CAPITULO I. LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES COMO PROBLEMA SOCIAL Y COMUNICACIONAL
CAPÍTULO 2. LA VIOLENCIA SIMBÓLICA COMO PROBLEMA DE INVESTIGACIÓN EN COMUNICACIÓN
2.3 Comunicación interpersonal y violencia simbólica en la familia
son socialmente aprendidos de las primeras instituciones como la familia, que por ende reflejan los esquemas y las estructuras sociales que pueden ocultar o disfrazar también violencia.
ontológica13 (normalmente dada por la vía de la empatía y/o la simpatía, aunque puede generarse también por la vía reflexiva) se tiende a crear un clima de relación soportado en el bienestar y seguridad que se produce al sentir o pensar que el uno y el otro son de cierta forma aristas de lo mismo”. (Romeu, 2012: 69)
Como se puede ver, desde la perspectiva de Romeu, la violencia simbólica y cualquier otro tipo de violencia no tendría cabida en la comunicación interpersonal pues al darse la simpatía y la empatía no sería posible cultivar violencia alguna. En este sentido, aunque ésta no es la posición conceptual de la que se investiga en esta investigación sobre la comunicación interpersonal resulta interesante dejar abierta la puerta para pensar cómo el sentido del bienestar y confianza que debiera proveer la comunicación interpersonal en la familia se podría ver seriamente afectado cuando alguno de sus integrantes perciben la violencia simbólica de parte de otros familiares.
Partiendo que durante el proceso comunicativo se “utiliza el lenguaje para enviar y recibir mensajes cuya intención es despertar tipos especiales de significados”, los cuales son derivados de una diversidad de códigos (entendidos como un conjunto de símbolos previamente establecidos o mejor dicho convenidos en determinado contexto) que funcionan como un vínculo social para interactuar con otros individuos (Rizo, 2009:
34; Karam, 2009: 47) diría que los significados intercambiados en la interacción familiar violenta no abonan a favor de una socialización sana, abierta y armónica que es la que idealmente (y de acuerdo al modelo de familia occidental que predomina en nuestro país), debería de regir en la comunicación familia.
13 Esto se refiere a coincidir con características y elementos del cómo ser/existir
Por lo que se refiere a la comunicación ya sea verbal o no verbal. La doctora Marta Rizo (2009), menciona que ambos tipos de lenguajes en una práctica comunicativa están estrechamente relacionados, debido a que ambos se presentan en la interacción de emisor- receptor (y viceversa), en un tiempo y espacio específico, ya que se manifiesta lo verbal por medio de las palabras y a la vez puede ir acompañados o no de movimientos corporales y gestuales que también aportan información de quiénes somos, cómo pensamos y cómo nos comportamos ante determinada situación. Por tanto, no se pueden limitar la noción de que la comunicación interpersonal se presenta de una sola manera.
Sin embargo, es relevante señalar que ambos lenguajes cuentan con ciertos elementos que los caracterizan. La comunicación verbal es “la expresión lingüística que produce tanto el emisor como el receptor a través de la oralidad, esto es, las palabras habladas, así como también de manera escrita por medio de la representación gráfica de signos“, cuya intención comunicativa es pretender actuar a través de la palabra sobre los otros, es decir; convencerlos, elogiarlos, descalificarlos, informarlos, etc. (Rizo, 2009: 36) Mientras que la comunicación no verbal se refiere “al lenguaje que comprende los movimientos corporales, los gestos, las posturas y las expresiones faciales” que se expresan “consciente pero en gran medida inconscientemente” (Rizo, 2009: 37) en una interacción de comunicación cotidiana. Si bien, es importante señalar que la comunicación no verbal es, por una parte, una condición innata del ser humano14, también es socialmente aprendida, ya que “el cuerpo es el primer vehículo de contacto
14 Al respecto, consultar a Karam, Tanius (2009). Notas introductorias al estudio de la comunicación, en los cuadernos de Comunicación y Cultura, número 8, Universidad Autónoma de la Cuidad de México, México.
entre el hombre y el entorno”, esto da pauta a que la cultura indirectamente contribuya en la estructura corporal tanto de crecimiento (normas en el peso y normas en la estatura), en su conservación (prácticas higiénicas y alimenticias), en su presentación (cuidados estéticos, el vestuario y los adornos), así como también en su expresión afectiva y desafectiva (como los estados emocionales: tristeza, alegría, depresión baja autoestima, ira, entre otras). (Rizo, 2009: 43)
Con lo anterior, vale la pena mencionar de dos cosas: la primera es que logra comprender a la comunicación interpersonal como un proceso dialógico, pues ya sea tanto verbal o no verbal cumple inconscientemente a ciertos códigos culturales y sociales, mismos que permite no sólo el intercambio de información (valores, ideas, emociones), sino, puntos de compatibilidad, acuerdo y desacuerdo, según los necesidades, intereses y objetivos de las personas que interaccionan en determinada situación interpersonal.
