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La guerra que les tocó vivir a las gentes humildes

In document Homenaje a Alfonso Santamaría Conde (página 135-138)

FRANCISCANOS EN LA PROVINCIA DE ALBACETE

VIII. NOTICIAS DE OTROS CLAUSTROS

2. La guerra que les tocó vivir a las gentes humildes

Rodrigo Rubio ve en la guerra una de las prin- cipales causas de la despoblación de los pueblos españoles, por cuanto se llevó a muchos hombres jóvenes, gran parte de los cuales no regresaron ja- más. Ésta y otras razones son las que justifican su opinión respecto de la necesidad y la urgencia de recurrir a este tema, tanto en los años de la inme- diata posguerra como en las décadas posteriores:

En toda la novelística que vendría después de aquellos años cuarenta, la guerra, luego postguerra, estará presente en el ánimo de casi todos los escritores . Es un tema nuevo, un tema de urgencia. No existen publicacio- nes donde se pueda lanzar abiertamente el reportaje, la amplia información, como en otros países . Los escritores llevan esos temas al libro. No necesitan influencias para su te- mática, aunque en la mente de alguno esté Sin novedad en el frente, de Remarque, o luego Adiós a las armas, de Hemingway . El país, el ambiente que viven, les empuja a unos temas

ineludibles . De ahí, pues, que hasta los que empezaron -o empezamos- a escribir en los últimos años cincuenta, o ya en los sesenta, tuviésemos todavía motivaciones para que, en muchos de nuestros libros, la guerra civil, la dura postguerra, y todas las consecuencias derivadas de unos y otros años, viniesen a gol- pearnos, empujando a nuestra pluma para que vomitara palabras todavía necesarias26 .

En efecto, durante el tiempo que duró la guerra, en los pueblos apenas se respiraba otra cosa que no fuera tristeza y sufrimiento, porque, como le cuenta Ezequiel Ramales al periodista y escritor Lorenzo Collado, no había más que sombras, niños tristes en las calles y hombres viejos que habían despedido a sus hijos o nietos y que no sabían “cómo emplear el intranquilo tiempo de una larga espera27” .

En La tristeza también muere (1963), el pro- tagonista, José Miguel, recuerda los años de su ni- ñez, a la que él califica como “niñez rota, incom- pleta, allá en un pueblo huérfano de hombres”28, porque la guerra se los había llevado . Unos años, además, en los que no se podía rezar en público, sino a escondidas, porque, en caso contrario, las voces de quienes rezasen “podían quedar muertas para siempre” .

Y si, como vimos anteriormente, el viejo Ma- tías Valverde no hallaba respuestas a sus preguntas acerca de los porqués de la guerra, tampoco las en- contraba para explicar el comportamiento de su hija Narcisa, la cual, desde que sucedieron esos luctuo- sos acontecimientos, se solía encerrar en la cámara para leer novelas, con historias de gentes tristes y que se habían suicidado . Ni tampoco aceptaba el he- cho de que los del mando empezaran a hacer regis- tros y a exigir declaraciones y entregas forzosas de legumbres y cereales, que, al igual que el tabaco, se hallaban sometidos a intervención y racionamiento .

En La espera, Isabel también rememora algu- nos episodios de la guerra civil como, por ejemplo, las extorsiones que tuvieron que sufrir a cambio de evitar denuncias interesadas y partidistas, el em- bargo de algunas de sus propiedades, y la imposi- bilidad de impedir esa monstruosa guerra, a la que ella considera una fiera con una boca enorme que

25 Reflexiones. Confesiones antes de morir, págs . 19-20 .

26 Rubio, Rodrigo, Narrativa española, 1940-1970, 1970, págs . 62-63 . 27 Agonizante sol, pág . 232 .

28 Rubio, Rodrigo, La tristeza también muere, 1963, pág . 46 .

se alimentaba de hombres, como había sucedido con su hijo Jacinto .

