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Considerado fundador de la ciencia económica por La riqueza de las naciones, el escocés Adam Smith no sólo puso con esta obra los cimientos de una ciencia, sino también de una doctrina: el liberalismo económico. La idea de que la riqueza proviene del trabajo (y no del oro ni de la plata), siendo susceptible de aumentar con una adecuada regulación del funcionamiento del mercado; la noción de la competencia como mecanismo limitador de la sed de beneficios y fomentador del bien común, y el deseo de un Estado fuerte, aunque no grande, que garantice la libertad, la propiedad y el funcionamiento de la “mano invisible” que armoniza los intereses de la persona y de la comunidad, son, en efecto, su perdurable aportación al mundo que se había de desarrollar en los siglos siguientes. Estudio preliminar y traducción de Carlos Rodríguez Braun.
Adam Smith La riqueza de las naciones Edición de Carlos Rodríguez Braun
Estudio prelim inar
Aunque hubo pensam iento económ ico desde la m ás rem ota antigüedad, la econom ía no se desarrolla com o disciplina científica hasta el siglo XVIII. El libro que tiene el lector entre sus m anos, y cuy a versión original fue publicada en dos volúm enes en Londres a com ienzos de m arzo de 1776, es una suerte de partida de nacim iento de la ciencia económ ica. No sólo fue la referencia fundam ental de la escuela clásica de econom ía, que agrupa a figuras com o Malthus, Say, Ricardo, John Stuart Mill e incluso Karl Marx. Desde entonces hasta hoy los econom istas lo han leído y existe un am plio consenso en que el prim ero y m ás ilustre de sus colegas fue el escocés Adam Sm ith, el autor de Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones —tal el título com pleto de la obra.
Esto solo y a bastaría para que el libro m ereciese un lugar en la biblioteca de cualquier persona m edianam ente culta. Pero hay algo m ás. Adam Sm ith no es solam ente el padre de una ciencia sino tam bién de una doctrina: el liberalism o económ ico. Es en este segundo aspecto donde se cim enta la fam a de Sm ith m ás allá del círculo de los econom istas. Probablem ente m uy pocos políticos han leído La riqueza de las naciones, pero m uchos hablan del « liberalism o sm ithiano» y todos saben que fue Adam Sm ith el autor de la m ás célebre m etáfora económ ica, según la cual el m ercado libre actúa com o una « m ano invisible» que m axim iza el bienestar general —el lector curioso podrá encontrar la cita apenas com enzado el capítulo II del Libro Cuarto; la expresión aparece solam ente una vez en esta obra y Sm ith la había em pleado antes en sólo dos oportunidades, una en la Teoría de los sentimientos morales y otra en un tem prano ensay o sobre la historia de la astronom ía.
Adam Sm ith nació en Kirkcaldy, un pueblo de la costa este de Escocia, cerca de Edim burgo, en enero de 1723. Nunca conoció a su padre, llam ado tam bién Adam Sm ith, j uez e inspector de aduanas, que m urió pocas sem anas antes de que naciera su hij o. Entre esta traum ática circunstancia y la débil salud del niño, se anudó una estrechísim a relación entre Adam Sm ith y su m adre: vivió siem pre con ella, nunca se casó y de hecho la sobrevivió apenas seis años.
anterioridad quienes escribían sobre econom ía fueron con frecuencia hom bres de negocios o profesionales o intelectuales que sólo m arginalm ente abordaban cuestiones económ icas. Incluso en el siglo XIX habría grandes econom istas que ni estudiaron en la universidad ni fueron después profesores, com o sucedió con David Ricardo y John Stuart Mill, quizás las dos m entes m ás im portantes de la escuela clásica después del propio Sm ith, que fue un universitario. Hasta tenía las señas personales casi caricaturescas del profesor distraído: hablaba solo, se abstraía, salía a pasear y se perdía, etc.
En 1737 ingresó en la Universidad de Glasgow, y recibió la influencia de la escuela histórica escocesa, al estudiar con Francis Hutcheson y otros. Hutcheson era catedrático de Filosofía Moral; en su asignatura había una parte dedicada a m oral práctica, que abordaba los cuatro tem as siguientes: j usticia, defensa, finanzas públicas y lo que llam aban entonces « policía» , es decir, organización social o política. Allí está el germ en de buena parte de la Riqueza de las naciones. En 1740 obtiene una beca para ir a estudiar en el Balliol College de Oxford, una universidad entonces decadente, com o apunta Sm ith en el Libro Quinto de la Riqueza. Seis años m ás tarde regresa a casa y dedica un par de años a escribir ensay os sobre retórica y literatura, astronom ía, física y filosofía. En 1748 es invitado por un grupo de am igos a dictar una serie de conferencias sobre literatura y otros tem as en Edim burgo. La experiencia resulta un éxito de público y en 1751 es nom brado catedrático en la Universidad de Glasgow, prim ero de Lógica y después de Filosofía Moral, y traba una firm e am istad con el gran filósofo e historiador David Hum e, que tam bién iba a escribir páginas extraordinarias sobre econom ía. Sm ith destruy ó los originales de sus notas y m anuscritos; por fortuna, sin em bargo, en 1896 y en 1963 se publicaron unos j uegos de apuntes de clase tom ados por dos alum nos suy os de los cursos de 1762 y 1763. En 1759 aparece su prim er libro: La teoría de los sentimientos morales, que volverá a Sm ith m uy conocido dentro y fuera de su país; hubo seis ediciones en vida del autor y tres traducciones francesas y dos alem anas antes de que acabara el siglo XVIII.
El libro tuvo un éxito inm ediato y de hecho cam biaría por com pleto la vida de Sm ith puesto que dio lugar a su siguiente y m uy redituable em pleo. Charles Townshend, que llegaría a ser m inistro de Econom ía con el gobierno de William Pitt padre —y cuy as m edidas fiscales avivarían la lucha por la independencia norteam ericana— quedó fascinado con la Teoría y decidió que su autor debía ser el m entor de su hij astro, el duque de Buccleugh; se lo propuso en 1763 y el pensador escocés aceptó.
En 1764 Sm ith abandona la universidad y durante tres años se convierte en el preceptor del j oven duque de Buccleuch, con quien viaj a a Francia. Sm ith, que en el capítulo I del Libro Quinto de la Riqueza iba a despotricar contra la costum bre de hacer viaj ar a los j óvenes al extranj ero, aprovecha su estancia en
el Continente para ir a Ginebra, donde conoce a Voltaire, y a París, donde su am igo David Hum e term inaba su periodo com o secretario de la em baj ada inglesa. En París iba a trabar relación con la flor y nata del pensam iento galo, por ej em plo con el notable econom ista y político A.R.J. Turgot, y con François Quesnay, líder de prim era escuela económ ica propiam ente dicha, llam ada hoy fisiocracia y conocida entonces com o « escuela de los econom istas» .
De vuelta a Kirkcaldy en 1767, y gracias a una pensión vitalicia que le asignó el duque, Sm ith dedica los diez años siguientes —los dos últim os en Londres— a escribir la Riqueza de las naciones, que ve la luz en 1776. El econom ista escocés no pensó que su obra iba a tener m ucho éxito, pero al cabo de poco tiem po lo tuvo: inspiró las reform as liberalizadoras com erciales y fiscales de William Pítt hij o, un adm irador declarado de Sm ith, y es el libro por el cual la posteridad lo iba a reconocer hasta hoy. Hubo cinco ediciones en vida de Sm ith. La prim era versión española apareció en 1794.
En 1778 este padre del libre com ercio fue designado Com isario de Aduanas de Escocia en Edim burgo —donde habían trabaj ado tanto su padre com o otros antepasados suy os. Sm ith cum plió con sus tareas a conciencia hasta el final de su vida, tareas que ciertam ente no eran contradictorias con su doctrina económ ica, puesto que él no fue partidario de la desaparición de los aranceles sino de su m oderación y su reform a según los cánones de la tributación que expone en el capítulo II del Libro Quinto de la Riqueza.
Tres años antes de su m uerte recibió Adam Sm ith un honor que lo llenó de em oción: fue nom brado en 1787 Rector de su antigua casa académ ica, donde había estudiado y enseñado, la Universidad de Glasgow. No tenía dudas Sm ith sobre cuál había sido la etapa m ás feliz de su vida: los trece años en que fue profesor. Murió en Edim burgo en j ulio de 1790. Tenía 67 años.
