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Perfi l biográfi co del autor

La fi ngida autoría de Oliva Sabuco de la Nueva fi losofía ha sido la bella historia de una “honra” ampliamente lograda, justo a lo largo de los trescientos dieciséis años que hemos escrito anteriormente.

Acaso toda la fama que un padre inventó y había soñado para su hija.

Sin embargo, a la altura de nuestro tiempo y junto a los argumentos fuertes, los documentos estrictos que hemos aportado, acaso es bueno para justifi car del todo el cambio de autoría en esta edición diseñar una biografía mínima del Bachiller Sabuco, como prueba añadida, aunque menor, de ser él (y no su hija), quien escribió la Nueva fi losofía.

Tenemos, entonces, el hecho sorprendente de que el autor de la Nueva fi losofía, el Bachiller Sabuco, ha estado oculto por la sombra de una suplantación (el nombre de Oliva) demasiado tiempo, y esta circunstancia nos obliga a trastocar algunos datos biográfi cos de ambos, a partir, sobre todo, de 1903. Así, desde esta fecha al menos, hay que relegar primeramente a Oliva Sabuco a un efímero eco de su gloria pasada y, en segundo lugar, resulta obligado replantear el perfi l histórico de Miguel Sabuco, por cuanto que ahora es la primera vez que fi gura su nombre y sin reticencia alguna, como es debido, al frente de su Nueva fi losofía. En efecto, no hay constancia alguna de la formación literaria y científi ca de Oliva Sabuco, como en su carta apócrifa al rey Felipe II puede leerse: “De este coloquio del conocimiento de sí mismo… resultó el diálogo de la Vera Medicina que allí se vino nacida, no acordándome yo de medicina porque nunca la estudié…”.

La afi rmación anterior (cargada de una cierta ironía, propia tal vez de Miguel Sabuco) acaso pone de manifi esto la situación cultural de la mujeres en la España de su época, en consonancia con la tesis que, más tarde, defendía Paulette Patout: “… Al principio del siglo XVIII, la llegada de los Borbones trae a España una fuerte infl uencia francesa. Pero su efecto en la vida intelectual de las mujeres tarda en manifestarse… la ley Moyano, en 1857, hace obligatoria la enseñanza para las niñas y los niños de seis a nueve años, edad que llega, en 1909, hasta los doce años… ninguna norma prohíbe a las muchachas cursar el bachillerato y matricularse en la Facultad; pero, con más rigor que si fuera un decreto, les impiden este atrevimiento la actitud oscurantista

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de la Iglesia y los políticos de cualquier tendencia…”.11

Y no tenemos, claro está, noticia remota de que Oliva frecuentase alguna Universidad, lo que sí consta que hizo su padre. A este respecto, tampoco encontramos referencia intelectual alguna de Oliva en el artículo de Aurelio Pretel Marín, “El Bachiller Sabuco y su entorno social y familiar”, donde se da cuenta de Juan de Sotomayor…

“conocido por su elogio poético de Oliva Sabuco” (se refi ere al autor de los dos sonetos laudatorios que precedieron a la Nueva fi losofía); como también se alude a Francisca de Cózar, “la mujer de Sabuco, madre de doña Oliva”. Esto es, Pretel cita en su artículo a Oliva Sabuco, pero lo hace tangencialmente y, claro está, sin atribuirle estudios ni formación académica alguna, por lo que, a falta de documentos a su favor, resulta muy arriesgado concederle a Oliva Sabuco la autoría, precisamente, de la Nueva fi losofía.12 Al menos, más allá de donde su padre quiso, en los territorios de la fama y de la honra. Del Bachiller Sabuco, sí comenta Pretel con argumentos sufi cientes, en el artículo citado, la posibilidad o no de que fuese letrado de la ciudad, acaso boticario y síndico, “un hombre instruido, que tiene relación de estrecha amistad con los médicos Heredia y Velázquez, de los que acaso aprende”.

José Cano Valero afi rma que “la presencia de esta pléyade de alcaraceños que llena el siglo XVI (Pedro y Andrés de Vandelvira, Miguel Sabuco, Simón Abril…) no debe deslumbrarnos y hacernos pensar en una sociedad culta, instruida y dotada con sufi cientes y buenas instituciones docentes”. (Cano, J.: El siglo de las águilas alcaraceñas.

