C.G. Jung, S. Freud, D. Chopra,
C. Naranjo, L. Greene,
J. Lilly, E. Erikson, R. Dass,
A. Lowen, K. Homey y otros
¿QUIEN SOY
YO?
Tipos psicológicos y autorrealización
Edición a cargo de R obert Frager
editorial L/airós
K
Título original: WHO AM I?
Traducción: Femando Mora y David González Raga Diseño portada: Ana y Agustín Pániker
© 1994 by Robert Frager © de la edición en castellano:
1994 by Editorial Kairós, S.A.
Primera edición: Febrero 1995 Segunda edición: Diciembre 1999 Tercera edición: Julio 2005
ISBN: 84-7245-328-6 Dep. Legal: B-28.084/2005
Fotocomposición: Beluga & Mleka. Córcega, 267. 08008 Barcelona Impresión y encuadernación: índice. Fluviá, 81-87. 08019 Barcelona
T odos Jos derechos reservados. N o está p erm itid a la reproducción total ni parcial de este libro, ni la recopilación en un sistem a inform ático, ni la transm isión por m edios electrónicos, m ecánicos, p o r fotocopias, p o r registro o p o r otros m étodos, salvo d e breves extractos a efectos de reseña, sin la autorización p rev ia y p o r escrito del ed ito r o el propietario del copyright.
A mi esposa Ayhan, cuyo amoroso apoyo ha resultado esen cial tanto para este proyecto como para toda mi vida.
AGRADECIMIENTOS
La elaboración de este libro ha sido un largo e intrincado proceso que no hubiera sido posible de no haber contado con el apoyo y el aliento de muchas personas.
En primer lugar, quisiera agradecer a mi editora de Tarcher, Connie Zweig, su apoyo creativo y su infatigable perseveran cia con vistas a mejorar el estilo del libro, en general, y mi propio estilo, en particular. Su ayuda ha resultado inestimable para elevar el nivel de mi trabajo.
También debo expresar mi más profundo agradecimiento a Helen Palmer -la primera persona que me sugirió la idea de este libro-, cuyo texto original y útiles sugerencias se han re velado como una excelente contribución al capítulo sobre el eneagrama. También estoy profundamente agradecido a Jim Shere, Angeles Arrien y Stuart Heller por su creatividad, capa cidad de trabajo y paciencia y por su contribución especial a esta obra escribiendo capítulos originales para ella.
Asimismo, me hallo en deuda con todos aquellos amigos y colegas -como Jeremy Taylor, Belinda Brent, Stuart Heller y muchos otros- que me han sugerido fuentes bibliográficas, ar tículos y autores que sintonizan con el contenido de este volu men y que han compartido conmigo su entusiasmo por la tipo logía. Doy las gracias también a Danielle Light, que me ayudó a realizar un curso sobre tipologías de la personalidad, y a to dos aquellos que participaron en él, tanto estudiantes como co laboradores. También estoy en deuda con Linda Loos y Jean
Agradecimientos
Harbin, que me alentaron con sus comentarios y trabajaron de nodadamente conmigo en la revisión de diversos capítulos es pecialmente difíciles.
Por último, estoy profundamente agradecido a los miem bros de mi familia porque gracias a ellos he podido dedicar el tiempo necesario -más del que cualquiera de nosotros hubiera deseado- para que este trabajo viera finalmente la luz.
INTRODUCCIÓN
ALGUNAS REFLEXIO NES PERSONALES
Los sistemas tipológicos me han interesado desde hace mu chos años aunque, en realidad, nunca he llegado a comulgar plenamente con ninguno de ellos. Yo creo en todos los siste mas psicológicos y cada uno de ellos me parece valioso pero nunca he sido un «verdadero creyente» de ningún sistema con creto. He estudiado con cierto detenimiento los diferentes sis temas que presento en este libro y también he tratado de clasi ficarme a mí mismo y a los demás en función de ellos, lo cual, en ciertas ocasiones, me ha proporcionado intuiciones (in-
sights) sorprendentemente reveladoras y útiles, aunque en
otras, no obstante, el resultado ha sido oscuro y más bien con fuso. En cualquier caso, estoy plenamente convencido de que cada uno de estos sistemas puede ser potencialmente benefi cioso para algunas personas.
La mayor parte de quienes escriben sobre las distintas tipo logías de la personalidad suelen ser firmes defensores de un determinado sistema. Espero que el abordaje ecléctico de to dos los sistemas tipológicos que presentamos aquí contribuya a ofrecer una visión equilibrada e imparcial de las principales tipologías existentes.
Recuerdo que hace ya algunos años visité al renombrado astrólogo Dañe Rudhyar. Rudhyar me miró detenidamente y luego comentó que no cabía la menor duda de que yo tenía
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muchos rasgos de Cáncer. Entonces pensé: «¡Este hombre será el decano de la astrología americana pero, en esta ocasión, se ha equivocado completamente!»
Yo contesté que Cáncer no tenía mucho peso en mi carta natal. Mi sol y mi ascendente están en Géminis y siempre me había considerado como una personalidad fuertemente «gemi- niana».
Rudhyar entonces me preguntó por mi fecha de nacimiento y, cuando le respondí que había nacido el veinte de junio me dijo: «Usted ha nacido en la cúspide de Cáncer ya que, en esas fechas, el universo entero gira en tomo a Cáncer. De modo que, en muchos sentidos, se halla mucho más influido por Cáncer que por Géminis».
Este comentario provocó en mí una pequeña crisis de iden tidad astrológica. Hasta aquel momento había buscado el signo de Géminis en la sección astrológica de los periódicos pero ahora debía considerar la posibilidad de tener en cuenta un nuevo conjunto de pautas de personalidad.
Esta anécdota ilustra claramente las ventajas y los inconve nientes de cualquier sistema tipológico. El estudio del propio «tipo humano» suele proporcionar intuiciones (insights) reales y poderosas pero la identificación excesiva con un determina do tipo puede alejamos del posible significado de otras cate gorías y de sus características.
Yo creo que todos los distintos tipos de los que nos hablan los diversos sistemas tipológicos describen aspectos diferentes de cada uno de nosotros. Así pues, aunque ciertos tipos parez can acomodarse mejor a nosotros que otros, cada uno de ellos tiene algo que enseñarnos sobre nosotros mismos. A fin de cuentas, nada humano nos es ajeno y podemos reconocer algo nuestro en todas y cada una de las personas con quienes nos encontramos.
Cuando tuvimos las primeras noticias sobre el eneagrama, Charles Tart, un buen amigo y un renombrado psicólogo, me introdujo en él. Tart había sido clasificado como un «siete» y
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teníamos una formación y un estilo de vida relativamente dife rentes, la descripción eneagramática del «siete» parecía cua dramos bastante bien a los dos y también ilustraba otras seme janzas importantes. El tipo siete es optimista, disfruta de los placeres, goza de la vida, es algo narcisista, suele estar preo cupado con planes, fantasías e ideas y se dedica a realizar ac tividades muy diversas. Después de reconsiderar la descrip ción del «siete» nos dimos cuenta de los muchos intereses que compartíamos como, por ejemplo, la mentalidad especulativa, la fantasía, nuestra afición juvenil por la ciencia ficción, los juegos y el sentido del humor. La descripción eneagramática echó así luz sobre algunas de las pautas fundamentales que compartíamos sin saberlo anteriormente.
Desde el momento en que fundé el Institute of Transperso nal Psychology en 1975, casi todos los estudiantes que han pa sado por él han recibido una o más clases sobre el eneagrama. Una y otra vez he podido ser testigo del uso y del abuso de este poderoso sistema tipológico.
Muchos estudiantes han utilizado el eneagrama para au mentar su autoconocimiento y también los hay que han encon trado en él una poderosa herramienta para el trabajo psicotera- péutico. Sin embargo, otros han hecho de él una nueva forma de estereotiparse a sí mismos y a los demás. Estos últimos di cen cosas tales como «yo tengo una casa desordenada porque soy un “nueve”» o «eres tan crítico porque eres un “uno”». Pero de este modo, en lugar de ayudarles a comprenderse a sí mismos y a los demás con más profundidad, la tipología enea- gramática termina convirtiéndose en un proceso de etiquetado que pone fin a la búsqueda e impide que nuestra comprensión se profundice. Estos estudiantes confunden los términos y con sideran que las descripciones de ciertas pautas de conducta son la causa de ese comportamiento.