Es curioso que con frecuencia sea Adam Sm ith caracterizado com o la im agen del capitalism o salvaj e, desconsiderado y brutal. El prim ero que se indignaría ante sem ej ante descripción sería sin duda él m ism o, que era después de todo un profesor de m oral y que se preocupó siem pre por las reglas éticas que lim itan y constriñen la conducta dé los seres hum anos.
La base de su teoría es la sim patía y el am or propio. Dentro de cada persona hay un « espectador im parcial» que j uzga la m edida en que las acciones son beneficiosas para el individuo o para su entorno.
Es norm al que las personas asignen m ás im portancia a su am biente inm ediato, ellas m ism as y sus fam ilias, que al m ás lej ano, su ciudad, el país, el m undo. Pero que las personas estén interesadas m ás en sí m ism as no quiere decir que no les im porte lo que suceda con los dem ás. El capítulo I de la Teoría de los sentimientos morales se abre con la siguiente afirm ación: « Por m ás egoísta que se pueda suponer al hom bre, existen evidentem ente en su naturaleza algunos principios que lo m ueven a interesarse por la suerte de otros, y a hacer que la
felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada m ás que el placer de contem plarla» .
La sim patía hacia los dem ás y el propio interés, por lo tanto, coinciden en todas las personas y son dos em ociones genuinas. Para com patibilizarlas se podría decir que está la conciencia hum ana, o lo que Sm ith llam a el « espectador im parcial» , una especie de desdoblam iento de la personalidad que hace no sólo que podam os ver nuestra conducta y j uzgarla individualm ente, sino tam bién que podam os evaluar los condicionam ientos y resultados sociales de nuestro com portam iento, en particular cóm o nos j uzgarán los dem ás, algo im portante porque la opinión de los otros es determ inante para nuestros actos. No nos precipitam os hacia un individualism o egoísta porque nos lo im pide la presencia de lazos fam iliares, de am istad, vecindad, nacionalidad. Com o todas las personas afrontan el m ism o contexto, de esa m ezcla ponderada de sim patía y atención por los dem ás y de am or propio em ergen reglas m orales que hacen posible, com o consecuencia no deseada, una sociedad ordenada.
Esto es típicam ente sm ithiano: en la Riqueza de las naciones la conducta económ ica fundada en el propio interés desencadena a través de la m ano invisible del m ercado, siem pre que hay a un Estado que garantice la paz y la j usticia, un resultado que no entraba en los planes de cada individuo: el desarrollo económ ico y la prosperidad general. Es en este sentido en el que em plea la expresión « m ano invisible» en el capítulo I, Parte Cuarta, de su libro sobre m oral. El que la persecución del propio interés sea m oralm ente legítim o y económ icam ente beneficioso para la sociedad no es una noción original de Sm ith, pero nadie la había expuesto antes con tanto rigor y detalle.
Los escritos de Sm ith pueden verse com o un gran conj unto, inspirado por el program a de filosofía m oral de Hutcheson y el suy o propio. Y es un conj unto incom pleto. En la últim a página de la Teoría de los sentimientos morales de 1759 escribió Sm ith: « en otro estudio procuraré explicar los principios generales de la legislación y el Estado, y los grandes cam bios que han experim entado a lo largo de los diversos periodos y etapas de la sociedad, no sólo en lo relativo a la j usticia sino en lo que atañe a la adm inistración, las finanzas públicas, la defensa y todo lo que cae baj o el ám bito legislativo» . En el prólogo a la sexta edición de la Teoría, redactado m eses antes de m orir, escribió que la Riqueza satisfizo sólo « parcialm ente esa prom esa, en lo referido a la adm inistración, las finanzas y la defensa» . Todavía le quedaba, confesó, la teoría de la j usticia, « aunque m i avanzada edad m e hace abrigar pocas esperanzas de com pletar esta gran obra satisfactoriam ente» . Y efectivam ente no pudo hacerlo.
Lo que sí com pletó fue la Riqueza de las naciones. Para ser el fundador de la ciencia económ ica, Adam Sm ith no em plea en absoluto esa expresión, que se generalizaría m ucho después, y cuando habla de econom ía se refiere a la economía política, y otorga m ucho peso al aspecto político: es « una ram a de la
ciencia del hom bre de estado o legislador» , dice al com enzar el Libro Cuarto. Sin em bargo, Sm ith es evidentem ente un econom ista y que adem ás se plantea una gran pregunta de esta disciplina en el título m ism o de su obra, que en térm inos m odernos se leería: en qué consiste y cóm o se logra el desarrollo económ ico.
Sm ith va directam ente al grano desde la prim era línea de la Introducción: la riqueza de una nación deriva de su trabaj o, « el producto anual del trabaj o y la tierra del país» , dirá una y otra vez Sm ith —es decir, algo m uy parecido al Producto Interior Bruto. No es el excedente de la balanza com ercial, com o habían pensado m uchos autores antes que él —en lo que a partir de Sm ith se llam aría « m ercantilism o» —, y tam poco es el excedente agrícola, com o creían sus contem poráneos, los fisiócratas franceses. Adem ás, es claro que para Sm ith la riqueza que cuenta es la que está repartida entre los habitantes de un país, lo que hoy se denom ina la renta o el PIB per cápita.
Una vez establecido que el trabaj o es el « fondo» del que en últim a instancia brotan todas las riquezas, la cuestión es cóm o aum entar ese fondo, y de eso trata el Libro Prim ero, que parte de la división del trabaj o —el célebre ej em plo de la fábrica de alfileres— derivada de la propensión innata del ser hum ano a « trocar, perm utar y cam biar una cosa por otra» . De la división del trabaj o surge el com ercio y el dinero, y de allí los problem as del valor y la distribución. Sm ith va a explicar el valor por la oferta, porque creía que el precio « natural» o de equilibrio en el largo plazo venía determ inado por el coste de producción, con lo que la idea de la determ inación sim ultánea de precios y costes se dem oró todavía un siglo.
El Libro Segundo trata de la form a de am pliar ese fondo a través del ahorro, la acum ulación del capital —Sm ith vuelve a considerar aquí al dinero, pero com o parte del capital— y los dos tipos de trabaj o, productivo e im productivo. El Libro Tercero aborda una cuestión de gran im portancia práctica: por qué unos países crecen m ás que otros. Característicam ente, Sm ith adj udica gran im portancia a las instituciones y a la política económ ica, y condena en particular a las m edidas que intentan favorecer a un sector de la econom ía a expensas de los dem ás.
Si el Libro Tercero puede verse com o una historia de los hechos económ icos, el Libro Cuarto es una historia de las doctrinas económ icas, o « sistem as de econom ía política» , de los que Sm ith se centra particularm ente en uno, el « Sistem a com ercial o m ercantil» , es decir, el m ercantilism o, y critica su espíritu proteccionista y m onopólico. Menos espacio dedica, en cam bio, a rebatir a los fisiócratas, porque en realidad a su j uicio no habían hecho sino exagerar una doctrina que era fundam entalm ente verdadera: la idea de que la agricultura era el m ás productivo de los sectores económ icos. Adem ás, Sm ith sim patiza con el m ensaj e liberal de la fisiocracia. Y por últim o el Libro Quinto es un tratado de hacienda pública dividido en tres partes: gastos, im puestos y deuda pública.
Desde el prim er libro aparecen las características del m odo de razonar de Sm ith. Aunque los econom istas han llevado desde siem pre, y en m uchas ocasiones con razón, el estigm a de la torre de m arfil, de elaborar visiones fantasiosas sin contacto alguno con la realidad, para el fundador de la ciencia económ ica era evidente que la econom ía no podía ser analizada en abstracto, en especial no se podía perder de vista una doble dim ensión: la historia y las instituciones.
El pensador escocés dem uestra no sólo una gran soltura a la hora de m anej ar la historia en general, sino en particular los datos de la historia económ ica, com o puede verse en la notable y extensa digresión sobre el valor de la plata en el capítulo XI del Libro Prim ero.
Pero adem ás de la proy ección histórica, Sm ith insiste en explicar el funcionam iento de la econom ía real, con todas sus im perfecciones y lim itaciones, y con todo su m arco institucional, que según Sm ith es básico para el crecim iento económ ico. Hay un « sistem a de libertad natural» , afirm a Sm ith, pero en absoluto se im pone por sí m ism o, sino que necesita un com plej o entram ado político y legislativo, es decir, la m ano visible del Estado y las instituciones.
