2. EL ANTROPÓLOGO
2.4. Gravitas, pietas, dignitas…
gador unas cualidades que la ayudan a superar sus propios temores: el desánimo, el miedo al rechazo cultural, la sospecha de su incapacidad.
Pero la añoranza ante la tierra y las gentes no procede únicamente del investigador. Doña Piedad, natural, de Casa Blanca (Liétor), aunque por nostalgia de su juventud ida, no desdeñaba la posibilidad de un re- greso a través del tiempo: “Yo quisiera volver a aquellos tiempos, aunque tuviera que trabajar… ¿por qué? Porque era joven… Y luego del traba- jo, teníamos bailes… Aunque al día siguiente tuviéramos que volver al tajo. Al verse (al amanecer), ¡Arriba!, decía nuestro padre. Y aunque mi madre decía que nos dejara dormir una miajica más (un poco más), él decía: tú cállate. Si hubo baile anoche, hoy hay trabajo. Y nos íbamos a trabajar…”.
Esta intervención nos permite precisamente introducir el siguiente capítulo que estará dedicado a la mujer.
Instintivamente sentimos como una coz en la inteligencia, en la nuestra; en especial por la autocomplacencia de semejante afirmación, que se nos antojaba un descomunal disparate de etnocentrismo social, por definirlo de alguna manera. Este que se dice antropólogo, disintió amablemente. Replicamos al interlocutor y dijimos que la forma de ser y comportarse de aquel anciano, su natural sencillo, acaso podría haber sido aprendido en la escuela, con un buen maestro. Pero no era el caso. Y dudábamos de que un latifundista de la España rural profunda preindus- trial, salvo que actuara como un mecenas o un ilustre evergeta, benefac- tor y altruista, o fuera un socialista utópico en un falansterio, fuera capaz de elevar la condición moral y ética de sus jornaleros o de los campesi- nos que trabajaban sus tierras. Entre otras cosas porque el caciquismo, el desprecio o la indiferencia por las gentes habían caracterizado histórica- mente a numerosos dueños de las tierras; o a sus capataces, como luego entenderá el que siga leyendo, y que a menudo se comportaban peor que los dueños de las tierras. Y adujimos que no habíamos leído nada seme- jante en libros o artículos de antropología.
Nuestro acompañante, aunque admitió parcialmente nuestra sen- sación inicial, escasamente científica por otra parte, porfió en el elabo- rado argumento de que los jefes de fábricas y dueños de tierras, habían educado conveniente y eficazmente a los campesinos y que les habían rescatado de la ignorancia. Ya en nuestro pensamiento interno, que no quisimos prolongar la docta disputa, consideramos que aquellas afirma- ciones constituían una manifestación del paternalismo de los poderes locales que miraban con displicente benevolencia a sus obreros, emplea- dos y jornaleros. Podemos declarar por nuestra experiencia personal de cuarenta años de entrevistas a cientos de personas, que la dignidad y la elegancia de los hombres y mujeres de la sierra, que han vivido en la pobreza, que han soportado hambre, que con paciencia han cohabitado con la miseria, que quisieron saber leer y escribir y no pudieron, que fue- ron maltratados y olvidados, que asumieron peligros, trabajos, sudores, y lágrimas…, decimos que esa dignidad y elegancia no la adquirieron por graciosa y benévola concesión de los poderes locales, laicos o ecle- siásticos, sino que procede unas veces del seno de sus familias y otra de
la sabiduría natural que concede la edad, sin más merecimiento que los años. De la señora Delfina, de una aldea perdida en las montañas de Yeste, aprendimos una lección en la que se combinaba el coraje, la va- lentía y la dignidad. Ella reclamaba, a sus más de 80 años, unos derechos de aguas para regar que se le negaban por parte del ayuntamiento. Pero a pesar de haber soportado una vida de penurias y hasta de vejaciones, como nos contó, en ningún momento de las entrevistas y encuentros que hubimos con ella, usó un taco, recurrió a un insulto, maldijo su suerte o lamentó su propia existencia. Esa elegante dignidad, propia de un Séneca o de un Marco Aurelio, estaba ausente de los poderes locales.
La acción civilizadora de las élites políticas, sociales e intelectuales, cuando las hubo, apenas si alcanzó las estribaciones de las montañas.