Ciertamente, una buena descripción tipológica puede seña lar el comportamiento más probable para un determinado tipo humano, pero nuestra tipología no determina, en modo alguno, nuestra conducta. Los miembros de un determinado tipo pue
den compartir una configuración constitucional o psicológica
similar que les haga más proclives a cierto tipo de conducta. Pero por más completa y minuciosa que sea la descripción de un determinado tipo, éste nunca será la causa de la conducta. Por decirlo en pocas palabras, un nivel no es más que un nivel, no es ni una causa ni una explicación.
A pesar de la evidente relevancia del cuerpo en todo lo que hacemos, la psicología ha solido ignorar los tipos corporales y su correlato psicológico. Hace ya unos años, cuando acababa de graduarme en psicología, el sistema tipológico corporal de Sheldon despertó mi interés. En la medida en que observaba a los demás y a mí mismo podía ver a los tres tipos corporales de Sheldon moviéndose a mi alrededor. Los ectomorfos eran flacos intelectuales, los mesomorfos eran atléticos y musculo sos y los endomorfos parecían flácidos sacos de patatas. No obstante, el sistema de Sheldon no parecía funcionar perfecta mente porque, una vez que ingresé en la escuela de graduados, todos mis compañeros eran inteligentes y estaban orientados hacia el intelecto pero no todos eran ectomorfos sino que tam bién había entre ellos muchos intelectuales atléticos y muchos eruditos gordos.
Al estudiar a Sheldon yo estaba confuso con respecto a mi propio tipo. Cuando era más joven me sentía como un rechon cho endomorfo; sin embargo, en la medida en que comencé a hacer deporte y a realizar otro tipo de actividades físicas, mi cuerpo y mi estilo de vida comenzaron a asemejarse más y más al tipo mesomorfo atlético. La tipología de Sheldon se centra fundamentalmente en la estructura corporal y suele ig norar los aspectos relacionados con la función; no obstante, es tructura y función están estrechamente relacionadas.
En la medida en que he reflexionado sobre mis propios cambios -desde la época en la que mi actividad física era muy limitada hasta aquellos otros períodos de intenso entrenamien to físico- he llegado a la conclusión de que tanto Sheldon como el resto de los teóricos de la tipología tienden a ignorar los efectos de la experiencia y del entorno. Mientras estudiaba
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disponía de poco tiempo para el deporte, con lo cual me desli zaba muy fácilmente hacia una existencia sedentaria, ya que la presión de los estudios me obligaba a pasar la mayor parte del tiempo sentado detrás de una mesa. No es de extrañar, pues, que en aquella época yo pareciera y me sintiera como un en- domorfo. Sin embargo, durante los años en que estuve practi cando aikido en Japón, el entrenamiento en artes marciales se convirtió en el aspecto más importante de mi vida. El nivel de entrenamiento de aikido en Japón era extraordinariamente duro, la mayor parte de mis amigos también estaban compro metidos con el aikido y el ejercicio físico intenso me rodeaba por doquier. Como resultado perdí casi diez kilos inmediata mente y comencé a parecerme y a sentirme como un meso- morfo.
Después de pasar dos años en Japón dedicado al estudio y a la investigación en psicología y a la práctica diaria del aiki do regresé a Harvard. Entonces me sorprendió gratamente dar me cuenta de que estaba contemplando el mundo a través de los ojos de un mesomorfo. Nunca antes lo había visto así pero ahora paseaba por el campus de Harvard y me daba cuenta cla ramente de que casi todos los estudiantes estaban tan identifi cados con su mente que eran prácticamente inconscientes de su cuerpo y apenas prestaban atención al mundo que les rode aba. La mayor parte de los estudiantes y de los profesores se hallaban tan absortos en su intelecto que trataban a sus cuerpos como meros apéndices cuya única utilidad era la de transpor tar sus cabezas. También me di cuenta de que me relacionaba con las personas de manera diferente y por vez primera me descubrí valorando a los mesomorfos y relacionándome estre chamente con ellos.
Una vez ahí seguí con el aikido y también continué dedi cándome a la actividad intelectual. Pero la práctica del aikido en los Estados Unidos no es tan intensa y tan estricta a nivel fí sico como en Japón. Sólo unos pocos de quienes nos habíamos entrenado en artes marciales en Japón siguieron perseverando con la misma intensidad. Estos son, en mi opinión, los
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deros mesomorfos, un tipo humano cuya constitución y carác- e ter exige ese nivel de actividad física. e Mientras estuve dando clases seguí manteniéndome plena- e mente activo pero una vez fundé el Institute of Transpersonal
Psychology, el trabajo administrativo absorbió tanto mi tiempo u y energía que mi entrenamiento físico se resintió. Entonces me ti di cuenta de que estaba cayendo nuevamente en las antiguas y t; confortables pautas endomórficas. Si mi constitución no hu- d biera tenido un fuerte componente endomórfico básico quizás e hubiera seguido luchando con esa tendencia durante toda mi t vida. Muchos miembros de mi familia son gruesos endomorfos f que han seguido todo tipo de dietas y de regímenes alimenti- ñ cios y en aquel tiempo yo pude, al menos, perder casi diez ki- « los. Es posible que, bajo ciertas circunstancias, seamos capa
ces de trascender nuestra tipología constitucional pero, una vez r que ese entorno de apoyo desaparece, recuperamos nuevamen- 1 te nuestras viejas pautas. r
Cada sistema tiene sus propias ventajas y sus propios in-
convenientes. Al igual que ocurre con unas buenas gafas, un f determinado sistema tipológico puede ayudarnos a enfocar F más claramente determinados aspectos, pero todo aquello que r permanece fuera del foco de atención de ese sistema resulta di- I fuso, cuando no invisible. Como ocurre con cualquier otra he- c rramienta, un sistema tipológico puede resultar excelente para c determinadas tareas y completamente inadecuado para otras.
Hoy en día, después de haber estudiado muchos sistemas ti- c pológicos, creo que para comprender las ventajas y las limita- r ciones de cada uno de ellos debemos tener en cuenta los tipos i de personalidad propios de los fundadores de cada uno de los t sistemas. En este sentido, por ejemplo, es muy probable que t un teórico cuya orientación fundamental sea básicamente inte- 1 lectual desarrolle una tipología mental. Sheldon, por ejemplo, c que tenía una fuerte orientación corporal, desarrolló una tipo
logía física. Cuando conocí el sistema tipológico junguiano me í sentí muy impactado por la dimensión intuición/sensación. Un I cuestionario tipológico que me pasaron al respecto decía que t 2
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estaba armonizado en la dimensión introversión/extraversión y en la de pensamiento/sentimiento pero puntuaba muy alto en la escala de la intuición y casi nada en la de la sensación.
Esto tenía mucho sentido para mí ya que me proporcionaba una explicación al hecho de que en la escuela me gustaran tan to las teorías abstractas (como la geometría, por ejemplo), y tan poco el álgebra, que exigía prestar atención a los pequeños detalles como el cálculo aritmético, por ejemplo. También me explicaba el motivo por el cual nunca conseguía equilibrar mi talonario de cheques a menos que hiciera un esfuerzo especial. No se trataba de que no pudiera prestar atención a los peque ños detalles sino que la mayor parte del tiempo simplemente
no lo hacía.
Jung denominó «función inferior» a la función menos desa rrollada. Desde esta perspectiva negativa, la función inferior es la parte más primitiva e inconsciente de nuestro psiquismo. En nuestro trabajo de crecimiento interno es importante recordar que todos tenemos una parte primitiva, que todos tenemos los pies de barro y que hasta la persona más inteligente, por ejem plo, puede tener los sentimientos muy poco desarrollados y el más sensible de los artistas puede tener grandes dificultades para pensar lógicamente. Si llegamos a identificar nuestra fun ción inferior sabremos qué es lo que debemos desarrollar y qué es lo que debemos fortalecer.
