En los umbrales de la vida Interior MEYER

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(1)
(2)

Este opúsculo de la Co­

lección PARA RELIGIO­

SAS, y su

Sección bolsillo

que t a n extraordinario

éxito está obteniendo tan­

to en España como en

Iberoamérica, introduce a

la religiosa en los um­

brales de la vida interior.

Por sus pensamientos,

redactados en gran parte

aforística y sentenciosa­

mente, el alma se centra

en los puntos claves de la

ascética, que el autor to­

ma de la liturgia, de la

teología tradicional y de

la experiencia religiosa de

las grandes almas, entre

otras del doctor de la

Iglesia, San Buenaventu­

ra (Memorialia).

Una lectura atenta, bre­

ve y animada de buena

voluntad en los ratos li­

bres, llevará insensible­

mente a las almas hasta

el santuario del amor di­

vino.

(3)

EN LOS

UMBRALES

DE LA VIDA

INTERIOR

VERSION DE LA SEGUNDA EDICION ALEMANA, POR EL

R. P. JOSE LUIS ALBIZU, 0. F. M.

EDICIONES

STVDIVM

B A I L E N , 19

(4)

I N D I C E

Págs.

Prólogo ... 5

El cántico de la con fian za... 7

¿E n tre som bras y c ad e n as?... 12

V ida del espíritu, no de los sen tid os... 17

V acaciones de to d as la s c ria tu ra s... 22

C o n trita y h u m illada, confieso... 26

C am in a con cu id ad o ...,... 29

Y Je s ú s c a lló ... 34

M ejor es la obediencia que el sacrificio (1 S am 15, 22)... 38

L a luch a con el ad v e rsa rio ... 43

El deber de o ra r ... 48

H ab la poco sobre tu vida in terio r... 53

L a libertad in terio r... 60

¡ S i no hubiera que s u fr ir ! ... 66

B en dita sea tu p u re za... 74

¿M en o sp reciad a en el convento?... 78

No a mí, sino a tu nom bre sea todo h on or y bendición ... 82

Vive y obra en D io s... 89

C am in a en D io s... 93

D ios m ira a los h u m ildes... 96

Y sobre to d as la s d em ás cosas, revestios de la carid ad (Col 3, 14)... 100

L a p az sea con vosotros (Le 24, 36)... 106 G océm onos y regocijém on os y dém osle g lo ria

(5)

im p rlm a tu r: F r . B e r n o l d K u h l m a n n , O . P . M . Min. Provlia. Nihil obstat: M a r t í n A r r o y o . Censor. Im p rlm atu r:

Jo s é M a r í a , Obispo, Vic. Cap., S.

Madrid, m arzo 1964.

Es traducción de la segunda edi­ ción alemana, publicada por Ver- larg j . Schnellsche Buchhandlung (C. Leopold) Westíalen (Alemania), con el título TORE ZUM INNE-

REN LEBEN. E D I C I O N E S S T V D I V M © J u l i o G u e r r e r o C a r r a s c o IMPRESO EN ESPAÑA 1 9 6 4 N .o d e R e g is tr o : 835-64 D e p ó s ito l e g a l : M . 6.065.— 1964

(6)

PROLOGO

Este opúsculo, octavo de la colección

Libritos de bolsillo para las religiosas,

introduce a la religiosa en los umbrales

de la vida interior. Por sus pensamien­

tos, redactados en gran parte aforísti­

ca y sentenciosamente, el alma se cen­

tra en los puntos claves de la ascética,

que el autor los toma de la liturgia, de

la teología tradicional y de la experien­

cia religiosa de las grandes almas, en­

tre otras del doctor de la Iglesia San

Buenaventura (Memorialia). Una lec­

tura atenta, breve y animada de buena

voluntad en los ratos libres llevará in­

sensiblemente a las almas hasta el san­

tuario del amor divino.

Münster (Westf.), 4 de octubre de

1948. Fiesta de San Francisco de Asís.

(7)

EL CANTICO DE LA CONFIANZA

J

j

AS

a l a s

d el

a l m a

El buen Dios ha dotado de alas al

alma, pero cuántas veces las tenemos

abatidas por cansancio, tedio y acedía.

Faltan alientos para batirlas. Contem­

plamos las altas cimas y el miedo nos

retrae. O lo que es peor, miramos muy

poco a las altas cimas que debiéramos

tener siempre ante los ojos, a saber:

las cimas del poder y de la bondad de

Dios.

Si tuviera conocimientos más claros,

el alma emprendería el gran vuelo. ¡ Oh,

infinito abismo del amor y del poder de

Dios que desde los días de nuestra in­

fancia nos envuelves más que el aire y

los rayos del sol! ¿Cómo es posible que

e olvi(iemos? Nosotras, religiosas,

(8)

espe-cialmente llamadas a la santidad, somos

los niños mimados de la divina Provi­

dencia. Y ¿dudaremos todavía del amor

de Dios, vacilaremos en entregarnos a

Él? ¿No confiaremos?

La i n v i t a c i ó n

«Venid a Mi todos..., Yo os aliviaré»

(Mt 11, 28), es decir, Yo os elevaré a

las cumbres de la virtud. Ninguna ac­

tividad

ad extra

, nos dice Dios, me es

más agradable que la de dirigir las al­

mas inmortales a la santidad. Yo pon­

go todo mi poder a vuestra disposición.

Venid todos los que estáis abatidos de

ánimo, todos los que habéis perdido la

confianza. Mirad, hasta ahora pusis­

teis vuestra esperanza en vosotros mis­

mos, cuando en el hombre no hay sino

impotencia y fragilidad. Venid, dejaos

abrazar por mi caridad y el poder de

mi brazo os levantará.

(9)

Pl e n a c o n f i a n z a

Una confianza plena hace prodigios.

Una confianza plena fascina a Jesús y

le arrebata todas las gracias de su co­

razón. Con mil pesetas puedo comprar

más que con cién: con una mayor con­

fianza puedo conseguir más gracias que

con la duda y el temor. La plena con­

fianza es la moneda con la que puedo

comprar la preciosa gracia de una santa

vida. «¡Poned vuestra confianza en

Dios, hijos míos!» «¿No valéis, acaso,

mucho más que los gorriones?» (Mt 10,

31). Dios cuida del último pajarillo y

¿se olvidará de vosotros? ¿Dejará Él de

escuchar vuestras plegarias y peticio­

nes? Imposible, porque Dios es amor y

quiere que todos seamos conformes a

la imagen de su divino Hijo

Co n f i a n z a h u m i l d e

Dios se complace en distribuir sus

beneficios entre los pobres, los débiles y

necesitados. ¡Si nos acercáramos a Él

con humilde confianza! Dios no ha

(10)

cambiado, aunque nosotros hayamos re­

sistido a su gracia Ahora como antes,

Él es el piélago infinito dei amor, el

amigo de los pecadores, el médico de

los enfermos. ¡Oh, cuántas almas re­

cuperarían su dicha y alegría y se tor­

narían muy pronto fervorosas si ali­

mentaran en su interior el sentimiento

de una humilde confianza*

La confianza nos pone en la pista de

las gracias perdidas y nos restablece

rápidamente en el dichoso estado o en

la satisfactoria condición de una amis­

tad íntima pasada. Dios se deja buscar.