Y en segundo orden, la comunicación interpersonal está presente en cualquier interacción cara a cara entre los sujetos. Por ello, se encuentra tanto en las relaciones de pareja, entre amigos, entre maestro- alumno y viceversa, médico- paciente y viceversa, entre estudiantes, entre académicos, entre el género (hombre- mujer, mujer- hombre, hombre–hombre y entre mujeres), solo por mencionar algunos, así como también en un nivel institucional como por ejemplo: la familia.
Por lo que se refiere al tema de investigación de violencia simbólica entre mujeres en el ámbito familiar, la comunicación interpersonal que se da en la familia ha jugado un papel importante en la conformación de los individuos, como es el caso de las mujeres,
dado que desde la infancia y en dicho espacio “se aprende y elaboran las dimensiones más significativas de la interacción: como los contactos corporales, el lenguaje, la comunicación y las relaciones interpersonales” (Marc y Picard: 1992: 155). Esto quiere decir que en el núcleo familiar se comienza con las primeras prácticas comunicativas de intercambio e interacción ya que por medio de palabras, gestos, posturas y expresiones faciales se codifica y a la vez torna diversos significados de estas entre sus propios integrantes de la familia.
En efecto, la familia es el primer contacto que tiene el ser humano con la vida social, pero también hay que tomar en cuenta que la comunicación interpersonal en esta institución está mediada por la cultura y normas que provienen y establecen el sistema dominante patriarcal que formula la estructura, las normas de género y las relaciones de poder entre hombres y mujeres y entre el mismo género. Al respecto, Marta Torres Falcón menciona: “Para comprender el significado y los alcances de las relaciones de poder entre hombres y mujeres hay que considerar, en primer término, que niñas y niños, desde la socialización primaria, interiorizan modelos ideales de hombres y mujeres que, entre otras cosas, comprenden la aprehensión de pautas características o facilitadoras del ejercicio del poder por parte de los hombres y la aceptación y adecuación por parte de las mujeres. Se valoran positiva o negativamente situaciones concretas y se condicionan las motivaciones individuales a través de la internalización que se da por muchos mecanismos”. (Torres, s/a: 24)
Como bien se menciona en el capítulo anterior, las percepciones, códigos, estructuras etc., han sido regidas históricamente bajo una dominación masculina (Bourdieu, 2000) en donde la mujer es subordinada en todos los aspectos y espacios en razón de su
sexo, no es extraño que en la familia la mujer también corresponda a esa práctica violenta de sumisión, pues a través de la comunicación interpersonal se genera y reproduce lo que le pertenece y le es propio a cada género.
Por ejemplo, a las mujeres en el ámbito familiar se les ha engendrado discursos violentos y discriminatorios de su supuesta inferioridad femenina, pues tanto en el lenguaje verbal como el no verbal se les ha llegado a descalificar y convencer sobre la abnegación, sumisión, dependencia, carencia de autoestima, la culpabilidad de sus acciones, así como también el rol, la fachada y la dramatización que la mujer que debe desempeñar en la sociedad y en el núcleo doméstico, sin olvidar de los discursos en cuanto a los estereotipos corporales femeninos y de una supuesta libertad y autonomía aun regida por la dominación masculina.
Cabe señalar que esta imposición de estructuras no es de manera abrupta, es decir, estas no se aceptan tal y como son, más bien depende del habitus de género para llevar a la práctica dichos discursos dentro del núcleo familiar, de modo que tanto lo aprendido con la experiencia es lo que determina ejercer la violencia simbólica en la familia de manera naturalizada.
Así pues, las estructuras dominantes son aceptadas inconscientemente y de forma sutil e invisible mediante la violencia simbólica como un modo de sobrevivir y un modo de comunicar, ya que en el núcleo familiar se puede asumir y ejercer de manera natural y recíproca entre los padres, hijos, hermanos y entre mujeres, solo por mencionar algunos, el abuso y el control de poder a través de la comunicación interpersonal.
Por lo que se refiere a las relaciones con abuso de poder, Romeu (2012: 69) menciona que se “anulan justamente la intimidad y la confianza propias de la comunicación intersubjetiva”. Sin embargo, es importante destacar que por desgracia en un acto de violencia también hay una cierta compatibilidad del sentido del ser y la existencia entre las personas que la ejercen como de quien la padece.
La familia es un claro ejemplo de esto, en ella además de compartir las estructuras culturales, de género entre otras, también se comparte una visión del ser y la existencia. En este sentido, Patricia Berumen (2003) argumenta en su investigación que las mujeres que han padecido de violencia en la familia han soportado esta situación, porque se les ha inculcado el valor del “ser, -deber mujer” en las relaciones de pareja con base a la violencia, teniendo en cuanta que la violencia física, sexual y psicológica es parte de este supuesto existir.
Esto quiere decir que en el caso de la comunicación interpersonal familiar la violencia simbólica que se ejerce entre los individuos puede ser perpetrada a través de un encuentro cara a cara, en donde inconscientemente se generan y reproducen “las disposiciones adquiridas e incorporadas por los sujetos (en este caso lo hemos llamado habitus de género) a partir de su ubicación y percepción en el orden social”. (Romeu, 2012: 62)