DE MADRID DESDE 1800
B) COMPOSICIÓN PROFESIONAL Y SOCIAL
4.911 nacimientos registrados eran todos legítimos, y ponemos esa cifra en relación con las mujeres casadas de edad maternal, encontramos para cada 1.000 de éstas 188 hijos.
A pesar de la imprecisión de las cifras primarias, puede deducirse que la fecundidad de las mujeres casadas alcanzaban en general, un nivel satisfactorio, pero que la propor- ción de mujeres casadas en edad maternal era muy reducido (un ¿—? por 100) en aquella sociedad, siendo considerable la proporción de solteras, aun de aquellas censadas en ré- gimen de familia. Por consiguiente, habiendo pocas madres casadas, la natalidad legítima total tenía que ser poco considerable.
La mortalidad era reducida. Téngase en cuenta que en las 4.491 defunciones registradas en 1797, no se incluían las ocurridas en hospitales ni conventos ni las de recién nacidos; así pues, en relación con los 168.000 habitantes en régimen de familia, dan un coeficiente de mor- talidad de 26,4 por 1.000. Según Laborde, en aquel tiempo reinaba la mayor limpieza en las calles de Madrid: “Hay muy pocas ciudades en que se preste mayor atención a este punto”.
La preocupación urbanista y madrileñista de los ministros de Carlos III debió tener una re- percusión favorable sobre la salud pública. Y el sistema de alumbrado, elogiado también por Laborde, y las medidas de policía harían, sin duda, disminuir considerablemente las muer- tes violentas. Aun con todas las correcciones y reservas que se apliquen a las cifras de mor- talidad, traducen una situación favorable en los aspectos sanitarios y de seguridad personal.
Con arreglo a esta distinción, las “clases altas y medias” formaban una masa de 19.096 familias, en tanto que las “clases populares” sumaban en conjunto 20.003 fami- lias. Había, por consiguiente, equilibrio bastante marcado entre los dos grupos, lo cual daba a aquella sociedad una estructura de considerable solidez.
Las que podemos denominar “clases altas” (para valernos de una expresión rápida y gráfica) estaban representadas, indudablemente, por las 5.070 familias nobles que habían sido censadas como tales, y por una tercera parte, aproximadamente, de los que figura- ban en el grupo de “empleados del rey” y “personal de Tribunales”; éstos constituían la llamada “nobleza de toga”, ennoblecida por el rey con carácter personal, como la otra traía su nobleza por herencia. Al grupo se unía el que pudiéramos llamar de “aristocra- cia del dinero”, formado por el pequeño núcleo de ganaderos y labradores (propietarios y arrendatarios), que serían grandes terratenientes residentes en Madrid o apoderados de nobles o de instituciones religiosas o benéficas; en cualquier caso, familias de buena posición; y unas 1.000 familias más de comerciantes al por mayor y negociantes, fi- nancieros o especuladores en vasta escala.
Resulta de la anterior evaluación, naturalmente, aproximada e imprecisa, que las
“clases altas” formaban una masa de 9.000 y 10.000 familias (la cuarta parte del núme- ro total de familias avecindadas en la villa-capital). Añádase el personal de jefes y ofi- ciales militares de la guarnición, el alto clero y los embajadores y diplomáticos de otros Gobiernos, y se comprenderá que lo que hemos denominado “clases altas” comprendía entre el 25-30 por 100 del número de casas y familias y entre el 30-35 por 100 de habi- tantes (ya que cada familia aristocrática contaba con abundante servidumbre y depen- dencia asalariada). Las “clases altas” constituían entonces, tanto por su número como por su riqueza y por su posición, el elemento rector y la clase dirigente de la sociedad y de la vida madrileña.
Nos hemos detenido un poco en este análisis porque al examinar las estadísticas ma- drileñas de 1850 encontraremos, con poca sorpresa, que no son ya las “clases altas”, sino las “clases medias”, las que tienen el predominio numérico y cualitativo de la ca- pital de España, y en momentos sucesivos (1900-10 y 1930-40) veremos nuevos des- plazamientos de unas clases por otras, con el consiguiente cambio intrínseco de la es- tructura demográfica local.
Examinemos ahora la composición de las “clases populares” sobre la base de las ci- fras de este censo.
Encontramos primeramente un grupo numeroso de trabajadores independientes: son los que figuran como “artesanos”, es decir, pequeños patronos; el censo los denomina
“maestros de artes y oficios” (herreros, carpinteros, zapateros, sastres, encuadernado- res, etc.); fabrican por sí y con ayuda de sus familiares, y venden directamente a un nú- cleo reducido de consumidores. Son 4.720 los censados de esta categoría. A ella in- corporamos 469 que figuran con la denominación de “conductores”, y que servían de transportistas, es decir, alquiladores de caballos y carruajes, postillones, servidores y guías de los viajeros, trabajando sobre honorarios concertados para cada viaje y con cada cliente.