Sea que movido por sus insondables de­

signios se haya retirado o que el alma

le ha perdido de vista con su resistencia

a la gracia, Dios se hace buscar. Y quien

quiera hallarle pronto, abrigue en su

pecho unq. iiiTnitfl/ifl. confianza en su

bondad y misericordia.

Los

SANTOS LLAMAN

No ahondamos suficientemente en las

vidas de los santos. En otr? caso nos

sentiríamos sobrecogidos por el miste­

rioso hálito divino que las impregna y

(11)

por esa confianza y familiaridad que

ellos tuvieron con Dios. Según la vo­

luntad de Dios, las vidas de los santos

deben comunicar como un nuevo im­

pulso primaveral a las almas, darles

alas para no arrastrarse en el polvo de

la duda, de la mcerlidumbre, de las

rastreras caídas y elevarse como águi­

las a las alturas de una vida religiosa

valiente, osada, confiada y decidida.

Si los santos nos hablaran desde los

collados eternos, pensando sin duda,

en su pasado, nos dirían a voz en cue­

llo: « i Coraje, hermanos! ¡Confiad!»

Y el eco de su arenga debiera resonar

en tu alma. Di, pues, al Señor: «¡Oh,

Jesús, no quiero ya más reservarme!

Confío, confío. Robustece mi esperanza

e hincha mi corazón de confianza,

como henchiste las almas de los san­

tos».

Co n f i a n z a c o n t r a v i e n t o y

MAREA

Cantemos el maravilloso cántico de

la confianza que registró el Apóstol

San Mateo en el capítulo VI de su

(12)

Evangelio. Confiemos en el Salvador

presente en la Eucaristía. Todo lo pode­

mos obtener de Él, si perseveramos en

diálogo con Él. Confiemos en los supe­

riores, que son los representantes de

Dios. Confiemos en las Sagradas Escri­

turas, que encierran la palabra de Dios.

Confiemos en nuestras hermanas, que

son templo y habitación de Dios. Con­

fiemos en la amargura del dolor y del

sufrimiento, que son envíos de Dios.

Confiemos en los sucesos de cada

día, que son disposiciones de la bon­

dadosa y pedagógica Providencia de

Dios. Confiemos en la comunidad con­

ventual que profesa una misma fe, una

misma esperanza y una misma caridad

y es una asamblea reunida y santificada

por el mismo Dios.

¿ENTRE SOMBRAS Y CADENAS?

¿ No c h e o d í a?

El pecado mortal es tiniebla, dice San

Agustín, y la vida interior es luz, dice la

fe. ¿Pueden coexistir en el alma el día

(13)

y la noche, la oscuridad y la luz? ¡Qué

horrorosas son esas noches en que ni si­

quiera parpadea la estrella de la con­

fianza en Dios! ¡Qué terribles las no­

ches en que un firmamento negro y

sin estrellas se comba sobre la miseria

del hombre pecador! ¡Pobres almas, si

en esta condición se encuentran entre

los muros de un convento! No crea na­

die ser alma de vida interior, si no

abandonó completamente y para siem­

pre esa oscura noche.

A

LAS PUERTAS

Quien está dominado de grandes pa­

siones y se empeña poco en combatir­

las, está a las puertas de la noche. Co­

rre el inminente peligro de perder la

luz de la gracia y de precipitarse en las

tinieblas. Su vida interior no tiene

consistencia. No puede aprovechar con

reposo y seguridad la luz que le pro­

viene de la fe, de los sacramentos y de

la oración.

(14)

¿ En c a d e n a s?

¿Quién no ha contemplado a la alon­

dra que, arrojando trinos de alegría y

de amor, corta el aire y asciende dere­

chamente a las alturas? Estas son las

almas que, libres de las ligaduras de

las pasiones, se elevan orando y can­

tando en alabanza del Señor. Pero

¿quién no sabe que muchas almas es­

tán en sus cuerpos encerradas como en

oscura mazmorra y entre cadenas? No

es ciertamente por culpa del cuerpo,

que ha sido creado para el alma, que

lo vivifica y espiritualiza. Es culpa de

las pasiones, que son las cadenas del

alma y la atan fuertemente al polvo de

la tierra.

Su b o r d i n a c i ó n

Dios quiere ser el único dueño y se­

ñor del alma. Las pasiones como la

naturaleza humana en general, pueden

y deben también reinar pero en com­

pleta subordinación a la voluntad de

Jesús. El divino Rey de las almas no

admite parcelas ni rincones dominados

(15)

por sus enemigos. El alma experimenta­

rá el poder de su soberanía cuando so­

meta todas sus pasiones o llegue al me­

nos a calmarlas y sujetarlas.

La s c a d e n a s r e c h i n a n

Quien desea de veras santificarse tie­

ne por delante mucho que hacer. Tiene,

en primer lugar, que domeñar sus pa­

siones. No puede pensar: «No sé si me­

teré horas extraordinarias o dejaré a

media tarde el trabajo». No puede decir:

«Me es igual hacer la culpa que dejarla

de hacer». Ni tampoco: «Estoy dispuesto

a hacerlo; pero que tengan los superiores

una palabra de reconocimiento... ¡Un

poco de tacto, siquiera!» ¿Lo oyes bien?

Todas esas ideas son cadenas que re­

chinan y atan fuertemente al alma. En

esta alma Jesús no es todavía el rey so­

berano y el dueño absoluto.

V i s t a z o s h o n d o s

El amor busca el bien, el temor huye

del mal. Así, pues, me pregunto: ¿Qué

bien busco yo? ¿De qué mal huyo? ¿Bus­

(16)

co el verdadero bien? Y si no, ¿tras qué

corro? ¿Huyo del verdadero mal? Y si

no, ¿de qué males huyo? Una sincera y

atinada respuesta a estas preguntas re­

quiere echar hondos vistazos al alma.

Quien ama y teme ordenadamente, ha

vencido todas sus pasiones

¿Lo

E N T IE N D E S?

Todo el que vive en el retiro de un

convento halla al cabo del día momen­

tos de reposo espiritual, en los que se

exploran los fondos del alma y se en­

tretienen íntimos coloquios con Dios.

Con frecuencia sucede en estos momen­

tos que la gracia ilumina con sus colo­

res los entresijos del alma como los ra­

yos de sol los campos en la primavera.

El alma orante conoce entonces su es­

tado y condición. Pero aun sin contar

con estos momentos especiales, el silen­

cio y la paz conventuales ayudan mu­

cho mejor que el tráfago del mundo a

un profundo conocimiento de sí mismo.

Ahora bien, una vez conocidas las fron­

(17)

preciso es aplicar sin compasión la hoz

para desbrozarla y dejarla presta para

la gracia. Hay algunos que se entretie­

nen demasiado en sus pensamientos:

Primero, dicen, tengo que conocer mi

pasión dominante y luego obraré en

consecuencia. Falso es esperar de esta

manera. Quien inm ediatamente corta y

quema, llega antes a conocer su pa­

sión dom inante que quien espera a la

hora de las grandes luces Los días son

cortos y la vida discurre a prisa como

una nubecilla que luego se disipa en el

horizonte.

