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Cuatro problemas del razonamiento inductivo

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Capítulo 5. Los conceptos de JURI y AERI en el siglo XX

5.2 Cuatro problemas del razonamiento inductivo

arbitraria. No debemos hablar, pues, simplemente de la probabilidad p de la hipótesis h;

pues, como acabamos de ver, es más apropiado decir que la probabilidad p de h está condicionada por la evidencia disponible e.2 Éste se consideró el concepto de probabilidad más relevante y más prometedor para la ciencia,3 pues en el caso de las hipótesis científicas es muy difícil asignar una probabilidad a priori relevante, o bien una probabilidad en términos de frecuencia relativa que sea significativa. Así, se dice que, dada la abundante evidencia proporcionada por los distintos campos de la física actual, la teoría de la relatividad de Einstein es probablemente verdadera. Por consiguiente, los teóricos de la inducción pensaron que la lógica inductiva serviría como un criterio firme para determinar en cada caso la asignación de probabilidad inductiva a argumentos no deductivos. El valor de dicha lógica consistiría, pues, en que a través de ella sería posible medir con éxito el grado en el cual las premisas de un argumento inductivo apoyan una conclusión en relación a la evidencia observada; este grado indicaría con absoluta confiabilidad cuáles argumentos son probablemente falsos y cuáles son probablemente verdaderos. En términos generales, es así como en el siglo XX surge el proyecto de establecer la lógica inductiva.4

Ahora bien, desde su aparición el proyecto de establecer las reglas de la lógica inductiva enfrentó, como veremos en seguida, dos problemas aparentemente insalvables: el primero es el establecimiento mismo de las reglas que conformarían la lógica inductiva. Este problema consiste en que hasta ahora no ha sido posible proporcionar un único sistema de reglas de inferencia inductiva justificada universalmente aceptado, tanto para elaborar argumentos inductivamente fuertes como para determinar la probabilidad inductiva de los ya elaborados, ni una definición única, precisa e incontroversial de la probabilidad (Skyrms 1986, p. 20-1). El segundo problema consiste en demostrar concluyentemente por qué alguna de las distintas propuestas de lógica inductiva es superior a cualquier otra; si los argumentos de Hume son correctos, en cierto modo, cualquier procedimiento inductivo estará en la misma posibilidad de estar racionalmente justificado (Cf. Skyrms 1986, p. 23; Black 1984, p.

37; Howson y Urbach 1993, p. 3) y si este es el caso, ¿por qué deberíamos elegir un conjunto específico de reglas a diferencia de otro?, ¿qué nos justificaría a emplear una determinada lógica inductiva por encima de otra?. En las siguientes secciones de este capítulo desarrollaré ambos problemas.

Ahora bien, cabe destacar que, con base en lo que hemos venido diciendo desde el capítulo 1 hasta aquí sobre la naturaleza y finalidad del razonamiento inductivo es posible distinguir al menos cuatro problemas distintos respecto de la justificación del razonamiento inductivo que están íntimamente relacionados:

A. El problema de justificar racionalmente la inducción.

B. El problema de justificar racionalmente nuestras inferencias inductivas particulares.

C. El problema de establecer el conjunto de reglas de la lógica inductiva.

D. El problema de justificar racionalmente la elección de un sistema de lógica inductiva por encima de alguna de otro tipo.

El problema A, que en buena medida da origen a los otros tres, es el problema tradicional de la inducción. Éste, según hemos dicho, puede ser visto como concerniendo a

la cuestión de establecer un concepto adecuado de justificación racional del razonamiento inductivo, la base sobre la cual podemos confiar, en cada caso, en este proceso inferencial. El problema, como hemos visto, parece ser que el concepto de justificación racional del XVIII exigía que pudiera demostrarse lógicamente un principio general de inferencias inductivas que asegurara para ellas una cierta garantía. Hume demuestra que esto no es posible. Esta conclusión implica, de acuerdo con mi interpretación, que el concepto de justificación con el que se pretendía evaluar epistémicamente la inducción en el XVIII era inadecuado; también muestra que no existe un criterio lógico para determinar cuáles inferencias inductivas serán correctas y cuáles no—como se recordará, ese criterio, para Hume, sólo puede ser psicológico.

