PARA ABORDAR EL TIEMPO
9. EL TIEMPO COMO NORMA (POSICION INTEGRADA)
9.1. Familia nuclear: lugar central de la madre
137) Si bien el modelo del Estado de bienestar aparece como referente político en la actual coyuntura española, los componentes básicos de esta posición se corresponden también con el tardo-franquismo, momento en que se pusieron las bases en España del Estado del bienestar, o con algunas formas de socialismo de Estado (centralista y clientelar).
138) DONZELOT, Jacques, La policía de las familias, Pre-Textos, Valencia, 1979, pág. 93.
139) COLECTIVO IOÉ, Infancia moderna y desigualdad social, en Documentación Social Nº 74, Cáritas Española, Madrid, 1989, pág. 45-46.
140) OCDE (Informe de un grupo de expertos de alto nivel al Secretario General), Conducir el cambio estructural. El papel de las mujeres, Instituto de la Mujer, Madrid, 1992, pág. 18-19.
El hábitat urbano es el más apreciado por la posición integrada porque en las ciudades los recursos públicos son más accesibles que en los pueblos (pequeños y aislados). Al interior de la ciudad, la residencia típica es la colmena urbana, con creciente equipamiento de electrodomésticos que ahorran el trabajo físico de las tareas domésticas. Tanto las mujeres urbanas como las rurales que participan de esta mentalidad establecen una dicotomía pueblo/ciudad a favor de esta última: la ciudad es signo de progreso y el pueblo de atraso. La conclusión es que hay que urbanizar los pueblos o, en caso contrario, emigrar a la ciudad.
Frente al patriarcado tradicional surge como modelo ideal la cooperación familiar que implica importantes transformaciones. Se afirma, en principio, la no diferenciación formal de funciones por razón del sexo o la edad, y se pretende acompasar la maduración de los dos miembros de la pareja y la intervención conjunta de éstos sobre los hijos y sobre el entorno social; las tareas domésticas y el trabajo externo implican a todos los miembros del grupo familiar, según sus posibilidades y necesidades. En términos políticos se podría hablar de una nueva forma de “contrato social” entre los géneros que supone tanto una crítica de los excesos de la doble jornada de la mujer como una recuperación de la vida doméstica por parte de los varones: “La mayoría de las mujeres se ven obligadas a hacer verdaderas acrobacias para lograr conciliar las exigencias del hogar y de la familia con las de una actividad remunerada cuyas estructuras han sido diseñadas para el empleo masculino. Los hombres, por su parte, se ven privados de la gratificación afectiva que proporcionan la atención y la educación de los niños, como recultado del reparto polarizado de las responsabilidades familiares y profesionales entre los sexos. Compartir funciones en la familia y en el trabajo incrementaría la oferta de mano de obra, proporcionaría la mejor utilización del capital humano y favorecería la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y, en general, mejoraría la calidad de vida”(140).
En la práctica, sin embargo, se mantienen roles diferenciados: el varón asume ser el sostén económico de la familia a través del trabajo extradoméstico mientras la mujer se convierte en el centro del hogar y en la principal vía de conexión entre las normas sociales y los miembros de la familia (marido e hijos). El "esquema de género" sigue funcionando en este discurso aunque de forma matizada: los papeles masculino y femenino son diferentes, pero sus límites no son inamovibles y es necesario luchar para transformarlos.
En relación con la posición competitiva, la diferencia radica en que la clave de articulación de lo social ya no es la libertad del individuo en el marco de la competencia social, sino el correcto ajuste o integración en las normas y pautas de realización establecidas por las instituciones socializadoras.
Quizá debido a la insistencia del discurso político en los derechos universales de todos los ciudadanos, aparece frecuentemente en la mujer integrada la fantasía de igualdad con el varón pero la diferencia de papeles entre los dos géneros sigue presente, produciéndose en ambos casos un desplazamiento hacia formas de dependencia institucional (trabajo asalariado, escuela para los niños, prestaciones sociales sujetas a normas de obligado cumplimiento, etc.).
Las madres de familia que responden a esta estrategia tienen una confianza absoluta en la educación como factor de integración en una sociedad cambiante (“la vida es de otra manera”);
141) En el caso español el impulso de este nuevo rol de la mujer fue resultado de la acción combinada de la iglesia católica, la enseñanza (con contenidos específicos para las niñas) y la puericultura-pediatría. Ver CAPEL, Rosa Mª,
“La enseñanza primaria femenina en España: su evolución histórica”; y DE MIGUEL, J., “Modelo sociológico para el análisis de la estructura e ideología de la puericultura-pediatría”, en Infancia y sociedad en España, Hesperia, Jaen, 1983, pp. 97-116 y 133-158 respectivamente.
con ayuda externa han dejado de ser las “esclavas de la casa” para convertirse en “educadoras”
de la familia. Este nuevo papel representa para ellas una forma de promoción social que las convierte en responsables del hogar y transmisoras de saberes previamente aprendidos(141):
“-Tengo claro que la vida es de otra manera y he ido educando al marido y los hijos. No lo he aprendido sola en casa sino a fuerza de ir a sitios...gente de asociaciones con la que me junto, y he aprendido mucho. (...)
-Cuando un matrimonio va madurando a la vez, no hay problemas (con la otra parte de la pareja).(...) Los hijos, a la larga, también entienden que la madre tenga sus actividades fuera de la casa.” (4GD,16 y 34-35).
A partir de la experiencia de las mujeres consultadas, el nuevo modelo de cooperación familiar encuentra notables dificultades. Hay muchos maridos acostumbrados “a mesa puesta”
y los hijos varones suelen colaborar sólo “cuando se les manda”. De ahí la importancia de no bajar la guardia y acostumbrarlos “desde pequeñitos” adoptando hacia ellos una actitud educativa permanente:
“-Si está su madre, éste no toca ni un plato.
