Sacrificio por amistad DS Bauden
1
Prefacio
Sentada aquí intentando poner en palabras todo lo que me ha ocurrido, trato de imaginarme vuestras caras al leerlo. Supongo que lo primero que debería deciros es que lo que estáis a punto de leer os resultará tan increíble como lo ha sido para mí. Todo lo que os voy a contar os parecerá un completo
disparate. Lo único que puedo deciros es que tengáis paciencia conmigo mientras rememoro la experiencia más increíble de mi vida.
Supongo que para empezar, debería presentarme. Me llamo Frances Theresa Elizabeth Christina Camarelli, pero podéis llamarme Frankie. Cuando eres italiana, supongo que un solo nombre no basta, de modo que pasé mi infancia deseando que los niños nuevos no me preguntaran cómo me llamaba. Yo se lo ponía fácil y les decía directamente cómo podían llamarme. Todo el mundo me ha llamado Frankie desde que era pequeña, salvo Stacey, mi ex, que todavía me llama guarra cuando la veo, pero ésa es otra historia.
Soy la única hija de mis padres, Frank y Myrna. Mi madre nos abandonó cuando yo tenía unos dos años, así que no recuerdo gran cosa de ella. Tengo una foto de las dos en el espejo del tocador como recordatorio. Papá decía que no soportaba ser madre y esposa, de modo que optó por no ser ninguna de las dos cosas. Papá la perdonó, pero yo pienso que era una pedorra.
Mamá era un auténtico bombón; la gente me dice que he sacado sus ojos. Pero a mí me gusta la sonrisa que he heredado de papá: me ha sacado de más follones de los que tengo intención de hablar. Aunque seguramente se lo podríais sacar a Crystal: nunca ha sabido mantener la boca cerrada, salvo cuando importa. Crystal y yo somos amigas íntimas desde que yo tenía unos cuatro años. Se mudó aquí desde Ohio, cosa que me parece muy bien, porque ¿qué hay en Ohio? Estamos en Chicago: no existe una ciudad como ésta en ninguna parte. A algunos les gusta Nueva York, pero es porque todavía no han vivido aquí. Bueno, a lo que iba, Crystal y yo hemos pasado de todo juntas. Hemos tenido todo tipo de problemas, desde con nuestros padres hasta con la policía, pasando por los chicos de la esquina, porque menuda ligona es, Dios, si me pongo a hablar de eso no acabo. En fin, que hemos hecho de todo. No hay nada que no estemos dispuestas a hacer la una por la otra, y esa teoría se puso a prueba hace poco.
Capítulo 1
Bajando a saltos con mis largas piernas las escaleras de mi apartamento, me sentía llena de ganas de comenzar un nuevo día. Eran las diez de la mañana y hora de abrir. Corrí a abrir la puerta de Clásicos en Tecnicolor al gran público. Al descorrer los cerrojos de la puerta de entrada, descubrí un increíble cielo azul sin una sola nube a la vista. Hacía un día fresco y vigorizante. Supe al instante que hoy iba a ocurrir algo increíble. Una vez fuera, bajo mi toldo morado y negro, vi que también empezaban a abrir varias otras tiendas del barrio. Mi vecino preferido es el señor Hooper; no, en serio, se llama así. Es el dueño de la carnicería de mi manzana; lleva ahí desde que nací. Mi padre y Hoop, que es el mote que le he puesto, eran amigos desde la Segunda Guerra Mundial. Todavía le gusta recordarme de vez en cuando que me cambiaba los pañales cuando yo era un bebé y que aún no soy tan mayor que no me pueda dar unos azotes. Anda que no le gustaría eso al viejo, creo yo. Bueno, vive encima de su tienda, como la mayoría de los que quedamos del viejo barrio.
Yo me ocupo de mi tienda desde hace seis años. Me la dejó mi padre cuando falleció. Es una vieja tienda de cosas de cine, con más parafernalia de la que se merece nadie. Siempre me ha encantado: me reconforta en cierto modo. Papá y yo siempre veíamos las películas antiguas juntos. Sus preferidas eran las de Bogey, ya sabéis, Humphrey Bogart. A mí siempre me ha gustado Jimmy Stewart. Tenía una presencia en pantalla que nadie ha podido superar jamás. Papá quiso recrear en casa algo de esa sensación, así que abrió Clásicos en Tecnicolor. Tiene las paredes cubiertas de recuerdos de las viejas películas. Algunas de esas cosas las he comprado yo en las subastas a las que acudo, para hacer frente a la demanda. Todavía me asombra que haya gente a la que estas cosas le gustan tanto como a mí. Aquí viene gente de todas partes diciendo que se han enterado por el amigo de un amigo. Eso es lo que me encanta de la gente que viene por aquí. Les gusta el género de verdad y se ponen en plan sentimental.