VIDA DEL ESPIRITU, NO

DE LOS SENTIDOS

Ve l a s o b r e t u s o j o s

Pon un guarda a tus ojos para que

no estén m erodeando por doquier. Pres­

ta atención y haz que tus miradas no se

posen en cosas que no son necesarias o

no conviene verlas sin razón suficiente.

Renuncia incluso a muchas miradas lí­

(18)

citas o inocentes, a fin de que seas due­

ña y señora de tus ojos. Somete tu vista

a una disciplina rigurosa, militar, diría

yo. Nunca te arrepentirás de ello.

El guarda de tus ojos son los párpa­

dos, que siempre velan mientras duer­

mes y hacen más hermosos tus ojos al

despertar. Y la misma vigilancia debes

observar durante el día. ¿Por qué fue­

ron tan bellos los ojos de los santos,

por qué tan radiantes y sobrenaturales,

sino porque los párpados los preserva­

ban del polvo de las criaturas y por­

que estaban abiertos a la luz purísima

y blanca de la gracia que alumbraba su

vida interior?

Si quieres ser alma interior, pon guar­

da a tus ojos. No les dejes divagar, con­

sérvalos puros, brillantes, nítidos, para

que tu alma sea también pura, brillante

y nítida.

D o m i n a l a g u l a

La austeridad en el comer y en el

beber contribuye a la salud del cuerpo

y del alma. La mortificación de la gula

da salud, energía y placer de vivir. Ja­

(19)

más se siente más lozana y vivaz el

alma como cuando el hombre guarda

los límites razonables en la comida y en

la bebida. La vida interior no es ni pan

ni vino, sino gracia. La vida interior se

desarrolla a medida que se desarrolla

la espiritualidad, es decir, las faculta­

des superiores de la persona humana,

mientras que decrece y se atosiga con

el desordenado apetito de comer y de

beber.

Ci e r r a t u s o í d o s

La buena religiosa no anda a la es­

cucha de todo lo que ocurre en el mun­

do, ni se apaña de mil ingeniosidades

por satisfacer su deseo de novedades.

Es abierta a todo lo que hace a su pro­

fesión o a su oficio, pero no abierta al

mundo y a sus vanidades. Lo que tiene

que oir, lo escucha con precaución y

modo, reprimiendo sin vacilación lo que

sólo sirve de fomento a la curiosidad.

No quiere en sus oídos el runrún del

mundo, porque los oídos de su espíritu

deben estar abiertos y atentos a la voz

del Señor, que le dice:

Audi filia

/ (Es­

(20)

cucha, hija mia, y presta atención)

(Sal. 44). Y Dios habla con ella como un

amigo con su amigo, como el padre con

la hija. La buena religiosa tiene un oído

finísimo para el mundo de la gracia.

RIG U RO SA CO N TIGO

El hombre interior pone un guarda a

su tacto, al sentido de la suavidad, de

lo blando, de lo muelle. Evita la delica­

deza en el dormir, en el sentarse, en

los vestidos. Prefiere lo austero, lo duro

y cierta rigidez, porque tras la molicie

y la blandura está de acecho el pecado.

Ahoga en su raíz toda relación senti­

mental con los jóvenes y con las perso­

nas de otro sexo. Mimos, tocamientos y

otras mundanas y libres maneras, que,

con frecuencia, son ambiguas o peca­

minosas, le son ajenos. Discierne a la

legua lo que procede y lo que es velada

sensualidad, y ésta nunca sale favore­

cida en sus maneras

y

en

su

porte.

(21)

Do m e ñ a l a l e n g u a

El mucho hablar es fuente de muchos

males. Si en el mundo se hablara me­

nos y se obrara más, mejor andarían las

cosas. También en ios conventos se

desenvolvería con más garbo y vigor

la vida interior si se dominara la len­

gua más de lo que se hace. El hablar

es necesario donde, cuándo y cómo;

pero el obrar es siempre necesario y

fructífero.

Los inferiores y súbditos pueden es­

tar ciertos de que el trabajo, el silencio

y la oración les va mucho mejor que las

charlas, a ellos y a toda comunidad. En

el silencio del recogimiento brotan los

grandes pensamientos y se forjan las

almas santas. Hablar de cosas innece­

sarias o inútiles es ocupación de niños

y de gente poco madura. Las personas

serias, inteligentes y espirituales, prefie­

ren dar al mundo el oro de sus pensa­

mientos que la ganga de la escurrilidad,

de la charlatanería y del hablar por

hablar.

(22)

curidad y en el secreto. La ganga, por

el contrario, abunda en el mundo y

cada día se acumulan montañas sobre

montañas de ella.

VACACIONES DE TODAS LAS

CRIATURAS

La n a t u r a l e z a y l a g r a c i a

El corazón es engañoso y falaz. Tiene

algo de robusto y de genial, pero se tor­

na ligeramente al mal y al bien. El co­

razón es la morada de las malas pasio­

nes y una camarilla de la caridad fer­

viente. Hoy será fuerte como el hierro,

mañana se derretirá como en un horno.

El odio y el amor, la envidia y la gene­

rosidad, la alegría y la tristeza: todo

nace allí, desemboca allí y se turnan

con relativa facilidad.

Vela, pues, sobre tu corazón y cada

una de sus palpitaciones. No seas in­

genua ni suspicaz ni quejumbrosa. Es­

tudia bien, primero, tu corazón. ¿No

(23)

tienes una lupa para mirarlo, un car­

diógrafo para medir sus pulsaciones, un

bisturí para analizarlo estría a estría?

Entonces te recomiendo que leas el ca­

pítulo LIV del libro tercero de la

Imi­

tación de Cristo,

compuesto por To­

más de Kempis, diestro conocedor del

corazón humano. Léelo con atención y

reflexión y serás más clarividente que

muchos.

El l a d o e t e r n o d e l a s c o s a s

Todas las cosas y todas las ocupa­

ciones de este mundo tiener un lado de

dimensiones eternas. Es el reverso infi­

nito de todo lo creado que debe estar

bien grabado en nuestros corazones. Así,

ellas no nos estorban, antes favorecen

la vida interior, ayudan al hombre a

concentrarse en lo celestial y le dan una

unidad de dirección en los movimientos.

S

ólo con

Dios

La soledad del corazón ha de ser en

realidad un estar juntos, íntimo y fa ­

miliar del Creador y de la criatura. Si

(24)

otras muchas criaturas comparten el

corazón, la intimidad padece y el re­

poso se alborota. Entonces el alma llega

a sentirse, por fin, sola, pero con una

soledad que es abandono, desilusión,

vacío y tedio de la existencia. Las mu­

chas criaturas a que el corazón se afi­

ciona impiden las finezas del amor de

Dios.

No pienses que esa soledad y aparta­

miento de todas las criaturas sea tan

sublime y levantada que Dios no la exi­

ja rigurosamente de nosotros. ¿Quién

que aspira a la cantidad se detuvo en

distinciones acerca de lo estrictamente

obligatorio y de lo imprescindiblemen­

te necesario? Y, además, por encima de

todo, truena todavía en las almas la

voz potente del Sinaí, que en el primer

mandamiento del Decálogo dijo: «Yo

soy tu señor y tu Dios. No tendrás fal­

sos dioses junto a mí. No talles ni es­

culpas imágenes que adorar...»

