evidencia, junto al ejemplo de otros lugares, que sería "injusto iden- tificar las actitudes y los comportamientos de los trabajadores exclu- sivamente con las estrategias de las organizaciones sindicales" (Pérez Pérez, 2ool, 228y Balfour, 1990).
En definitiva, la liberalización limitada impulsada desde arri- ba, la desunión y desmembramiento de las elites políticas de la dic- tadura y los realineamientos sociopolíticos facilitaron —junto a los procesos de transmisión y difusión de la protesta— el desarrollo de organizaciones de oposición en la provincia. La aparición de éstas, fundamentalmente del PCE, canalizó el descontento fraguado por los efectos de la crisis económica hacia la acción colectiva y permi- tió un mejor aprovechamiento de las nuevas oportunidades políti- cas. Si bien no hay que olvidar que la oposición política en la provincia, especialmente concentrada en sectores estudiantiles y profesionales, nunca llegó a canalizar todas las manifestaciones de protesta contra la dictadura franquista, especialmente aquellas impulsadas por la presencia de los movimientos católicos en secto- res manuales y vecinales.
9. LA CREACIÓN DE MARCOS E INTERPRETACIONES
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sea primariamente simbólico, ni simplemente una interacción de carácter literario entre tropos rivales103. Más bien cada represen- tación o recreación simbólica de la realidad se encuentra vinculada al escenario social, político y económico en el que tuvo lugar su propia construcción. Bajo la dictadura franquista cualquier narra- tiva o manifestación discursiva generada por parte de los movi- mientos sociales necesariamente quedó ligada a una realidad caracterizada por la explotación laboral (bajos salarios, desempleo, disciplina, ritmos altos, insalubridad, etcétera) y la exclusión polí- tica (falta de derechos sindicales, represión patronal, etcétera) (Salomón, 2oo7). Parece necesario, entonces, prestar atención a la percepción que de esta realidad y de sus intereses tuvieron los dife- rentes colectivos, así como a la formulación de autorrepresentacio- nes y definiciones compartidas de la situación que animaron y motivaron a la movilización (Scott, Bendford y Snow, 2ool, 234).
En el devenir cotidiano de la micromovilización en salones parroquiales, clubes juveniles, escuelas jocistas, cooperativas, ins- titutos, tabernas de los barrios o en el propio Sindicato Vertical, se fue fraguando un sistema de idealizaciones simbólicas a través del cual, muchos de los que en aquellas actividades participaron, com- prendieron, y percibieron críticamente, la situación en la que dis- curría su vida cotidiana (Klandermans, 2001, 19). De este modo, la
"familia, los grupos de amistades y ocio, los grupos vecinales, los de la Iglesia E...] constituyeron espacios donde los individuos adqui- rieron una definición colectiva de los acontecimientos, de su situa- ción y de sí mismos como actores sociales" (Pérez Pérez, 2001, 3o6). Se levantó, en otras palabras, lenta y diariamente, toda una explicación figurativa o definición compartida de la realidad cir- cundante que motivó y confirió una legitimación a la acción co- lectiva. Así, jóvenes, trabajadores, vecinos, agricultores, etcétera, construyeron socialmente una percepción de sí mismos y del mundo que les rodeaba, una identidad gracias a la cual definieron
el grupo de pertenencia, la situación sufrida, los intereses comu- nes, los objetivos y estrategias, etcétera.
Ala hora de entenderlas dinámicas presentes en toda movili- zación hay que tener en cuenta que la "capacidad de las elites para definir qué es legitimo sigue siendo poderosa incluso en periodos de desorden" (Piveny Cloward, 1977, 14). Por esta razón, una de las primeras tareas de los incipientes grupos informales y organizacio - nes que aparecieron en la provincia conforme avanzaba la década de los setenta fue la de "proponer una visión del mundo que legiti- me y motive la protesta" (MeAdam, 2ooi, 45). En el seno de los mismos, en el devenir cotidiano de sus actividades, se fue len- tamente creando un marco de acción colectiva o "esquema inter- pretativo que simplifica y condensa el inundo de ahí fuera" (Snow y Benford, 199, 137). Se trató de una actividad simbólica e interpre- tativa de importancia, ya que no hay que olvidar que un problema social no genera invariablemente un movimiento social si no exis- te una previa identificación y denuncia de aquél como intolerable.