Tengo una reproducción exacta de un traje que llevaba Clark Gable en Lo que el viento se llevó. ¿Sabéis ese negro que llevaba al bailar con Escarlata cuando ella estaba "de luto"? Sí, la pobre, qué triste estaba, pero bueno. Todos los días vivo las películas y ni siquiera tengo que salir de casa.
Mi primera clienta entró en la tienda y al instante se le cambió el humor, de "Dios, necesito un café" a "¡Oh, Dios mío, cómo me acuerdo de esa película!" Me alegro de poder hacer eso con mi tienda. Después de que mi clienta y yo charláramos un rato, vi que entraba también mi amiga Crystal.
—Buenos días, Frankie, ¿qué tal te va en este día tan glorioso? —preguntó. —Estupendamente, Crystal. Me siento como si hoy fuera a ocurrir algo increíble. Hay como una electricidad en el aire.
—Yo también lo noto. Debe de haber un buen movimiento de planetas. Mírame los brazos, llevo todo el día con la piel de gallina. Sea lo que sea, va a ser gordo —contestó con sinceridad, poniéndome el brazo en la cara.
—Ah, ¿tú crees? ¿Ya te han visitado tus colegas kármicos para confirmártelo todo? —dije, tomándole el pelo, y le bajé el brazo.
—Frankie, lo digo en serio —dijo. Al mirarla a los ojos, yo también lo creí. —Vale, disculpa. Ya sabes lo que pienso de todo ese abracadabra.
—Sí, lo sé. Tienes que abrir un poco más la mente. Tienes que dejarme que te relaje.
—Ah, no, no me voy a dejar hipnotizar. He visto las películas. ¡Eso nunca es bueno! —le contesté medio en broma.
—Ya, pues tengo muchos clientes que no estarían de acuerdo contigo. —Hablando de clientes, tengo que volver con los míos. ¿Tú no tienes que ocuparte de un negocio? —pregunté al tiempo que la llevaba hacia la puerta. —Pues claro, pero me planifico para no tener que despertarme tan temprano como tú. Mi primera cita no es hasta mediodía. —Se echó a reír y me sacó la lengua—. Ya me voy de tu espacio kármico, no te preocupes. No te voy a gafar el negocio, pero ¿Frankie? —De repente se puso seria.
—¿Qué pasa?
—Hoy sí que siento algo muy fuerte. Ten cuidado y ven a verme después del trabajo, ¿vale? —dijo tocándome el brazo.
—Vale, cielo, que tengas un buen día. Hasta luego.
—Hasta luego —dijo y se encaminó a su apartamento, que estaba al lado. Me volví y me encontré a mi clienta sonriéndome.
—Hola de nuevo, ¿la puedo ayudar en algo más? —le pregunté.
—Sólo quería decirle que tiene usted unas cosas maravillosas. Cuántas fotos tiene de las películas de mi época. Me alegro de saber que está usted aquí. Me ha traído unos recuerdos maravillosos —dijo, sonriéndome. Tenía los ojos de color avellana casi arrasados de lágrimas.
—Gracias. Cómo me alegro de que piense eso. Vuelva a verlas siempre que quiera. Estamos abiertos todos los días salvo los domingos de diez a cinco. Los domingos hacemos una jornada más corta y sólo abrimos hasta las tres. —Le sonreí a mi vez.
—Voy a volver sin la menor duda. Cuídese.
—Usted también. ¡Que tenga un buen día! —exclamé, sintiéndome aún más feliz de tener esta tienda.
El día estaba empezando mucho mejor que la mayoría. A lo mejor estaba pasando algo en algún lugar del universo.
Oh, Dios, por favor, que Crystal no me haya oído decir eso.
Mirando a mi alrededor, vi que seguía sola y respiré hondo para tranquilizarme. Crystal Jacobs era mi mejor amiga desde que apenas levántabamos dos palmos del suelo. La había criado su abuela, porque su madre murió al darle la vida. Es una mujer pequeñita, bueno, cualquiera es pequeño comparado conmigo, que mido casi un metro ochenta. Tiene el pelo largo y rizado de color castaño y profundos ojos marrones. Es una mujer muy bella, pero la mayoría de la gente no se da cuenta de eso. Es que veréis, Crystal tiene un don, bueno, tanto ella como su abuela tienen el mismo don. Tiene capacidades psíquicas, o eso dice ella. La verdad es que yo nunca me he creído nada de eso. Francamente, me pone los pelos de punta. La vida ya nos la han planificado: nosotros sólo tenemos que vivirla y dejar de intentar cambiarla, digo yo. Su abuela y ella creen que las cosas se pueden cambiar y que todavía tenemos la capacidad de cambiar nuestra vida sobre la marcha. Yo no entiendo cómo eso es posible. El caso es que como ella siempre lo ha creído, mucha gente tiende a evitarla, algunos hasta la han llamado bicho raro. Digamos que esas personas no lo han vuelto a decir después de que yo haya tenido una charla con ellas sobre sus modales. Es que no la conocen como persona, Crystal es una mujer increíble. Sus clientes también están de acuerdo con eso. Ha hecho felices a muchísimas personas diciéndoles lo que querían oír. A lo mejor hay algo de cierto en todo esto, pero creo que no me apetece ahondar en ello.
