La Dafuraltla dtl tspatio
Ttt:nit:a ytiempo.
Razón yemodón
EditorialAriel, 8.A
Barcelona
Diseño cubierta: Nacho Soriano Título original:
ANatureza do espa<;o 2.aedir;ao. 1997 Traducción de
MARIA LAURA SILVEIRA
Revisión técnica de
RICARDO MÉNDEZ yR0SA MECHA
l." edición: marzo 2000
©Milton Santos: 1996 Y2000
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo
ypropiedad de la traducción:
©2000: Editorial Ariel, S. A.
Córcega, 270 - 08008 Barcelona ISBN: 84-344-3460-1
Dep6sito legal: B. 7.500 - 2000 Impreso en España
Ninguna parte de esta publicación, incluidoeldiscño dc la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna rii por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación
°
dc fotocopia, sin permiso previo del cditor.ecuaciones de fuerza originadas en diferentes escalas, pero que se rea- lizan en un lugar, donde van cambiando a lo largo del tiempo. Así, la manera como la unidad entre tiempo y espacio va realizándose, en el transcurso del tiempo, puede ser entendida en virtud de la historia de las técnicas: una historia general, una historia local. La epistemología de la geografía debe tener esto en cuenta. La técnica nos ayuda a histo- rizar, es decir, a considerar el espacio como fenómeno histórico a geo- grafizar, es decir, a producir una geografía como ciencia histórica. Por tanto, también puede producirse una epistemología geográfica de raíz historicista y genética, y no sólo histórica y analítica. Así desaparecen los miedos de E. Soja (1989).
La epistemología analítica (M. Escolar, 1996) permite construc- ciones lógicas, un discurso elegante y tal vez coherente en sí mismo, pero frecuentemente externo a la realidad. Con ella podemos correr el riesgo de construir un discurso metafísico de la geografía, que no per- mita la producción de conceptos operativos. Mediante un enfoque que tome en consideración y perfeccione las premisas aquí delineadas, la geografía debe, al menos, ser vista como estudio de caso para las filo- sofías de la técnica, si no propiamente como una contribución especí- fica a la producción de una filosofía de las técnicas. El problema epis- temológico propiamente dicho de la geografía pasa, entonces, por hallar el camino adecuado para sistematizar las relaciones de la téc- nica con el «tiempo» y con el «espacio».
Las técnicasyla empirizacián del tiempo
El enfoque de las técnicas puede ser fundamental cuando se trata de analizar esa cuestión escurridiza de las relaciones entre el tiempo y el espacio en geografía. De un plumazo, y a propósito de la negligencia en cuanto al tratamiento del asunto, D. Harvey (1967, p. 550, en Chor- ley y Hagget) escribió una dura frase: «Del mismo modo que Marshall consideró la dimensión espacial como relativamente sin importancia en la formulación de su sistema económico, la "tendencia anglosa- jona", como Isard (1956, p. 24) la llama, condujo a los geógrafos a descuidar la dimensión temporal, un defecto del que Sauer culpa fir- memente a Hartshorne» (Sauer, 1963, p. 352). ¡Cuántas personas invo- lucradas! Para Morril! (1965), los geógrafos son personas que critican la «maravillosa tierra sin espacio» de los economistas, sin preocuparse ellos mismos por la validez de una geografía construida en un espacio situado fuera del tiempo.
Refiriéndose también a los «amigos economistas», E. Ullmann (1973, p. 138) sugiere que éstos proponen una réplica, cuando se que-
44
LA NATURALEZA DEL ESPACIOjan de una ausencia frecuente en el trabajo de los geógrafos: laausen- cia de la acción, o más aún, de fines normativos. Y concluye: «Un ex- plícito reconocimiento del tiempo ayudaría a los geógrafos a orien- tarse sensible y objetivamente en esa dirección interesante.» Pero ¿qué sería ese «explícito reconocimiento del tiempo»: el estudio de la mo- dernización y de la difusión de innovaciones, la delimitación de perío- dos históricos según las escalas geográficas o, simplemente, el enun- ciado de la inseparabilidad del tiempo y del espacio?
El tratamiento de la cuestión del tiempo en los estudios geográ- ficos ya no es un tabú, pero testimonia aún una cierta laxitud con- ceptual. Frecuentemente vemos circunlocuciones y tautologías y una vuelta al punto de origen, a pesar de algunos firmes avances, como los registrados recientemente con la denominada geografía del tiempo de T. Hagerstrand.