Otro aspecto en el que Rodrigo Rubio pone especial énfasis es en la existencia del estraperlo, algo que fue muy habitual tanto en los pueblos como en las ciudades . Así, la protagonista de Equi- paje de amor para la tierra cuenta cómo, en varias ocasiones, acompañada de su hijo Juan, viajaba en tren desde Madrid a los pueblos de la Mancha en busca de harina para distribuirla por los mercados y por las tiendas . Otras, vendía las cajetillas de ta- baco que les correspondían en el racionamiento . Y, más tarde, llegó a formar parte de ese numeroso grupo de mujeres que se habían lanzado a comprar y vender productos intervenidos, forzadas, al igual que ella, por la circunstancia de tener esposos pre- sos o enfermos o por haberse quedado viudas .

Y, siempre, con el temor a ser descubierta por los agentes de la Fiscalía, los de la Brigadilla, y a que le quitaran el género que con tanto sacrificio había comprado, como le ocurrió en más de una ocasión . O con el temor a ser denunciada por algún vecino o por la señora Narcisa o el señor Anselmo, los porteros de la finca en la que vivía, porque esa posible denuncia podría complicar la situación de libertad de la que disfrutaba su marido .

En Álbum de posguerra, Janio recuerda cómo un día, en que él y su madre fueron sorprendidos en la estación del Norte practicando el estraperlo, apareció en escena un antiguo amigo de sus padres, Julio Císcar, el cual, tras haber colaborado con el Frente Popular, se había pasado al bando ganador y trabajaba en la Fiscalía de Tasas o en cualquier otro organismo oficial de los que vigilaban y de- nunciaban . A pesar de que este hombre les ayudó impidiendo que les requisasen la mercancía, en aquel momento la actitud de la madre, Sacra, fue muy dura con él, echándole en cara su condición de traidor y aprovechado:

-Eres un cochino chupón, por lo que veo . Quizá siempre lo fuiste, y el acercarte a noso- tros se debió a alguna conveniencia tuya . -Naturalmente -dijo, muy tranquilo- . Enton- ces me convenía ser de… -se detuvo, mirando al taxista, que estaba atento a la conversación-.

Me convenía ser de aquello, Sacra, como aho- ra me conviene ser de esto, ¿o es que pensaste

alguna vez que yo era un idealista idiota, como tantos de los que ya ni respiran?29

Pero, con el paso del tiempo, esta actitud de Sacra iría cambiando . Fue entonces cuando Julio le contó que su mujer y su hijo habían muerto durante un bombardeo y que, desde que eso pasó, a él ya todo le daba igual . Se trataba de vivir, procurando hacer el menor daño a los demás. Y, finalmente, se hicieron amigos y Sacra pudo continuar con el estraperlo, en compañía de Janio, con lo que las cosas fueron mejorando económicamente .

Poco después, cansada de hacer viajes, deci- dió dejar esa actividad y cogió, mediante traspaso, un puesto en el mercado, en donde vendía frutas y verduras, aunque, debajo del mostrador, tenía “los saquitos de harina, las botellas de aceite, las lente- jas, el arroz, el azúcar…”, con el miedo natural a los agentes que hacían ronda por el mercado con- trolando la venta de esa clase de productos someti- dos a racionamiento .

Otro asunto tratado por Rodrigo Rubio es el de las familias que se veían obligadas a abandonar las ciudades y refugiarse en los pueblos . A ello se refiere en el relato titulado “Los evacuados”, del li- bro Palabras muertas sobre el polvo, que está pro- tagonizado por un matrimonio que, junto con otras personas, habían llegado al pueblo en un día de primavera, tras haberse visto obligados a abando- nar sus casas y sus ciudades . Entre esos evacuados, destaca el narrador a Isabel y Leonardo, quienes habían tenido noticia de la desaparición de su úni- co hijo, a través de la carta de un capitán . Inmersos en un casi sempiterno silencio y en un ambiente extraño y hostil, ellos pensaban constantemente en su hijo, y paseaban cogidos del brazo, algo que re- sultaba muy extraño en el pueblo, en donde los ma- trimonios “nunca van del brazo, ni se dan la mano, aunque se quieran; al pasear, el uno va por aquí y la otra por ahí, a un metro de distancia”30 .