Revista Al-Basit, número 22 citado, p. 39).

De este mismo sentir, con su claridad de estilo acostumbrada, fue el maestro Azorín cuando dijo: “Para ser del todo singular, Sabuco quiere que su libro aparezca como escrito por su hija Oliva, una adolescente;

no creemos que en el pueblo haya podido engañar a nadie: ha estado, sin embargo, pasmando, intrigando a la posteridad” (Azorín: Albacete,

11 VV. AA.: Femmes-philosophes en Espagne et en Amérique. C.N.R.S. Toulouse, 1989, pp. 1-2.

12 Pretel, A.: Alcaraz en el siglo de Andrés de Vandelvira, el bachiller Sabuco y el preceptor Abril. Instituto de Estudios Albacetenses “Don Juan Manuel”, 1999, pp. 241, 245, 251.

siempre. Recopilador, José S. Serna, Tip. Julián G. Avendaño, Ed. del Ayuntamiento de Albacete, 1970, p. 68). Indicamos también que, según Fructuoso Lourenço (Ed. 3ª de la Nueva fi losofía, que reseñaremos más adelante), Oliva ya había fallecido en 1622.

Por otra parte, la primera difi cultad para un apunte biográfi co del Bachiller Sabuco la tenemos en la fi jación del lugar de su nacimiento, aunque resulta lógico afi rmar que vino a este mundo en la ciudad de Alcaraz (Albacete), hacia el año 1525. Fecha que encaja con su edad de estudiante en la Universidad de Alcalá, 1541-43, y con el nacimiento de su último hijo, el noveno (Miguel, 1583), de su segunda mujer, Ana García Navarro.

Los hijos anteriores (el quinto fue Oliva, bautizada el 2 de diciembre de 1562) los tuvo de su primer matrimonio con Francisca de Cózar.

Así, según su propio testamento, el Bachiller Miguel Sabuco se proclama vecino de la ciudad de Alcaraz, donde enterraron a sus padres Miguel Sabuco y Catalina Álvarez, y a su primera mujer. Confi rma igualmente este origen la existencia del apellido Sabuco en documentos anteriores en el Archivo Municipal de Alcaraz, como el acta notarial del 4-VI-1459, sobre acuerdo ganadero entre Alcaraz y Chinchilla, libro 437, donde fi rma como testigo Juan Sánchez del Sabuco. Y en los acuerdos de octubre a marzo, 1477-78, libro 415, folio 4, aparece un vecino llamado Pedro Sánchez Sabuco; y, en el folio 15, hay un candidato a procurador síndico, por la parroquia de Santa María, llamado Pedro Sabuco. (Henares, D.: El Bachiller Sabuco… (síntesis bibliográfi ca, 1976).

En cuanto a la formación académica de Miguel Sabuco, si nos desviamos de abundantes afi rmaciones gratuitas, como decir que el Bachiller Sabuco era un notable erudito, psicólogo y prosista español (Sainz de Robles, F. C.: Ensayo de un diccionario de la literatura, 3ª Ed., Aguilar, Madrid, 1964-65), nos encontramos con ciertos asientos relativos a pruebas de curso en la Universidad de Alcalá, y que mostramos más adelante.

Serrano y Sanz (según F. Rodríguez de la Torre)13 publicó documentos de la Universidad de Alcalá de Henares de los años 1542, 1543 y 1544, en los que aparece un Miguel Sabuco “acaso emparentado

13 Revista Al-Basit, Monográfi co dedicado a Miguel Sabuco, Nº 22, Albacete, 1987, p. 248. Instituto de Estudios Albacetenses.

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con Dª Oliva”. Documentos que, por las fechas indicadas, y aunque Serrano y Sanz no lo advirtiera, se referían a un “pariente” muy singular de Oliva Sabuco, precisamente a su padre, cuando era estudiante de Alcalá... De todas formas, fue el primer seguidor de Marco e Hidalgo, declarando en su libro que

“pocos ejemplos como éste se ven en la Historia literaria, de una gloria fi cticia que se evapora ante la luz derramada por los documen- tos… La sabia cuyo nombre pasó nuestras fronteras ha quedado reduci- da a una mujer vulgar y aun pequeña moralmente…” (Apuntes, letra S) [ver la nota 2].