Veamos ahora cómo el problema A, se relaciona con el problema B, el de ofrecer la justificación de argumentos inductivos particulares. Intuitivamente el asunto es que si la inducción no está racionalmente justificada, entonces ninguna de sus instancias particulares de razonamiento lo estará de fondo. Así, enunciados de la forma “Todos los A’s son B’s”

podrían decirse justificados sobre la base de nuestras observaciones de A’s que han resultado hasta ahora ser B’s. Sin embargo, hay dos maneras posibles de refutar esto, la primera es señalar que ningún conjunto finito de instancias positivas puede establecer una hipótesis general; puesto que no poseemos un criterio de evidencia total o suficiente universalmente aceptado que nos autorice a afirmar que todas las instancias de A son B y que pudiera ser satisfactoriamente cubierto, nuestra inferencia general podría ser una generalización apresurada y, finalmente, falsa (Cf. Hume 1998, p. 88; Popper 1998, p. 45 y 2004, p. 27-8);5 y la segunda es que, aunque hasta ahora los A’s observados hayan resultado ser B’s (e incluso si fuera el caso que pudiésemos observar que todas las instancias de A son efectivamente B), si no puede demostrarse que esto debe ser siempre el caso, a través de un principio similar a la versión fuerte del PU, nada impide que podamos hallar en algún momento posterior un A

5 Recordemos que esta consideración conduce a Popper a postular su criterio de refutabilidad empírica frente al de verificabilidad del positivismo lógico. Popper rechaza la inducción por enumeración y rechaza el modelo hipotético-deductivo como medio para confirmar hipótesis por resultados positivos. En vez de ello sostiene que el modelo es aplicable sólo cuando ocurren resultados negativos, en este caso se adecua al modus tollens deductivamente válido. Puesto que ningún conjunto finito de instancias positivas puede establecer una hipótesis general, y en cambio una sola instancia negativa puede refutarla, Popper sostiene que las hipótesis generales son susceptibles de refutación, mas no de verificación.

que no sea B, lo cual mostraría que nuestra afirmación era en realidad contingente, y por tanto, “injustificada” (Hume 1998, p. 89; Popper 2004, p. 28). Por supuesto, como ya hemos visto, no parece ser el caso que pueda cubrirse semejante exigencia.

Por ejemplo, la inferencia de que todos los metales son buenos conductores de la electricidad se diría racionalmente justificada sobre la base de que los distintos metales examinados hasta ahora han tenido dicha propiedad. Sin embargo, se podría objetar, como acabamos de ver, que, por un lado, el conjunto finito de evidencia disponible no nos autoriza a aquella hipótesis universal; en otras palabras, puesto que no poseemos la evidencia total de los casos—o un criterio de evidencia suficiente—, nuestra hipótesis es injustificada; y, por otro lado, la regularidad de los casos observados (e incluso la virtual observación de la “evidencia total”) no impide de ningún modo que no podamos encontrar posteriormente un elemento en la naturaleza que tuviera la mayoría de las propiedades de ser un metal y que, sin embargo, no condujera la electricidad. Los casos examinados no proveen de evidencia suficiente para nuestra conclusión: el hecho de que hasta ahora algo haya sido el caso no implica que necesariamente haya de ser siempre el caso. Si se pudiera demostrar de alguna manera que la propiedad mencionada acompaña necesariamente a tales entidades, admitiríamos con firmeza que nuestra inferencia no es accidental y que, por lo tanto, está racionalmente justificada.

Pero eso, de acuerdo con lo visto en el capítulo 1, no es posible.

