Cansai» «le la decade «cia política do España.
CAPÍTULO PRIMERO.
REINADO DE FEI.IPK 11.
¿Cuáles son las causas de la decadencia de Es- paña desde mediados dei siglo X V Í hasta el adve- nimiento de ta dinastía de los Bot ijones? ¿Por qué descendió tan pronto aquella poderosa monarquía de la altura que habia ocupado en Kuropa?
Y ante todo, ¿por qué série de errores perdió cu menos de un si<ílo la prepondenmeia al adveni- miento de Vclipc II?
La causa fumlamental de esta decadencia no es otra que la falsa dirección impresa al gobierno de España por Felipe I I y sus sucesores. Todo?
tuvieron una política liostil para el esteríor y opre?
sora en el interior, que precipitó la monarquia en un abismo de calamidades, consumawlo su ruina al cabo de tina dilatada agonia.
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Vamos á presentar el cuadro ile esos errores y sus lastimosas consecuencias en los reinados de Felipe H , Felipe I I I , Felipe I V y Carlos I I , e x a - minando cada uno bajo el punto de vista de la po- lítica internacional y d e l a interior.
En tiempo de Felipe 11 apareció una obra muy eslraña y que á pesar de lo estravagante de su forma, da gran luz acerca del sistema y pensa- miento secreto de este príncipe. Hablamos del Tratado de Tomás Campanella, sobre la M o m r ^ quia española tan diversamente juzgado. Eí autor es un fraile calabrês que escribía desde el fondo de un calabozo después de haber sufrido el t o r - mento, al cabo de diez meses de prisión, sin l i - bros, sin periódicos, sin saber lo que pasaba en el mundo, del cual estaba desterrado. D i r i g i a su obra á Felipe I I , esperando que le diese una vez audieocia: Magna et secreta coUoqnio íuo reservo, ubi e¿ guando majestati íuw placuerit. No le h i c i e - ron caso y al salir de la prisión no halló asilo mas que en Francia, donde la amistad de Gabriel N a u - de dulcificó sus últimos años.
í sin embargo, aquel fraile oscuro y persegui- do concibió el gigantesco proyecto de reformar la España y de darla el imperio ílel mundo. l i é aquí como espone su sistema.
«El rey de España es el rey católico, y como tal eí defensor nato del cristianismo. Ahora bien, llegará dia en que domine la religion cristiana en toda la tierra, según la promesa de su divino f u n - dador: al rey de España toca protegerla, aprove- charse de sus conquistas y dar leyes al mundo regenerado. Ya tiene estados en todos los puntos del globo y á todas horas se hacen por él roga t i -
FELIPE l i .
vas á Ia divinidad. Que persevere eo su fé, qnfí se declare campeón de Crislo y apóstol armado do la civilización crisliana liasla que la religion cató- lica tenga sus solemnidades ysussacrificios donde quiera que luzca el sol.»
Tal es el sistema de Campanella en su mayor generalidad. Pasando después a l a práctica, sos- tiene que el rey de España ha recibido de la P r o - videncia la misión de combatir la heregia de Mahoma y de Lutero. «Es menester, dice , que Felipe 11 triunfe de los turcos y protestantes como triunfó Ciro de Babilonia, Alejandro de los persas y Roma de Cartago. Para asegurar su victoria, debe el rey de España granjearse los electores y ceñirse la corona imperial después de aliarse i n - timamente con la Sania Sede, ganándolos carde- nales y haciendo elegir un papa español. A este sistema de política, añade, debieron los reyes franceses su preponderancia en la edad medía.
