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XIII

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51 Minerva de los latinos.

Atena o Atenea

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Pero ésta ya llevaba en su vientre el producto de esa cópula. Y así, nueve meses después, Zeus sintió un irresis- tible dolor de cabeza. Desesperado, el todopoderoso señor del Olimpo llamó a Hefeistos y le pidió que, ante lo insufri- ble del padecimiento, le descargara un golpe en lo alto del cráneo, lo que éste hizo con un hacha. Y asombrosamente se alivió su dolor cuando de la herida salió, ante sus ojos atónitos, una mujer adulta, vestida con arreos de guerra y armada de lanza. Bella por definición y sabia. Desde ese mismo instante lo amó a él como padre y madre, porque ésta se quedó en las entrañas de Zeus. Y se llamó Atena o Atenea. Como símbolo característico, que también lo fue de la sabiduría, por los ojos siempre abiertos, en su hombro se posaba una lechuza.

Fue virgen y ninguno pudo quebrantar su pureza. Se cuenta que, enamorado como estuvo de ella Hefeistos, bajo promesa de matrimonio la llevó al tálamo. Mas cuando iba a llegar al orgasmo, precoz por cierto, el cuerpo pasivo de la diosa se desvaneció y el Cojo solo pudo eyacular en el aire. El semen cayó a la Tierra y de ella brotó Erictonio.

Apolodoro sostiene que el frustrado coito fue un intento de violación de Hefeistos y que, cuando soltó su semen en el aire, le cayó en una pierna a Atenea. Que ella se limpió con un paño de lana que arrojó a la Tierra y fue de allí de donde brotó Erictonio. Es más o menos lo mismo.

Atenea recogió al niño y lo adoptó maternalmente y, por sus enseñanzas y cuidados, hizo de él un rey de Atenas cuya sabiduría fue legendaria.

Fuera de las armas al nacer, la diosa se presentó además con un atavío completo de guerra. Usaba casco, la lanza en la mano derecha, el escudo en la otra, y sobre el pecho la égida, que era la armadura que le tomó a su padre, hecha con la piel de la cabra Amaltea (de la que ya se habló). Después de que Perseo dio muerte a Medusa con su ayuda, en el centro de la la égida colocó el abominable rostro del monstruo, con sus serpientes enroscadas por cabellera (también se habló de ella antes), que convertía en piedra a los que la miraran.

Por esta circunstancia, y por proferir gritos de guerra igualmente al nacer, se la tomó como una deidad bélica. Y ciertamente lo era. Pero, como se verá en el capítulo siguien- te, a diferencia de su hermano Ares, que amaba la guerra por

las matanzas, la sangre derramada, los brazos hendidos, las cabezas rotas y la muerte, Atenea era diosa de la guerra justa.

De esa que los tratadistas de derecho internacional siempre han conocido como la ultima ratio. Y era una estratega que dirigía los combates con inteligencia. En la guerra de Troya estuvo al lado de los griegos, como que era la patrona de Atenas, y fue ella la que sugirió al taimado Odiseo la treta del caballo. Y hasta por ellos llegó a enfrentarse a Ares, al que inclusive hirió y doblegó.

En la Ilíada, Ares ha dado muerte brutal a muchos. En- golosinado con la matanza, a la que también asiste Atenea.

Ares, acabando de dar muerte al gigante Perifante, ya se aprestaba a emprenderla con el noble Diomedes, domador de caballos y protegido de Atenea. Tembloroso, éste implora a su deidad. Atenea le contesta: “¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón! No temas a Ares ni a ninguno de los inmortales.

Tanto te voy a ayudar”. Y sale a enfrentarse con Ares, listo a dar el golpe mortal. “Al hallarse a corta distancia –dice Homero–, Ares, que deseaba quitar la vida a Diomedes, le dirigió la broncínea lanza por encima del yugo y las riendas;

pero Atenea, la diosa de ojos de lechuza, cogiéndola y ale- jándola del carro, hizo que aquél diera el golpe en vano. A su vez Diomedes, valiente en el combate, atacó a Ares con la broncínea lanza y Palas Atenea, apuntándola a la ijada del dios, donde el cinturón se ceñía, hiriole, desgarró el hermoso cutis y retiró el arma”. Ares, adolorido, con la herida abierta, fue donde Zeus a ponerle la queja contra Atenea. Y Zeus, después de oírlo, le respondió: “No te lamentes, sentado junto a mí, pues me eres más odioso que ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas y tienes el espíritu soberbio que nunca cede.