A este tipo de problemas me refiero cuando afirmo que plausiblemente no hay manera de responder el reto de Hume desde dentro, i.e., cuando se adoptan los compromisos que lo estructuran y que, de ser satisfechos, lo resolverían. Como vimos en el capítulo anterior, podemos identificar al menos dos compromisos problemáticos implícitos en el concepto de justificación que Hume cuestiona:

El compromiso de necesidad, según el cual para afirmar que el conocimiento empírico de la vida cotidiana y de las ciencias experimentales está racionalmente justificado es necesario demostrar que la conexión entre dos eventos relacionados causalmente, o entre una entidad K y una propiedad f, no es contingente sino necesaria.

El compromiso de universalidad, según el cual para afirmar que tanto los conocimientos generales de la vida cotidiana como las leyes universales de las ciencias experimentales

están racionalmente justificadas es necesario probar algún principio universal de inferencias inductivas (un principio de invariabilidad de las relaciones fenoménicas en el tiempo y el espacio) que asegure la ulterior efectividad de tales leyes y de tales conocimientos generales.

El concepto de justificación que subyace al problema B posee los siguiente supuestos:

i) que el enunciado universal “Todos los A’s son B’s” es verdadero respecto de todas las instancias referidas; y ii) que la relación de causa-efecto, o de sustancia-propiedad, adjudicada a dichas instancias no sólo es el caso hasta ahora sino que ha de serlo siempre. Cuando se intenta probar i) y ii) nos damos cuenta de que ambos supuestos son insostenibles. Ahora bien, ¿cómo se relacionan i) y ii) con los compromisos que he mencionado? Claramente ii) se relaciona con el compromiso de universalidad; pero la relación entre i) y el compromiso de necesidad no es tan clara. Dicha relación es aproximadamente como sigue: si se pudiera probar que la conexión referida es necesaria, entonces bastaría con la observación de un reducido número de casos para que fuese permitido proferir el enunciado universal que se eleva a todos los casos (Hume 1998, p. 88).6

Ahora bien, al ver que ambas condiciones eran demasiado rígidas, algunos teóricos de los modelos hipotético-deductivo e inductivo-estadístico (por ejemplo, Reichenbach 1930, p.

186) consideraron prudente formular una versión débil de tales compromisos:

El compromiso de probabilidad, según el cual, si bien no es posible asegurar la conexión necesaria entre dos sucesos relacionados causalmente, o entre una entidad K y una propiedad f, para sostener que el conocimiento empírico de la vida cotidiana y de las ciencias empíricas está racionalmente justificado es imprescindible demostrar que dicha conexión es, al menos, probable.

6 En efecto, Hume convierte un problema cuantitativo en uno cualitativo; transforma el asunto de la imposibilidad de observar todas las instancias del caso, al de la imposibilidad de garantizar su conexión necesaria con otras instancias o propiedades. Sin embargo, dada la manera como lo reformulan, es claro que la mayoría de los autores posteriores retomaron la formulación cuantitativa del problema (por ejemplo, Cf. Popper 1998, p. 45).

El compromiso de generalidad, según el cual, si bien es imposible afirmar un principio que asegure la continuidad fenoménica, para afirmar que nuestros conocimientos generales de la vida cotidiana y las leyes de las ciencias empíricas están racionalmente justificados, es necesario probar que, al menos, la mayor parte de los casos de los que no hemos tenido experiencia serán semejantes a aquéllos de los que sí la tenemos.

La idea detrás es que las instancias positivas, en lugar de confirmar la universalidad de la hipótesis (como sostenía, por ejemplo, Hempel 1968), tienden sólo a aumentar su probabilidad o a darle mayor apoyo inductivo. Con un número suficiente de instancias confirmadoras del tipo apropiado la probabilidad inductiva de la hipótesis, se dice, llega a ser tal que nos conduce a aceptarla como verdadera—no, por supuesto, como una certeza, sino sólo provisionalmente. Con suficiente apoyo inductivo de este tipo estamos racionalmente justificados en considerarla como bien fundada.