«Hecho ya emperador y disponiendo á su anto- jo de la autoridad de la Sania Sede debe el rey de España volver por la iglesia perseguida, y nuevo Garlo-Magno domeñar los países ocupados por los infieles turcos ó protestantes. El partido católico de Alemania, Francia ó Inglaterra le ticmle los brazos; que obre con vigor y tiene asegurado el triunfo.» Respecto ¡i la (irán llrelaña, Campanella aconseja á Felipe l [ que prometa su apojo al rey de Escocia Jacobo l í , con la condición de que abrace la religion de su madre, reservándose el suplantarle después de la victoria, haciéndole sos- pechoso al clero. Después ie aconseja que fomente en Francia las discordias que la despedazan, que case á su hija con el joven duque de Guisa y le
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ayude á apoderarse del trono con perjuicio de los Borbones , ó bien que provoque un desmembra- mieoío feudal que satisfaga la ambición de los se- ñores y que se aproveche de las guerras civiles que infaliblemenlchabiau de seguirse para apode- rarse de este reino con tin ejército de flamencos españoles éitalianos.Eocuanto á Alemania, quiere Campaoella que se sorprenda de improviso á los tres electores protestantes, sin darles tiempo ã que se reúnan sus fuerzas. E l pápalos escomul- gará: separados de la comunión de los fieles serán depuestos y reemplazados por principes p a r t i d a - rios de la iglesia y de España, llealizado este t r i - ple objeto, aconseja Campanella á Felipe. I I que favorezca la exallaciou de un príncipe de la casa de Austria al trono, de Polonia, y_aue concluya un tratado de alianza^con la Rusia, Entonces d i s - poniendo ya el rey dé España de todas las fuerzas de la cristiandad podrá volverla contra los turcos que son sus mas temibles enemigos. Le exhorta Campanella á preparar la victoria atizando á los esclavos cristianos de A r g e l , Túnez y Trípoli, provocando la traición de los generales turcos que han nacido cristianos, si bien en su infancia r e - negaron por fuerza, Los ejemplos de Cicala, O c - chiali, Scanderberg, dice, prueban la facilidad de apelar à este último medio. Campanella opina ejue será llano seducirlos, prometiendo á los mas influyentes algún gobierno ó vireinato. Hechos cristianos, continúa, y súbditos del rey de Espa- ña, esperarían trasmitir á sus hijos la soberanía
uc hubieran adquirido, al paso que dependiendo el sultan no son mas que nobles esclavos, sin parientes, sin familia, no pudiendo dar nada en
a
PE11PB II.
vida, ui en herencia después de su muerte. Cam- paiiclla recuerda Juego á Felipe I I la creencia es- parcida por iodo Orienlc de que caerá el imperio turco y se HberUráel Santo sepulcro cuando los etiopes ataquen á los infieles por el Mar Rojo y den la mano á los occidentales, atacando por el Mediterráneo. Por tanto aconseja á Felipe I I se procure la amistad del Preste Juau, nombre con que se designaba entonces al rey cristiano de Etiopia: 1c propone ademas haga alianza con los persas y que espióle cl ódio que llenen á los tur- cos. Mandándoles fusiles, añade, podrán hacer frente á los ejéreilos otomanos, que no los lian vencido sino porque tienen mejores armas de fuego y buena disciplina. Por último, quiere que el rey
de España envie á Georgia comemantes venecia- nos para ajustar un tratado, cu virtud del cual mieulraslos georgianos se apoderen de Trchisonda 6 invadan desde allí las provincias turcas del Asia menor, los venecianos, aliados naturales de España, desembarcarán tropas en la Morea, Chipre y Egipto, llamando á las armas á las poblaciones cristianas, repartiéndoles dinero y fusiles, y anun- ciando la próxima llegada de un ejercito cristiano capaz de arrostrar todas las fuerzas del imperio otomano.
Tal es el sueño de Campanella; mas para realizarle, da todavía olios consejos a Felipe I I . Ante todo le recomienda una buena escuadra; por- que la Have del m a r es la llave del m u n d o ; el esta- blecimiento de una escuela especial de guardias mariuas, la fundación de factorías y escuelas ma- rítimas en todos los puntos del globo, en las Ca- narias, Sicilia, Santo Domingo .y Cabo de Buena
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Esperanza. Quiere que á ejemplo de Alejandro aliste el rey de España en sus ejércitos los jóvenes mas robustos de las naciones conquistadas. Por este medio, dice, se alimentará la emulación e n - tre los españoles y se conservarán completos los cuadros de ios ejércitos.
El libro de Campanella contiene la espresioa fiel de las esperanzas de España en el siglo X V I . Estas ideas de conquista y de dominación sin l í - mites habían germinado en mas de una cabeza, y Campanella no hizo mas que presentar bajo la forma de teoria ei pensamiento de toda imanación.