Dios puede hablar con el alma a so­

las y plácidamente como una madre

con el hijo de sus entrañas; pero es

también capaz de tronar desde el Sinaí

para desprender al hombre de las cria­

(25)

turas y hacerle temblar en su presen­

cia.

Li b r e d e c a d e n a s

Las almas desprendidas de todas las

aficiones desordenadas a las criaturas

se sienten como libres de toda cadena.

Disfrutan de aquella libertad interior

que se llama la libertad de los hijos de

Dios. Y porque son libres, se elevan fá­

cilmente y en gozoso vuelo se acercan

a Dios. En el hondón del alma radica

su fuerza principal, que es la nostalgia

de Dios. ¿Cómo no va a desarrollarse en

toda su plenitud ahora que las criatu­

ras no la distraen y arrebatan? ¿Cómo

no ha de tender enteramente a Dios

ahora que está libre de todo peso de lo

creado? San Buenaventura que conocía

este estado de alma por propia expe­

riencia, dice con mucha razón: «¡Date

ahora enteramente al Creador! ¡Repo­

sa ahora en callada unión con Dios!»

(26)

CONTRITA Y HUMELADA

CONFIESO...

El e s p e j o d e l a Hi s t o r i a

La religiosa que estima todavía los

ideales de su orden, admira la austeri­

dad de vida que se llevó en tiempos de

la Madre Fundadora, y contempla la

primavera de virtudes que floreció en­

tonces en todas las casas de la orden,

y queda tan confusa como una mujer de

edad avanzada que recuerda ante el es­

pejo los años de su juventud.

Ob s e r v a r s e c o n c a l m a

Para los santos eran todos y cada

uno de los días como una preparación

para la confesión, un examen de con­

ciencia, un observarse a la luz de los

ideales y un examen crítico de todo lo

que chocaba con le perfecto y lo santo.

Las almas que les imitan están siempre

(27)

preparadas para la confesión y aprove­

chan con toda resolución los días de

confesión. Pronto se acusan y pronto

terminan, confesándose mucho mejor

que otros para quienes el Sacramento

de la penitencia es duro y pesado.

No

ENGAÑARSE

¿Quién no siente de cuando en cuan­

do el tedio y la acedía espiritual? ¿No se

halla a menudo el alma como un viñe­

do o un trigal, donde cayó el pedrisco?

Y ¿no parece, a veces, que hasta los úl­

timos frutos del otoño están tocados de

la niebla y de los primeros fríos del in­

vierno? Y los pensamientos vuelan con

alas negras, como bandadas de corne­

jas que graznan en abandonadas tie­

rras.

Sí; ¡cuán desolada, reacia, fría, disi­

pada y arisca puede sentirse el alma que,

después de largas horas de trabajo en

la escuela o en el hospital, se prepara

para la meditación o para la confesión!

Mirándolo desde el punto de vista pu­

ramente natural, no es de extrañar.

(28)

Y sería malo engañarse, considerándo­

lo desde el punto de vista sobrenatural.

No siempre se trata de culpa. Muchos

casos de éstos se explican sencillamen­

te por fatiga y agotamiento.

Co n f e s i ó n a Di o s

La fe obra en el confesonario verda­

deros milagros. Todo se puede decir al

confesor, cuando se cree en su digni­

dad y misión sobrenaturales. Al arro­

dillarse a los pies del confesor, puede

uno cerrar los ojos y decir: «Ahora me

postro de rodillas ante Dios y se lo digo

todo. Él lo sabe todo: ¿voy yo a ser re­

ticente y mirado en acusarme? Abrase

de par en par mi alma». Tal es de he­

cho el gran medio y, para muchas re­

ligiosas, el único camino para abrir su

corazón, para abrirlo de par en par,

rompiendo con la praxis de recelar sin

suficientes razones la verdad.

(29)

El m e j o r m a n u a l d e e x a m e n

Tú puedes hacer por ti misma el me­

jor examen de conciencia sin necesi­

dad de tomar un manual de examen en

la mano. El mejor libro es el alma.

Quien aprende a leerla, descifra pronto

todos los caracteres escritos con tinta

indeleble sobre sus vicios y virtudes.

¡CAMINA CON CUIDADO!

LOS LÍMITES ESTABLECIDOS

¿Quién osará poner en entredicho ni

criticar las relaciones que la religiosa

debe por su misma profesión tener con

el mundo y las personas de otro sexo,

la vida y los trabajos que desarrolla

en las escuelas, en los hospitales e

incluso en la mendicación para las

propias necesidades y para socorrer

a los pobres, enfermos y desamparados?

¿Quién, por el contrario, no alabará todo

esto? Lo que la religiosa debe evitar

(30)

con

todo esmero son las relaciones con

las personas de otro sexo que se enta­

blan sin saberlo las superioras y sin

permiso de las mismas. Debe evitar, asi­

mismo, la desenvoltura en las palabras

y en los modales, guardando siempre la

debida compostura, huyendo del trato

demasiado frecuente, que, al fin, llega

a buscarse artificiosamente y que arre­

bata la libertad interior y la indepen­

dencia del corazón, y teniendo la cau­

tela de la oportunidad del tiempo y del

lugar. Todo es susceptible de abuso.

La s f l o r e s d e l c a m i n o

Los niños y las niñas son como las

flores del camino. Se les contempla a

gusto, porque son puros, inocentes, can­

dorosos y poseen un encanto casi Irre­

sistible. Los niños son como las estrellas

del cielo, que alumbran con sus rayos de

consuelo las negruras morales del mun­

do. Pero las flores son delicadas y luego

se marchitan y ajan, se arrancan fácil­

mente, y fácilmente se pisan, Y las es­

trellas caen de cuando en cuando del

(31)

cielo en lejanos arenales, en la inmensi­

dad de una estepa o en la espesura de

una selva virgen, sin que ya más nadie

se preocupe de ellas. Pero lo más lamen­

table es que algunos juegren con las

flores y las estrellas, hundiéndose en

desordenados afectos a los niños.

¿ Ed u c a d o r a m a d u r a?

En el trato con los niños se ha de

aprender el difícil arte, por el que se

convierten en fructíferas para ambas

partes las relaciones de la religiosa y

de los niños. Este arte no se aprende

sin una constante autodisciplina. Los

niños son personas no maduras. Si se

quiere hacer de ellos algo bueno, pre­

ciso es que haya junto a ellos personas

maduras, educadoras que posean carác­

ter. Las religiosas que aspiran seriamen­

te a la virtud llevan una vida intacha­

ble y limpia, se guían en todos sus tra­

bajos por la obediencia y poseen, ade­

más, cualidades pedagógicas, son los

guías natos de este enjambre alegre y

bullanguero. Ellas pueden consagrarse

(32)

a la juventud, sin temor de que padez­

can detrimento en sus almas. Su propia

manera de ser, disciplinada y ordenada,

les da el sentido de los límites que ja­

más osan traspasar.

¡ D é j a t e g u i a r!

Al confesor se le ha de mirar con ojos

de fe, cosa que, por desgracia, no es tan

frecuente. Lo que dice el sacerdote en el

confesonario, aunque no sea sino una

sencilla máxima, lleva en sí la nota sa­

grada del Sacramento. Quien le escucha

con fe y la pone en práctica, como si

fuera la voz del Salvador, no puede ex­

traviarse.

