Y LA INVERSIÓN DE TRABAJO
opciones que ofrece esta Comunidad Autónoma (Mon- fort 2000). Además, los cada vez más frecuentes pro- yectos de arqueología experimental están permitien- do obtener una información de primera mano sobre procesos postdeposicionales y tecnológicos. En este sentido, se están realizando actividades en el yacimiento de Plaza de Moros en Villatobas, Toledo, en relación con la reproducción de los adobes con arcilla local e intentando imitar los recuperados en el propio yaci- miento, además de contar con un taller cerámico que también se centra en la reproducción de las piezas que se encuentran en Plaza de Moros (Urbina! Urquijo 2002 y comunicación personal). Así mismo, el Taller de Arqueología Experimental de Ronda viene realizando desde 1984 una importante actividad investigadora de reproducción de la tecnología usada por los grupos del pasado, con la finalidad de corroborar las hipótesis de trabajo de los investigadores acerca de cómo se desa- rrollaban las prácticas artesanales del pasado (Garri- do, Moreno y Padial 1995).
Por último, la creación de empresas dedicadas a la reproducción de piezas arqueológicas y a la etnoar- queología, como el Arqueódromo de Zaragoza o la Itálica Collection en Sevilla, vienen a reforzar el co- nocimiento sobre las tecnologías del pasado y su di- fusión a la sociedad.
Toda esta labor apenas ha tenido reflejo en publi- caciones y mucho menos en su inclusión sistemática en los estudios científicos, que prescinden de una parte relevante de la información disponible. Nuestra pers- pectiva de investigadores nos hace perder muchas veces de vista la parte práctica de los procesos que estudia- mos, quedándonos en el análisis y descripción de las piezas que recuperamos en las excavaciones, sin te- ner en cuenta la fase de realización de las mismas y sobre todo las manos y la forma de pensar de los artesanos que las realizaron. Es cierto que no pode- mos acceder directamente a esa información, pero sí podemos acercamos a ella a través de artesanos ac- tuales que utilizan técnicas muy similares a las del pasado, intentando salvar en algunos casos o siendo conscientes de las limitaciones en otros, los numero- sos problemas técnicos derivados del paso del tiempo y de la introducción de nuevas tecnologías y mentali- dades.
Las bases teóricas para cuantificar el gasto de ener- gía invertido en el ritual funerario como forma de establecer la jerarquía social de un grupo, surge en los años 1970, dentro del marco de la Arqueología de la Muerte, de la mano de autores tan consagrados como Binford (1971) y Tainter (1978). En la década de 1990 estas ideas se aplican a yacimientos españoles como Segóbriga o Bibracte (Almagro Gorbea 1997). Recien- temente, Abrams y Bolland (1999) de la Universidad de Ohio, han aplicado las ideas del gasto de energía a la arquitectura antigua, utilizando como ejemplo un palacio del yacimiento Maya de Copán en Honduras.
En su estudio, las construcciones se traducen en es-
timaciones de tiempo empleado en su fabricación, pre- tendiendo profundizar en la organización del trabajo y en la estructura económica dentro de un proyecto de construcción en un contexto arqueológico, utilizando conceptos modernos de gestión del trabajo. A pesar de que se ha intentado dar cabida a estos planteamien- tos en algunos trabajos sobre el mundo funerario ibé- rico, nunca se ha abordado desde un punto de vista etnográfico, intentando establecer un baremo objetivo real que sirva de referencia para comparar las horas de trabajo invertidas en la elaboración tanto de las es- tructuras funerarias como de los ajuares depositados en las tumbas, si bien se han establecido intuitivamente criterios de valoración de objetos y tipos de sepultu- ras considerando la escasez del material utilizado para su fabricación, la dificultad de obtención de la pieza y el trabajo empleado en su elaboración (Quesada
198%, Chapa y Pereira 1991a, Chapa et al. 1998).
Aunque la consideración de estos aspectos es relevante, ésta se hace desde una perspectiva actual basada en la intuición de los investigadores sobre la importan- cia de los objetos en la vida cotidiana de estas po- blaciones.
Con el fin de intentar establecer un baremo obje- tivo de gasto de energía invertida en la elaboración de tumbas y ajuares, analizaremos las técnicas tradi- cionales de trabajo de la cantería y el adobe para las estructuras funerarias y las de la metalurgia y la alfa- rería para las de los ajuares. Mediante la entrevista directa con artesanos actuales que todavía utilizan estas técnicas de manera artesanal tradicional, hemos pro- curado establecer las horas de trabajo necesarias para la elaboración de cada tipo de objeto. Con todo ello, se obtiene un criterio de valoración comparativo y perfectamente objetivo que permitirá ser aplicado a la necrópolis que centra nuestro estudio y por ende, al resto de los contextos funerarios ibéricos.
6.1. LAS ESTRUCTURAS
El tipo de estructura funeraria característico de la necrópolis de Pozo Moro y de muchos otros cemen- terios ibéricos del Sureste de la Península Ibérica es el túmulo de piedra y/o adobe, rectangular o cuadran- gular (Almagro Gorbea 1983a, Blánquez 1990a). Un caso excepcional lo representa el Monumento turrifor- me, que consideraremos aparte dada la complejidad del programa arquitectónico.
Nos centraremos, en primer lugar, en los procedi- mientos de trabajo de la cantería tradicional, desde la extracción de la roca de la cantera hasta la colocación de la piedra en su lugar de destino, para después intentar establecer el tiempo invertido en la cons- trucción de estos túmulos. Un proceso similar segui- remos con las estructuras de adobe, desde la extrac- ción del barro a la fabricación de los adobes y su colocación.
