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Dimensiones y categorías diagnósticas

PARTE I. REVISIÓN BIBLIOGRÁFICA

CAPÍTULO 2. PRINCIPALES TEORÍAS SOBRE EL TEMPERAMENTO

2.2. Teoría de Buss y Plomin

2.2.2. Dimensiones y categorías diagnósticas

Al igual que Thomas y Chess (1964) hablan de categorías, Rothbart y Derriberry (1981) de disposiciones y Eysenk (1990b) de dimensiones, Buss y Plomin (1984) plantean los rasgos como los componentes centrales del temperamento. Estos autores plantean la existencia de tres rasgos temperamentales básicos: emocionalidad, actividad y sociabilidad.

1. Emocionalidad se identifica como la angustia primaria que se da durante los seis primeros meses de vida. Es definida como un estado de malestar que se acompaña con un alto nivel de arousal. Durante estos primeros momentos de vida, la emoción de malestar básica va progresivamente diferenciándose en miedo e ira, siendo éstas las dos dimensiones fundamentales de la emocionalidad.

1.1 Miedo, el estado de miedo se expresa a través de cuatro componentes: el motor, el expresivo, el fisiológico y el cognitivo (Buss, 1989b; 1991). Las variaciones en estos cuatro componentes dan lugar a las diferencias individuales.

1.1.1 El componente motor es el más observable. Se manifiesta a través de una fuerte activación de la división simpática a nivel del sistema nervioso autónomo. Cuando los niños tienen miedo presentan dos tipos de respuestas: escape e inhibición. En la primera de ellas el sujeto pone en marcha toda una serie de conductas instrumentales que le permiten huir de la situación o del estímulo que le amenaza. Se aleja corriendo, saltando, se esconde y pone distancia de lo que le provoca miedo. Sin embargo, a

través de la inhibición de la aproximación el sujeto se mantiene alejado de la fuente del miedo.

1.1.2 El componente expresivo se muestra en gran parte del rostro y se caracteriza a nivel fisiológico por una fuerte activación del SNA simpático.

Entre sus manifestaciones se puede señalar que aparecen arrugas esencialmente en el centro de la frente, las cejas se elevan y los ojos se abren ampliamente, la boca se abre, los labios se ponen tensos y la cara palidece. La tensión motora constituye otra forma en que la expresión de miedo puede ser observada; las manos se encuentran cerradas y los músculos del cuello y de los hombros rígidos, la persona también puede encogerse o realizar movimientos repetitivos, aquí tenemos otro claro ejemplo de las diferencias en las manifestaciones individuales ante el mismo estímulo.

1.1.3 El componente fisiológico es otra de las manifestaciones que se hace presente ante una situación de miedo, de tal manera que la sangre que circula en la zona digestiva se dirige hacia los grandes músculos del cuerpo, liberándose azúcar en la sangre, aumentando la presión sanguínea y el ritmo cardiaco al mismo tiempo que el corazón bombea más sangre.

Externamente se observa sudoración y enrojecimiento de la piel. El organismo está preparado para una situación de huída o de ataque, sin embargo cuando la amenaza desaparece, y gracias a los mecanismos homeostáticos, el cuerpo se recupera, recobrando su estado inicial.

1.1.4 El componente cognitivo está constituido por los sentimientos de aprehensión y preocupación que se generan ante una situación de miedo.

Cuando se interroga a las personas sobre cómo vivieron una situación de miedo determinada, describen sensaciones muy diversas: algunos hablan de una súbita tensión que afecta a los músculos del estómago, brazos y piernas, otros describen náuseas y calambres, otros señalan una sensación de debilidad, etc. El otro tipo de cognición tiene que ver con la sensación de miedo y la anticipación de sucesos negativos. La anticipación de posibles

amenazas ha sido considerado como el precursor de neuroticismo y la ansiedad (Rothbarth y Bates, 1998).

Para evaluar la dimensión de miedo Buss y Plomin analizan aspectos como el umbral de reacción, la duración de la respuesta, el nivel de sudoración y de activación cardiaca, o la conducta de evitación. De acuerdo a los criterios ya descritos, los niños más temerosos mostrarán reacciones más intensas que los menos miedosos. También existirán diferencias en función de los niveles de ansiedad de niños y niñas. Para aquéllos con un umbral de ansiedad más bajo, muchos estímulos pueden resultar amenazantes, mientras que los mismos estímulos resultarán inofensivos para niños con un umbral más alto (Buss, 1989b).

1.2 La cólera o ira, al igual que el miedo, se expresa a través de cuatro componentes:

1.2.1 Componente motor. Pueden aparecer dos tipos de conductas. La primera de ellas correspondería con la típica rabieta, en la que el niño, como forma de canalizar su frustración, chilla, lanza cosas contra el suelo o se retuerce.

Por otro lado, encontramos la conducta agresiva en la que el niño no sólo se enfada –caso de la rabieta-, sino que también agrede a otra persona.

1.2.2 Componente expresivo. Recoge aspectos faciales –ruborización, los ojos se estrechan, se frunce el ceño, los labios se tensan- y corporales –postura del cuerpo dispuesta para el ataque-.