Dieron las cinco y eché el cierre por ese día. Había sido un buen día. Hoy había conseguido vender bastantes fotos enmarcadas. Van a inaugurar un cine nuevo a pocos kilómetros de aquí y querían fotos para el vestíbulo.
Dios, qué gusto da que te necesiten.
Por fin terminé el papeleo y dejé preparado el dinero para ir al banco por la mañana. Al levantarme, se me enganchó el pie entre la mesa y la silla. Vi que me caía y no pude hacer nada para evitarlo. Lo siguiente que supe es que
estaba arriba en mi sofá con una bolsa de hielo en la cabeza y que Crystal estaba inclinada mirándome.
—Eh, dormilona, me alegro de que hayas vuelto —me sonrió Crystal.
—¿Qué demonios ha pasado? —contesté, sin saber qué hora era y tampoco el día.
—Parece que el mito es cierto, cuanto más grandes son, más dura es la caída. Estaba a punto de llamar a una ambulancia. Pero tienes la frente estupenda, se te va a poner de un morado precioso —dijo, tomándome el pelo.
—Vamos, Crystal, ya basta, ¿qué ha pasado? De verdad que no me acuerdo. —Pues parece que te has caído y te has dado con la cabeza en la esquina de la mesa. Me parece recordar haberte dicho que tuvieras cuidado. Es que no
escuchas, ¿verdad? —Sonrió.
—Ja, ja... Ah, sí... Recuerdo haber tropezado con mis pies o algo así —dije, intentando incorporarme—. Ooh... no me encuentro muy bien —dije, pues al instante me sentí revuelta y mareada.
—Quieta ahí, tigre, probablemente tienes conmoción cerebral. Creo que deberíamos decirle a Nonnie que te eche un vistazo —dijo con severidad. —Jo, tía, no, que intentará darme un brebaje que hayáis estado preparando todo el día en vuestro aquelarre. —Me pasaba la vida tomándole el pelo sobre sus costumbres y las de su abuela.
—¡Yo no soy bruja! ¡Soy psíquica! Creo yo que a estas alturas ya podrías saber la diferencia. Si me dejaras hipnotizarte una sola vez, notarías mi don. Puede que hasta dé un poco de felicidad a tu vida. ¿Tienes idea de cuánta gente se va todos los días de mi salón con una idea totalmente nueva sobre su vida?
—Ya, pues no quiero saber lo que les haces cuando están "bajo" tu hechizo. Venga, Crystal, ya sabes lo que opino de todo eso.
—Ah, la infiel se ha despertado —dijo la abuela de Crystal, subiendo el resto de las escaleras hasta mi apartamento.
—Hola, Nonnie. ¿Quieres examinarle la cabeza? Creo que tiene conmoción —le pidió Crystal.
—Claro —aceptó ella y depositó su taza de café en mi mesilla de madera. Crystal y su abuela me examinaron los ojos y asintieron mirándose como si se estuvieran comunicando o algo así. Me estaban sacando de quicio así que tuve que interrumpir su conexión o lo que fuera.
—¡Eh! ¿Qué demonios ocurre? —dije indignada.
—Con esos modales no me extraña que ninguna mujer te quiera —me respondió la abuela.
—Es que todavía no he encontrado a la adecuada, pero te comunico que he tenido muchas ofertas —me defendí.
—Mmmm, seguro. Desde aquí estoy viendo la cola que hay a la puerta. —¿Doctora? ¿Voy a vivir o no? Ya no aguanto más. —Me estaba empezando a molestar un poco que se dedicaran a hablar de mi vida amorosa mientras yo estaba ahí tumbada con la sensación de que iba a vomitar de un momento a otro.
—Te pondrás bien. Tienes bien las pupilas, pero aquí tu amiga se va a encargar de que no duermas mucho tiempo, ¿vale? ¿Crees que podrás soportarlo?
—Sí, señora —le dije con una sonrisa.
—Bien, entonces ya no tengo nada más que hacer aquí —dijo al tiempo que se colocaba un largo mechón de pelo castaño canoso detrás de la oreja y se levantaba para marcharse—. Estoy aquí al lado, cariño, por si necesitas
cualquier cosa. —Me dio un beso en la cabeza y le acarició la mejilla a su nieta al marcharse.
Dios, qué ricas eran. Tenían la mejor relación que había visto en mi vida. Antes me ponía celosa, por eso de que mi madre se había ido, pero ella
prácticamente me adoptó cuando era niña, así que no tuve que penar mucho tiempo por una figura materna en mi vida. Levanté la vista y me encontré con los ojos de Crystal que me miraban con preocupación, lo cual me llevó a pensar que no había oído algo que me había dicho.