Otros aspectos que chocan con la visión sim plista de Sm ith-capitalism o-salvaj e es su respaldo a que la riqueza se reflej e en un increm ento en el nivel de vida del pueblo, y el intenso recelo que siente Sm ith hacia los em presarios. Una cosa es defender al capitalism o, parece decir, y otra cosa m uy distinta es defender a los capitalistas, que sólo son útiles a la sociedad en la m edida en que com pitan en el m ercado ofreciendo bienes y servicios buenos y baratos, con lo que los consum idores se benefician —y el consum o es el fin últim o de la producción. Adam Sm ith dedica a los capitalistas y a su espíritu m onopólico y de « conspiración contra el público» unos com entarios durísim os, de gran relevancia para com prender num erosas polém icas actuales, puesto que Sm ith dem uestra cóm o los diversos grupos económ icos consiguen privilegios del Estado sobre la base de fingir que representan los m ás am plios intereses de la sociedad.
Pero desde el m om ento en que se conceden privilegios especiales se está atentando contra el interés general. Sm ith lo explica con num erosos ej em plos concretos de desvío forzado de capital hacia una u otra ram a específica, que da lugar a unos precios m ay ores y una producción m enor —el esquem a clásico del m onopolio— que los que habrían tenido lugar en otra circunstancia.
El m ercantilism o, así, da lugar a un crecim iento m enor, pero no a una ausencia de crecim iento. Sm ith reconoce que los recursos naturales y sobre todo los recursos hum anos —y « el deseo de cada persona de m ej orar su propia condición» — se potencian con las instituciones buenas y consiguen com pensar los efectos retardatarios de las instituciones m alas. E igualm ente reconoce que las m últiples reglam entaciones m ercantilistas estaban siendo dej adas de lado con
m ás celeridad en Inglaterra que en el resto de Europa: no titubea en aplaudir los m éritos de las reform as que am pliaban el cam po de la libertad. En ese sentido España es un ej em plo, aunque desgraciado: en repetidas oportunidades Sm ith dem uestra cóm o las intervencionistas instituciones españolas eran particularm ente dañinas para el crecim iento económ ico.
El realism o de Sm ith brilla en el extenso capítulo VII del Libro Cuarto, sobre las colonias. En los im perios se ha establecido el sistem a m ercantilista: por doquier hay m onopolios, proteccionism o, com pañías exclusivas, prohibiciones y reglam entaciones de todo tipo. Y sin em bargo, ha sido tan beneficiosa la extensión del m ercado que se ha producido gracias a las colonias —y la extensión del m ercado es la clave para la división del trabaj o, que a su vez lo es para el crecim iento— que ha podido con todos los efectos perniciosos del im perialism o m ercantilista.
Algo parecido se observa en el capítulo I del Libro Quinto, cuando Sm ith analiza las instituciones que facilitan el progreso. La extensa digresión sobre la educación, m uy a propósito para com prender los problem as que padece la universidad actual, contiene incisivas críticas al sistem a educativo de su época pero al m enos, reconoce el escocés, enseñó algo. Ese m ism o capítulo contiene una fam osa predicción equivocada de Sm ith, que aparte de bancos, com pañías de seguros y algunas obras públicas hidráulicas, descreía de las posibilidades de las sociedades anónim as, precisam ente la personalidad j urídica que iban a adoptar las em presas después de form a m asiva. Ha de reconocerse, sin em bargo, que la realidad de las últim as décadas del siglo XX y los m ás recientes estudios sobre la econom ía em presarial dem uestran que no andaba descam inado el escocés en un punto im portante: los problem as que hoy se llam arían de « el principal y el agente» , es decir, los peligros del abuso por los ej ecutivos de la responsabilidad que les confieren los accionistas.
Pero probablem ente lo que m ás asom bre a un lector m oderno que se aproxim e a Sm ith con la im agen que habitualm ente se tiene de él sea el m arco de acción aceptable para el Estado. Al term inar el Libro Cuarto expone Sm ith los tres deberes fundam entales del soberano en una sociedad liberal: « Prim ero, el deber de proteger a la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes. Segundo, el deber de proteger, en cuanto sea posible, a cada m iem bro de la sociedad frente a la inj usticia y opresión de cualquier otro m iem bro de la m ism a, o el deber de establecer una exacta adm inistración de la j usticia. Y tercero, el deber de edificar y m antener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que j am ás será del interés de ningún individuo o pequeño núm ero de individuos el edificar y m antener, puesto que el beneficio nunca podría reponer el coste que representarían para una persona o un reducido núm ero de personas, aunque frecuentem ente lo reponen con creces para una gran sociedad» .
Esto basta de por sí para pulverizar toda im agen anarquista de Sm ith. Pero hay m ás. El econom ista escocés, y el grueso de los econom istas liberales que lo han sucedido hasta la fecha, adm iten otras intervenciones del Estado en la vida económ ica. El propio Sm ith llegó a alabar dos instituciones paradigm áticas del m ercantilism o: las ley es de la usura y las de navegación. Ponderó a las prim eras porque la lim itación a los tipos de interés im pedía que los em presarios m ás irresponsables drenaran fondos para sus osados proy ectos, arrebatándoselos a los m ás prudentes al ofrecer pagar tasas de interés desorbitadas. Y elogió a las ley es de navegación, que establecían la protección de bandera para el com ercio exterior británico, con el argum ento de que así se contribuía a sostener una m arina de guerra —« la defensa es m ucho m ás im portante que la opulencia» , afirm a en el capítulo II del Libro Cuarto.
Adam Sm ith es, por tanto, un liberal m atizado, que no quiere hacer tabla rasa con el sistem a anterior —que tenía asim ism o m ás elem entos liberales de los que Sm ith apunta— y m ucho m enos instaurar en su lugar una anarquía sin Estado: a un anarquista le tienen sin cuidado los im puestos, y Adam Sm ith redacta un extenso capítulo sobre los m ism os, analizándolos prolij am ente. Un anarquista, por definición, es enem igo de la propiedad, y para Sm ith la propiedad privada es característica irrenunciable de la prosperidad, y su defensa m isión irrenunciable del Estado.
Es evidente, no obstante, que es un liberal, que cree en el m ercado, que apoy a aquellas intervenciones públicas en donde claram ente se dem uestre que los fallos del Estado son m enores que los del m ercado, y que propone adem ás intervenciones en cuy a form a los criterios com petitivos sean m enos vulnerados. Rechaza específicam ente las intervenciones particulares del Estado para fom entar tal o cual actividad, para proteger tal o cual sector en m ay or beneficio de la com unidad. El argum ento que em plea es profundam ente práctico: el Estado no sabe cóm o hacerlo. Para Sm ith el « sencillo y obvio sistem a de la libertad natural» equivale a lo siguiente: « Toda persona, en tanto no viole las ley es de la j usticia, queda en perfecta libertad para perseguir su propio interés a su m anera y para conducir a su trabaj o y su capital hacia la com petencia con toda otra persona o clase de personas. El soberano queda absolutam ente exento de un deber tal que al intentar cum plirlo se expondría a innum erables confusiones, y para cuy o correcto cum plim iento ninguna sabiduría o conocim iento hum ano podrá j am ás ser suficiente: el deber de vigilar la actividad de los individuos y dirigirla hacia las labores que m ás convienen al interés de la sociedad» . Todas las m atizaciones intervencionistas de Sm ith, en efecto, em palidecen frente a los estados m odernos, que absorben la m itad de la riqueza nacional y se afanan cotidianam ente en la persecución j usto de aquellos obj etivos que el escocés quería alej ar de la preocupación del sector público. Es posible que la im agen anarquista de Sm ith derive del contraste entre su liberalism o m oderado y
prudente y el intervencionism o hipertrofiado y audaz de los estados actuales. Ahí estriba un aspecto en el que Sm ith está definitivam ente anticuado, com o lo están casi todos los econom istas, salvo un puñado de contem poráneos: a todos les falta una correcta teoría del estado. Pero al m enos Adam Sm ith abogaba, com o buen ilustrado, por un gobierno reform ador y liberalizador del Antiguo Régim en m ercantilista, un gobierno diferente del antiguo despotism o nobiliario y eclesial; y al m enos los liberales del siglo XIX, herederos de Sm ith, pretendieron m antener al Estado dentro de ciertos lím ites. En cam bio John May nard Key nes y el grueso de los econom istas del siglo XX no tuvieron ni siquiera la preocupación ante la am pliación del tam año del Estado: m ás aún, la recom endaron com o la m ej or form a de resolver los problem as económ icos. Su responsabilidad en las dificultades creadas por la expansión inédita del sector público en nuestros días es, así, m ucho m ay or que la del viej o escocés.
