura, brillante
y nítida.
D o m i n a l a g u l a
La austeridad en el comer y en el
beber contribuye a la salud del cuerpo
y del alma. La mortificación de la gula
da salud, energía y placer de vivir. Ja
más se siente más lozana y vivaz el
alma como cuando el hombre guarda
los límites razonables en la comida y en
la bebida. La vida interior no es ni pan
ni vino, sino gracia. La vida interior se
desarrolla a medida que se desarrolla
la espiritualidad, es decir, las faculta
des superiores de la persona humana,
mientras que decrece y se atosiga con
el desordenado apetito de comer y de
beber.
Ci e r r a t u s o í d o s
La buena religiosa no anda a la es
cucha de todo lo que ocurre en el mun
do, ni se apaña de mil ingeniosidades
por satisfacer su deseo de novedades.
Es abierta a todo lo que hace a su pro
fesión o a su oficio, pero no abierta al
mundo y a sus vanidades. Lo que tiene
que oir, lo escucha con precaución y
modo, reprimiendo sin vacilación lo que
sólo sirve de fomento a la curiosidad.
No quiere en sus oídos el runrún del
mundo, porque los oídos de su espíritu
deben estar abiertos y atentos a la voz
del Señor, que le dice:
Audi filia
/ (Es
cucha, hija mia, y presta atención)
(Sal. 44). Y Dios habla con ella como un
amigo con su amigo, como el padre con
la hija. La buena religiosa tiene un oído
finísimo para el mundo de la gracia.
SÉ
RIG U RO SA CO N TIGOEl hombre interior pone un guarda a
su tacto, al sentido de la suavidad, de
lo blando, de lo muelle. Evita la delica
deza en el dormir, en el sentarse, en
los vestidos. Prefiere lo austero, lo duro
y cierta rigidez, porque tras la molicie
y la blandura está de acecho el pecado.
Ahoga en su raíz toda relación senti
mental con los jóvenes y con las perso
nas de otro sexo. Mimos, tocamientos y
otras mundanas y libres maneras, que,
con frecuencia, son ambiguas o peca
minosas, le son ajenos. Discierne a la
legua lo que procede y lo que es velada
sensualidad, y ésta nunca sale favore
cida en sus maneras
y
en
su
porte.
Do m e ñ a l a l e n g u a
El mucho hablar es fuente de muchos
males. Si en el mundo se hablara me
nos y se obrara más, mejor andarían las
cosas. También en ios conventos se
desenvolvería con más garbo y vigor
la vida interior si se dominara la len
gua más de lo que se hace. El hablar
es necesario donde, cuándo y cómo;
pero el obrar es siempre necesario y
fructífero.
Los inferiores y súbditos pueden es
tar ciertos de que el trabajo, el silencio
y la oración les va mucho mejor que las
charlas, a ellos y a toda comunidad. En
el silencio del recogimiento brotan los
grandes pensamientos y se forjan las
almas santas. Hablar de cosas innece
sarias o inútiles es ocupación de niños
y de gente poco madura. Las personas
serias, inteligentes y espirituales, prefie
ren dar al mundo el oro de sus pensa
mientos que la ganga de la escurrilidad,
de la charlatanería y del hablar por
hablar.
curidad y en el secreto. La ganga, por
el contrario, abunda en el mundo y
cada día se acumulan montañas sobre
montañas de ella.
VACACIONES DE TODAS LAS
CRIATURAS
La n a t u r a l e z a y l a g r a c i a
El corazón es engañoso y falaz. Tiene
algo de robusto y de genial, pero se tor
na ligeramente al mal y al bien. El co
razón es la morada de las malas pasio
nes y una camarilla de la caridad fer
viente. Hoy será fuerte como el hierro,
mañana se derretirá como en un horno.
El odio y el amor, la envidia y la gene
rosidad, la alegría y la tristeza: todo
nace allí, desemboca allí y se turnan
con relativa facilidad.
Vela, pues, sobre tu corazón y cada
una de sus palpitaciones. No seas in
genua ni suspicaz ni quejumbrosa. Es
tudia bien, primero, tu corazón. ¿No
tienes una lupa para mirarlo, un car
diógrafo para medir sus pulsaciones, un
bisturí para analizarlo estría a estría?
Entonces te recomiendo que leas el ca
pítulo LIV del libro tercero de la
Imi
tación de Cristo,
compuesto por To
más de Kempis, diestro conocedor del
corazón humano. Léelo con atención y
reflexión y serás más clarividente que
muchos.
El l a d o e t e r n o d e l a s c o s a s
Todas las cosas y todas las ocupa
ciones de este mundo tiener un lado de
dimensiones eternas. Es el reverso infi
nito de todo lo creado que debe estar
bien grabado en nuestros corazones. Así,
ellas no nos estorban, antes favorecen
la vida interior, ayudan al hombre a
concentrarse en lo celestial y le dan una
unidad de dirección en los movimientos.
S
ólo conDios
La soledad del corazón ha de ser en
realidad un estar juntos, íntimo y fa
miliar del Creador y de la criatura. Si
otras muchas criaturas comparten el
corazón, la intimidad padece y el re
poso se alborota. Entonces el alma llega
a sentirse, por fin, sola, pero con una
soledad que es abandono, desilusión,
vacío y tedio de la existencia. Las mu
chas criaturas a que el corazón se afi
ciona impiden las finezas del amor de
Dios.