—¿Has dicho algo? Perdona, creo que me he distraído un poco.
—Sí, te he preguntado que si todo eso es cierto. Lo de las ofertas y eso. ¿Ha habido alguien últimamente? —preguntó con una sonrisa pícara.
—No, últimamente no, doña Metomentodo. La verdad es que hace ya varios meses, si es que quieres saber los aburridos detalles de mi vida sexual —le respondí reprendiéndola.
Me sonrió y siguió tratándome el golpe que tenía en la cabeza. Era
delicadísima, no me extrañaba que la gente acudiera a ella en busca de ayuda. Me empecé a preguntar qué era lo que hacía en realidad por sus clientes. A lo mejor el golpe en la cabeza me había despertado cierta curiosidad. Ya se me pasaría.
—¿En qué estás pensando, Frankie? Parece que estás en otro mundo —dijo, con los ojos marrones relucientes.
—Estaba pensando en lo feliz que vas a hacer a un hombre algún día. Tienes un espíritu maravilloso, Crystal, gracias por cuidarme.
—Vale, ¿quién eres y que has hecho con mi Frankie? —dijo en broma,
inclinándose y besándome en el golpe—. Gracias por decir eso. Sólo espero no ser demasiado vieja cuando comprenda qué es eso del amor. Creo que cuando lo haya entendido, podría morir feliz.
—¿Es eso lo que buscas en una relación, el amor? —Me interesaba de verdad oír su respuesta. Esto era algo de lo que nunca hablábamos.
—Mmm, pues supongo que forma gran parte de ello. Quiero amor, sí, pero también quiero pasión, quiero deseo, quiero poder mirarle a los ojos y saber que no podría vivir sin esa persona, jamás. Dios, incluso aunque sólo lo sintiera un instante, ya sería increíble para mí. Porque mírame. ¿Quién demonios me va a amar a mí con esta pinta? —dijo, señalándose el cuerpo de arriba abajo con las manos.
—Yo lo haría, Crystal, pero no juegas en mi equipo —le sonreí.
—Aduladora. Creo que ese golpe que te has dado en la cabeza te está
poniendo tonta. Descansa un poco y te despertaré dentro de una hora más o menos, ¿vale? —Me acarició el pelo con dulzura y sentí que me quedaba profundamente dormida.
Capítulo 2
—¿Frankie? ¿Frankie?
Oía una voz que me llamaba, pero no sabía de dónde salía. La voz era tan dulce que casi me sonaba como una canción. Miré por todas partes, pero no conseguía encontrar a la dueña de la voz.
—¡Estoy aquí! —grité sin dirigirme a nadie—. ¿Dónde estás? No te veo. Por favor, sal —le rogué a la voz.
—Te estoy esperando, Frankie. Por favor, encuéntrame. —La voz me tocaba el alma como nada que hubiera experimentado hasta entonces en mi vida. Le grité por última vez:
—¿Frankie? ¿Frankie?
De repente, me desperté y descubrí a Crystal que me sacudía preocupada para despertarme.
—¿Frankie? ¿Estás ya conmigo? —preguntó suavemente.
—Sí, yo... mm... sí. Puuf, qué sueño tan raro he tenido —dije atontada.
—¿Ooh, en serio? Por favor, cuéntamelo. Sabes que estas cosas me encantan. —Pues es que no sé, era raro. Oía la voz de una mujer. Estaba gritando mi nombre.
—Frankie, si se trata de una historia guarra de sexo, me parece que no quiero oírlo —dijo en broma.
—No, no estaba "gritando" mi nombre, era como si estuviera intentando encontrarme. Me dio un poco de miedo. Le grité que saliera, pero no apareció. Lo siguiente que sé es que tú estabas intentando despertarme. —Me sentía confusa, pero me encontraba muchísimo mejor que antes de dormir.
—A lo mejor te has confundido con mi voz cuando estaba tratando de despertarte. He dicho tu nombre varias veces.
—Mmm, a lo mejor ha sido eso. No sé, pero ha sido muy raro. Casi tiraba de mí. —Pues entonces está claro que he sido yo. Te estaba dando unos tirones
tremendos porque no respondías a mi voz. No le des más vueltas. Si lo vuelves a tener, dímelo. Le preguntaré a Nonnie.
—No, no, seguro que tienes razón. Seguro que ha sido por el golpe.
—Siempre tan pragmática. Eso es algo que siempre me he encantado de ti. Eres tan práctica como yo soy fantasiosa —dijo—. ¿Tienes sed? Son las siete y media, seguro que no has comido ni bebido nada desde la hora de comer —dijo con tono acusador.
—No te equivocas. Me encantaría beber un poco de agua. Tengo la garganta muy seca.