Cuando nos comprometemos a llevar a cabo actividades que implican a nuestra función inferior tendemos a sobrevalo- ramos y a caer en la inflación. Un pequeño vistazo al mundo interno, por ejemplo -algo muy familiar y cómodo para un in trovertido- puede llegar a desequilibrar por completo a un ex- travertido (así, los extravertidos que comienzan a meditar sue len sobrevalorar excesivamente la importancia y profundidad de sus recién descubiertas experiencias místicas).
En los sueños, la función inferior suele estar representada por la imagen oscura de una figura salvaje, bárbara o exótica. En un tipo inclinado hacia el pensamiento, por ejemplo, puede aparecer como una persona primitiva con sentimientos relati
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vamente poco desarrollados (que no superan en mucho al nivel de un animal y la intuición puede también funcionar en un ni vel igualmente primitivo). Un introvertido intuitivo, por su parte, puede disfrutar de su función inferior, la sensación, con la misma intensidad que lo hace un gato desperezándose al sol.
Jung dijo que el trabajo con nuestra función inferior consti tuye una de las principales tareas del proceso de individuación, de nuestro crecimiento personal. Si ignoramos nuestra función inferior terminaremos frustrados y aburridos de todo; si simple mente la eludimos, funcionaremos en un nivel primitivo o ine ficaz. Para desarrollar nuestra función inferior Jung recomendó comprometerse en algún tipo de actividad artística, como la es critura o la pintura por ejemplo. Como intuitivo muy desarro llado, él mismo eligió la escultura, una forma sumamente efi caz de desarrollar su función inferior, la sensación.
LA TIPOLOGÍA Y LA BÚSQUEDA D EL
A UTOCONOCIMIENTO
A lo largo de los tiempos el ser humano se ha formulado repetidas veces la pregunta «¿quién soy yo?» y las tradiciones espirituales de muchas culturas han tratado de responder a ella recurriendo a esos mapas del psiquismo que se conocen con el nombre de tipologías. Esos antiguos sistemas tipológicos reve lan pautas universales entre los seres humanos y también evi dencian las singularidades que nos diferencian.
Muchas de las grandes mentes de la historia han quedado fascinadas con el motivo y la naturaleza de nuestras diferen cias. En el siglo m antes de JC, un discípulo de Aristóteles lla mado Teofrasto dijo: «¿Por qué, estando toda Grecia bajo el mismo sol y siendo todos los griegos personas instruidas, te nemos personalidades tan diferentes?»
Teofrasto definió treinta tipos de personalidad, cada uno de los cuales se organizaba en tomo a un rasgo dominante y cen tral, como la avaricia, por ejemplo. Según Teofrasto, ese rasgo
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central se manifiesta en todos los aspectos de la vida de una persona. Hoy en día ponemos seriamente en duda la exactitud de cualquier definición de un individuo sobre la base de un rasgo tal como la avaricia. Pero quizás el rasgo central predo minante sea un síntoma importante de una pauta compleja de personalidad más profunda y más compleja.
En cierto modo, hoy en día seguimos utilizando el enfoque de los rasgos en los distintos sistemas tipológicos. En el caso del eneagrama, cada uno de los nueve tipos eneagramáticos se caracteriza por un rasgo sobresaliente concreto. El «cinco», por ejemplo, ha sido llamado también mezquino, por su ten dencia a ahorrar tiempo, energía, información y también dine ro. Aunque ello supone una simplificación y un estereotipo, la manera más sencilla de comprender y utilizar un sistema tipo lógico consiste en asignar una etiqueta clara y rotunda a cada tipo de personalidad.
Los cuatro humores hipocráticos
En el siglo v antes de JC, antes incluso de Teofrasto, Hipó crates, el padre de la medicina moderna, formuló una aproxi mación científica a la personalidad basada en la teoría griega de los cuatro elementos. La mayor parte de los filósofos grie gos creían que todo en la naturaleza está compuesto de cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, fuego y agua. En el cuerpo humano, cada elemento está asociado a un humor, o fluido corporal, distinto: sangre, flema, bilis negra y bilis ama rilla. Según Hipócrates, la salud, la enfermedad y el tipo de personalidad de cada persona dependen del equilibrio relativo entre los distintos humores.
Hipócrates describió cuatro temperamentos determinados por predominio de cada uno de los cuatro humores. El aire está ligado a la sangre y al temperamento sanguíneo u optimista. La tierra está ligada a la bilis negra (o «atra bilis»), y a la per sonalidad melancólica o deprimida. El fuego está asociado a la
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bilis amarilla («cólera» o adrenalina) y al temperamento colé rico o volátil fácilmente irritable. El agua, por último, está aso ciada a la flema blanca (linfa), a los fluidos mucosos y al tem peramento flemático, tranquilo o indolente.
Durante los últimos dos mil años los médicos, los filósofos, los educadores y los psicólogos han utilizado el modelo cua ternario de Hipócrates. Rudolph Steiner, el filósofo y educador austríaco fundador de la escuela Waldorf, desarrolló una apli cación moderna y sofisticada de este modelo. Steiner enseñó a los maestros a reconocer estos cuatro temperamentos en sus alumnos y proporcionó una guía detallada con respecto a las diferentes necesidades educativas y emocionales de cada tipo de niño. En el capítulo 15, Roy Wilkinson, un profesor de Waldorf que ha utilizado este sistema en el ámbito escolar du rante cerca de treinta años, nos presenta la aproximación stei- neriana a los cuatro temperamentos.
Los temperamentos ayurvédicos
La creencia de que todas las cosas de la naturaleza están compuestas de ciertos elementos fundamentales es común a muchas civilizaciones. Antes del desarrollo de la química y de la física modernas, los primeros científicos y filósofos trataron de ordenar el universo en función de una serie de principios universales fundamentales. Además de los cuatro elementos griegos, los filósofos hindúes postularon la existencia de un quinto elemento, un elemento todavía más insubstancial y su til que el aire.
Los médicos ayurvédicos hindúes desarrollaron tres tipos constitucionales corpomentales basados en las distintas combi naciones entre estos elementos. Así, vata está compuesto de aire y éter, pitia de fuego y agua y kapha de tierra y agua. El tipo vata es activo, entusiasta y rápido; el tipo pitia es intenso, emprendedor y articulado; y el tipo kapha es fuerte, seguro y tolerante.
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El término ayurveda procede de dos raíces, ayus (vida) y
veda (conocimiento o «ciencia»). Así pues, el ayurveda, que
significa algo así como la «ciencia de la vida», tiene cerca de cinco mil años de antigüedad. Para cada tipo existe una dieta, un estilo de vida y también remedios naturales especiales des tinados a armonizar y equilibrar el sistema. En el capítulo 23 el renombrado médico y escritor Deepak Chopra describe la ti pología ayurvédica de la personalidad.
La tipología china de los cinco elementos
Los filósofos y los médicos chinos trabajaron sobre una te oría diferente compuesta de cinco elementos: tierra, agua, fue go, madera y metal. Desde este punto de vista, cada persona es un microcosmos caracterizado por estos cinco elementos. El tipo metal es controlado, frío y tranquilo; el tipo fuego es res plandeciente e intenso; el tipo madera es asertivo, expansivo y determinado; el tipo tierra es paciente, nutriente y relacionan te; el tipo agua, por último, concibe, concentra y conserva. En el capítulo 24, Beinfield y Komgold, dos de los principales practicantes norteamericanos de la medicina china, articulan los cinco elementos de la tipología china en cinco arquetipos de la personalidad: pionero, hechicero, pacifista, alquimista y filósofo.
Las tipologías del autoconocimiento
Todos los sistemas tipológicos recogidos en este libro han surgido del deseo de cartografiar la naturaleza humana, de pe netrar en los oscuros recovecos del psiquismo. Algunas tipolo gías proceden de la tradición psicoterapéutica iniciada por Freud y sus sucesores. Las tipologías mentales, relaciónales y corporales han surgido de la moderna investigación psicológi ca y sociológica. Otros sistemas son verdaderas psicologías
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populares aparecidas siglos antes del nacimiento de la moder
na psicología y constituyen enfoques sobre la naturaleza hu
mana que han demostrado su utilidad a lo largo de los siglos.