¿Cómo ir más allá del discurso que predica la necesidad de tratar paralelamente el tiempo y el espacio, del discurso de crítica a otros especialistas que menosprecian ese enfoque, y del propio discurso de autocrítica de una geografía igualmente en falta? ¿Cómo superar el enunciado gratuito de un tiempo unido al espacio, mediante la relativi- zación de uno y de otro? ¿Cómo traducir en categorías analíticas esa mezcla, que hace que e! espacio sea también el tiempo y viceversa?
La reafirmación de las relaciones entre la Geografía y la Historia es ciertamente el más simple y, positivamente, e! másnaif de los enfo- ques. Es verdad que Élisée Reclus había escrito, hace un siglo, que la Geografía es la Historia en e! espacio y la Historia es la Geografía en e!
tiempo, pero esa frase, repetida millones de veces, jamás pretendió ser una guía metodológica.
En cierto modo, la Geografía Histórica deseó invertir ese enun- ciado, intentando, por sí misma, hacer una geografía en el tiempo, re- construyendo las geografías del pasado. Pero ¿de qué sirve decir como Darby (1953, p. 6) que no podemos trazar una línea divisoria entre la geografía y la historia «porque el proceso del devenir es uno solo»? Y Darby tal vez no obtuviese el acuerdo de los geógrafos históricos, en su afirmación de que «toda geografia es geografía histórica, actual o po- tencial». La geografía histórica pretende volver a trazar el pasado, pero lo hace asentada en el presente, es decir, a partir del momento en que es escrita. ¿En qué medida puede reflejar lo que arbitrariamente se deno- mina pasado cuando, en vez de mostrar la coherencia simultáneamente espacial y temporal de un mismo momento, sólo reúne instantes dispa- ratados y distantes de la misma flecha de! tiempo? Nos enfrentamos aquí al difícil problema de discernir, a través de una geografía retros- pectiva, lo que en un punto dado del pasado era, entonces, e! presente.
Esta cuestión continúa siendo una pesadilla para los geógrafos.
Los años sesenta y setenta marcaron un progreso considerable en cuanto a la búsqueda de explicaciones geográficas incluyendo la no- ción de tiempo. Y la mayor parte de las cuestiones que actualmente analizamos tiene, directa o indirectamente, su origen en ese debate.
La afirmación de Parkes y Thrift (1980, p. 279) «con el movi- miento, el espacio y el tiempo se vuelven coincidentes como espacio- tiempo» es, ciertamente, válida comQ principio de la Física. Es menos cierto -o totalmente incierto- que podamos, mecánicamente, trans- cribir ese razonamiento para una disciplina histórica como la Geogra- fía. En una geografía del movimiento se espera, en primer lugar, reco- nocer el encuentro de un tiempo real y de un espacio real. No es siempre el caso.
La geografía histórica también se preocupó por la cuestión de las periodizaciones. C. T. Smith (1965, p. 133), entre otros, consideró como fundamental el estudio de la interrelación entre período y lugar.
También nos incluimos, en un momento dado (Santos, 1972), entre los que consideraban que la periodización histórica podria ser el ins- trumento adecuado para abordar el tratamiento del espacio en térmi- nos de tiempo. Ciertamente, en cada sistema temporal el espacio cam- bia. Sin embargo ¿cómo superar esta constatación de orden general y obtener los recursos analíticos para el tratamiento de casos específi- cos? Una primera respuesta se obtiene a partir de la construcción no solamente de una periodización a escala mundial, sino de la elabora- ción de otras periodizaciones a escalas menores, que actúan, a su vez, sobre escalas espaciales inferiores. Nuestra propuesta de untiempo es- pacial(Santos, 1971) estaba basada en un ejercicio de esta naturaleza.
Sin embargo, tampoco así se resuelve el problema porque las periodi- zaciones nos brindan, sin duda, un tiempo, sino sólo un tiempo ex- terno a cada subespacio, y queda sin resolver la cuestión de sutiempo interno. Por ello, la solución de analizar, juiciosa pero separadamente, las relaciones del «espacio» y del «tiempo» con la sociedad, como lo hicieran A. Bailly y H. Beguin (1992, pp. 52-72Ypp. 73-84), constituye un avance, pero ¿en qué medida será propiamente un enfoque espa- cio-temporal?