Las campanillas de la pulsera de tobillo que llevaba tintinearon suavemente al caminar con los pies descalzos por mi casa. Siempre me ha encantado cómo se viste. Siempre ha llevado vestidos largos y sueltos o faldas largas con una camiseta que no va a juego y casi nunca se pone zapatos. Su abuela se viste de forma parecida, pero al menos ella sí que se pone zapatos. Seguro que tiene las plantas de los pies como cuero. Pero qué raro quedaría que le preguntara:
"Oye, Crystal, ¿te puedo tocar los pies?" Llegaría por fin a la conclusión de que estaba totalmente chiflada.
Lleva más joyas en las muñecas y los tobillos de lo que debería estar permitido. Siempre oigo cuándo se acerca. La traicionan las campanillas o las pulseras al tintinear. Aunque debería dejar esos pendientes de aro de diez centímetros. Se pasaron de moda al mismo tiempo que Jody Watley.
Salió de la cocina con un vaso de agua y me sostuvo la cabeza delicadamente mientras yo bebía.
—Gracias, Crystal, ahora tengo mucho mejor la garganta. ¿Alguna vez te has planteado hacerte enfermera? Tratas a los pacientes maravillosamente.
Me dio un manotazo en el brazo y se deslizó debajo de mis largas piernas para sentarse en el sofá. Cogió el mando de los aparatos y los puso todos en
marcha. Otro clic con el mando y encendió la televisión de pantalla gigante y puso en marcha el reproductor de DVD. Ahí estaba mi hombre hablando con un conejo invisible. Caray, qué bien me conocía Crystal. Siempre sabía cómo levantarme el ánimo. Esta noche no fue una excepción.
Dios, es estupenda.
Cuando aparecieron los títulos de crédito, noté un peso de más en las caderas. Crystal se había quedado dormida y tenía el cuerpo echado sobre la parte inferior del mío. Tenía la cabeza apoyada en mi cadera derecha y el brazo derecho alrededor de mi pierna izquierda con gesto protector. No me hacía ninguna gracia despertarla, pero la naturaleza me llamaba y tenía que
contestar. Le revolví el pelo suavemente hasta que se movió dormida. Poco a poco fue abriendo esos ojos marrones que yo conocía tan bien.
—¿Ya se ha acabado? —dijo, secándose la baba de la comisura de la boca. —Sí, babosilla. Tengo que hacer pis, así que quita, por favor —le dije.
—Oh, lo siento. No tenía intención de quedarme dormida encima de ti. ¿Qué tal la cabeza?
—Está mejor gracias a tus maravillosos y tiernos cuidados. Y ya no tengo el estómago revuelto. Creo que ahora mismo eso es lo que más me gusta. — Sonreí mirando su cara adormilada—. Ahora mismo vuelvo.
—Aquí estaré —dijo con un bostezo.
Entré en el cuarto de baño y encendí la brillante luz fluorescente. Guiñé los ojos por la luz y me miré en el espejo para examinar los daños.
—Oh, qué bonito. Buen trabajo, Frankie. Nunca te quedas corta —dije, palpándome el chichón de la frente.
Usé el baño y volví a mirarme en el espejo. Cuando estaba contemplando mi reflejo, de repente sentí que alguien me miraba a su vez. Me volví rápidamente y no vi nada, claro está, pero habría apostado un millón de pavos a que allí había alguien.
Salí del baño bastante deprisa y noté más que oí a Crystal que se acercaba a mí al chocarme con ella.
—¿Y esas prisas, larguirucha? Tía, casi me arrollas —dijo riendo.
—Perdona, Crystal, no te he visto. ¿Estás bien? —pregunté, asegurándome de que no le había hecho daño con la colisión.
—Sí, estoy bien. Parece que has visto un fantasma. Y estás igual de pálida. Vuelve al sofá y te llevaré más agua.
—Prefiero echarme en la cama, si te parece bien —le dije. —Claro, cielo, ve. Ahora voy yo.
—Vale, gracias. —Sonreí y avancé por el pasillo.
Tengo muchas fotos viejas en las paredes del pasillo. Muchas de papá y yo: mi preferida es una en la que me está quitando helado de la barbilla con su pañuelo. Nos la hizo Crystal cuando estuvimos en el Parque Zoológico de Lincoln. Le pareció la cosa más mona que había visto en su vida. Supongo que dado que yo tenía unos diecinueve años cuando lo hizo, supongo que sí que resultaba gracioso de ver. Él era así. Me quería más que a nada. Lo echo muchísimo de menos.
Bebía y fumaba en exceso. Su cuerpo ya no lo pudo aguantar. Un día
simplemente le falló. El ataque al corazón le sobrevino cuando estaba en casa y solo. Me sentí fatal por no estar allí con él. Mi mayor duda era: ¿estaría vivo aún si yo hubiera estado en casa aquel día para llamar al 911? Nunca lo sabré. Crystal dice que le había llegado el momento. Puede que eso sea cierto, pero todavía lo echo de menos un montón.
