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Hablar de territorio implica hablar del espacio en concreto, y más aún es hacer referencia a un producto que surge de la habitabilidad de los seres humanos y que a su vez inevitablemente es de carácter social.
En conclusión y a manera de síntesis de lo redactado en este subtema, quiero enfatizar en que lo que está en juego tras los procesos de gentrificación, no es el espacio físico, el espacio como receptáculo en donde los entes están, sino el espacio construido, el mundo, lugar en donde se lleva a cabo la experiencia del dasein, donde las personas son conscientes de su existencia: la ciudad, la colonia, el barrio, el vecindario, todos ellos territorios, en cuanto a que son espacios habitados. En ellos las personas construyen, producen su vida; en ellos existen y no solo están.
Partiendo de esto, es más fácil comprender el profundo significado del comentario de una habitante de la colonia Independencia, quien cuando platicaba cómo ha sido su experiencia ante la amenaza de la gentrificación decía que “es como estar muerta en vida”
(Integrante de la Junta de vecinos de la Colonia Independencia. Conferencia: “Amilcingo Morelos, Monterrey Nuevo León, luchas por el Territorio”, 21/02/2020).
La relación que el habitar conlleva con el espacio se manifiesta en la producción urbana. La ciudad es el espacio de producción y es a la vez producto, es territorio, es decir espacio construido, en ella somos pero ella es también en cuanto a que la habitamos. Atentar contra la ciudad, el hábitat urbano, es atentar contra sus habitantes. En este sentido, y hay que ser puntuales, la gentrificación no es solo una renovación del espacio urbano, sino es una renovación de los habitantes de un tipo de ciudad; no es el espacio en abstracto que es intervenido el que sufre el proceso de la renovación y desterritorialización, sino son los habitantes originarios de ese hábitat quienes sufren este proceso al ser despojados del espacio que construyeron y en el que son, del espacio vivido, y con ello son re-expuestos a la contingencia.
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de los temas importantes para reflexionar en mi tesis sería la situación de incertidumbre y angustia que ellos experimentan por la amenaza del posible desalojo después del anuncio de la construcción de los proyectos de renovación urbana en su territorio.
En un principio, quise acercarme a la reflexión de esta experiencia por medio del concepto vulnerabilidad; sin embargo después de hacer una análisis me pareció que el término contingencia me permitiría comprender de una forma más completa la situación de angustia o incertidumbre que viven los colonos de la Indepe; ya que creo que el concepto vulnerabilidad no logra resaltar la capacidad de agencia que los individuos tienen, pues este término –cuyo origen etimológico refiere a la herida: posibilidad de ser herido o afectado negativamente– hace énfasis en la susceptibilidad al daño y a la falta de capacidad de respuesta o adaptación ante la amenaza (Chávez 2018)17, pareciendo encasillar a las personas en un estado de indefensión, situación que no expresa la realidad de los actores de mi caso de estudio, quienes en la vivencia del estado contingente crean acciones de resistencia y defensa ante las amenazas que les acontece.
Por ello al igual que los conceptos gentrificación y habitar, la contingencia es otro de los conceptos clave en los que se centra mi investigación. Con este término me refiero al estado de incertidumbre que las personas pueden experimentar ante cualquier situación de sus vidas, derivado de las diferentes posibilidades de amenaza que pueden o no suceder; pero que de alguna manera al ser posibles forman parte de la experiencia existencial de las personas, y las sitúa en un punto menor o mayormente favorable para el desarrollo armónico de su existencia; sin embargo no todo queda ahí, pues esta situación contingente los lleva a actuar de alguna determinada manera buscando hacer frente a este estado de incertidumbre.
Para abordar este concepto he recurrido como referente teórico a la reflexión de la filósofa alemana Isabel Lorey, quien si bien no utiliza el concepto contingencia como tal sí lo reflexiona por medio del concepto precariedad.
17 “Vulnerabilidad: propensión a ser afectado negativamente (…) La vulnerabilidad comprende una “variedad
de conceptos y elementos que incluyen la sensibilidad o susceptibilidad al daño y la falta de capacidad de respuesta y adaptación” (Chávez, 2018, 130). El grado de vulnerabilidad la mayoría de las veces se debe a más de una causa. Es el producto de procesos sociales interrelacionados que se traducen en desigualdades en las situaciones socioeconómicas y los ingresos, así como en la exposición. Entre esos procesos sociales, cabe mencionar por ejemplo la discriminación por género, clase, etnicidad, edad y discapacidad.
