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EL SUJETO Y LA POLEMICA INDIVIDUO-SOCIEDAD

HISTORIADOR

6. EL SUJETO Y LA POLEMICA INDIVIDUO-SOCIEDAD

Si el objeto de la historia se enfoca hacia el estudio del hombre en sociedad (Annales), o, de forma más precisa, en el mecanismo de las estructuras de una sociedad en donde los acontecimientos deben unirse a la dinámica de éstas (marxismo), la pregunta que se suscita inmediatamente es: ¿cuál es el papel de los individuos? ¿Individuo o sociedad? Toda disyuntiva como ésta no tiene sentido. Para E.

Carr está en la línea de qué fue antes, el huevo o la gallina. Las diferencias aparecen en el énfasis que se ponga en uno de los dos términos. Así, los historiadores de tendencia marxista conceden menos importancia en general al papel del individuo y matizan -como en el caso de Chesneaux- señalando que los protagonismos del individuo y de la sociedad se producen a niveles distintos: el individuo puede hacer variar el aspecto de los acontecimientos, pero no puede variar su orientación general. En una de las interpreta- ciones más genuinamente marxistas de la historia, Gordon Childe -de forma similar- pone el énfasis obviamente en la sociedad, y más aún en las herramientas de producción que la sociedad crea. El genio es un producto social. Las motivaciones del individuo prácticamente no cuentan. Éstos son algunos de sus ejemplos:

Tomemos, por ejemplo, el caso de Alejandro.

Todo desarrollo del comercio y de las comunicaciones desde la Edad del Bronce se orientaba hacia la unificación política de un mundo del Mediterráneo oriental, en el que las diversas partes se hallaban cada vez más íntimamente unidas por las relaciones comerciales y aun por las de carácter científico (como lo explica el propio Herodoto).

En este proceso los hombres de habla helénica habían desempeñado un papel día a día más importante, ya que desde el año 600 a.c. los médicos, los artesanos, los mercaderes y los mercenarios griegos habían viajado por lo menos hasta Irán. La ciencia y la tecnología griegas habían dejado atrás a sus correspondientes de Egipto, Fenicia, Babilonia y Persia [...]. Esos factores y estas circunstan- cias, y otros -por ejemplo, el armamento y la táctica fueron el producto de la cooperación de muchos individuos anónimos, y no obra de Alejandro. Este aprovechó brillantemente la oportunidad. Alcanzó sobre el camino que la historia estaba empezando a modificar el Curso de la historia.

Del mismo modo habla de la obra de Napoleón, sin negar que fue fruto del propósito consciente del conquistador ni

minusvalorar su genio militar. En otro campo diferente, la invención es sólo un aspecto o factor del hecho histórico: en el caso de Watt había detrás toda una serie de descubrimientos previos que pudo utilizar para su máquina de vapor. Y, muy importante, mercado consumidor de su producto. «En una palabra, Watt estaba seguro de que una máquina adecuada sería aceptada y utilizada por la sociedad. Desde el punto de vista del hecho histórico, dicho uso es tan esencial como la invención. Una invención que nadie conoce ni utiliza no es un hecho histórico» 21.

Los historiadores no marxistas (Febvre especialmente, Bloch), por el contrario, aun cuando tienen en cuenta -por supuesto-o la atmósfera social, insisten en el drama individual. Así, no son de extrañar las bellas páginas que sobre Lutero o Rabelais ha escrito Febvre. En Rabelais o el problema de la incredulidad en la primera mitad del siglo XVI indica que no existía aún el "utillaje mental"

(término muy querido por la escuela francesa de los Annales; nótese la diferencia del

"mecanismo de la estructura" propio de la escuela marxista) para que pudiera producirse una incredulidad general (es decir, lo que no pudo haber sido y no fue; la personalidad arrolladora de Rabelais no pudo fomentar la incredulidad social). La atmósfera del XVI no estaba preparada para ello: todavía no había llegado el momento del escepticismo mental....

Aun cuando la mayoría de los historiadores marxistas «sostienen que no es esencial saber qué individuos aparecen en el escenario de la historia, ya que de cualquier modo las regularidades históricas encontrarán siempre un instrumento de acción en un individuo, sea el que sea [..,] otros tienden a atribuir mayor importancia a las personas especificas y aseguran que fueron exactamente Cromwell y Napoleón quienes hicieron que los hechos tomaran un rumbo determinado. Sin ellos el curso de los acontecimientos podría haber sido bastante distinto" (j. Topolsky, Metodología de la historia, Madrid, Citedra, 1985, p. 203).

Hay, pues, que matizar también las interpretaciones marxistas sobre el papel del individuo en la historia (en cuanto a la función de los individuos destacados en general -que es lo aceptado por la mayoría o a personas específicas con su personalidad determinada, que no quedan relegadas a simples instrumentos). Plejanov (1856-1918), historiador marxista, llamó «iniciadores" a los grandes hombres que también unen las acciones de los demás hombres: «sin ellos la

sociedad estaría condenada a un estancamiento y el desarrollo sería enormemente lento" (j. Topolsky, ob. cit., p.

