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D E LA RETÓRICA LATINA

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D E LA RETÓRICA LATINA

Sabido es el nuevo impulso que los estudios de Retórica han alcan- zado en estos últimos años. Los trabajos de R. Barthes, Tz. Todorov, J. Dubois, T. Edeline,

K.

Varga, G. Genette, R. Barilli, A. Michel, etc., son un testimonio evidente de cuánto hemos adelantado. Precisamente el artículo de R. Valenti Pagnini «La Retorica di Cicerone nella moderna problematica culturale» (Bolletino di Studi Latini, 1977) nos ofrece una panorámica general sobre esta fenomenología científica.

Así, pues, frente a la opinión heredada del Romanticismo que «con- sideraba a la Retórica como el arte del discurso lineal y lógico, incapaz de expresar los sentimientos y las pasiones románticas»' -recordemos a este respecto el famoso manifiesto romántico de V. Hugo publicado como prólogo a su Cromwell- nuestra época parece postular de nuevo una Re- tórica. Y así nos dice K. Varga: «la parte precisamente más moderna de los estudios literarios se sitúa bajo el signo de la Retórica»2.

Ahora bien, esta Nueva Retórica ya no limita su actividad al campo del discurso como pieza oratoria, sino que trasciende a toda la literatura.

Concretamente, los autores de la Rhétorique Général nos dicen «La Re- tórica es el conocimiento de los procedimientos del lenguaje característi- cos de la literatura». Tal definición es superponible a cualquier otra ofre- cida por los actuales tratadistas de esta especialidad. De ahí que para K.

Varga «constituya la base de toda literatura». No es extraño, por lo tanto, que desde esta óptica la Retórica se solape con la Poética y con la Esti- lística3.

El objeto material de la Retórica consiste, pues, en opinión de estos tratadistas, en el estudio de la producción literaria, objeto éste que com- parte con la Lingüística en cuanto esta ciencia es el estudio de la lengua en general y, consiguientemente, de la lengua literaria en particular. No es, por lo tanto, extraño que fueran los propios lingüistas quienes se

'

CH. PERELMAN, Logique et Rhétorique, p. 20.

Rhétorique et Littérature, París, 1970, p. 125.

F. LAZARO CARRETER, Estudios de Poética, Madrid, 1976. En la Introducción presenta un interesante bosquejo sobre tales denominaciones y su actual aplicación.

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interesaran por delimitar o especificar su «objeto formal*. A tal propósito contribuyó poderosamente el famoso artículo de R. Jakobson «Lingüís- tica y Poética», en el que señala como una de las funciones de la lengua la «poética» y reclama para tal estudio la presencia del lingüista. Consi- guientemente, estos estudios de Retórica partirán de «un planteamiento de tipo teórico práctico análogo al de la lingüística y al de la semiolo- g í a ~ ~ , cuyo objeto formal sea el carácter literario de la obra, esto es, la Literaturnost (Literaturidad o Literariedad). Concretamente nos dice uno de los formalistas rusos: «el objetivo de la ciencia literaria no es la Lite- ratura sino la literaturidad (Literaturnost), es decir, lo que hace de una obra dada una obra literaria»5.

Así, pues, una vez que la lingiiística ha delimitado claramente el ob- jeto formal, ella misma se ocupará de su estudio evitando con ello que los estudios literarios caigan en meras abstracciones o especulaciones del gus- to idealista irreductibles a formulaciones lingüísticas. Recordemos a tal propósito la famosa sentencia de R. Jakobson: lingüista sum. Linguistici nihil a me alienum En este mismo orden de cosas nos dirán los au- tores de la Rhétorique Général que la Retórica «es el estudio de un con- junto de desviaciones cuya finalidad es el efecto estético^^. Opinión se- mejante es la de G. Genette para quien la Retórica «es el estudio de las figuras en cuanto que éstas suponen un desvío con relación al uso»s. En definitiva, para todos estos estudiosos de la lengua en su vertiente poética o, como prefieren decir, retórica, la Retórica sería «el estudio de las va- riantes de la norma».

Consiguientemente, desde &a óptica estructural se nos hablará de

«unidades retóricas», de «grado cero», de «desviaciones a la norma», de

«modificaciones», de «marcas de convención o invariantew, etc. Más aún, siguiendo el método de analisis estructuralista G . Genette nos dice:

«el formalista Propp reencuentra el sistema bi-axial familiar a la lingüís- tica saussureana de relaciones sintagmáticas y paradigmáticas~~. Tal vía de análisis es el seguido tanto por los autores de la Rhétorique Général como por R. Jakobson entre otros. Concretamente señala este último:

K. VALENTINI PAGNINI, «La Retorica di Cicerone nella moderna probiematica culturalen, B. Stud. Lat. 1-2, 1977, pp. 327-342.