En todo caso, es claro que en las postrim erías del siglo XX se está viviendo un agotam iento del Estado presuntam ente benefactor y un renacim iento de las ideas liberales.
¿Puede ay udar Adam Sm ith a los políticos que llevan a cabo las reform as económ icas de hoy ?
La riqueza de las naciones aparece en un año crítico para la historia colonial: la independencia de los Estados Unidos. Este tem a, que guarda ciertas analogías con la cuestión nacionalista del presente, es aludido por Sm ith en diversas ocasiones —habla de « actuales disturbios» — y aunque su pensam iento es bastante am biguo y com plej o es claro que para él lo óptim o es un nuevo im perio, un commonwealth diferente, de com unidades autónom as y autofinanciadas en un m arco de libre com ercio internacional. Pero en ese m om ento, hablar de un nuevo im perio cuando el viej o se estaba resquebraj ando le parece a Sm ith, cuando vuelve sobre el tem a al final del Libro Quinto, algo utópico.
Significativam ente, la palabra utopía aparece en sólo dos oportunidades en la obra de Sm ith. Una es esta del nuevo im perio liberal, y la otra —en el capítulo II del Libro Cuarto— es la posibilidad de que el libre com ercio sea una realidad com pleta alguna vez. No se puede sostener, entonces, que Sm ith no hay a tenido conciencia de las lim itaciones prácticas de sus ideales. Y eran lim itaciones poderosas: no son los prej uicios de la gente, apunta el escocés, la verdadera barrera para la libertad económ ica, sino los intereses creados.
La Riqueza de las naciones, entonces, puede alum brar las reform as m odernas en la necesidad de abordarlas con cauto realism o. Otro punto fundam ental es que Adam Sm ith explica la lógica de la intervención y las perturbaciones que com porta en la asignación eficiente de los recursos; y perm ite com batir a los grupos de presión que pretenden hacer y hacen com ulgar a gobiernos y ciudadanos con ruedas de m olino. La riqueza de las naciones, adem ás, explica por qué la « libertad natural» es económ icam ente ventaj osa, por qué la
com petencia da lugar a m ay or crecim iento que el m onopolio. Y un últim o aspecto de sobresaliente im portancia es que su autor ni engaña ni se engaña sobre la dificultad de alcanzar una econom ía m ás libre: esa dificultad es enorm e.
Adam Sm ith lo expone m agistralm ente en el capítulo VII del Libro Cuarto, al com entar que los verdaderos problem as del intervencionism o no aparecen cuando se lo im pone sino cuando se lo suprim e: « ¡Así son de desgraciados los efectos de todas las reglam entaciones del sistem a m ercantil! No sólo introducen desórdenes m uy peligrosos en el estado del cuerpo político, sino que son desórdenes con frecuencia difíciles de rem ediar sin ocasionar, al m enos durante un tiem po, desórdenes todavía m ay ores» .
Lecturas
Esta edición recoge com pletos a los Libros Prim ero, Segundo y Tercero de La riqueza de las naciones, salvo las notas al pie de página, y una selección de los Libros Cuarto y Quinto, que representan cada una aproxim adam ente la m itad del original. El criterio de selección ha sido retener lo analíticam ente relevante de esos dos últim os libros, y sólo sacrificar los detalles y explicaciones de carácter m ás incidental, histórico o ilustrativo.
Si esta edición parcial de La riqueza las naciones estim ula al lector a proseguir su estudio sobre Sm ith y los econom istas clásicos, podría em pezar a recorrer la bibliografía sm ithiana por los textos siguientes.
Una buena biografía de Sm ith es:
E. G. West, Adam Smith. El hombre y sus obras, Madrid, Unión Editorial, 1989. El m ej or estudio sobre la econom ía clásica, que perm ite analizar a Sm ith y a sus sucesores, es:
D. P. O’Brien, Los economistas clásicos, Madrid, Alianza, 1989.
Los m itos sobre el capitalism o o liberalism o « salvaj e» de Adam Sm ith son despej ados en:
Jacob Viner, « Adam Sm ith y ellaissez faire» , en J. J. Spengler y W. R. Allen (eds.), El pensamiento económico de Aristóteles a Marshall, Madrid, Tecnos, 1971.
Para com prender la com plej idad del sistem a económ ico m ás duram ente atacado por Sm ith, y observar el grado de continuidad que existe en las doctrinas económ icas, puede verse en el m ism o volum en editado por Spengler y Allen:
William D. Gram pp, « Los elem entos liberales en el m ercantilism o inglés» . Hay buenos artículos en idiom a español sobre Sm ith en:
Hacienda Pública Española, No. 23, 1973; No. 40, 1976; y No. 59, 1979. Información Comercial Española, No. 519, noviem bre 1976. Moneda y Crédito, No. 139, diciem bre 1976; y No. 141, j unio 1977. Y si el lector desea abordar la edición com pleta de La riqueza de las naciones, hay varias versiones en español: de la editorial m adrileña Aguilar, del Fondo de Cultura Económ ica de México y, la m ás recom endable con diferencia, de la editorial Oikos-Tau de Barcelona, en dos volúm enes. Por desgracia, todavía no existe una traducción de La teoría de los sentimientos morales, salvo una parcial y m uy deficiente del Fondo de Cultura Económ ica. Recientem ente han aparecido las Lecciones sobre jurisprudencia, Granada, Editorial Com ares, 1995.
La bibliografía sobre Adam Sm ith en otros idiom as es vastísim a. Pueden consultarse, por ej em plo, las referencias en los libros m encionados de E. G. West y D. P. O’Brien. Si el lector conoce el idiom a inglés debería em pezar por el propio Sm ith, por la j ustam ente fam osa « edición de Glasgow» : The Glasgow
Edition of the Works and Correspondence of Adam Smith, una m agnífica edición de los escritos de Sm ith que com prende: The theory of moral sentiments, An inquiry into the nature and causes of the wealth of nations, Essays on philosophical subjects, Lectures on rhetoric and belles lettres, Lectures on jurisprudence, así com o tam bién Correspondence of Adam Smith y dos volúm enes asociados: Essays on Adam Smith y Life of Adam Smith. Estos títulos fueron publicados por Oxford University Press a partir de 1976 en tela; de todos ellos, asim ism o, salvo los dos últim os, hay ediciones en rústica publicadas en la colección Liberty Classics de Liberty Press, Indianápolis.
Hay tres im portantes colecciones de artículos en inglés sobre Sm ith, que recogen prácticam ente todo lo que han escrito sobre él los m ej ores especialistas, y donde se citan tam bién los num erosos libros publicados sobre el gran econom ista escocés:
Mark Blaug (ed.), Adam Smith (1723-1790), 2 vols., Aldershot, Inglaterra, Edward Elgar, 1991.
J. C. Wood (ed.), Adam Smith. Critica/ Assessments, 4 vols., Londres, Croom Helm , 1984.
J. C, Wood (ed.), Adam Smith. Critica/ Assessments. Second series, 3 vols., Londres, Routledge, 1994.
UNA INVESTIGACIÓN SOBRE LA NATURALEZA Y LAS CAUSAS DE LA RIQUEZA DE LAS NACIONES
Introducción y plan de la obra
El trabaj o anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el sum inistro de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consum e anualm ente, y que consisten siem pre en el producto inm ediato de ese trabaj o, o en lo que se com pra con dicho producto a otras naciones.
En consecuencia, la nación estará m ej or o peor provista de todo lo necesario y cóm odo que es capaz de conseguir según la proporción m ay or o m enor que ese producto, o lo que con él se com pra, guarde con respecto al núm ero de personas que lo consum en.
