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DON SATURNINO BERMÚDEZ .- (Escandalizado.)

¡Oh, por Dios, señor Marqués! No creo que usted se atreviera...

un hombre de sus ideas...

MARQUÉS DE VEGALLANA

.- Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir al aire libre, a la intemperie.

DON SATURNINO BERMÚDEZ

.- Pero San Pedro es un monumento, una gloriosa reliquia.

MARQUÉS DE VEGALLANA

.- Es una ruina.

DON SATURNINO BERMÚDEZ

.- No tanto...

(EL MAGISTRAL se une al grupo discutidor huyendo de OBDULIA, que cada vez se estaba acercando más a él,

según hablan previsto PACO y VISITA.)

EL MAGISTRAL

.- ¡Ah!, ese asunto de San Pedro es más delicado de lo que parece. No podemos considerar exclusivamente las razones económicas, ni siquiera las culturales...

(El Provisor interrumpe su razonamiento al ver entrar a ANA seguida de DON ÁLVARO MESÍA, que se atusa el bigote. La pareja se acerca a ellos. DE PAS alarga la mano

al tenorio.)

ÁLVARO MESÍA

.- Señor Magistral, tengo mucho gusto en saludarle.

(Detrás de ellos, QUINTANAR comentar al oído de EDELMIRA:)

DON VÍCTOR QUINTANAR

.- Si este Mesía fuera a Madrid haría carrera. ¡Con esa figura, y ese aire, y ese talento social...! ¡Oh!, ¡eso es un hombre!

(ANA contempla juntos a MESÍA y a EL MAGISTRAL, los dos altos, los dos esbeltos y elegantes, cada uno en su

género; más fornido EL MAGISTRAL, más noble de formas DON ÁLVARO; más inteligente por gestos y miradas el clérigo, más correcto de facciones el elegante.)

MARQUÉS DE VEGALLANA

.- (Dirigiéndose a DE PAS, pero sin olvidarse del resto de los concurrentes.) Ya sé que el señor Magistral se queda a comer. ¡Magnífica idea!...

aunque empiezo a dudar que hoy se coma en esta casa. Otros años no hemos celebrado de estas maneras los días de Paco; los celebraba él fuera de casa. (EL MARQUÉS hace un gesto de complicidad a MESÍA.) Pero esta vez hemos decidido improvisar esta comida de confianza. Por la tarde visitaremos el Vivero y la fábrica de curtidos, y podrá usted ver mis perros de caza, y un San Bernardo que Paco ha comprado hace unos días.

Con el respeto debido, señor Magistral, este hijo mío después de las mujeres venales, adora los animales mansos, sobre todo, perros y caballos. Son su orgullo.

(Los ojos de ANA se encuentran con los de MESÍA. Ella baja la cabeza con recato. Cuando la vuelve a alzar, su mirada tropieza con la de EL MAGISTRAL que, a pesar de la cortesía de que suele hacer gala, apenas es capaz de

escuchar las palabras de EL MARQUÉS. Cuando este se retira, DE PAS queda al lado de ANA y fuerza un

movimiento para atraerla hacia un rincón.)

EL MAGISTRAL

.- Recibí su mensaje.

(Aunque la frase va solamente dirigida a LA REGENTA, MESÍA la ha oído no sin cierta turbación. Este sentimiento aumenta al ver alejarse al Provisor y a LA REGENTA. VISITA se acerca a MESÍA. Le habla en voz

baja.)

VISITA

.- Ya te lo dije ayer: ¡cuidado con el Magistral, que tiene mucha teología parda!

(ÁLVARO MESÍA y VISITACIÓN salen juntos del salón y se refugian en un pasillo solitario. Antes de salir, MESÍA no puede reprimir una última mirada hacia el rincón en que, en total intimidad, hablan LA REGENTA y su nuevo

confesor.)

Secuencia 98

Palacio de los Vegallana. Pasillo. Interior. Día.

VISITA y MESÍA se han acodado junto a una ventana que da al patio. MESÍA permanece en silencio.

VISITA

.- Te has quedado muy callado... Lo de la teología parda no era más que una broma, hombre. Al fin y al cabo, Don Fermín no es más que un cura.