Ares era la fuerza bruta y la violencia. Atenea era el cerebro y la virtud.

Con muchos otros apelativos se conoció a Atenea.

Homero la llamaba Glaucopis porque tenía los ojos verde azulados. Se la llamó así mismo Atenea Ergane, porque protegía a los artesanos, que eran todos los que ejercían un oficio distinto al de filósofos. Pero al mismo tiempo se la llamó Atenea Partenos, que significa virgen. Y es natural que a ese apelativo se debe que hayan levantado el famoso Partenón de Atenas, construido por los dos grandes arqui-

tectos Ictinos y Calícatres. Y ya se dijo que Fidias lo decoró con grandes esculturas.

Y cuando acompañaba a sus protegidos en la guerra, se la llamaba Atenea Prómajos. Pero en la ciudad se la llamaba con unción Atenea Polías. Cuando ayudó a los griegos a triunfar en las guerras médicas, contra los invasores medas, se le dijo Atenea Nice, de Niké, victoria. Y se le erigió la gran escultura de Fidias en la Acrópolis llamada Atenea Prómajos, que significa el que avanza en la lucha.

Empero, el apelativo con que mayormente se la cono- ció fue el de Palas Atenea. Y no se sabe a ciencia cierta de dónde provino ese sobrenombre. Algunos dijeron que ella había sido hija de Palas, un ser andrógino y perverso al que la misma Atenea debió dar muerte porque intentó violarla, y lució en adelante en su armadura la piel de cabra con que aquél se adornaba. Otros han sostenido que llevó su nombre en homenaje a una ninfa llamada Palas, hija del río Tritón, amiga inseparable de la diosa y compañera de crianza. Se cuenta que Atenea dio muerte accidental a Palas, y en cuyo nombre edificó el Paladio de Atenas. Es muy posible que ese haya sido el origen del nombre.

Pero aun hay otra explicación que se remonta al signifi- cado mismo de la palabra en griego antiguo: la que blande el escudo. Sin embargo, lo más acertado debe ser entender que proviene de la palabra griega Payas, con la que se significa a un joven, hombre o mujer. Atenea siempre fue una joven.

Atenea enseñó a los atenienses, y por lo tanto a todos los griegos, el cultivo de la oliva. Siempre se la colocaba de adorno en sus representaciones pictóricas o escultóricas.

Esto ocurrió en una competencia con Poseidón para dis- putar cuál de los dos dioses sería el patrono de una ciudad innominada aún, la que votó por Atenea y además tomó su nombre: Atenas.

Y fue ella quien les dio herramientas para la labranza y les hizo conocer las artes. Inventó la flauta, según se dice, como Hermes la cítara y, ya inventada, también les enseñó a danzar, habiendo sido la primera que bailó una danza lla- mada pírrica. También les dio lecciones para que edificaran, acorde con una arquitectura hermosa y monumental, y para el desarrollo de la escultura, que alcanzó la perfección. Se dice igualmente que domesticó el caballo para los hombres, por lo que se la llamó Atenea Hipia.

Las fiestas más grandes conocidas en Atenas fueron las Panateneas, por supuesto en homenaje devoto a su patrona Atenea. Tenían lugar cada cuatro años, hacia la mitad de la calenda que usaban entonces, es decir, hacia lo que hoy es el mes de junio, consagrado por herencia a Juno, que era la romana Hera. Al comienzo de las fiestas se realizaban justas de todos los deportes. Había jabalina, disco, salto, carreras, lucha y boxeo.

Luego venían competencias de poesía, teatro, canto, música y danza. Y fue para una de estas competencias cuan- do la diosa bailó de su propia inspiración una danza que luego se llamó pírrica. A los vencedores se les obsequiaba con una hermosa ánfora decorada con las ocurrencias de años anteriores.

El último día se celebraba, con la mayor gala, una pro- cesión que terminaba en la Acrópolis. Esa procesión fue tan importante que el escultor Fidias, ya nombrado, con base en ella hizo los famosos frisos del Partenón, lugar donde concluían los ceremoniales.

