Es frecuente que, al mencionar la carta programática de Pablo VI, a muchos les brote inmediatamente el recordarla como la “encíclica del diálogo”. Se trata, por cierto, de algo natural, ya que, como hemos apuntado hace un momento, el capítulo dedicado a este tema es, notoriamente, el más extenso del documento163. Es asimismo —y ahí está parte de la explicación— el que más atención recibió por ser también, en opinión de varios, el más original y el menos abstracto, el más accesible al público y el que más orientaciones de carácter pastoral y práctico ofrece164.
Aquí nos encontramos, sin embargo, nuevamente ante una paradoja: lo que ha hecho más conocida a la encíclica —el diálogo— es también lo que la ha hecho más desconocida, menos comprendida, y, en algunos casos, incluso hasta ha llegado a deformar su mensaje. No es que este sobrenombre con el que usualmente se le conoce y se le recuerda sea falso, ni mucho menos, pero como sucede algunas veces con los apelativos, éstos se fijan en un solo aspecto del objeto al que califican, magnificándolo, y por ello no suelen hacer justicia al conjunto de lo nombrado. En el caso de la Ecclesiam Suam, es sin duda la “encíclica del diálogo”, pero también es —y quizá con mayor razón, o en todo caso antes— la “encíclica de la conciencia” y la “encíclica de la renovación”, pasos previos e irrenunciables, como hemos explicado, a cualquier coloquio que la Iglesia quiera entablar con el mundo. Nótese que, a la hora de anunciar la próxima aparición de su texto programático, el propio Pontífice señala que
«podríamos quizá titular esta encíclica: “Los tres caminos de la Iglesia”»165, y no “La encíclica del diálogo”. El excesivo acento que se ha puesto en la atención, el estudio y
163 Cuenta con 58 numerales, mientras el primer capítulo tiene sólo 23, y el segundo, 18.
164 Así lo compendia la revista Ecclesia: «La tercera parte de la encíclica “Ecclesiam Suam” —centrada sobre el diálogo— es, evidentemente, la más original y la que contiene más concreciones para el orden práctico» («Diálogo», editorial de Ecclesia, 29/8/1964, 4). En línea semejante, aunque en nuestra opinión desenfocada, se expresa L’Action Populaire: «La tercera parte, la más extensa, es también la más novedosa y la más importante por sus consecuencias prácticas y por la actitud decididamente prospectiva» (L’ACTION POPULAIRE, en PAUL VI, Encyclique Ecclesiam Suam, 21). Y, deteniéndose en su novedad, el quincenario Criterio subraya: «Nunca hasta ahora, que sepamos, la enseñanza pontificia había intentado sintetizar las relaciones entre la Iglesia y el mundo, la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo, bajo el esquema del diálogo» («La Iglesia en el mundo. La encíclica de Pablo VI», editorial de Criterio 37 [1964], 607).
165 PABLO VI, Audiencia general, 5/8/1964.
los comentarios al tercer capítulo de la carta, en cambio, ha terminado en muchos casos por desfigurarla, opacando —o inclusive haciendo olvidar— los dos primeros que el Santo Padre quiso situar explícitamente como condición previa y antecedente a toda misión eclesial166. Y es que, como desde antiguo es evidente, operari sequitur esse167.
A esto se añade otra consideración que se retroalimenta con el problema anterior: el medio cultural en el que vivimos. Existe hoy en día —que tanto se insiste en lo
“políticamente correcto” y en la “tolerancia”, que se quiere imponer la “dictadura del relativismo” y el “pensamiento débil”— una visión del diálogo que casi lo condena a no ser más que “palabra vacía”, “voz líquida”, que va acomodándose de acuerdo a las circunstancias y a las veleidades de los oyentes —aunque en realidad, en muchos casos, ya no hay ni oyentes, pues no se da un auténtico diálogo, sino dos (o más) monólogos—.
Más que de un coloquio se trata tan sólo de exposiciones de ideas, todas ellas igualmente válidas e igualmente relativas, sin ningún sustento más allá de la opinión variable o la preferencia de quien las pronuncia.
