Era discreta y sencilla, y como jamás participó en las discusiones de los dioses, menos en una guerra, no figuraba en los frisos ni en las pinturas. Cuando Dionisos fue introdu- cido al Olimpo después de haber vagado loco por el mundo, ella con la mayor nobleza le cedió su lugar preeminente y se fue humilde a vigilar el fuego sagrado. En realidad no tenía hazañas qué resaltar. No obstante, su solo nombre inspiraba la confianza y la fe que producían los milagros del diario vivir. De allí que, aun por mandato de Zeus, que también la respetaba y amaba tiernamente, su imagen y advocación estuvo en todos los templos de los diferentes dioses, aun en los del rey de ellos.
Ovidio narra una historia un tanto cómica. Príapo, el hijo de Afrodita y Dionisos, encarnación del sexo desen- frenado, una noche borracho trató de violar a Hestia que dormía. Tenía el enorme falo levantado como un mástil. Y en los momentos en que iba a dar el asalto, el burro de Sile- no rebuznó desesperadamente despertando a todos. Y allí quedó en ridícula evidencia el horrendo Príapo, que tuvo que devolverse con el rabo entre las piernas, avergonzado.
Hestia era la deidad del hogar por excelencia. Su nom- bre en griego significaba el fuego doméstico que ardía en cada casa. Ese fuego que había entregado Prometeo a costa de tantos tormentos para él, se consagraba en las viviendas a quien, después de Prometeo encadenado, defendió a los seres humanos y supo acercárseles con su distintivo funda- mental que era el amor. El amor que no quería sexo ni tenía interés diferente a ese sentimiento de afecto puro. Era pues el fuego de Hestia, es decir el hogar, que todos tomaban de su templo y llevaban al sitio donde vivían para que fuera santificado por la diosa.
Cuando los griegos, en la plenitud de su florecimiento, fueron a fundar colonias en otros lugares del Mediterráneo, llevaban indefectiblemente en sus barcos la llama que ha- bían encendido devotamente en el templo de Hestia. Y si se les apagaba la volvían a encender frotando dos maderos, uno de los cuales hacían rotar sobre sí mismo encima del otro. La forma primitiva. O, conforme lo conocieron des- pués, por medio de un cristal con cierto poder de aumentar los rayos del sol. Así seguía siendo, naturalmente, el fuego sagrado.
Hestia era virginal. Como debían serlo sus sacerdotes y vestales. En una oportunidad, motivados por su dulzura, se enamoraron de ella Apolo y Poseidón y ambos quisieron poseerla a la manera de los dioses, sin pedir permiso. Pero Hestia logró esquivarlos y fue ante Zeus, le puso una mano en la cabeza y juró por él, que era lo más sagrado, que jamás conocería un varón. Y en adelante un dios tan libidinoso como su hermano Zeus, la hizo respetar de todos.
Era a ella a quien primero, en toda reunión, se le hacían las ofrendas, incluso antes que a Zeus. Y a la que se le consa- graban, por encima de los demás dioses, los sacrificios más tiernos: terneras de menos de un año, con lo que se hacía alusión a su virginidad.
Se puede alguien preguntar: siendo tan discreta, ¿cuál era la razón para que todos la veneraran con tanta unción por encima de las otras deidades? La respuesta es simple:
porque era la diosa del hogar, esto es, de la familia que ella protegía. Propiciaba el amor entre los padres y de éstos a los hijos y de los hijos hacia ellos mismos, en un conjunto sabio inspirado por esa diosa virginal que tendía su manto protector sobre todos.
En otras palabras era la paz primigenia de la familia congregada, sin disputas, como una ambición primordial del ser humano. Algo que seguramente no era tan fácil en una sociedad donde los griegos decían que tenían esposas para procrear hijos, concubinas para divertirse y si les alcanzaban los recursos, aún quedaba una instancia superior, que era el ambiente de la cortesana, donde se refinaba el espíritu en todos los aspectos. No ha de olvidarse que Sócrates asistía a la tertulia de Aspacia, la cortesana, de tanta inteligencia que logró cautivar a Pericles y hacerlo su marido.
Por cierto que fue Hestia la que enseñó a los hombres a construir sus casas con bloques de barro y arena secados al sol y luego pegados con la misma mezcla.
En cada ciudad o aldea se construía un templo expuesto al aire, con el fuego sagrado en el centro, que era el Pritan- ción, o templo de Hestia, pero al mismo tiempo lo era de todos los demás dioses. Y era en ese lugar donde se reunía normalmente el pueblo y donde hacían recibimiento a los embajadores y visitantes ilustres. Al mismo tiempo era allí donde acudían los que partían en funciones de comercio,
o a la guerra, o a la aventura, para pedir el auspicio de la amorosa Hestia.
Hestia fue una diosa tan importante porque en ella la imagi- nación popular creadora no puso los elementos imperfectos, pero humanos, de las pasiones, de los vicios, de los robos de que era patrón Hermes, ni de los homicidios de que también lo era Ares, o de de los celos furiosos de Hera o las infidelidades de Zeus o los trucos eróticos de Afrodita y Eros. No. En Hestia se congregaba la mayor nobleza, la ternura, la pureza, el amor familiar y de los amigos, como el más acendrado don que puede surgir del ser humano. En otros términos, era la más pura encarnación del bien.
Afrodita, Venus de los romanos
Vimos cómo, según unos, era hijo de Hera y Zeus. Se- gún otros, solo de Hera, versión que parece más aceptable, comoquiera que Zeus produjo hijos muy hermosos. Hera en cambio, cuando obraba de rueda suelta, solo engendró y parió un monstruo como Tifón. Por eso seguramente Hefeis- tos, también fue su vástago exclusivo. “Por ser yo cojo –se quejaba–, Afrodita, hija de Zeus, me cubre continuamente de deshonra. Ama a Ares el destructor, porque es hermoso y tiene las piernas derechas, mientras que yo soy defectuoso de nacimiento. Pero la culpa no es mía sino de mis padres…”
También se narró que, sin poder tolerar su fealdad, Zeus, a raíz de una de sus frecuentes peleas con Hera, cuando He- feistos salió en defensa de su madre, lo cogió de una pierna y lo arrojó con tanta fuerza sobre Lemnos que quedó cojo.
Dios volcánico y por lo tanto dios del fuego.
Pero esa no es la sola versión que existe. Se cuenta igualmente que, por el horror que le dio a Hera la visión muy morena del neonato –un poco quemadito por los volcanes–,