Este matrimonio fue objeto de las atenciones de toda la familia de Miguel, en particular de su hermana Jeromilla, a quien la mujer enseñó a hacer punto y a la que le regaló unos pendientes de oro, cuando llegó la hora de regresar a su casa .

El asunto de los evacuados reaparece en sus confesiones últimas . En ellas, cuenta Rodrigo que la llegada de aquellas personas impresionó mucho

29 Álbum de posguerra, pág . 81 .

30 Palabras muertas sobre el polvo, pág . 163 .

a los habitantes de Montalvos . Era gente llegada desde Madrid y desde Andalucía, sobre las que el escritor opina lo siguiente:

Los andaluces eran más bien muy pobres, gente de los campos, de todos los duros traba- jos, mientras que, entre las que llegaban de la capital de España, se encontraban personas de una clase media alta, incluso burguesa; gentes con algún señorío y cultura, aunque también llegaran tipos chulapones que, como algunos andaluces, nunca ayudaban en las casas que se vieron obligadas a acogerles . Ellos decían que no tenían obligación de realizar ninguna clase de trabajo, que nosotros, los del pueblo, sí teníamos la obligación de darles cobijo y alimentos31 .

Añade Rodrigo que aquellas personas tenían que estar en las casas de quienes se vieron obli- gados a acogerlos, a pesar de que no les gustara hacerlo . Al parecer, en Madrid y en Andalucía, el Socorro Rojo Internacional no podía ocuparse de tanta gente hambrienta y en peligro de ser aplas- tada por los ejércitos nacionalistas, que cada vez presionaban con más ahínco a las ciudades que re- sistían su asedio .

Y, para concluir con este asunto, va a relatar el caso concreto de un matrimonio de Madrid, pro- cedente del barrio de Salamanca, que se vio obli- gado a abandonar su hermoso piso y convivir una temporada en casa de la familia Rubio . Obviamen- te, se trata de la misma familia que protagonizaba el relato “Los evacuados”, al que nos hemos re- ferido más arriba . De ellos recuerda que hablaban frecuentemente del único hijo que habían tenido, médico como el padre, y que había muerto durante la guerra, en el frente del norte .

El hombre era una persona muy educada y bondadosa que gustaba de salir a darse un paseo por las afueras del pueblo a la caída de la tarde, hasta llegar a una era en donde había un olmo, bajo cuya sombra desplegaba una sillita de tijera y se sentaba a descansar y disfrutar de la lectura . Pero, como parece querer decirnos Rodrigo Rubio, per- sonas como ésta no encontraban la paz ni siquiera en un pequeño pueblo como Montalvos:

Al hombre le gustaba siempre decirles algo a los chiquillos, algunas palabras amables;

pero los chiquillos -del pueblo unos, de los evacuados otros- lo que hicieron un día fue correr a la era y subirse al olmo antes de que aquel educado señor -sin duda burgués- llega- ra . Y luego, cuando lo tenían debajo, sentado en su sillita de tijera y leyendo un libro, los chavales, tan asilvestrados, decidieron hacer sus necesidades desde arriba, para que toda la mierda le cayera al pacífico hombre encima, sobre su calva . Los chiquillos, luego, se des- colgaban del olmo y echaban a correr, riendo como locos . El hombre, terriblemente triste, y con aquella suciedad pestilente encima, se re- tiraba murmurando que no había derecho, que todo, desde lo más mínimo, era una terrible tragedia . Y así era, en verdad32 .

De la mujer, a la que también califica como una gran señora, recuerda que, cuando llegó la hora de regresar a aquella casa madrileña en la que ja- más podrían reencontrarse con su único hijo, hizo entrega a Pilar Rubio, la hermana de Rodrigo, de un regalo muy especial, unos pendientes de oro y coral, con un deseo también muy emotivo:

“Para que puedas lucirlos cuando algún día vuelva tu marido” . Eso le dijo la señora, que sabía, como todos, que Juan Andrés, el ma- rido de Pilar, oficial que había sido del ejér- cito republicano, estaba ahora detenido en un campo de concentración. No era extraño que, por todo, la gente de mi casa llorara33 .