Estas psicologías populares se han desarrollado en multitud de
culturas, entre las cuales cabe destacar la griega, la hindú, la
china y la nativa americana.
Cada uno de los distintos sistemas tipológicos de la perso
nalidad que presentamos en este libro nos ofrece una contribu
ción singular al autoconocimiento. Cada uno de ellos se ocupa
de ciertas relaciones -no siempre evidentes- entre el cuerpo, la
mente y las emociones. Hay quienes, por ejemplo, subrayan la
importancia de las relaciones afectivas mientras que otros ha
cen un especial hincapié en las conclusiones intelectuales. La
mayor parte de nosotros consideramos inconscientemente que
los demás funcionan del mismo modo en que lo hacemos no
sotros y a menudo nos resulta sorprendente que respondan de
manera diferente. La tipología, pues, nos enseña que hay im
portantes diferencias sistemáticas entre los individuos.
Todos queremos comprendemos a nosotros mismos y a los
demás con más claridad. Es por ello por lo que solemos que
damos fascinados ante la promesa de las diversas tradiciones
tipológicas. Cada sistema nos proporciona una imagen distinta
que arroja luz sobre los diferentes tipos de funcionamiento del
ser humano y nos capacita para percibir a los demás desde una
perspectiva más adecuada que la que nos proporciona nuestro
propio punto de vista.
William Sheldon señala que el gran detective de ficción
Sherlock Holmes es, en muchos sentidos, el paradigma del ec-
tomorfo perfectamente intelectual. Conan Doyle nos presenta
a un Holmes delgado e intenso que no se sentía afectado por
las emociones y las pasiones que afligen a la mayor parte de la
humanidad. El personaje de Holmes parece ser puro intelecto,
alguien fríamente racional y lógico, capaz de concentrarse, de
realizar un intenso esfuerzo intelectual y de llevar a cabo ex
traordinarios análisis deductivos.
No obstante, uno de los defectos del retrato que nos ofrece
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sir Arthur Conan Doyle sobre Holmes tiene que ver con su abuso del tabaco y del opio. Según Doyle, Holmes era capaz de fumarse un paquete de fuerte tabaco de pipa en una sola no che. Pero, según Sheldon, fue el mismo carácter endomorfo de Conan Doyle, que fumaba de continuo, el que le llevó a con cebir a Holmes como un fumador empedernido. Sin embargo, en la vida real esos excesos hubieran tenido efectos devastado res sobre el organismo de un ectomorfo enjuto y sensible. Este ejemplo constituye un excelente recordatorio de que si quere mos trabajar adecuadamente con los tipos humanos debemos conocer nuestro propio tipo y sus debilidades.
Un buen sistema tipológico nos ayuda a descubrir nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Si carecemos de la adecuada comprensión personal es muy probable que sólo advirtamos nuestra propia fortaleza en los demás y que los juzguemos muy severamente si reflejan nuestras debilidades. El tipo jun- guiano sensación, por ejemplo, tiende a valorar exclusivamen te a quienes demuestren dominar los hechos y los detalles. Los delgados intuitivos valoran a quienes pueden sintetizar com plejas informaciones en una nueva totalidad y tienden simultá neamente a desdeñar a aquellos otros a quienes «los árboles les impiden ver el bosque». Los tipos sentimiento responden a quienes tienen una fuerte sensación de los valores humanos y de los ideales elevados. Los tipos pensamiento, por su parte, valoran a las personas claras, lógicas e inteligentes y tienden a devaluar a quienes son bondadosos pero no muy brillantes.
Un sistema tipológico útil también nos ayuda a clarificar nuestra percepción de los demás centrando nuestra atención en las pautas y los rasgos distintivos propios de ciertos tipos de persona. Si soy consciente de la constitución muscular meso- mórfica de un amigo, por ejemplo, podré comprender y antici par sus preferencias por la acción antes que la planificación y la reflexión. Yo puedo creer que la acción sin planificación es una pérdida de tiempo pero comprenderé la predisposición de mi amigo mesomorfo a «mover las cosas» más que sentarse a pensar en ellas.
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SINGULARIDAD CONTRA UNIVERSALIDAD
Mientras estaba escribiendo este libro iba tomando con ciencia de diversos puntos ligados a los diferentes tipos de per sonalidad y a las diferencias existentes entre cada uno de ellos. Me he dado cuenta, por ejemplo, de que la mayor parte de quienes escriben sobre la naturaleza humana tienden a centrar su atención en las similitudes que nos acercan o en las dife rencias que nos separan. Pero lo cierto es que ninguno de estos dos enfoques extremos resulta especialmente útil.
Creer que todos somos iguales nos lleva a ignorar las evi dentes diferencias de edad, sexo o temperamento. Creer que todos somos únicos supone, por el contrario, darse por venci do en el intento de llegar a articular una teoría general sobre la conducta humana.
La mayor parte de las teorías psicológicas tienden a ignorar las diferencias existentes entre los tipos y a centrarse en los principios universales que rigen el comportamiento humano. No obstante, si realmente existen diferencias fundamentales entre los seres humanos, la búsqueda de elementos universales está condenada a conducimos a generalidades relativamente triviales o a distorsionar seriamente amplios segmentos de la población. La mayor parte de los sistemas tipológicos, por ejemplo, han sido elaborados por hombres y tienden, en con secuencia, a describir la conducta masculina y a ignorar las di ferencias fundamentales existentes entre la psicología masculi na y la psicología femenina. Además, las modernas teorías sobre la personalidad han sido desarrolladas por profesionales instruidos, blancos y de clase media, lo cual suele conducir a dejar de lado los estilos de comportamiento y de conducta co munes a otros grupos culturales, étnicos y socioeconómicos. No obstante, los paladines de casi todos los diferentes sistemas de personalidad sostienen haber desarrollado una psicología de aplicación universal.
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otro, en cambio, todos somos únicos. Todos compartimos la misma estructura fisiológica fundamental, todos disponemos del mismo tipo de equipamiento sensorial y todos atravesamos los mismos hitos existenciales del nacimiento y de la muerte. Cada uno de nosotros, sin embargo, tiene una historia perso nal, una constelación familiar y una experiencia vital diferen te. Por más útil, pues, que pueda resultar para la comprensión y el trabajo con la gente, todo sistema tipológico fracasará cuando intente dar cuenta de un determinado individuo, ya que cada individuo constituye una combinación única de inconta bles y muy variables factores.
Entre estos dos enfoques extremos, sin embargo, todos no sotros podemos ser clasificados dentro de diferentes grupos o tipos humanos. Algunos de esos grupos son evidentes, como la edad, el sexo y la nacionalidad. Los niños comparten también ciertas características importantes y lo mismo ocurre con los hombres, las mujeres, los norteamericanos, los japoneses, los introvertidos, los virgo y los mesomorfos. La psicología del futuro puede incluir distintas tipologías de personalidad, utili zando cada una de ellas para objetivos diferentes. Podríamos, por ejemplo, utilizar un sistema tipológico del estilo de apren dizaje para decidir cómo enseñar matemáticas a un niño, una tipología basada en el temperamento para descubrir cómo mo tivar o disciplinar a ese mismo niño y un sistema tipológico re- lacional para ayudarle a establecer relaciones con sus amigos.
TIPOLOGÍAS Y RELACIO NES
Además de comprendemos a nosotros mismos, todos noso tros queremos conocer a los demás y establecer buenas rela ciones con ellos. Una aproximación tipológica adecuada puede ayudamos a desarrollar nuestra tolerancia y nuestro respeto por las diferencias individuales. De ese modo podemos llegar a apreciar mejor las aptitudes de los demás. Trabajar con cual quiera de los sistemas que presentamos en este libro puede
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ayudamos a reconocer la existencia de diferencias fundamen tales en la forma de experimentar la vida y, por consiguiente, en los diferentes caminos que podemos emprender. No pode mos seguir creyendo ingenuamente que la mente de los demás funciona igual que la nuestra, que procesen los datos que re ciben de la misma forma en que lo hacemos nosotros, que ra zonen igual que nosotros y que valoren lo que nosotros valo ramos.
