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espués de una noche tan agitada,Berta se levantó más tarde de lo habitual y algo desorientada. necesitó un rato para recordar la aventura de la noche anterior y la prueba que aún tenía que resolver en la plaza del pueblo. Bajó corriendo las escaleras y buscó al abuelo. Estaba leyendo el periódico junto a la ventana del salón:

—Abuelo, tenemos que ir a la plaza a buscar la siguiente pista.

—Pero, ¿no vas a desayunar siquiera? con el estómago vacío no se puede pensar, así que a desayunar se ha dicho.

Berta tuvo que reconocer que tenía un hambre terrible, así que se sentó a desayunar. cuando terminó cogió al abuelo del brazo y juntos se acercaron a la plaza del pueblo. Allí estaban sentados al sol todos los mayores del lugar, que saludaron a don Pedro cuando le vieron pasar. Uno de ellos, el señor miguel, se acercó y les preguntó:

—muy buenos días don Pedro, esta es tu nieta Berta, ¿verdad?

Qué mayor está, casi no la había reconocido. Pues a ella pre- cisamente quería ver yo.

—¿A mí? –preguntó extrañada Berta.

—Sí, tengo un mensaje para ti. Verás, esta mañana cuando me levanté tenía una nota en la mesilla. Decía que vendrías a la plaza antes de comer y que tenía que dártela. Aquí la tienes.

El señor miguel le entregó un papel con la misma letra miste- riosa que las notas del día anterior. La pista decía:

Sobre la tierra del árbol más viejo ponte a rayar, solo así despegarás y el gran tesoro podrás hallar.

—Otra vez no entiendo nada. ¿no ponía nada más? –preguntó suplicante Berta.

Pero el señor miguel aseguró que eso era todo lo que sabía.

—Aunque si estáis hablando de juegos, a mí eso de rayar me recuerda a la rayuela. claro que nosotros aquí, de chicos, a eso le llamábamos Patio Avión.

—Es verdad, señor miguel, el Patio Avión, qué bien se me daba.

Ganaba siempre.

El señor miguel y don Pedro iniciaron entonces una discusión acerca de cuál de ellos era mejor con la rayuela y olvidaron a la pobre Berta, que les miraba totalmente intrigada.

—Abuelo, señor miguel, ¿podéis explicarme de qué estáis hablando?

Ambos le contaron que la rayuela era un juego en el que había que dibujar en el suelo una especie de cuadrícula con diferentes niveles. Se tiraba una piedra a cada nivel y había que hacer todo el recorrido y recoger la piedra a la pata coja. Si conseguías pasar todos los niveles antes que nadie, ganabas.

—Recuerdo que ese juego me lo enseñó mi hermana mayor. Ella era toda una especialista, siempre nos ganaba.

—A mí podrías enseñarme tú, abuelo, parece muy divertido.

—claro que sí, Berta, pero antes tenemos que resolver este misterio.

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—Hay que buscar el árbol más viejo del bosque. ¿cómo hace- mos eso?

—Pues normalmente hay que buscar aquel que tenga el tronco más grande.

—Pero si hay muchísimos, podemos tirarnos días.

—Sí, pero tienes suerte de tener un abuelo que habla con los árboles. Podemos preguntar a mi castaño. ¿O todavía piensas que estoy un poco loco?

Berta se avergonzó de la conversación del día anterior con el abuelo, en la que se había burlado de él cuando dijo que podía escuchar a los árboles. Su abuelo era alguien mucho más sabio de lo que pensaba. Gracias a él estaban resolviendo los acertijos muy rápido, así que decidió hacerle caso una vez más.

—Sí, abuelo, sí. Preguntemos a tu castaño.

Así fue como don Pedro y Berta volvieron de nuevo hasta mi tronco y me contaron toda la historia tal y como yo os la he narrado. Luego me preguntaron si yo sabía quién era el árbol más viejo del bosque. Agité mis ramas alegremente.

—tenemos suerte –dijo don Pedro– el árbol más viejo es preci- samente este, mi amigo el castaño.

Capítulo 8

Resolviendo el acertijo

—Y ahora qué hacemos, abuelo, aquí no hay ninguna nota.

—¿Recuerdas lo que decía la última, Berta? Sobre la tierra del árbol más viejo ponte a rayar…

—Ya lo entiendo, ¡tenemos que dibujar la rayuela!

Así que Berta, con las instrucciones de don Pedro dibujó con un palo una rayuela.

—¿Puedes leer otra vez lo que decía la segunda parte, abuelo?

—Solo así despegarás y el gran tesoro podrás hallar.

—tú me has dicho que la última casilla se llamaba cielo. Así que ahí debe estar la siguiente pista.

