RETOS Y RIESGOS DE LA HUMANIDAD
TEMA 2 ÉTICA, CIENCIA Y
1. El problema y su trasfondo
Un documento excepcional, elaborado por encargo del Club de Roma tres décadas atrás, Los límites del crecimiento, dejó al descubierto la gravedad del problema ecológico. Los autores del texto, al analizar el porvenir de las sociedades industriales avanzadas, cuestionaron la idea del crecimiento ilimitado, idea heredada de la cultura industrial. Los recursos naturales, se decía, sobre los que el progreso y el desarrollo se cimentaban, eran limitados y su explotación indiscriminada acarreaba desequilibrios de consecuencias imprevisibles en la naturaleza. El crecimiento ilimitado del bienestar material, con una población humana en aumento incesante, no parecía compatible con el mantenimiento de la integridad de la naturaleza. El equilibrio de la misma, no obstante, aparecía como requisito imprescindible para la pervivencia de la especie humana. El dilema se planteaba con crudeza: o pervivencia de la especie humana en una naturaleza equilibrada o riesgo de extinción de la misma a causa de una naturaleza sobre explotada y degradada. El
“informe Meadows”, como llegó a conocerse ese libro, como era de esperarse, ocasionó una polémica violenta, sin que la tesis fundamental del mismo resultara invalidada.
El debate, en todo caso, impulsó la toma de conciencia sobre la crisis ecológica y sus consecuencias.
Desde entonces los toques de alarma, provocados a veces por catástrofes ecológicas, no han cesado y se ha tomado buena nota de que el problema se encuentra íntimamente conectado a variantes tales como el crecimiento incontrolado de la población mundial, el proceso de industrialización intensivo, la necesidad creciente de alimentos, la extracción y uso de
materias primas y la degradación medioambiental generalizada.
En el informe Worldwatch del año 1991 - La situación del mundo. El Informe Worldwatch y las opciones para el restablecimiento de la salud de nuestro planeta -, Lestor Brown indicaba que desde la celebración del primer día de la tierra en 1970, el mundo había perdido millones de hectáreas de capas de árboles y extendido los desiertos en forma muy significativa, habían desaparecido miles de especies vivas, la población mundial había crecido a niveles alarmantes. El propósito del director del Worldwatch Institute no era simplemente alarmar sino señalar la contradicción existente entre la creciente participación política y ciudadana en los temas de medio ambiente, la creación de departamentos y leyes destinadas a penar su destrucción, y el deterioro que mostraban todos los indicadores importantes de sistemas naturales.
A pesar del diagnóstico pesimista, en el año de 1990 las esperanzas estaban aún cifradas en aquella Conferencia de Naciones Unidas bautizada “cumbre de la tierra” que se celebraría en Río de Janeiro en 1992. Allí tuvieron lugar compromisos jurídico-políticos importantes como la firma de la Convención sobre cambios climáticos y biodiversidad, la Declaración de principios relativos a los bosques y la Agenda XXI que contiene las estrategias y acciones a seguir a fin de poner en práctica los principios defendidos en la Carta de la Tierra. Al mismo tiempo, se habla de que los Estados firmantes asuman un marco jurídico-regulativo y se insiste en el carácter político y moral de los acuerdos. Más allá de los acuerdos o no acuerdos jurídico- políticos de la conferencia, ocurrió allí algo que, sin duda, tendrá repercusiones en el futuro desarrollo de la ética aplicada a los problemas de la crisis ecológica. Temas tales
como el desarrollo sustentable, calidad de vida, derechos de las futuras generaciones, medio ambiente y derechos humanos y otros no menos importantes, alcanzaron un nivel tan alto de discusión que, por así decirlo, penetraron en la conciencia común como conceptos lo suficientemente ambiguos y dilemáticos como para alentar la discusión teórica sobre los mismos.
La dimensión moral del problema ecológico comienza a interesar a la filosofía
ya en la década de los setenta. Toda una serie de aspectos de las relaciones entre el hombre y la naturaleza, entre ellos, la idea utilitarista que el hombre tiene de la misma, el proceso de tecnificación y racionalización del mundo, los riesgos del concepto convencional del progreso y el afán consumista de productos elaborados adquiere relevancia ético-política. La pregunta sobre la perversión de valores inmanente a la idea del
“hombre consumista” cobra vigor y en el debate hacen acto de presencia voces apocalípticas, que no dudan en afirmar que la crisis ecológica es la antesala de un proceso imparable de autodestrucción del hombre, impulsado por el hombre mismo, mediante la racionalización y tecnificación del mundo. La hipótesis de que la naturaleza cobre venganza de las agresiones que padece mediante cambios climáticos, procesos de desertización, extinción de especies o desequilibrios biológicos ha dejado de ser sueño de visionarios. La pregunta, en todo caso, sobre si el proceso de racionalización tecnológica no implica un componente inevitable de irracionalidad se torna cuestión inquietante.
El interés por los aspectos éticos de las relaciones del hombre con la naturaleza estimula la aparición de una serie de publicaciones de enorme valor, ampliando el
campo de la reflexión moral y consolidándose un ámbito temático propio.
