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EL ABORDAJE SEXOLÓGICO

In document seminario (página 57-64)

Luego de esta delimitación del campo gerontológico, se retoma el análisis del corpus bibliográfico. La primera y más marcada característica que se observa en ese material sobre la sexualidad es su fuerte referencia a la sexología. Aunque que se respete las diferencias peculiares de cada disciplina, o metadisciplinas, los textos revelan una apelación al trata- miento sexológico del tema.

La sexología está definida por su inten- ción primaria de intervención sobre el sexual. Sus parámetros son el conoci- miento acerca de la fisiología de la ac- tividad sexual, sus posibles variaciones (considerando incluso la edad como un factor importante en esas variaciones) y ciertas prerrogativas emocionales y so- ciales identificadas (o meramente esta- blecidas) alrededor del asunto. Como

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una disciplina de carácter práctico, adopta como estrategia terapéutica un conjunto de prescripciones que com- prenden desde el uso de medicinas y de otros recursos de intervención física, hasta técnicas pedagógicas de modula- ción de la conducta y de los usos de los cuerpos, con propósito de promover un buen funcionamiento de la vida sexual.

En el caso de las personas mayores, la meta, casi siempre, es la de “ampliar al máximo” o “optimizar” el ejercicio sexual de aquéllos.

Estos términos son muy utilizados por los textos de gerontología en general y sirven para evidenciar que los niveles de cambio pretendidos por cada interven- ción alcanzan un límite máximo dentro de un conjunto de dimensiones de vida más o menos restringidas en que se en- cuentran las personas mayores. En el caso de la intervención sobre la sexua- lidad, frecuentemente encontramos que las expectativas de sus resultados se deben ponderar en función de la exis- tencia de determinadas enfermedades crónicas entre los viejos, como por ejem- plo la diabetes, hipertensión, las cardiopatias, etc. (Ferrigno, 1988;

Marsiglio & Donnelly, 1991; Deacon, 1995; Risman, 1996).

La gerontología, al tratar sobre la sexua- lidad, además de apoyarse directamen- te en las tecnologías y la tradición em- pírica de la sexología, suele servirse de los datos provenientes de investigacio-

nes y grandes encuestas de sexólogos clásicos como Kinsey, Master & Jonhson, Kaplan, Hite entre otros, sea para com- probar sus premisas, o fundamentar sus hipótesis, sea para comparar sus resulta- dos de investigación. Es interesante su- brayar que dichas investigaciones a los que los gerontólogos hacen referencia en sus recientes estudios son relativas a dos o cinco décadas atrás.

Otro aspecto que caracteriza esa pro- ducción es su carácter de aplicabilidad.

No todos los trabajos que desarrollan el tema del envejecimiento, vejez y sexualidad se definen directamente por su interés intervencionista, y pueden po- seer un carácter de investigación no aplicada, en general cuantitativa (Marsiglio & Donnelly, 1991; Delbès &

Gaymu, 1997; Matthias et al, 1997).

Bajo ese aspecto se verifica una impor- tante diferencia en el conjunto biblio- gráfico estudiado, distinguiendo la pro- ducción latinoamericana de la europea y norte- americana. Claramente, la pri- mera es más marcada por el carácter intervencionista, y aún siendo acadé- mica pareciera, en parte, dirigida al público general, algunas con las ca- racterísticas del género literario de auto-ayuda (Fraiman, 1994; El Maia

& Lopes, 1994). La segunda presenta un estilo académico y empírico más diversificado, busca un diálogo con la realidad práctica, sin embargo su ad- hesión a la intervención es menos en- fático.

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Otro detalle importante se refiere a la formación profesional de los autores.