Según algunos autores, "antes de que la acción colectiva pueda ponerse en marcha, la gente debe de definir colectivamente su situación como injusta" (McAdam, 1982, 51). En este sentido, rara vez una injusticia o un agravio son circunstancias objetivas clara- mente discernibles, sino más bien el resultado de una definición construida colectivamente.
Por tal razón, en el desarrollo cotidiano de actividades, refle- xiones de vida y demás prácticas sociales se elaboraron discursos que redefinieron "como injusto o inmoral lo que previamente era considerado desafortunado, aunque tal vez tolerable" (Snowy Benford, 199, 137). Dichas elaboraciones narrativas construyeron una nueva interpretación de la situación que generalmente trató de ser congruente con las expectativas, valores e intereses de los posi- bles adherentes. Para ello, de forma habitual fue utilizado un len- guaje accesible y ejemplos concretos fuertemente imbricados en la
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vida diaria con el objetivo de obtener resonancia cultural y una alta credibilidad empírica para los futuros militantes. Así, curas obreros y consiiarios de la JOC procuraron a través de la pedagogía activa y de las revisiones de vida "abrir los ojos un poco a la gente obrera",
"ayudarles a descubrir la injusticia sufrida", "descubrir la implica- ción política que tiene nuestra explotación". En las actividades de la JOC se buscó "deducir los problemas fundamentales que afectan más urgentemente". En otras palabras, hacer ver a los jóvenes tra- bajadores la "realidad inmediata con sus causas y consecuencias".
En definitiva, los responsables de este movimiento se afanaron en decir a los trabajadores que, aunque a veces "no nos demos cuenta de nuestra situación", el agravio cotidiano sufrido en fábricas y talleres no era una desgracia, natural e inconmovible, puesto que
"no siempre ha habido pobres y ricos" y la "explotación de unos pocos a la mayoría no ha existido siempre y puede desaparecer"
a través de la movilización por unas mejores condiciones de vida104.
Con el recurso a este razonamiento discursivo los curas obreros yios militantes más experimentados de los movimientos de apostola- do intentaron cambiar la percepción que muchos trabajadores tenían sobre los problemas que atañían su vida cotidiana en las fábricas, los barrios, etcétera. No revistió consecuencias menores que en sus des- cripciones de la realidad dichos problemas dejasen de ser vistos como una desgracia irreversible para pasar a ser interpretados como algo
"indigno e inmoral", una injusticia que hacía necesario incidir "en las causas que provocan las consecuencias más generalizadas y aplastan- tes"105. Estrategia exegética discernible en los cursillos de economía que organizaba la JOC y en los que se hizo hincapié en que no era casualidad, ni fortuito, ni accidental, el hecho de que "mi jefe, que no da golpe, puede cambiar de coche cada año, y nosotros no podemos permitirnos ningún capricho". Causa por la cual se animaba a los jóvenes trabajadores a dejar de resignarse ante un predeterminado destino e hiciesen "algo para remediar esta situación injusta"06.