Ya el padre de Felipe 11 había consumido su vida en perseguir la quimera de la monarquia u n i v e r - sal. Situado en Flandes, su mas céntrico d o m i - nio, dice Mr. Mignet, gobernó desde alli todos los demás ; tuvo que acudir sin cesar de los Paí- ses Bajos á España, de España á I t a l i a , de llalla á Francia, de Francia á Alemania. Tenia que ce- lebrar córles, destruir libertades y presentar ba- tallas. Todo le salió bien al principio: los cas- tellanos insurrectos fueron derrotados en Villalar;
los flamencos rebeldes en Gante, los france- ses en Italia, los alemanes sobre el Ranubio y el Elva. Mas era fuerza moverse sin cesar y estar venciendo siempre. Aquella vida sin reposo y aquellas victorias sin término, le abatieron y le cansaron. Encaneció muy pronto. l a habitual tris- teza que heredara de su madre y estuvo oculta en lo profundo de su alma todo el tiempo de las d i s - tracciones y de las victorias, se presentó apoderán- dose de éí: se volvió cachazudo y sombrío. Aquel hombreactivo, cuyasórdenes aguardaba uoaparte del mundo, hasta ponia su firma sin gana. B u s c a -
FELIPE [I.
ba la soledad, se encerraba boras coleras en su cuarto, colgado de negro y alumbrado con siete blandones. Estaba ya proyectando salir vivo del mundo y soltar la carga que le habían dejado sus mayores y que ól mismo habia hecho mas pesada.
Un revés bastaba para decidirle (I).
La traición de Mauricio de Sajouia y el desca- labro dei sitio de Metz, ledierooàenteuíierquccra tiempo de acabar. Las rentasdesusrcinos estaban enagenadas y sus pía oes destruidos. Abandonado de la fortuna, que no se enamora de viejos (2) a b - dicó para terminar sus dias en el monasterio de Vusté. Sus funerales, que hizo celebrar en vida, imágen eran de aquella gloria eclipsada a que te- nia que sobrevivir.
Gran lecciou era, pero fué perdida. El hijo continuó los proyecto1? itcl padre. Aspiró como él al imperio del mundo, se estrelló lo mismo y pagó
España la pena de su loca ambición.
Cuando Felipe 11 subió al trono, todo le pre- sagiaba un porvenir dichoso. Su posición parecia mejor que la de Carlos V , no tenia que contener la Alemania, disponía de las fuerzas de I n g l a - terra, y agitada la Francia por sus divisiones i n - testinas, no estaba para contrariar sus proyectos.
Se fascinó, y tanto por convicción religiosa como por interés politico, tomó la causa de la iglesia contra los novadores y los infieles.
i'uer/.aesdecÍF que Felipe I I era sinceramente adicto á la religion católica. Hevcreuciaba á los (1) Hignct, Negociaciones relaiivas 6 la sucesión Je Espa- na ; Introilunción, pá[í. 19 y 20.
(1) Palabras de Cirios V.
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sacerdotes como á representantes de la Divinidad.
«Ese no es vuestro sitio ni el mio,» dijo cierto dia á una señora de la corte que se había adelan- tado á las gradas del altar. Muchas veces se le veia besar la mano del sacerdote que le decia la misa. Gastaba sumas considerables en comprar reliquias á los países que se hicieron protestantes, á fin de conservar á la cristiandad católica a q u e - llos venerados tesoros. À tal monarca, tal pueblo.
Las convicciones religiosas de los españoles eran las de su r e y , y le miraban como la columna de la iglesia. «Ño es que le amaa y acatan, dice Con- tadini, sino que le adoran, y temerian ofender al mismo Dios, si infringiesen sus órdenes reveren- c i a d a s ^ ) . » Hubo, pues, simpatía y solidaridad entre el monarca y la nación. Una lucha de siete siglos contra los árabes habia acostumbrado los españoles á confundir los enemigos de su culto con los de su independencia nacional. De la mis- ma manera identificaba Felipe I I los adversarios de su religion con los de su poder. Confirmóle en esta idea la rebelión de los flamencos que s a c u - dieron á la par su autoridad y la de la iglesia.