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En su obra “Estado de Inseguridad. Gobernar la precariedad” (2016), Lorey señala que se está frente a la contingencia cuando se vive en precariedad: “La precarización significa vivir con lo imprevisible, con la contingencia; y estar expuestos a la contingencia suele ser considerado como una pesadilla, como la pérdida de toda seguridad, de toda orientación, de todo orden” (17).
La propuesta de Lorey sobre precariedad o contingencia implica tres dimensiones; al mismo tiempo que expone la precarización como una herramienta que a lo largo de la historia el Estado ha utilizado para gobernar y someter a la población; situación que se agudiza en el capitalismo neoliberal, al ser ya no el Estado sino la burguesía (empresariado y demás agentes hegemónicos que manejan el mercado) quienes ejercen el poder y control por medio de la contingencia.
La primera dimensión del estado de precariedad que conllevaba vivir frente a la contingencia es que esta es una condición ontológica, es decir es una de las característica propias y definitorias que constituyen el ser de los seres humanos; la segunda dimensión de la contingencia es como una categoría que ordena el desenvolvimiento (conducta) de los individuos en sociedad tras el reconocimiento de la condición contingente; y la tercera dimensión es la contingencia utilizada como una forma de gobernanza a través de la gubernamentalidad, concepto que tiene sus raíces en la reflexión de Foucault.
He querido recurrir al concepto contingencia, porque creo que es el que más se adapta a la vivencia de los habitantes de la colonia Independencia tras el anuncio de la construcción de los dos megaproyectos urbanos en su territorio (la Interconexión Vial Monterrey-San Pedro y la Cruz Monumental Memorial de la Misericordia). Mi decisión por elegir el concepto contingencia y no utilizar el de precariedad como Lorey lo hace, es porque en castellano el concepto precariedad comúnmente ha sido más relacionado hacia la incertidumbre derivada de la carencia18 en términos de pobreza, marginación o segregación social; situación que si bien forma parte del estado de contingencia que los vecinos del barrio de la Indepe experimentan, no se agota en ello.
18 Contingente: adj. Que puede o no suceder.
Precario: adj. 1. De poca estabilidad o duración. 2. Que no posee los medios suficientes.
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A continuación, describiré la propuesta teórica de la contingencia desarrollada por Isabel Lorey, la cual considero nos permite entender el desarrollo y vivencia del proceso gentrificador en el caso del barrio de la Indepe.
Lorey (2016) menciona que “el estar frente a la contingencia es un estado ontológico que experimentan todos los seres vivos” (27). Y esto porque “contingente es aquello posible pero no necesario; es decir lo que puede o no puede ser” (Abbagnano 1986, 224). Lo que se da y a la vez puede no darse o dejar de darse si ya se dio; es lo no determinado por lo tanto no permanente. En este sentido la contingencia está siempre presente en nuestras vidas, en cuanto a que es una condición constitutiva de nuestro ser, una nota existencial que amenaza nuestro acto de ser.
Somos seres contingentes en cuanto a que somos seres posibles, pero no eternos, el nacimiento y la muerte nos lo enseñan; podemos ser o no ser; y en cuanto a que somos, podemos dejar de ser en cualquier momento. En este sentido nuestra contingencia descansa en nuestra finitud y en la vulnerabilidad para ser que ella significa. En los seres humanos la capacidad de percibir y reflexionar en torno a esta propiedad ontológica, nos lleva a asumir la experiencia de la contingencia desde la angustia.
Existimos en dirección a la inexistencia y mientras ésta no llega experimentamos la angustia “Angst” ante la incertidumbre que desatan las diferentes posibilidades de ser o las posibilidades de cómo dejar de ser, e incluso la posibilidad de la imposibilidad de posibilidades, la muerte en sentido heideggeriano.
El concepto de la angustia y la contingencia ha sido reflexionado por los filósofos Søren Kierkegaard y Heidegger; para este último el dasein o ser humano –aquel ser que tiene conciencia de su acto de ser, de ahí que pueda ubicarse a sí mismo dentro del mundo– es un ser para la muerte, de aquí su contingencia. En torno a esto Heidegger reflexiona que la finitud o contingencia ontológica nos lleva a experimentar la angustia, el ser ahí es un ser que está proyectado a la muerte, y esto lo angustia, en cuanto a que la muerte significa la imposibilidad de posibilidades de ser ahí; con la muerte el ser ahí ya no será (Rivara 2010).
