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La Asociación Americana de Pediatría y la Clínica Mayo sugieren las siguientes actividades:
• Niños de 2 a 3 años: los juegos no estructurados en una variedad de entornos seguros. Observar al niño cuando realice los movimientos básicos: caminar, correr, moverse, tirarse y nadar.
• Niños pre-escolares de 4 a 6 años: pueden caminar largas distancias y también correr, bailar, trepar y jugar a la pelota. Supervisa su tiempo de juego y organiza sus actividades.
• Niños en edad escolar de 7 a 9 años: caminar, correr, hacer gimnasia e ir en bicicleta son los ejercicios más populares en esta edad. Ya pueden participar en equipos deportivos, siempre y cuando lo disfruten y no lo hagan bajo presión.
Caminar y subir escaleras es una actividad física muy económica y está al alcance de todos.
También el uso de un podómetro es adecuado para los niños, ya que lo consideran como un juego, en general les entusiasma, y les ayuda a automotivarse con metas concretas.
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Capítulo 7. Actividad física, sedentarismo y obesidad
Normalización de los hábitos saludables
Los estilos de vida que integran el deporte o el ejercicio físico de modo habitual en la rutina diaria se han de propiciar, facilitar, subvencionar y aplaudir. Si las modas o las costumbres mayoritarias de la población no reconocen un saludable y activo entendimiento del tiempo de ocio, se han de afear estas conductas. Es necesario crear un nuevo clima social y legal donde todos los esfuerzos se aúnen en esta dirección. La educación y la asunción de un estilo de vida saludable no sólo es deseable, sino necesario. Se trata en primer término de una opción personal, después familiar, comunitaria, local, ciudadana, nacional y social. No debemos olvidar que en última instancia es la voluntad personal la que obra los principales cambios en el comportamiento, aunque el clima o entorno circundante sean determinantes, como ya hemos visto anteriormente, y así lo demuestren numerosos estudios (20).
Diseño y concepción de espacios saludables
Especialistas en Salud Pública junto a promotores y arquitectos han de trabajar conjuntamente para que las políticas de actuación públicas en materia de actividad física sean una realidad facti- ble. Los entornos en los que desarrollamos la mayor parte de nuestra vida han de ser concebidos como algo más que un lugar de producción (casa-trabajo-casa). No en vano en ellos desarrolla- mos nuestra vida profesional, familiar, cultural y de ocio. Es necesario que sean entendidos como un espacio único e integrado en el que desplazarse andando al trabajo o practicar jogging no suponga una audacia temeraria o una misión imposible. Vivimos, trabajamos y nos divertimos, y el modo en que lo hacemos repercute directamente sobre nuestra salud. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que el entorno que nos rodea es fruto de las decisiones y planificaciones que se hicieron de ese mismo terreno hace 50 años. De nosotros depende diseñar los nuevos o modificar los antiguos para que sean realmente entornos saludables (19, 20, 21).
Coordinación de esfuerzos
La educación y las campañas han de actuar de manera conjunta sobre todos los estratos sociales implicados en el problema para que resulten verdaderamente eficaces. Un ejemplo de incohe- rencia –desafortunadamente no son infrecuentes–, sería poner en marcha una campaña cuyo objetivo principal fuese concienciar a niños y adolescentes de la necesaria práctica diaria de ejer- cicio físico sin dotar a los colegios de las adecuadas instalaciones o sin la adecuada y suficiente programación de actividades deportivas en el horario escolar (12).
Las políticas de actuación deben promover un cambio efectivo en los hábitos de vida, basándose en una promoción real del ejercicio físico como parte de una vida más plena y saludable. En modo alguno deben considerarse gravosas para el estado ni para el ciudadano de a pie, más bien todo lo contrario; una inversión en ejercicio físico, a todos los niveles (educativo, social, sanitario, urbanístico y particular), es ahorro en salud, en tiempo, calidad de vida y gasto sanitario (22, 23).
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Conclusión
Nos encontramos ante un verdadero reto: un esfuerzo para el cambio (conductual, comportamen- tal, de estilos de vida, etc.). Hemos de trabajar en sinergia para que familia, entorno escolar, mundo empresarial y sistema sanitario coordinen estrategias en una apuesta común: la actividad física como prevención y tratamiento de la obesidad. No será sencillo, pero es necesario, y al decir de Henry Kissinger: “lo necesario es siempre posible”. Así que: ¡Movámonos juntos!
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Nieves Palacios Gil-Antuñano
Jefe de Servicio. Servicio de Medicina, Endocrinología y Nutrición. Centro de Medicina del Deporte.
Consejo Superior de Deportes. Madrid.
Resumen
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) hacen referencia al conjunto de actitudes y estra- tegias asociados a una preocupación permanente y excesiva por el peso y la imagen corporal.
Se pueden dar a lo largo de toda la vida en ambos sexos, aunque son más habituales durante la adolescencia y en las mujeres. Es frecuente la cronificación de esta alteración, con proliferación de casos subclínicos.
Los deportistas constituyen una población especial en lo que se refiere a la alteración en la per- cepción de su imagen corporal. Afrontan un mayor riesgo para desarrollar trastornos en la conducta alimentaria debido al propio ambiente deportivo, que llega no sólo a precipitar estos tipos de desór- denes en una persona predispuesta (o exacerbar algún síntoma ya existente), sino que incluso los legitima.
Los indicios y signos de estas alteraciones en los deportistas de élite de algunas disciplinas deter- minadas a menudo son considerados como algo natural y se ignoran. Prevalecen sobre todo en mujeres y en deportes en los que se requiere una imagen corporal definida y una categoría de peso determinada. La exigencia de resultados y la presión a la que se someten muchos deportis- tas pueden desencadenar su desarrollo. Todo parece indicar que la práctica deportiva suma varios factores de riesgo, con lo que las posibilidades de enfermar aumentan.
Introducción
La obsesión desmedida y anómala por el aspecto físico forma parte de la humanidad desde sus orígenes. Aunque la atención excesiva a la apariencia externa ha existido siempre, en la actualidad está alcanzando unas proporciones extraordinarias. Las formas y métodos para conseguir exhibir los patrones vigentes de belleza generan un ingente número de programas en los medios de comunicación audiovisuales, una gran cantidad de anuncios en los periódicos, y mueven enormes cantidades de dinero. En algunas ocasiones estos métodos para conseguir unos objetivos físicos irreales ocasionan severas alteraciones de la salud (1).
Los trastornos de la conducta alimentaria hacen referencia al conjunto de actitudes y estrategias asociados con una preocupación permanente y excesiva por el peso y la imagen corporal.