Por otra parte encontramos que la OMS (1994) y posteriormente las APA (2013) con la publicación del DSM5, desaconsejan el uso del término por su ambigüedad y por tratarse de un concepto que alude a la enfermedad con una connotación negativa.
Independientemente del término utilizado, encontramos que los comportamientos evaluados son los mismos o similares (Chamorro et al, 2014; Chóliz y Marco, 2011; Chóliz y Villanueva, 2010; Chóliz, Villanueva y Chóliz, 2009; Davis, Flett y Besser, 2002;
Fernández-Villa et al, 2015; Gámez-Gaudix, Orue y Calvete, 2013; García del Castillo, et al., 2008; Kim y Kim, 2010; Koo y Kwon, 2014; Kwon et al., 2013; Labrador y Villadangos, 2010; Villadangos y Labrador, 2009).
Por tanto, siguiendo la recomendación de la OMS (1994) y la APA (2013) sobre el abandono del término adicción y de los términos analizados a lo largo del capítulo 1, el uso problemático parece ser el término más extendido sin considerar el carácter de enfermedad crónica y que mejor se puede ajustar a la explicación del fenómeno (Davis, 2001; Caplan, 2010).
Paralelamente encontramos un vacío teórico en la comprensión y explicación, posiblemente derivado de una falta de teorías en el consumo de sustancias que se puedan ajustar a un modelo en el uso problemático de las TICs (Brand, Laier y Young, 2014; Caplan, 2010;
Davis, 2001).
Por ello, del análisis realizado, la teoría que muestra mayor apoyo empírico hasta la fecha, Generalized Problematic Internet Use (Caplan, 2010), resultado de la teoría de Davis (2001), The Cognitive Behavioral of pathological internet use, sirve como referente para profundizar en el estudio del fenómeno.
La teoría muestra una explicación de los posibles procesos cognitivo - conductuales implicados en el desarrollo de un uso problemático hacia internet como conjunto de recursos (internet para navegar, redes sociales, mensajería, etc.), y que traen como resultado consecuencias negativas (Caplan, 2010).
La limitación de la teoría en su explicación de las consecuencias negativas abre las puertas a nuevas líneas de investigación. Por este motivo, como objetivo del estudio la propuesta fue diseñar y validar un cuestionario que pudiera mostrar el constructo consecuencias
negativas derivadas del uso problemático de internet (GPIU) y que pudiera discriminar las consecuencias negativas del uso problemático entre aplicaciones.
El cuestionario fue diseñado en base a las siguientes limitaciones encontradas en los estudios revisados y concretamente de los cuestionarios utilizados en las investigaciones:
• Entender las TICs como herramientas de comunicación y trasmisión de información necesarias para el desarrollo social entre otros aspectos, diferenciadas por aparatos electrónicos (hardaware), como el teléfono móvil, y aplicaciones o programas informáticos (software) como el whatsapp, redes sociales, etc. (Carbonell, Fúster, Chamorro y Oberst, 2012).
Respecto a las aplicaciones (software), Internet es la gran fuente de preocupación desde el inicio de los estudios del comportamiento hacia las TICs y debe ser entendido como fuente de recursos y no de forma global, como recomiendan los resultados mostrados en otras en las investigadores (Carbonell, Fúster, Chamorro y Oberst, 2012; Chóliz y Villanueva, 2010; Gámez-Guadix, et al., 2013; Kubey, Lavin y Barrows, 2001; Strittmatter et al., 2015; Villadangos y Labrador, 2009).
En cuanto a los aparatos (hardware), el móvil es la gran estrella, porque incluye las aplicaciones, pero en este punto aparece discrepancia respecto a que el uso del móvil en sí mismo no muestre problemas sino más bien las aplicaciones que por medio del móvil utilizamos (redes sociales, mensajería, llamadas, etc.) (Carbonell et al., 2012).
• El constructo consecuencias negativas que se pretende medir responde a la necesidad de crear consenso entre investigadores, de tal manera que hablamos de uso problemático como término causal y resultado de este las consecuencias negativas (Beranuy, Chamarro, Graner y Carbonell, 2009; Carbonell, et al., 2012;
Carbonell, Fúster, Chamarro y Oberst, 2012; De Gracia et al. 2002; Gámez-Guadix, et al., 2013; Navas, Torres, Cándido y Perales, 2014; Ruiz-Olivares, Lucena, Pino y Herruzo, 2010; Viñas, et al., 2002; Davis, 2010).
El uso problemático como sugieren autores precisa de ser evaluado hacia las aplicaciones específicas (Carbonell, Fúster, Chamorro y Oberst, 2012; Chóliz y
Villanueva, 2010; Gámez-Guadix, et al., 2013; Kubey, Lavin y Barrows, 2001;
Strittmatter et al., 2015; Villadangos y Labrador, 2009). De esta manera también conseguimos el consenso en cuanto a la evaluación del mismo uso problemático en las TICs.
• Siguiendo la sugerencia de Davis (2001) y posteriormente Caplan (2003, 2005) en el modelo propuesto por ambos para la evaluación del constructo consecuencias negativas, la construcción de los ítems se basa en los criterios diagnósticos de trastorno por consumo de sustancias del DSM5, porque según los autores las CNs, son similares a los criterios de Young (1998), estos son una traslación directa de los criterios DSM-IV de consumo de sustancias.
A diferencia del DSM-IV, este nuevo manual que suprime la palabra adicción y dependencia, puede estar exento de críticas respecto a los autores que opinan sobre la limitación de trasladar directamente los criterios de adicción y dependencia al diseño de cuestionarios de evaluación del comportamiento hacia las TICs (Chamorro et al., 2014).
Además los nuevos grupos de criterios elegidos por la APA para su clasificación, pensamos que responden más hacia un modelo psicosocial y no tanto biomédico de consecuencias, no así la explicación causal de la trastorno.
Estos grupos de criterios son: control deficitario, deterioro social, consumo de riesgo y farmacológico (abstinencia y tolerancia). Unido al modelo propuesto por el DSM5, también es sugerente guiarse por la literatura analizada sobre los cuestionarios ya publicados.
• Se considera la necesidad de evaluar las consecuencias negativas en adultos por la falta de estudios con evidencia empírica (Carbonell, Fúster, Chamorro y Oberst, 2012).
A pesar de que existen estudios en población con edades hasta los 54 o incluso 67 años, los participantes de estas edades formaban un porcentaje bajo, no superando el 12% aproximadamente, considerando los autores a la muestra como adultos jóvenes, pues las medias de edad se situaban por debajo de 25 años (Beranuy et al.,
2009; Chamorro et al., 2014; Chóliz y Marco, 2011; Chóliz y Villanueva, 2010; De Gracia Blanco et al., 2002; Fernández - Villa et al. , 2015; Gámez-Gaudix, et al., 2013; García del Castillo et al., 2007; Jenaro, et al., 2007; Labrador et a., 2013;
López-Fernández et al., 2012; Tejeiro y Bersabé, 2002; Torrecilla et al., 2008;
Young, 1998).
CAPÍTULO TERCERO ESTUDIO EMPÍRICO
ESTUDIO EMPÍRICO