Comprender el tipo humano de otra persona es comprender sus puntos fuertes y puntos débiles, lo cual nos ayudará indis cutiblemente a trabajar de manera más eficaz con ellos. En el ámbito laboral, por ejemplo, un buen ajuste entre la tarea a re alizar y la constitución física de quien debe realizar ese traba jo puede aumentar la productividad y la satisfacción, mientras que un mal ajuste entre esos dos elementos puede, por el con trario, provocar estrés, fatiga y un bajo rendimiento. A veces, esperamos demasiado de personas que no comparten nuestras aptitudes o nuestros intereses en una determinada área. Las preferencias determinadas por nuestro tipo pueden, en ocasio nes, carecer de toda importancia mientras que en otras, en cambio, pueden resultar cruciales, a menudo cuando menos lo esperábamos.
El tipo sensación, por ejemplo, muestra una predisposición especial para la contabilidad y para actividades similares que requieran prestar atención a los pequeños detalles, una tarea que sin duda puede resultar espantosa para un intuitivo. Una investigadora médica intuitiva, por ejemplo, que tenía que pa sar muchas horas al día ocupándose de examinar cuidadosa mente especímenes bajo un microscopio, terminó fatigada e irritada crónicamente sin que existiera causa física alguna. La tensión necesaria para mantener constantemente activa su fun ción inferior había terminado extenuándola.
En cierto modo, los tipos de personalidad son como los modelos de automóviles. Muchas de las diferencias existentes entre los coches, como el color o la forma, por ejemplo, son relativamente superficiales (de hecho, no es infrecuente que
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detrás de colores y formas completamente diferentes se escon da el mismo motor).
Hay coches que gastan muy poco y hay otros que desarro llan una gran velocidad punta, aunque estas diferencias no ten gan mucha importancia para la conducción cotidiana que nos acerca a nuestro puesto de trabajo o nos lleva al supermercado. Hay otras ocasiones, sin embargo, en que estas diferencias sí que tienen importancia. Un vehículo con tracción en las cuatro ruedas se desplazará mucho más fácilmente sobre una carrete ra de montaña que podría dañar a un coche de carreras perfec tamente puesto a punto. Un coche con un motor potente y una fuerte suspensión puede arrastrar a un pesado remolque, un es fuerzo que podría quemar el motor de un vehículo concebido fundamentalmente para economizar combustible. Cuando compramos un coche debemos comparar sus prestaciones con el uso que pretendamos darle. Del mismo modo, las teorías ti pológicas pueden ayudamos a conocer las aptitudes y las limi taciones de los demás, para qué tipo de tareas han sido «cons truidas» y los posibles daños que podrían acompañar a un uso indebido.
Es m ás sencillo comprender a aquellas personas cuyo tipo humano sea el mismo que el nuestro. También es más proba ble que nos sintamos más comprendidos por ellos porque tien den a v e r las cosas del mismo modo que nosotros y suelen arribar a conclusiones similares. Los mesomorfos tienden a va lorar la actividad; el tipo pensamiento, por su parte, estará más de acuerdo en la importancia de la lógica y de la organización racional; los tipos sensación coincidirán en la importancia de prestar atención a los detalles y los tipos «siete» del eneagra ma, por último, es muy probable que estén de acuerdo con los peligros y el atractivo del poder y de la autoridad.
También podemos sentimos fascinados por quienes funcio nan de manera diferente confirmando así el viejo dicho de que los opuestos se atraen. Pero las personas que pertenecen a ti pos humanos muy diferentes al nuestro suelen ser difíciles de comprender y de predecir. En la mayor parte de los casos es
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muy probable que asuman una postura diametralmente opues ta a la nuestra y estas dificultades de comprensión pueden ter minar generando una gran tensión. Desafortunadamente, sin embargo, la atracción sin comprensión dificulta a largo plazo las relaciones, como lo demuestra la elevada tasa de divorcios de nuestro país.
El peor tipo de relación tiene lugar cuando el otro estilo ti pológico es considerado inferior. Alguien, por ejemplo, que funciona desde el sentimiento y la intuición puede ser conside rado como un incompetente por un tipo pensante en lugar de ser estimado como alguien que puede aportar nuevas habilida des y una visión alternativa para la toma de decisiones. El ma rido de una pareja que solicitó asistencia terapéutica, por ejem plo, se quejaba de que su esposa era desordenada y desorganizada y, lo que es peor, ilógica. La mujer, por su par te, aseguraba que su esposo era rígido y supercrítico. Cada uno de ellos acusaba al otro de actuar de mala fe porque cada uno juzgaba la conducta del otro de acuerdo a los valores de su propio tipo humano. Después de diez horas de terapia con un analista junguiano tomaron conciencia de las características propias del tipo humano del otro y aprendieron a reconocer y a afirmar también sus puntos fuertes. A partir de aquel mo mento su relación comenzó a mejorar.
Otra ventaja derivada es que el conocimiento de los tipos puede mejorar nuestra comprensión de las relaciones que sos tenemos con la sociedad en la que vivimos. Nuestra sociedad valora más ciertos tipos que otros. El pensamiento, por ejem plo, es más valorado que el sentimiento; estamos en una socie dad extravertida que no suele tener en cuenta las necesidades de soledad y silencio de los introvertidos y así llegamos inclu so a tener que oír hilo musical en los ascensores; la mayor par te de las iglesias y de las escuelas son prisiones para los me- somorfos (que necesitan de un aprendizaje activo y suelen tener grandes dificultades para permanecer sentados largo tiempo). A lo largo de los siglos, el cristianismo ha tendido a favorecer al ectomorfo ascético e intelectual y ha desdeñado,
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en cambio, a los endomorfos sensoriales y a los mesomorfos activos.
Si la sociedad en la que vivimos no valora nuestra forma de funcionar en el mundo, la confianza en nuestras propias apti tudes puede verse disminuida. De hecho, estas aptitudes pue den no llegar a desarrollarse plenamente a consecuencia de nuestras propias dudas y también a causa de que la sociedad puede proporcionar pocas oportunidades para ejercer nuestros particulares talentos.
Esto también pudo haber sucedido a pequeña escala en el seno de nuestra familia cuando éramos pequeños. Si nuestros padres hubieran valorado y comprendido nuestro tipo, proba blemente sentiríamos que nuestras aptitudes y nuestros intere ses realmente merecían la pena. Si, por otra parte, sentimos que nuestros padres no valoraron nuestro carácter y nuestras preferencias y querían que fuéramos «más físicos» o «más in telectuales», por ejemplo, nuestra propia autoconfianza pudo verse seriamente dañada. Tratar de cambiar el tipo de persona lidad de un niño puede ser como tratar de que un zurdo sea diestro, una presión que puede inhibir seriamente el desarrollo de cualquier aptitud natural.
La hija de cierta familia me dijo que sus padres se habían enojado muchísimo cuando ella había tenido dificultades con la aritmética y materias similares en la escuela. Los padres y su hermano menor eran del tipo sensación y ella era una intui tiva cuya función inferior era la sensación. El padre era inge niero y el hermano menor terminó siendo contable. Ella nunca pudo satisfacer sus pautas de orden y atención a los detalles y finalmente tuvo que solicitar ayuda terapéutica.
Otro ejemplo nos lo proporciona una muchacha introverti da que era del tipo sentimiento que creció en el seno de una fa milia de extravertidos. Su familia la ridiculizaba constante mente por su afición a la lectura y le insistían continuamente en que participara más activamente en los asuntos de la escue la. Cuando fue adulta trató de dedicarse a los negocios y a las ventas pero no tuvo mucho éxito. Fantaseaba con licenciarse
en literatura inglesa o en llegar a ser una profesional del servi cio a los demás pero no hacía nada al respecto. A causa de su carácter básico, sus decisiones habían sido invalidadas hacía mucho tiempo y desconocía literalmente lo que era bueno para ella.