Vale la pena repetir que de las diosas olímpicas hubo tres vírgenes que desecharon cualquier contacto sexual con los hombres o con los dioses masculinos: Atenea, Ártemis y Hestia.

Aracne

Hubo un oficio que practicó Atenea con gran virtuosis- mo: el de tejer. Era incomparable en el tejido. Y se cuenta que había en Atenas una mortal que también tejía con perfección.

Se llamaba Aracne. Y como su fama fue tanta, su orgullo creció hasta tal punto que se atrevió a decir que tejía mejor que la diosa. Un día Atenea se le presentó con apariencia de anciana y le llamó la atención para que mermara su enorme vanidad. Pero la mujer, lejos de bajar el tono, desafió a la diosa para demostrarle que ella, aun siendo humana, la vencería.

En ese momento la deidad se despojó de su disfraz y aceptó el desafío, con todo el pueblo ateniense por árbitro.

Ante la expectativa general, las dos tejedoras inicia- ron su tela, que debía llevar además toda una ilustración histórica. La diosa narró con imágenes su competencia con Poseidón por el patronazgo de Atenas. Aracne fue más lejos y se atrevió a pintar los diferentes amores de Zeus. Al ter-

minar las telas el pueblo no se atrevió a decir nada. Atenea entonces miró el trabajo de su émula y estalló en ira. Lo volvió añicos. Es evidente que había perdido y su orgullo de mujer y de diosa omnipotente no lo permitían.

Ante la furia de la diosa, Aracne intentó ahorcarse.

Pero Atenea se lo impidió. Y no fue porque un sentido de bondad y admiración se lo impusieran. No. Fue porque, como también era hechicera, llena de rencor resolvió transformarla en araña para que siguiera tejiendo por toda la eternidad.

Tiresias

Fue el gran adivino griego, hijo de Cariclo, y con figura- ción en las grandes tragedias. Debió ser él quien descubrió el velo que labró su desgracia al rey Edipo. Era entrañable devoto de Palas Atenea y además era ciego. Como lo fue Homero.

Su historia es más bien breve. Siendo un muchacho aventajado y curioso, un día se escondió entre los arbustos para ver desnuda a la diosa virgen, que tomaba un baño.

Desde luego ella lo descubrió y castigó su irrespeto quitán- dole la vista. Así eran los dioses. Ante esa pavorosa tragedia, Cariclo, la madre del mancebo, muy fiel de la diosa, suplicó a Atenea que le levantara el castigo. La diosa se negó, porque el castigo de un dios no podía ser reversible. Pero le dio un bastón maravilloso que todo lo veía, y el don adivinatorio que le sirvió para ser acatado y solicitado en todo el mundo conocido.

Perseo y Medusa

Atrás se mencionó a Dánae, la hija de Acricio, rey de Argos, de la descendencia de Dánao, padre que fue de las danaides, como también se vio antes. Acricio, pues, tuvo una hermosa hija, Dánae, a la que amaba tiernamente. Pero a él también le llegó la fatídica profecía, porque los griegos eran trágicos, de que el hijo de ésta, o sea su futuro nieto, habría de darle muerte para reinar él. Acricio entonces la encerró en una torre de su palacio, absolutamente inaccesible para cualquier hombre. Pero no para Zeus que, omnipresente como el dios mayor, ya había puesto sus libidinosos ojos en la hermosa princesa.

Y así, cuando la núbil mujer al despuntar un día maravilloso de sol se asomó a la ventana, Zeus la atalayó resuelto. Entonces se transformó en lluvia de oro y en esa forma le bañó todo el cuerpo y la penetró profundo.

Excentricidades curiosas de hacer el amor que se gastaba el omnipotente dios. Naturalmente, quedó embarazada y de ese embarazo divino habría de nacer el primero de los grandes héroes griegos, Perseo. De su descendencia, como biznieto, habría de nacer Heracles, cuya historia se relata al final de esta obra.

Furioso Acricio, a pesar de saber quién era el padre, porque Dánae le contó, resolvió desembarazarse del peligro y sin que hicieran efecto alguno en él las conmovedoras lá- grimas de la princesa, con resolución de monarca embarcó a su hija y a la criatura en una pequeña arca sellada y los lanzó al mar. Le asistía la creencia plena de que habrían de sucumbir. A nadie sería posible salvarse en esas con- diciones.