B. EICHEBAUM, «La teoría del método formal», Teoría de la Literatura de los formalistas rusos, Madrid, 1970, p. 20.

«Lingüística y Poética», Ensayos de Lingüística General, Barcelona, 1975.

'

Rhétorique Général, París, 1970, p. 35.

V i g u r e s , 1, París, 1966, p. 209. ' O.C., p. 154.

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«La función poética proyecta el principio de la equivalencia del eje de la selección al eje de la c~mbinación»'~. En consecuencia, las desviaciones o alteraciones a la norma serán reveladas al trasluz de estos dos ejes --el sitagmático y el paradigmático-, como signos positivos o marcados, in- dicadores de esa función poética o retórica. En este sentido nos dice J.

Cohen: «.

..

aunque la metáfora sea una figura, no pertenece a la misma clase que las demás, tales como la rima, la elipsis, el epíteto de naturaleza o la inversión. Efectivamente, todas estas figuras son desviaciones sintag- máticas, mientras la metáfora es una desviación paradigmática»ll.

En resumen, «unidades retóricas» - d e s d e la unidad superior o estruc- tura de la obra hasta la inferior o fonema- y «ejes de selección y com- binación* constituyen grosso modo las vías actuales por las que se orienta la Retórica moderna para desve!ar esa función poética de la lengua, es decir, el carácter literario.

¿En qué medida esta Nueva Retórica supone una ruptura frente a la Antigua o Clásica?

Si nos fijamos en el campo de proyección de la Retórica Clásica ob- servamos que a partir de Cicerón comenzará aquélla a dejar de ser un ars suadendi para convertirse en un ars bene dicendi, esto es, ampliará su campo de acción sobre toda la literatura. Las distintas formulaciones ex- presadas por el Arpinate dan fe de ello: ratio dicendi (De orat. 1, 4 ; 1, 7;

1, 12), stzldium eloquentiae (De orat. 1 , l3), dicendi studium (De orat, 1, 141, professio bene dicendi (De orat. 1, 21), ars dicendi (De orat, 2, 160), artificium dicendi (1,93). En el 1 2, 15,29 de la Inst. Orat. de Quintiliano, está registrado un amplio catálogo de definiciones retóricas en el que se puede constatar este proceso de apertura de los estudios retóricos asumi- do por Cicerón. El propio Quintiliano ferviente admirador y seguidor del Arpinate -a Cicerone uix audeo dissentire (Inst. Orat. VII, 3 , 8)- fija definitivamente el concepto de Retórica al sentenciarlo como ars bene di- cendi (Inst. 11, 15, 34). Tal concepción de la Retórica como arte de la be- lleza formal sería asumida por los rétores posteriores latinos, como se puede comprobar en la obra de C. Halm, Rhetores Latini Minores, e in- cluso, por los humanistas. Concretamente nos dice el Brocense en su De arte dicendi: Rhetorice est bene dicendi scientia.

Esto significa que la Retórica en Roma va a extender su campo de ac- ción no sólo sobre la oratoria sino sobre toda actividad literaria incluida

'O O . C . , p. 39.

" Estructura del lenguaje poético, Madrid, 1973, p. 114.

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la poética, como muy bien señala R. Barthes: «La Retórica deja de opo- nerse a la poética en provecho de una noción trascendente que hoy lla- mamos Literatura»12. Precisamente, para R. Curtius, «tal acontecimiento es el de mayor importancia ocurrido en la historia de la antigua Retóri- ca»13. Recordemos a este respecto el comentario que Antonio, uno de los interlocutores más destacados del tratado De oratore, nos proporciona (De orat. 2, 55): Nemo enim studet eloquentiae nostrorum hominum nisi ut in causis atque in foro eluceat; apud Graecos autem eloquentissimi ho- mines, remoti a causis forensibus, cum ad ceteras res inlustris tum ad his- toriam scribendam maxime se applicauerunb>. Consiguientemente, la ex- presión utilizada por este interlocutor de scribere rhetorico more ( 2 , 56) deberá ser traducida por escribir literariamente.

En conclusión, vemos cómo la proyección que los estudios actuales de Retórica dan a su campo de trabajo es la misma que la prestada por los clásicos, especialmente los latinos.

