3. MARCO TEÓRICO – CONCEPTUAL
3.3 La alimentación en el espacio familiar
3.3.1 El papel de la mujer/madre en la alimentación de las hijas y el cuidado
Dentro del espacio familiar, la figura femenina ha estado ligada a la alimentación del resto de sus miembros desde la antigüedad. A diferencia de sus contrapartes antecesoras, el papel de la mujer contemporánea se ha visto modificado enormemente en el mundo occidental desde inicios del siglo XIX con la revolución industrial al unirse un considerable segmento poblacional a la fuerza laboral, y reduciendo con ello el tiempo
49 que pasaban en casa y dedicado al cuidado y a la alimentación del resto de sus miembros.
Este modelo de incorporación al campo de trabajo tuvo un auge todavía mayor durante la segunda mitad del siglo XX, cuando cambios económicos y socioculturales integraron a la mujer en actividades laborales, sociales, políticas y económicas que hasta entonces le habían estado limitadas o sido vedadas (Burrows, Castillo, Atalah y Uauy, 2006).
Esta salida del hogar al campo laboral ha tenido como consecuencia la necesidad de reformular aquellos roles de madre y ama de casa que hasta entonces había cumplido la mujer que no laboraba de manera retribuida dentro de su hogar. Señalan Blanco y Feldman (2000), que esta situación ocasiona repercusiones dentro de la familia, así como en las dinámicas de mantenimiento del hogar, entre las que se menciona el reparto de labores, el cuidado y la disciplina de los hijos, la organización de reparaciones al hogar, y por supuesto, la compra y preparación de alimentos.
La madre, en su papel de ‘buena madre’ tal como lo define Martín (2004), es sobre quien recae la educación en materia de alimentación para el resto de la familia. Refiere este autor a las elecciones alimentarias llevadas a cabo por las mujeres dentro de las clases populares, en donde los determinantes de actualidad (tiempo y dinero) se conjugan dentro de la unidad familiar y las preferencias que cada miembro tenga, lo que a su vez lleva a las resoluciones de qué se comerá dentro de casa. A su vez, estas decisiones están arbitradas tanto por prácticas previas de origen tradicional (morales) y otras tomadas desde los nuevos discursos médicos (nutrición).
Es dentro de este esquema tradicional claramente diferenciado por género, donde el hombre sale a trabajar y es la mujer encargada en su totalidad de la alimentación de los miembros restantes. Esto incluye: hacer la compra, preparación de alimentos (cocinar), culturización alimentaria, así como también llevar un presupuesto, y comparar precios, cantidades y calidad de los alimentos.
Si bien la inclusión de la mujer al ámbito laboral ha aligerado esta carga sobre las mujeres dentro de los hogares, todavía una gran mayoría de ellas continúan siendo las encargadas de la mayor parte del suministro de alimentos hacia el resto de los miembros que la componen. Esto ha traído como consecuencia, tanto cambios positivos como negativos.
Sobre este punto en particular trabaja Ruíz (2011) al mencionar que el aumento de poder adquisitivo en la familia gracias a la inclusión de la fuerza laboral ayudó a aumentar el
50 consumo de proteínas de origen animal, pero también el de azúcares refinados, y aquellos alimentos denominados procesados y/o precocinados. Estos últimos ideados como auxiliares para un estilo de vida que cada vez más necesita facilidad y rapidez para llevar a cabo su alimentación.
El papel que desempeña la madre dentro de la familia ha pasado por algunas transformaciones durante las últimas décadas. En algunos casos ha ido perdiendo el papel preponderante que tenía en la preparación de alimentos, ya sea que ha disminuido el tiempo para la compra y la cocina, debido tanto a razones laborales como de costo- beneficio. Es decir, que muchas veces las preparaciones caseras han sido sustituidas por productos preelaborados y listos para el consumo, aquellos productos que permiten una mayor practicidad y rapidez y que a su vez, permiten una individualización alimentaria de los miembros del hogar, en cuanto a su elección y preferencias (Meléndez, Cáñez y Frías, 2010).
Sin embargo, aun dentro de este cambio debe tomarse en consideración que, sigue siendo la mujer y en especial la madre, la principal proveedora de la alimentación en el hogar.
Esto queda patente por Osorio, Weisstaub y Castillo (2002), quienes destacan que los aprendizajes de alimentación empiezan desde el nacimiento con la lactancia materna (y con los cuidados que la madre da especialmente al recién nacido), los cuales a su vez fueron aprendidos por su madre, en una transmisión de conocimientos por vía materna.
Esta transmisión tiene finalidad de cultivar aquellos valores, creencias, costumbres, símbolos, representaciones sobre los alimentos y las preparaciones alimentarias, que la madre, desde su visión particular, considera que son los adecuados para su familia.
Dentro de esta concepción es que entran en juego factores socioculturales que modelan la visión de la madre y contribuyen a la educación y transmisión cultural en materia de alimentación que ella proporciona a los hijos, siendo la etapa de niñez la más importante para que esta transmisión se lleve a cabo (Busdiecker, Castillo y Salas, 2000).
Estudios como el de Black y Creed-Kanashiro (2012) enfatizan la importancia que tiene la familia para influir en las prácticas de alimentación en los niños y viceversa. Según sus investigaciones, en aquellas familias donde se establecen rutinas a la hora de comer, donde los niños están sentados en una posición de apoyo y cómodos, sin distracciones, y donde se modelan conductas definidas como apropiadas, los problemas de alimentación
51 posteriores (sobrepeso, obesidad, trastornos del comportamiento alimentario, exceso de interés por el cuerpo y la delgadez) se ven minimizados en las siguientes etapas de la vida.
Por el contrario, niños cuyas madres no ayuden a moldear hábitos alimentarios saludables tendrán una propensión mayor a desarrollar dietas inadecuadas para ellos mismos en el futuro.
Esto ha propiciado el desarrollo de prácticas alimentarias dañinas a la salud del individuo que puede a futuro desencadenar un trastorno alimentario. Es por ello que se habla de un medio "protector" mediado por la familia, y en especial la madre, en el que se desarrollan actitudes respecto de su cuerpo y su alimentación basadas en el autocuidado, el placer, el respeto, la valoración y no en el maltrato, la obligación, el menosprecio, el perfeccionismo a ultranza. Se habla también de un buen vínculo entre madre e hijos (hija, en el contexto de esta tesis) cuando en cierta manera, éste amortigua la presión social por un canon de belleza específico, no permite las burlas en relación con el peso dentro de la casa o que se burle a otros fuera de ella. Este sería un grupo de pares en donde se atenúe la importancia de la delgadez y el adelgazamiento impuesto socialmente (Facchini, 2006).
Como ya se ha mencionado antes, si bien es claro el rol que juegan los factores genéticos y culturales en la alimentación, el papel que juega la madre dentro del hogar en un entorno que propicia las buenas prácticas alimentarias, si bien se ha asociado a individuos con una buena percepción corporal de sí mismos y más fuertes ante las presiones externas del medio en materia de alimentación, todavía no son del todo claras. Por lo que es necesario profundizar más en el estudio de estos elementos para proveer de una respuesta adecuada y sustentada.