La producción extranjera se muestra mu- cho más heterogénea, evidenciando un interés sobre el asunto por parte de di- ferentes especialistas académicos. En Brasil, por ejemplo, casi la totalidad de los trabajos está compuesto por psicó- logos. En este país, os médicos que coin- cidentemente eran los pioneros en la tarea gerontológica y en la sexológica, son hoy una minoría entre los autores analizados. En Colombia, particular- mente, el tema pareciera interesar so- bretodo a los médicos y enfermeras, denotando un contorno teórico más específico en el tratamiento del asunto.

Hay una premisa que se verifica como un consenso en el conjunto de la litera- tura examinada y es la de que la sexua- lidad de los viejos está cercenada por el

“mito de la vejez asexuada”. El proble- ma al cual la gerontología pretende combatir es la idea de que la sexualidad se extingue con el envejecimiento. Sus argumentos defienden que la expresión de la sexualidad de las personas mayo- res invariablemente es discriminada por la sociedad, estando esta interdicción haciendo parte de un contexto más amplio de prejuicio social contra los viejos, de manera a impedir la concreta posibilidad de ejecución de la práctica sexual. Dicha discriminación contra la sexualidad no sólo se ejerce por los más jóvenes, sino también por parte de los propios viejos. Incluso en buena parte de los textos, es patente una apelación

a las construcciones teóricas desde la hipótesis de la represión de la sexuali- dad, tal como se la nombró y criticó Foucault (1979), sin embargo con la es- pecificidad de que actualmente esta recae sobre todo a los viejos.

Ese mito sirve como la justificación para todo los trabajos: ellos se estructuran a partir de la necesidad de rescatar la ve- jez de esa interdicción psíquica y social.

Los varios autores son unánimes afir- mando que la actividad sexual no se extingue con el pasar de los años, a pesar de la disminución de su frecuen- cia, reconocida empíricamente. Además, se evidencia en esta literatura una fuer- te referencia a las discusiones acerca de la fisiología del acto sexual con recurso a la penetración y las frecuencias de la actividad sexual, paralelamente a las afirmaciones de que la sexualidad es algo mucho más amplio. Lo más interesante son las constantes declaraciones de que la vejez, en tanto una etapa de la vida, tal cual ellos describen, instaura una nueva concepción de la sexualidad. Las citaciones a seguir ilustran bien esta idea común a mayoría de los textos:

“La sociedad tasa los viejos de ‘menos hom- bres y mujeres’, y de ‘seres asexuados’. Es un gran daño lo que se hace con los individuos de edad avanzada, porque muchos son aquellos que hoy puedan disfrutar más de la sexualidad do que cuando eran jóvenes.

La sexualidad tiene poco o nada que ver con sólo erecciones y orgasmos y sí con la co-

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munión, con tocar y permitir tocar, acariciar, y ser acariciado, tener y dar el placer”. (Fucs, 1992: 94 apud Risman, 1995: 63).

“Contrariamente a creencias muy difundi- das, la sexualidad necesariamente no se ex- tingue con la vejez. En lugar de eso, (...) varios adultos mayores describen una vivencia dife- rente de sus cuerpos, del cuerpo de las parejas y de la propia relación. No más la premura de la descarga del orgasmo, no más las sensa- ciones eróticas concentradas apenas en los genitales, y sí la erotización plena de toda la epidermis, sexo de cuerpo entero y de espíritu entero. No más la “hamburguesa con papas francesas”, apresuradamente devorado en la juventud, y sí un plato cuidadosamente ela- borado y deliciosamente saboreado”. (Ferrigno, 1988: 5)

Esa visión ampliada sobre la sexualidad y sobre el período en que ella es factible en la vida de los sujetos denota algo sui generis: la sexualidad en la vejez sería uno de los fenómenos prohibidos por la sociedad y que tan sólo los especia- listas y sus disciplinas científicas po- drían validar. El fenómeno, a pesar de siempre presentarse en términos de de- seo, interés y conducta, no es visible.