En ambos ejemplos, la comprensión de la tipología las ayu dó a reconocer sus propios puntos fuertes y a aceptar las pre disposiciones de su propio carácter, lo cual las capacitó para ir más allá del doloroso callejón sin salida psicológico creado en su infancia al no haber sido reconocido ni apreciado su tipo psicológico.
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CATEGORIZAR: UN HABITO HUMANO
FUNDAM ENTAL
En multitud de culturas y de épocas, desde la filosofía grie ga a la medicina china, pasando por el sistema hindú de las castas y la moderna psicología occidental, podemos encontrar nos con descripciones de los tipos humanos. Suele creerse que la personalidad varía con la cultura y con la clase social. Hoy en día, sin embargo, tendemos a pensar que hablar de diferen cias individuales es «antidemocrático». Pero parecemos haber olvidado que la Constitución no dice que todos seamos iguales sino que todos somos iguales ante la ley. A fin de cuentas, igualdad no es lo mismo que uniformidad. Pero nuestra bús queda de la igualdad de derechos y de oportunidades puede llevamos a ignorar nuestra singularidad individual. Como con secuencia de esto, la clasificación tipológica goza de mala re putación en ciertos círculos y -aunque sea de modo incons ciente- puede ser juzgada como algo políticamente incorrecto. Solemos clasificar a las personas en función de una serie de
estereotipos, como la edad, el sexo, la inteligencia (inteligente,
promedio o estúpido), la raza y la nacionalidad. El término «estereotipo» significa originalmente una plancha de impre sión de una pieza que ha sido sacada con un molde. Hoy en
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día, sin embargo, un «estereotipo» es una idea fija e inmutable, una pauta mental carente de individualidad. Los estereotipos constituyen uno de los grandes peligros de la tipificación, y tienen lugar cuando ignoramos la individualidad y tratamos a todas las personas de una determinada categoría como si hu bieran sido estampadas con el mismo molde.
Solemos juzgar a los demás en función de estereotipos de aspecto (bien parecido, normal o feo) y en función del estado psicológico (normal, neurótico o loco). Una de las principales categorizaciones que solemos hacer sobre los demás es la de distinguir entre aquellos que nos gustan y aquellos que nos de sagradan («buen chico» frente a «mal chico» o «amigo en quien se puede confiar» frente a «enemigo desleal»).
Es difícil no categorizar ya que nuestras mentes tienden a organizar la diversidad de la experiencia en unas pocas cate gorías. Así, a menos que estemos profundamente interesados en un determinado tema, la mayor parte de nosotros agrupa mos diferentes experiencias bajo una sola etiqueta. Gran parte de los norteamericanos, por ejemplo, piensan en la nieve con una sola categoría pero los esquiadores pueden diferenciarla en nieve primaveral, nieve en polvo y muchas otras variedades mientras que los esquimales, que están mucho más interesados en la nieve que los esquiadores, tienen literalmente decenas de palabras para referirse a los diferentes tipos de nieve.
La categorización es una tendencia humana fundamental aunque, sin embargo, no está exenta de problemas, ya que, cuando creamos una categoría y le adscribimos ciertos rasgos, corremos el riesgo de caer en el estereotipo (que todos los cul- turistas son tontos y que todos los latinos son machos, por ejemplo). Pero estos estereotipos, sin embargo, terminan dis torsionando nuestra percepción y nuestra comprensión de los demás.
Moshe Feldenkrais, el brillante observador de la conducta humana y fundador del método que lleva su nombre, insistía en que toda generalización es una distorsión. Feldenkrais era un experto en el movimiento humano que trabajó con un
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plio rango de personas, desde dotados atletas profesionales y músicos que querían mejorar sus habilidades hasta paralíticos que se desplazaban en silla de ruedas a consecuencia de algu na enfermedad o accidente grave.
Feldenkrais odiaba las etiquetas y las generalizaciones e in tentaba considerar a cada individuo como un caso único, sin prejuicios ni etiquetas previas. El mismo Feldenkrais dijo que cuando estaba trabajando con alguien trataba incluso de no pensar en frases completas porque, a su juicio, la misma es tructura del lenguaje interfería con el logro de una compren sión íntima de las cualidades y el funcionamiento singular pro pio de aquella persona concreta.
En cierta ocasión, Feldenkrais puso el ilustrativo ejemplo de dos pacientes que habían sido citados para someterse a una intervención quirúrgica el mismo día a la misma hora pero cuyo historial médico fue intercambiado por error. Así, a quien tenía problemas con el hígado se le extirpó la vesícula biliar y se operó del hígado al que tenía problemas con la vesícula.
Según Feldenkrais, éste es un claro ejemplo del peligro de funcionar en base a etiquetas y categorías y de no darnos
cuenta de lo que realmente tenemos delante de nuestros ojos.
Si los cirujanos se hubieran ocupado simplemente de mirar hu bieran advertido que los órganos que iban a extirpar se halla ban en buen estado de salud pero, en lugar de eso, confiaron más en las etiquetas que en los cuerpos reales que tenían fren te a sí.
En otra ocasión, un joven le preguntó si su sistema podría ayudar a las embarazadas en el parto y él puso diversos ejem plos dramáticos de partos fáciles y rápidos de varias mujeres con las que había trabajado. Entonces, el joven le preguntó cuáles eran las técnicas que resultaban más eficaces para las «embarazadas» y Feldenkrais respondió: «¡No sea estúpido! ¡No existe tal cosa como una mujer embarazada!» Luego se hizo un largo silencio que reflejaba perfectamente el estupor general ante la exclamación de Feldenkrais. Nadie sabía qué
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Al cabo de un rato Feldenkrais prosiguió: «Una chica de catorce años que tenga su primer bebé no tiene nada que ver con una mujer de treinta y cinco que esté a punto de dar a luz a su cuarto hijo y lo que yo haría con cada una de ellas es, por supuesto, completamente diferente». Entonces comprendimos una vez más cuán fácil podemos quedamos atrapados en los niveles y las categorías. Al disponer del término «mujer emba razada» tendemos a igualar a todos los miembros de esa cate goría y a ignorar sus diferencias.
Los sistemas tipológicos que presentamos en este libro nos proporcionan interesantes aclaraciones sobre la naturaleza hu mana, lo cual puede contribuir a aumentar nuestra comprensión sobre nosotros mismos y sobre quienes nos rodean. No obstan te, si nos olvidamos de que el mapa no es el territorio y presta mos más atención al sistema que a la persona que tratamos de describir, nuestra comprensión puede terminar oscureciéndose.
TIPOS DE TIPOLOGÍAS
Las tipologías más sencillas se basan en dicotomías comu nes: masculino y femenino, luz y oscuridad, bien y mal. La más antigua y compleja de todas ellas es la astrología, con doce tipos mayores, cada uno de los cuales puede ser modula do por una gran diversidad de factores. La mayor parte de los sistemas de personalidad, sin embargo, se limitan a cuatro o cinco tipos fundamentales. ¿Quizás ése sea el mayor grado de complejidad que los seres humanos podemos recordar para ca- tegorizar a los demás? ¿Quién podría utilizar un sistema que exigiera recurrir a veinte o treinta tipos diferentes? Lo cierto es que muy pocos podríamos recordar esas distintas y complejas categorías y aplicarlas eficazmente a la comprensión y el tra bajo con los demás. Para la mayor parte de nosotros basta con un sistema de tres o cuatro categorías básicas para ver y res ponder a los demás con cierto discernimiento sin que la com plejidad del sistema nos aturda.
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Tipologías binarias
Hay tipologías de la personalidad relativamente simples que utilizan dos categorías. La más frecuente de todas las cla sificaciones binarias es la que diferencia entre tipos «masculi nos» y tipos «femeninos», una diferencia, referida a las defini ciones tradicionales de roles de género en las diferentes culturas, que hoy en día consideramos como un simple estere otipo que termina menospreciando a la mujer.