En toda nación, esa proporción depende de dos circunstancias distintas; prim ero, de la habilidad, destreza y j uicio con que habitualm ente se realiza el trabaj o; y segundo, de la proporción entre el núm ero de los que están em pleados en un trabaj o útil y los que no lo están. Sean cuales fueren el suelo, clim a o extensión territorial de cualquier nación en particular, la abundancia o escasez de su abastecim iento anual siem pre depende, en cada caso particular, de esas dos circunstancias. Adem ás, la abundancia o escasez de ese abastecim iento parece depender m ás de la prim era circunstancia que de la segunda. Entre las naciones salvaj es de cazadores y pescadores, toda persona capaz de trabaj ar está ocupada en un trabaj o m ás o m enos útil, y procura conseguir, en la m edida de sus posibilidades, las cosas necesarias y convenientes de la vida para sí m ism a o para aquellos m iem bros de su fam ilia o tribu que son dem asiado viej os, o dem asiado j óvenes o dem asiado débiles para ir a cazar o a pescar. Sin em bargo, esas naciones son tan m iserablem ente pobres que por pura necesidad se ven obligadas, o creen que están obligadas a veces a m atar y a veces a abandonar a sus niños, sus ancianos o a los que padecen enferm edades prolongadas, para que perezcan de ham bre o sean devorados por anim ales salvaj es. Por el contrario, en las naciones civilizadas y prósperas, num erosas personas no trabaj an en absoluto y m uchas consum en la producción de diez veces y frecuentem ente cien veces m ás trabaj o que la m ay oría de los ocupados; y sin em bargo, la producción del trabaj o total de la sociedad es tan grande que todos están a m enudo provistos con abundancia, y un trabaj ador, incluso de la clase m ás baj a y pobre, si es frugal y laborioso, puede disfrutar de una cantidad de cosas necesarias y cóm odas para la
vida m ucho m ay or de la que pueda conseguir cualquier salvaj e.
Las causas de este progreso en la capacidad productiva del trabaj o y la form a en que su producto se distribuy e naturalm ente entre las distintas clases y condiciones del hom bre en la sociedad, son el obj eto del Libro Prim ero de esta investigación.
Sea cual fuere el estado de la habilidad, la destreza y el j uicio con que el trabaj o es aplicado en cualquier nación, la abundancia o escasez de su producto anual debe depender, m ientras perdure ese estado, de la proporción entre el núm ero de los que están anualm ente ocupados en un trabaj o útil y los que no lo están. El núm ero de trabaj adores útiles y productivos, com o se verá m ás adelante, está en todas partes en proporción a la cantidad de capital destinada a darles ocupación, y a la form a particular en que dicha cantidad se em plea. El Libro Segundo, así, trata de la naturaleza del capital, de la m anera en que gradualm ente se acum ula, y de las cantidades diferentes de trabaj o que pone en m ovim iento según las distintas form as en que es em pleado.
Las naciones aceptablem ente avanzadas en lo que se refiere a habilidad, destreza y j uicio en la aplicación del trabaj o han seguido planes m uy distintos para conducirlo o dirigirlo, y no todos esos planes han sido igualm ente favorables para el increm ento de su producción. La política de algunas naciones ha estim ulado extraordinariam ente el trabaj o en el cam po; la de otras, el trabaj o en las ciudades. Casi ninguna nación ha tratado de form a equitativa e im parcial a todas las actividades. Desde la caída del Im perio Rom ano, la política de Europa ha sido m ás favorable a las artes, las m anufacturas y el com ercio, actividades de las ciudades, que a la agricultura, el quehacer del cam po. Las circunstancias que parecen haber introducido y fom entado esa política son explicadas en el Libro Tercero.
Esos planes diferentes fueron probablem ente establecidos debido a intereses y prej uicios privados de algunos estam entos particulares, sin consideración o previsión alguna de sus consecuencias sobre el bienestar general de la sociedad; sin em bargo, han dado lugar a teorías m uy distintas de econom ía política, algunas de las cuales m agnifican la im portancia de las actividades llevadas a cabo en las ciudades y otras la de las llevadas a cabo en el cam po. Dichas teorías han ej ercido una considerable influencia, no sólo sobre las opiniones de las personas ilustradas sino tam bién sobre la conducta pública de los príncipes y estados soberanos. He procurado, en el Libro Cuarto, explicar esas teorías de la form a m ás com pleta y precisa, y tam bién los efectos m ás im portantes que han producido en diferentes épocas y naciones.
El obj eto de los prim eros cuatro libros de esta obra es explicar en qué ha consistido la renta del conj unto de la población, o cuál ha sido la naturaleza de los fondos que, en naciones y tiem pos diferentes, han provisto su consum o anual. El Libro Quinto y últim o aborda la renta del soberano o del estado. En este libro
intento m ostrar, en prim er térm ino, cuáles son los gastos necesarios del estado, cuáles de estos gastos deben ser sufragados por el conj unto de la sociedad y cuáles sólo por una parte específica o por unos m iem bros particulares de la m ism a; en segundo térm ino, cuáles son los diversos m étodos m ediante los cuales se puede lograr que toda la sociedad contribuy a a afrontar los pagos que corresponden a la sociedad en su conj unto, y cuáles son las ventaj as e inconvenientes principales de cada uno de esos m étodos; y en tercer y últim o térm ino, cuáles son las razones y causas que han inducido a casi todos los estados m odernos a hipotecar una fracción de sus ingresos, o a contraer deudas, y cuáles han sido los efectos de tales deudas sobre la riqueza real, que es el producto anual de la tierra y el trabaj o de la sociedad.
Libro I
DE LAS CAUSAS DEL PROGRESO EN LA CAPACIDAD PRODUCTIVA DEL TRABAJO Y DE LA FORMA EN QUE SU PRODUCTO SE DISTRIBUYE
Capítulo 1 De la división del trabaj o
El m ay or progreso de la capacidad productiva del trabaj o, y la m ay or parte de la habilidad, destreza y j uicio con que ha sido dirigido o aplicado, parecen haber sido los efectos de la división del trabaj o.
Será m ás fácil com prender las consecuencias de la división del trabaj o en la actividad global de la sociedad si se observa la form a en que opera en algunas m anufacturas concretas. Se supone habitualm ente que dicha división es desarrollada m ucho m ás en actividades de poca relevancia, no porque efectivam ente lo sea m ás que en otras de m ay or im portancia, sino porque en las m anufacturas dirigidas a satisfacer pequeñas necesidades de un reducido núm ero de personas la cantidad total de trabaj adores será inevitablem ente pequeña, y los que trabaj an en todas las diferentes tareas de la producción están asiduam ente agrupados en un m ism o taller y a la vista del espectador. Por el contrario, en las grandes industrias que cubren las necesidades prioritarias del grueso de la población, cada ram a de la producción em plea tal cantidad de trabaj adores que es im posible reunirlos en un m ism o taller. De una sola vez es m uy raro que podam os ver a m ás de los ocupados en una sola ram a. Por lo tanto, aunque en estas industrias el trabaj o puede estar realm ente dividido en un núm ero de etapas m ucho m ay or que en las labores de m enor envergadura, la división no llega a ser tan evidente y ha sido por ello m enos observada.
Considerem os por ello com o ej em plo una m anufactura de pequeña entidad, aunque una en la que la división del trabaj o ha sido m uy a m enudo reconocida: la fabricación de alfileres. Un trabaj ador no preparado para esta actividad (que la división del trabaj o ha convertido en un quehacer específico), no fam iliarizado con el uso de la m aquinaria em pleada en ella (cuy a invención probablem ente derive de la m ism a división del trabaj o), podrá quizás, con su m áxim o esfuerzo, hacer un alfiler en un día, aunque ciertam ente no podrá hacer veinte. Pero en la form a en que esta actividad es llevada a cabo actualm ente no es sólo un oficio particular sino que ha sido dividido en un núm ero de ram as, cada una de las cuales es por sí m ism a un oficio particular. Un hom bre estira el alam bre, otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto lo afila, un quinto lo lim a en un extrem o
para colocar la cabeza; el hacer la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas; el colocarla es una tarea especial y otra el esm altar los alfileres; hasta el em paquetarlos es por sí m ism o un oficio; y así la producción de un alfiler se divide en hasta dieciocho operaciones diferentes, que en algunas fábricas llegan a ser ej ecutadas por m anos distintas, aunque en otras una m ism a persona pueda ej ecutar dos o tres de ellas. He visto una pequeña fábrica de este tipo en la que sólo había diez hom bres trabaj ando, y en la que consiguientem ente algunos de ellos tenían a su cargo dos o tres operaciones. Y aunque eran m uy pobres y carecían por tanto de la m aquinaria adecuada, si se esforzaban podían llegar a fabricar entre todos unas doce libras de alfileres por día. En una libra hay m ás de cuatro m il alfileres de tam año m edio. Esas diez personas, entonces, podían fabricar conj untam ente m ás de cuarenta y ocho m il alfileres en un sólo día, con lo que puede decirse que cada persona, com o responsable de la décim a parte de los cuarenta y ocho m il alfileres, fabricaba cuatro m il ochocientos alfileres diarios. Ahora bien, si todos hubieran trabaj ado independientem ente y por separado, y si ninguno estuviese entrenado para este trabaj o concreto, es im posible que cada uno fuese capaz de fabricar veinte alfileres por día, y quizás no hubiesen podido fabricar ni uno; es decir, ni la doscientas cuarentava parte, y quizás ni siquiera la cuatro m il ochocientasava parte de lo que son capaces de hacer com o consecuencia de una adecuada división y organización de sus diferentes operaciones.
