Hasta aquí hemos mostrado un mapa diverso, conformado por seis corrientes interconectadas, que constituyen el territorio de la comunicación social en Bolivia.
En efecto, no encontraremos un solo medio en el país que escape a cualquiera de estas seis vertientes o no sirva de espacio de confluencia de varias de ellas.
Dado su énfasis temático, una radio, canal o periódico puede ser comercial, popular-participativo, local, religioso, gubernamental o político/económico-elitista. A su vez, considerado su poder de irradiación, tendrá un impacto en cadena a nivel nacional, albergará a una identidad socio-cultural o partidaria específica, estará arraigado en una localidad más reducida, apelará a una comunidad de fe o impulsará los gustos de los segmentos ligados al poder.
La muestra más elocuente de que esta clasificación es pertinente y completa es la lista de propietarios de radioemisoras. La radio no sólo tiene más frecuencias, sino que es el medio de comunicación más barato y accesible. Esto permite observar un conjunto más pluralista de dueños. Pues bien, una revisión del dial nos permite encontrar emisoras comerciales, partidarias, religiosas, local- segmentarias o afiliadas a alguna red nacional (sobre todo de la Iglesia católica).
Una primera conclusión de este acopio de información permite colegir que si bien los medios de comunicación social en Bolivia pretenden llegar a un público amplio y heterogéneo, una “comunidad imaginada” de rasgos comunes, en los hechos apelan a segmentos claramente identificables y diferenciables. Ni siquiera los grandes consorcios multimedia poseen medios de implantación nacional indiferenciada. La misma concentración de propiedad alimenta la tendencia a construir medios regionales con lenguajes y dinámicas focalizadas. La brecha entre receptores es más clara cuando se observa la conformación de sistemas comunicacionales compartimentados por identidades partidarias, religiosas o locales. En cada caso, los discursos contribuyen a distanciar a sus oyentes del resto de la sociedad o a convertirlos en soldados de una causa expansiva y aislante.
Se produce entonces un fenómeno de doble sentido. Por un lado se da la concentración de cargas identitarias en torno a determinadas ofertas mediáticas que generan una sensación de cuerpo supralocal. Así, evangélicos, militantes, lugareños o sectores de élite se unifican en torno a órdenes simbólicos bien definidos. Al mismo tiempo que se constituyen en públicos distinguibles y autoidentificados, contribuyen a la fragmentación general.
A pesar de ello, existen momentos de disfrute de un lenguaje común que conforman un público ampliado. Es el caso de los grandes encuentros deportivos, transmitidos por televisión a todos los rincones de Bolivia, o los acontecimientos globalizadores como el terremoto de Aiquile, los accidentes dramáticos, las elecciones nacionales o la muerte de personalidades nacionales reconocidas.
Es cierto que el mapa de tendencias presentado amerita una investigación a profundidad que convalide sus hallazgos. La limitación de este ensayo es precisamente el estar supeditado a la información disponible y no poder ampliar el conocimiento de esta realidad mediante datos empíricos nuevos.
Hasta aquí hemos esbozado algunas respuestas a un par de preguntas planteadas al principio de este trabajo. Los medios de comunicación bolivianos no parecen ser generadores de expectativas frustradas debido a su variedad polisémica. Los sectores más pobres, es decir, los más susceptibles a ser afectados por las demostraciones de prosperidad de otras realidades, han sabido darle un uso muy particular a los medios electrónicos. Antes que incongruencia entre lo exhibido y la realidad, encontramos una serie de emisores totalmente penetrados por las lógicas populares y subalternas. Desde las emisoras provinciales hasta las ofertas evangélicas pulula la diversidad de lenguajes y orientaciones. Ni siquiera un medio religioso es similar a otro cuando se cambia de región. A pesar de la concentración de la propiedad, el pluralismo mediático parece ser una realidad vigente.
Con respecto a la participación en micrófonos y pantallas, se percibe un proceso cada vez más acelerado de inclusión de los públicos en las tramas discursivas. En efecto, sobre todo la televisión y la radio se acercan en el país a
crear las posibilidades de ejercer una suerte de democracia directa en la que la cultura escrita, antes dominante, pierde relevancia. De la misma manera, los esquemas dominantes del consumo, los iconos de la cultura occidental y los factores de estatus urbano se multiplican en todas las superficies discursivas, determinando así, sobre todo entre los jóvenes, una tendencia hacia la puesta en común de muchas pautas de conducta que antes eran patrimonio cultural de ciertas élites.
Aquí se convalidan algunas ideas interesantes planteadas por Alison Spedding (1999). Ella afirma que en Bolivia no existe una cultura nacional legítima.
Las élites de este país observan como legítimas las culturas de otras naciones, de las que incluso se sienten mediadoras en su uso y comprensión local. En la medida en que las cosmovisiones indígenas no son reconocidas como válidas y más bien adolecen de desprestigio entre los mismos pueblos originarios, los medios de comunicación son vehículos ideales para valores externos, siempre más apreciados por el público boliviano.
Las experiencias de la comunicación popular no escapan a esta orientación exógena. Muchos de los radialistas en idioma nativo pasan varias horas traduciendo recetas de cocina, consejos de belleza y obras de la literatura clásica universal, extractadas de publicaciones extranjeras a fin de darle prestigio a sus programas.
Como puede percibirse en la última serie de indagaciones sobre la Reforma Educativa, financiados por el Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB), los padres de familia del mundo indígena quieren que la escuela enseñe castellano y se resisten a aceptar la enseñanza en los idiomas vernaculares.
Prevalece la idea de que la escuela tiene que vincular al niño con el mundo urbano, provisto de un gran prestigio. Los medios no escapan a ello, sin que eso quiera decir que se limiten a reproducir esquemas ajenos. Más bien encontramos una interesante combinación de elementos propios y externos, que muestran una propuesta de modernidad reelaborada.
A partir de estas reflexiones, podemos decir que la asincronía entre el desarrollo de los medios y la economía no es necesariamente negativa. Los medios de comunicación han acelerado los procesos políticos y culturales de la manera descrita, permitiendo así una identificación proyectada de la gente con los mensajes, antes que un sentimiento enajenado. Aquí encontramos nuevamente una respuesta combinada a las preguntas planteadas al inicio. El surgimiento de frustraciones es contrapesado por el uso peculiar de los medios y la injerencia en ellos de las gramáticas propias de los públicos.
Contrastemos ahora estas conclusiones parciales con el análisis de dos programas de televisión, seleccionados como representativos del mapa de tendencias explicado. Se trata de “Sábados Populares” y “De Cerca”, el primero, un show de música y concursos; el segundo, un programa de entrevistas a profundidad.
Ambos espacios están destinados a públicos distintos, casi antagónicos. Los dos nacieron en la ciudad de La Paz y se difunden hoy en todo el país. Comparten también una vigencia de más de una década en el aire, son espacios consagrados por el tiempo y las estaciones de televisión en las que surgieron.
“Sábados Populares” se sitúa en el punto de encuentro entre dos de las seis tendencias señaladas: es parte de uno de los consorcios mediáticos más poderosos (el grupo Garafulic), y por supuesto está claramente orientado hacia el terreno comercial, pero además tiene origen en la comunicación popular que no tardó mucho en desembocar aceleradamente en la arena electoral.
“De Cerca” también es vía de paso de dos tendencias. Es parte de la concentración de la propiedad, al ser engranaje del grupo de “familias periodísticas”, y además prosigue con la tradición del periodismo de élite, descrito en este documento como quinta tendencia. Éste, el análisis.
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