De este contexto enrarecido brota una postura equivocada según la cual, para dialogar, es preciso “amortiguar”, “suavizar” las convicciones personales, relegarlas a un segundo plano, diluirlas168. El diálogo adquiere entonces categoría de “mito”, se convierte en criterio absoluto a partir del cual se valora toda la realidad, desde el que se juzga la propia identidad e incluso la verdad —¡y no al revés!—, desestimando como intolerante y falsa de antemano toda afirmación fuerte, toda convicción profunda, todo rasgo propio que pueda “incomodar” a los demás. Nada más alejado de la propuesta del
«diálogo de salvación» que plantea Pablo VI en la Ecclesiam Suam. Como hacíamos
166 En ese sentido no coincidimos ni con la revista Criterio cuando opina que «la clave de la encíclica está en la tercera parte: El diálogo. Todo lo demás se ordena a esto» («La Iglesia en el mundo. La encíclica de Pablo VI», editorial de Criterio 37 [1964], 605), ni con Pedro Rodríguez cuando afirma que «esta tercera parte de la Ecclesiam suam es la intentio de toda la encíclica» (P.RODRÍGUEZ, «De la encíclica
“Ecclesiam Suam” a la Constitución “Lumen gentium”», en La Iglesia: misterio y misión, 31). Y ello, además de por las razones que exponemos en este texto, por lo que subrayó el mismo Pablo VI días antes de su publicación, en la que puede ser considerada como su presentación: la Ecclesiam Suam,
«se riguarda di preferenza la “Ecclesia ad intra” non ignora la “Ecclesia ad extra”» (PABLO VI, Audiencia general, 5/8/1964). Como puede verse, la intentio del Santo Padre es justamente la contraria.
167 Como hacen notar Giovanni Ancona y Rosa Di Fonzo: «La mayor amplitud de la última sección del documento no puede inducir a ignorar que, objetivamente y sobre todo lógicamente, “el diálogo se encuentra en el tercer lugar. Es una deducción metodológica y pastoral de dos premisas espirituales y morales: la conciencia, la renovación”» (G. ANCONA – R. DI FONZO, «Il “dialogo” nella lettera enciclica “Ecclesiam Suam”», RiScR 2 [1990], 524). Agustín de Asís, por su parte, testimonia que el tercer capítulo de la encíclica «me consta que ha deslumbrado a muchos observadores de tal forma que no les ha permitido captar el profundo sentido y significado de la primera parte. […] Precisamente por ser eclesiológica, la tercera parte referida al diálogo de la Iglesia —que por otro lado debe entenderse por tal, según se dice en el propio documento, la evangelización— es consecuencia de las dos primeras y, sobre todo, de aquella en la que se preocupa fundamentalmente de la conciencia que la Iglesia debe tener de sí misma» (A. DE ASÍS, «Puntos de vista sobre la encíclica “Ecclesiam Suam”», Anales de la Cátedra Francisco Suárez 4 [1964], 5-6).
168 Existe, por cierto, también el peligro opuesto: la imposición, la coacción, la falta de respeto a la libertad de los demás, frente al que igualmente previene la encíclica (cf. ES 69).
notar líneas arriba, éste tiene como supuesto ineludible, como condición sine qua non, la conciencia de la identidad cristiana y el respeto a la verdad169.
Nos encontramos frente a lo que podríamos denominar la “ideología del diálogo”, perspectiva que olvida que un diálogo auténtico y profundo me ha de llevar más bien a reforzar mi identidad, a enriquecerme, a crecer en “quién soy”; y esto no sólo por la dinámica propia del diálogo —dialogar me obliga, por ejemplo, a pensar, a dar razón de mí y de mis opciones—, sino también porque somos seres hechos para el encuentro, para vivir la dinámica de la apertura y de la entrega hacia el otro, y, en ese sentido, tanto al entregarme como al acoger lo que el otro me puede mostrar y aportar, crezco como persona, desarrollo mi humanidad. Esta “ideología del diálogo” desatiende también una verdad elemental, y es que nadie puede dar lo que no tiene. Para dialogar y darse es preciso primero conocerse y poseerse. Todo diálogo supone, además, la escucha, una escucha que ha de comenzar por uno mismo, por su mismidad, por la voz interior de su conciencia.