En todas las dem ás artes y m anufacturas las consecuencias de la división del trabaj o son sem ej antes a las que se dan en esta industria tan sencilla, aunque en m uchas de ellas el trabaj o no puede ser así subdividido, ni reducido a operaciones tan sencillas. De todas form as, la división del trabaj o ocasiona en cada actividad, en la m edida en que pueda ser introducida, un increm ento proporcional en la capacidad productiva del trabaj o. Com o consecuencia aparente de este adelanto ha tenido lugar la separación de los diversos trabaj os y oficios, una separación que es asim ism o desarrollada con m ás profundidad en aquellos países que disfrutan de un grado m ás elevado de laboriosidad y progreso; así, aquello que constituy e el trabaj o de un hom bre en un estadio rudo de la sociedad, es generalm ente el trabaj o de varios en uno m ás adelantado. En toda sociedad avanzada el agricultor es sólo agricultor y el industrial sólo industrial. Adem ás, la tarea requerida para producir toda una m anufactura es casi siem pre dividida entre un gran núm ero de m anos. ¡Cuántos oficios resultan em pleados en cada ram a de la industria del lino o de la lana, desde quienes cultivan la planta o cuidan el vellón hasta los bataneros y blanqueadores del lino, o quienes tintan y aprestan el paño! Es cierto que la naturaleza de la agricultura no adm ite tanta subdivisión del trabaj o com o en la m anufactura, ni una separación tan cabal entre una actividad y otra. Es im posible separar tan com pletam ente la tarea del ganadero de la del cultivador com o la del carpintero de la del herrero. El hilandero es casi
siem pre una persona distinta del tej edor, pero el que ara, rastrilla, siem bra y cosecha es com únm ente la m ism a persona. Com o esas diferentes labores cam bian con las diversas estaciones del año, es im posible que un hom bre esté perm anentem ente em pleado en ninguna de ellas. Esta im posibilidad de llevar a cabo una separación tan profunda y com pleta de todas las ram as del trabaj o em pleado en la agricultura es probablem ente la razón por la cual la m ej ora en la capacidad productiva del trabaj o en este sector no alcance siem pre el ritm o de esa m ej ora en las m anufacturas. Las naciones m ás opulentas superan evidentem ente a sus vecinas tanto en agricultura com o en industria, pero lo norm al es que su superioridad sea m ás clara en la segunda que en la prim era. Sus tierras están en general m ej or cultivadas, y al recibir m ás trabaj o y m ás dinero producen m ás, relativam ente a la extensión y fertilidad natural del suelo. Pero esta superioridad productiva no suele estar m ucho m ás que en proporción a dicha superioridad en trabaj o y dinero. En la agricultura, el trabaj o del país rico no es siem pre m ucho m ás productivo que el del país pobre, o al m enos nunca es tanto m ás productivo com o lo es norm alm ente en la industria. El cereal del país rico, por lo tanto, y para un m ism o nivel de calidad, no siem pre será en el m ercado m ás barato que el del país pobre. A igualdad de calidades, el cereal de Polonia es m ás barato que el de Francia, pese a que éste últim o país es m ás rico y avanzado. El cereal de Francia es, en las provincias graneras, tan bueno y casi todos los años tiene el m ism o precio que el cereal de Inglaterra, a pesar de que en riqueza y progreso Francia esté acaso detrás de Inglaterra. Las tierras cerealistas de Inglaterra, asim ism o, están m ej or cultivadas que las de Francia, y las de Francia parecen estar m ucho m ej or cultivadas que las de Polonia. Pero aunque el país m ás pobre, a pesar de la inferioridad de sus cultivos, puede en alguna m edida rivalizar con el rico en la baratura y calidad de sus granos, no podrá com petir con sus industrias, al m enos en las m anufacturas que se aj ustan bien al suelo, clim a y situación del país rico. Las sedas de Francia son m ej ores y m ás baratas que las de Inglaterra porque la industria de la seda, al m enos baj o los actuales altos aranceles a la im portación de la seda en bruto, no se adapta tan bien al clim a de Inglaterra com o al de Francia. Pero la ferretería y los tej idos ordinarios de lana de Inglaterra son superiores a los de Francia sin com paración, y tam bién m ucho m ás baratos considerando una m ism a calidad. Se dice que en Polonia virtualm ente no hay industrias de ninguna clase, salvo un puñado de esas rudas m anufacturas dom ésticas sin las cuales ningún país puede subsistir.
Este gran increm ento en la labor que un m ism o núm ero de personas puede realizar com o consecuencia de la división del trabaj o se debe a tres circunstancias diferentes; prim ero, al aum ento en la destreza de todo trabaj ador individual; segundo, al ahorro del tiem po que norm alm ente se pierde al pasar de un tipo de tarea a otro; y tercero, a la invención de un gran núm ero de m áquinas que facilitan y abrevian la labor, y perm iten que un hom bre haga el trabaj o de
m uchos.
En prim er lugar, el aum ento de la habilidad del trabaj ador necesariam ente am plía la cantidad de trabaj o que puede realizar, y la división del trabaj o, al reducir la actividad de cada hom bre a una operación sencilla, y al hacer de esta operación el único em pleo de su vida, inevitablem ente aum enta en gran m edida la destreza del trabaj ador. Un herrero corriente que aunque acostum brado a m anej ar el m artillo nunca lo ha utilizado para fabricar clavos no podrá, si en alguna ocasión se ve obligado a intentarlo, hacer m ás de doscientos o trescientos clavos por día, y adem ás los hará de m uy m ala calidad. Un herrero que esté habituado a hacer clavos pero cuy a ocupación principal no sea ésta difícilm ente podrá, aun con su m ay or diligencia, hacer m ás de ochocientos o m il al día. Pero y o he visto a m uchachos de m enos de veinte años de edad, que nunca habían realizado otra tarea que la de hacer clavos y que podían, cuando se esforzaban, fabricar cada uno m ás de dos m il trescientos al día. Y la fabricación de clavos no es en absoluto una de las operaciones m ás sencillas. Una m ism a persona hace soplar los fuelles, aviva o m odera el fuego según convenga, calienta el hierro y forj a cada una de las partes del clavo; al forj ar la cabeza se ve obligado adem ás a cam biar de herram ientas. Las diversas operaciones en las que se subdivide la fabricación de un clavo, o un botón de m etal, son todas ellas m ucho m ás sim ples y habitualm ente es m ucho m ay or la destreza de la persona cuy a vida se ha dedicado exclusivam ente a realizarlas. La velocidad con que se efectúan algunas operaciones en estas m anufacturas excede a lo que quienes nunca las han visto podrían suponer que es capaz de adquirir la m ano del hom bre.
