PARA ABORDAR EL TIEMPO
10. EL TIEMPO COMO PROYECTO (POSICION DISIDENTE)
10.1. Convivencia doméstica como grupalidad de afines
152) ”Los contextos recíprocos se ven obligados a tener en cuenta diversas características e intereses individuales al formular los objetivos y estrategias de los grupos y, al mismo tiempo, los individuos se ven condicionados a interpretar las oportunidades de autorrealización no sólo en relación con sus intereses individuales inmediatos, sino también con las diversas estructuras recíprocas que les imponen límites y sacrificios, pero que asimismo les ofrecen recompensas considerables en un futuro previsible”. MINGIONE, Enzo, o.c., pág. 99.
que prefieren dejar temporalmente su empleo en la etapa de crianza de sus hijos. Así mismo, se urge a la administación para que extienda los servicios de las ciudades al medio rural y distribuya los recursos en el calendario de forma que se adapten a las necesidades de los ciudadanos y no al revés, etc.
153) ELLIOT, Anthony, Teoría social y psicoanálisis en transición. Sujeto y sociedad de Freud a Kristeva, Amorrortu, Buenos Aires, 1992, pág. 330.
(posición competitiva) y conformismo (posición integrada). Además, el que la grupalidad no anule a los miembros individuales sino que persiga su realización personal, implica que no haya jerarquías cerradas y que los roles sean modificables (negociables). Las normas de género dan ahora paso a un proceso de emancipación personal (personalización) que ha sido subrayado por la corriente feminista influida por el psicoanálisis: “los sujetos humanos nunca reciben una
‘plasmación’ pasiva de formas simbólicas y culturales, sino que activamente retoman y reinterpretan de una manera creadora esas significaciones a la luz de su actividad de representación”(153).
En el grupo familiar el papel de “ama de casa” no se identifica con la mujer-madre sino que se reparte entre los miembros de la unidad de convivencia, adaptándose a las circunstancias y evolucionando a lo largo del tiempo. El principio fundamental es compartir la vida y eso lleva a un reparto de funciones desde criterios de igualdad y mutuo apoyo (incluyendo la figura del
“amo de casa” cuando las circunstancias propician esta opción). En todo caso, el trabajo en la casa es socialmente necesario (igual que el extradoméstico) y esto exige su valoración social, incluídos los aspectos económicos (“para mí lo que ella hace es igual que lo que yo hago; yo trabajo y ella trabaja”). A partir de aquí quedarse trabajando en casa o salir es cuestión de posibilidades o circunstancias personales.
En las relaciones de pareja se reconoce, tal como pasaba con la posición competitiva, que la convivencia significa “ceder el 50%” de uno mismo pero, en lugar de plantearse mantener a toda costa ese 50% en cuanto libertad individual, se apuesta por producir una relación nueva
“entre dos”:
“Cuando decidimos tener el chico, porque lo decidimos de común acuerdo, yo había decidido que si ella trabajaba por la mañana, yo por las tardes me quedaría en casa para criar a mi crío. Y si no era así no lo íbamos a tener.” (7GD, 34 y 36).
Este planteamiento obliga a reestructurar el tiempo de trabajo (para convivir más con la pareja, o para atender al niño), a organizar las tareas domésticas en función del otro (“irnos descargando el uno al otro”), etc. Incluso llega a rearticular el propio proyecto de vida en función de la nueva relación:
“-En algunos puntos se te hace cuesta arriba, pero piensas un poco y dices: ‘no, hombre, si esto es mi mayor gozada, éste es mi cine, ésta es mi televisión, esto es todo, mi todo’. Hasta cuando hago el amor con mi mujer estoy más a gusto con mi chico. No sé si cambiaré de idea con el tiempo, por lo que estoy oyendo.
-No, hombre, a ellos los quieres más (...). Un ejemplo, el otro día me cogió y me dió un abrazo y me dijo: ‘¡cuánto te quiero papá!’.