Entré en mi cuarto y encendí la luz. Tenía una de esas lámparas halógenas que iluminan los tres condados circundantes cuando se encienden. Me acerqué deprisa para bajar la luz. A mi cabeza no le sentaba nada bien. También me gustaba el color de las paredes. Eran de un azul intenso. Me encantaba ese color. La ropa de cama era de ese color también. Tenía las paredes llenas de pósters inmensos en color. Casi todo arte abstracto, pero muy bonito.
Me desvestí y me metí bajo las frescas sábanas. Crystal no tardó en aparecer con un vaso de agua y unas pastillas de ibuprofeno. Cogí el vaso y me tragué las dos pastillas que me metí en la boca. Aparté las sábanas del otro lado de la cama para Crystal. Se quitó el vestido y hurgó en mi cómoda en busca de unos calzones cortos y una camiseta que ponerse. Esto era ya casi como una rutina para nosotras. Habíamos pasado tantas noches la una en casa de la otra que si se hubiera comportado de otro modo me habría resultado extraño. Ella siempre podía ponerse mi ropa para dormir; yo, en cambio, no tenía tanta suerte con la suya. Esto me hizo sonreír y ella me miró con aire interrogante.
—¿Qué es lo que tiene tanta gracia? Tienes una sonrisa de lo más tonto en estos momentos —dijo sonriendo.
—Estaba imaginándome a mí misma intentando ponerme unos de tus calzones cortos para dormir. No creo que me pasaran del muslo —dije, echándome a reír. Se acercó a mí y me echó la larga melena oscura detrás de los hombros.
—¡Eso es porque tienes las piernas tan largas como el cuello de una jirafa! ¡Qué le voy a hacer si soy normal! —dijo, haciéndose la ofendida.
—Oh, Dios mío, Crystal, tú no serías normal ni aunque lo intentaras. —Me reí con más fuerza—. Vamos, métete en la cama, a ver si dormimos un poco. —Ése es tu problema, Frankie.
—¿El qué? —pregunté.
—Se te mete una mujer guapa en la cama y lo único que le ofreces es dormir. No me extraña que no consigas hacer feliz a una mujer —dijo con la cara muy seria.
—Oh, te vas a enterar tú. Te voy a dar yo a ti ofrecimientos.
—Sí, sí... mucho prometer, pero luego... —dijo, apagando la luz y colocándose de lado para mirarme. Alargué la mano y le acaricié la cabeza rizada,
sonriéndole.
—Te quiero, Crystal. Gracias por cuidarme. A papá le habría gustado mucho. —Yo también te quiero, Ojos Azules. Eres la mejor amiga del mundo. No hay nada que no estuviera dispuesta a hacer por ti. Buenas noches —dijo y me echó una sonrisa deslumbrante.
—Lo mismo digo, cariño. Buenas noches. —Le cogí la mano y le besé los nudillos y poco a poco me quedé dormida sintiéndome querida y protegida.
Me sentí vagando de nuevo por la oscuridad. Intenté usar las manos para buscar una salida. Estaba empezando a sentirme muy asustada. Tenía todos los sentidos agudizados y muy alerta. Avancé unos pasos más y me detuve.
—¿Frankie?
Ahí estaba de nuevo. ¡Pero seguía sin verla! ¿Qué demonios estaba pasando? —Frankie, ¿me oyes? Por favor, encuéntrame, Frankie, te necesito tanto. Santo Dios, ¿dónde estaba? ¿Por qué no la veía?
—¿Dónde estás? No te encuentro. Por favor, dime quién eres —rogué en medio de la nada.
—¿Frankie? Vuelve a mí, Frankie, por favor.
Esto me estaba matando. ¡No soportaba esta tortura!
—¿Quién eres? ¡Si no quieres aparecer, deja de atormentarme! Quiero ayudarte, pero no consigo encontrarte.
Esto se estaba empezando a descontrolar de mala manera. Quería salir de allí, YA.
—Frankie, cielo, despierta. Vamos, corazón, vuelve ya.
Crystal me estaba zarandeando para sacarme del sueño. Sentí que volvía poco a poco a la realidad y vi la silueta de Crystal por encima de mí.
—Crystal, ¿qué ocurre? ¿Por qué me despiertas? ¿Ya han pasado dos horas? — pregunté.
—Bueno, todavía faltan unos cuarenta y cinco minutos, pero es que estabas gritando. ¿Has vuelto a tener el mismo sueño, Frankie? —Estaba realmente preocupada.
—Sí, creo que sí. Pero esta vez he sentido miedo. Esa mujer me llamaba en la oscuridad y daba igual donde estuviera, el caso es que seguía sonando muy lejana. No tengo ni idea de quién es, sólo sé que necesita encontrarme por alguna razón. Dios, me estoy poniendo muy nerviosa, Crystal. De verdad que espero que sea cosa de mi cabeza, porque no creo que pueda soportar esto todos los días —dije entristecida.
—Ponte de lado, Frankie —me indicó.