No pienses que esa soledad y aparta
miento de todas las criaturas sea tan
sublime y levantada que Dios no la exi
ja rigurosamente de nosotros. ¿Quién
que aspira a la cantidad se detuvo en
distinciones acerca de lo estrictamente
obligatorio y de lo imprescindiblemen
te necesario? Y, además, por encima de
todo, truena todavía en las almas la
voz potente del Sinaí, que en el primer
mandamiento del Decálogo dijo: «Yo
soy tu señor y tu Dios. No tendrás fal
sos dioses junto a mí. No talles ni es
culpas imágenes que adorar...»
Dios puede hablar con el alma a so
las y plácidamente como una madre
con el hijo de sus entrañas; pero es
también capaz de tronar desde el Sinaí
para desprender al hombre de las cria
turas y hacerle temblar en su presen
cia.
Li b r e d e c a d e n a s
Las almas desprendidas de todas las
aficiones desordenadas a las criaturas
se sienten como libres de toda cadena.
Disfrutan de aquella libertad interior
que se llama la libertad de los hijos de
Dios. Y porque son libres, se elevan fá
cilmente y en gozoso vuelo se acercan
a Dios. En el hondón del alma radica
su fuerza principal, que es la nostalgia
de Dios. ¿Cómo no va a desarrollarse en
toda su plenitud ahora que las criatu
ras no la distraen y arrebatan? ¿Cómo
no ha de tender enteramente a Dios
ahora que está libre de todo peso de lo
creado? San Buenaventura que conocía
este estado de alma por propia expe
riencia, dice con mucha razón: «¡Date
ahora enteramente al Creador! ¡Repo
sa ahora en callada unión con Dios!»
CONTRITA Y HUMELADA
CONFIESO...
El e s p e j o d e l a Hi s t o r i a
La religiosa que estima todavía los
ideales de su orden, admira la austeri
dad de vida que se llevó en tiempos de
la Madre Fundadora, y contempla la
primavera de virtudes que floreció en
tonces en todas las casas de la orden,
y queda tan confusa como una mujer de
edad avanzada que recuerda ante el es
pejo los años de su juventud.
Ob s e r v a r s e c o n c a l m a
Para los santos eran todos y cada
uno de los días como una preparación
para la confesión, un examen de con
ciencia, un observarse a la luz de los
ideales y un examen crítico de todo lo
que chocaba con le perfecto y lo santo.
Las almas que les imitan están siempre
preparadas para la confesión y aprove
chan con toda resolución los días de
confesión. Pronto se acusan y pronto
terminan, confesándose mucho mejor
que otros para quienes el Sacramento
de la penitencia es duro y pesado.
No
ENGAÑARSE¿Quién no siente de cuando en cuan
do el tedio y la acedía espiritual? ¿No se
halla a menudo el alma como un viñe
do o un trigal, donde cayó el pedrisco?
Y ¿no parece, a veces, que hasta los úl
timos frutos del otoño están tocados de
la niebla y de los primeros fríos del in
vierno? Y los pensamientos vuelan con
alas negras, como bandadas de corne
jas que graznan en abandonadas tie
rras.
Sí; ¡cuán desolada, reacia, fría, disi
pada y arisca puede sentirse el alma que,
después de largas horas de trabajo en
la escuela o en el hospital, se prepara
para la meditación o para la confesión!
Mirándolo desde el punto de vista pu
ramente natural, no es de extrañar.
Y sería malo engañarse, considerándo
lo desde el punto de vista sobrenatural.
No siempre se trata de culpa. Muchos
casos de éstos se explican sencillamen
te por fatiga y agotamiento.
Co n f e s i ó n a Di o s
La fe obra en el confesonario verda
deros milagros. Todo se puede decir al
confesor, cuando se cree en su digni
dad y misión sobrenaturales. Al arro
dillarse a los pies del confesor, puede
uno cerrar los ojos y decir: «Ahora me
postro de rodillas ante Dios y se lo digo
todo. Él lo sabe todo: ¿voy yo a ser re
ticente y mirado en acusarme? Abrase
de par en par mi alma». Tal es de he
cho el gran medio y, para muchas re
ligiosas, el único camino para abrir su
corazón, para abrirlo de par en par,
rompiendo con la praxis de recelar sin
suficientes razones la verdad.
El m e j o r m a n u a l d e e x a m e n
Tú puedes hacer por ti misma el me
jor examen de conciencia sin necesi
dad de tomar un manual de examen en
la mano. El mejor libro es el alma.
Quien aprende a leerla, descifra pronto
todos los caracteres escritos con tinta
indeleble sobre sus vicios y virtudes.
¡CAMINA CON CUIDADO!
LOS LÍMITES ESTABLECIDOS
¿Quién osará poner en entredicho ni
criticar las relaciones que la religiosa
debe por su misma profesión tener con
el mundo y las personas de otro sexo,
la vida y los trabajos que desarrolla
en las escuelas, en los hospitales e
incluso en la mendicación para las
propias necesidades y para socorrer
a los pobres, enfermos y desamparados?