La contingencia es pues incertidumbre; es angustia ante la falta de seguridades, y por lo tanto denota un estado de vulnerabilidad; que si bien se deriva de nuestra constitución ontológica finita no sólo se agota en ella, sino que esta está presente en todo nuestro acto de
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ser, incluyendo nuestra situación de seres relacionales con otros seres contingentes y con diferentes situaciones que forman parte de la realidad del mundo.
Entonces no solo experimentamos la contingencia hacia la muerte, sino que mientras vivimos ésta está presente en nuestras vidas, y al estar relacionado con la falta de seguridad la experimentamos ante todo aquello que de una u otra manera nos puede desestabilizar, la contingencia se vive también ante la gentrificación: la amenaza de perder el hábitat, el espacio en donde somos.
Este sentimiento de angustia ha estado presente en algunos vecinos y ha sido expresado por los integrantes de los colectivos de resistencia y defensa del barrio:
“Después de que nos dieron la noticia de la Interconexión Vial Monterrey-San Pedro, como a los dos años y medio empezaron con otro proyecto, este era una cruz que pondrían en la Loma larga. Entonces esto se volvió doble angustia. Porque apenas estábamos metiendo los amparos y tratando de entender y movernos con el primer proyecto”(Integrante de la Junta de vecinos de la Colonia Independencia. Conferencia: “Amilcingo Morelos, Monterrey Nuevo León, luchas por el Territorio”, 21/02/2020; Diario de campo, 149).
Por último, cabe destacar que si bien la contingencia está presente en todas las personas, ésta no se vive de la misma manera, pues la realidad contingente es heterogénea e incluso ante una misma amenaza puede presentarse en diferentes niveles.
Este padecimiento de angustia heterogénea en las personas es lo que nos lleva a la segunda dimensión de la contingencia presentada por Lorey, la contingencia como categoría ordenadora.
Al reconocer nuestra condición ontológica de contingencia o precariedad, se produce el sentimiento de amenaza y angustia, lo cual nos lleva jerarquizar y desenvolver nuestras acciones organizando la vida en torno a ella; esta es la contingencia en su dimensión de categoría ordenadora del desenvolvimiento de los individuos, en otras palabras es el tomar acciones, conducirnos con precauciones y modos de actuar, llegando a desenvolver ciertos roles frente al estado de contingencia o precariedad que vivimos.
Ser contingente es ser vulnerable, por supuesto sin negar la capacidad de agencia que tiene cada individuo, y ser vulnerable es estar expuesto a padecer violencia la cual muchas veces es ejercida por los otros como herramienta para ejercer poder y control.
La tercera dimensión de la contingencia es cuando esta se vuelve una forma de gobernanza. En “Estado de inseguridad. El gobierno de la precariedad” (2016), Lorey
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reflexiona como la precarización ha sido utilizada como una herramienta del Estado para gobernar y someter a la población. Para ello parte del concepto foucaultiano de gobernar: “el arte de gobernar consiste por regla general en conducir conductas” (19). Posteriormente, comenta que esta dimensión de lo precario como forma de gobierno, no es algo nuevo en la historia, ha estado presente desde el sistema feudal hasta el actual sistema neoliberal; el estado siempre ha encontrado diferentes maneras para gobernar en torno a la precarización.
Para explicar esto, Lorey hace un repaso histórico de las diferentes formas de gobierno, acude a la figura del Leviatán de Hobbes, en donde está el estado ideal que brinda seguridad al ciudadano, sin embargo esto es a cambio de su libertad, porque al final de eso se trata, el Estado ha estructurado a la sociedad de tal manera que le permita ejercer su poder.
Explica también como el modelo neoliberal la precarización, o estado de contingencia, se toma como forma de gobernanza a través de la gubernamentalidad o auto gobierno, en este modelo la gobernanza ha tomado mayor poder con la exaltación de la subjetividad y el rechazo a lo colectivo. Un ejemplo de esto es como la colectividad que en el fordismo permitía a los trabajadores defenderse con los sindicatos, en el neoliberalismo se ha visto desplazada.
En la gubernamentalidad el Estado se desatiende de sus obligaciones con los individuos; pues, estos se autogobiernan de acuerdo al estado de normalización que el sistema les ha impuesto y a la contingencia como categoría ordenadora que los mueve a dirigir sus vidas con la idea de ejercer su libertad y evitar caer en manos de la contingencia.