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La construcción de memorias y la acción performativa

Mucho se ha investigado sobre el valor terapéutico del lenguaje; de hecho, la mayoría de las estrategias relacionadas con la generación de la memoria alrededor del conflicto se basan en las narrativas y en las historias de vida como principal fuente de reconstrucción de los hechos . No obstante, el espacio que estas narrativas y relatos tienen es muy limitado . En la academia y en la investigación social la propagación de las memorias de la guerra se vuelve una estrategia común, pero, pese a los esfuerzos de divulgación, es poca la circu- lación que estas expresiones tienen en el grueso de la sociedad . Últimamente, uno de los documentos que ha logrado tener un gran impacto en los imagina- rios comunes ha sido el documental: “El testigo” (Abad, 2018) es una muestra fotográfica que le ha dado la vuelta al país contando a través de imágenes en las que se reproduce caos, muerte, desolación y muchos otros sentimientos, cómo puede surgir la esperanza en medio de la guerra . Esta, junto a otras iniciativas de carácter artístico y estético, como las exposiciones de Doris Salcedo o los trabajos de performance realizados con las madres de Soacha, han logrado calar en algunos con una comprensión cultural profunda de los rezagos de la guerra .

Estas acciones que, en el marco de mi trabajo doctoral9 denominó accio- nes performativas con un alcance político, pueden resultar interesantes para entender cómo más allá de la formación de comportamientos, conductas y habilidades ciudadanas, es posible generar una reflexividad frente a la manera como el conflicto atraviesa nuestra idea de lo político . Dichas acciones, es- pecialmente las realizadas por las madres de Soacha Mafapo, al igual que las estructuras del desacuerdo planteadas por Quintana (2015), surgen de la ca- rencia, la vulneración y la injusticia, y se establecen como reclamaciones ante aquello que el derecho o el aparataje jurídico no alcanza a resolver . No solo buscan hacer denuncias y reclamaciones, sino que tienen un alcance pedagógi- co al querer transmitir situaciones de dolor a través de lo creativo . Podríamos afirmar que a partir de una vivencia real, buscan ampliar los sentidos respecto a la reconciliación y configurar espacios para el reconocimiento de las historias de la guerra .

La alusión al carácter performativo de estas acciones se da en dos sentidos:

tanto desde los abordajes del performance artístico, en clave política y de lo performativo, como categoría antropológica, lingüística y que últimamente es trabajada desde la filosofía política de Judith Butler . El primer sentido propone identificar cómo, desde el performance, la representación de ciertas acciones estéticas y chocantes se exponen ante los otros como formas de “aparecer”, irrumpir en lo cotidiano, romper con los imaginarios del espacio público e in- terpelar comunicativamente desde las resonancias del cuerpo (lo que el cuerpo expone ante los otros) . Es de resaltar que, sobre todo en América Latina el per- formance político ha buscado denunciar hechos de violencia donde confluyen múltiples variables de la vulneración: el desconocimiento de los derechos, las pugnas de poderes e incluso las formas de negligencia del Estado .

El segundo sentido se propone como un lente analítico desde el cual dichas acciones, o las situaciones que las producen, puedan ser leídas no como uni- versalizables sino como pequeños marcos en los que los individuos represen- tan ciertos roles, (que en otros escenarios tienden a variar) (Goffman, 2001) . En todo caso, tal y como se sigue de Goffman (2001), los individuos actúan respecto a esas situaciones desde prácticas culturales que están mediadas por la ritualidad, la repetición y el juego . Dichas prácticas, por su carácter simbó- lico, hablan de que las identidades de los sujetos no son fijas, sino que varían de acuerdo con las formas en que se enfrentan a ese drama social . Esta idea de la sociedad como drama social es desarrollada por Turner (1987) quien argumenta que a diferencia de lo establecido por el funcionalismo o el estruc- turalismo, el sistema social está contenido de procesos más bien libres, dis- crepantes y conflictivos, en el que pese a que algunos elementos pueden estar

9 Trabajo realizado en el marco del Doctorado en Ciencias sociales, niñez y juventud, denominado:

“acción política performativa y pedagogía en la calle” .

moldeados, se encuentran representados por reglas de la costumbre que suelen ser incompatibles entre sí (p . 03) . El drama social responde a unidades del proceso armónico o desarmónico que surgen del conflicto entre la predeter- minación de la norma y la acción libre del sujeto .