Los estudios consagrados a la difusión de innovacionesya la mo- dernización se mostraron ricos en respuestas en cuanto a la génesis de los fenómenos y de las formas geográficas, vistos aisladamente o en conjunto. Las investigaciones de Hagerstrand y de la Escuela de Lünd, así como los estudios sobre modernización de J. Ridell (1970), P. Gould (1970), E. Soja (1968) y otros son, aún hoy, un marco en ese esfuerzo inicial. Pero, a través de la llegada de un nuevo ítem, en una determinada fecha a un lugar dado, era como si el «tiempo» fuese úni- camente atravesando el «espacio», mediante objetos y acciones, pa-
46 LA NATURALEZA DEL ESPACIO
sando pero no mezclándose en el lugar. No se alcanzaba el objetivo de proporcionar, con un método, esa fusión del tiempo y del espacio.
Desde que escribió que «pedir un registro de los hechos que tenga en cuenta la unificación del tiempo y del espacio es pedir mucho», T. Hagerstrand (1973, p. 27) hizo un avance significativo en su Geogra- {fa del TIempo. Su propuesta incluye el esfuerzo de cartografiar los tiempos de una realidad en movimiento, a través del artificio de «con- gelar» los acontecimientos en patrones gráficos, de modo que sean analizados según sus respectivos contenidos. Más recientemente, Ha- gerstrand (1985,1989, 1991a) ha analizado la noción de dominios, es- tudiando las formas de utilización del territorio por los diversos agen- tes, de las cuales resulta una verdadera compartimentación, donde, a cada momento, el movimiento del tiempo y del espacio se dan de modo unitario. Esa unidad espacio-tiempo obliga a tratarlo en térmi- nos de proceso histórico, como sugiere E. Ullmann (1973) al decir que el uso del planeta exige la organización del espacio y del tiempo.
En el camino señalado por Einsten, Minkowski y tantos otros in- dican la inseparabilidad del tiempo y el espacio. El rechazo de la no- ción de espacio absoluto y la aceptación de la idea de espacio relativo se amplía. La fusión del espacio relativo y del tiempo relativo que había inspirado a J. Blaut (1961, p. 2) permite a E.Ullmann (1973), así como a Parkes y N. Thrift (1980, p. 4), insistir en el hecho de que tiempo y es- pacio se sustituyen recíprocamente en una total integración.
Cuando Amos Haeley (1950, p. 288) escribe que solamente pode- mos separar espacio y tiempo en abstracción, no es difícil manifestar nuestro acuerdo (citado en Parkes y Thrift, 1980, p. 320 y E. Ullmann, 1973, p. 128). Pero la premisa que le lleva a esa afirmación exige algo más que permanecer simplemente de acuerdo. Para decir que hay un patrón temporal en todas y en cada una de las estructuras espaciales necesitamos primero una definición de ambas categorías. He aquí toda la diferencia entre el discurso y el método del tiempo en geografia.
E. Ullmann (1973, p. 126) afirma que el espacio es «una dimen- sión más concreta que el tiempo». Ya pesar de ser irreversible, está a la altura de «medir» el tiempo y viceversa, es decir, de ser medido en términos de tiempo. Todo el problema reside ahí. No se trata propia- mente de saber exactamente cuál de los dos es más concreto. La cues- tión de la medida recíproca puede ser vista como una manera de decir que tiempo y espacio son una sola cosa, metamorfoseándose uno en otro en todas las circunstancias. Pero si queremos ir más allá del dis- cursoy conseguir que se vuelva un concepto eficaz, tenemos que igua- lar espacio y tiempo, esto es, tratarlos según parámetros comparables.
Según Jacques Maritain (Theonas, p. 71, citado por E. 1. Watkin, 1950, p. 48, nota 3), «el tiempo verdadero [...] que está basado en el
movimiento es, como elespacio, inseparable de la materia corpórea», El espacio tiene, siempre, un componente de materialidad de donde le viene una parte de su concreción y empiricidad. Si queremos unificar tiempo y espacio, si pretendemos que puedan ser mutuamente inclu- yentes, el tiempo debe ser también empirizado.
Tiempo, espacio y mundo son realidades históricas, que deben ser mutuamente convertibles, si nuestra preocupación epistemológica es totalizadora. En cualquier momento, el punto de partida es la so- ciedad humana en proceso, es decir, realizándose. Esta realización se da sobre una base material: el espacio y su uso, e! tiempo y su uso, la materialidad y sus diversas formas, las acciones y sus diversos as- pectos.