Los chinos distinguen entre el yin y el yang, que son consi derados como los principios femenino y masculino y suelen traducirse como «receptivo» y «expresivo». El yin y el yang significan literalmente las laderas umbría y soleada de las montañas y, en ese sentido, no pueden ser considerados como algo estrictamente separado porque, en la medida en que el sol atraviesa el cielo, la ladera soleada por la mañana queda en sombrecida al atardecer. De este modo, los aspectos luminosos y sombríos se entremezclan y se alternan, yang se convierte en yin y yin deviene yang.
Según la filosofía china, el yang y el yin son también la pri mera diferenciación del universo. Al principio sólo existía el Tao, una totalidad indiferenciada que constituye la unidad de todas las cosas. De esa totalidad brotaron el yin y el yang que terminaron dando lugar al surgimiento de toda la infinita va riedad del mundo.
La distinción hindú entre purusha (el espíritu) y prakriti (naturaleza), también está relacionada con la distinción entre masculino y femenino. Purusha es el principio masculino, la conciencia pura o el espíritu trascendental. Prakriti, por su par te, es el principio femenino, la procreación, lo que da naci miento a todas las formas manifiestas en la naturaleza. Este es el fundamento primordial que da lugar al surgimiento de todo el universo. Es interesante advertir que, en la filosofía hindú, el principio masculino es esencialmente pasivo y observador mientras que el principio femenino, por su parte, es activo y creador.
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Los seres humanos solemos pensar en términos de pares de opuestos enfrentados. Es por ello que las clasificaciones bipo lares han sido tan populares a lo largo de la historia. Algunos de estos pares son los siguientes:
introvertido-extravertido
En los últimos años, la distinción entre cerebro derecho y cerebro izquierdo se ha convertido en algo muy popular. Hay quienes han intentado clasificar todas las conductas humanas según estas dos categorías. En el capítulo 9, Springer y Deutsch nos presentan los últimos descubrimientos realizados en tomo al tema del distinto funcionamiento interhemisférico.
En mi opinión, la distinción existente entre pensamiento y sentimiento resulta particularmente útil. El pensamiento y el sentimiento constituyen, junto a la sensación y la intuición, dos de los conceptos fundamentales de la tipología cuaternaria de Jung. Mucho antes de Jung, sin embargo, los filósofos y los observadores de la naturaleza humana habían distinguido ya entre el tipo pensamiento y el tipo sentimiento. Muy ligados a esta diferencia se encuentran los pares objetivo-subjetivo, compasivo-inflexible y cabeza-corazón.
Hace ya varios años, una de mis alumnas asistió a una
con-optimista-pesimista activo-pasivo ordenado-desordenado preciso-difuso orgulloso-humilde celestial-terrestre sagrado-profano verbal-visual lógico-intuitivo pragmático-idealista objetivo-subjetivo tipo A-tipo B día-noche sol-luna caliente- frío seco-húmedo feliz-triste cabeza-corazón compasivo-inflexible
nacido una vez-nacido dos veces dirigido desde dentro-dirigido desde fuera
cerebro derecho-cerebro izquierdo pensamiento-sentimiento
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ferencia dada por un renombrado filósofo de la religión. Al día siguiente de la charla estaba muy preocupada porque le había desagradado mucho la clasificación de estados místicos que había presentado el conferenciante ya que el filósofo había ubicado a la gnosis, o conocimiento místico, en el escalón su perior del desarrollo místico y al amor en segundo lugar. Al fi nalizar la conferencia había tratado de hablar de este tema con él pero se sintió abrumada por el aluvión de razones con las cuales el conferenciante justificó haber colocado al conoci miento en primer lugar. Después de escucharla exclamé sin pensarlo: ¿pero qué es lo que esperabas de un profesional de la filosofía? Obviamente, para él el conocimiento es un estado superior. Después de todo, ha dedicado toda su vida al desa rrollo del intelecto. ¡Un filósofo necesariamente tiene que co locar al conocimiento en la cúspide de la actividad humana!
En mi opinión, es posible clasificar las distintas tradiciones místicas del mundo entero en función de la diferencia existen te entre el pensamiento y el sentimiento y llegar a la conclu sión de que probablemente existan tradiciones de la cabeza y tradiciones del corazón. Desde el momento en que establecí esta distinción la he advertido reiteradas veces. En cualquier caso, la mayor parte de las tradiciones místicas tienen portavo ces de ambos tipos. Los grandes poetas místicos, por ejemplo, son sumamente elocuentes con respecto a la importancia del amor y de la apertura del corazón a Dios. Para ellos, Dios es Amor. Los grandes filósofos del espíritu, por su parte, no de jan de insistir en la importancia del conocimiento. Para ellos, Dios es la Verdad.
Esta distinción entre el pensamiento y el sentimiento se ha lla también en la raíz de muchos de nuestros problemas políti cos. Quienes protestan y acuden a manifestaciones insisten en que nuestro gobierno se mueve según a ideales democráticos y valores humanos, y suelen expresar argumentos fuertemente emocionales con respecto al sufrimiento humano. Los funcio narios gubernamentales encargados de tomar decisiones políti cas, por su parte, operan desde la perspectiva del pensamiento
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y suelen asumir una valoración y una lógica impersonales ba sadas en consideraciones tales como los análisis de los factores de riesgo y las valoraciones de costes y beneficios. Desafortu nadamente, sin embargo, la postura de los primeros no es sig nificativa para los segundos, quienes tienden a juzgarlos como excéntricos e irracionales. Los primeros, por su parte, acusan a los funcionarios del gobierno de indiferencia, de falta de cuida do y de falta de respeto por los demás. Los liberales contestata rios serían mucho más eficaces si trataran de formular sus ar gumentos en términos racionales y lógicos que los funcionarios del gobierno pudieran escuchar y comprender. El continuo con flicto y la falta de comunicación existente entre estos dos gru pos ha sido hasta el momento, en nuestra opinión, una discre pancia basada en diferencias fundamentalmente tipológicas.
Tipologías ternarias
Hay muchos sistemas clásicos temarios. Platón distinguía tres funciones primarias en los seres humanos, la razón, el sen timiento y la voluntad (y para referirse a esta última utilizaba el término griego thymos, que significa literalmente brioso, como cuando hablamos de un caballo con brío). Platón decía que utilizamos nuestra voluntad para obligamos a hacer lo que nuestra razón determina pero nuestro sentimiento evita. La vo luntad es un aliado fundamental de la razón, porque la razón no puede vencer sobre el sentimiento sin el concurso de la vo luntad. Según la función predominante, esta triple distinción produce tres tipos diferentes de personas.
George I. Gurdjieff, el maestro esotérico que introdujo por vez primera el eneagrama en Occidente, trabajaba sobre este modelo platónico. El decía que existen tres tipos de personas, la física, la emocional y la intelectual, y también afirmaba que hay tres caminos espirituales fundamentales -diseñados para cada uno de estos tres tipos- el camino del faquir, el camino del monje y el camino del yogui.
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El camino del faquir es un camino dirigido a las personas orientadas físicamente, con una voluntad fuerte, y supone una disciplina física extaordinariamente rigurosa e incluso, en oca siones, hasta tortuosa. Ciertos faquires, por ejemplo, pueden mantener una determinada postura física durante meses o in cluso años y, gracias a este tipo de disciplina física, terminan desarrollando una voluntad de hierro.
El camino del monje es el camino de la devoción y de la fe, y el trabajo a realizar es, en este caso, fundamentalmente emo cional. Es el camino de quienes tienen una naturaleza fuerte mente emocional y se basan en el sentimiento. Es muy proba ble que éste sea el más común de los caminos espirituales de las tradiciones religiosas de todo el mundo. De este modo, el monje aprende a desarrollar un amor intenso y profundo hacia Dios que termina impregnando todos sus pensamientos y todas sus acciones.
El camino del yogui, por último, es el camino de la mente y está diseñado para las personas que tienden hacia el funcio namiento mental. El yogui aprende a meditar, a controlar la mente y a desarrollar una gran capacidad de concentración. La experiencia resultante de los profundos estados de conciencia meditativos propios de este camino termina transformando la mente del yogui.