ÁLVARO MESÍA

.- (Algo enfebrecido.) Mira, Visita, tú ya me conoces. Y sabes que no hace falta que nadie me instigue para que yo sea capaz de pensar groseramente de clérigos y mujeres.

VISITA

.- ¡Hombre, Alvarito, no te pongas así!...

ÁLVARO MESÍA

.- Yo no creo en la virtud... y tú tampoco, no hace falta que me lo jures. Los curas son, necesaria y esencialmente, hipócritas y la lujuria mal refrenada les escapa a borbotones por dónde puede y cuándo puede. ¿Has visto cómo la mira? Nadie puede resistir los impulsos naturales. Y te diré algo que quizás no sepas: Nunca he podido soportar a los curas con quienes confesaban mis amantes. A ti no voy a engañarte:

¡me dan miedo!

(VISITA ríe con ganas ante la confesión inesperada del seductor.)

No, no te rías. Cuando he tenido mucha influencia sobre alguna mujer, le he prohibido confesarse. Que me lo cuenten a mí, si quieren. Al fin y al cabo, eso es lo que hacen los curas:

aprovecharse del confesionario para escuchar los secretos de las mujeres, las flaquezas cómicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, incluso las pretensiones lúbricas de sus penitentes. Mira, Visita, la mujer busca en el confesor el placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras que el clérigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una institución, cuyo carácter sagrado no discuto.

Por eso, yo no les dejo confesarse, y por eso sé también muchas cosas.

(Pocas veces ha visto VISITA a MESÍA tan excitado. Le mira con cierta ternura y no puede reprimir un gesto de

acariciarle la barba. MESÍA parece calmarse, toma la mano de VISITA y la mantiene sobre su cara. Luego sigue

hablando.)

No es que piense, Dios me libre, que el Magistral busque en Ana la satisfacción de groseros y vulgares apetitos. No creo que sea posible intentar con ella semejantes atropellos, pero... por lo fino, por lo fino... es lo más probable que la intente seducir. El campo está abonado y él lo sabe: Anita es un mujer desocupada, en la flor de la edad y sin amor. Si este cura quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor... hay que estar atentos para impedirlo. Esto es lo que me pone de mal humor.

Ya hace tiempo que me viene molestando la influencia que este don Fermín ejerce sobre el sexo débil y devoto de Vetusta.

Secuencia 99

Palacio de los Vegallana. Salón amarillo. Interior. Día.

En un rincón del salón amarillo del palacio de los Marqueses de Vegallana, EL MAGISTRAL y LA REGENTA terminan su conversación. DE PAS mira directamente a los ojos de ANA, que le habla con voz

suave, humilde temblorosa.

LA REGENTA

.- ¿De modo que esta tarde ya no puede ser?

EL MAGISTRAL

.- No, señora. Lo principal es cumplir la voluntad de Don Víctor y hasta adelantarse a él cuando se pueda. Esta tarde, alegría y nada más que alegría. Mañana temprano.

LA REGENTA

.- Pero usted se va a molestar. Usted no tiene costumbre de ir a la catedral a esa hora.

EL MAGISTRAL

.- No importa, iré mañana, es un deber...

y es para mí una satisfacción poder servir a usted, amiga mía.

Mañana a las ocho la esperaré a usted en mi capilla para reconciliar. Y mientras tanto, no pensar en cosas serias;

divertirse, alborotar, como manda el señor Quintanar que, además de tener derecho para mandarlo, pide muy cuerdamente.

Sí, señora, ¿por qué no? Hija mía, cuando nos conozcamos mejor, cuando usted sepa cómo pienso yo en materia de placeres mundanos...

LA REGENTA

.- Quiere usted decir que disfrute de las diversiones ¡pero me divierten tan poco los bailes, los teatros, los banquetes de esta ciudad...!

EL MAGISTRAL

.- El ejercicio es higiénico, señora, y la vida alegre y distraída, muy saludable, créame. No busque en ella un fin en sí mismo, y aprenderá también a apreciar esas cosas que ahora le aburren.

(DON VÍCTOR QUINTANAR llega hasta el rincón y alcanza a escuchar las últimas palabras de EL MAGISTRAL que, en realidad, iban dirigidas a él, al

percatarse DE PAS de su proximidad.)

DON VÍCTOR QUINTANAR

.- (Aplaudiendo al