Así empírizamos el tíempo,!' haciéndolo material y, de ese modo, lo asimilamos al espacio, que no existe sin la materialidad. Latécnica entra aquí como un rasgo de unión, histórica y epistemológicamente.
Las técnicas nos dan, por un lado, la posibilidad de empirización del tiempo y, por otro lado, la posibilidad de una calificación precisa de la materialidad sobre la que trabajan las sociedades humanas. Por tanto, esa empirización puede ser la base de una sistematización solidaria con las características de cada época. A lo largo de la historia, las téc- nicas se dan como sistemas, diferentemente caracterizadas.
Por intermedio de las técnicas e! hombre, en e! trabajo, realiza esa unión entre espacio y tiempo. Según K. Horning (1992, p. 50), toda técnica esconde, de alguna forma, una teoría del tiempo.13 Ya hemos visto también que la técnica puede ser e! fundamento de una teoría de!
espacio.
Las técnicas están fechadas e incluyen tiempo, cualitativa y cuan- titativamente. Las técnicas son una medida del tiempo: e! tiempo del proceso directo de trabajo, el tiempo de la circulación, el tiempo de la división territorial del trabajo y el tiempo de la cooperación.
El espacio está formado por objetos técnicos. El espacio de! tra- bajo contiene técnicas que permanecen en él como autorizaciones para hacer esto o aquello, de esta o aquella forma, a este o a aquel ritmo, según esta u otra sucesión. Todo eso es tiempo. El espacio dis- tancia es también modulado por las técnicas que dirigen la tipología y la funcionalidad de los desplazamientos. El trabajo supone el lugar, la
12. Otro tratamiento de ese problema de la empirización del tiempo se encuentra en M. San- tos, 1978,pp. 159-160, Y M.Santos, 1988,pp.31-35.
13. "Técnicasytiempo están, con toda evidencia, fuertemente entrelazados. Ambos son algo más que manifestaciones físicas o biológicas de una función material o de un ritmo orgánico. Ambos están fuertemente vinculados al modelado de fenómenos y de procesos sociales siempre nuevos. Las re- laciones entre la técnica y el tiempo están en general mucho más enmarañadas que las reducciones a relaciones de causa y efecto, que los análisis más corrientes nos quieren hacer creer." Karl H. Horning, 1992, p. 49, en Gras, Joerges y Scardigli.
48 LA NATURALEZA DEL ESPACIO
distancia supone la extensión; el proceso productivo directo está ade- cuado al lugar, la circulación está adecuada a la extensión. Esas dos manifestaciones del espacio geográfico se unen, así, a través de esas dos manifestaciones eneluso del tiempo.
Las técnicas participan en la producción de la percepción del es- pacio, y también del tiempo, tanto por su existencia física, que marca las sensaciones ante lavelocidad, como por su existencia imaginaria.
Esta existencia imaginaria tiene una fuerte base empírica. El espacio se impone a través de las condiciones que ofrece para la producción, para la circulación, para la residencia, para la comunicación, para el ejercicio de la política, paraelejercicio de las creencias, para el espar- cimiento y como condición de «vivir bien)}, Como medio operacional se presta a una evaluación objetiva, y como medio percibido está su- bordinado a una evaluación subjetiva. Pero el mismo espacio puede ser visto como elterreno de las operaciones individuales y colectivas o como realidad percibida. En realidad, existen invasiones recíprocas entre lo operacional y lo percibido. Ambos tienen la técnica como ori- gen y por esa vía nuestra evaluación acaba siendo una síntesis entre lo objetivo y lo subjetivo.
La técnica es, pues, un dato constitutivo del espacio y del tiempo operacional y del espacio y del tiempo percibidos (Broek y Webb, 1968; G. N. Fischer, 1980).!4 Así podría ser esa referencia común tan buscada, ese elemento unitario, capaz de asegurar la «equivalencia»
tiempo-espacio.
A través del espacio de la producción, el «espacio» hace concreto el «tiempo». Así, la noción de trabajo!5 y la de instrumento de trabajo son muy importantes en la explicación geográfica, tanto o más que en el estudio de los modos de producción. El trabajo realizado en cada época supone un conjunto históricamente determinado de técnicas.