202).

Desde otra perspectiva, hay un pasaje de Marx muy conocido: «Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que puede contener; y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno de la vieja sociedad". K. Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Madrid, Alberto Corazón, Expresión favorita de Febvre: los cimientos de la historia de las mentalidades (a la que haremos referencia al final del segundo capítulo) están ya poniéndose.

La disyuntiva individuo-sociedad no tiene razón de ser 23. Existe una interacción: entre el líder político o religioso y sus contemporáneos se crea un mutuo flujo y reflujo. « ¿Quién hará exactamente la división entre lo que vino de Alemania a Lutero, o, inversamente, de Lutero a Alemania?», nos dice Febvre en su sagaz estudio sobre el reformador. Una fuerte personalidad nace en una sociedad que le condiciona; y, a su vez, aquélla puede desencadenar determinados procesos que están latentes en la colectividad e "iniciar" o acelerar determinados procesos históricos que son posibles.

7. “EL HISTORIADOR ENCUENTRA LO QUE BUSCA” ¿ES POSIBLE LA OBJETIVIDAD EN LA HISTORIA?

He aquí de nuevo un tema polémico, puesto que inevitablemente la historia construida participa de la interpretación que el historiador hace de ella. Efectivamente, es el historiador el que elige el tema objeto de análisis y los hechos que juzga relevantes, y prescinde de aquello que considera sin valor 24. De esta manera podemos decir con Carr que «el historiador encuentra lo que busca».

Vilar se despacha a gusto con la polémica de las antinomias: «El historiador de nuestros días no malgasta su tiempo en oponer términos tales como azar contra necesidad, libertad contra determinismo, individuo contra masas, espiritual contra económico sino en manejar sus combinaciones», P. Vibr, marxista..., ob. cit., p. 8.

Duby es claro en su manifestación: « [Oo.]

Uno se da cuenta de que cada generación de

historiadores [obsérvese la dimensión colectiva] reali7.a una elección, descuida ciertas huellas y, por el contrario, desentierra otras a las que nadie preso taba atención desde hacía cierto tiempo, o desde siempre», G. Duby, diálogos sobre la historia, Madrid, Alianza, 1988. p. 39, y es que los hechos no se parecen realmente en nada a los pescados en el mostrador del pescadero. Más bien se asemejan a los peces que nadan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesible; y lo que el historiador pesque dependerá en parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del mar en que decida pescar y del aparejo que haya elegido, determinados desde luego ambos factores por la clase de peces que pretenda atrapar. En general puede decirse que el historiador encontrará la clase de hechos que busca. Historiar significa interpretar Difícilmente se pueden plasmar de una manera tan expresiva todas las imbricaciones entre la teoría de la historia que profesa el historiador, por la que se elige un determinado tema; la metodología (que viene configurada por la teoría) y las fuentes que el historiador selecciona. Estas imbricaciones en las que coinciden la mayoría de los historiadores podrían llegar a tener consecuencias perniciosas para la historia, puesto que provocan el peligro de hacerla caer en un relativismo total.

Esto es lo que hacen tanto Benedetto Croce como Collingwood. Para el presentismo de Croce (1866-1952), el hecho histórico es un producto directo de la actividad intelectual del sujeto. Cuando en 1938 formula esta tesis, ejerció una gran influencia. «La historia, en realidad, está en relación con las necesidades actuales y la situación presente en que vibran aquellos hechos,>

Desde esta perspectiva, toda la historia es contemporánea en tanto que está motivada por las necesidades que el presente plantea al historiador. En un sentido similar Fevbre habla de las fuentes económicas que dormían empolvadas en los archivos, como el arpa de Bécquer, hasta que la urgente necesidad de estudiar los fenómenos económicos -por causa, entre otras cosas, de los ciclos de crisis inherentes al capitalismo- conllevó la búsqueda y manejo de ese tipo de fuentes.

Collingwood (1891-1943) profundiza aún más en esta línea cuando afirma que es el historiador el que piensa la historia. Es su pensamiento el que está detrás del hecho histórico que analiza; de ahí su conocida afirmación:

San Agustín vio la historia desde el punto de

vista del cristiano primitivo; Tillamont [sic], desde el de un francés del siglo XVII; Gibbon, desde el de un inglés del XVIII; Mommsen desde el de un alemán del siglo XIX; a nada conduce preguntarse cuál era el punto de vista adecuado. Cada uno de ellos era el único posible para el que lo adoptó 27.

«Aceptar la imposibilidad de la objetividad no implica que sea imposible la rigurosidad del producto histórico»" concluye Pelai Pages.

Cabría añadir que es gracias a la subjetividad -unida al rigor científico- como se enriquece, ampliando el conocimiento de la historia.