No está todavía disponible por causas inconscientes (la “educación rígida y de mucha castración”) y las sanciones so- ciales, sin embargo ello se queda posi- ble a los sujetos a lo largo de los años hasta la muerte. Las alteraciones cor- póreas lo pueden limitar, sin embargo, jamás lo extingue completamente. Pa-

radójicamente a la identificación que la sexualidad está limitada por los aspec- tos sociales, las proscripciones y pres- cripciones tienden a centrarse más so- bre el individuo que en sobre el polo social, identificado como el más pro- blemático. Así, el mito de la vejez asexuada es social y cultural; sin em- bargo, la intervención propuesta se debe implementar al nivel del individuo e involucra la dimensión de su cuerpo, principalmente, y también de sus for- mas de pensar.

Respecto a las tecnologías de interven- ción, los consejos pertinentes a la tera- pia y la educación sexual hace pensar en un desplazamiento de la sexualidad del área genital para las “zonas erógenas” del cuerpo. Los expertos prevén que la ampliación de tales zonas en la vejez es de tal orden que no hay ninguna parte de la superficie del cuer- po de los mayores que no sea fuente de placer, extrapolando la propia noción de ‘zona’, una vez que no hay límites y demarcaciones.

Con referencia a ese punto, se observa de un modo general en los textos una distinción de género: los hombres son referidos como especialmente más li- mitados en la concepción de sexuali- dad que las mujeres, tendiendo a con- centrar sus intereses en el área genital y en el recurso a la penetración. La pres- cripción de descubierta de otras partes

“sexualizadas” en el cuerpo a partir de

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la vejez, se lo dirigen principalmente hacia ellos, dados los cambios identifi- cados en la función eréctil con el avan- zar de la edad. Los hombres también son vistos como más interesados por el sexo y teniendo una frecuencia más grande de relaciones sexuales, compa- rativamente con las mujeres. Las con- clusiones sobre el universo femenino in- dican que ellas presentan dificultades menores en cuanto a la vida sexual en la vejez, puesto que su sexualidad siem- pre fue ‘menos localizada’. De acuerdo con los estudios, la actividad sexual fe- menina depende mucho de la intención masculina. La disminución de la activi- dad sexual de las mujeres en la vejez aparece en la literatura asociada al aparecimiento de enfermedades de sus esposos, a la indiferencia de éstos y tam- bién a la sobremortalidad masculina. Los datos sostienen que ellas, además de se mostraren menos interesados por sexo, sofrieron una socialización enmarcada por un control más grande, lo que se vuelve un obstáculo para que ejerzan su sexualidad en la vejez. El trabajo de la intervención con ellas involucra una reeducación sexual en el sentido de la

“liberación de la represión.”

De acuerdo con la literatura analizada, la persistencia del interés y del ejercicio sexual en la vejez es, sin embargo, una realidad que no depende del sexo. En ese aspecto una equivalencia se esta- blece entre los hombres y las mujeres, aun que en niveles diferentes. Bajo el

“mito de la vejez asexuada”, la catego- ría ‘vejez’ no hace distinción de género.

Las investigaciones gerontológicas es- tán de acuerdo en la declaración de que la presencia de actividad y el deseo sexual en la vejez son reflejos de la vida sexual pasada de los sujetos. La ecuación que se traza es bastante interesante: al identificaren que los grupos de viejos sexualmente más activos son aquéllos que mantuvieron una gran frecuencia sexual a lo largo de sus vidas, se postu- la que cuanto más intenso sea la vida sexual desde su inicio, mayores las po- sibilidades de mantenerla activa en la vejez. Según la gerontología, la frecuen- cia de la actividad sexual invariablemente disminuye, pero si ella siempre ha sido alta, será menos percibida en los años futuros. En general, los consejos geron- tológico sugieren que se mantengan los niveles de frecuencia sexual – y eso em- pezando ya a partir de los 30 años.

Un procedimiento merecedor de aten- ción entre los trabajos gerontológicos es la recurrente confirmación de los datos de las grandes encuestas sexológicas.