Según una frase muy frecuentemente citada de Marx (Capital, 1, p. 132, edición de M. Harnecker), «lo que distingue las épocas econó- micas unas de las otras, no eS lo que se hace, sino cómo se hace, con qué instrumentos de trabajo». Esta noción tiene, pues, un valor histó- rico y espacial. A cada lugar geográfico concreto corresponde, en cada momento, un conjunto de técnicas y de instrumentos de trabajo, resul-
14. Broek y Webb (1968, 30) distinguen. en el entomo, un medio operacional y un medio cog- nitivo(cognized).G. N.Fischer (1980, 21) propuso reconocer la existencia paralela de un espacio utili- zado (como material que se consume)ypercibido (como mercancía que se compra).
15. «De hecho. el desarrollo del tiempo como duración social incorpora el espacio alahistoria de los grupos y evidencia los diferentes aspectos de la solidaridad entre ambos. El espacio se incorpora a la sociedad por medio del trabajo, que lo transforma sin cesar y lo define [...] haciendo que el mundo pueda ser percibido como actividad sensible total y viva de los individuos." Antonio Candido, Os Parceiros do Rio Bonito,citado por Maria Sylvia de Carvalho Franco, «Antonio Candido revela o uni- verso caipira»,Folha de Sao Paulo, 23/6/90,Caderno Letras, p. 6.
tado de una combinación específica que también es históricamente de- terminada.
La edad de un lugar
¿Se puede pensar en la «edad» de un lugar? A propósito de esta o aquella ciudad nacida con la colonización es frecuente leer que fue fundada en talo tal año. Por ejemplo, la ciudad de Salvador de Bahía
«fue fundada» en 1549 por Thomé de Souza, por orden del rey de Por- tugal... Ésta es su fecha de nacimiento jurídico y de allí en delante su fecha cívica de aniversario.
¿Sería posible hablar de la edad de un lugar siguiendo otro crite- rio? Por ejemplo, ¿sería posible un criterio propiamente «geográfico»?
Los geomorfólogos lo hacen. Laobservación de la incidencia local de los procesos naturales les permitedatar áreas enteras, según la disposi- ción de los estratos que revelan las fases de lahistoria natural. Esa ob- servación a menudo se complementa conlaapertura de cortes, que de- jan percibirlanaturaleza de los diversos estratos, su espesor y el orden de su superposición. En cuanto a los paisajes elaborados por el hom- bre, ¿sería posible encontrar un método de observación que produjera idéntico resultado? ¿Puede latécnica ejercer, en relación a lageogra- fía, un papel semejanteal de los cortes geológicos y geomorfológicos?
Lamaterialidad artificial puede ser fechada, exactamente, por in- termedio de las técnicas: técnicas delaproducción, de! transporte, de lacomunicación, del dinero, del control, delapolítica y, también, téc- nicas de la sociabilidad y de la subjetividad. Las técnicas son un fenó- meno histórico. Por ello, es posible identificar el momento de su ori- gen. Esa datación es posible tanto a escala del lugar como a escala del mundo. Es también posible a escala de un país, al considerar el territo- rio nacional como un conjunto de lugares.
Desde el inicio de los tiempos históricos, una de las característi- cas de la técnica ha sido la de ser universal como tendencia (Leroi- Gourhan, 1945). Y el capitalismo va a contribuir a la aceleración del proceso que lleva a la internacionalización de las técnicas, aun antes de desembocar, en este fin de siglo, en su globalización: la universali- dad de las técnicas ya no como tendencia sino como hecho.
La tendencia universalizan te de los albores de la historia humana permitía crear, en diversos lugares, soluciones técnicas propias pero convergentes, aunque no hubiese simultaneidad en su aparición, ni su surgimiento en un punto determinado de la superficie de la tierra aca- rrease necesariamente repercusiones en otros lugares. Ya el proceso iniciado con e! capitalismo, y hoy plenamente afirmado con la globali-
50 LA NATURALEZA DEL ESPACIO
zación, permite hablar de una edad universal de las técnicas, edad que puede ser contada a partir del momento en que surgen (cada una de esas técnicas).
Existe una edad científica de las técnicas: la fecha en que, en un laboratorio, son concebidas. Pero esto puede tener importancia sólo para la historia de la ciencia. Y, alIado de esa edad científica, hay una edad propiamente histórica, la fecha en que, en la historia concreta, esa técnica se incorpora a la vida de una sociedad. En realidad, en ese momento la técnica deja de ser ciencia para ser propiamente técnica.