Se refi ere, claro está, al caso de Oliva como autora de la Nueva fi losofía (ver la nota 3).

Las pruebas de curso de la Universidad de Alcalá que conoció el mismo Serrano y Sanz no fueron valoradas por éste, haciendo su hallazgo inservible, ya que solo tuvo la sospecha de que Miguel Sabuco estaba

“acaso emparentado con Dª Oliva”. Y no advirtió el tesoro documental que tenía en sus manos. Es más, el señor Serrano se limitó a transcribir dichos documentos, en latín, y fueron tres: una prueba de curso de Juan de Busto (donde fi rman Miguel Sabuco y Bartolomé Saquero) y otra de Miguel Sabuco (donde fi rman Bartolomé Saquero y Juan de Busto), con la tercera referida a un tal Michael Sauco (debe ser Sabuco).

No vio Serrano y Sanz, pues la hubiera publicado y no lo hizo, la prueba de Bartolomé Saquero, en la que fi gura como testigo Miguel Sabuco y que reproducimos aquí en la página siguiente.

Traemos, así, aquellos registros universitarios, tal y como estaban en el Archivo Histórico Nacional en 1975, y justifi camos, en parte, un apunte de la formación intelectual del Bachiller. Lo hacemos con esas pruebas que confi rman las presencia de Miguel Sabuco y de otros compañeros suyos en la Universidad de Alcalá. La fi rma de Sabuco y la de su testamento que hemos visto con anterioridad fueron autenticadas (D. Henares, síntesis bibliográfi ca, 1976) como de la misma persona por Samuel de los Santos, perito calígrafo del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.

Bartolomé Saquero.- En el mismo día (29 de octubre de 1543) el dicho Bartolomé Saquero probó igualmente que hizo un curso de Derecho canónico asistiendo como es costumbre en esta Universidad desde el día de San Lucas del pasado año 1542 hasta el día de San Lucas del año presente 1543… juran como testigos los antedichos Juan de Busto y Miguel Sabuco, condiscípulos suyos.

(Prueba, la anterior, publicada por primera vez en esta edición).

Miguel Sabuco.- En el mismo día, el dicho Miguel Sabuco probó de igual modo que hizo un curso de Derecho canónico asistiendo como es costumbre en esta Universidad desde el día de San Lucas del año pasado, 1542, hasta el mismo día del presente… juran como testigos sus condiscípulos antedichos Bartolomé Saquero y Juan de Busto.

(Asientos relativos a pruebas de curso (Cánones), del año 1543. Universidad de Alcalá. Archivo Histórico Nacional. Sec. de Univ. Lib. 476-F, Fol. 99).

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Recordando los estudios de “nuestro” bachiller de Alcaraz, es digno de mencionarse el procedimiento por el cual los alumnos “probaban”

que habían asistido a un curso determinado, dada la movilidad de sus profesores de un año para otro, por lo que difícilmente éstos podían fi rmar aquellas papeletas justifi cativas de haber asistido alguien a cualquiera de los cursos. Así, en ausencia del catedrático, bastaba con el propio juramento del estudiante, en ocasiones avalado por el de otro compañero. Y, si esta forma de avanzar cursos entonces puede resultar escandalosa, recuérdese que aquellos estudiantes universitarios solo padecían exámenes (y muy duros ante varios doctores) cuando alguno de ellos quería presentarse a la obtención de un grado académico determinado. En las nobles paredes de Universidades antiguas, aún se evoca el triunfo de aquellos universitarios, con su fi rma y victor estampados en piedra con sangre de toro.

Con esta escasez de datos, solo estamos autorizados a convenir que el bachillerato de Miguel Sabuco pudo ser en esta disciplina, en Derecho canónico, aunque sin excluir el aprendizaje de otras materias, pues en ninguna Facultad del siglo XVI había un orden fi jo y metódico de estudios, dependiendo su curriculum y número de años de las constituciones particulares de cada Universidad (Gutiérrez, G. J.: en el fascículo LI de Medicina e Historia, Barcelona, enero de 1969).