Las virtudes de estas personas ancianas, y sus valores éticos, nacieron de cada uno de esos individuos cuando contemplaban el mundo, cuando sufrían. Por ello, no todos los habitantes de la sierra, es cierto también, alcanzaron semejante iluminación. No negamos la acción positiva que el clero, los filántropos o los intelectuales o algunos políticos honrados pudieron ejercer sobre las comunidades de montaña. Pero hay algo en esas gentes, en las personas mayores, ancianas, que denota una sabiduría ancestral y un sentido equilibrado de lo que es justo o injusto. Y no so- mos discípulos de Rousseau.
Nos hemos permitido reproducir un extenso texto del escritor An- drés Cárdenas Muñoz, donde se recoge y refleja perfectamente la dig- nidad de esas gentes y la inhumanidad de algunos cancerberos de los bienes comunes: <Hay historias que te arrancan una porción de congoja cada vez que las recuerdas. Es una historia que protagonizan mi madre y su hermano pequeño y está ubicada en el año 1940, un año después de la Guerra Civil. Pero les pongo antes en antecedentes. Ahora que todo el mundo parece haber tenido un abuelo republicano, yo reivindico el mío. No lo llegué a conocer porque murió cuando mi madre era aún una niña. Se llamaba Melchor y trabajaba en una fábrica de azúcar. Salió algo rojillo y al morir, unos meses antes de la guerra, sus compañeros pusieron encima del ataúd una bandera republicana. Según me contaba
mi madre, aquel gesto fue nefasto para el futuro de la familia. Mi abuela Dolores, a la que tampoco conocí, se tuvo que poner a trabajar para dar de comer a los cuatro hijos que había tenido con mi abuelo. Acabada la guerra, mi abuela se vio negra para encontrar trabajo. Los empresarios nunca contrataban a alguien que hubiera tenido que ver con la ideología de los que había perdido la guerra. Mi abuela no tenía ideas políticas, pero había estado casada con un hombre que fue enterrado con la ban- dera republicana. Menudo sambenito. Mi abuela, al fin, encontró trabajo lavando sábanas en un hotel. Para quitarse bocas que alimentar, hizo que mi madre, casi una niña, entrara a servir en la casa de unos hacen- dados que pasaban por ser los más ricos del pueblo. No tenía sueldo. Su trabajo sólo le daba derecho a comer tres veces al día. En la casa de los hacendados sí que había comida de sobra y de vez en cuando mi madre se escondía unos panecillos entre la ropa para dárselos a sus hermanos, que los recibían como el maná aquel que enviaba Dios a los israelitas que cruzaban el desierto.
Y ahora viene la historia. Un día, los trabajadores del cortijo que tenían los hacendados llevaron un saco de almendras a la Casa Grande, pues así se llamaba la hacienda donde trabajaba mi progenitora. A la ma- ñana siguiente mi madre dijo a su hermano pequeño, siempre lampando por algo que llevarse a la boca, que se fuera detrás de la tapia de la Casa Grande, que le iba a echar algo para comer. Cuando llegó mi madre a su trabajo, cogió del saco un puñado de almendras, las envolvió con un pañuelo y las arrojó por encima de la tapia a su hermano de diez años, que esperaba ansioso el botín que le enviaba su hermana mayor. Pero mire usted por donde la maniobra fue vista por uno de los capataces de los señoritos, un tipo grueso y de mal carácter que se acercó a mi madre y le preguntó qué había hecho. Ella, toda compungida, dijo que le había echado a su hermano un puñado de almendras, porque tenía hambre.
El capataz le soltó una bofetada y le dijo que cogiera sus cosas y que no acudiera al día siguiente.
_ Aquí no queremos ladrones –le dijo el tipo aquel.
Cuando mi madre llegó llorando a la casa, mi abuela la abrazó y le dijo que no se preocupara, que podrían apañarse. Y se apañaron. Mal, pero se apañaron. Mi madre nos contó varias veces esa historia a mis hermanos y a mí y siempre que lo hacía podíamos ver en su mirada los rastros que deja la injusticia en las personas humildes>.
Quizás habría que preguntarse mejor, e investigar desde la antro- pología, cómo influyó la ética y la educación de los jornaleros y de los pobres en la mentalidad de los viejos possessores.