Ésta solamente existe cuando es utilizada. Sin el soplo vital de la socie- dad que la utiliza, existe tal vez un objeto, una máquina, pero no pro- piamente una técnica.16Desde un punto de vista histórico, ésta es la fe- cha que cuenta; allí se establece el certificado de bautismo universal de la nueva técnica. La autonomía de existencia del objeto técnico, es de- cir, la realidad que viene de sus capacidades funcionales absolutas, no puede ser confundida con la relatividad de su existencia histórica.
Cada técnica puede, de ese modo, tener su historia particular desde un punto de vista mundial, nacional o local. Ésta sería la histo- ria contada a partir del momento de su instalación en un determinado punto del ecúmene. La historia universal es, sobre todo, una historia absoluta de las técnicas y, por lo tanto, mucho más que el dominio de la cronología de la historia. Vistas de ese modo, las técnicas aparecen como algo absoluto y abstracto, a pesar de su empiricidad.
El lugar atribuye a las técnicas el principio de realidad histórica, pues relativiza su uso, las integra en un conjunto de vida, las separa de su abstracción empírica y les atribuye efectividad histórica. Y, en un determinado lugar, no hay técnicas aisladas, de tal modo que el efecto de edad de una de ellas está siempre condicionado por el de las otras.
En un determinado lugar existe la actuación simultánea de varias téc- nicas, por ejemplo, técnicas agrícolas, industriales, de transporte, co- mercio o marketing, técnicas que son diferentes según los productos y cualitativamente diferentes para un mismo producto, según las respec- tivas formas de producción. Esas técnicas particulares! esas «técnicas industriales", son manejadas por grupos sociales portadores de técni- cas socioculturales diversas y se dan sobre un territorio que, en su pro- pia constitución material, es diverso desde el punto de vista técnico.
Todas esas técnicas, incluyendo las técnicas de la vida, nos dan la es- tructura de un lugar.
16. Para muchos autores, solamente existe técnica cuando el instrumento de trabajo, la má- quina, el modelo de organización se insertan en una sociedadyse instalan en un lugar. De ahí el impe- rio de las condiciones sociales sobreelproceso de difusión de las innovaciones. Este hecho ha sido am- pliamente analizado, tanto en lo que se refiere a los grandes sistemas técnicos como en lo que concierne a las técnicas domésticas.
Ceder a una interpretación puramente «histórica» de las técnicas, es decir, a partir de las historias particulares de cada técnica en cada lugar, sería creer en el carácter absoluto de las técnicas, como si cada una se definiese por sí misma. Tomada aisladamente, una técnica es una virtualidad en estado puro, una virtualidad máxima, aguar- dando su historización.
Los lugares, como ya hemos visto, redefinen las técnicas. Cada objeto o acción que se instala se inserta en un tejido preexistente y su valor real se encuentra en el funcionamiento concreto del conjunto. Su presencia también modifica los valores preexistentes. Los respectivos
«tiempos» de las técnicas <dndustriales» y sociales presentes se cruzan, se entremezclan y acomodan. Una vez más, todos los objetos y accio- nes ven modificada su significación absoluta (o tendencial) y ganan una significación relativa, provisionalmente verdadera, diferente de aquella del momento anterior e imposible en otro lugar. De esa manera se constituye una especie de tiempo de! lugar, ese tiempo espacial (Santos, 1971) que esel otro del espacio.
Tomemos como ejemplo un instrumento de trabajo, una fábrica:
sus características técnicas inducen cierta actuación en función de la utilización de un cierto capital, una cierta cantidad y calidad de mano de obra, una cierta cantidad de energía. Así, la edad de los instrumen- tos de trabajo tiene implicaciones con el resto de la economía (en vir- tud de las posibilidades concretas de relaciones) y en e! empleo (en virtud de la posibilidad concreta de puestos de trabajo). Debido a que esas relaciones presiden la jerarquía entre lugares productivos, las po- sibilidades de expansión o de estancamiento difieren para cada lugar.
Esa situación relativa es e! resultado no sólo de la producción local, sino de lo que es producido en el conjunto de lugares de un espacio dado, e involucra lugares próximos y también lejanos, gracias a la am- pliación de los contextos, que ha sido posible por los progresos en los transportes y en las comunicaciones y por la organización de la pro- ducción. La edad de las variables presentes en cada lugar acaba siendo medida con referencia a factores internos y externos, sobre todo en los países subdesarrollados, donde la historia de la producción esta ínti- mamente vinculada a la creación, en los países del centro, de nuevas formas de producir.