En conexión con lo anterior, el sociólogo Jeffry Alexander (2016) reconoce que en una acción performativa confluyen formas de la creación y la identifi- cación . Estas adquieren relevancia cuando la abstracción de un suceso cultural adquiere plausibilidad y verosimilitud, a través de una representación e impac- ta en los espectadores mediante la vinculación y la persuasión . Tales desplaza- mientos dan cuenta de diferentes formas de aproximarse a la realidad, a una práctica o una acción, pues hablan de su arbitrariedad, de posibles cuestiona- mientos a lo representado y de elementos multirreferenciales propios de su uso (códigos, gestos, señales, imágenes, etc) . De esto se sigue que lo performativo, en clave política, puede generar procesos reivindicativos y aperturas hacia la participación y la democracia .

Para Butler (2011), desde una crítica al pensamiento feminista, lo perfor- mativo atiende inicialmente a dos dimensiones: la lingüística y la teatral (p . 31) . Es así como su ejecución remite tanto a lo enunciativo como a la acción y a lo contextual, lo histórico y lo corporal . Su inserción en las discusiones postestructuralistas profundiza en la idea de que la sociedad está constituida discursivamente y que su constitución no se limita a una serie de efectos orde- nados -como los sistemas estudiados por Arendt . Por el contrario, se descen- tra y disloca y su reinterpretación puede hacerse en clave de los regímenes de verdad, que son reproducibles, pero que también son susceptibles de fisura, de transformación . De ahí que las acciones performativas pueden situarse como correlato indiscutible a la manera en que el lenguaje guerrerista ha transitado y se ha incrustado en nuestra “cultura nacional” . Esta cultura, centrada en dos formas que Mejía (2011, párr .7) denomina la “parroquial”, la “súbdita”, propias de formas tradicionales del poder, y que superponen la visión de un líder a la de un pueblo que lo sigue, poniendo en juego artilugios discursivos en los que el honor, la venganza y la justicia (esta última como constructo divino) se ins- tituyen como una forma de exigir “castigar al enemigo” . Lastimosamente, estas derivas no logran recomponer de manera positiva ni las formas de acción, ni las estructuras políticas; por el contrario, profundizan la crisis haciendo que lo hegemónico continúe operando en el poder como regente legítimo, sin que junto a él emerjan otras comprensiones cotidianas de las relaciones sociales (Butler, 2010) .

En consecuencia, velar porque el lenguaje del dolor y sus diferentes mani- festaciones logren integrarse como nuevas tramas de significados y, por ende,

“se adecuen a escenarios para la reconstrucción de sentidos frente a la acción política después de la guerra; hace del ejercicio de transición no una mera dili-

gencia hacia la paz, sino una vía que permite transformar a la vez los procesos democráticos, articulando tanto una visión representativa como una partici- pativa” (De Sousa, 2017, p . 278) . Esto implicará, necesariamente, un camino para que la democracia tenga su florecimiento en las relaciones sociales coti- dianas, pues desde allí nuevos horizontes conceptuales pueden ser abiertos a prácticas que, por no estar únicamente concitadas a la legalidad pueden resul- tar para la comprensión de la cultura, anómalas o subversivas (Butler, 2010) . Esto último porque, como lo sostiene Quintana, (2014) “en Colombia ciertos movimientos populares deben aludir a producciones discursivas que ponen en cuestión determinadas acciones políticas con el fin de anteponer otras que se ajustan más a sus luchas y necesidades” (p . 72) .