¿Quién, por el contrario, no alabará todo
esto? Lo que la religiosa debe evitar
con
todo esmero son las relaciones con
las personas de otro sexo que se enta
blan sin saberlo las superioras y sin
permiso de las mismas. Debe evitar, asi
mismo, la desenvoltura en las palabras
y en los modales, guardando siempre la
debida compostura, huyendo del trato
demasiado frecuente, que, al fin, llega
a buscarse artificiosamente y que arre
bata la libertad interior y la indepen
dencia del corazón, y teniendo la cau
tela de la oportunidad del tiempo y del
lugar. Todo es susceptible de abuso.
La s f l o r e s d e l c a m i n o
Los niños y las niñas son como las
flores del camino. Se les contempla a
gusto, porque son puros, inocentes, can
dorosos y poseen un encanto casi Irre
sistible. Los niños son como las estrellas
del cielo, que alumbran con sus rayos de
consuelo las negruras morales del mun
do. Pero las flores son delicadas y luego
se marchitan y ajan, se arrancan fácil
mente, y fácilmente se pisan, Y las es
trellas caen de cuando en cuando del
cielo en lejanos arenales, en la inmensi
dad de una estepa o en la espesura de
una selva virgen, sin que ya más nadie
se preocupe de ellas. Pero lo más lamen
table es que algunos juegren con las
flores y las estrellas, hundiéndose en
desordenados afectos a los niños.
¿ Ed u c a d o r a m a d u r a?
En el trato con los niños se ha de
aprender el difícil arte, por el que se
convierten en fructíferas para ambas
partes las relaciones de la religiosa y
de los niños. Este arte no se aprende
sin una constante autodisciplina. Los
niños son personas no maduras. Si se
quiere hacer de ellos algo bueno, pre
ciso es que haya junto a ellos personas
maduras, educadoras que posean carác
ter. Las religiosas que aspiran seriamen
te a la virtud llevan una vida intacha
ble y limpia, se guían en todos sus tra
bajos por la obediencia y poseen, ade
más, cualidades pedagógicas, son los
guías natos de este enjambre alegre y
bullanguero. Ellas pueden consagrarse
a la juventud, sin temor de que padez
can detrimento en sus almas. Su propia
manera de ser, disciplinada y ordenada,
les da el sentido de los límites que ja
más osan traspasar.
¡ D é j a t e g u i a r!
Al confesor se le ha de mirar con ojos
de fe, cosa que, por desgracia, no es tan
frecuente. Lo que dice el sacerdote en el
confesonario, aunque no sea sino una
sencilla máxima, lleva en sí la nota sa
grada del Sacramento. Quien le escucha
con fe y la pone en práctica, como si
fuera la voz del Salvador, no puede ex
traviarse.
Es cierto que hay una diferencia en
tre el confesor prudente y el de una vida
interior un tanto desarreglada; pero la
palabra del sacerdote, breve, clara y
seca, si es preciso, no dejará jamás de
surtir efecto, si se la sigue obediente
mente. Este hecho lo vemos confirma
do en la vida de muchos santos y de
las almas fervientes. La fe y la obedien
cia suplen con creces las deficiencias de
una dirección espiritual e incluso la ca
rencia de toda dirección, de que muchas
veces carecen las religiosas durante
años. Dios así lo ha dispuesto en sus
designios insondables.
Ha b l a r p o c o y o b r a r
No hace falta mucha dirección, pero
sí mucha tensión, mucho esfuerzo y
mucha voluntad para poner en prácti
ca lo que se sabe de ia vida espiritual.
Mira cómo las almas verdaderamente
decididas y fervientes corren a gran
des pasos, sin mucho hablar ni pre
guntar. Sus ojos están puestos en el
divino Salvador, en su Santísima Ma
dre y en los ejemplos de los santos y
de los héroes. Estos son sus grandes
guías. ¿Quién no ve la importancia
enorme que tiene esta dirección espi
ritual, poco amiga de palabras y fe
cunda en hechos?
La s e ñ a l
Es una gran gracia poder tratar con
personas verdaderamente espirituales,
pero demos también gracias a Dios por
los ejemplos de todos los que mucho an
tes que nosotros corrieron el camino de
la vida terrena y que brillan todavía
como luceros en el cielo de la Iglesia.
Démosle, asimismo, gracias por los
ejemplos de las personas piadosas, que
conocemos en el convento y en el mun
do. Todos ellos son la señal para las al
mas que buscan, la orientación para los
que no saben a punto fijo dónde se ha
llan. En los tiempos actuales, en que
tanto se habla y se vuelve a hablar, el
ejemplo, callado, pero elocuente, tiene
una gran misión que cumplir.
