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La Mina (Mujer madura, algo vulgar)

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Academic year: 2023

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Un pobre desayuno se sirve en medio de la mesa: dos panes viejos y duros, una taza de café humeante. La Mina viste un camisón blanco, con un gran lazo en el pecho. Lo que me gustaría saber es cuánto dinero nos queda en el banco, el fin de mes está lejos, el tiempo se está ralentizando.

Una vez leí que la palabra desnuda era desnuda en sí misma, fue en un cuento que leí en la escuela, era la historia de la ropa de un payaso que sufría como si. No hay nada, tal vez se lo inventó, pobrecita, está tan sola desde que Zacharias se fue, creció, se olvidó de ella; dejó su desprecio tatuado en el alma. Creo que cada vez que empeore, lo voy a llevar a la ambulancia, la ambulancia de Lucas Mora, a ver si detiene esa rueda loca que gira en su cabeza.

Yo si a veces creo que no es tu locura, creo que es verdad, estamos hasta tatuados en el hueco del alma. Ofrécelos a esos locos que pasan por Montreal para que los pinten, les pongan música. En su andar, Zacarías llegó al otro lado del Parque Centenario donde refunfuñaban dos viejos condecorados, agarrándose de los brazos, el metal resonando en sus pechos, brillando con el resplandor de la noche.

Sobre el asiento de hierro, comprimido de tantas sentadas, una sonrisa mutilada, sin piernas, mostrando su boca, también mutilada por los dientes.

Acto Segundo

Todas las mañanas me arrastraba por el suelo de mi celda, los pulía con sargas que me hacían daño en las manos, me rompía las uñas. Tal vez piensen que no sé que en el piso que puliste rodaste con los hombres: (Beati Uno). A diferencia de ti, yo tuve novios, pero los dejé a todos parados afuera de la puerta de la iglesia, les mentí que no había terminado mi vestido de novia, todo para ir tras él.

Sabes, una vez pensé que entrar en un monasterio era como entrar en un burdel, lo dejas afuera para sumergirte en el mundo de la noche. Me gustaría ver a este anciano clavándose clavos en las manos o en las plantas de los pies, ayunando. No hay dolor, querida hermana, si no fuéramos todas hermanas en el mundo; desde la puta más rica hasta la virgen más pobre.

Incluso allí, cuando estaba en el trono, en ese lugar santo, los escuché discutir, pero no podía entender lo que decían debido a tanta presión y esfuerzo. Los tableros están desordenados y el jugador está recostado, en posición de perrito, en el lugar donde está la posada). Puedo declarar algo mejor que lo que encuentras en tus manos o en tu lengua.

Tu confesor debe haber descubierto que te consumías por la noche para sufrir más durante el día. Las mujeres siguen sobre las tablas, pero tumbadas boca abajo: la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. Aunque estoy loco desde que empecé a tener el sueño, ese del que te hablé en la otra carta.

Así se llama la red que tiran al mar para pescar, la red que atrapó el cuerpo de tu hijo Adolfo, ahogándolo en el mar. Cuando vi el sueño, La Mina me dio una bofetada porque le dije que si era buena madre que dejara esos huevos. Antes de seguir escribiendo, deja que estas manchas se sequen en el papel (Se inclina sobre lo que escribe, finge borrarlas).

(Camina hacia el escenario un poco, con movimientos imprecisos, como si estuviera en el agua) Zacarías, Zacariano, como te gusta que te llamen, por el revolucionario mexicano, Emiliano, me dijiste un día, es de allí, de ese lugar donde vive el poeta exiliado. Lo que van a encontrar aquí será una estela de humo, como en el sueño que me trajo aquí, como la vida de esas mujeres que no han hecho daño a nadie más que a sí mismas, con todos esos pinchazos, esas diademas de escorpión, esas escamas de cabello. con uñas

Acto Cuarto

Se levanta, camina hacia un lado de la habitación, un ruido fuerte como si se estuviera cerrando una ventana) Bueno, volvámonos locos, no locos por abrochar sino por aflojar. Me senté a esperar en la sala de espera, hasta que salió un hombre y me dijo lo de siempre: Estamos rojos, madre, quemados como si hubiéramos pasado todo el día bajo el sol. Tienen que escribir una leyenda en el aeropuerto: El último en salir cierra la puerta.

Voy, si señor, voy, les diré que yo sé estampar tatuajes, que me tatué uno en el alma, un escorpión, pájaros malagueros, gusanos, les va a encantar: señorita Trista, estás contratada. El Sagrado Manto: San Jacinto, el de las espinas; San Sebastián, la de los dátiles; San Jorge, el del dragón. Esa es la única corona que no se puede heredar, una corona sin reino que llevas todas las noches en la soledad de tu habitación.

Decía que la corte era el hogar de una reina soltera, un príncipe, un bufón y una bruja malvada. El príncipe era jorobado y feo, mientras que el bufón era guapo y esbelto; todo por una maldición de la Bruja Malvada. Caminé sin motivo entre la gente que deambula por la rambla, en el Parque Centenario, frente al Palacio de Justicia y el Correo Central.

Sin razón, caminando como ese loco sin camisa que escribe mensajes en el suelo con hojas de peregrino. Se aferró a la nube, como yo me aferré; pero no por amor, sino por odio al amor que me dejo solo contigo. Le busco la razón en la cabeza o en el corazón, no sé, y le busco trabajo a Zacarías para matarlo, a ti.

Además, que puedes cambiar el color de los ojos: verdes, marrones, miel, ojos dulces, mirada dulce. Zacarías estará feliz y tu esposo también, aunque tiene que bailar una rumba allá en la villa y no se enterarán. Oh, aquí está (Coge el periódico, lo aprieta, lo besa. Mina se para desesperada frente a ella).

Referencias

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