-¡Descarao!
-Como haya una mujer al lado, no lo hacen ni por casualidad.
¡Machistas!.
-Nadie toca nada: ni yo, ni mi padre, ni nadie. Todo lo hace mi madre. (...) Mi madre y mi hermana lo van haciendo. (...) -No hacen nada porque los acostumbran desde pequeñitos.”
(9GD,14-18).
A veces el peligro de “machismo” está en la propia mujer por no actuar pedagógicamente con el marido y los hijos:
“-El machismo lo tenemos también las mujeres porque si nos hace una cama mal hecha, vamos nosotras que lo hacemos muy bien y la ponemos patas arriba; ese marido, ya me dirás cómo se va a sentir.
-Le estás discriminando; si lo hace mal, ya aprenderá, que nosotras tampoco... (...)
-A veces tenemos mucha culpa las mujeres con buena intención.
Desde el principio tienen que empezar las responsabilidades de cada uno, porque una vez que los acostumbras mal te va a pesar siempre, y no habrá remedio."(4GD, 6 y 19).
142) “El síndrome depresivo se caracteriza por un cambio afectivo normal y persistente, en el que predominan sentimientos de inutilidad, culpabilidad, impotencia, desesperanza, ansiedad, tendencia al llanto, pérdida de interés y una cierta incapacidad para cumplir con las actividades cotidianas. Se acompaña por ciertos rasgos psicosomáticos, como inapetencia o exceso de apetito, variaciones de peso, disminuición del deseo sexual, sueño pertubardo”, BURIN, Mabel, “Nuevas perspectivas en salud mental de mujeres”, en FERNANDEZ, A. M., o.c., pág. 320.
143) Ver EISEMBERG, L., “La distribución diferencial de los trastornos psiquiátricos según el sexo”, en SULLERTO, E. (Comp), El hecho femenino, Argos-Vergara, Madrid, 1979; y BLEICHMAR, Emilce Dio, La depresión en la mujer, Ed. Temas de hoy, Madrid, 1991.
La cooperación en las tareas domésticas aparece como un ideal (en ocasiones como una quimera) que sólo podrá conseguirse en base al esfuerzo de las mujeres, enseñando y presionando a los maridos e hijos y superando la propia actitud de dependencia. Todo esto requiere "tener narices", hasta el punto de echar mano de tácticas “obreristas” como declararse en huelga cuando los otros miembros de la familia se empeñan en no colaborar (“ yo me declaré en huelga en mi casa y dije que no fregaba un plato para nadie”). El objetivo de las madres es conseguir una redistribución de las tareas domésticas, dentro de unos límites más o menos precisos. Pretenden compartir las rutinas (limpieza, compra, comidas, etc.) con el cónyuge y los hijos, pero conservando el papel de encargadas en última instancia, que asignan las responsabilidades domésticas a los demás. Casi en exclusiva se reservan la faceta de los cuidados básicos de los hijos y, cuando los hubiere, de otros miembros del grupo familiar extenso. Así mismo, las madres se reservan el control del consumo cotidiano con arreglo a los fines/necesidades familiares.
No se trata, pues, de un modelo igualitario de relaciones sino de conseguir la
"colaboración" de todos con la responsable última del hogar. Esta colaboración es necesaria para evitar el agobio de la madre y liberar tiempo para su desarrollo extradoméstico: tiempo para sí (ocio), recibir formación externa (promoción) y cooperar en favor de otras personas (asociaciones voluntarias).
En el contexto de las familias no colaboradoras, los maridos no realizan trabajos domésticos o lo hacen sólo de modo subsidiario ("si ve que no tengo tiempo, me lo hace"); los hijos lo hacen de forma esporádica ("en vacaciones") y en tareas menores (acomodar su cuarto, etc.). En estos casos, lo mismo que en las familias monoparentales, las madres se ven obligadas a redoblar su esfuerzo, cargando con las tensiones psicológicas derivadas de la no cooperación familiar.
Otra circunstancia agravante es la de aquellas madres de familia de sectores sociales precarios que se ven abligadas a desempeñar algún trabajo remunerado en el mercado secundario (limpiezas, servicio doméstico, etc.). Abrumadas de trabajo dentro y fuera de casa, aparecen fácilmente sentimientos de agobio (siempre corriendo entre el trabajo, la casa, los niños...) y culpa (se echan todo el trabajo encima y no tienen tiempo para realizarlo bien). Especialmente en el caso de las madres sobreprotectoras se da aquí una conjunción de omnipotencia (la mujer que todo lo puede: trabajar y atender a los demás) y desvalorización ("no sabe" organizarse y acaba haciéndolo todo a medias), lo que conduce fácilmente a estados depresivos(142). Existen múltiples estudios que apuntan a la depresión como la enfermedad paradigmática de las mujeres actuales, del mismo modo que la histeria lo fue a finales del siglo pasado(143):
144) El principal representante de esta teoría, aplicada tanto a la discriminación sexual como racial, fue BECKER, G.S., The Economics of Discrimination, University of Chicago Press, Chicago, 1971 (1ª Ed., 1957).
145) DOERINGER, P.B. y PIORE, M.J., Mercados internos de trabajo y análisis laboral, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1985.
“-Antes no había tanta depresión, se iba a lavar a los pozos (...), pero no había tanta depresión. Es que esto de ahora es una vida...
-Ya no se trabaja fisicamente ni la mitad, a lo mejor echamos más horas y por eso tenemos más estrés: que si esto, que si lo otro.
-Así que te da el infarto y se acabó.” (4GD,57-58).