1.2.3 Componente fisiológico. Respuestas fisiológicas similares a las que se presentan respecto al miedo.

1.2.4 Componente cognitivo. Etiquetado como hostilidad, está caracterizado por la antipatía y el odio al otro, unido a una atribución de características negativas a la persona que se odia.

La forma de evaluar la ira es parecida a la ya mencionada respecto al miedo. Así, se evalúa a través del umbral de respuesta, del tiempo de latencia, o

de la duración de la reacción. Como en el caso anterior, con adultos también se utilizan autoinformes.

2. La Actividad. Es el segundo rasgo temperamental, y se define por Buss y Plomin como el gasto de energía física dedicado a realizar alguna acción. Hace referencia a la forma en la que se llevan a cabo las respuestas, no a su contenido concreto. En este rasgo podemos distinguir tres componentes: el ritmo, el vigor, y uno de menor importancia, la resistencia.

2.1 El ritmo o tiempo, hace referencia a la rapidez con que el sujeto gasta energía. Los niños muy activos a menudo corren en lugar de pasear, brincan y saltan frecuentemente, hablan muy rápido, y sus movimientos tienen una marcha más rápida que los de aquellos niños que tienen un nivel de actividad mas bajo, en los que se observa un caminar más pausado y un hablar más lento, por ejemplo.

2.2 Otro componente de la actividad es el vigor, que implica la amplitud e intensidad de las respuestas del sujeto o de sus acciones. Los niños muy activos tienden a golpear las puertas con fuerza, golpean los juguetes, hablan alto, gritan con frecuencia, y generalmente se mueven con más fuerza que los sujetos que se caracterizan por un bajo nivel de actividad, los cuales abrirían la puerta suavemente, elevarían poco el tono de voz y tenderían a hablar suavemente.

2.3 La resistencia, que hace referencia a la cantidad de tiempo que el niño o la niña puede estar realizando una misma actividad. Así, los niños que presentan alta resistencia suelen mantenerse más activos a lo largo del día que aquéllos con una baja resistencia

Estos componentes que caracterizan a la actividad ponen de manifiesto que se trata de un modo de hacer las cosas, de un estilo de acción, de cómo es la conducta del sujeto. En este sentido se trata de uno de los rasgos más sobresalientes de la personalidad (1987; 1989).

3. Sociabilidad. Es el último rasgo del temperamento, y se define como la preferencia que tienen los sujetos por estar con otros en lugar de estar solos.

Tiene dos componentes.

3.1 Instrumental. Los movimientos que dirige el sujeto hacia los otros. Como ejemplo podemos señalar que los niños sociables prefieren jugar con los otros más que jugar solos. Cuando los hermanos o compañeros de juego no están disponibles, los niños sociables se quejan de que no tienen nada que hacer.

No obstante, los niños con un nivel bajo de sociabilidad no tienen que preferir siempre la soledad completa. Como otros primates, el ser humano tiene una necesidad social general, que en los niños y niñas con un rasgo se sociabilidad acentuado es más evidente que en aquellos con una puntuación más baja en este rasgo (Buss y Plomin, 1989).

3.2 Un componente de menor importancia de la sociabilidad es la sensibilidad o el grado de reacción a la estimulación social. Los niños con alto grado de sociabilidad reaccionan con mucho entusiasmo a las propuestas de los otros.

Los niños sociables son felices al estar ocupados en tareas de carácter interpersonal; esto se hace vidente en la expresión de sus caras, en el tono de su voz y en su excitación general cuando están rodeados de otras personas.

Para las personas con baja sociabilidad, un alto nivel de activación generado por otro puede resultar intrusivo y producir inquietud.

Cada uno de estos tres rasgos o disposiciones temperamentales, resumidos en Buss y Plomin (1989), suponen el soporte de su aproximación teórica. Los temperamentos que reúnen el triple criterio son conocidos con las siglas EAS: emocionalidad, actividad y sociabilidad (Buss y Plomin, 1984). Cada uno de ellos se encuentra vinculado a nuestra herencia evolutiva y al desarrollo de la personalidad humana y han sido observados en una variedad de especies, incluyendo primates, perros y ratones (Chamove, Eysenck y Harlow, 1972;

Goodall, 1986, citado en Carranza y González, 2003). Los autores incluían inicialmente la impulsividad como un rasgo más de temperamento. Sin embargo, fue excluida posteriormente por la carencia de evidencia suficiente de que dicho

rasgo fuera heredable. Además, aparecía como un rasgo complejo compuesto por diferentes dimensiones -control inhibitorio, tiempo de decisión, persistencia en una tarea en curso y búsqueda de sensaciones- que no siempre se encontraban presentes en la infancia temprana –caso del control inhibitorio o la búsqueda de sensaciones-. Además, como recogen Goldsmith et al. (1987), la de Buss y Plomin es una perspectiva teórica que se encuentra aún expuesta a nuevas revisiones (cit. Salgado, 1996 y Carranza y González, 2003).