Supongamos ahora que estas condiciones estructuran una especie de “concepto débil de justificación racional” del XX. Un problema central con esta versión débil es que al sugerir que las instancias positivas tienden sólo a “aumentar la probabilidad” de la hipótesis, se presupone sin duda que se posee un criterio universal de medida de la probabilidad que nos permite señalar en qué grado la evidencia positiva “aumenta” la probabilidad de la hipótesis (Cf. Popper 2004, p. 29-30); otro problema es: ¿qué se quiere decir cuando se habla de “un número suficiente” de instancias confirmadoras de una hipótesis? Nuevamente la objeción es que parece asumirse que poseemos un criterio universal de “evidencia suficiente” o total, el cual, una vez satisfecho, nos autoriza a considerar la hipótesis como (provisionalmente) verdadera.

Está claro que, desde esta perspectiva, sin el firme establecimiento de dicho criterio incluso la verdad provisional de cualquier hipótesis resultaría cuestionable.

Como veremos un poco más adelante, lo anterior se desprende del hecho de que los compromisos del concepto débil de justificación también presentan sus propios problemas:

¿cómo podría demostrarse la conexión “al menos probable” entre causas y efectos, o entre entidades y propiedades?, ¿y cómo podría probarse un principio que garantizara que la mayor parte de las veces las leyes de las ciencias empíricas y nuestros conocimientos generales de la vida cotidiana serán acertados? En ningún caso existe una respuesta satisfactoria.

Los problemas A y B se relacionan, en gran medida, con el problema C, el de establecer un conjunto de reglas de inferencias inductivas justificadas, universalmente aceptado, a través del cual sea posible asignar cierto grado de probabilidad a nuestros razonamientos inductivos en relación a la evidencia disponible. Para explicar este problema y su relación con los anteriores, partamos de la caracterización de este proyecto.

Como vimos, a finales del siglo XIX y principios del XX se llegó a la conclusión de que la mejor manera de determinar la justificación de la inducción y de las inferencias inductivas particulares sería estableciendo un conjunto de reglas de inferencia inductiva. Los teóricos de la inducción coinciden en general en que la lógica inductiva debería ser un conjunto de reglas que tendría que adecuarse bien a aquellas inferencias inductivas particulares que consideramos correctas o justificadas, procedentes tanto del sentido común como de las ciencias. Su justificación consistiría en que habría de asignar una alta probabilidad inductiva a la mayoría de las inferencias inductivas particulares que intuitivamente tomamos como argumentos inductivamente fuertes, i.e., aquéllos con mayor probabilidad de ser verdaderos.7 Esto quiere decir que a través de la lógica inductiva sería posible esperar, en alguna medida, que algunos argumentos inductivos con premisas verdaderas tendrán conclusiones verdaderas. Tales reglas, si bien no han de conducir a la certeza, sí, por lo menos, deberán conducir a argumentos más probables la mayor parte del tiempo. Ahora bien, el problema en este caso es doble. En primer lugar, qué procedimiento debemos de seguir para establecer alguna regla de inferencia inductiva. Una regla de inferencia inductiva nos debería autorizar (u obligar) a hacer ciertas hipótesis generales a

7 Siguiendo a B. Skyrms 1986, el tipo de argumentos que serían buenos candidatos a considerarse “argumentos inductivamente fuertes” son los que cumplen con las tres condiciones siguientes:

1) que nos den conclusiones verdaderas la mayor parte del tiempo;

2) que tengan conclusiones verdaderas más frecuentemente que los que son considerados como inductivamente más débiles; y finalmente

3) que nos den conclusiones verdaderas más frecuentemente cuando el nivel o cantidad de conocimiento implicado en las premisas es más grande que cuando es pequeño. (Cf. Skyrms 1986, 25)

A los argumentos inductivos que cumplen con estos requisitos Skyrms los llama “argumentos-e”.