Es cierto que hay una diferencia en­

tre el confesor prudente y el de una vida

interior un tanto desarreglada; pero la

palabra del sacerdote, breve, clara y

seca, si es preciso, no dejará jamás de

surtir efecto, si se la sigue obediente­

mente. Este hecho lo vemos confirma­

do en la vida de muchos santos y de

las almas fervientes. La fe y la obedien­

cia suplen con creces las deficiencias de

una dirección espiritual e incluso la ca­

(33)

rencia de toda dirección, de que muchas

veces carecen las religiosas durante

años. Dios así lo ha dispuesto en sus

designios insondables.

Ha b l a r p o c o y o b r a r

No hace falta mucha dirección, pero

sí mucha tensión, mucho esfuerzo y

mucha voluntad para poner en prácti­

ca lo que se sabe de ia vida espiritual.

Mira cómo las almas verdaderamente

decididas y fervientes corren a gran­

des pasos, sin mucho hablar ni pre­

guntar. Sus ojos están puestos en el

divino Salvador, en su Santísima Ma­

dre y en los ejemplos de los santos y

de los héroes. Estos son sus grandes

guías. ¿Quién no ve la importancia

enorme que tiene esta dirección espi­

ritual, poco amiga de palabras y fe­

cunda en hechos?

La s e ñ a l

Es una gran gracia poder tratar con

personas verdaderamente espirituales,

pero demos también gracias a Dios por

(34)

los ejemplos de todos los que mucho an­

tes que nosotros corrieron el camino de

la vida terrena y que brillan todavía

como luceros en el cielo de la Iglesia.

Démosle, asimismo, gracias por los

ejemplos de las personas piadosas, que

conocemos en el convento y en el mun­

do. Todos ellos son la señal para las al­

mas que buscan, la orientación para los

que no saben a punto fijo dónde se ha­

llan. En los tiempos actuales, en que

tanto se habla y se vuelve a hablar, el

ejemplo, callado, pero elocuente, tiene

una gran misión que cumplir.

Y JESUS CALLO

So l e d a d s a g r a d a

¿Estimas también tú la soledad del

convento y el santo silencio, sin el que

en ninguna parte hallarás los encantos

de la soledad? ¡Qué sedantes son los

conventos, donde los tránsitos, las cel­

das y las oficinas callan, donde el há­

(35)

lito de la devoción y del recogimiento

lo envuelve todo como las volutas de

incienso, donde viven personas, en cu­

yos rostros se trasluce la dicha y el gozo

acumulados en el alma en las largas

horas de silencio! El retiro conventual

es amable como Belén, como Nazaret,

como la sala de la Ultima Cena, como

el Santo Sepulcro

Be n d i c i o n e s d e l s i l e n c i o

En cierto convento leí en una tabli­

lla colgada de una pared:

Donde reina el santo silencio, rei­

nan la vida interior, la disciplina con­

ventual, la caridad fraterna, el espíritu

de oración, la tranquilidad de las con­

ciencias, la paz del cielo y la suave y

sabrosa presencia de Dios.

No d r iz a d e l a s a n t i d a d

El retiro conventual nos conserva le­

jos del mundo, nos permite escuchar la

voz de Dios, nos hace entrar en nos­

otras mismas, detestar nuestros peca­

(36)

dos y corregirnos, nos introduce en el

trato íntimo con el divino Redentor y

eleva nuestras almas por encima de sí

hasta las cosas celestiales y divinas. La

soledad ha sido considerada inmemo­

rialmente como la nodriza, por así de­

cirlo, de la santidad. Llegará el tiempo

en que nuestro cuerpo guardará el ma­

yor retiro en la soledad de una tumba.

¿No es precisamente ése el tiempo en

que el alma, libertada de las cadenas

de lo corpóreo y material acabará por

santificarse en el purgatorio o volará

rauda al empíreo, al país de los santos?

No c h e s c a l l a d a s, n o c h e s s a n t a s

Todo un ejército de mujeres valien­

tes, entusiastas por sus ideales, está de

pie cada noche en el coro o a la cabe­

cera de los enfermos. Unas adoran al

Salvador eucarístico, otras al Salvador

enfermo, y no faltan quienes adoran al

Salvador maestro, a aquéllas me refie­

ro, que, tras intensas y agotadoras jor­

nadas de clase, sufren horas de insom­

(37)

nio o tienen que trabajar hasta muy

entrada la noche o que recuperan las

fuerzas necesarias para emprender al

día siguiente la jornada con la pun­

tualidad y fidelidad de todos los días.

¡Con qué gusto elevarían también éstas

sus manos a Dios en la oración de la

noche! Y ¡cuántas envían sus afectos

al cielo desde el lecho de sil descanso!

Sobre ellas recaen las bendiciones di­

vinas.

De v e l a

Algunas prácticas antiguas y senci­

llas, por ejemplo, la de la vela noctur­

na, están muy por encima de las sofis­

ticaciones de la moderna ascésis, que

busca tratar a las almas con pañitos

calientes y con las manos enguantadas

de armiño. Aprovecha, pues, las noches

de vela. Clava tus ojos en el divino Re­

dentor, que vela contigo en el Taber­

náculo, y ocupa tu tiempo con actos de

paciencia y de amor. Si así haces, sal­

drás fortalecida y espiritualmente re­

novada de esas noches largas de silen­

cio y de soledad.

(38)

MEJOR ES LA OBEDIENCIA

QUE EL SACRIFICIO

(1 Sam 15, 22)

T o m a e n s e r i o l o s p u n t o s C A P ITA L E S

Con los principios básicos de la regla

está de pie o cae la vida de la orden o

de la congregación religiosa. Donde no

se observan, tambalean los cimientos

del convento. La historia de la Iglesia

es testigo. No todos Jos conventos en

ruinas acusan la falta de observancia

de las reglas de los moradores anterio­

res, pero aquí y allí se ven ruinas sinto­

máticas de la descomposición espiri­

tual que sufrieron las comunidades en

cuestión.

Dios lo ve todo, y cuando los religio­

sos y las religiosas osan pisotear sin

escrúpulos los puntos capitales de la

santa regla, Él se enciende en ira, como

dice el salmista, y, después de haber de­

morado largo tiempo el castigo, hace

(39)

llover la desolación. Llegan tiempos en

los que la obediencia en cosas serias está

a punto de no ser tomada en serio, en

los que a sangre fría y total indiferen­

cia se desprecia o abandona lo que las

generaciones anteriores estimaron y

conservaron con cariño. El espíritu del

tiempo es, a veces, como la tempestad

que furiosamente zarandea las copas

de los árboles, y, a veces, como una at­

mósfera envenenada que atosiga insen­

siblemente.

Seamos nosotras obedientes, si es que

amamos nuestra orden, en los puntos

capitales. El infortunio puede estallar

pronto.

La o b e d i e n c i a e n l a s c o s a s PEQUEÑAS

La perfección y la santidad son flo­

res que sólo crecen en los campos de

la gente humilde, porque, como dice el

salmista (Sal. 112, 5), Él atiende a lo pe­

queño y humilde, a lo que el mundo no

presta atención. La grandeza de los

santos consiste y consistió siempre en

su respeto y amor a lo pequeño. Las

(40)

pequeñas prescripciones de la regla hi­

cieron grandes a los santos y a las san­

tas de las órdenes religiosas. ¿Por qué

entonces sueño con otros actos de obe­

diencia y de virtud, cuando la cons­

tante y fiel obediencia en las cosas pe­

queñas supone un alma de temple he­

roico y una subidísima virtud?