No ha sido éste, por cierto, un fenómeno exclusivo de los ámbitos profanos, sino que ha extendido su influjo sobre la vida de la Iglesia y sobre la mentalidad de sus hijos, trastocando —cuando no negando— su naturaleza y su misión evangelizadora, aquella que en la Evangelii nuntiandi el mismo Pablo VI designara como «la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda»170. Saliendo al paso de este grave peligro, Henri de Lubac, S.J., sentencia con particular nitidez y concisión: «Más que esta invitación al diálogo, es una invitación a realizar nuestra condición de
169 Así lo subraya el propio Pablo VI en su carta programática: «¿Hasta qué grado la Iglesia debe uniformarse con las circunstancias históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del peligro de un relativismo que lesione su fidelidad dogmática y moral? […] Nuestro diálogo no puede ser una debilidad respecto al compromiso que tenemos con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con un compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que deben cualificar nuestra profesión cristiana. El irenismo y el sincretismo son, en el fondo, formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la Palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es plenamente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol» (ES 80-81). Ya en 1948, dirigiéndose a un Congreso de Graduados Católicos, Mons. Montini señalaba con toda claridad:
«Come dobbiamo fare di fronte agli altri? Nessuna attenuazione della verità, nessun patteggiamento:
lealtà assoluta e completa, non esitare ad affermare la verità, a denunciare ciò che vi è di dottrinalmente, di ideologicamente sbagliato. Guai a chi patteggia su questo per avvicinarsi ai fratelli, tradirebbe la verità. Mentre invece occorre simpatizzare con gli altri con totale amicizia per costruire il bene comune» (G.B. Montini, «Meditazione», Coscienza 2 [1948], 2). Y unos años después, cuando era Arzobispo de Milán, advertía sobre el «peligro [que] consiste en confundir el diálogo con los indiferentes, los alejados y los adversarios, con la asimilación de su manera de pensar y de obrar. En este caso, no seríamos ya unos conquitadores, sino unos conquistados. El diálogo, método necesario para el apóstol, no debe cerrarse con una negación u olvido de nuestra verdad en beneficio del error o de la verdad parcial que en un principio se quería redimir. El equívoco sobre esta materia es tentador en nuestros días; podría restar fuerza a nuestra actuación, diluyéndola en un sincretismo híbrido de ideas y de métodos y podría acostumbrar al católico militante a un conformismo oportunista y servil.
La sal sin sabor no sirve para nada» (G.B.MONTINI, «Apostolado cristiano y universalidad de la redención de Cristo», 6/1/1960, en DPM, 154). Cf. también G.B.MONTINI, «La carità della Chiesa verso i lontani», 1958, en DsC, 52-53 y 58.
170 PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 8/12/1975, 14.
cristianos»171. La revista Criterio, por su parte, expone el problema con más detalle:
«No puede ni debe quedar ninguna duda de que la presencia de la Iglesia en el mundo no se hace convirtiéndose en mundo sino siendo más perfectamente Iglesia. La antinomia es sólo aparente: sólo si la Iglesia es la Iglesia de veras puede encarnarse en la realidad del mundo sin perder su sabor»172.
En otro artículo de la misma publicación Raimondo Spiazzi ofrece un principio —el cristológico— que debe guiar siempre tanto el diálogo como toda actividad de la Iglesia: «No fueron así los diálogos de Jesús con Nicodemo, con la Samaritana, con Zaqueo, Marta, Pedro y Tomás. Tampoco pueden ser así los diálogos de la Iglesia»173. Y Mons. Emilio Guano, Obispo de Livorno, hace una puntualización que conviene tener en cuenta: «Si bien el Papa aborda sobre todo el diálogo entre la Iglesia y los hombres, él subraya con insistencia que ante todo y sobre todo la Iglesia tiene que tejer y teje otro coloquio: el coloquio con Dios. “La religión es diálogo entre Dios y el hombre”. Éste es el fundamento de cada diálogo con el hombre, es su alma»174.
Para comprender la gravedad y la actualidad del problema que venimos describiendo basta mencionar los llamados de atención que ha debido hacer la Congregación para la Doctrina de la Fe con la publicación de la Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia —fechada justamente un 6 de agosto del año 2000— y de la Nota doctrinal acerca de algunos aspectos sobre la evangelización —más reciente, del 3 de diciembre de 2007—, amén de las numerosísimas llamadas de atención pontificias sobre el particular175.
Ha sido precisamente esta falseada entronización cultural y eclesial del diálogo —con el consecuente opacamiento de la identidad cristiana y la disolución de la misión apostólica de la Iglesia— lo que nos ha llevado, entre otras motivaciones, a emprender esta investigación sobre el capítulo I de la encíclica montiniana dedicado a la «conciencia»
de la Iglesia. A profundizar en este tema dedicaremos las siguientes páginas.
171 H. DE LUBAC, «Paul VI vu à travers “Ecclesiam Suam”», Choisir 65 (1965), 19.
172 «La Iglesia en el mundo. La encíclica de Pablo VI», editorial de Criterio 37 (1964), 606-607.
173 R.SPIAZZI, «La encíclica programática de Pablo VI», Criterio 38 (1965), 170.
174E.GUANO, «Premessa» a PAOLO VI, Lettera enciclica Ecclesiam Suam, 14.
175 Cf. supra, 1.3.
LA CONCIENCIA DE LA IGLESIA SOBRE SÍ MISMA EN LA ECCLESIAM SUAM