Año 1786
II. LA OFERTA DE NODRIZAS EN MADRID, 1758-1868
En la oferta de nodrizas a través del Diario se distinguen tres períodos (gráfico 6). Un primer periodo, de 1758 a 1782, coincide con la primera época del Diario, 24 años desde que comienza a publicarse hasta que desaparece. La fuerte depresión de la oferta, que pasa de 261 anuncios en 1758 a 18 en 1768 y a sólo 2 un año después, refleja la grave crisis po- lítica y económica que se inicia en 1766 con el Motín de Esquilache. La reacción del mer- cado de trabajo es extrema. tras una leve recuperación en 1767 y 1768, cae en 1769 en una casi total contracción en la demanda, con dos, tres y seis mujeres ofreciéndose anualmen- tecomo nodrizas, situación que se prolonga hasta al menos 1781. Es posible que la pobla- ción flotante se viese más afectada por la crisis económica que atraviesa Madrid en la dé- cada de los setenta (8), y que esto explique que la oferta de nodrizas, en gran parte de los pueblos cercanos, casi desaparezca.
CUADRO7. OFERTA DE NODRIZAS A TRAVÉS DEL DIARIO DE AVISOS DE MADRID (1758-1868)
1758 261 1770 3 1780 nd 1790 218 1800 123 1810 243 1858 1 135
1759 218 1771 6 1781 2 1791 258 1801 108 1811 309 1863 1 924
1760 162 1772 6 1782 nd 1792 166 1802 95 1812 209 1868 1 338
1761 128 1773 8 1783 nd 1793 157 1803 156 1813 103
1762 128 1774 6 1784 nd 1794 186 1804 195 1814 nd
1763 92 1775 2 1785 nd 1795 178 1805 246 1815 211
1764 71 1776 3 1786 56 1796 184 1806 135
1765 47 1777 3 1787 185 1797 139 1807 283
1766 13 1778 nd 1788 nd 1798 139 1808 145
1767 18 1779 4 1789 215 1799 114 1809 251
1768 18
1769 2
La atonía del mercado de trabajo refleja la de la economía madrileña (que ilustra la pro- pia desaparición del periódico, en diciembre de 1781) y refleja de manera inmediata la crisis que la estructura demográfica de la ciudad reflejará años después. El censo de 1804 muestra los grupos de edad 16-24 y 25-49 muy afectados por una crisis que coincide con las décadas en las que la oferta de trabajadores había disminuido. (9).
LAS NODRIZAS EN SUS CASAS: LA CRÍTICA MÉDICA DE SUS CONDICIONES DE VIDA
Es posible distinguir tres grandes grupos entre las mujeres que buscan trabajo en Madrid como nodrizas; las procedentes de largas distancias, generalmente cantábricas, cuyo número se incrementa durante el siglo XIX; las de la región que circunda la capital, incluyendo pue- blos de las actuales provincias de Madrid, Guadalajara y Toledo, y las que viven en la ciudad.
Estos tres grupos se articulan a su vez en dos mercados distintos: el de las nodrizas que trabajan en casa de los padres y el de las nodrizas que buscan una cría para su casa. La per- tenencia a uno u otro grupo vendrá condicionada, sobre todo, por la procedencia y estado civil de la nodriza.
A comienzos del período aquí estudiado, en 1758, la mayoría de las nodrizas crían en sus casas, en pueblos cercanos a Madrid. “El crecido número de Amas que se emplean en la Corte y demás Ciudades principales, es motivo de que tantas mujeres de los lugares cir- cunvecinos miren su leche como un ramo de comercio más lucrativo que la de sus gana- dos. Apenas llegan a los últimos meses de su preñado, cuando todo su afán es buscar un niño ajeno que les compre su leche”, escribe el médico Jaime Bonells en 1786. Ello se ex- plicaba porque “prefieren algunos padres enviar desde luego sus hijos a casa de las Amas, mayormente si éstas viven en el campo, o en lugares tenidos por sanos (10).
