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Dimensiones o componentes del temperamento

PARTE I. REVISIÓN BIBLIOGRÁFICA

CAPÍTULO 2. PRINCIPALES TEORÍAS SOBRE EL TEMPERAMENTO

2.3. Teoría de Rothbart y Derriberry

2.3.2. Dimensiones o componentes del temperamento

Más que dimensiones los autores hablan de disposiciones. Desde esta perspectiva el temperamento se fundamenta en dos aspectos en los que se asientan las diferencias interindividuales: la reactividad (positiva y negativa) y la autorregulación. Ambos aspectos no son totalmente distintos, y podemos encontrar en la reactividad aspectos referidos a la autorregulación y viceversa. La reactividad tiene una base estrictamente somática -motora, autonómica, cognitiva y neuroendocrina- que se pone en marcha mediante un esfuerzo de autorregulación a través de mecanismos conductuales: aproximación/evitación, inhibición/ataque, atención/ desatención, autosedación/autoestimulación, búsqueda de tranquilidad/ búsqueda de excitación. Así, desde el nacimiento los bebés ponen en marcha este mecanismo de procesamiento y reacción ante la estimulación con un determinado estilo de esfuerzo, que es lo que se llama temperamento (del Barrio, 2005).

Aunque, como vemos, ambas disposiciones –reactividad y autorregulación- están íntimamente relacionadas, tienen entidad suficiente para ser consideradas como procesos independientes.

2.3.2.1.Reactividad.

La reactividad se define como la tendencia que tienen los individuos a experimentar y expresar las emociones y el arousal. Sería la forma de reaccionar del individuo, tanto positiva como negativamente, ante diferentes estímulos. Así, unas personas y otras se diferencian en su umbral de reacción, es decir, en la cantidad de estimulación que necesitan para reaccionar, en el nivel máximo que puede alcanzar su respuesta y en el tiempo que necesitan para recuperarse de

dicha respuesta. Por ejemplo, acorde a sus características de temperamento, cuando los niños o bebés salen de paseo, el ruido de los coches puede producir malestar o llanto en algunos que sean especialmente sensibles, mientras que en otros, el mismo estímulo captará su atención buscando el origen del estímulo, o simplemente generará indiferencia.

Algunas de estas respuestas tienen una base somática, ya que está involucrado el sistema nervioso –respuestas somáticas, neuroendocrinas o del sistema nervioso autónomo-, y dependen también del estado del individuo en un momento dado. No obstante, factores de la propia situación también influyen. En este sentido, podríamos subrayar la intensidad del estímulo o su novedad.

Finalmente, el significado que la persona atribuya al estímulo, el sentido emocional que tenga, también influye en dicha respuesta o reactividad.

En cuanto a la intensidad del estímulo, en general, estímulos leves suelen generar la aproximación del individuo y reacciones positivas, mientras que los de alta intensidad provocan la aparición de respuestas negativas y la persona tiende a alejarse. Por otro lado, los estímulos novedosos suelen producir una reacción de cautela. En este sentido, conviene destacar un fenómeno bien descrito en los bebés que es el de inhibición conductual. Alrededor de su primer cumpleaños, los bebés cogen con mucha rapidez los objetos cotidianos, pero muestran reservas en acercarse a aquellos novedosos.

Pero, como comentábamos, el estado interno del individuo también influye en su reactividad. Y cuando decimos ‘estado interno’ nos referimos tanto a aspectos biológicos –sensaciones físicas de hambre, frío, sed o fatiga- como a otros de carácter más psicológico. Por ejemplo, estar hambriento o cansado provoca una reactividad negativa, mientras que comer o descansar genera una reactividad de carácter positiva.

Finalmente, el valor de la señal, el significado que tiene para la persona influye en su reactividad. En este sentido, es importante tanto el significado simbólico y emocional del estímulo, como su valor anticipatorio. Por ejemplo, cuando el bebé observa que papá se le acerca con un biberón en las manos y mirándolo de forma cariñosa, puede comenzar a reír al anticipar que ha llegado la hora de la comida. Así, los estímulos que tengan un significado positivo para la persona o que a través de ellos se anticipe alguna consecuencia positiva, generarán respuestas de acercamiento, mientras que los contrarios provocarán evitación.

Los factores que acabamos de mencionar entran en interacción con las características temperamentales del sujeto y de la situación. Y es esa interacción la que finalmente dará lugar a una respuesta determinada, a una reactividad positiva o negativa.

2.3.2.2. Autorregulación

Esta otra categoría tiene la función de regular la reactividad por medio de mecanismos como la atención, aproximación, retirada, ataque, inhibición conductual y autotranquilización. Los procesos de autorregulación pueden ser vistos desde muy pronto en vida en los bebés, ejemplo de ello es cuando los bebés retiran la mirada de la fuente de estimulación cuando ésta es muy intensa.

Como comentábamos algunos párrafos atrás, reactividad y autorregulación interactúan de forma temprana. Esta interacción depende de dos factores importantes: de la naturaleza de la respuesta emocional a modular, y del valor que concedemos a la señal. Es decir, las emociones positivas provocan una respuesta de acercamiento mientras que las negativas de evitación. Por otro lado, si el bebé hace una interpretación negativa de la situación, su tendencia será la de alejarse.

En cambio, si la señal tiene un significado positivo, la respuesta del individuo será de acercamiento. Los adultos funcionamos de forma semejante, y, por ejemplo, la

invitación a escuchar una conferencia puede generar respuestas muy distintas en función de si pensamos que va a ser interesante y que vamos aprender mucho, o si esperamos lo contrario. Estas expectativas, probablemente, nos llevarán a aceptar la invitación o declinarla.

Al igual que analizamos respecto a la reactividad, la autorregulación no sólo depende de rasgos temperamentales, sino de factores relativos a la propia situación, al estado físico y psicológico del individuo y, muy especialmente, a su edad. En cuanto a este último aspecto, es importante destacar que, a medida que niños y niñas van cumpliendo años, sus procesos de autorregulación mejoran y se van haciendo cada vez más sofisticados. Esta mayor complejidad está provocada principalmente por dos aspectos, la maduración del cerebro y las mejoras cognitivas correspondientes, y las prácticas educativas de los cuidadores. Ambos elementos contribuyen por ejemplo a que el bebé aprenda a controlar su atención y a que controle sus respuestas emocionales negativas.

El mecanismo más complejo de autorregulación es el control voluntario.

Esta habilidad, que va mejorando claramente con la edad, supone la capacidad para mantener la atención sobre una tarea, para cambiar de una a otra, para iniciar alguna acción o bien para inhibirla. Dicho proceso se inicia a temprana edad y continúa hasta los años preescolares, y es el que nos permite no sólo reaccionar, sino también actuar. Es un mecanismo tan importante que es el que nos permite trabajar en función de metas a largo plazo, metas que exigen gran cantidad de empeño y constancia.