En segundo lugar, la ventaj a obtenida m ediante el ahorro del tiem po habitualm ente perdido al pasar de un tipo de trabaj o a otro es m ucho m ay or de lo que podríam os im aginar a sim ple vista. Es im posible saltar m uy rápido de una clase de labor a otra que se lleva a cabo en un sitio diferente y con herram ientas distintas. Un tej edor cam pesino, que cultiva una pequeña granj a, consum e un tiem po considerable en pasar de su telar al cam po y del cam po a su telar. Si dos actividades pueden ser realizadas en el m ism o taller, la pérdida de tiem po será indudablem ente m ucho m enor. Sin em bargo, incluso en este caso es m uy notable. Es norm al que un hom bre haraganee un poco cuando sus brazos cam bian de una labor a otra. Cuando com ienza la tarea nueva rara vez está atento y pone interés; su m ente no está en su tarea y durante algún tiem po está m ás bien distraído que ocupado con diligencia. La costum bre de haraganear o de aplicarse con indolente descuido, que natural o m ás bien necesariam ente adquiere todo trabaj ador rural forzado a cam biar de trabaj o y herram ientas cada m edia hora, y a aplicar sus brazos en veinte form as diferentes a lo largo de casi todos los días de su vida, lo vuelve casi siem pre lento, perezoso e incapaz de ningún esfuerzo vigoroso, incluso en las circunstancias m ás aprem iantes. Por lo tanto, independientem ente de sus deficiencias en destreza, basta esta causa sola
para reducir de m anera considerable la cantidad de trabaj o que puede realizar. En tercer y últim o lugar, todo el m undo percibe cuánto trabaj o facilita y abrevia la aplicación de una m aquinaria adecuada. Ni siquiera es necesario poner ej em plos. Me lim itaré a observar, entonces, que la invención de todas esas m áquinas que tanto facilitan y acortan las tareas derivó originalm ente de la división del trabaj o. Es m ucho m ás probable que los hom bres descubran m étodos idóneos y expeditos para alcanzar cualquier obj etivo cuando toda la atención de sus m entes está dirigida hacia ese único obj etivo que cuando se disipa entre una gran variedad de cosas. Y resulta que com o consecuencia de la división del trabaj o, la totalidad de la atención de cada hom bre se dirige naturalm ente hacia un solo y sim ple obj etivo. Es lógico esperar, por lo tanto, que alguno u otro de los que están ocupados en cada ram a específica del trabaj o descubra pronto m étodos m ás fáciles y prácticos para desarrollar su tarea concreta, siem pre que la naturaleza de la m ism a adm ita una m ej ora de ese tipo. Una gran parte de las m áquinas utilizadas en aquellas industrias en las que el trabaj o está m ás subdividido fueron originalm ente invenciones de operarios corrientes que, al estar cada uno ocupado en un quehacer m uy sim ple, tornaron sus m entes hacia el descubrim iento de form as m ás rápidas y fáciles de llevarlo a cabo. A cualquiera que esté habituado a visitar dichas industrias le habrán enseñado frecuentem ente m áquinas m uy útiles inventadas por esos operarios para facilitar y acelerar su labor concreta. En las prim eras m áquinas de vapor se em pleaba perm anentem ente a un m uchacho para abrir y cerrar alternativam ente la com unicación entre la caldera y el cilindro, según el pistón subía o baj aba. Uno de estos m uchachos, al que le gustaba j ugar con sus com pañeros, observó que si ataba una cuerda desde la m anivela de la válvula que abría dicha com unicación hasta otra parte de la m áquina, entonces la válvula se abría y cerraba sin su ay uda, y le dej aba en libertad para divertirse con sus com pañeros de j uego. Uno de los m ay ores progresos registrados en esta m áquina desde que fue inventada resultó así un descubrim iento de un m uchacho que deseaba ahorrar su propio trabaj o.
No todos los avances en la m aquinaria, sin em bargo, han sido invenciones de aquellos que las utilizaban. Muchos han provenido del ingenio de sus fabricantes, una vez que la fabricación de m áquinas llegó a ser una actividad específica por sí m ism a; y otros han derivado de aquellos que son llam ados filósofos o personas dedicadas a la especulación, y cuy o oficio es no hacer nada pero observarlo todo; por eso m ism o, son a m enudo capaces de com binar las capacidades de obj etos m uy lej anos y diferentes. En el progreso de la sociedad, la filosofía o la especulación deviene, com o cualquier otra labor, el oficio y ocupación principal o exclusiva de una clase particular de ciudadanos. Y tam bién com o cualquier otra labor se subdivide en un gran núm ero de ram as distintas, cada una de las cuales ocupa a una tribu o clase peculiar de filósofos; y esta subdivisión de la
tarea en filosofía, tanto com o en cualquier otra actividad, m ej ora la destreza y ahorra tiem po. Cada individuo se vuelve m ás experto en su propia ram a concreta, m ás trabaj o se lleva a cabo en el conj unto y por ello la cantidad de ciencia resulta considerablem ente expandida.
La gran m ultiplicación de la producción de todos los diversos oficios, derivada de la división del trabaj o, da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa riqueza universal que se extiende hasta las clases m ás baj as del pueblo. Cada trabaj ador cuenta con una gran cantidad del producto de su propio trabaj o, por encim a de lo que él m ism o necesita; y com o los dem ás trabaj adores están exactam ente en la m ism a situación, él puede intercam biar una abultada cantidad de sus bienes por una gran cantidad, o, lo que es lo m ism o, por el precio de una gran cantidad de bienes de los dem ás. Los provee abundantem ente de lo que necesitan y ellos le sum inistran con am plitud lo que necesita él, y una plenitud general se difunde a través de los diferentes estratos de la sociedad.
Si se observan las com odidades del m ás com ún de los artesanos o j ornaleros en un país civilizado y próspero se ve que el núm ero de personas cuy o trabaj o, aunque en una proporción m uy pequeña, ha sido dedicado a procurarle esas com odidades supera todo cálculo. Por ej em plo, la chaqueta de lana que abriga al j ornalero, por tosca y basta que sea, es el producto de la labor conj unta de una m ultitud de trabaj adores. El pastor, el seleccionador de lana, el peinador o cardador, el tintorero, el desm otador, el hilandero, el tej edor, el batanero, el confeccionador y m uchos otros deben unir sus diversos oficios para com pletar incluso un producto tan corriente. Y adem ás ¡cuántos m ercaderes y transportistas se habrán ocupado de desplazar m ateriales desde algunos de estos trabaj adores a otros, que con frecuencia viven en lugares m uy apartados del país! Especialm ente ¡cuánto com ercio y navegación, cuántos arm adores, m arineros, fabricantes de velas y de j arcias, se habrán dedicado a conseguir los productos de droguería em pleados por el tintorero, y que a m enudo proceden de los rincones m ás rem otos del m undo! Y tam bién ¡qué variedad de trabaj o se necesita para producir las herram ientas que utiliza el m ás m odesto de esos operarios! Por no hablar de m áquinas tan com plicadas com o el barco del navegante, el batán del batanero, o incluso el telar del tej edor, considerem os sólo las clases de trabaj o que requiere la construcción de una m áquina tan sencilla com o las tij eras con que el pastor esquila la lana de las ovej as. El m inero, el fabricante del horno donde se funde el m ineral, el leñador que corta la m adera, el fogonero que cuida el crisol, el fabricante de ladrillos, el albañil, los trabaj adores que se ocupan del horno, el fresador, el forj ador, el herrero, todos deben agrupar sus oficios para producirlas. Si exam inam os, análogam ente, todas las distintas partes de su vestim enta o su m obiliario, la tosca cam isa de lino que cubre su piel, los zapatos que protegen sus pies, la cam a donde descansa y todos sus com ponentes, el hornillo donde prepara sus alim entos, el carbón que em plea
a tal efecto, extraído de las entrañas de la tierra y llevado hasta él quizás tras un largo viaj e por m ar y por tierra, todos los dem ás utensilios de su cocina, la vaj illa de su m esa, los cuchillos y tenedores, los platos de peltre o loza en los que corta y sirve sus alim entos, las diferentes m anos em pleadas en preparar su pan y su cerveza, la ventana de cristal que dej a pasar el calor y la luz pero no el viento y la lluvia, con todo el conocim iento y el arte necesarios para preparar un invento tan herm oso y feliz, sin el cual estas regiones nórdicas de la tierra no habrían podido contar con habitaciones confortables, j unto con las herram ientas de todos los diversos trabaj adores em pleados en la producción de todas esas com odidades; si exam inam os, repito, todas estas cosas y observam os qué variedad de trabaj o está ocupada en torno a cada una de ellas, com prenderem os que sin la ay uda y cooperación de m uchos m iles de personas el individuo m ás insignificante de un país civilizado no podría disponer de las com odidades que tiene, com odidades que solem os suponer equivocadam ente que son fáciles y sencillas de conseguir. Es verdad que en com paración con el luj o extravagante de los ricos su condición debe parecer sin duda sum am ente sencilla; y sin em bargo, tam bién es cierto que las com odidades de un príncipe europeo no siem pre superan tanto a las de un cam pesino laborioso y frugal, com o las de éste superan a las de m uchos rey es africanos que son los am os absolutos de las vidas y libertades de diez m il salvaj es desnudos.