J.M.Gómez-Heras, en el libro que recomendamos al final del capítulo, hace una
“tipología de los planteamientos y puntos de vista”, en relación con el tema que venimos tratando, con las siguientes opciones, que desarrollaremos más en detalle, en el punto siguiente:
Tipología de planteamientos ético- ambientales
a.Biocentrista propuesta y desarrollada por el conocido médico-teólogo y premio Nobel Albert Schweitzer en su proyecto de “ética y respeto a la vida”. En ella se parte del valor absoluto de la vida y las relaciones del hombre con los seres vivientes se articulan a partir del principio “yo soy vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir”.
b.Naturalism o ecológico desarrollado por la llamada “ética de la tierra”. En ella, a partir de una opción geocéntrica, el profesor de la Universidad de Wisconsin, Aldo Leopold, exige un nuevo giro copernicano en la conducta humana. Su propuesta encuentra seguidores en el movimiento denominado “Ecología profunda” (Deep Ecology Movement), cuyo dogma central es el equilibrio bioético.
c.Antropocentrismo opción que, en continuidad con los modelos convencionales de ética tradicional, reserva en exclusiva el mundo moral para el hombre, si bien alargando sus responsabilidades a una correcta conservación y administración de la naturaleza.
d.Teleologism o de la naturaleza fórmula antigua, rehabilitada por Hans Jonas en una obra que hoy es un clásico, El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, cuyas tesis han
generado una importante toma de posiciones sobre el problema.
La discusión que se ha venido generando ha proporcionado un conjunto de cuestiones que vienen siendo respondidas desde diferentes puntos de vista. Para que podamos hacernos una idea de la abundante reflexión que el tema del medio ambiente ha venido generando en la reflexión ética, le presentamos algunas de ellas, conscientes de que nosotros no podemos, dentro de los límites de nuestro curso, dar todos los elementos que nos permitan no ya responder, sino incluso comprender los elementos implicados en todas esas preguntas:
Aspectos éticos de las relaciones del hombre con la naturaleza
Algunas preguntas básicas
¿Es la naturaleza, en cuanto hábitat del hombre, materia moral, del mismo modo que los son la hacienda del vecino, el trabajo en la empresa o la salud del ciudadano?
¿Existen obligaciones y deberes a los que los hombres tengan que adecuar sus conductas cuando se relacionan con espacios naturales, animales o plantas?
De existir estas obligaciones, ¿cuáles son las leyes que las imponen y cuál es el legislador que las sanciona y promulga?
¿Es la naturaleza competente para generar deberes, y en caso de respuesta afirmativa, cuál es la fórmula de los nuevos imperativos morales?
Imperar y obligar, es decir, generar deber, y sus correlatos cumplir o no cumplir una obligación, ¿son asuntos privativos del ser humano, en cuanto persona dotada de razón, libertad y lenguaje o pueden también ser atribuidos a seres no humanos?
¿Están capacitados los animales, plantas y espacios naturales para ser “sujetos
de derechos”, del mismo modo que lo son y por representación los ejercen, seres humanos incapacitados para razonar, decidir libremente o hablar, tal es un feto en avanzado estado de gestación o un moribundo en estado de coma?
En la hipótesis de que los fundamentos del mundo moral no hayan de situarse en la autonomía y libertad del hombre, sino en las leyes que rigen la vida de la naturaleza a la que el hombre pertenece, ¿qué sucede con aquella autonomía y con aquella libertad a la hora de tomar decisiones?
La reflexión ética sobre el medio ambiente se ha nutrido de los mismos elementos que mencionamos en la primera parte. Así se constata en los diferentes textos de quienes se ocupan específicamente del tema. Bien nos lo resumen Gómez-Heras, en el trabajo citado, págs. 29-30:
Determinados procesos productivos, basados sobre conceptos alicortos de bienestar y progreso, comportan inconvenientes y problemas a veces mayores que las ventajas que reportan. Un bienestar y una prosperidad, calificable de ficticios, sustentados sobre la abundancia de la locomoción, cultura de la imagen y consumo a ultranza, implica riesgos nada banales para el psiquismo humano y para la deshumanización creciente de las relaciones interpersonales. La crisis ecológica está poniendo de manifiesto que el desarrollismo tiene sus límites y que el sistema de producción de bienes vigente está necesitado de un golpe de timón en nombre de valores superiores a los cotizados por la sociedad consumista. La imagen convencional del ciudadano en el sistema económico convencional, identificada con el hombre como “voraz consumidor” y “productor eficiente” muestra que se ha perdido el ideal de la “dignidad de la persona autónoma”. El
individuo y su mundo personal han sido diluidos en el anonimato de la sociedad masificada y sometidos a las leyes de un mecanicismo económico, impuesto por el proceso productor de la economía industrial.
La acción humana queda institucionalizada en tal proceso mediante las figuras del
“productor” y de“consumidor”, siendo relegadas al olvido aquellas dimensiones del sujeto humano, que tienen que ver con su intimidad personal. De esa pérdida del sujeto y de su mundo se hacen eco las críticas en aumento contra el sistema de desarrollo técnico-industrial, orientado hacia un consumismo insolidario, entre cuyas víctimas se encuentra la naturaleza. Del desasosiego causado por el vacío de valores morales y el pleno de intereses económicos o de estrategias de poder, emergen fórmulas novedosas, que anuncian que algo nuevo se encuentra en camino. La palabra alternativa, aplicada a la economía, a la ciencia, a la técnica o al estilo de vida, reaparece insistentemente en nuestro lenguaje. Con ella se quiere significar, por una parte, el rechazo de una idea de desarrollo y progreso, que implique degradación de la naturaleza, mediante procesos de despilfarro de materias primas, contaminación atmosférica o riesgos para la salud pública y, por otra, la necesidad de un cambio de paradigma de valores, en el que añejas virtudes sociales, tales como la austeridad o la solidaridad, encaucen un nuevo estilo de conducta, que redescubra la salubridad de la vida campestre hasta
opciones con intenso componente utópico, en cuanto a los hábitos de consumo y trabajo
2. Diversas argumentaciones en Ética