Acentuar en estas vías derivativas de la acción social y de la asociación popular es ineludible por cuanto, como se quiso ilustrar inicialmente, la idea de los derechos humanos como mandatos inalienables en muchas situacio- nes reales, se desdibuja, tanto en las confrontaciones como en las formas de exigibilidad legal . Es por eso que, con el fin de cumplir con un ejercicio de transición, a quienes sufren la vulneración no les queda otro camino que remi- tirse a órdenes y prácticas discursivas que interpelan y ponen en cuestión los marcos interpretativos en los que se han pensado los derechos . Allí es donde resulta indispensable centrar la mirada en quienes son los encargados de hacer circular los relatos de la guerra y las narrativas del dolor . Los medios de comu- nicación son entonces los llamados a cuestionarse sobre el papel que ocupan en la sociedad y especialmente en cómo apoyan pedagógicamente el proceso de transición, dejando a un lado sus intereses particulares y el trasfondo ideo- lógico en el que se mueven, pues su influencia es determinante en la configu- ración de los imaginarios sociales frente al posacuerdo y consecuente frente a la consolidación de una cultura política . Al respecto, Krotz (s .f .) reconoce que la cultura política tiene una adherencia a los universos simbólicos asociados a las estructuras del poder y una pluralidad en términos de la variedad de posiciones que puede haber en una población (p . 45), de tal manera que los lentes y principalmente los marcos10(Butler, 2010) con los que se construyen y transmiten los relatos en los medios de mayor difusión son determinantes en las formas de reconocimiento de las víctimas y en los modos de interpretar el cierre de la guerra .

Lamentablemente, Colombia ha tenido entre sus principales constructores de opinión a unos medios mayoritarios, quienes, por décadas han deformado a su antojo la imagen de la guerra y de sus actores . Pese a la gran fuerza que aún conservan estos medios, existen otros que desde la independencia y las alternativas les hacen contrapeso a los formatos tradicionales, ofreciendo en televisión franjas de documentales y programas especializados en el tema de

10 El concepto de marco es trabajado por Judith Butler en su texto Marcos de guerra . Las vidas lloradas .

conflicto, y en los medios digitales, portales políticos en los que noticias co- yunturales son presentadas desde perspectivas más imparciales . Dicha inter- mediación cobra gran relevancia si, tal y como lo menciona De Soussa (2017),

“el tránsito hacia el posconflicto en Colombia requiere de una reforma a los medios de comunicación de modo que garanticen la mayor democratización de la opinión pública y la no criminalización de la protesta política, en otros”

(p . 279) .

Con esto último se abre una oportunidad a lo que se ha considerado como el periodismo de paz . Una categoría que sobrepone la imagen de un periodis- mo centrado en la mera transmisión de la información a un periodismo en el que el análisis político va más allá del sesgo ideológico . Dicha claridad es importante ad portas del tránsito que hace Colombia en el presente . La cons- trucción de las noticias, respecto al conflicto e inclusive respecto al proceso de paz, acentuaron la oposición entre dos bandos, dejando en la memoria de las audiencias álgidas representaciones entre lo bueno y lo malo, y, por tanto, pocas reflexiones frente a las causas estructurales del conflicto y a la necesidad de perdonar . Con lo anterior, es menester reconocer, como lo hacen Espinar y Hernández (2012), “la importancia de los medios de comunicación en los conflictos, dado que su papel cobra un sentido fuertemente transformador al no situarse como simples observadores sino como parte del contexto social en el que se mueven, y por tanto, como motivadores de cambios sociales” (p .175) . Por consiguiente, en Colombia, los cambios necesarios para superar el y los conflictos aguardan por unas lecciones que nos lleven a repensar la transición como un ejercicio de resarcimiento político, a entender el conflicto como un lugar determinante de las relaciones humanas y a reconocer el valor del y los lenguajes en sus múltiples dimensiones, como eje articulador de la vida y de una cultura política flexible .