Jamás se encuentra una discordancia en relación a ellas. Con esta observación no se desea refutar los datos sexológicos clásicos, sino apuntar el modo peculiar como son utilizados. En tales estudios, las comparaciones entre datos de mues- tras amplias se han dado de una mane- ra ingenua y sin contextualizaciones.

Como subrayan Bozon y Leridon (1993), las investigaciones cuantitativas tienen

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en el estudio de la sexualidad una uti- lidad comparativa mucho más limitada que en otras áreas del estudio, sea por las diferencias metodológicas en la for- ma de constitución de las muestras, sea por los diferentes contextos sociales que producen concepciones variadas del comportamiento sexual.

Es necesario evidenciar que, en la lite- ratura gerontológica, las respuestas in- dicativas del mantenimiento del ejerci- cio de la sexualidad en los períodos más avanzados de la vida para los grupos investigados se toman como la verdad absoluta de la problemática. De ese modo, la literatura gerontológica su- giere una indiferencia en cuanto al con- texto investigado, y también al período histórico del estudio, como si tales as- pectos no fueran fundamentales en la conformación social de la sexualidad.

No importa cuestionar la validez cientí- fica de tales trabajos en el momento. Lo que no se puede dejar de destacar, sin embargo, es que las conclusiones de los autores, relativas a datos de investiga- ciones emprendidas acerca de ciertos grupos de edad pertenecientes a con- textos los más variados, sean tan simi- lares, lo que a sus vez apunta posibles influencias de las visiones del mundo de los propios investigadores.

Aunque los trabajos gerontológicos han incluido gradualmente en sus concep- ciones acerca de la sexualidad elemen- tos y aspectos de carácter socio-cultu-

rales, ellos siguen fuertemente apoya- dos en una dimensión física o psíquica de la sexualidad, adoptando una pers- pectiva tradicionalmente estricta y esencialista, defendiendo una intención de universalizar el fenómeno. Paradóji- camente, esos estudios han pretendido adherir a ideas más relativistas sobre sexualidad, sin, a su vez, abandonar una perspectiva de homogeneización que, casi siempre, está presente en el trata- miento dado tanto al envejecimiento como a la dimensión de la sexualidad.

Es posible identificar en este punto una similitud con los primeros trabajos an- tropológicos sobre la sexualidad, segui- dores del modelo de “influencia cultu- ral” (Vance, 1995). En aquéllos, se reconocía la idea que la variedad de las acciones sexuales se regulaba y se con- formaba culturalmente; sin embargo, sus significados acerca de la sexualidad humana mantenían un estatuto de uni- versalidad. Muchos de los trabajos orientados por ese modelo interpretati- vo todavía hoy intentan compatibilizar premisas del construccionismo cultural, apoyándose en estructuras conceptua- les y argumentos que apelan a la natu- raleza al referirse a la sexualidad.

Principalmente en la producción latinoa- mericana sobre sexualidad y envejecimien- to, se evidencia esa articulación ambigua, dada por la adherencia a interpretaciones culturales y el mantenimiento de presu- posiciones relativas a la naturaleza físicas o psíquicas acerca del sexual:

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“... entender de qué modo se produce social- mente, la sexualidad masculina y femenina desde los primeros años de edad, es funda- mental para se alcanzar explicaciones acerca de las diferencias de actitudes y conductas de hombres y mujeres, de todas las edades, in- cluso de la Tercera Edad. (...) Aquí se está pen-Aquí se está pen-Aquí se está pen-Aquí se está pen-Aquí se está pen- sando la sexualidad como algo socialmente sando la sexualidad como algo socialmentesando la sexualidad como algo socialmente sando la sexualidad como algo socialmente sando la sexualidad como algo socialmente construido, con una dimensión histórica, construido, con una dimensión histórica,construido, con una dimensión histórica, construido, con una dimensión histórica, construido, con una dimensión histórica, una vez que, al nacer