Luego encontramos el grupo que según nuestra terminología actual, podemos cali- ficar de “personal obrero”; está representado por 8.726 menestrales (es decir, obreros es- pecializados o de oficio) y 6.185 jornaleros y obreros indiferenciados; en total, 14.911 individuos. Otro grupo de cierto volumen era el de “aguadores y mozos de carga”, en nú-
mero de 1.531, y últimamente los “criados” (clasificados en tres grupos: de “escaleras arriba”, de “escaleras abajo” y “domésticos”), sumando en total 11.200.
Es lástima que este censo, en el aspecto profesional, no haga distinción de sexos; no sabemos, por consiguiente, si en los grupos de “criados” y de “jornaleros” están incluidos hombres y mujeres o se referían solamente a hombres; nos inclinamos a lo segundo, pero carecemos de datos para justificar nuestra sospecha.
En conjunto, las clases populares sumaban 32.831 individuos censados, correspon- dientes a 20.003 familias. Y si excluimos los 5.189 artesanos y conductores que podemos considerar como pequeños patronos (y, por tanto, contarlos no como individuos, sino como familias), tendremos para los demás 27.642 individuos en 14.814 familias, es decir. 1,87 individuos por familia, en cuya proporción van incluidos no sólo los jóvenes y mujeres ca- sadas que trabajaban además del cabeza de familia, sino también los inmigrados solteros, que constituían proporción no despreciable de la población trabajadora.
Una relación interesante queda aún por establecer entre los que daban y los que reci- bían trabajo; las cifras son de este orden:
Maestros (es decir, patronos) ... 7.227 Oficiales (es decir, asalariados) ... 8.726 Aprendices ... 2.716 Jornaleros... 6.185 Y en términos relativos aparece:
Número de oficiales por maestro... 1,21 Aprendices por cien oficiales ... 31,1 Asalariados por patrono (es decir, oficiales y jornaleros
por maestro)... 2,06 Jornaleros por cien oficiales ... 70,9
La mano de obra indiferenciada constituía el 41,5 por 100 de la mano de obra total; de especializados había seis por cada cinco patronos, y los aprendices eran casi un tercio de los oficiales y el 17 por 100 de todos los productores adultos (maestros y oficiales).
En el terreno que consideramos hoy propiamente económico, o sea el de producción y circulación de mercancías o de bienes materiales de uso y consumo, los grupos de po- blación se establecían así:
Industriales y comerciantes (patronos)... 4.723 Artesanos independientes ... 4.415 Menestrales (obreros especializados)... 8.726 Jornaleros... 6.185 ________
TOTAL ... 34.049
Y esta masa de productores representaba respecto a la población censada con más de dieciséis años (127.000.) el 26,8 por 100, y con respecto a los 64.000 varones, de dieci- séis y más años, el 53,1 por 100.
Debemos insistir, antes de seguir adelante, en que las cifras absolutas y relativas que hemos utilizado tienen solamente un valor indicativo, y no hay que tomarlas en su sentido estrictamente aritmético. El censo de población que manejamos es simplemente un ensayo censal, y, por
consiguiente, sus datos no pueden utilizarse como medida de los grupos censados, sino como indicación de su masa probable y de su proporcionalidad respecto a los otros grupos.
A pesar de todo, las cifras censales nos han manifestado que en el Madrid de 1800 las clases altas constituían más de un tercio de la población total, y, por consiguiente, por ra- zón de volumen cuanto por razones cualitativas, daban la tónica de aquel pequeño mundo.
Las clases económicamente productoras (patronos, independientes y asalariados). Forma- ban la mitad del conjunto si sólo se tiene en cuenta a los varones, y la cuarta parte si se to- man también en consideración las mujeres. Los asalariados (en sus tres grandes grupos de menestrales, jornaleros y criados). Sumaban 26.000, o sea la quinta parte de los hombres y mujeres mayores de dieciséis años. Y los asalariados productores (menestrales y jornaleros).
Doblaban el número de maestros, representando un 7-8 por 100 de la población total.
C/ Ritmo de crecimiento
Veamos ahora la fuerza de crecimiento de este núcleo humano así constituido. Para ello nos puede servir el censo ordenado por Floridablanca diez años antes, y realizado, por tanto, con referencia al año 1787.