Se puso a excavar pero no encontró nada.

—Hay algo que estamos haciendo mal, abuelo. Despegar suena a volar, así que no puede ser algo que esté en el suelo.

Berta comenzó a mirar hacia arriba, justo hacia donde estaban mis ramas. Entonces, de repente, soltó un grito de alegría.

—no hay que mirar abajo sino arriba, abuelo. ¡mira lo que hay en esa rama!

—Parece una caja de metal, ¿no?

—Pero está muy alto, no llegamos, abuelo.

—Pues tendremos que volver a casa y traer una escalera

—Sí, pero tardaremos mucho –se lamentó Berta. Entonces se le ocurrió una idea, y mirando a su abuelo con sonrisa traviesa le preguntó– ¿Puedes ayudarme a subir al árbol?

—Por supuesto, Berta. creí que no me lo pedirías nunca. te pon- dré las manos para que coloques ahí tu pie y puedas encaramarte al árbol.

no fue fácil conseguirlo. Berta no era una niña especialmente ágil, pero al cuarto intento estiró la pierna derecha con todas sus fuerzas y consiguió engancharla a una de mis ramas.

—Ay abuelo, ¡qué voy a caerme de cabeza!

—no te preocupes, yo te sujeto, pero sube la otra pierna, niña, que si no te vas a quedar colgada como un perezoso.

—Pero abuelo, no me llames perezosa, que le estoy poniendo muchas ganas.

—Berta, el perezoso es un animal, no puedo creer que nunca hayas oído hablar de él.

—Abuelo sigue sujetándome, cuéntame lo de ese vago en otro momento, ¡que me caigooooo!

Afortunadamente no se cayó y consiguió alcanzar la rama en la que estaba la caja. Se trataba de una pequeña lata de metal, con un dibujo amarillo bastante desgastado.

—Abuelo, ¡la tengo!

—Pues ábrela, Berta, ábrela. ¿A qué estás esperando?

Así que Berta no espero más. Abrió la tapa y descubrió el misterio.

Capítulo 9

Un tesoro muy especial

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eguro que a estas alturasestáis tan intrigados en saber lo que se escondía en esa caja como lo estuve yo todo el tiempo que aquella lata permaneció sobre mi rama hasta que Berta la encontró. Pues bien, cuando nuestra amiga abrió la lata, lo pri- mero que vio fue un folio escrito. Esta vez no tenía la letra de las anteriores notas, sino la caligrafía elegante y alargada del abuelo Pedro.

Querida Berta:

Si has encontrado esta caja significa que has descubierto algunos de los mejores juegos tradicionales. ¡Enhorabuena! Sin embargo, aún te quedan muchos por descubrir. Algunos están en esta caja y tienen tantos años como yo. Con ellos jugaba cuando era niño y ahora son tuyos. Espero que te diviertan tanto como a mí.

Te quiere, Tu abuelo Pedro.

En la caja había bastantes cachivaches: canicas, tabas, una peonza, chapas, una carraca de madera y unas castañuelas. Berta se sintió muy afortunada de tener un abuelo como el suyo, capaz de inventar todas aquellas pruebas para ella y quiso bajar de mis ramas cuanto antes para darle un abrazo muy fuerte. Pero si subir había sido difícil, bajar tampoco iba a ser algo sencillo.

—Ay abuelo, ¡qué miedo! Esto está altísimo.

—no te preocupes Berta, yo te sujeto, pero cuélgate con los brazos.

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—Es que no sé cómo hacerlo. Abuelo, es imposible bajar de aquí, voy a tener que quedarme a vivir en este árbol toda la vida…

—no digas tonterías, Berta. Agárrate fuerte y deja caer las pier- nas, que yo te sujeto.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaah, allá voooooy….!

Una vez en tierra firme, el abuelo le explicó a Berta en qué con- sistían aquellos juegos.

—no son tan modernos como tus maquinitas, pero verás lo bien que nos lo pasamos. tengo que enseñarte a jugar con todos.

—con todos no, abuelo, qué te crees, si soy campeona de mi curso en lanzamiento de peonza. Lo hago fenomenal.

—¿En serio? Lo habrás heredado de mí, yo también era muy bueno.

Allí se quedaron un rato más, hasta que fue la hora de la comida y se marcharon a casa. Al llegar se enteraron de que, por fin, se había terminado el apagón.

—Así que Berta ya puedes ver la televisión y dejar de quejarte todo el rato.

—¿La televisión? Ah, sí, quizá un poco más tarde. Ahora pre- fiero jugar con el abuelo una partida de cartas…

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Capítulo 10

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