Capítulo 2 Del principio que da lugar a la división del trabaj o
Esta división del trabaj o, de la que se derivan tantos beneficios, no es el efecto de ninguna sabiduría hum ana, que prevea y procure la riqueza general que dicha división ocasiona. Es la consecuencia necesaria, aunque m uy lenta y gradual, de una cierta propensión de la naturaleza hum ana, que no persigue tan vastos beneficios; es la propensión a trocar, perm utar y cam biar una cosa por otra.
No es nuestro tem a inquirir sobre si esta propensión es uno de los principios originales de la naturaleza hum ana, de los que no se pueden dar m ás detalles, o si, com o parece m ás probable, es la consecuencia necesaria de las facultades de la razón y el lenguaj e. La propensión existe en todos los seres hum anos y no aparece en ninguna otra raza de anim ales, que revelan desconocer tanto este com o cualquier otro tipo de contrato. Cuando dos galgos corren tras la m ism a liebre, a veces dan la im presión de actuar baj o alguna suerte de acuerdo. Cada uno em puj a la liebre hacia su com pañero, o procura interceptarla cuando su com pañero la dirige hacia él. Pero esto no es el efecto de contrato alguno, sino la confluencia accidental de sus pasiones hacia el m ism o obj eto durante el m ism o tiem po. Nadie ha visto j am ás a un perro realizar un intercam bio honesto y deliberado de un hueso por otro con otro perro. Y nadie ha visto tam poco a un anim al indicar a otro, m ediante gestos o sonidos naturales: esto es m ío, aquello tuy o, y estoy dispuesto a cam biar esto por aquello. Cuando un anim al desea obtener alguna cosa, sea de un hom bre o de otro anim al, no tiene otros m edios de persuasión que el ganar el favor de aquellos cuy o servicio requiere. El cachorro hace fiestas a su m adre, y el perro se esfuerza con m il zalam erías en atraer la atención de su am o durante la cena, si desea que le dé algo de su com ida. El hom bre recurre a veces a las m ism as artes con sus sem ej antes, y cuando no tiene otros m edios para im pulsarles a actuar según sus deseos, procura seducir sus voluntades m ediante atenciones serviles y obsecuentes. Pero no podrá actuar así en todas las ocasiones que se le presenten. En una sociedad civilizada él estará constantem ente necesitado de la cooperación y ay uda de grandes m ultitudes, m ientras que toda su vida apenas le resultará suficiente com o para ganar la am istad de un puñado de personas. En virtualm ente todas las dem ás especies
anim ales, cada individuo, cuando alcanza la m adurez, es com pletam ente independiente y en su estado natural no necesita la asistencia de ninguna otra criatura viviente. El hom bre, en cam bio, está casi perm anentem ente necesitado de la ay uda de sus sem ej antes, y le resultará inútil esperarla exclusivam ente de su benevolencia. Es m ás probable que la consiga si puede dirigir en su favor el propio interés de los dem ás, y m ostrarles que el actuar según él dem anda redundará en beneficio de ellos. Esto es lo que propone cualquiera que ofrece a otro un trato. Todo trato es: dam e esto que deseo y obtendrás esto otro que deseas tú; y de esta m anera conseguim os m utuam ente la m ay or parte de los bienes que necesitam os. No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigim os a su hum anidad sino a su propio interés, y j am ás les hablam os de nuestras necesidades sino de sus ventaj as. Sólo un m endigo escoge depender básicam ente de la benevolencia de sus conciudadanos. Y ni siquiera un m endigo depende de ella por com pleto. Es verdad que la caridad de las personas de buena voluntad le sum inistra todo el fondo con el que subsiste. Pero aunque este principio le provee en últim a instancia de todas sus necesidades, no lo hace ni puede hacerlo en la m edida en que dichas necesidades aparecen. La m ay or parte de sus necesidades ocasionales serán satisfechas del m ism o m odo que las de las dem ás personas, m ediante trato, trueque y com pra. Con el dinero que recibe de un hom bre com pra com ida. La ropa viej a que le entrega otro sirve para que la cam bie por otra ropa viej a que le sienta m ej or, o por albergue, o com ida, o dinero con el que puede com prar la com ida, la ropa o el cobij o que necesita.
Así com o m ediante el trato, el trueque y la com pra obtenem os de los dem ás la m ay or parte de los bienes que recíprocam ente necesitam os, así ocurre que esta m ism a disposición a trocar es lo que originalm ente da lugar a la división del trabaj o. En una tribu de cazadores o pastores una persona concreta hace los arcos y las flechas, por ej em plo, con m ás velocidad y destreza que ninguna otra. A m enudo los entrega a sus com pañeros a cam bio de ganado o caza; eventualm ente descubre que puede conseguir m ás ganado y caza de esta form a que y éndolos a buscar él m ism o al cam po. Así, y de acuerdo con su propio interés, la fabricación de arcos y flechas llega a ser su actividad principal, y él se transform a en una especie de arm ero. Otro hom bre se destaca en la construcción de los arm azones y techos de sus pequeñas chozas o tiendas. Está habituado a servir de esta form a a sus vecinos, quienes lo rem uneran análogam ente con ganado y caza, hasta que al final él descubre que es su interés el dedicarse por com pleto a este trabaj o, y volverse una suerte de carpintero. Un tercero, de igual m odo, se convierte en herrero o calderero, y un cuarto en curtidor o adobador de cueros o pieles, que son la parte principal del vestido de los salvaj es. Y así, la certeza de poder intercam biar el excedente del producto del propio trabaj o con
aquellas partes del producto del trabaj o de otros hom bres que le resultan necesarias, estim ula a cada hom bre a dedicarse a una ocupación particular, y a cultivar y perfeccionar todo el talento o las dotes que pueda tener para ese quehacer particular.
La diferencia de talentos naturales entre las personas es en realidad m ucho m enor de lo que creem os; y las m uy diversas habilidades que distinguen a los hom bres de diferentes profesiones, una vez que alcanzan la m adurez, con m ucha frecuencia no son la causa sino el efecto de la división del trabaj o. La diferencia entre dos personas totalm ente distintas, com o por ej em plo un filósofo y un vulgar m ozo de cuerda, parece surgir no tanto de la naturaleza com o del hábito, la costum bre y la educación. Cuando vinieron al m undo, y durante los prim eros seis u ocho años de vida, es probable que se parecieran bastante, y ni sus padres ni sus com pañeros de j uegos fuesen capaces de detectar ninguna diferencia notable. Pero a esa edad, o poco después, resultan em pleados en ocupaciones m uy distintas. Es entonces cuando la diferencia de talentos em pieza a ser visible y se am plía gradualm ente hasta que al final la vanidad del filósofo le im pide reconocer ni una pequeña sem ej anza entre am bos. Pero sin la disposición a perm utar, trocar e intercam biar, todo hom bre debería haberse procurado él m ism o todas las cosas necesarias y convenientes para su vida. Todos los hom bres habrían tenido las m ism as obligaciones y habrían realizado el m ism o trabaj o y no habría habido esa diferencia de ocupaciones que puede ocasionar una gran diversidad de talentos.
Así com o dicha disposición origina esa diferencia de talentos que es tan notable en personas de distintas profesiones, así tam bién es esa disposición lo que vuelve útil a esa diferencia. Muchos grupos de anim ales reconocidos com o de la m ism a especie derivan de la naturaleza una diferencia de talentos m ucho m ás apreciable que la que se observa, antes de la costum bre y la educación, entre los seres hum anos. Un filósofo no es por naturaleza ni la m itad de diferente en genio y disposición de un m ozo de cuerda com o un m astín es diferente de un galgo, un galgo de un perro de aguas y éste de un perro pastor. La fuerza del m astín no se com bina en lo m ás m ínim o con la rapidez del galgo, ni con la astucia del perro de aguas, ni con la docilidad del perro pastor. Los efectos de estos genios y talentos diferentes, ante la falta de capacidad o disposición para trocar e intercam biar, no pueden ser agrupados en un fondo com ún, y en absoluto contribuy en a aum entar la com odidad o conveniencia de las especies. Cada anim al está todavía obligado a sostenerse y defenderse por sí m ism o, de form a separada e independiente, y no obtiene ventaj a alguna de aquella diversidad de talentos con que la naturaleza ha dotado a sus congéneres. Entre los seres hum anos, por el contrario, hasta los talentos m ás dispares son m utuam ente útiles; los distintos productos de sus respectivas habilidades, debido a la disposición general a trocar, perm utar e intercam biar, confluy en por así decirlo en un fondo com ún m ediante el cual
cada persona puede com prar cualquier parte que necesite del producto del talento de otras personas.