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THE FOUR SEASONS. Antonio Vivaldi

Grupo 3: Conversión de San Pablo de Caravaggio

1. Introducción

92 1.3. Percepción del otro: imaginario

Guía para el profesorado

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El imaginario personal.

El imaginario individual está compuesto, en pri- mer lugar, por las percepciones inconscientes o, al menos incontroladas, que el individuo ha tenido del otro. Pero, ¿cómo influyen estas percepciones en el conocimiento del otro? Para poder contestar a esta pregunta, vamos a analizar dos momentos diferentes: cómo se forman nuestras percepciones y cómo las interpretamos.

Respecto al proceso cognitivo de la percepción, partimos de que el ser humano organiza y perci- be el ambiente de un modo que adquiere un sig- nificado siempre personal. En concreto, la forma de estructurar el mundo perceptivo no sólo depende de la fisiología de su sistema nervioso central, sino también de sus necesidades, valores, creencias y conceptos de uno mismo que acompa- ñan a la percepción de la realidad. J. L. Martorell (2000), siguiendo esta línea, insiste en el concepto de filtros con la metáfora de las gafas. Afirma así que, cuando las personas actúan con las gafas que sus filtros les imponen, no precisan que siempre les pasen cosas que confirmen sus suposiciones, sino que las propias gafas se encargan de selec- cionar las veces en que es así, darles una impor- tancia relevante y desvalorizar las otras

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. La per- sona vive así dando cumplimiento a una profecía autocumplida. En definitiva los filtros facilitan unas gafas para percibirse a sí mismo y a los demás de una determinada manera; una vez que se percibe de este modo, la conducta se ajusta a lo que se percibe y “prueba” nuestra percepción;

una y otra vez probada, la percepción se refuerza.

Particularmente problemático para la educación para la solidaridad, es que las percepciones de sí mismo y de los otros ligadas a los filtros son impermeables a la mera información. En conse- cuencia, para poder sostener estas creencias a pesar de que la información la contradiga, la rea- lidad se redefine. Redefinir la realidad es violen- tarla para que se ajuste a lo que yo necesito ver en ella. Las redefiniciones se captan con bastante claridad en el lenguaje: por ejemplo, las generali- zaciones excesivas o el detallismo extremo; maxi- mizar y minimizar, exagerar y banalizar, son meca- nismos redefinitorios.

El segundo momento de las percepciones es la interpretación que hacemos de las mismas. M.

Marroquín y A. Villa (1995) afirman que esta inter- pretación (con sus consiguientes alteraciones), se da en dos ámbitos: el ámbito del pensamiento y el ámbito del sentimiento.

En el primero de ellos, destacan la importancia de la intracomunicación, compuesta por el diálogo interno o frases internas, las imágenes que se agolpan en nuestra imaginación y el pensamiento automático, de muy difícil control, y que no son frases, “sino más bien palabras aisladas, o frag- mentos de frases, que surgen de pronto en nues- tro firmamento psíquico y que dejan unas secue- las emocionales, cuyo origen nos es muy dificil atribuir”. Por lo tanto, muchas de estas alteracio- nes o distorsiones referidas al ámbito del pensa- miento, no son fáciles de detectar, puesto que las hemos incorporado sólidamente desde nuestra infancia a nuestro sistema de creencias.

En el ámbito del sentimiento, el problema se hace más complicado por la extrema conexión existen- te entre pensamiento, sentimiento (emoción) y acción. El significado personal se constituye con muchos de esos pensamientos distorsionados por los fenómenos que acabamos de enumerar. Y, porque el diálogo interno muchas veces está basa- do en ideas irracionales, puede provocar senti- mientos o emociones objetivamente inadecuados.

Además de las percepciones, el imaginario indivi- dual está compuesto, en segundo lugar, por las experiencias personales que el individuo ha teni- do de los estímulos ambientales y, por consiguien- te, del otro. Todas esas experiencias conforman la memoria del individuo. Como dicha memoria, según explica John B. Best (2001:83-120), tiene la función de almacenar pero también de recodificar y establecer correspondencias, y como la percep- ción y sus distorsiones influyen en la frecuencia y, sobre todo, en las valoraciones que un individuo hace de sus experiencias, será importantísimo diferenciar experiencias que propician el encuen- tro frente a experiencias que conducen al desen- cuentro, conceptos ambos que vamos a definir un poco más adelante.

3Este fenómeno hace que la percepción influya incluso en las experiencias que uno tiene, como veremos más tarde.

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El imaginario social.

Sin embargo, el imaginario de una persona no se constituye únicamente por su dimensión indivi- dual, sino también con las constantes influencias del imaginario social, es decir por las mitificacio- nes sociales, idealizaciones y demonizaciones que hacemos respecto a otros grupos sociales. Este imaginario social es de una extraordinaria resis- tencia (lo que hace muy difícil su transformación) y refleja nuestros miedos ante lo distinto.

En el imaginario social tienen mucho que decir los agentes socializadores principales (la familia, la escuela, los medios de comunicación, el grupo de pares, el lenguaje ...)

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también transmiten valores – y contravalores – fundamentales en nuestra manera de percibir a los demás. De ellos aprende- mos a seleccionar y manipular los datos que luego simbolizamos configurando la imagen que nos lle- va a actuar de una manera o de otra.