Las nodrizas que se anuncian en el Diarioresiden en una zona que sobrepasa los 200 kiló- metros de distancia de Madrid e incluye las provincias de Madrid, Toledo Cuenca y Guadalaja- ra, aunque la mayoría se concentra en un radio de 30 kilómetros alrededor de la ciudad, donde prácticamente en todos los pueblos había mujeres criando niños (mapa 1) (11). Unas dos leguas (11 kilómetros), se consideraba una distancia que facilitaba las visitas de los padres: “una casa que necesitan una Ama para criar un niño, ya sea de esta Corte u de algún lugar de dos leguas en contorno” (29 de mayo, 1759); “hasta 2 leguas de Madrid” (28 de julio, 1758). En la segunda mi- tad del siglo XIX, el ferrocarril articula este mercado: “Se necesita una nodriza que habite en Cham- berí, Carabanchel o en algún pueblo por donde pase el ferrocarril”. (11 de diciembre, 1863).
Si comparamos las localidades de las nodrizas que se anuncian en el Diariocon las lo- calidades donde vivían las nodrizas que trabajaban para la Inclusa en los siglos XVII y XVIII, veremos que 27 no aparecen entre las 194 que enumera Larquié y 43 entre las 61 locali- dades de Sherwood. Por su parte, 26 de los pueblos que aparecen en el Diario, es decir, donde vivían nodrizas que trabajaban para familias de Madrid, nunca aparecen en los re- gistro de la Inclusa (12).
Esto puede indicar un diferente padrón de empleo (la Inclusa abasteciéndose de nodrizas en un área relativamente distinta al área en la que se abastecían las familias de Madrid), que estaría relacionado con las zonas de pobreza (las nodrizas de la Inclusa eran las peor pagadas), o con una evolución temporal: el estudio de Larquié cubre el período 1585- 1700, el de Sherwood, 1700-1800, el nuestro 1758-1868. Los pueblos de los que proce-
den las nodrizas en el siglo XIX corresponden en su mayoría a la sierra norte de Madrid y a las provincias de Segovia, Guadalajara y Burgos, lo que indicaría un cambio en las re- giones campesinas que se incorporan a esta actividad para la ciudad (13).
A mediados del siglo XIX, una gran parte de las nodrizas que crían en sus propias casas no vivían ya en los pueblos alrededor de Madrid, sino en los barrios obreros de la ciudad:
La persona que tenga un niño y quiera darle a criar, puede llevarlo a la C. De la Con- chas n.° 4, 4.° principal interior de la izq. Será cuidado conforme es debido, pues es en casa de un matrimonio solo, y se llevará a vistas a sus padres cuando le quieran ver, ya sea cada 8 y 15 días, y se dará gusto en todo cuanto quieran. Tiene leche de 5 meses y se llama Eugenia Mtz. (14 de marzo, 1858).
Las que trabajaban para la Inclusas se concentraban en el centro sur de la ciudad, entre las calles de Toledo y Atocha, parroquias de Santa Cruz, San Justo y Pastor, San Sebastián y San Pedro, es decir, el barrio de Lavapiés (14). De las residentes en Madrid que se anun- cian en el Diario,una parte importante son mujeres de soldados y viven en cuarteles.
La urbanización de la lactancia asalariada se debe a una confluencia de cambios en la demanda y en la oferta: por un lado, la crítica médica de las condiciones en las que se crí- an los niños en casa de las nodrizas lleva a las clases adineradas y, por imitación, a las cla- ses medias, a preferir a la nodriza que cría en casa de los padres (15). Por otro, el deterio- ro de las condiciones de los labradores de los pueblos cercanos a Madrid hace que éstos dejen de ver la lactancia de niños de la ciudad como una actividad interesante para su economía.
Criar niños de la ciudad había sido una actividad complementaria de las agrícolas o arte- sanales que realizaba la familia. Las crisis de subsistencia, la inflación y las guerras provocan, sobre todo a partir de la década de los noventa, la pauperización de los pequeños labrado- res, que dejan sus pueblos para buscar trabajos en Madrid, o entran directamente a formar parte de los mendigos que pululan por la Corte. Sherwood encuentra en este hecho la ex- plicación del peso relativamente pequeño de las nodrizas de pueblos entre las que trabaja- ban para la Inclusa de Madrid, un caso único entre las inclusas europeas.
Las nodrizas que crían en sus casas son objeto de críticas por su alimentación, sus cua- lidades morales (ínfima educación, falta de sentimientos) y por las condiciones de sus ca- sas y su escaso tiempo para criar. A pesar de su evidente exageración (los textos médicos son abiertamente beligerantes contra la práctica de la lactancia asalariada), estas críticas nos permiten conocer las condiciones de vida de las familias campesinas de las que pro- cedían las nodrizas y la visión que las familias burguesas urbanas tenían de ellas.