Aguzaré mi vista para percibir lo

grande que se encierra en lo pequeño y

para estimar en su debido valor los de­

talles más insignificantes de la vida.

¿No valen, acaso, las pepitas de oro?

¿E

l e s c o l l o d e l a e d a d ?

El divino Salvador se oculta detrás

de cada superior, a veces de una mane­

ra casi invisible para ésta o aquella

súbdita. Sólo la fe que sobrenaturaliza

la obediencia es entonces la tabla de

salvación. Que sea más joven o mayor

que tú, la superiora o la que está al

frente de tu oficina es para ti la repre­

sentante del Salvador. Por esto y sólo

por esta razón has de someterte. Todo

lo demás es de poca importancia para

(41)

tu gobierno espiritual. Tienes que re­

avivar la fe y robustecerla Entonces la

edad de la superiora no será un escollo

para la virtud de la obediencia.

Al m a s d e o r o

Las religiosas que son dóciles y dis­

puestas a todos los trabajos, que se de­

jan mandar, corregir y aconsejar, que

callan y se mortifican, dichosas con vi­

vir en unión con Dios, son las almas de

oro de un convento.

Ob e d i e n c i a y r e s p e t o

La vida interior puede ser de cuando

en cuando objeto de diálogo y de con­

versión entre los superiores y los súb-r

ditos. Pero el súbdito ha de cuidarse de

intimar demasiado. La familiaridad tie­

ne sus peligros y priva a la obediencia

de su carácter sagrado y de su poder

santificador. La verdadera y auténtica

aspiración a la virtud no se compadece

sino con una sola familiaridad, a

(42)

ber: la familiaridad con Dios. Por eso

el alma se halla entre los hombres sola,

pero dichosa de compartir su vida con

Dios. No hay religiosa que respete tan­

to a la superiora como la que vive en

familiaridad exclusiva con el Señor. No

hay religiosa que reverencie tanto a la

superiora como la que vive en soledad

con Dios.

Al m a s q u e t a l l a r

La Iglesia, en el himno de la dedica­

ción y consagración de las iglesias,

compara a sus miembros con las pie­

dras de la Jerusalén celestial, que tie­

nen que ser talladas aquí en la tierra.

Es éste un trabajo que está dejado a la

mano de cada uno. Unas piedras son

tan duras como el hierro, otras dema­

siado blandas, otras, en fin, se pulve­

rizan con facilidad. Día tras día empu­

ña Dios el puntero a través de la vo­

luntad de los superiores; pero no to­

das las almas se dejan grabar conforme

a la imagen de su divino Hijo. Siempre

ha habido religiosas que resisten a las

órdenes de las superioras, despotrican

(43)

contra ellas, hacen comentarios insidio­

sos, crean el confusionismo, alteran el

orden y provocan a la rebeldía y a la

desunión. Son almas que, si no cambian,

quedarán por tallar durante toda la

vida, semejantes a esos bloques de

mármol que, completamente brutos o a

medio labrar, yacen estorbando en el

taller de un escultor.

LA LUCHA CON EL ADVERSARIO

El t e n t a d o r e t e r n o

Las almas son como ciudades sin mu­

rallas, y el espíritu malo posee ilimi­

tadas artes para disfrazarse y buscarse

albergues a su talante. No hay palacio

ni choza ni convento que estén segu­

ros de sus asechanzas e intrigas. Él po­

see la llave de todas las puertas, de la

capilla, de las celdas, de las oficinas...,

y anda unas veces como león rugiente

en busca de la presa y merodea otras

cauta y arteramente. Poco importa que

(44)

no le veamqs con los ojos corporales.

Esto no hacé al caso; antes acrecienta

el peligro en sumo grado.

Nadie es tan aplicado ni está tan al

acecho como el espíritu malo. Corre por

los lugares áridos, donde ningún otro

busca cosa alguna, y en medio de la

noche, cuando todo duerme y reposa,

halla él a los que no pueden dormir.

Sabe presentarse de repente y atemo­

rizar, confundir, adular, hechizar y

aguardar. Le conocemos tcdos. Ni si­

quiera ante el Santísimo Sacramento

se detiene. Cuando Jesús mora por la

Eucaristía en los corazones, el espíritu

malo se aposta, con frecuencia, en la

puerta del santuario, tratando de im­

pedir la atención y la devoción.

El espíritu malo es el tentador eter­

no, es el moscón que zumba, el perro

que aúlla, el adulador que nos alaba,

la víbora que nos intimida, el rufián

que seduce. Él lo es todo; menos nues­

tro amigo. El «antiguo enemigo», le lla­

ma San Buenaventura, el adversario

que está siempre en pie de guerra con­

tra nosotros y trabaja sin descanso aco­

sándonos hasta la muerte. Cierto es

(45)

que unos son más molestados que otros,

pero nadie está libre de sus embestidas

y de sus argucias. Todos le sienten, to ­

dos le abominan, pero no todos le evi­

tan ni se defienden contra él. Y, sin

embargo, es preciso estar de sobre aviso

contra sus tretas y su malicia viperina.

El f a l s o á n g e l

La virtud auténtica y genuina nada

tiene de relumbrón ni chillón. Brilla, sí,

pero suavemente, y es siempre discreta.

Hacerse el devoto y murmurar luego

contra los superiores es taimado espe­

jismo: son luces del ángel de las tinie­

blas disfrazado. Ayunar ante los demás

y tomarse en secreto lo necesario e in­

cluso lo superfluo es fuego de artificio

diabólico. Hablar con palabras y moda­

les de humildad y sentirse luego prete­

rida o pisoteada es pirotecnia del dia­

blo del orgullo.

La venerable sierva de Dios, Catali­

na Emmerich, dijo en cierta ocasión a

la poetisa Luisa Hensel que existe una

humildad que se resuelve en mera va­

(46)

nidad e hipocresía. El espíritu malo es

muy Ingenioso y gasta muchos trajes

de luces. Las vidas de los santos nos

ilustran suficientemente sobre esto. No

nos dejemos engañar. Arranquémosle

la máscara para verle cara a cara. Hay

que conocerle y descubrir a tiempo al

falso y pérfido ángel con la prudencia

de los hijos de Dios.