Atribución de una identidad diferenciada: expe- riencias de encuentro frente a experiencias de desencuentro.

La constitución de un imaginario conduce a atribuir al otro una identidad diferenciada a través de dos tipos de experiencias distintos: experiencias de desencuentro con el otro conducentes a la discrimi- nación (positiva o negativa) y experiencias de encuentro dirigidas a la solidaridad y la convivencia.

Para describir estas experiencias de desencuentro vamos a utilizar las reflexiones del Colectivo Ama- ni (1994:65-78). Como bien dicen, la pertenencia a un determinado grupo nos hace percibir de forma diferente a las personas que lo constituyen y a las ajenas a éste. Esta forma de percibir viene marca- da, en primer lugar, por la identidad social, que adquirimos por comparación y diferenciación. Sin embargo, la percepción de esa identidad social puede estar marcada desde el principio por una serie de fenómenos muy importantes. Por ejem- plo, en situaciones de conflicto entre grupos, siempre se produce un favoritismo endogrupal, al que acompaña también una acentuación de las diferencias intergrupales y de las semejanzas intragrupales. Una forma de favorecer a nuestro

grupo es desfavorecer al otro, y para ello los gru- pos no sólo tienden al favoritismo endogrupal sino a homogeneizar al exogrupo, es decir a desindividualizar a sus miembros. Todos estos fenómenos producen un mismo efecto: valoramos más positivamente a nuestro grupo, lo vemos más cohesionado y más variado que otros grupos, a los que vemos muy diferentes a nosotros y muy homogéneos entre sí (estereotipados).

Cuando se producen estos fenómenos, nos encon- tramos ante una experiencia de percepción sin matices o experiencia de desencuentro con la ima- gen del otro motivada por el conflicto social o por la presentación de un otro disminuido. Entonces, la percepción se puebla de estereotipos a los que se puede definir como (en Colectivo Amani;

1994:65-78):

“Rasgos que se atribuyen a un grupo.

Imagen mental simplificada de los miem- bros de un grupo compartida socialmente.

Creencias que atribuyen características a los miembros de un grupo.”

Sus principales características son las siguientes:

Son muy resistentes al cambio. Se mantienen aún cuando existe evidencia en contra.

Simplifican la realidad.

Generalizan.

Completan la información cuando ésta es ambigua.

Orientan las expectativas.

Se recuerda con más facilidad la información que es congruente con el estereotipo.”

Pero, junto a los estereotipos, la persona activa una serie de preconceptos o ideas irracionales o, por lo menos, todavía no reflexionadas, fruto de una especie de pensamiento automático no reflexivo.

Con los preconceptos y los estereotipos va confor- mando un prejuicio. Los prejuicios (en Colectivo Amani; 1994:65-78), que introducen los elementos de emoción y acción, son “un juicio previo no comprobado, de carácter favorable o desfavora-

4Se puede obtener una información más profunda sobre los agentes socializadores en A. Giddens (1991:109-112).

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ble, acerca de un individuo o de un grupo, ten- dente a la acción en un sentido congruente”. Tie- nen, por tanto, un componente cognitivo (lo que pienso o preconcepto), otro emocional (lo que siento) y otro conativo (cómo actúo). A1 igual que los estereotipos, pueden ser positivos y negativos y atribuirse a un individuo o a un grupo.

Los prejuicios, por último, conducen a la discrimi- nación (positiva o negativa), que es un comporta- miento de hostilidad hacia otras personas. Como describe el Colectivo Amani (1994:65-78), puede ser directa (a través de agresiones físicas o verba- les), o bien indirecta, que es lo mas frecuente (a través de la legislación, el lenguaje, el currículum oculto, las actitudes etc.).

Las experiencias de encuentro con el otro, en cambio, requieren una relación de igualdad entre seres, entre individuos cuanto más individualiza- dos mejor (importancia y valor del nombre pro- pio). Además, precisa de percepciones empáticas.

La empatía la podemos definir (Castilla del Pino;

2000: 343) como “1. Capacidad de contacto. 2.

Sentimiento de gozo que se experimenta en la propia actividad relacional con un objeto al que aceptamos. Empatizamos cuando nos sentimos a

gusto con un objeto y en las relaciones que esta- blecemos con él. Empatizamos con alguien en vir- tud de nuestra coincidencia en gustos, ideología, sentimientos estéticos o éticos. Pero de ello no se deriva simpatía con aquel con quien empatiza- mos, del mismo modo que muchas personas con las que simpatizamos no empatizamos”.

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A la percepción empática, hay que añadir la defensa de conceptos asertivos. Olga Castanyer (1999) define la asertividad como: “Capacidad de autoafirmar los propios derechos, sin dejarse manipular y sin manipular a los demás”. Implica unos patrones de pensamiento, una respuesta emocional y sentimental definida y un comporta- miento externo.”

Todo ello nos conduce a una cultura de la solida- ridad donde se cultiva el sentimiento para percibir la realidad y poder convivir con ella. Y esta convi- vencia sólo se asegura si el encuentro es un acer- camiento antropológico entre iguales, empático y asertivo.

A modo de conclusión, exponemos en el esquema que figura a continuación el proceso del conoci- miento perceptual ”del otro”.

5H. Hamelius y S. Faine (1995) abordan los factores que favorecen e impiden la comunicación empática.