No fue así. El mito, que coincidía con el de Moisés, cuenta que después de un largo recorrido, en una isla del Egeo llamada Sérifos, un pescador cuyo nombre era Dictis, divisó el arca y la rescató llevándose la sorpresa del ma- ravilloso hallazgo. Entonces condujo a la princesa y a su pequeño hasta su casa donde les dio albergue y comida. Ya estaban lejos de Argos.

En esa isla reinaba un hombre llamado Polidectes, quien, enterado de la noticia, fue a conocer a la princesa y a su hijo. Y como Dánae era tan hermosa, se enamoró al instante de ella. Y fue así como después de oír su historia, conmovido y enamorado, los llevó a vivir a su palacio. Pero Dánae, que era virtuosa, rechazó tenazmente durante el largo tiempo que duró su hospitalidad los rendidos amores del anfitrión. Mas Polidectes, que parece era un caballero, la respetó no obstante las circunstancias, con la esperanza de que un día lo amara.

El tiempo pasó y Perseo ya era un mancebo. Un día que se celebraba una fiesta, el joven brindó por su benefactor y al expresar la gratitud suya y de su madre hacia él, dijo que para demostrarla estaría dispuesto a ir en pos de la cabeza de Medusa, la diosa monstruosa cuyo solo nombre llenaba de horror. Era seguramente una baladronada juvenil.

Pero Polidectes la aceptó al instante e hizo un agregado.

“Si no regresas con la cabeza de Medusa, tomaré a tu madre por esposa con su consentimiento o sin él”. Naturalmente, en el improbable caso de que triunfara, dejaría libre a Dánae.

Ya en ese momento no tenía alternativa diferente. Estaba embarcado en lo que parecía una aventura imposible. Pero le acompañaban el valor y la fuerza para una empresa tan desalada. Y algo más: tenía una asistencia insospechada, como hijo que era de Zeus. Esa noche Atenea se le apareció enviada por su padre y le dio instrucciones, que después completó el astuto Hermes, igualmente su hermano, sobre la manera como debía obrar para poder cumplir con la im- ponderable tarea.

Las Gorgonas eran seres inmortales, rodeadas de po- deres como todas las diosas. Nacidas de Cronos y rezago de la época de los grandes monstruos y gigantes vencidos en la Gigantomaquia. Habían sido leales a Zeus y por eso conservaban la vida. Eran tres hermanas: Medusa, Euriala y Esteno. La más temible era Medusa, ser horrendo con los dientes retorcidos de jabalí, la cabellera compuesta por ví- boras y los ojos centellantes que tenían el poder de convertir en piedra al que los viera de frente. Mas, no obstante esa fealdad, Medusa había sido amante de Poseidón.

Vivían en una enorme caverna, antes de la cual estaba otra donde habitaban las Grayas, sus custodias.

Las Grayas eran igualmente tres hermanas inmortales que nacieron viejas y así mismo horrendas. No tenían más que un solo ojo y un diente para las tres, que compartían por turnos. Y allá, donde ellas, llegó Perseo, bien instruido por Atenea y Hermes, los cuales además le marcaron la ruta. Con agiilidad de felino las despojó del ojo, al tiem- po que les notificaba su decisión de no devolverlo si no le daban la clave para vencer a la Medusa. Las Grayas, en esas dramáticas circunstancias, soltaron la lengua y dijeron que quienes poseían las armas y los secretos para esa empresa eran las ninfas, sin precisarse cuáles, pues es sabido que las ninfas eran muchas con especialidades específicas; pero le indicaron el camino.

Perseo entonces se encaminó a ese destino. Y no hubo en realidad mucha dificultad con las ninfas, que le dieron la información y lo proveyeron de un casco, como el Kinei

de Hades, que lo haría invisible mientras lo usara; unas sandalias aladas como las de Hermes y un saco especial de cuero donde debía guardar herméticamente la cabeza del monstruo legendario para que nadie la viera ni se perdiera su sangre.

Ya provisto de tales elementos, volando con las sanda- lias se dirigió a la cueva fatídica donde se veían, en medio de la oscuridad y en las profundas galerías, los elevados bultos humanos como estatuas de piedra, de aquellos héroes que se habían atrevido a la misma hazaña.

Ya dentro, se colocó el casco que lo hizo invisible. Eu- riala y Esteno dormían. Medusa ambulaba por las galerías produciendo a cada instante sus gritos de monstruo infernal.