En este trabajo tomaré esta caracterización de Skyrms de la lógica inductiva para referirme a cualquier intento de establecer una lógica inductiva, dado que resume muy bien los supuestos de lo teóricos de la inducción.

partir de ciertas observaciones particulares, a inferir ciertas causas de ciertos efectos, en general a pasar de ciertas condiciones observadas a otras no observadas. Así, dicha regla deberá poseer un carácter ampliativo. Ahora bien, sería insuficiente si recurriéramos a un procedimiento deductivo para establecer dicha regla, pues la inferencia deductiva no posee un carácter ampliativo —esto es, el contenido de la conclusión está implícitamente o explícitamente presente en las premisas—: “It is impossible to deduce from observation statements alone any conclusions whose content exceeds that of the observation statements themselves” (Salmon 1968, p. 26); y por otra parte, sería inadecuado, a su vez, si recurriéramos a un procedimiento inductivo, pues claramente se estaría dando por supuesto que la inducción es un método de inferencia justificado. En segundo lugar, aún cuando pudiéramos establecer (provisionalmente) una regla inductiva por medio de algún tipo de argumento, si el criterio para determinar que dicha regla está justificada es que nos conduzca la mayor parte del tiempo a argumentos inductivamente fuertes, se estaría dando por supuesto nuevamente que hay una manera de medir la fuerza inductiva (o la probabilidad del argumento de ser verdadero), es decir, que poseemos de antemano una herramienta de medida de la probabilidad; la cual, por cierto, necesitaría a su vez de ser justificada. Ello nos conduciría a un regreso infinito.8

Por último, examinemos el problema D, el de determinar por qué deberíamos adoptar una lógica inductiva a diferencia de otra. Este es el problema de la justificación racional de la lógica inductiva en cuestión. Como consecuencia de los problemas anteriores, los teóricos de la inducción coinciden en que ningún conjunto de reglas de inferencia inductiva podría decirse mejor que otro, todos están en la misma posibilidad de estar justificados (Cf. Salmon 1968a, pp. 32-3; Skyrms 1986, pp. 21-3). Hasta ahora no se ha encontrado una respuesta satisfactoria al asunto (Skyrms 1986, Vázquez 2004, cap 2).

8 Es sin duda a esto a lo que se refiere Salmon cuando afirma que el problema de la inducción puede ser reformulado como el problema acerca de la evidencia: “What rules ought we to adopt to determine the nature of inductive evidence? What rules provide suitable concepts of inductive evidence? If we take the customary inductive rules to define the concept of inductive evidence, have we adopted a proper concept of evidence? Would the adoption of some alternative inductive rules provide a more suitable concept of evidence? These are genuine questions which need to be answered.” (Salmon 1968a, p. 32)

Hemos revisado con detalle los problemas A y B en la primera parte de este trabajo.

En seguida me dedicaré a examinar brevemente los problemas C y D. Debo decir de antemano que no pretendo abordar la cuestión acerca de cuál es el procedimiento adecuado para establecer y justificar las reglas de la inducción, ni pretendo llevar a cabo alguna propuesta acerca de cuáles deberían de ser; mi propósito en este capítulo será más bien examinar los compromisos o estándares que estructuran el concepto de justificación de las principales propuestas de lógica inductiva y los problemas se generan al tratar de cumplirlos.

Si es verdad que los compromisos del concepto fuerte de JR se vinculan estrechamente con los del concepto débil, entonces ambos casos conducen siempre al mismo callejón sin salida. Y puesto que éste parece ser el caso, como veremos, que en cierto modo las distintas propuestas de lógica inductiva asumen alguno de estos compromisos, el análisis siguiente fortalecerá mi idea de que es un error tratar de responder el problema de Hume desde dentro, i.e., sin reformularlo.9

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