Así sabemos, por ejemplo, que, para el grado de Maestro, transcurrían cuatro años y tres meses después del bachillerato.14

Estas puntualizaciones son necesarias por cuanto, en aquella anarquía escolar tan bien organizada, cada cual podía estudiar la materia que le apeteciese (Filosofía, Derecho, Medicina...), con la única obligación de demostrar sus conocimientos, mediante petición y alistamiento en los exámenes convocados, ante un tribunal de doctores muy severos, a juzgar por las fi estas que, como celebración por haber superado la difi cultad, organizaban para la ciudad entera los alumnos victoriosos en la obtención de sus grados.

A partir de estos supuestos estructurales de la Universidad del siglo XVI, y desde un análisis interno de la Nueva fi losofía del

14 Urriza, J.: La preclara facultad de artes y fi losofía de la Universidad de Alcalá de Henares en el Siglo de Oro, 1509-1621. Madrid, 1942, p. 227.

Bachiller Sabuco, no iremos muy descaminados al afi rmar que hizo su Bachillerato en Artes y en Filosofía, Bachillerato en el que se estudiaba Gramática, Retórica y Lógica; y, sobre todo, la Física (Filosofía natu- ral, Cosmología y Psicología), Matemáticas, Geografía, Astronomía y Metafísica. Del conocimiento de todas estas materias hace gala en su Nueva fi losofía, cuya estructura en resumen es un refl ejo de estos sabe- res y cuya parcelación en esquema es la siguiente:

1) Coloquio del conocimiento de sí mismo (así se titula en la página 5 de las ediciones 1ª y 2ª de la Nueva fi losofía y, al volver la página, ya se llama Coloquio de la naturaleza del hombre, enunciado éste último que se reparte en los márgenes superiores de todas las páginas, hasta el fi nal de dicho coloquio que termina de la misma manera). Ver este Coloquio en su nota 2. Son setenta títulos, un verdadero tratado de Psicofi siología, donde tres pastores (Antonio, Veronio y Rodonio) en amistosa charla tratan sobre la naturaleza del hombre y del mundo en derredor suyo.

Para decirnos, en defi nitiva, su teoría de la interacción entre el alma y su cuerpo, si bien un tanto disimulada a veces con recetarios médicos y hasta con fábulas de animales.

2) Coloquio en que se trata la compostura del Mundo como está (p.

143). Aquí son siete títulos, sin numerar el primero, sobre Cosmología, formando parte del primer libro de Sabuco “intitulado” Nueva fi losofía, por cuanto este coloquio de la “Compostura” empieza así: [Veronio]

“Pues ya, señor Antonio, entiendo el mundo pequeño, que soy yo mismo, también me parece que es género de tontería vivir en este mundo grande y no entenderlo ni saber cómo está”. Y, leyéndolo, de algo sí podemos estar muy ciertos, del hecho de que tuvo que asistir a las clases de Retórica de algún profesor sucesor de Nebrija en la cátedra de Alcalá de Henares, donde, según su plan de estudios de la época, se leía a Plinio, autor que Miguel Sabuco tanto cita en sus obras (Aguado Bleye, P.: Manual de Historia de España, Espasa-Calpe, Madrid, 1969, to. II, p. 216).

El coloquio anterior tuvo que ser escrito en el año 1581 (o en los meses últimos del año anterior, o en los primeros del año siguiente), pues la ocurrencia de los equinoccios de primavera y de otoño en los días 11 de marzo y de septiembre tuvo lugar, precisamente, en el año 1580, siendo corregido el calendario en 1582 (ver la nota 72 de la Nueva fi losofía).

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3): Coloquio de las cosas que mejorarán este Mundo y sus Repúblicas. Este coloquio va unido al anterior, puesto que empieza, sin ninguna advertencia, con el título VIII, y el coloquio que le precede termina con el título VII. Es un tratado de sociología, donde vemos la exagerada duración de los pleitos, por estar las leyes en latín, la necesidad de que las leyes que condenan a muerte estén escritas, y la aspiración por una ley general contra la mentira, con lo que “fuera este mundo Paraíso Terrenal”. Y este mismo enlace, en la intención, de este coloquio con el anterior, debemos hacer ahora con el

4): Coloquio de auxilios o remedios de la Vera Medicina: con los cuales el hombre podrá entender, regir y conservar su salud. Este debe ser su segundo libro sin referencia expresa, aquella “norma” que escribió Miguel Sabuco, la referida en su testamento y donde, en efecto, puede leerse: “De manera que os doy la primera regla que es esta... el mejor medicamento es palabras y obras que en los adultos engendren alegría y esperanza de bien...” y, así, otras reglas y recomendaciones sanitarias.