Y JESUS CALLO
So l e d a d s a g r a d a
¿Estimas también tú la soledad del
convento y el santo silencio, sin el que
en ninguna parte hallarás los encantos
de la soledad? ¡Qué sedantes son los
conventos, donde los tránsitos, las cel
das y las oficinas callan, donde el há
lito de la devoción y del recogimiento
lo envuelve todo como las volutas de
incienso, donde viven personas, en cu
yos rostros se trasluce la dicha y el gozo
acumulados en el alma en las largas
horas de silencio! El retiro conventual
es amable como Belén, como Nazaret,
como la sala de la Ultima Cena, como
el Santo Sepulcro
Be n d i c i o n e s d e l s i l e n c i o
En cierto convento leí en una tabli
lla colgada de una pared:
Donde reina el santo silencio, rei
nan la vida interior, la disciplina con
ventual, la caridad fraterna, el espíritu
de oración, la tranquilidad de las con
ciencias, la paz del cielo y la suave y
sabrosa presencia de Dios.
No d r iz a d e l a s a n t i d a d
El retiro conventual nos conserva le
jos del mundo, nos permite escuchar la
voz de Dios, nos hace entrar en nos
otras mismas, detestar nuestros peca
dos y corregirnos, nos introduce en el
trato íntimo con el divino Redentor y
eleva nuestras almas por encima de sí
hasta las cosas celestiales y divinas. La
soledad ha sido considerada inmemo
rialmente como la nodriza, por así de
cirlo, de la santidad. Llegará el tiempo
en que nuestro cuerpo guardará el ma
yor retiro en la soledad de una tumba.
¿No es precisamente ése el tiempo en
que el alma, libertada de las cadenas
de lo corpóreo y material acabará por
santificarse en el purgatorio o volará
rauda al empíreo, al país de los santos?
No c h e s c a l l a d a s, n o c h e s s a n t a s
Todo un ejército de mujeres valien
tes, entusiastas por sus ideales, está de
pie cada noche en el coro o a la cabe
cera de los enfermos. Unas adoran al
Salvador eucarístico, otras al Salvador
enfermo, y no faltan quienes adoran al
Salvador maestro, a aquéllas me refie
ro, que, tras intensas y agotadoras jor
nadas de clase, sufren horas de insom
nio o tienen que trabajar hasta muy
entrada la noche o que recuperan las
fuerzas necesarias para emprender al
día siguiente la jornada con la pun
tualidad y fidelidad de todos los días.
¡Con qué gusto elevarían también éstas
sus manos a Dios en la oración de la
noche! Y ¡cuántas envían sus afectos
al cielo desde el lecho de sil descanso!
Sobre ellas recaen las bendiciones di
vinas.
De v e l a
Algunas prácticas antiguas y senci
llas, por ejemplo, la de la vela noctur
na, están muy por encima de las sofis
ticaciones de la moderna ascésis, que
busca tratar a las almas con pañitos
calientes y con las manos enguantadas
de armiño. Aprovecha, pues, las noches
de vela. Clava tus ojos en el divino Re
dentor, que vela contigo en el Taber
náculo, y ocupa tu tiempo con actos de
paciencia y de amor. Si así haces, sal
drás fortalecida y espiritualmente re
novada de esas noches largas de silen
cio y de soledad.
MEJOR ES LA OBEDIENCIA
QUE EL SACRIFICIO
(1 Sam 15, 22)
T o m a e n s e r i o l o s p u n t o s C A P ITA L E S
Con los principios básicos de la regla
está de pie o cae la vida de la orden o
de la congregación religiosa. Donde no
se observan, tambalean los cimientos
del convento. La historia de la Iglesia
es testigo. No todos Jos conventos en
ruinas acusan la falta de observancia
de las reglas de los moradores anterio
res, pero aquí y allí se ven ruinas sinto
máticas de la descomposición espiri
tual que sufrieron las comunidades en
cuestión.
Dios lo ve todo, y cuando los religio
sos y las religiosas osan pisotear sin
escrúpulos los puntos capitales de la
santa regla, Él se enciende en ira, como
dice el salmista, y, después de haber de
morado largo tiempo el castigo, hace
llover la desolación. Llegan tiempos en
los que la obediencia en cosas serias está
a punto de no ser tomada en serio, en
los que a sangre fría y total indiferen
cia se desprecia o abandona lo que las
generaciones anteriores estimaron y
conservaron con cariño. El espíritu del
tiempo es, a veces, como la tempestad
que furiosamente zarandea las copas
de los árboles, y, a veces, como una at
mósfera envenenada que atosiga insen
siblemente.
Seamos nosotras obedientes, si es que
amamos nuestra orden, en los puntos
capitales. El infortunio puede estallar
pronto.
La o b e d i e n c i a e n l a s c o s a s PEQUEÑAS
La perfección y la santidad son flo
res que sólo crecen en los campos de
la gente humilde, porque, como dice el
salmista (Sal. 112, 5), Él atiende a lo pe
queño y humilde, a lo que el mundo no
presta atención. La grandeza de los
santos consiste y consistió siempre en
su respeto y amor a lo pequeño. Las
pequeñas prescripciones de la regla hi
cieron grandes a los santos y a las san
tas de las órdenes religiosas. ¿Por qué
entonces sueño con otros actos de obe
diencia y de virtud, cuando la cons
tante y fiel obediencia en las cosas pe
queñas supone un alma de temple he
roico y una subidísima virtud?
Aguzaré mi vista para percibir lo
grande que se encierra en lo pequeño y
para estimar en su debido valor los de
talles más insignificantes de la vida.
¿No valen, acaso, las pepitas de oro?