La s r e d e s t e n d i d a s p o r e l MALIGNO

El orgulloso no se percata de las re­

des que se le tienden y se envuelve y

revuelve en ellas hasta quedarse total­

mente preso. El humilde, en cambio,

posee la discreción y pisa con mucha

mayor seguridad. La religiosa que está

trabajando con o a las órdenes de una

hermana displicente, amargada o muy

pagada de sí misma, ¿¿abe muy bien, si

es humilde, las redes que el maligno le

tiende en el camino. La Ira, el rencor,

la murmuración, las manifestaciones

hostiles, el deseo de acusarla y de hu­

millarla, la celotipia, el tedio son otras

(47)

tantas redes que el diablo le tiende,

para hacerle faltar contra la caridad

y la paciencia. En la capilla, en el re­

creo, en la celda de la superiora, en la

visita canónica, en caso de enfermedad

de la dicha hermana, doquiera le pue­

den asaltar pensamientos poco confor­

mes con las virtudes cristianas y reli­

giosas. Pero si es humilde, ve con cla­

ridad la sutilísima y tupida red que el

demonio le tiende. ¡Cuidado con las

telarañas! No seas la mariposa que vue­

la a ser presa de una araña

Dios,

M I FUERZA EN LA BATALLA

En una vida interior auténtica se ar­

monizan y compaginan sin dificultad la

vigilancia y la falta de temor. Se vive

encerrado en un castillo y se hace la sa­

lida intrépidamente. Se pide como un

pobre inerme y enteco y se trabaja

como un gigante. La vigilancia es fuer­

za, es luz, es seguridad, es osadía, por­

que Dios es la fuente del poder, de la

luz, de la seguridad y del coraje. Los

(48)

que miran a Dios son a un tiempo ni­

ños y gigantes: niños, porque ven que

nada pueden hacer ún Él; gigantes,

porque ven que todo lo pueden en

Aquel que les conforta.

EL DEBER DE ORAR

Le v a n t a d a a l c ie l o

El salmista habla en el salmo 68 de

una paloma que, con sus plateadas

alas, vuela rauda y ligera por el azur

del cielo palestinense. Esta zurita es la

imagen del alma que, en la recitación

del Oficio Divino, se remonta a las su­

blimes regiones de la fe. desprendida

de todos los lazos terrenos blanca por

su pureza, revestida de esplendor por

los rayos solares de la bondad paterna

de Dios. ¿Quién no quisiera emprender

un vuelo semejante hasta los umbrales

(49)

La m e n t e e n D i o s

Para sumergirse en el piélago de los

misterios divinos no se necesitan estu­

dios especiales. La religiosa más senci­

lla, que es fiel a su vocación, puede

calar muy hondo, mientras que sus la­

bios se mueven recitando atentamente

el Oficio Divino. Siempre ha sido objeto

de fácil y provechosa meditación la

amarguísima Pasión de Jesús o cual­

quiera de los episodios de su vida te­

rrena. Es lo que hacen muchas reli­

giosas. Otras se sirven de las primeras

letras de cada salmo como un signo

convencional o nemotécnico para re­

cordar algún determinado misterio de

la fe. Otras se entretienen en los pen­

samientos de la meditación de la ma­

ñana o de la noche. Todas estas, ma­

neras de recitar el oficio son eficaces.

Ha habido también todo un sistema de

métodos, por ejemplo, el de tener la

traducción española al lado y fijar el

pensamiento en un versículo o en la

idea principal de todo el salmo, tomán­

dolo como punto de partida para

(50)

con-sideraciones espirituales profundas de

tipo ya ascético, ya místico.

El a m o r e n Dio s

Algunas almas no consiguen fijar la

atención en un determinado pensa­

miento del Oficio Divino o durante el

Oficio Divino; pero todo su rezo está

animado de un sentimiento amoroso.

Pensemos en esas religiosas que, ordi­

nariamente sin mérito de su parte, por

sólo la gracia de Dios, se sienten reco­

gidas en la presencia divina y son intro­

ducidas en los primeros estadios de la

oración contemplativa.

Para todas estas almas mejor que

empeñarse en fijar la mente en un

pensamiento determinado de antemano,

es prorrumpir suavemente y sin violen­

cia en afectos entretenidos de amor de

Dios. Sepan estas almas que este modo

de rezar es muy agradable a Dios y que,

en ocasiones, pueden sus afectos ser más

finos, delicados y sublimes que los que

expresan los textos que leen o han leído

(51)

El á n i m o e n Di o s

No te inquietes por las variaciones

de ánimo que puedes tener en la ora­

ción. Dios no es Dios de monotonía. Él

es el que creó el firmamento con las

estrellas, con las nubes, con los resplan­

dores del sol, con las lluvias y las nie­

blas y neblinas. Hoy así, mañana asá.

Él mismo, cuando bajó a la tierra y

habitó entre los hombres, unas veces

lloró, otras se alborozó de júbilo, otras

buscó el silencio y la soledad, otras se

vio rodeado de las turbas. Conoció la

tristeza y la alegría, el triunfo y la de­

rrota y todos los registros del corazón

humano. La variación de los pensa­

mientos y de los afectos y de los estados

de ánimo es la ley de nuestra vida, in­

cluso de nuestra vida interior.

Si, por tanto, estás triste, reza con

tu alma triste, buscando consuelo y

apoyo. Si estás alegre, reza con tu alma

alegre, exhalando cantos de júbilo, ado­

ración y acción de gracias Si temes a

Dios y la hora del juicio ora con el

alma humilde, excitándote a la con­

(52)

fianza en su misericordia Si estás tranquila, pacífica y serena, estáte so­ segada en la presencia de Dios. Todo el secreto está en conocer los diversos afectos que soplan como otros tantos vientos por nuestra alma, en purificar­ los, en vivirlos con Dios y hacerlos el eje o el fundamento de nuestra ora­ ción.

Las almas son templos y los templos toman distinto aire según los dias y las festividades y suscitan sentimientos ya de temor, ya de alegría, ya de reve­ rencia, ya de devota familiaridad. Así también el hombre debe estructurar su oración con toda la gama de sentimien­ tos y de pensamientos nobles, sanos y elevados de que es susceptible su co­ razón.

En el coro de los án g ele s ¡Mira! A tu derecha y a tu izquierda se arrodillan en e. coro tus hermanas. Todas visten el mismo vestido; todas siguen la misma ley; todas corren el mismo camino del cielo. Viven en ho­ nestidad y santas costumbres y Dios

(53)

las mira benévolo y complacido. Ellas son los ángeles que te asisten en el rezo. No pienses en sus defectos y en sus faltas; acaso eres Tú menos que ellas. Piensa en la pureza de su alma y en su buena voluntad. Ora y canta con ellas, como si en sus velos vieras las alas de los ángeles. Alégrate de la di­ cha de poder rezar siempre rodeada de tan buenas almas. ¿No abandonaron todas ellas el mundo y se consagraron resueltamente a Dios? Y ¿dónde, sino en la oración, están más consagradas y entregadas a Dios con todos sus pen­ samientos y afectos?

HABLA POCO SOBRE TU VIDA INTERIOR

Mis g r a c ia s s o n mi s e c r e t o Dios está y obra en cada criatura; y todas las criaturas aman el secreto. Es­ tamos, en efecto, rodeados de todo un mundo de misterios, que son el secreto

(54)

de la esencia de cada criatura. ¡Apren­ damos de ellas!

Dios no nos da las gracias para que nos engriamos y hablemos vanamente de ellas, sino para que las aproveche­ mos a fin de crecer en la caridad, como el rosal y todas las demás criaturas que concentran sus fuerzas para subsistir y desarrollarse. Sobre la vida de la gracia debe reinar la calma del bosque o el si­ lencio de la noche, no sea que pierda su misterio y su carácter sagrado. Que sea preciso aclarar esto c aquello, o que necesites consuelo, no es motivo para que te expansiones sobre estas cosas con tus hermanas. ¡ Cuán fácilmente se mezcla aquí el deseo de consolaciones humanas, o la satisfacción de la vani­ dad o también el particularismo del ca­ riño y la familiaridad desordenada!