Así, desde abajo, en la base de la sociedad civil, se puso en funcionamiento una movilización cognitiva basada en la atribución de nuevos significados tendentes a provocar la indignación y la protesta. A través de este tipo de esfuerzos interpretativos se inten- tó que "aquello que antes podía haber sido aceptado como una des- gracia, ahora se considere intolerable, que hay algo ilegítimo en el sistema y esa injusticia debe rectificarse" (Turner y Killian, 1987, 237). Por ejemplo, en el medio rural se denunció en asambleas, cooperativas y hermandades, los inadmisibles impuestos y entrega de cosechas, los bajos precios, la política gubernamental contra los intereses de los pequeños agricultores, etcétera. De este modo, lentamente dejaron de ser fenómenos azarosos, para mutar en demandas, ciertos ultrajes antes aceptados. Todo ello a través de un laborioso proceso de enmarcado e interpretación colectiva como el llevado a cabo en las multitudinarias juntas de la Cooperativa de San Antonio Abad deVillamalea, donde se animaba, como en 1973, a "denunciar estos hechos", a "no consentir más abusos", a "des- pertar del gran letargo de muchos años" ya que "no se resignasen a que los expolien de esa manera". Las octavillas repartidas entre 1970 y 1974 por las Comisiones Campesinas en algunos pueblos de la comarca de La Manchuela hablaban de "injusticias intolerables"
y "bochornosas" prohibiciones. También se refirieron a los
"impuestos injustos" ya las "formas de pago injustas y discrimina- torias" que equiparaban con auténticos "saqueos". Dichas tributa- ciones fueron etiquetadas por las Comisiones como una "carga gravosa para la generalidad de los labradores modestos". Motivo por el cual requerían una respuesta colectiva para hacer "posible su eliminación". En esta misma línea discursiva, en septiembre de 1974 el delegado sindical de Casas Ibáñez informó a sus superiores de la siembra de propaganda "dirigida a los agricultores y diciéndo- les, más o menos, que abrieran los ojos, que el Gobierno los está explotando" 107.
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Bajo un discurso parecido, un grupo de estudiantes comenza- ron a redactar el Boletín Democrático de Información del PCE, en la primavera de 1974. para "de una vez por todas" hacer conscientes a los ciudadanos de la provincia de la "explotación y de la estafa que estamos siendo objeto". Con ello pretendieron que el pueblo no permaneciese "callado por más tiempo ante las vejaciones y enga- ños de que viene siendo objeto desde el advenimiento de la dicta- dura franquista" 108 A tal fin estos jóvenes estudiantes comunistas denunciaron múltiples situaciones en las que "se ha buscado el poner un oscuro velo sobre los ojos del pueblo español". No extra- ña, por tanto, que el contenido de susodicho Boletín estuviese tru- fado de situaciones referenciadas bajo la palabra "engaño",
"abuso", "atropello", "fraude", "estafa", etcétera. Dicho boletín con- tinuamente definió el subdesarrollo económico, la emigración o la situación en fábricas y barrios con la etiqueta de problemas insoportables, inadmisibles e inaceptables, y que, por lo tanto, demandaban de la reclamación, la movilización y el compromiso colectivo para ser solucionados.
Con el objetivo de aglutinar a nuevos militantes y apoyos sociales, la lógica discursiva elaborada por los diferentes movi- mientos trató de enmarcar el desempleo obrero, la emigración o la carencia de servicios en los barrios como hechos intolerables. Pero también se buscó presentar los esfuerzos emprendidos para solu- cionar tales problemas como justos y legítimos. Por ejemplo, nada espurio, ilícito o subversivo podía haber detrás de una movilización acreditada, según los vecinos de diferentes barriadas de la ciudad de Albacete, porque sus "peticiones son justas y urgentes" y "en todos los sitios a donde hemos ido han reconocido que tenemos toda la razón del mundo". Para estos vecinos sus reclamaciones quedaban más que justificadas por el hecho de ser "también ciuda- danos" y "deberse en justicia" dichas mejoras. Ante la presentación de tales argumentos y motivos los vecinos más inquietos y activos
de los barrios creyeron justificado el hecho de "continuar insis- tiendo hasta que estén resueltos todos los problemas de los barrios".