Hice lo que me pedía y al momento noté que sus manos me acariciaban la espalda en pequeños círculos relajantes. Dios, qué manos tenía. Iba a tener que hacer eso hasta que fuera de día porque lo cierto era que no creía que
pudiera quedarme dormida. Esa mujer me tenía muy asustada y no sabía qué pensar.
Tal vez me sienta mejor si consigo dormir.
Por fin cedí y cerré los ojos. Al cabo de un rato, noté que poco a poco me iba relajando y rindiéndome a la seducción de Morfeo.
Capítulo 3
Ayúdame, creo que me estoy enamorando otra vez. Cuando me entra esa loca sensación, sé que vuelvo a tener problemas. Tengo problemas, porque eres un vagabundo y un jugador y un mujeriego. Y te encanta el amor, pero no tanto como tu libertad...
La mañana llegó muy deprisa cuando oí que mi radio reloj se ponía en marcha con una canción de Joni Mitchell. Ésta era una de mis canciones preferidas de siempre. La música siguió sonando mientras notaba que la persona que ocupaba la otra mitad de mi cama empezaba a moverse. Me volví y vi una masa de pelo castaño y rizado que se lanzaba sobre mí. Me hizo mucha gracia y más me habría hecho si no hubieran sido las ocho de la mañana. Crystal se me echó encima con intención de destrozar mi reloj despertador.
—Si no apagas esa cosa, lo haré yo y entonces tendrás que comprarte otro despertador —dijo Crystal de mal humor.
—¿Cómo, es que no te gusta Joni Mitchell? —le tomé el pelo.
—A estas horas, no hay nada que me guste —dijo con total seriedad. —Oooh, ¿ni siquiera yo? —continué.
—Sobre todo tú. ¿Quieres hacer el favor de apagar eso? Dios, no entiendo por qué te levantas tan temprano. ¡Pero si tu tienda no abre hasta dentro de dos horas, por el amor de Dios! —dijo al tiempo que se ponía la almohada encima de la cabeza.
—Venga, Crystal, ¿por qué estás tan gruñona por la mañana? —pregunté, dirigiéndome a la ventana y atisbando por las minipersianas—. ¡Fíjate qué cielo! Va a hacer un día precioso.
—Mmmm, te creo —dijo, cerrando los ojos con fuerza debajo de la almohada—. Pero no me obligues a levantarme para verlo —dijo, echándose también las sábanas por encima de la cabeza.
Bajó las sábanas y me miró lanzándome puñales con los ojos.
—¿Te han dicho que hablas demasiado por la mañana? ¿Especialmente cuando tienes una mujer en la cama a la que le gusta dormir hasta tarde? —Se quedó mirándome y no pude evitar la sonrisa que se formó en mis labios.
Estaba realmente adorable. Tenía el pelo totalmente revuelto y encima de los ojos. Se frotó los ojos como una niña de cuatro años. Cerró los puños para machacarse los ojos al tiempo que soltaba un chillidito muy gracioso. Cuando terminó, la miré mientras enfocaba la vista en mí y por fin me dirigió una sonrisa de buenos días.
—Ah, ahí está. Hola, Crystal, bienvenida de nuevo —dije sonriendo.
—Tú sigue así, colega. Verás cómo te pongo tonto también el otro lado de la cabeza. —Me guiñó un ojo—. ¿Qué tal tienes esa cabezota, cariño? —preguntó, recuperando su carácter bondadoso.
—Hoy me encuentro mucho mejor, gracias a ti. Te agradezco mucho que me hayas cuidado de esa forma.
—Ya, bueno, ¿y qué iba a hacer, dejarte tirada en el suelo de tu tienda? Y lo siguiente que tenemos es otra historia tipo "Asesinato en el Museo de Cera". —Ja ja, muy graciosa. ¿Cuánto tiempo estuve desmayada? —Realmente no lo sabía.
—Pues creo que sólo unos minutos. Vine después de mi última cita, que fue hacia las seis, pensando que te apetecería cenar algo conmigo. Por suerte para ti, tengo una llave. Vi tu cabeza asomando por detrás de la mesa. El señor Hooper me ayudó a traerte aquí arriba. Me has dado un buen susto, Frankie, me alegro de que estés bien —dijo con toda sinceridad.
—Yo también, gracias de nuevo. Eres una buena amiga, Crystal —repliqué. —Lo mismo digo, Frank. —Me echó su sonrisa especial. Eso siempre me provocaba la misma reacción: se me ponía una sonrisa de imbécil en la cara que no se me quitaba ni aunque quisiera, que no quería.
Mierda, una vez más, ¿por qué es hetero? Que alguien me lo recuerde.
—Bueno, tengo que meterme en la ducha. ¿Vas a estar aquí cuando salga o vas a volver a casa para meterte en la cama? —le pregunté medio en broma. —La verdad es que ya estoy despierta. Aprovecharé para hacer cosas. ¿Quieres desayunar algo?