Por eso llegó à ser la espresion mas obstinada del sistema católico en Europa. Esta posición era fuerte. Tenia tras de sí á un pueblo victorioso en una lucha de siete siglos, y que en la e m b r i a - guez de la victoria no podia resignarse al reposo y aspiraba á seguir la carrera de sus triunfos. En Alemania, Francia é Inglaterra, le apoyaba un partido numeroso y fuerte que le miraba como al defensor nato de la iglesia. No es de consiguiente
(1) Raulrc, pág. 135 , nota.
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estraño que cediera al i o n e n l n geueral y creyese en su misión cuando sus mismos enemigos pre- decían sus victorias, cuando el veneciano l'ao- l o , que por cierto no era amigo de la E s p a - ñ a , anunciaba que iba á encadenar la E u r o - pa y el Africa y á convertir á París en una choza.
Kn un reinado de cuarenta y dos años, no cesó Felipe I I de emplear la fuerza y la intriga para realizar sus proyectos de dominación, l''o- nicnló alternativamente los alborotos religiosos en Francia é Inglaterra, con la esperanza de reinar un dia sobre estos dos paises, auxiliado por el partido católico. Sus embajadores ea París y Lon- dres siempre obraron conformes k esta m i r a , y efectivamente consiguieron gran gear muchos par- tidarios al rey de Kspuña. Su matrimonio con Maria, la oferta que hizo de su mano á la reina Isabel, muerta su primera esposa, sus esfuerzos para sublevar el bando católico contra aquella rei- na luego que supo su negativa, los socorros pres- tados á los partidarios de Marta Stuardo; por ú l - timo, la espedicion de la invencible armada, son pruebas suficientes de sus propósitos acerca de Inglaterra. En Francia sostuvo treinta afios el partido de los (luisas, á quien esperaba suplan- lar después de la victoria, y cuando el último Va- lois siguió á la tumba al duque Enrique de (luisa, se presentó candidato á la corona eu los Estados generales reunidos en París; después temiendo fracasar, hizo que propusieran á su luja, v a l mis- mo tiempo renovó sus pretensiones al ducado de liorgoña, como descendiente de Carlos el Terne- vario, y á la Provenza como heredero de los con-
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des de Barcelona ( i ) . Aspiraba luego á domiaar toda la península, juntanao el Portugal á España.
Quería llevar su influjo hasta los Estados scandi- navos, y nada menos que desmembrar la Dina- marca y hacerse dueño del estrecho del Sund; de la Zelanda y del Jutland {2). Guando estiuguida la dinastía de los Jagellones tornóse electiva la corona de Polonia, no cesó de intrigar en aquel reino, ora para impedir la elección de E n r i - que I U , ora para estilar al rey Esteban Bathori á hacer la guerra á Dinamarca, ora para adherirse ã Sigismundo I U , de quien deseaba obtener a u x i - lios coníra la Holanda , y á quien en recompen- sa se comprometió reponer en el trono de S u é - cia (3). Para facilitar las comunicaciones entre la Italia española y los estados del emperador de Alemania, su panento y aliado, concluyó un tra- tado de alianza con los cantones católicos de la.
Suiza, y les concedió libertad de comércio con el Alilanesado. Los cantones por su parte garantiza- ron al rey la posesión de aquella provincia, y se comprometieron á enviarle tropas para defenderla, bien contra los franceses, bien contra cualquier otro (4) que fuese á atacarla. La influencia de F e -
lipe 11 se estendió entonces ¡i todos los cantones ( i \ Herrera, Sucesos de F r a n c i a , pág. 276.
(2) Manuscritos de la Biblioteca del rey, colección D u - puy.—-Discurso dirigido á Riciiclieu por Luís Auberg de Mauricr.
(3) Manuscritos de la Biblioteca del rey. Archivos y cor - rcspondcíicia inédiía dela cosa de Orange Nassau, lomo 3 . "
f i f i . 272.
(4) Herrera, Historia general, pág. 201-202. Cooclu- vttsí este tratado ea 1590.
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