¿E
l e s c o l l o d e l a e d a d ?El divino Salvador se oculta detrás
de cada superior, a veces de una mane
ra casi invisible para ésta o aquella
súbdita. Sólo la fe que sobrenaturaliza
la obediencia es entonces la tabla de
salvación. Que sea más joven o mayor
que tú, la superiora o la que está al
frente de tu oficina es para ti la repre
sentante del Salvador. Por esto y sólo
por esta razón has de someterte. Todo
lo demás es de poca importancia para
tu gobierno espiritual. Tienes que re
avivar la fe y robustecerla Entonces la
edad de la superiora no será un escollo
para la virtud de la obediencia.
Al m a s d e o r o
Las religiosas que son dóciles y dis
puestas a todos los trabajos, que se de
jan mandar, corregir y aconsejar, que
callan y se mortifican, dichosas con vi
vir en unión con Dios, son las almas de
oro de un convento.
Ob e d i e n c i a y r e s p e t o
La vida interior puede ser de cuando
en cuando objeto de diálogo y de con
versión entre los superiores y los súb-r
ditos. Pero el súbdito ha de cuidarse de
intimar demasiado. La familiaridad tie
ne sus peligros y priva a la obediencia
de su carácter sagrado y de su poder
santificador. La verdadera y auténtica
aspiración a la virtud no se compadece
sino con una sola familiaridad, a
ber: la familiaridad con Dios. Por eso
el alma se halla entre los hombres sola,
pero dichosa de compartir su vida con
Dios. No hay religiosa que respete tan
to a la superiora como la que vive en
familiaridad exclusiva con el Señor. No
hay religiosa que reverencie tanto a la
superiora como la que vive en soledad
con Dios.
Al m a s q u e t a l l a r
La Iglesia, en el himno de la dedica
ción y consagración de las iglesias,
compara a sus miembros con las pie
dras de la Jerusalén celestial, que tie
nen que ser talladas aquí en la tierra.
Es éste un trabajo que está dejado a la
mano de cada uno. Unas piedras son
tan duras como el hierro, otras dema
siado blandas, otras, en fin, se pulve
rizan con facilidad. Día tras día empu
ña Dios el puntero a través de la vo
luntad de los superiores; pero no to
das las almas se dejan grabar conforme
a la imagen de su divino Hijo. Siempre
ha habido religiosas que resisten a las
órdenes de las superioras, despotrican
contra ellas, hacen comentarios insidio
sos, crean el confusionismo, alteran el
orden y provocan a la rebeldía y a la
desunión. Son almas que, si no cambian,
quedarán por tallar durante toda la
vida, semejantes a esos bloques de
mármol que, completamente brutos o a
medio labrar, yacen estorbando en el
taller de un escultor.
LA LUCHA CON EL ADVERSARIO
El t e n t a d o r e t e r n o
Las almas son como ciudades sin mu
rallas, y el espíritu malo posee ilimi
tadas artes para disfrazarse y buscarse
albergues a su talante. No hay palacio
ni choza ni convento que estén segu
ros de sus asechanzas e intrigas. Él po
see la llave de todas las puertas, de la
capilla, de las celdas, de las oficinas...,
y anda unas veces como león rugiente
en busca de la presa y merodea otras
cauta y arteramente. Poco importa que
no le veamqs con los ojos corporales.
Esto no hacé al caso; antes acrecienta
el peligro en sumo grado.
Nadie es tan aplicado ni está tan al
acecho como el espíritu malo. Corre por
los lugares áridos, donde ningún otro
busca cosa alguna, y en medio de la
noche, cuando todo duerme y reposa,
halla él a los que no pueden dormir.
Sabe presentarse de repente y atemo
rizar, confundir, adular, hechizar y
aguardar. Le conocemos tcdos. Ni si
quiera ante el Santísimo Sacramento
se detiene. Cuando Jesús mora por la
Eucaristía en los corazones, el espíritu
malo se aposta, con frecuencia, en la
puerta del santuario, tratando de im
pedir la atención y la devoción.
El espíritu malo es el tentador eter
no, es el moscón que zumba, el perro
que aúlla, el adulador que nos alaba,
la víbora que nos intimida, el rufián
que seduce. Él lo es todo; menos nues
tro amigo. El «antiguo enemigo», le lla
ma San Buenaventura, el adversario
que está siempre en pie de guerra con
tra nosotros y trabaja sin descanso aco
sándonos hasta la muerte. Cierto es
que unos son más molestados que otros,
pero nadie está libre de sus embestidas
y de sus argucias. Todos le sienten, to
dos le abominan, pero no todos le evi
tan ni se defienden contra él. Y, sin
embargo, es preciso estar de sobre aviso
contra sus tretas y su malicia viperina.
El f a l s o á n g e l
La virtud auténtica y genuina nada
tiene de relumbrón ni chillón. Brilla, sí,
pero suavemente, y es siempre discreta.
Hacerse el devoto y murmurar luego
contra los superiores es taimado espe
jismo: son luces del ángel de las tinie
blas disfrazado. Ayunar ante los demás
y tomarse en secreto lo necesario e in
cluso lo superfluo es fuego de artificio
diabólico. Hablar con palabras y moda
les de humildad y sentirse luego prete
rida o pisoteada es pirotecnia del dia
blo del orgullo.