Sin embargo, no siempre es "cosa fácil convencer a los más timoratos de que las indignidades de la vida cotidiana no están escri- tas en las estrellas, sino que pueden ser atribuidas a algún agente"
(Tarrow, 2004, 162). En efecto, un ingrediente importante de los marcos de acción colectiva elaborados por los grupos de oposición fue la identificación de los responsables del agravio sufrido.
Asignación de una culpabilidad, con tintes moralizantes, que debió de quedar meridianamente clara para los cientos de campesinos de Villamalea que acudían a las asambleas de la Cooperativa de San Antonio Abad. Por ejemplo, en mayo de 1975, éstos escucharon decir a su presidente que "el responsable de todo lo que ocurre es el minis- tro de Agricultura. el señor Allende, y García Baxter", máximo repre- sentante de "las fuerzas más reaccionarias y negras" que "nos están atacando" y "están llevando al campo al desastre". También eran cul- pables, según Comisiones Campesinas, de la penosa situación en el campo, los "grandes capitalistas amparados por un Gobierno de ladrones y sinvergüenzas", que se estaban enriqueciendo de "manera tan infame" con "el dinero y el trabajo de la clases trabajadoras" 109•
Asimismo, en numerosos conflictos laborales que se desataron en los últimos años de la dictadura los trabajadores responsabilizaron de su situación a empresarios y autoridades franquistas. Éste fue el caso de los empleados del psiquiátrico de Albacete encerrados en el Obispado en diciembre de 1975, quienes consideraron "responsa- bles de nuestra actitud a la Excma. Diputación Provincial [...1 y a la OS, las cuales no han efectuado hasta ahora ningún intento por resol- ver nuestra angustiosa situación"1 10•
Por otra parte, hay que decir que las "atribuciones de signifi- cado no son solamente elementos constitutivos de la identidad colectiva, sino también un aspecto necesario del proceso de acción
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colectiva en la medida en que sitúan e identifican otras categorías de actores como objetos de esa acción" (Scott, Benford y Snow, 2ool, 3o). En este sentido, el conflicto vivido en el Albacete de los últimos años de la dictadura llevó consigo un proceso de construc- ción social de categorías políticamente relevantes. Es decir, la pro- pia denuncia pública presentada en las líneas anteriores fue el reflejo de una conciencia diferenciada, expresión de la separación entre un "ellos" y un "nosotros". En las actividades de organizacio- nes y movimientos sociales la creación de una identidad específica necesitó de la descripción del enemigo, de la "invención del otro", a través del emparejamiento antagónico de valores e identidades (McAdam, Tarrowy Tilly, 2005, 61-65). Así, aquellos más descon- tentos con la dictadura definieron a un "nosotros" con similares problemas e intereses yen contraposición a un "ellos" antagonista, al que atribuyeron maldades reales o imaginadas, siendo éste enmarcado como el oponente dentro de una dicotomía social (Pérez Ledesma, 1997, 229.
En las reuniones de la JOC se hizo hincapié en "la existencia de dos clases" con "intereses contrarios entre sí porque defienden y luchan por causas distintas" y "nuestra pertenencia a una de ellas:
la obrera, el pueblo, los explotados". En la otra parte se encontra- ban los "alegres derrochadores E ... ] protegidos, amparados y ben- decidos por los poderes públicos". Las Comisiones Campesinas de Villamalea fomentaron la identificación de un "nosotros" los "viti- cultores pequeños y medianos" en oposición al "enemigo jurado de nuestro pueblo". Dicho enemigo fue representado por el "actual régimen político" que les condenaba al duro "trabajo y las deudas".