Las nodrizas viven en lugares insanos:“no hay Ama que en su casa no se ponga el niño en la cama, donde respira los hálitos y vapores de dos cuerpos mugrientos dentro de un lecho puerco, y en un cuarto sucio, y mal ventilado”. Los accidentes que sufren los ni- ños en este ambiente son múltiples: asfixia por proximidad al humo del hogar, mordedu- ras de animales que viven mezclados con la familia, especialmente cerdos: “En el centro de Madrid mismo tenemos una Señora a quien le falta un ojo, por habérselo comido un ma- rrano estando en ama en Ciempozuelos; y un amigo mío me ha contado que vio en San Fer- nando un mozo, al cual cuando niño le comió otro marrano ambas manos en la cuna”.
Además, “las más de las Amas son gente pobre, y de baja suerte, cuya miseria les reduce a un alimento escaso, grosero, indigesto, más vegetariano que animal, y que sólo su vida activa y laboriosa puede soportar y digerir”. Se critica “el uso del vino, y más si es malo, cual suele beberle la pobre gente”, así como los alimentos picantes, rancios, salados, vis- cosos e indigestos, de que usan por costumbre o necesidad” (16).
A finales del siglo XVIII comienza a dejar de verse la posición social de los individuos como expresión de un orden natural que se materializa en la sociedad estamental y co- mienza a creerse que depende más bien de las realizaciones del propio individuo, que se construye. Y se construye a través de la educación, que prepara a los individuos para de- sempeñar un papel u otro en la sociedad. La pertenencia a la clase dominante requiere un cuidadoso proceso de transmisión, desde la infancia, de los valores y signos que identifi- can a sus miembros. Esta tarea esencial no puede dejarse en manos de sirvientes analfa- betos y campesinos, de nodrizas que han sido:
Criadas con entera libertad entre la plebe, sin instrucción, sin principios morales, sin decoro, sin urbanidad, no conocen más razón que los caprichos de su alvedrío; ni se gobiernan por otras reglas, que sus preocupaciones y apetitos; por lo cual no poniendo freno a sus pasiones, tan presto las arrebata la ira como las acoquina un terror pánico (…) la moderación obra rara vez en ellas; todo son violentos extremos, y su último cui- dado es el daño que pueden causar a los niños que tienen en sus pechos. (17).
LAS NODRIZAS: CONSTRUCCIÓN Y DESTRUCCIÓN SOCIAL DE UNA ACTIVIDAD
Entre un 25 y un 30% de las nodrizas que se anuncian en el Diarioa mediados del si- glo XIX mencionan su procedencia. Podemos pensar que la mayoría de las procedentes de regiones cantábricas mencionarán este hecho en su anuncio, al tratarse de una caracterís- tica apreciada. Pero, por otro lado, al tratarse del segmento más valorado del mercado de nodrizas, es probable que la importancia del Diario como medio de contratación sea me- nor ante formas como la recomendación personal.
CUADRO9. PROCEDENCIA DE LAS NODRIZAS EN LOS ANUNCIOS DEL DIARIO
1858 (%) 1863 (%) 1868 (%)
Galicia ... 37 3’2 65 3’4 35 3’1
Santander... 37 3’2 28 1’4 41 3’6
País Vasco... 18 1’6 9 0’5 21 1’8
Asturia ... 152 13’4 282 14’6 185 16’2
Castilla-León ... 94 8’3 100 5’2 78 6’8
Total nodrizas ... 1.135 29’7 1.924 25’2 1.138 31’6
La pretensión de emplearse como nodrizas es lo que trae a estas campesinas a Madrid, a las pocas semanas, o incluso días, de haber dado a luz.
“Con pan y vino se anda el camino”, dice un vulgar adagio español, y ese adagio le cumplen las pasiegas en su viaje a Madrid, teniéndose por muy dichosa la que pue- de agregar a estos alimentos alguna otra sustancia nutritiva que ni su erario, ni el sur- tido de las posadas en la carretera permiten que sea muy selecta. Con esto y un semi- vestido y un semicalzado, que apenas logra el fin del viaje conservar el semi, andando de día a pie, y durmiendo de noche sobre el duro suelo, hacen estas infelices su expedi- ción. Pero todo lo resiste su sanidad, su robustez y naturaleza fuerte y llegar a Madrid tan coloradas y frescachonas como si ninguna privación hubieran pasado (18).