Las poblaciones censadas en ambos censos en régimen de familia eran de este orden:
1787 ... 147.500 1797 ... 167.600 _________
AUMENTO BRUTO... 20.100 _________
Aumento relativo en el decenio... 13,6%
Esto en cuanto al número de individuos; en cuanto al número de familias, aparece:
1787 ... 35.155 1797 ... 39.096 _________
AUMENTO BRUTO... _________3.941 Aumento relativo en el decenio... 11,2%
El aumento del número de familias es bastante menor que el de individuos; ello es fá- cilmente justificable si se tiene en cuenta que entre los elementos inmigrados suelen abun- dar los solteros. Como consecuencia, el promedio de individuos por familia era en el pri- mer censo de 4,20 y en el segundo, de 4,29, no porque las familias tuvieran mayor fecundidad o mayor volumen medio, sino porque había un número mayor de solteros inmigrados a pro- rratear entre el número total de familias.
¿En qué proporción ha contribuido al aumento el juego combinado de nacimientos y defunciones, por una parte, y el de llegadas y salidas de viajeros por otro lado? Podemos intentar la evaluación con las reservas consiguientes.
Vimos en párrafos anteriores que el exceso de nacimientos sobre defunciones había sido de 470 en el año 1797. Tal vez esa cifra sea demasiado favorable, porque lo fuera el año citado en el aspecto sanitario o porque no se incluyeran entre las funciones las de párvulos; operando con prudencia, no creo posible fijar en más de 400 al año el plus de nacimientos; en diez años serían 4.000. Hasta 20.000, que es el plus de los censados en 1797 sobre los censados en 1787, quedarán 16.000 individuos procedentes de inmigra- ción. En una palabra: la balanza vital (nacimientos menos defunciones), en el Madrid de
fines del XVIII, dejaba anualmente un saldo favorable de 400 individuos. La balanza mi- gratoria (entradas menos salidas de viajeros). Dejaba un saldo favorable al año de 1.600 personas.
No todas las zonas de Madrid participaban en la misma proporción del incremento global. La distribución del vecindario en cuarteles, vigente a la sazón, era como sigue:
Miles de habitantes Aumentos 1787 1797 Bruto Indice
(Miles) 1787=100
Zona Norte:
Afligidos (barrio de Leganitos) ... 10,0 12,1 +2,1 121,0 Maravillas ... 22,9 28,4 +5,5 124,0
Zona Este:
Barquillo ... 16,1 17,8 +1,7 110,6 San Jerónimo ... 18,1 22,5 +4,4 124,3
Zona Sur:
Avapiés ... 27,3 30,6 +3,3 112,1 San Francisco... 22,2 24,2 +2,0 109,0
Zona Oeste:
Palacio ... 7,6 8,7 +1,1 114,4 Plaza Mayor... 23,3 23,3 0 100.0
Resumen por zonas.
Zona Norte... 32,9 40,5 7,6 123,1 Zona Este ... 34,2 40,3 6,1 117,8 Zona Su... 49,5 54,8 5,3 110,7 Zona Oeste... 30,9 32,0 1,1 106,6
________ _______ _______ _ _ _ _ _ _ _ Totales... 147,5 167,6 20,1 113,6 La zona Oeste, comprimida por el Palacio Real con sus dependencias y obstaculizada por los desniveles y pendientes del suelo en aquel sitio, tiene un crecimiento mínimo e in- significante. Por otra parte, las zonas Oeste y Sur eran las del Madrid primitivo, y por ello acaso en aquella fecha se encontraban más próximas al límite de saturación; en cambio, las zonas Norte y Este disponían aún de espacios abiertos susceptibles de edificarse, y de edificaciones susceptibles de ampliación y elevación; lo cierto es que el sector Nordeste es el que en aquella fecha absorbe los mayores aumentos de población y da origen a los ensanches urbanos de la época.
Es curioso que desde el siglo XVII la población de Madrid propenda a crecer y exten- derse más por el Norte que por el Sur, y que esta tendencia se exagere en los períodos de gran migración; a tal fenómeno cuantitativo se une otro de difícil expresión numérica, y es la tendencia de las clases medias a domiciliarse en el sector Norte, dejando el sector Sur entregado casi exclusivamente a las clases populares. Esa tendencia llegará a su punto cul- minante en el final del XIX. En la actualidad acaso empiece a corregirse. Lo que no pue- de negarse que el hecho ha tenido y tiene repercusiones de índole económico-social y aun demográfica.
No tenemos material estadístico para determinar en que proporción entraban los habi- tantes de cada región y provincia de España en el conjunto de la población madrileña de esa época; por ello hemos de contentarnos con las referencias del nombrado Laborde el cual dice así:
“Madrid es una agrupación de personas procedentes de todas las provincias: todos con- servan allí las costumbres y estilo de su país de origen, y al mezclarse con los de otras re- giones forman una mezcla confusa y extraña. Debido a eso, la población donde hay me- nos prejuicios, donde menos se ¿—tican.? la conducta y los actos ajenos, y donde más pronto se ¿—culpan.? las faltas, los errores o los defectos de los demás”.
Revista Internacional de Sociología número 10 (1945). Pág. desde 400 hasta 413.
Transcrito por P. ESPINA PÉREZ