Por otra parte, en relación con la delimitación del objeto formal vemos cómo esta singularidad preocupó también a los clásicos: en Cice- rón encontramos el deseo de establecer nítidamente tal objeto formal que no es otro sino el ornatus. Consciente Cicerón de la dificultad de estable- cer criterios literarios o una ciencia literaria sin determinar claramente su objeto formal, insistirá en delimitar las fronteras formales entre el nivel propiamente gramatical y el retórico o literario y , de ahí, las oposiciones entre latine loqui / ornate dicere, entre sermo / oratio, etc. (De orat. 3,37;

3, 48, etc.). Es clara, pues, la concurrencia entre los teóricos modernos y los clásicos sobre la necesidad de determinar el objeto formal de la Re- tórica, al que Cicerón denominará ornatus y los formalistas rusos Litera- turnost.

Una vez reconocido el idéntico propósito por delimitar dicho objeto formal es necesario señalar cuáles han sido las grandes líneas seguidas por la Retórica clásica y, concretamente, por Cicerón, el representante más cualificado de tales estudios.

Conviene señalar, en primer lugar, el concepto de unidad superior de la obra de arte como un postulado incuestionable entre los autores clási- cos; éstos sienten la obra literaria como un conjunto unitario o cuerpo to- tal frente a los disiecta membra tal como nos lo hace sentir Quintiliano cuando dice (Znst. VII, 10, 16): Corpus sit non membra. Este concepto de

l 2 Investigaciones Retóricas, 1. La Antigua Retórica, Ed. Buenos Aires, 1982,

p. 3.

l 3 Literatura Europea y Edad Media Latina, México, 19762, p. 70.

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unidad superior o unidad corpórea lo expresa reiteradas veces el Arpinate en sus tratados de retórica ( D e orat. 3,96: in toto spectantur haec corpore;

3, 325: Conexum autem principium ita sit consequenti orationi, ut non..

.

sed cohaerens cum omni corpore membrum esse uideatur. Orat. 126: toto corpore orationis.. .), y aparece magistralmente poetizado por Horacio en su Ars poetica. En relación con este concepto de unidad superior de la obra literaria no se puede ignorar la influencia filosófica de ascendencia platónica como seiiala E . Panofsky: «la species o forma de la obra viene a ser un producto híbrido del aristotélico Evsov E%OS y de la idea plató- nica, representación de la perfección absoluta»I4.

Así, pues, esta unidad superior requerida por el análisis estructural es lo que los clásicos consideraban «organismo poético», en expresión de G.

Genette. Este organismo poético estaba compuesto con arreglo a una es- tructura en la que cada elemento ocupaba su lugar apropiado (Quint.

Znst. VI11 6, 63; VI11 5, 27). En este sentido nos dice A. Fontán: «La composición artística de una obra recibe el nombre latino de structura desde Quintiliano, con quien se crea realmente una tradición»15. En efec- to, el concepto de struere y de structura era fundamental para los clásicos en cuanto concebían la obra de arte como una imago de la species o for- ma platónica o bien como una reproducción de la armonía ofrecida por la naturaleza: recordemos que en Cicerón aparecen realzadas estas dos 1í- neas de orientación creadora, la una comprehensible sólo a los ojos del alma, la otra reconocible físicamente.

Pero además de esta unidad superior los clásicos latinos tenían clara conciencia del carácter funcional de otras unidades inferiores tales como el período, el miembro, el inciso, la palabra y los fonernas. Y, precisa- mente, el método seguido por aquéllos para detectar el carácter literario de dichas unidades sería el paradigmático y el sintagmático: Cicerón se esforzará por reconocer dicho ornatus mediante la aplicación de este do- ble parámetro a tales unidades lingüísticas:

De orat. 3 , 149: . . .est quidam ornatus orationis, qui ex singulis uerbis est, alius qui ex continuatis coniunctisque constat.

Orat. 80:

. .

.ornatus autem uerborum duplex: unus simplicium alter collocatorum.

l4 R. degl' INNOCENTI PIERINI, ~Cicerone demiurgo dell'oratore idealen, SZFC 51-52, 1979-80, PP. 85-102.

F. SOLMSEN, «Aristotle and Cicero on the Orator's playing upon the feelingw, CPh 33, 1938, pp. 390-404.

l5 Humanismo Romano, Barcelona, 1974, p. 246.

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Según el Arpinate las dos vías productoras del carácter literario (or- natus) son la selección y la combinación de dichas unidades. Así en rela- ción con la selección de unidades simples nos dice:

Orat. 80: Simplex probatur in propriis usitatisque uerbis, quod aut optime sonat azlt rem maxime explanat; in alienis autem aut trans- latum et tractum aliunde ut mutuo aut factum ab ipso et nouum aut priscum et inusitatum.