La venerable sierva de Dios, Catali
na Emmerich, dijo en cierta ocasión a
la poetisa Luisa Hensel que existe una
humildad que se resuelve en mera va
nidad e hipocresía. El espíritu malo es
muy Ingenioso y gasta muchos trajes
de luces. Las vidas de los santos nos
ilustran suficientemente sobre esto. No
nos dejemos engañar. Arranquémosle
la máscara para verle cara a cara. Hay
que conocerle y descubrir a tiempo al
falso y pérfido ángel con la prudencia
de los hijos de Dios.
La s r e d e s t e n d i d a s p o r e l MALIGNO
El orgulloso no se percata de las re
des que se le tienden y se envuelve y
revuelve en ellas hasta quedarse total
mente preso. El humilde, en cambio,
posee la discreción y pisa con mucha
mayor seguridad. La religiosa que está
trabajando con o a las órdenes de una
hermana displicente, amargada o muy
pagada de sí misma, ¿¿abe muy bien, si
es humilde, las redes que el maligno le
tiende en el camino. La Ira, el rencor,
la murmuración, las manifestaciones
hostiles, el deseo de acusarla y de hu
millarla, la celotipia, el tedio son otras
tantas redes que el diablo le tiende,
para hacerle faltar contra la caridad
y la paciencia. En la capilla, en el re
creo, en la celda de la superiora, en la
visita canónica, en caso de enfermedad
de la dicha hermana, doquiera le pue
den asaltar pensamientos poco confor
mes con las virtudes cristianas y reli
giosas. Pero si es humilde, ve con cla
ridad la sutilísima y tupida red que el
demonio le tiende. ¡Cuidado con las
telarañas! No seas la mariposa que vue
la a ser presa de una araña
Dios,
M I FUERZA EN LA BATALLAEn una vida interior auténtica se ar
monizan y compaginan sin dificultad la
vigilancia y la falta de temor. Se vive
encerrado en un castillo y se hace la sa
lida intrépidamente. Se pide como un
pobre inerme y enteco y se trabaja
como un gigante. La vigilancia es fuer
za, es luz, es seguridad, es osadía, por
que Dios es la fuente del poder, de la
luz, de la seguridad y del coraje. Los
que miran a Dios son a un tiempo ni
ños y gigantes: niños, porque ven que
nada pueden hacer ún Él; gigantes,
porque ven que todo lo pueden en
Aquel que les conforta.
EL DEBER DE ORAR
Le v a n t a d a a l c ie l o
El salmista habla en el salmo 68 de
una paloma que, con sus plateadas
alas, vuela rauda y ligera por el azur
del cielo palestinense. Esta zurita es la
imagen del alma que, en la recitación
del Oficio Divino, se remonta a las su
blimes regiones de la fe. desprendida
de todos los lazos terrenos blanca por
su pureza, revestida de esplendor por
los rayos solares de la bondad paterna
de Dios. ¿Quién no quisiera emprender
un vuelo semejante hasta los umbrales
La m e n t e e n D i o s
Para sumergirse en el piélago de los
misterios divinos no se necesitan estu
dios especiales. La religiosa más senci
lla, que es fiel a su vocación, puede
calar muy hondo, mientras que sus la
bios se mueven recitando atentamente
el Oficio Divino. Siempre ha sido objeto
de fácil y provechosa meditación la
amarguísima Pasión de Jesús o cual
quiera de los episodios de su vida te
rrena. Es lo que hacen muchas reli
giosas. Otras se sirven de las primeras
letras de cada salmo como un signo
convencional o nemotécnico para re
cordar algún determinado misterio de
la fe. Otras se entretienen en los pen
samientos de la meditación de la ma
ñana o de la noche. Todas estas, ma
neras de recitar el oficio son eficaces.
Ha habido también todo un sistema de
métodos, por ejemplo, el de tener la
traducción española al lado y fijar el
pensamiento en un versículo o en la
idea principal de todo el salmo, tomán
dolo como punto de partida para
con-sideraciones espirituales profundas de
tipo ya ascético, ya místico.
El a m o r e n Dio s
Algunas almas no consiguen fijar la
atención en un determinado pensa
miento del Oficio Divino o durante el
Oficio Divino; pero todo su rezo está
animado de un sentimiento amoroso.
Pensemos en esas religiosas que, ordi
nariamente sin mérito de su parte, por
sólo la gracia de Dios, se sienten reco
gidas en la presencia divina y son intro
ducidas en los primeros estadios de la
oración contemplativa.
Para todas estas almas mejor que
empeñarse en fijar la mente en un
pensamiento determinado de antemano,
es prorrumpir suavemente y sin violen
cia en afectos entretenidos de amor de
Dios. Sepan estas almas que este modo
de rezar es muy agradable a Dios y que,
en ocasiones, pueden sus afectos ser más
finos, delicados y sublimes que los que
expresan los textos que leen o han leído
El á n i m o e n Di o s
No te inquietes por las variaciones
de ánimo que puedes tener en la ora
ción. Dios no es Dios de monotonía. Él
es el que creó el firmamento con las
estrellas, con las nubes, con los resplan
dores del sol, con las lluvias y las nie
blas y neblinas. Hoy así, mañana asá.
