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Territorialidad

3. ANÁLISIS ESPACIAL: APROXIMACIONES CONCEPTUALES

3.1 Territorio

3.1.1 Territorialidad

La territorialidad es una forma de comportamiento espacial, un acto de intencionalidad, una estrategia con tendencia a influir o controlar recursos de un territorio Como estrategia, “la territorialidad puede o no puede ser utilizada, de la misma forma que una porción del espacio puede convertirse en territorio en un momento dado y dejar de serlo en otro momento” (Nogué Font & Vicente Rufí, 2001, pp. 169–170)

Asimismo, Sack (1986:2) dice que “la territorialidad reposa directamente dentro de dos tradiciones geográficas: geografía social y geografía histórica, las cuales están interconectadas y forman un acercamiento socio-histórico”. El problema según el autor, se centra en la compleja diferencia entre el acercamiento particular de la geografía histórica y la generalidad del acercamiento desde la geografía social, así como de su componente teórico. Por ello, una importante característica de la teoría territorial es que está diseñada para revelar las razones potenciales para usar la territorialidad, las cuales son usadas dependiendo del contexto. Territorialidad, entonces, es históricamente un uso sensitivo, utilitarista, funcional y simbólico del espacio; y depende de quién, porqué y para qué la está controlando. Es la llave del componente geográfico para entender cómo la sociedad y el espacio están interconectados. (Sack, 1986)

3. Análisis espacial: aproximaciones conceptuales

Para Sack (1986:2), “la territorialidad es el intento o la estrategia espacial de un individuo o grupo de afectar, influir o controlar gente, elementos y sus relaciones, delimitando y ejerciendo un control sobre un área geográfica y en un determinado tiempo”. Por lo tanto, es referente de identidad y de pertenencia; pero, al mismo tiempo, es elemento de control y de poder. No requiere ser limitada físicamente, pero se construye en el imaginario social y se acota culturalmente, se le representa de acuerdo a los códigos simbólicos que culturalmente son significantes para el grupo; luego, establece fronteras a partir de formas simbólicas que combinan una prescripción en cuanto a dirección y otra con relación a posesión o exclusión (Sack, 1991:194; en: Crespo Oviedo, 2006, p. 20)

Para Crespo (2006:17), “la territorialidad es entendida como la experiencia concreta que las sociedades adquieren de la ocupación, modificación y control de un territorio específico, por medio del cual los diversos grupos humanos se apropian de los recursos y de lo que él contiene; es decir, la experiencia de ocupación social del espacio geográfico constituye la apreciación que del mismo se posee y no puede ser ajeno a esa práctica”. Para el mismo autor, la territorialidad no sólo incluye las características de lugar, forma, ocupación y transformación del espacio, sino el modo en que éstas son concebidas y descritas desde diferentes perspectivas culturales, sociales e intelectuales.

Desde el enfoque geográfico de Sack (1986) y Crespo (2006), la territorialidad corresponde a la “expresión geográfica primaria del poder social”; en ese sentido, “se convierte en un medio de reproducción de las ideologías, en tanto que legitiman el poder” (Ricoeur, 2000; en: Crespo, 2006:21); y, asimismo, se trata de una poderosa estrategia geográfica que sirve para controlar personas y cosas, y finalmente se alcanza controlando un área.

En referencia a la forma de práctica espacial que construye un territorio, Montañez (2001) conceptualiza a la territorialidad como: “el grado de dominio que tiene determinado sujeto individual o social en cierto territorio o espacio geográfico, así como el conjunto de prácticas y sus expresiones materiales y simbólicas, capaces de garantizar la apropiación y permanencia de un territorio dado bajo determinado agente individual o social. Los sujetos que ejercen territorialidades pueden ser individuos, grupos sociales, grupos étnicos, empresas, compañías trasnacionales, Estados- Nación o grupos de Estados-Nación. Las territorialidades se crean, recrean y transforman históricamente en procesos complejos de territorialización o des- [re]-territorialización, impulsados a través de mecanismos consensuados o conflictivos, de carácter gradual o abrupto”

(Montañez, 2001, p. 22)

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Por su parte, León (2011 citado por Peral, 2012) señala que la territorialidad debe pensarse como esta acción consciente que pretende afirmar políticamente al espacio social de un sujeto colectivo. A su vez, destaca el hecho de que hay una existencia múltiple y simultánea de sujetos colectivos, lo que implica necesariamente el hecho de que se den con ellos, distintos proyectos y prácticas políticas de adecuación del espacio.

Esta coexistencia de multiterritorialidades se da a partir de que no todas operan necesariamente en la misma escala, y cuando ello ocurre, aparecen distintas dinámicas de complementación o confrontación según sus propias tensiones y contradicciones. Por ende estos procesos siempre deben entenderse de manera asociada, tanto a los sujetos que los producen como en las relaciones entre ellos, pero tomando en cuenta que cada uno realiza acciones específicas para poder cumplir con sus fines políticos o territoriales.