Cantería
A) La extracción de la piedra y la construcción del Monumento turrfor,ne
Para analizar el proceso constructivo y la inversión de trabajo necesaria para la realización de las estruc- turas funerarias en piedra caliza arenisca documenta- das en la necrópolis de Pozo Moro hay que tener en cuenta las distintas fases del trabajo, desde la extrac- ción de la piedra en la cantera, el desbastado y eje- cución de los sillares y el traslado y montaje en el lugar definitivo.
La fase inicial de extracción de la piedra apenas está documentada en época ibérica, pero contamos con abundante información de época romana y de la can- tería tradicional que aún se realiza en escuelas taller.
En ella nos apoyamos para documentar la fase de extracción.
Para el abastecimiento de materia prima, el arte- sano ibérico acude a fuentes locales de calizas areniscas que son piedras blandas de talla fácil. La cantera de Pozo Moro estaría próxima al yacimiento, ya que existen afloramientos de este tipo de roca en los alre- dedores.
En el cortado inicial de los bloques debieron usarse punteros o escoplos metálicos y cuñas de madera o metal golpeadas con mazas, alcotanas o macetas ro- bustas que permitieran abrir brechas en la piedra apro- vechando sus grietas naturales para, finalmente, des- gajar con palancas los bloques obtenidos. En la cantería tradicional, en vías de desaparición como consecuen- cia de la mecanización, se sigue el mismo sistema de extracción utilizando cuñas, punteros o cinceles, gol- peados con grandes martillos (VV.AA. 1993). A con- tinuación se procedería al traslado de los bloques al lugar de trabajo, aunque no descartamos que en ciertas ocasiones pudieran tallarse in situ, en cuyo caso se comprobaría previamente la calidad de los bloques, golpeando con una maceta el centro de la pieza y colocando la mano libre abierta sobre la losa. Si la piedra está sana emite hondas de sonido claras y eco al ser golpeada, mientras que el mate- rial imperfecto produce un sonido sordo y sin reso- nancia, lo que obliga a desechar la pieza (VV.AA.
1993).
Tras el cortado de los bloques en diversos tama- ños en función de las necesidades, se procede al des- bastado. Para ello, se utilizan cinceles de boca ancha que se golpean con macetas o martillos para alisar las caras del sillar. En el caso de que existiera un pro- grama escultórico, se desarrollaría un diseño previo a veces mediante el dibujo en el bloque de un boceto a tiza, como el documentado en el relieve del jabalí bifronte de Pozo Moro (Negueruela 1992) o median- te incisiones suaves realizadas con un punzón como en la estela funeraria de la Serrada, Castellón (Izquierdo y Arasa 1998), la Dama oferente del Cerro de los Santos
o la cabeza del aristócrata a caballo de Los Villares (Blánquez y Roldán 1994: 79). A continuación se procedería a la labra definitiva de la pieza, que en algunos tramos no coincide con el dibujo inciso, per - mitiendo su observación.
En este tipo de piedras blandas, el diseño preela- borado se traslada sobre la superficie plana de un bloque mediante dos técnicas, el relieve plano o semiplano y el altorrelieve.
Pla Ballester en su artículo sobre instrumentos de trabajo ibéricos en la región Valenciana (Pla 1968) constató un alto grado de especialización instrumen- tal en contextos del siglo iv a.C. de poblados como La Bastida de les Alcuses y Covalta. Este autor iden- tificó instrumentos utilizados para la talla de los blo- ques, entre ellos cuñas, macetas, cinceles, punteros, taladros, escoplos, barrenas, alcotanas grandes, pico- dolobre y compás.
La fase final de realización de las piezas arquitec- tónicas incluye el alisado yio pulido de las superficies, mediante limas o abrasivos minerales en polvo (Ne- gueruela 1992), utilizándose también el agua como elemento que hace bajar la alta temperatura alcanza- da por las herramientas durante el proceso de traba- jo. Los bloques arquitectónicos presentan sus caras no
visibles desbastadas y apenas alisadas, mientras las caras laterales se alisan y pulen con mayor cuidado. En último lugar se procedería al policromado, en caso de que la pieza lo llevara. El color refuerza el impacto de las masas y los volúmenes de los elementos monumenta- les y es portador de una importante carga expresiva y simbólica en las sociedades antiguas (Blánquez 1993b). La gama de colores documentados en contextos funerarios ibéricos es reducida, fundamentalmente se ha documentado el rojo y en menor medida el azul, el negro y el marrón-ocre. El color rojo en las sociedades del pasado simboliza la fuerza de la vida y en el contexto funerario su continuación tras la muerte (Izquierdo 2000). En este sentido se han documentado en contextos del siglo iv a.C. res- tos de enlucidos rojos en numerosas tumbas de Castellones de Céal (Chapa et al. 1998) y en algu- nas de las estructuras de Palomar del Pintado en To- ledo (Pereira, comunicación personal). Con cronolo- gías más antiguas, coincidiendo con los monumentos funerarios y conjuntos escultóricos de finales del si- glo VI y sobre todo del siglo y a.C., el color rojo tam- bién aparece en algunas comisas de la necrópolis de Cabezo Lucero (Aranegui et al. 1993), así como en un capitel de los Villares de Andújar (Moreno-Alme- nara 1994). Este mismo color se utiliza en el suelo de preparación del túmulo principesco 5174 de Pozo Moro.
El ensamblaje y montaje final del monumento podía haberse hecho in situ, y ese parece ser el caso del monumento de Pozo Moro, realizado según Almagro Gorbea por artesanos itinerantes procedentes del ám- bito oriental (Almagro Gorbea 1983b).