Él mismo, cuando bajó a la tierra y
habitó entre los hombres, unas veces
lloró, otras se alborozó de júbilo, otras
buscó el silencio y la soledad, otras se
vio rodeado de las turbas. Conoció la
tristeza y la alegría, el triunfo y la de
rrota y todos los registros del corazón
humano. La variación de los pensa
mientos y de los afectos y de los estados
de ánimo es la ley de nuestra vida, in
cluso de nuestra vida interior.
Si, por tanto, estás triste, reza con
tu alma triste, buscando consuelo y
apoyo. Si estás alegre, reza con tu alma
alegre, exhalando cantos de júbilo, ado
ración y acción de gracias Si temes a
Dios y la hora del juicio ora con el
alma humilde, excitándote a la con
fianza en su misericordia Si estás tranquila, pacífica y serena, estáte so segada en la presencia de Dios. Todo el secreto está en conocer los diversos afectos que soplan como otros tantos vientos por nuestra alma, en purificar los, en vivirlos con Dios y hacerlos el eje o el fundamento de nuestra ora ción.
Las almas son templos y los templos toman distinto aire según los dias y las festividades y suscitan sentimientos ya de temor, ya de alegría, ya de reve rencia, ya de devota familiaridad. Así también el hombre debe estructurar su oración con toda la gama de sentimien tos y de pensamientos nobles, sanos y elevados de que es susceptible su co razón.
En el coro de los án g ele s ¡Mira! A tu derecha y a tu izquierda se arrodillan en e. coro tus hermanas. Todas visten el mismo vestido; todas siguen la misma ley; todas corren el mismo camino del cielo. Viven en ho nestidad y santas costumbres y Dios
las mira benévolo y complacido. Ellas son los ángeles que te asisten en el rezo. No pienses en sus defectos y en sus faltas; acaso eres Tú menos que ellas. Piensa en la pureza de su alma y en su buena voluntad. Ora y canta con ellas, como si en sus velos vieras las alas de los ángeles. Alégrate de la di cha de poder rezar siempre rodeada de tan buenas almas. ¿No abandonaron todas ellas el mundo y se consagraron resueltamente a Dios? Y ¿dónde, sino en la oración, están más consagradas y entregadas a Dios con todos sus pen samientos y afectos?
HABLA POCO SOBRE TU VIDA INTERIOR
Mis g r a c ia s s o n mi s e c r e t o Dios está y obra en cada criatura; y todas las criaturas aman el secreto. Es tamos, en efecto, rodeados de todo un mundo de misterios, que son el secreto
de la esencia de cada criatura. ¡Apren damos de ellas!
Dios no nos da las gracias para que nos engriamos y hablemos vanamente de ellas, sino para que las aproveche mos a fin de crecer en la caridad, como el rosal y todas las demás criaturas que concentran sus fuerzas para subsistir y desarrollarse. Sobre la vida de la gracia debe reinar la calma del bosque o el si lencio de la noche, no sea que pierda su misterio y su carácter sagrado. Que sea preciso aclarar esto c aquello, o que necesites consuelo, no es motivo para que te expansiones sobre estas cosas con tus hermanas. ¡ Cuán fácilmente se mezcla aquí el deseo de consolaciones humanas, o la satisfacción de la vani dad o también el particularismo del ca riño y la familiaridad desordenada!
¿ Por qué t e s i e n t e s in t e r i o r m e n t e
TAN ÁRIDA?
Mejor que comunicar los secretos del alma a las compañeras y superioras es hablar de ellos con Dios, tomarlos como
objeto de la oración, consultarlos sere namente con Jesús en el. Sagrario. Si esto
hicieras, tendrías muchas gracias que ahora no tienes, y recibirías, además, otras muchas de que ahora te privas, mientras te sientes tan árida y seca en tu vida interior.
Al s o n de t r o m p e t a s y de
TAMBORES
No todo lo que brilla es oro. Hay aba lorios relumbrones que no son diaman tes ni piedras preciosas ni metal caro. Dios mide los éxitos no por los aplausos de los hombres, sino por el alma que los ha animado. Está segura de que las menores obras realizadas con amor y humildad son mejor cotizadas a los ojos de Dios que los sonados éxitos, los lla mados grandes hechos que se airean entre toques de trompetas y redobles de tambores.
¿Qué hicieron los santos? ¿No vivie ron muchos de ellos en la oscuridad y en el silencio, siendo con todo su vida una gesta verdaderamente heroica y
sublime? ¿Y no imitaron otros muchos
a Jesús, que después de haber multi
plicado los panes huyó al monte para
que las turbas entusiasmadas no le pro
clamaran rey?
Y
Dios premió su humildad hacien
do hablar, como diría el divino Salva
dor, hasta a las mismas piedras. Hoy
se buscan y visitan los lugares y las
celdas que ellos hábitaron. Y todo y
todos hablan de ellos. Se habla de su
caridad, de su austeridad de su hu
mildad, de su celo apostólico, en una
palabra, de sus éxitos. Y todo esto
porque ellos supieron callar y obrar.