Sobre la crudeza de la guerra, resulta muy esclarecedor el testimonio de Marcos, ese joven inconformista e intransigente que funciona como una especie de antagonista del sacerdote don Luis, a quien le escribe una carta en la que, entre otras cosas, le comenta lo que él hacía en la época de los bombardeos:

Antes, no mucho antes, habíamos ido mi hermana Eva y yo a recoger astillas de las casas hundidas por los bombardeos . A veces, agachados entre los escombros, nos sorprendía

31 Reflexiones. Confesiones antes de morir, pág . 71 . 32 Id ., pág . 72 .

33 Id ., pág . 72 .

la alarma . Corríamos . Una vez más nos sal- vábamos . Pero veíamos cuerpos destrozados, hombres y mujeres con astillas clavadas en la carne o a medio sepultar por los escombros . Corríamos a casa, despavoridos, llorando . Y en ocasiones, madre nos regañaba porque el encargo de traer astillas para el fuego no se había cumplido…34

Como es lógico, en el análisis que Rodrigo Rubio efectúa del tema de la guerra, no podía fal- tar la referencia a la existencia de muertos más o menos cercanos a los distintos protagonistas de sus novelas y cuentos .

Así, podemos ver el caso de Julia, la muchacha que, en la novela La feria (1968), hacía las veces de enfermera, tanto para curar a sus vecinos como para atender a moribundos y parturientas . La mu- chacha tenía un novio, Sebastián, el cual había sido dado por desaparecido en la guerra y, desde enton- ces, ella vestía ropas de luto y era conocida como La Viuda . De Julia algunas personas murmuraban que se entendía con el médico, don Anastasio, cuya mujer estaba enferma y apenas salía de su alcoba . Pero eso es algo que José niega con absoluta rotun- didad, porque de ella nunca se había podido decir nada malo en el pueblo .

En uno de los cuentos pertenecientes a las doce narraciones con el tema de la guerra al fondo de Palabras muertas sobre el polvo, el titulado “El abuelo Juan”, relata el momento de la llegada del telegrama con la noticia que empezó a debilitar la salud del abuelo: la muerte de su nieto José María . Y, aunque cada vez veía menos, se negaba a ir a un médico de la capital, porque allí, como en otras ocasiones anteriores, vería soldados por las calles . Tuvieron que llevarlo a la fuerza y, efectivamente, se encontró con soldados a los que no paraba de preguntar por su nieto .

En una continua e infructuosa espera, el po- bre abuelo salía todas las tardes a las afueras del pueblo, se sentaba en un ribazo de la cuneta de la carretera y aguardaba, inútilmente, la llegada del muchacho . Así, hasta el momento de su muerte:

Porque un anochecer, al abandonar la ca- rretera, él se sintió repentinamente muy enfer- mo y al llegar a casa y meterse en la cama

dijo: “Señor, Dios mío . . .”, entornó los ojos, y se marchó como en un vuelo, a reunirse con José María, su nieto, aquel muchacho alto, de tez morena, el pelo todo hecho anillos, y que un día, en el frente de… de…, bueno, en un frente, una bala criminal lo había matado35 . El tercer cuento de este libro lleva por título

“Padres e hijos” y en él se narran hechos acaecidos antes de la muerte de José María, en un tiempo en que todo transcurría en medio de la tranquilidad y la rutina de las faenas domésticas y agrícolas . El protagonista central es el muchacho muerto, pues todo gira en torno a los trabajos que él hacía con su padre; a las tertulias nocturnas con sus amigos en la cuadra, hablando de fiestas y de mujeres; a los viajes a la feria de la capital y a la costumbre de traer regalos a sus hermanos . Y también es él el protagonista de las discusiones de sus padres, Mo- desto y Adela, respecto del dinero que le deberían entregar para que se fuera de fiesta. Ahora, en cam- bio, cuando ya está muerto, se preguntan qué no le darían si pudieran tenerlo junto a ellos .

In document Homenaje a Alfonso Santamaría Conde (página 135-138)