una vez que, al naceruna vez que, al nacer una vez que, al nacer

una vez que, al nacer, nosotr, nosotr, nosotr, nosotr, nosotros ya encon-os ya encon-os ya encon-os ya encon-os ya encon- tramos una sexualidad prefigurada. (...) tramos una sexualidad prefigurada. (...)tramos una sexualidad prefigurada. (...) tramos una sexualidad prefigurada. (...) tramos una sexualidad prefigurada. (...) Como cualquiera, independientemente Como cualquiera, independientementeComo cualquiera, independientemente Como cualquiera, independientemente Como cualquiera, independientemente de la edad o de otra característica, los de la edad o de otra característica, losde la edad o de otra característica, los de la edad o de otra característica, los de la edad o de otra característica, los adultos mayores tienen necesidades y adultos mayores tienen necesidades yadultos mayores tienen necesidades y adultos mayores tienen necesidades y adultos mayores tienen necesidades y deseos afectivos y sexuales

deseos afectivos y sexualesdeseos afectivos y sexuales deseos afectivos y sexuales

deseos afectivos y sexuales de cuya sa- tisfacción depende su bienestar psicológico.

“ (Ferrigno, 1988: 6)

La creencia acerca de la existencia de sexualidad en la vejez aparece como una confirmación científica para las presu- posiciones de la gerontología y la sexología y respalda la actitud inter- vencionista sobre el sexual, puesto que se creen haber descubierto nuevos pa- rámetros de evaluación de la normali- dad sexual. Es exactamente a partir de esos objetivos de intervención que se encuentra en punto de conexión entre la producción gerontológica y sexoló- gica. Dicha compatibilidad se hace po- sible porque ambas disciplinas se sirven mutuamente de sus propósitos particu- lares para la solidificación de sus teo- rías. La gerontología, al asumir para sí mismo el compromiso primario de pro- moción de cambios en la condición de

la vida de las personas mayores (y tam- bién por su característica de multidisci- plinariedad), forma un convenio ideal con la sexología, disciplina por exce- lencia de intervención sobre el sexual.

Esta, a su vez, encuentra en el estudio sobre el proceso de envejecer un campo fecundo para el debate sobre los tras- tornos sexuales. Se fundan los intereses de ambas disciplinas, principalmente en cuanto a la prominencia y el prestigio garantizado a sí mismas al rescatar el abordaje y terminologías de la otra, nor- malmente vistas como técnicas, inno- vadoras y eficaces. De este modo, se puede decir que el estudio de la dimen- sión sexual en la vejez se hace da por el diálogo interdisciplinario entre la ge- rontología y la sexología, que estable- cen entre sí una partilla de ciertos con- ceptos comunes.

La presuposición de universalidad de los fenómenos de la sexualidad y la vejez, en tanto objetos de interés científico, es otro aspecto común entre las dos disci- plinas. La gerontología demuestra tal postura epistemológica en su progresi- vo movimiento de gestión del envejeci- miento que, junto con varias institucio- nes y el Estado, se caracteriza por homogeneizar las representaciones so- ciales acerca de la vejez. El debate so- bre construcciones sociales de las eda- des y generación, cuando mencionado, se hace de modo flojo o ambiguo. En consonancia, la sexología se basa inte- gralmente en proposiciones esencialis-

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tas sobre la sexualidad. Hay que enfati- zar la existencia de nuevas tendencias que se vienen incorporando en el cam- po teórico gerontológico, exigiendo y postulando la heterogeneidad de la ex- periencia del envejecimiento, sin embar- go ellas todavía no son visibles en el conjunto de la producción que se dedi- ca a la sexualidad. Para abreviar, guar- dando las diferencias debidas, la sexología defiende un estatuto univer- sal respecto al sexo de modo similar a la gerontología que naturaliza el enve- jecimiento, y en ese sentido, refuerzan sus eslabones de confluencia.

LA VICTORIA DE LA ACTIVIDAD

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