Nuestro Bachiller procuró que estas unidades parciales, independientes en rigor, tuvieran su acomodo en una síntesis superior, para editar en un solo volumen toda la obra. Y esta circunstancia, precisamente, difi culta el que podamos atomizar el conjunto en unidades aisladas. Se trataría, en defi nitiva, de un apéndice a lo que debemos tomar como el primer libro de las obras de Sabuco, aquel libro “intitulado Nueva fi losofía”

(Coloquio del conocimiento de sí mismo; Coloquio en que se trata la compostura del Mundo como está; Coloquio de las cosas que mejorarán este Mundo y sus Repúblicas). Y, si alguien advierte cierta precipitación en el tratamiento de los temas que analiza, adviértase que debió ser voluntariamente como aplazó un mayor detenimiento, para exponer su verdadera fundamentación fi losófi ca de la Medicina más acertada en el diálogo siguiente. Pues éste de “auxilios o remedios” termina con un fi n del coloquio, después de haber afi rmado que “otros breves avisos de la naturaleza del hombre que hacen y competen para médicos, podréis ver en el diálogo de la vera medicina” (Nueva fi losofía, edición príncipe, p.

197, vta.).

En efecto, así tenemos lo escrito en tercer lugar por el Bachiller Sabuco y que se refl eja en el testamento como “y otro libro”, integrado por los diálogos:

5) Vera Medicina, y vera Filosofi a... con su apéndice

6) Dicta brevia circa naturam hominis, Medicinae fundamentum (op. cit., p. 309 y, a la vuelta y hasta el fi nal, Dicta brevia de natura hominis) y con el último de los diálogos en su obra, también como el anterior en latín,

7) Vera Philosophia de natura mistorum, hominis et mundi, antiquis oculta.

En el primero de estos dos diálogos (Vera Medicina), y desde su inicio, se declara que el conocimiento del hombre hace posible una Medicina mejor fundamentada. Y, aunque en otras ocasiones Miguel Sabuco declara la superioridad del alma sobre el cuerpo, aquí se trata más bien de su interacción, de sus relaciones estructurantes que dan como precipitado el ser humano. Y, desde esta Medicina crítica, resulta ser el Bachiller Sabuco un adelantado en las doctrinas psicosomáticas de nuestro tiempo. Como lo argumentó el profesor Demetrio Barcia en su conferencia La signifi cación del Bachiller Sabuco para la psiquiatría (salón de plenos del Ayuntamiento de Alcaraz, 5-4-2003): “los afectos son patógenos, no solo cuando son reales, sino también cuando son imaginarios”.

Por fi n, en el diálogo Vera Philosophia de natura mistorum...

(op. cit. p. 326 y, a partir de esta página., Vera philosophia de natura mundi), más que cuestiones repetidas, tenemos como una síntesis de las principales teorías del Bachiller Sabuco. Y una demostración más, como en el Dicta brevia, del dominio y aprecio que tenía de la lengua latina, pues solo estaba en contra del empleo de este idioma en los pleitos, ya que por esta circunstancia se hacían eternos y arruinaban a quienes acudían a los tribunales.

Para terminar, un trazo añadido a esta silueta biográfi ca. Pues debemos apuntar la dimensión religiosa de los escritos de Miguel Sabuco, donde afl oran en demasía pensamientos de confesión cristiana muy vivida, más allá del formulario aceptado del propio testamento donde se proclama, como cualquiera, creyente de la Trinidad, miembro de la Iglesia Católica, devoto de Jesucristo, de Santa María y de los santos. En efecto, leyendo el Coloquio de la naturaleza del hombre, son múltiples las referencias a su ortodoxia religiosa (por más que aquí, claro está, no agotamos el número tan abundante de ocasiones). Podemos ver

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