Capítulo 3. Una respuesta contextualista al problema de la inducción
3.1 De los cerebros en cubetas a la uniformidad de la naturaleza
3.1.2 El contextualismo discursivo de Lewis-DeRose
es, por consiguiente, un contextualismo atributivo. Excepto en el caso de auto-atribuirse conocimiento, el contexto conversacional del sujeto no juega un papel en la determinación de las condiciones de verdad de “S sabe que p”.
DeRose distingue por lo menos entre dos tipos de contextos conversacionales:
contextos conformados por estándares epistémicos muy estrictos y muy difíciles de alcanzar, y contextos de estándares más flexibles y menos difíciles de satisfacer. En efecto, en algunos contextos para que sea correcto atribuirle conocimiento a S—“S sabe que p”—, se requiere que S tenga una creencia verdadera de que p y también que esté en una posición epistémica en la que haya eliminado toda posibilidad de que p sea falsa, por ejemplo que S sepa que no es un cerebro en una cubeta. Claramente, este contexto incorpora implícitamente el PCE. Es el contexto del escéptico. En cambio, en otros contextos menos estrictos, cualquiera de la vida cotidiana, atribuirle conocimiento a S sólo requiere, además de que S tenga una creencia verdadera de que p, que S cumpla con algunos estándares epistémicos más débiles, como por ejemplo, que la creencia haya sido causada por algún proceso confiable de producción de creencias o que sea coherente con el resto de las creencias de S, etc. En virtud de esta distinción entre conceptos la postura contextualista permite decir, como ya se ha señalado, que A puede atribuir correctamente que “S sabe que p”, al mismo tiempo que B atribuya también correctamente que “S no sabe que p”, aun cuando ambos estén hablando del mismo S, respecto de la misma creencia p y en el mismo tiempo t, sin que ello implique una contradicción.9 Esto es así porque A y B están en contextos discursivos distintos, desde los falsos a lo largo del camino y ahora que se detiene frente a uno casualmente se trata de uno que no es falso y piensa que ha estado viendo graneros (reales) a lo largo del camino. La mayoría no podría afirmar que “S sabe que ha estado viendo graneros a lo largo del camino”, no lo sabe porque los graneros que ha visto son falsos. En este caso las condiciones de atribución del conocimiento son
“situaciones” no estándares discursivos. La circunstancia de los graneros falsos impide atribuirle conocimiento, incluso, como es el caso, siendo que S no sabe que los graneros son falsos. Por consiguiente, S no sabe, dado el contexto de los graneros falsos, pero sí sabría en un contexto o situación epistémica normal. Así, se dice que, en este sentido, las cuestiones del conocimiento son relativas al contexto del sujeto, donde “contexto” está siendo usado para describir características extraevidenciales de la situación del sujeto.
9 En la medida en que se dice que A y B tienen buenas razones para atribuir, respectivamente, conocimiento y desconocimiento al mismo agente epistémico S respecto de su misma creencia p y en el mismo tiempo t, sin caer en una contradicción, puede entenderse que el contextualismo discursivo no sugiere la idea de que un cierto contexto esté por encima de otro ni que uno sea mejor que otro ni que haya una jerarquía en los estándares, por el contrario, contextos discursivos y estándares
cuales evalúan, cada uno con sus estándares, si S sabe o no sabe que p. La diferencia entre un contexto y otro es que refieren a diferentes tipos de discurso y no a diferente tipo de situación epistémica.
La respuesta contextualista de Lewis-DeRose al problema del mundo externo puede resumirse en la idea de que el escéptico crea un contexto discursivo extraordinario en el que puede decir correctamente que no sabemos nada, o muy poco, manipulando los estándares semánticos de conocimiento, particularmente haciéndolos inasequibles. Un ejemplo de dichos estándares es la exigencia de que S pruebe que no es un cerebro en una cubeta como condición de que S sabe que tiene dos manos. Una vez que los estándares han sido aceptados por nosotros, en virtud de su intuitiva plausibilidad, concluimos correctamente, dado este contexto discursivo extraordinario, que no sabemos cosas que creemos saber perfectamente—
como que tenemos manos. Sin embargo, afirma el contextualista, tan pronto como nos encontramos en un contexto conversacional ordinario, en el que los estándares discursivos no son tan rígidos, no sólo será verdadero para nosotros que sabemos muchas cosas que el escéptico niega que sepamos, sino que también nos parece erróneo negar que las sepamos.
Así, en este contexto conversacional ordinario la negación de conocimiento del escéptico nos parecerá también falsa y así mismo nos parecerá verdadero que sabemos cosas que creemos saber perfectamente, como que tenemos manos. Al cambiar el contexto, cambia nuestra epistémicos son horizontales. No obstante, Pritchard (2002) sostiene que, puesto que DeRose se refiere a estándares “más altos” y “más bajos”, o “más rígidos” y “más laxos”, se sigue que implícitamente sugiere una jerarquización de los estándares y de los contextos. Pero esto me parece equivocado. Uno puede decir que los estándares melódicos y armónicos para la improvisación en la música clásica son más rígidos o más altos que los de la improvisación en el jazz, sin que esto implique que uno se comprometa con la idea de que, por consiguiente, la música clásica tiene más valor o que es mejor que el jazz. En este caso, uno diría que ambos tipos de estándares son distintos entre sí, pero que, al ser comparados, pueden ser caracterizados en estos términos. Del mismo modo uno podría decir que los estándares matemáticos empleados en la ingeniería son menos rígidos que los empleados en la física sin asumir que la ingeniería tiene un menor valor que la física. Lo que determina la rigidez o laxitud de los estándares claramente es el tipo de criterios empleados en la comparación, de tal modo que en este caso también podríamos decir que los estándares matemáticos de ambas disciplinas sólo son distintos entre sí (en tanto que cubren satisfactoriamente finalidades distintas) pero que pueden, al ser comparados de acuerdo a ciertos criterios, unos son más rígidos que otros, sin comprometerse a que de ello se siga que la ingeniería está por debajo de la física. Así, si es posible caracterizar estándares como “más altos” o “más bajos”, “más rígidos” o “más flexibles” de este modo, sin comprometerse con asumir una jerarquización de tales estándares, entonces no sería para nada claro que DeRose asuma una jerarquización en los estándares y los contextos como si el contexto del escéptico estuviera por encima del contexto de la vida cotidiana.