De orat. 3, 152: Tria sunt igitur in uerbo simplici, quae orator adferat ad illustrandam atque exornandam orationem, aut inusitarum uerbum aut nouum aut tralatum.

Cicerón se sirve, pues, del criterio de oposición paradigmática para detectar las unidades léxicas literarias señalando como signos literaria- mente marcados aquellos que alternan con los signos de uso normal, esto es, del usus cotidiani sermonis ( D e ovat 3, 153): tal es el caso de tempestas frente a tempus o de effari frente a loqui, como nos advierte en el capítulo antes citado, o el de rape en lugar de pete o cape, como señala poco des- pués (3, 162). Más aún, el propio Cicerón considera que no es necesario disponer de un arte especial para detectar los signos literariamente mar- cados puesto que el sentido natural así lo advierte ( D e orat. 3 , 151): Ita- que hoc, quad uolgo de oratoribus a b imperitis dici solet: bonis hic uerbis aut aliquis n o n bonis utitur, n o n arte alique perpenditur sed quodam quasi naturali sensu iudicatur. Dentro de este parámetro estarían incluidos como signos marcados todas las formas aludidas por Cicerón y Quintilia- no tales como los arcaísmos, los neologismos y todo recurso metafórico al que Quintiliano denominará tropo (Inst. VIII, 5 , 6): Tropos est uerbi uel sermonis a propria significatione i n aliam c u m uirtute mutatio.

Además de este criterio paradigmático Cicerón utiliza también el sin- tagmático para reconocer el carácter literario de una obra:

De orat. 3 , 107: Sequitur continuatio uerborum, quae duas res ma- xime, conlocationem primum, deinde modum quendam formam- que desiderat.

Orat. 201: Est enim in utroque et materia et tractatio: materia in uerbis, tractatio in collocatione uerborum. Ternae autem sunt utriusque partis: uerborum tralatum, nouum, priscum -nam de propriis nihil hoc loco dicimus-; collocationis autem eae, quas di- ximus, compositio, concinnitas, numerus.

Comparando ambos textos se observa una clara evolución en Cicerón que afecta a la distinta terminología utilizada en una y otra obra; concre- tamente, la introducción del término concinnitas y su fijación semántica es una notable novedad, si bien ya en el De oratore dicho concepto

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aparece recogido por el término forma (3, 199). Y así como el término marcado en el nivel paradigmático se revelaba por la oposición al sermo cotidianus, así también el término marcado en el nivel sintagmático ven- drá determinado por la oposición al ordo cotidiani sermonis. En este sen- tido nos dice E. Cosseriu: «El orden de palabras en latín era mucho me- nos arbitrario y facultativo de lo que dicen nuestros manuales>>'6. Es cu- rioso que el orden de palabras no fuera objeto de especial atención por parte de los grarnáticos latinos, como nos dicen L. Rubio y J. Luque", y sí, en cambio, resultara necesario para los rétores como referente no marcado o norma sobre la que se pueda reconocer la desviación o recurso literario. Recordemos a este respecto la oposición que Quintiliano señala entre oratio recta y figura declinata (Inst. I X , 5 , 8 ) : sua breuitati gratia, sua copiae, alia translatis uirtus, alia propriis, hoc oratio recta, illud figura declinata conmendat. Con tal criterio explicará, entre otras, las figuras de lengua como la anástrofe o el hipérbaton:

Inst. 1, 5 , 39: ... transmutatione, qua ordo turbatur, «quoque ego»,

«enim hoc uoluit», «autem non habuitx

...

Inst. IX, 1 , 6: In hyperbaton conmutatio est ordinis..

.

Incluso el carácter rítmico del período se obtiene, según este autor, gracias a la alteración del ordo rectus:

Inst. VIII, 6 , 65: Nec aliud potest sermonem facere numerosum quam opportuna ordinis permutatio..

.

Tal parámetro sintagmático es aplicado por el propio Quintiliano a la poesía y así señalará como hecho estilístico la utilización del monosílabo en final de hexámetro por su carácter inusitado frente al orden usual de trisílabo más bisílabo o bisílabo más trisílabo:

Inst. VIII, 3, 20:

. . .

et clausula ipsa unius syllabae non usitata addidit gratiam. Zmitatus est itaque utrumque Horatius: mascetur ridi- culus musu.