Siguiendo las huellas de tales sonidos, Perseo se acercó.

Llevaba el escudo de bronce bruñido como un espejo, con el cual miraba como hoy se hace por un retrovisor. Sabía bien que no podía ver directamente al monstruo. Y así llegó al frente de Medusa que, en la presencia del intruso, aumentó sus gritos de espanto y se movía como una fiera.

Pero Perseo no se veía porque era invisible. Además vola- ba con velocidad de pensamiento. Lo hacía, por supuesto, de espaldas, mirando el escudo que portaba en la mano izquierda, el que también, como todo lo suyo, se tornaba invisible. En la diestra tenía un hacha de oro que le había entregado Hermes, de filo sepulcral. Y en esas condiciones, buen conocedor de la clase de enemigo que encaraba, de un golpe maestro y sin titubeo le cortó la horrible cabeza, que cayó al piso de tierra. La recogió, sin mirarla, asida por las impresionantes serpientes, y la introdujo en el saco mágico que le habían dado los ninfas.

Empero, la sangre que vertió el cuello inmundo corrió como todas las sangres derramadas. Y del pozo que se hizo fue formándose, a los ojos asombrados del denodado héroe, un caballo blanco, alado, que se llamó Pegaso, cuyo padre fue Poseidón, que ya había preñado al fatídico monstruo.

Cumplida hasta allí la misión, salió volando invisible de la caverna, mientras las otras dos Gorgonas iban en su persecución iracundas. Jamás lo alcanzaron.

Al pasar Perseo por África, del saco cayeron unas gotas de sangre. Y de esas gotas surgieron las fieras que poblaron el continente.

Ahora, es de preguntarse, ¿dónde quedaba la morada de las Gorgonas, o sea, desde dónde venía Perseo? No se

sabe, pero debía de ser muy lejos cuando al regreso tenía que pasar por África. Empero, es preciso imaginar que Perseo no venía caminando, ni navegando. Lo hacía volando con sandalias similares a las de Hermes –el mito no dice que fueran las mismas–, que le suministraron, como se ha anota- do, las ninfas. Tampoco se descarta que, en verdad, tanto las sandalias como el casco hubieran sido prestados por Hades y Hermes a instancias del propio Zeus, o de Atenea.

Aún estaba en África Perseo, más exactamente sobre Etiopía, cuando divisó extrañado a una hermosa mujer, muy joven, atada por una cadena a una enorme roca. Rápidamente se acercó a ella. Su nombre era Andrómeda, hija de Cefeo el rey, y de Casiopa la reina. La habían puesto en ese estado por un motivo muy curioso. Su madre, mujer fatua, alardeó con la belleza de su hija –que en verdad era mucha– y dijo a los oídos de todos: “Mi hija es más bella que cualquiera de las Nereidas”. Éstas, como ya se vio, eran ninfas del mar, muy hermosas, hijas de Nereo, una de las deidades marinas.

Pero mujeres al fin y al cabo, prestaron cabal atención a las palabras de Casiopa, superficiales y tontas, no obstante lo cual se sintieron altamente ofendidas.

Así, con tan gran ofensa, llevaron la queja a Poseidón y el pedido de venganza. Éste, susceptible como era y con el poder supremo sobre el mar y las aguas, castigó a los etíopes con una inundación diluvial, y se hizo el anuncio de que a esas aguas llegarían unas ballenas monstruosas creadas por el dios, que devorarían a los habitantes.

A través de oraciones el rey Cefeo y sus súbditos le im- ploraron con la mayor devoción a Poseidón y a las Nereidas que volvieran todo a la normalidad, y hasta exclamaron en vano que las Nereidas eran las más bellas.

Nada. Los seres divinos eran arrogantes y hacían sentir su superioridad a los pobres mortales. Y fue así como las Nereidas, con la ayuda del omnipotente dios, les dijeron que retirarían las aguas, pero a cambio debían hacer un sacrificio muy grande: ofrendarían a Andrómeda para ser devorada por uno de los monstruos, atada a una roca en la playa con una cadena. Tal como estaba al pasar Perseo, esperando la hora llegada de esa muerte terrible.

Perseo, por supuesto, se enamoró de ella de inmediato.

Y como él ya era un héroe, se dio a la tarea de liberarla. Na-

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