Este proceso que implica tensiones y contradicciones, lleva implícita la generación de transformaciones en las formas de construir los territorios y de practicar la territorialidad, más aún, los actores en los que se fundamentan esas prácticas, también han estado sujetos a procesos de cambio, nacimiento o extinción, y en el mundo contemporáneo, al momento que ocurre una complejización de las relaciones sociales, ha ocurrido una densificación territorial como resultado del proceso de mundialización del capital y de la cultura occidental. Es por ello que las territorialidades construidas en la actualidad adquieren matices que no podrían encontrarse en etapas previas, ya que estas se dan sobre nuevas condiciones tecnológicas y socioculturales. (Peral, 2012)

De tal forma, los sujetos, en su cotidianidad están en la posibilidad de ejercer prácticas espaciales que construyen distintas identidades territoriales, que pueden ir desde el apego al barrio, pasando por la identidad del pueblo o la ciudad; ésta a su vez inserta en las identidades de la región, del país y llegando hasta la conciencia del ser/estar en el mundo. Es así que la territorialización humana no es una relación biunívoca, ya que el ser humano es capaz de producir y habitar más de un territorio, lo que implica un fenómeno de multipertenencia y superposición territorial. (Haesbaert, 2011:285).

Sin embargo, como se mencionó anteriormente, estos procesos de territorialidad, si bien construyen identidades múltiples o multiescalares, no pueden desligarse del hecho de que son prácticas que buscan hacer efectivo el uso y control del espacio, independientemente de la especificidad que adquiera ese uso y control. Así, cuando se tienen realidades que son atravesadas por prácticas espaciales diversas que decantan en escenarios de multiterritorialidad, hay quienes basan su fuerza en el uso explícito del territorio, dado que la naturaleza de sus actividades no se encuentra el hablar, el escribir, su fuerza está fuertemente asociada a su presencia física en el espacio. Es

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necesario ocupar el espacio, hacerse presente” (Gonçalves, 2001:214, citado por Peral, 2012).

Como señala Boisier, (2003), el ser humano es un “animal territorial” antes que el aristotélico “animal político”, lo que nos recuerda nuestra elemental animalidad. Al

“defender” nuestro territorio, ya no se nos erizan los pelos ni mostramos los colmillos, pero somos rápidos en desenfundar el revólver y también en apretar el botón nuclear.

Así pues, el territorio seguirá formando parte básica de nuestra conducta y seguiremos levantando muros reales o virtuales y continuaremos siendo la especie animal con mayor agresividad territorial. Para demostrar de un golpe la importancia actual y perenne del territorio, bastaría preguntar a un palestino o a un israelita su opinión al respecto.

En la construcción de su propio ser, el ser humano cimienta su identidad apelando a una matriz de relaciones (familia, religión) entre las cuales destaca por su fuerza la vinculación a un territorio. El ser de un lugar, el reconocerse en el lugar, es una derivación del carácter territorial del «animal humano» y tan fuerte que, como sabemos, el exilio es considerado como una pena máxima y el desarraigo del territorio cotidiano, aún en procesos migratorios internos y voluntarios, es una experiencia dolorosa para las personas. (Boisier, 2003)

Hay que agregar que la enorme mayoría de la población del planeta ve transcurrir su vida o gran parte de ella, en un muy reducido entorno territorial, que probablemente puede ser descrito por un círculo con un radio menor a 100 kms. Se trata de un «entorno cotidiano»: allí se nace, se crece, se forma familia, se busca ocupación, se demandan servicios y probablemente se es enterrado allí mismo. Esto significa que para muchos, el proyecto personal de vida está fuertemente atado a la «suerte» de su entorno cotidiano:

si a éste le va mal, la posibilidad de realizar el proyecto individual es baja y a la inversa.

De esta forma se establece entre el individuo y el territorio una relación

«hologramétrica», en el lenguaje de Edgar Morin, es decir, la parte está en el todo (el individuo está en el territorio) tanto como el todo en la parte (el territorio está en el individuo) y ello hace del territorio una cuestión muy importante para la persona y ello respalda también el envolvimiento cívico de las personas en el manejo de su entorno.

(Boisier, 2003)

Esa relación hombre-territorio, al poseer el primero sentimientos y emociones, puede adquirir cualidades como la topofilia o la topofobia. Tuan, (2007, citado por Kuri, 2013) dice al respecto que la topofilia supone la parte emocional de los individuos en torno a un espacio material percibido, apropiado, habitado y significado. Se trata de aquellas

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manifestaciones de amor por un lugar determinado que están condicionadas tanto por las coordenadas históricas y culturales como por la propia experiencia socioespacial de los individuos. Si bien existen factores biológicos que casi universalizan las capacidades sensoriales de las personas, la percepción, acota Tuan, está configurada también por componentes culturales.

Así como los grupos sociales pueden desarrollar un sentimiento de empatía hacia su entorno, también pueden surgir emociones opuestas, las cuales están englobadas en el concepto de topofobia, desarrollado por Edward Relph (1976, citado por Kuri, 2013).

Contario de lo que es la topofilia, esta última noción implica el sentimiento de rechazo o desagrado hacia un lugar. En ocasiones dicha emoción está sustentada en una experiencia traumática, en la violencia o en el miedo, aunque no se trata de una regla.

Como se puede deducir, tanto el ánimo topofílico como el topofóbico están mediados por la experiencia socioespacial de los agentes sociales. (Kuri, 2013:91)