Para los vecinos más conscientes de los barrios "esa minoría de privilegiados" vivía en ese "estrecho eje marcado por una sociedad cerrada y jerarquizada en el que está integrado todo lo que suena y repercute, centros oficiales, cines, bancos, residencias". Una ciu- dad oficial, lejana y hostil, quebrada por un proceso de división
social marcado en el propio espacio, y que hizo que "nosotros nos sintiéramos del barrio, nosotros no nos sentíamos nunca de Albacete". De esta manera, el barrio fue emergiendo como un espacio específico de la comunidad, creada ésta sobre redes de reciprocidad y ayuda mutua y sustentada en una identidad autóno - ma (Hernández Ramírez, 1999, 79-80). Una identidad opuesta en valores yen prácticas sociales a un "ellos" identificados con el cen- tro de la ciudad en el que residía la "parte señorita, la de los pode- rosos y gobernantes, la parte que vivía bien y la parte comercial"11 2•
Como se puede observar, la movilización a menudo se encon- tró enlazada con toda una serie de símbolos, creencias, valores y significados colectivos que otorgaron un sentimiento de pertenen-
cia al grupo y confirieron un sentido a la participación. Por tal motivo, en la recreación dual de la estructura social que se constru- yó desde ámbitos obreros no faltó la erección de estereotipos en los
que un "nosotros, los trabajadores" fueron representados como víctimas de la explotación —ilustrados con mordazas, cadenas, o como a una vaca de cuya gran ubre succionaban los empresarios—y como luchadores por la libertad. Por el contrario, "ellos, los empresarios y burócratas del aparato verticalista", habitualmente fueron encarnados, junto al signo del dólar, como holgazanes oron- dos, que fumaban puros, vestían sombrero de copa, corbata y ani- llos. En las publicaciones obreras, mientras que unos simbolizaban un pajarillo, los otros eran "los cazadores escondidos" que "espe- rarán su oportunidad para cerrarla boca al que quiere libertad" 113.
Además, en estos casos de recreación dual de la estructura social transcendió una definición colectiva del "nosotros" como víctimas del orden capitalista, de la organización social y de la estructura política, que confirió a los trabajadores un sentimiento de diferen- ciación social adobado con una conciencia de dignidad y orgullo.
Por esta razón, en el discurso de las organizaciones del final del franquismo ese "nosotros" quedó identificado con "los verdaderos
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artífices del progreso", como el elemento productor de una riqueza social injustamente distribuida por la dictadura en favor de un
"ellos" representante de sólo "unos pocos" privilegiados. Como decían los agricultores de Villamalea en el verano de 1974, "hemos sido y seguimos siendo los principales contribuyentes a todo el desarrollo, en beneficio de unos cuantos que son los que se llevan el verdadero beneficio"4.
Si fue muy importante el hacer que la gente se sintiera agra- viada en algún aspecto de su vida, no fue menos esencial el hecho de que la misma gente se sintiera optimista respecto a la eficacia de la movilización y de la reivindicación para solucionar sus cuitas dia- rias. A la identificación del problema y de sus responsables fue unida la presentación de posibles soluciones que de manera gene- ral incluyeron una llamada a la movilización como mejor estrategia para deshacer el perjuicio sufrido. En esta línea, en una octavilla repartida en 1973, las Comisiones Campesinas concluyeron que a los agricultores "sólo les queda una solución, hacer acciones y huelgas para que sean escuchados". Para los PNN de instituto la
"única forma para presionar es la huelga, ya que no tenemos otra forma de hacernos escuchar como demuestra el hecho de que haya- mos sido ignorados durante muchos años". Los "problemas de los barrios si no se airean de alguna manera [...1 no se solucionan"
decían a finales de 1975 los habitantes de San pedro 115 . Así, mien- tras que en unas ocasiones se ensalzó "la movilización y lo eficaz de la lucha", en otras se puso de relieve la futilidad de la pasividad, pues, como arengaba a sus compañeros el representante de los veterinarios albacetenses, "nosotros siempre fuimos pacíficos y por eso siempre fuimos marginados". En los marcos de la acción colectiva, la desmovilización de los actores fue identificada con la perpetuación de situaciones de explotación, exclusión, etcétera.
Como cuando a principios de 1976 la Hermandad de Villamalea manifestó que "ya estamos colmados de paciencia y que ya está