Con po ca s p a l a b r a s
La religiosa que lleva una vida inte
rior sana, al confesarse se acusa pri
meramente de sus pecados, luego da
cuenta de los resultados del propósito
particular y, si es necesario o lo desea
el confesor, expone en dos palabras el
estado de su vida espiritual y no alarga
por lo demás una confesión que se re
pite semana tras semana
Si el confesor no debe dar ocasión en
el confesonario a conversaciones im
pertinentes o más largas de lo conve
niente, el penitente ha de abstenerse
de provocarlas. El confesonario es el lu
gar donde el alma tiene derecho al
buen consejo y a una buena dirección
espiritual. Es el lugar más adecuado
para ello. Allí puede el alma exponer
todas las dudas que le atormentan, to
das las inquietudes que le apesadum
bran en el camino de la santidad, to
dos los temores que le sobresaltan, y
pedir confiadamente luz y fuerza al
confesor. En algún sitio tiene que abrir
se el alma y, según la voluntad de
Dios, debe abrirse principalmente en
la confesión.
¿ Dó n d e h a l l a r á s l a r e s p u e s t a
ATINADA?
Nadie posee un sentido tan fino para
percibir todo lo que sucede en el alma
como el divino Redentor. Sobre el pro
fundo mar de tu alma hay un ojo cuya
mirada lo penetra hasta el fondo y ob
serva todas sus olas y el movimiento de
cada una de sus gotas. Y más aún, hay también un oído divino que percibe to dos los rumores, ruidos y músicas del mar eternamente inquieto, que es el co razón humano. Día y noche sigue Dios los latidos de tu corazón.
¡Cuán hermoso y saludable es hablar con Dios de tus soledades, de tus con suelos, de tus tristezas, de tus sequeda des, de sus gracias! Es tu alma como un arpa de muchas cuerdas que suenan un día con los teños jeremíacos de la Semana Santa; otro con los idílicos de Belén y Nazaret; otro, con los gloriosos de la Resurrección... Pero, ¿qué sucede algunas veces que todo disuena y se hace estridente, violento e insoporta ble? ¿Por qué el pie se torna pesado en su marcha a la capilla? ¿Por qué se vuelve pesada la escalera que nos baja o sube a hacer la meditación? ¿Por qué tendemos más a hablar con los hom bres que con Dios?
La respuesta atinada está en que no cedas jamás a los hechizos de las cria turas y no corras en pos de las conso laciones humanas, porque en todo esto no hallarás la paz.
Ex p e c t a c i ó n s e r e n a
Quien busca la solución de sus can dentes problemas interiores en el mu cho hablar sobre la vida interior o en la desordenada entrega al trabajo es víctima de engaño. Generalmente so mos impacientes, buscamos soluciones fáciles y queremos remedios rápidos y expeditivos para nuestras penas. Pero Dios no procede así. Quien con Él dialo ga sobre su alma, y, sobre todo, lo que le mueve, alegra, oprime, abate o levanta, llega a alcanzar una santa calma, aprende a esperar serenamente, se ha bitúa a una humildad silenciosa y a la callada observación.
«Esperé yo en el Señor confiadamen te, dice el salmista, y se inclinó hacia mí y oyó mi grito» (Sal. 39, 1). Las al mas discretas y retiradas, que viven en tregadas a Dios, que callan mucho y trabajan todavía más, esas almas cuya gloria y esplendor están dentro y tienen siempre los ojos puestos en Dios, «como la esclava pone los ojos vueltos hacia el Señor» (Sal. 121, 3), son los pilares de
la vida conventual. No diremos que su
forma de vida sea la única válida—tie
ne que haber también necesariamente
otras formas—, pero si que no tiene
desperdicio. «Vive solitaria, dice el doc
tor de la Iglesia San Buenaventura,
vive con la mente y el corazón en el
cielo»
(Memorialia,
21). Habla poco,
ora y medita mucho, piensa en Dios,
abismate en Él y no te apartes de Él.
En Dios hallarás la quietud, la paz y
el consuelo. En Dios todo es primavera
y verano, eterno brotar y eterno flo
recer.
LA LIBERTAD INTERIOR
Da v o c a c ió n a t o d a s l a s
CRIATURAS
Tienen las criaturas un hechizo y
aojamiento que los hombres se dejan
embrujar una y otra vez. ¿Quién se
hará idea de las veces que un alma
cualquiera busca, ora en ésta, ora en
aquella de las criaturas más insignifi
cantes el consuelo que necesita y se deja aprisionar como la mosca en la tersa y brillante red de la araña?
A. NADA TE APEGUES
No llegarás jam ás a ser un alm a in terior, si vives de buen grado de las ex terioridades. Vive de las exterioridades el que espera su consuelo y su dicha de las cosas vanas y pasajeras de este mundo.
El p a s o f i n a l
Poco aprovecha desprenderse a me dias de las criaturas. Quien no se de cide a ju gar el todo por el todo, queda rá a medio camino. Ahora bien, a toda persona de vida interior se le presenta m ás pronto o más tarde la. opción r a dical. L a gracia le dice: Renuncia a todas las criaturas y poseerás al Crea dor. L a naturaleza, por el contrario, se resistirá. Que la gracia no form a con sus exigencias radicales personas raras, inhumanas, amaneradas y poco natu