Es para meterse debajo de la mesa y dices: ‘bueno, éste qué dice;
que yo a mis padres jamás les he dicho eso’.” (7GD,36).
Desde esta posición se trata de superar la dicotomía establecida entre tiempo de trabajo (doméstico o extradoméstico) y tiempo de ocio. En la medida que las propias acciones responden a un proyecto compartido y asumido con otras personas, el principio del placer se convierte en telón de fondo de todos los actos de la persona, incluídos aquellos que pueden parecer más costosos o que están menos valorados socialmente (como ocurre con las tareas domésticas). Por ejemplo, como se recoge en la última cita, la relación con el bebé puede llegar a dar más “gusto”
que hacer el amor, o hacer la compra en el mercado pueden convertirse en fuente de diversión (ocio):
“-Que no había pensado yo y es una manera de pasar el tiempo libre también.
-¿Cual?
-Las labores del hogar (...) Yo nunca me había planteado una situación de ocio.
-Es ocio para mí comprar.
-Sí, sí.
-Y yo no voy nunca, como decís, una vez a la semana, yo voy cuando necesito algo. O sea.., es que es muy divertido ver como te intentan tomar el pelo las señoras (risas), es muy divertido; y digo las señoras porque a mí personalmente siempre han sido las señoras, debe ser porque tampoco hay señores comprando.”
(8GD,30).
La rutina inevitable de las tareas del hogar o el nerviosismo que a veces produce la relación prolongada con los niños se inserta en un “proyecto de vida” que, si ha sido asumido y repartido igualitariamente, se sobrelleva con jovialidad a pesar de sus costes (“sarna con gusto no pica”).
El cultivo de la relación interpersonal (pareja, padres-hijos, amigos) está por encima del trabajo, del consumo y del ocio, esferas éstas que se situan en segundo plano. En principio, se prefiere que los dos miembros de la pareja trabajen fuera de casa, pero mejor a tiempo parcial o con un horario que no sea demasiado prolongado a fin de cultivar la convivencia doméstica (sobre todo cuando se tienen niños pequeños). En todo caso, se está en contra de “vivir para trabajar” (en casa o fuera de casa) valorando más el tiempo disponible para las relaciones personales y sociales. Se quiere superar no solo la actitud maniática de las “marujas” que se pasan el día limpiando sobre limpio sino, también, la cultura mercantilista de la posición competitiva que valora más el dinero que la convivencia entre las personas:
“Venimos de una cultura en la que encanta ganar dinero.
¡Rompe con esa dinámica!.” (7GD,52).
Se prefiere cuidar a los propios hijos antes que delegarlos en otras personas, aún cuando ello suponga reducir los ingresos familiares (trabajar menos horas o dejar el empleo un miembro de la pareja). Algunas manifestaciones de nuestros entrevistados se refieren a las guarderías como un lugar donde los padres “empaquetan” a los niños pequeños, retirándoles el cariño y la proximidad que necesitan a esa edad; a los abuelos se les critica porque miman en exceso a los nietos y luego “vuelven a casa desenfrenados”; las empleadas de hogar (o canguros), aparte su
154) Según la encuesta citada en el apartado 1.2, el 61% de los varones reconoce que los horarios de trabajo remunerado son los que más condicionan la organización de su vida cotidiana; en cambio, para la mujer son los horarios de la familia el principal condicionante (65%), seguido de los horarios de trabajo extradoméstico (23%).
coste económico, suelen estar poco preparadas para la función educativa (no es lo mismo barrer o planchar que tratar a un niño); y los amigos “mejor no abusar de ellos” porque están también muy ocupados. La conclusión a la que se llega es que “si quieres educar a tus hijos como tú quieres, tienes que convivir con ellos”; por tanto, la vía correcta para cuidar a los niños pequeños es que los padres se encargen de ellos, aceptando solo como mal menor las otras alternativas (únicamente se alude en algún momento a compartir entre varias familias el cuidado de los hijos turnándose en su cuidado algunas horas o días de la semana).