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Un otoño sin castañas

El viaje de Sofes

Capítulo 4 Un otoño sin castañas

Capítulo 4

lo eran en las las ciudades cualquier catedral o cualquier palacio.

Por eso a los pocos días decidió llamar a su tía Julia y contarle lo que ocurría.

La tía Julia escuchó asombrada lo que su sobrino le contó acerca de mí. Durante muchos años, cuando era joven, antes de con- vertirse en esa científica con cara de despistada, pelo alboro tado y gafas gruesas de color rojo, había acudido cada otoño a reco- ger mis castañas y me conocía bien.

—no puedo creerlo manuel, ¿sabes que ese árbol es el más viejo de la comarca? tiene has ta un nombre, Sofes, por el que ha sido conocido durante generaciones y dicen que es un conta- dor de historias.

—Sí tía, me lo enseñaste tú. Pero parece que a nadie le importa.

ni papá, ni mamá me ha cen caso. te necesito.

—no te preocupes. Este fin de semana me acerco al pueblo y veo qué es exactamente lo que le ocurre a Sofes. Veremos si toda- vía estamos a tiempo de salvarlo.

tal y como había prometido, la tía Julia pasó el fin de semana en el pueblo. La mañana del sábado fueron hasta el bosque a ver qué había ocurrido conmigo, el viejo castaño enfermo. Durante apro- ximadamente una hora, la tía Julia estuvo estudiando lo que me sucedía. Recogió muestras de mi tronco y de mis ramas e hizo un agujero en la tierra para observar mis raíces. manuel lo obser- vaba todo con admiración, imaginando el día en que él también fuera biólogo y pudiera hacer aquellas cosas tan inteligentes.

—tía, ¿cómo ves a Sofes? ¿crees que se curará?

—no lo sé, manuel. tendré que llevar estas muestras a analizar al laboratorio. Pero todo esto me parece muy extraño. La tie-

rra está bien, las raíces no parecen afectadas, y tampoco hay ningún bicho que esté infectando sus ramas. no tiene casta- ñas y sin embargo tiene estas hojas rojas tan misteriosas.

Parece cosa de magia.

tenía razón. Aquello era cosa de magia.

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Capítulo 5

Una idea para ayudar a Sofes

D

os semanas despuésllegaron los resultados del laborato- rio. cuando la tía Julia tuvo el informe frente a ella, se ajustó sus gafas rojas, lo estudió en profundidad y lanzó un largo suspiro. Luego llamó a su sobrino.

—manuel, tengo una buena y una mala noticia acerca del cas- taño cuentacuentos. La mala es que no tengo ni idea de por qué le salen esas hojas rojas, pero parece que debido a ellas va a se carse irremediablemente. La buena es que tengo un plan para conseguir que siga formando parte de nuestro pueblo.

Voy de camino, te lo contaré en cuanto llegue.

manuel se quedó intrigado por las palabras de su tía. confiaba mucho en ella y sabía que si afirmaba tener una solución al pro- blema era porque realmente la tenía. Sin embargo saber que su árbol favorito iba a secarse le puso muy triste. Decidió dar un paseo hasta el bosque y hacer me una visita mientras esperaba a que llegara la tía Julia. Una vez allí me encontró más mustio y decaído que nunca. Se abrazó a mi tronco marchito y me susu- rró con cariño:

—no te preocupes amigo Sofes, encontraremos una solución.

te salvaremos. Sólo aguanta un poco más.

Al rato llegó la tía Julia. Venía con el alcalde del pueblo, un señor de espesa y larga barba negra, al que todo el pelo que le sobraba en la cara le faltaba precisamente donde suele tenerlo todo el mundo: en la cabeza. Solía rascarse meditabundo su cal- vorota brillante cuando tenía que tomar una decisión difícil.

El alcalde y la tía Julia discutían acaloradamente:

—La verdad, Julita, no lo veo claro, es un gasto muy grande y nuestro pueblo es muy peque ño. no sé si merece la pena.

—Pero Señor Alcalde, ¿no se da cuenta de que podemos conver- tir a este árbol en todo un emblema de nuestra región? él representa lo mejor de nuestro pueblo, las castañas que recoge mos cada otoño, la pureza de nuestros bosques, la riqueza de nuestras historias. Y por cierto, –dijo ajustándose sus gafas rojas– deje de llamarme Julita, que ya soy bastante mayor para eso.

—claro, claro, entiendo. Pero Julita –y se rascaba su calvorota brillante mientras la tía Ju lia le miraba con cara de pocos amigos– prométeme que controlarás bien los gastos, que no nos pasaremos del presupuesto.

—Se lo prometo señor Alcalde, créame, le encantará el resultado –gritó palmoteando como una niña pequeña– ¿Has oído manuel? ¡Vamos a salvar a Sofes!

Pero ni manuel ni yo teníamos ni idea de cuál era la idea loca que se le pasaba a la tía Julia por la cabeza. tuvimos que espe- rar a que el alcalde se marchara para que nos explicara su plan:

—Sofes va a secarse, pero no por eso dejará de contar historias y ser parte importante de nuestro pueblo. Seguirá con nosotros, pero de otra forma.

—no entiendo a qué te refieres, ¿qué queréis hacer con él?

—Verás, manuel, estoy intentando convencer al alcalde de que haga de Sofes un monumen to. tengo un amigo que es artista y que lo convertirá en una preciosa escultura. nuestro cas- taño será colocado en el centro de la plaza para que todos podamos disfrutar de él y de sus historias.

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—¿Y cómo haremos eso? ¿no pensarás talarlo? ¡Eso es horrible!

—Pero manuel, ¿qué clase de bestia crees que soy? ¿cómo vamos a talarlo? –gritó indigna da la tía Julia–. Lo trataremos con mucho cuidado. Primero le pulirán y le aplicarán unos produc tos que le mantendrán como hasta ahora, para impe- dir que se deteriore más. Luego le arreglarán un poco para que esté más guapo que nunca y listo para que todos le disfrute- mos. Sofes apenas sufrirá y aunque cambie un poco, seguirá siendo un árbol.

—Pero ya no vivirá en el bosque –protestó manuel.

Yo había tenido el mismo pensamiento. Durante años me había quejado de no poder mover me del bosque y ahora que por fin iba a marcharme de ahí, la idea me ponía un poco melancólico.

Pero traté de ser positivo:

—Después de todo –le dije al viento– la hoja mágica no era tan mala. Voy a cumplir mi deseo. claro que con todas las conse- cuencias.

Por la noche el viento había convocado a todos los animales del bosque alrededor de mi tronco y me hicieron una gran fiesta de despedida. no faltó nadie. Estaban mis amigas las ardi llas, correteando otra vez por mis ramas, también las lombrices de tierra, que asomaron su cabe za entre mis raíces, las águilas bajaron el vuelo, las liebres salieron de su madriguera y hasta los gruñones jabalíes se unieron a la fiesta. Lo pasamos tan bien, que casi olvidé que al día siguiente partiría hacia otro lugar.

comenzaría, por fin, mi viaje.

Capítulo 6

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