Más aún, hechos como la variatio syntactica o la variatio sermonis en- cuentran su explicación por esta vía. No es, por tanto, extraño que los es- tudios estilísticos desarrollados por J. Marouzeau hagan hincapié en el concepto del ordo uerborum latino.

l6 E. COSSERIU, Teoría del Lenguaje y Lingüística General, Madrid, 1978, p. 84.

l7 L. RUBIO, «El orden de palabras en latín clásico», Homenaje a Tovar, Madrid, 1972. J . LUQUE, «El orden de palabras en la doctrina de los gramáticos y rétores la- tinos*, Actas del V Congreso Español de Estudios Clásicos, 1978, pp. 385-391.

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Está claro, pues, que el principio sintagmático o composicional seña- lado por los formalistas rusos y seguido por la Nueva Retórica ya había sido tenido en cuenta por los tratadistas de la Retórica Clásica. De ahí que ciertos análisis de aparente originalidad no sean más que reproduc- ciones de las categorías retóricas establecidas por los clásicos; éste es el caso del siguiente comentario realizado por R. Jakobson en el artículo antes citado: «En poesía y formas poéticas, las secuencias delimitadas por fronteras de palabras llegan a ser mensurables, ya sean isócronas o gra- duales: Juanz y Margarita nos mostraron el principio poético de la grada- ción silábica». Este texto no es más que una particularización del princi- pio literario señalado por Cicerón y Quintiliano sobre la colometría de la frase18.

De orat. 3 , 186: Quod si continuatio uerborum haec soluta multo est aptior ac iucundior, si est articulis membrisque distincta, quam si continuata ac producta, membra illa modificata esse debebunt;

quae si in extremo breuiora sunt, infringitur ille quasi uerborum ambitus ... Quare aut paria esse debent posteriora superioribus et extrema primis, aut quod est etiam melius et iucundius, longiora.

Znst. I X , 4 , 12:

...

augeri enim debent sententiae et insurgere et optime Cicero, «tu, inquit, istis faucibus, istis lateribus, ista gladiatoria to- tius corporis firmitatea.

Desde este parámetro sintagmático se reconocen como marcas diferenciadas todos estos hechos de estilo señalados por Cicerón y Quin- tiliano: esto es, frente a una indiferencia fónica se busca como término marcado una compositio eufónica o una iunctura; frente a una indiferen- cia simétrica se busca como término marcado tanto la simetría (concinni- tus) como la variatio syntactica; frente a una oratio soluta se busca la fórmula literaria de la oratio numerosa; frente a un ordo rectus se puede observar el cúmulo de desviaciones catalogadas entre las figuras de len- gua a las que Cicerón llama todavía orationis lumina siendo Quintiliano quien consagre el término de figurae uerborum.

El reconocimiento de las variantes observadas tanto a nivel sintagmá- tico como paradigmático nos permitirá reconocer las características lite- rarias de cada autor así como también las de un género específico.

En definitiva vemos cómo los criterios utilizados por la Nueva Retó- rica son los mismos que había empleado ya la Retórica latina. Tal vez la razón de esta continuidad de planteamientos semejantes estribe en el he- cho de que ambas. retóricas sean de naturaleza puramente lingüística

l8 J. MAROUZEAU, Traité de Stylistique Lame, París, 19706, p. 295.

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puesto que la formulación de ambas está concebida en términos lingüís- ticos y no intuitivos. Por otra parte, frente a la opinión de G. Genette de que la «Retórica Antigua pone el acento especialmente sobre la inuentio y la d i s p o s i t i o ~ ' ~ , ya nos advierte Quintiliano del hecho de los amplios es- tudios dedicados a las figuras retóricas con carácter monográfico:

Znst. I X , 8 , 89: Haec omnia copiosius sunt exsecuti, qui non ut partem operis transcurrerunt, sed proprie libros huic operi dedicauerunt, sicut Caecilius, Dionysius, Rutilius, Cornificius Visellius, aliique non pauci, sed non minor erit eorum, qui uiuunt, gloria.

Precisamente Cicerón ya había anticipado que el carácter diferencia- dor de la Retórica radicaba no en la inuentio o dispositio sino en la elo- cutio (Orat. 61).

Creemos, por lo tanto, que la definición que P. Guiraud nos ofrece sobre la Retórica al decir que es la «Estilística del pasado» deberá ser ampliada y señalar que es la «Estilística del pasado y del presentes20, por- que, en expresión de A. Tovar, «la Retórica es el único intento racional, lógico, para analizar la obra de arte»21.

Antonio ALBERTE GONZÁLEZ Universidad de Valladolid

l9 Introd. a la obra de P. FONTANIER, Les Figures du discours, París, 1968, p. 7.

lo P. GUIRAUD, La Stylistique, París, 1966, p. 29.

21 Lingüística y Filología Clásica. Su situación actual, Madrid, 1944, p. 19.

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