Gurdjieff no tomaba estos términos en su sentido literal. Existen, por ejemplo, escuelas devocionales de yoga cuyos practicantes siguen lo que Gurdjieff denominaba el camino del monje y hay también monjes zen, entregados fundamental mente a la meditación, que siguen el camino del yogui.
Gurdjieff también señalaba que el desarrollo de una sola de es tas facetas puede terminar conduciendo a una vía muerta. Un monje, por ejemplo, que tenga una gran devoción pero que carez ca de discernimiento, puede terminar convirtiéndose en un «santo estúpido»; un faquir que haya desarrollado la voluntad pero que adolezca de comprensión no sabrá dónde aplicar la voluntad que tanto ha desarrollado, y un yogui con una mente controlada pue de terminar convirtiéndose en una persona débil e indiferente.
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Gurdjieff también habló de la existencia de un cuarto cami no, un camino que trasciende las diferencias individuales. Se gún él, los caminos tradicionales del faquir, el monje y el yo gui implican una renuncia al mundo y una entrega de todo el tiempo y la energía a una práctica intensa e unilateral. El cuar to camino es un camino que permanece en el mundo y que tra ta de aprovechar todas las experiencias de la vida cotidiana para el desarrollo de uno mismo. El trabajo del cuarto camino supone, pues, un desarrollo equilibrado en las tres funciones, cuerpo, corazón y cabeza. En este trabajo resulta fundamental la presencia de un maestro porque cada estudiante progresa de manera diferente según su temperamento individual. Gurdjieff indicó que la tradición mística sufí es el modelo más desarro llado de una tradición del cuarto camino ya que, desde hace mil años, los sufíes han estado «viviendo en este mundo pero sin ser de él».
También podemos encontrar la misma distinción ternaria en el capítulo 13, en donde William Sheldon nos presenta su ti pología corporal que diferencia entre los endomorfos, los ecto morfos y los mesomorfos. La voluntad y la actividad física son el núcleo fundamental del mesomorfo. El endomorfo se orien ta hacia las emociones y presta atención a los sentimientos y sensaciones agradables y placenteras. El ectomorfo, por últi mo, prefiere la vida del intelecto y obra según el pensamiento y la razón.
En el capítulo 10, Sandra Seagal y David Home presentan un moderno similar al anterior que se basa en los principios mental, emocional y físico en la dinámica humana y que se han aplicado en una diversidad de situaciones, desde la esfera individual hasta los sistemas de adiestramiento en el seno de grandes empresas.
Los tres temperamentos de los que nos habla la medicina ayurvédica también están relacionados con la tipología de Sheldon y con el resto de las tipologías ternarias. El tipo vata (aire-éter) es imaginativo, sensible y rápido, y se corresponde estrechamente con el ectomorfo; el tipo pitta (fuego-agua) es
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intenso, fuerte y determinado, muy parecido al mesomorfo; el tipo kapha (fuego-agua), por último, es sólido, estable y tran quilo, y se parece mucho al endomorfo.
Karen Homey también utiliza una clasificación temaría. En el capítulo 3, Homey distingue tres tendencias humanas funda mentales, dirigirse hacia los demás, alejarse de ellos y oponer se a los demás, y aunque ésta sea una simplificación excesiva, bien podríamos decir que es probable que el mesomorfo tien da a oponerse, que el endomorfo tienda a acercarse a los de más y que el ectomorfo tienda a alejarse de ellos.
Otro sistema tipológico clásico temario nos lo proporciona la filosofía hindú, que considera que todas las cosas están compuestas de tres gunas o cualidades fundamentales, tamas,
rajas y sattva. Tamas es la inercia, la tendencia básica a per
manecer igual, rajas es la estimulación, el impulso básico a actuar, y sattva es la pureza o iluminación. Estas tres tenden cias se manifiestan en muchas áreas diferentes. Los alimentos «tamásicos», por ejemplo, son tan fuertes que nos dejan llenos, somnolientos e incapaces de movemos. Hay alimentos estimu lantes y «rajásicos» que nos dejan tan nerviosos y excitados que difícilmente podemos permanecer sentados y mucho me nos permanecer en calma y relajados. Los alimentos «sáttvi- cos», por último, nos dejan una sensación de tranquilidad y calma. Hay personas que tienen estilos de vida altamente «ta másicos» (es decir, pasivo, tipo saco de patatas), otros son «ra jásicos» y siempre parecen estar al límite o en movimiento y otros «sáttvicos», cuyo estilo de vida es calmado o tranquilo.
Un aspecto interesante del sistema de los gunas es que en tre rajas y tamas existe una relación dialéctica que idealmente se resuelve en sattva. Esto se opone a la mayor parte de los sistemas tipológicos en los que cada tipo supone un equilibrio entre cualidades positivas y negativas. La filosofía hindú abo ga claramente por la superioridad física, psicológica y espiri tual de sattva.
Los fundadores de la programación neurolingüística (PNL), un moderno sistema psicológico, también han desarrollado una
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tipología ternaria. Ellos consideran el funcionamiento humano según los cinco sentidos porque, después de todo, ésos son los canales a través de los cuales experimentamos el mundo. Sin embargo, según la PNL, los sentidos fundamentales son la vis ta, el oído y el tacto (en el que también incluyen la cenestesia, que abarca la conciencia de los estímulos tanto internos como externos).
En la mayor parte de las personas predomina naturalmente una determinada modalidad sensorial que suele reflejarse en el tipo de lenguaje que utiliza. Un tipo en el que predomine la modalidad sensorial, por ejemplo, tenderá a utilizar expresiones del tipo «demuéstramelo» o «ya veo lo que quieres decir», uno auditivo dirá probablemente «dímelo» o «te escucho» mientras que una persona más cenestésica puede decir «déjamelo pro bar» o «sentir» o «siento que lo que dices es correcto».
Estas diferencias en la preferencia de un canal sensorial so bre otro pueden suscitar interesantes problemas de relación. Veamos el caso, por ejemplo, de un hombre cenestésico y una mujer visual que se sientan juntos. Él, para favorecer la rela ción, tenderá a acercarse, mientras que ella -y por el mismo motivo- tenderá a alejarse para verle mejor. Ambos buscan lo mismo, es decir, establecer un mejor contacto con el otro, pero desafortunadamente la estrategia que emplea cada uno de ellos parece tener un efecto opuesto sobre el otro. Este ejemplo constituye una ilustrativa demostración de la forma en que las diferencias existentes entre los diferentes tipos humanos puede beneficiar o dificultar extraordinariamente nuestras relaciones.
Tipologías cuaternarias
Uno de los sistemas cuaternarios más ampliamente utiliza dos es la tipología hipocrática de los cuatro elementos y de los cuatro temperamentos. La astrología también se ha basado desde hace siglos en una tipología basada en los cuatro ele mentos. En su capítulo sobre la astrología de las relaciones
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(capítulo 19), Liz Greene señala la forma en que los cuatro elementos nos proporcionan una importante dimensión psico lógica para comprender la astrología y para comprender tam bién las relaciones. Greene relaciona los cuatro elementos con los tipos de Jung. La tierra está relacionada con la sensación, el agua con el sentimiento, el fuego con la intuición y el aire con el pensamiento.
El sistema de Jung que habla de pensamiento, sentimiento, sensación e intuición constituye el más conocido de los siste mas cuaternarios. Jung postulaba dos dimensiones para su ti pología, el juicio y la percepción. El pensamiento y el senti miento son formas de establecer juicios y decisiones. La sensación y la intuición, por su parte, son formas de acumular información.
Hay muchos otros sistemas cuaternarios que utilizan el mismo enfoque identificando dos dimensiones fundamentales con dos categorías en cada uno de ellos, lo cual puede resu mirse en una tabla de 2x2.
Juicio
Pensamiento Sentimiento
Sensación
Percepción
Intuición
El sistema de Jung constituye el fundamento del Indicador de Tipo de Meyers-Briggs, la medida de personalidad más am pliamente utilizada en todo el mundo. El MBPI añade a las