¿ Por qué t e s i e n t e s in t e r i o r m e n t e

TAN ÁRIDA?

Mejor que comunicar los secretos del alma a las compañeras y superioras es hablar de ellos con Dios, tomarlos como

(55)

objeto de la oración, consultarlos sere­ namente con Jesús en el. Sagrario. Si esto

hicieras, tendrías muchas gracias que ahora no tienes, y recibirías, además, otras muchas de que ahora te privas, mientras te sientes tan árida y seca en tu vida interior.

Al s o n de t r o m p e t a s y de

TAMBORES

No todo lo que brilla es oro. Hay aba­ lorios relumbrones que no son diaman­ tes ni piedras preciosas ni metal caro. Dios mide los éxitos no por los aplausos de los hombres, sino por el alma que los ha animado. Está segura de que las menores obras realizadas con amor y humildad son mejor cotizadas a los ojos de Dios que los sonados éxitos, los lla­ mados grandes hechos que se airean entre toques de trompetas y redobles de tambores.

¿Qué hicieron los santos? ¿No vivie­ ron muchos de ellos en la oscuridad y en el silencio, siendo con todo su vida una gesta verdaderamente heroica y

(56)

sublime? ¿Y no imitaron otros muchos

a Jesús, que después de haber multi­

plicado los panes huyó al monte para

que las turbas entusiasmadas no le pro­

clamaran rey?

Y

Dios premió su humildad hacien­

do hablar, como diría el divino Salva­

dor, hasta a las mismas piedras. Hoy

se buscan y visitan los lugares y las

celdas que ellos hábitaron. Y todo y

todos hablan de ellos. Se habla de su

caridad, de su austeridad de su hu­

mildad, de su celo apostólico, en una

palabra, de sus éxitos. Y todo esto

porque ellos supieron callar y obrar.

Con po ca s p a l a b r a s

La religiosa que lleva una vida inte­

rior sana, al confesarse se acusa pri­

meramente de sus pecados, luego da

cuenta de los resultados del propósito

particular y, si es necesario o lo desea

el confesor, expone en dos palabras el

estado de su vida espiritual y no alarga

por lo demás una confesión que se re­

pite semana tras semana

(57)

Si el confesor no debe dar ocasión en

el confesonario a conversaciones im­

pertinentes o más largas de lo conve­

niente, el penitente ha de abstenerse

de provocarlas. El confesonario es el lu­

gar donde el alma tiene derecho al

buen consejo y a una buena dirección

espiritual. Es el lugar más adecuado

para ello. Allí puede el alma exponer

todas las dudas que le atormentan, to­

das las inquietudes que le apesadum­

bran en el camino de la santidad, to­

dos los temores que le sobresaltan, y

pedir confiadamente luz y fuerza al

confesor. En algún sitio tiene que abrir­

se el alma y, según la voluntad de

Dios, debe abrirse principalmente en

la confesión.

¿ Dó n d e h a l l a r á s l a r e s p u e s t a

ATINADA?

Nadie posee un sentido tan fino para

percibir todo lo que sucede en el alma

como el divino Redentor. Sobre el pro­

fundo mar de tu alma hay un ojo cuya

mirada lo penetra hasta el fondo y ob­

serva todas sus olas y el movimiento de

(58)

cada una de sus gotas. Y más aún, hay también un oído divino que percibe to­ dos los rumores, ruidos y músicas del mar eternamente inquieto, que es el co­ razón humano. Día y noche sigue Dios los latidos de tu corazón.

¡Cuán hermoso y saludable es hablar con Dios de tus soledades, de tus con­ suelos, de tus tristezas, de tus sequeda­ des, de sus gracias! Es tu alma como un arpa de muchas cuerdas que suenan un día con los teños jeremíacos de la Semana Santa; otro con los idílicos de Belén y Nazaret; otro, con los gloriosos de la Resurrección... Pero, ¿qué sucede algunas veces que todo disuena y se hace estridente, violento e insoporta­ ble? ¿Por qué el pie se torna pesado en su marcha a la capilla? ¿Por qué se vuelve pesada la escalera que nos baja o sube a hacer la meditación? ¿Por qué tendemos más a hablar con los hom­ bres que con Dios?

La respuesta atinada está en que no cedas jamás a los hechizos de las cria­ turas y no corras en pos de las conso­ laciones humanas, porque en todo esto no hallarás la paz.

(59)

Ex p e c t a c i ó n s e r e n a

Quien busca la solución de sus can­ dentes problemas interiores en el mu­ cho hablar sobre la vida interior o en la desordenada entrega al trabajo es víctima de engaño. Generalmente so­ mos impacientes, buscamos soluciones fáciles y queremos remedios rápidos y expeditivos para nuestras penas. Pero Dios no procede así. Quien con Él dialo­ ga sobre su alma, y, sobre todo, lo que le mueve, alegra, oprime, abate o levanta, llega a alcanzar una santa calma, aprende a esperar serenamente, se ha­ bitúa a una humildad silenciosa y a la callada observación.

«Esperé yo en el Señor confiadamen­ te, dice el salmista, y se inclinó hacia mí y oyó mi grito» (Sal. 39, 1). Las al­ mas discretas y retiradas, que viven en­ tregadas a Dios, que callan mucho y trabajan todavía más, esas almas cuya gloria y esplendor están dentro y tienen siempre los ojos puestos en Dios, «como la esclava pone los ojos vueltos hacia el Señor» (Sal. 121, 3), son los pilares de

(60)

la vida conventual. No diremos que su

forma de vida sea la única válida—tie­

ne que haber también necesariamente

otras formas—, pero si que no tiene

desperdicio. «Vive solitaria, dice el doc­

tor de la Iglesia San Buenaventura,

vive con la mente y el corazón en el

cielo»

(Memorialia,

21). Habla poco,

ora y medita mucho, piensa en Dios,

abismate en Él y no te apartes de Él.

En Dios hallarás la quietud, la paz y

el consuelo. En Dios todo es primavera

y verano, eterno brotar y eterno flo­

recer.

LA LIBERTAD INTERIOR

Da v o c a c ió n a t o d a s l a s

CRIATURAS

Tienen las criaturas un hechizo y

aojamiento que los hombres se dejan

embrujar una y otra vez. ¿Quién se

hará idea de las veces que un alma

cualquiera busca, ora en ésta, ora en

aquella de las criaturas más insignifi­

(61)

cantes el consuelo que necesita y se deja aprisionar como la mosca en la tersa y brillante red de la araña?

A. NADA TE APEGUES

No llegarás jam ás a ser un alm a in ­ terior, si vives de buen grado de las ex­ terioridades. Vive de las exterioridades el que espera su consuelo y su dicha de las cosas vanas y pasajeras de este mundo.

El p a s o f i n a l

Poco aprovecha desprenderse a me­ dias de las criaturas. Quien no se de­ cide a ju gar el todo por el todo, queda­ rá a medio camino. Ahora bien, a toda persona de vida interior se le presenta m ás pronto o más tarde la. opción r a ­ dical. L a gracia le dice: Renuncia a todas las criaturas y poseerás al Crea­ dor. L a naturaleza, por el contrario, se resistirá. Que la gracia no form a con sus exigencias radicales personas raras, inhumanas, amaneradas y poco natu­

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