Para desenredamos de ese relativismo disolvente, el historiador inglés Thompson señala que el hecho histórico ocurrió:

Los procesos acabados del cambi0 histórico, con sus intrincadas relaciones causales, ocurrieron de verdad, y la historiografía puede falsearlos o entenderlos mal, pero no puede en lo más mínimo modificar el estatuto ontológico del pasado. El objetivo de' la disciplina histórica es alcanzar esta verdad en la historia pues, los términos del problema subjetividad-objetividad de la historia. Se me permitirá que alargue la cita, clara y concisa, de es prestigioso historiador inglés, uno de los renovadores de la historiografía marxista, con estas conclusiones que extrae:

El conocimiento histórico es, por naturaleza, a) provisional e incompleto, aunque no por ello fallo; b) selectivo, aunque no por ello falso; c) limitado y definido por las propuestas formuladas a los datos empíricos (y conceptos que informan estas propuestas) y, por lo tanto, sólo verdadero" dentro del campo ,así definido [...].

La subjetividad, insistimos, no es un obstáculo; es un hecho no sólo inevitable sino positivo, para que los acontecimientos históricos puedan ser modificados (en tanto que completados) por interpretaciones posteriores:

Collinh'wood parte también, las necesidades del presente. Y al hablar de las "reliquias” del pasado señala: "La actitud ante la vida actual dependen de los planes y aspectos particulares que ahora traemos a primer término mediante el pensamiento histórico"

(1. Collingwood, Idea de la historia, México, FCF., 1988, p. 199). Frente a la historia como interpretación, Collingwood contrapone la historia como recreación de la experiencia pasada, una actitud empática en la que el historiador debe reproducir los mismos procesos de pensamiento por los que pasó determinada personalidad de la historia. «Y

sólo en la medida en que haga esto tiene algún conocimiento histórico» (1. G.

Collingwood, ob. cit., p. 272).

Estimamos que la historia como interpretación más allá de lo histórico) como recreación, en la medida en que la primera implica de manera más directa el intento de comprender el entramado histórico en el que el personaje actuó.

Cada época, o cada investigador, puede proponer nuevas preguntas a los datos históricos [...]. En este sentido, la historia, considerada como la suma de los productos de la investigación histórica, cambiará, y deberá hacerlo, con las preocupaciones de cada generación, de cada sexo, de cada nación, de cada clase social. Pero esto no supone, ni mucho menos, que los acontecimientos pasados en sí mismos cambien con cada interrogador, ni que lo; datos empíricos sean indeterminados.

Los términos (aparentemente contradictorios) de objetividad subjetiva o de subjetividad objetiva se presentan no como un juego del palabras: (sino como propios -y necesarios- de la peculiaridad de la historia, en tanto que ésta puede hacer referencia a <los niveles distintos y complementarios: además del proceso histórico racionalmente analizado - que proporciona un conocimiento objetivo confrontado con datos empíricos de- terminados,-, cabe también referirse «a la

"significación" de este pasado, su sentido para nosotros; se trata de un juicio cualitativo y subjetivo, y a tales interrogantes los datos empíricos no pueden proporcionar respuestas». En este sentido cada historiador, cada generación, puede y debe expresar su punto de vista «con tal que tengamos claridad en que esto se basa no en procedimientos científicos si no en una “elección” de valo- res>>

El conocimiento histórico es, por naturaleza, a) provisional e incompleto, aunque no por ello falso; b) Selectivo, aunque no por ello falso; c) limitado y definido por las propuestas formuladas a los datos empíricos (y los conceptos que informan estas propuestas) y, por lo tanto, sólo verdadero" dentro del campo, así definido [...]. En este sentido estoy dispuesto a admitir que la tentativa de designar la historia como "ciencia” ha sido siempre poco provechosa y fuente de confusiones"

El problema de la subjetividad ha sido también centrado magistralmente, desde otra perspectiva, por Carr:

La relación del hombre con el mundo circundante es la relación del historiador con su tema. El historiador no es el humilde siervo ni el tiránico dueño de sus datos. La relación entre el historiador y sus datos es de igualdad, de intercambio. Como todo historiador activo sabe, si se detiene a reflexionar acerca de lo que está haciendo cuando piensa y escribe, el historiador se encuentra en trance continuo de amoldar sus hechos a su interpretación y ésta a aquéllos.

Es imposible dar la primacía a uno ti otro término [00.]. Conforme va trabajando, tanto la interpretación como la selección y ordenación de los datos van sufriendo cambios sutiles y acaso parcialmente inconscientes, consecuencia de la acción recíproca entre ambas. Y esta misma acción recíproca entraña reciprocidad entre el pasado y el presente, porque el historiador es parte del presente, en cuanto que los hechos pertenecen al pasado.

El historiador y los hechos de la historia se son mutuamente necesarios, Sin sus hechos, el historiador carece de raíces y es huero; y los hechos, sin el historiador, muertos y faltos de sentido 34.

Y a continuación lanza su primera y magnífica definición de la historia que recogíamos al principio: «Mi primera contestación a la pregunta de qué es la Historia, será pues la siguiente: un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado»

8. LOS HISTORIADORES SON HIJOS DE