—Oh, ¿me vas a hacer el desayuno? ¿Es que anoche pasó algo y sufro de amnesia? —dije, gastándole la broma de siempre.
—Cielo, si te hubiera dejado tomarme, lo habrías recordado. Créeme. —Esto último lo dijo tan pegada a mi cara que tuve que controlar el ruido que hice al tragar.
Demonios, qué bien lo hace y yo necesito una ducha... YA. —¿Y bien?
Mierda, creo que me he perdido algo. —¿Qué?
—¿Desayuuuno? —dijo arrastrando la palabra.
—Ah... mm... muy bien. Estaré en tu casa dentro de unos veinte minutos —dije, recuperándome.
—Y una mierda, no voy a ensuciar mi cocina. Estaré aquí —dijo, haciendo un gesto hacia mi cocina.
Me eché a reír ante este comentario.
—Vale, salgo dentro de poco —dije mientras ella ya se alejaba por el pasillo saludándome con la mano por encima del hombro.
Entre en el cuarto de baño conectado con mi habitación y abrí el grifo de la ducha. Al estirarme delante del espejo, noté que la hinchazón de mi frente había bajado bastante. Me la toqué con cuidado y al instante me encogí por el dolor.
—Ay, maldita sea. Me parece que esto no lo voy a repetir. Menuda la has hecho, Frankie, pedazo de torpe.
Mientras me lavaba los dientes sentí que los pelillos de la nuca se me
empezaban a poner de punta. Miré al espejo y vi un destello de algo detrás de mí. Me volví en redondo y me empecé a atragantar con la pasta de dientes. Nada.
¿Qué demonios está pasando?
Por fin me quité el resto de la pasta de la garganta y pude respirar de nuevo. Me sobresalté al oír un golpe en la puerta del baño. Me acerqué para abrirla. Ahí estaba Crystal con expresión preocupada.
—Sí, mm... es que me he metido el cepillo de dientes hasta la garganta y me he empezado a ahogar. No sabía que estaba haciendo tanto ruido como para resultar alarmante.
—Es que había vuelto para robarte las zapatillas y te he oído toser un montón. —Mi heroína... de nuevo. —Le sonreí.
—Date prisa, el desayuno va a estar listo dentro de nada. Recuerda... si llegas tarde... sabes que no voy a esperar... y lo único que tendrás será un plato vacío. —Las dos dijimos lo último al mismo tiempo y nos echamos a reír. —Vale, vale, salgo dentro de nada. Venga, tú, largo de aquí —dije y nos dimos un beso en la mejilla.
—¡Ya me voy! ¡Ya me voy! —dijo, alejándose por el pasillo. —Ojalá... —me dije por lo bajo.
Me metí en la ducha y me puse a lavarme el cuerpo.
No comprendo qué está ocurriendo. ¿Qué pasa con la voz de esa chica? Y ahora además veo cosas. ¿Qué demonios va a pasar ahora? Espera, borra eso, no quiero saberlo. Me niego a contarle a Crystal lo que ha ocurrido. Se
empeñará en hacerme un exorcismo o lo que sea que haga. ¡Dios! ¿Por qué me está pasando esto?
Mandé lo que quedaba de champú por el desagüe junto con el habitual puñado de pelo que lo acompaña y cerré el agua. Me escurrí el pelo y alargué la mano para coger la toalla del colgador. Ante mi sorpresa, alguien me la pasó. Chillé y corrí la cortina de ducha de golpe para descubrir a Crystal, que me miraba con aire divertido.
—Tranqui, Frankie, necesitaba lavarme los dientes. Sólo quería echarte una mano. ¿Qué diablos te pasa?
Tenía el corazón desbocado.
—Nada, es que me has dado un susto —dije, cogiendo de sus manos la toalla que me ofrecía—. Gracias, Crystal —dije, saliendo de la ducha tan desnuda como cuando vine al mundo.
—Nunca has tenido el menor pudor, ¿eh, Frankie? —Sonrió al tiempo que le daba un repaso en broma a mi cuerpo.
—Nunca he entendido por qué debía tenerlo. Que no te gusta, pues no mires — le contesté a la cara sonriente. Por alguna razón, deseé que le gustara más de lo que le gustaba.
—No he dicho que no sea agradable de mirar. Por desgracia para ti, sólo estoy de escaparates —dijo con un guiño y una sonrisa burlona y regresó a la cocina. Estoy segura de que lo hace a propósito.
Por fin terminé de vestirme y secarme el pelo. Entré en una cocina de la que emanaban unos aromas increíbles. Dios, qué manera de empezar el día. Me podría acostumbrar a vivir así. Despertándome con una hermosa mujer en la cama y luego reuniéndome con esa misma mujer para desayunar en nuestra cocina.
—¿Tienes hambre? —preguntó Crystal, sirviéndome huevos revueltos en el plato.
—Oh, sí. Muchísimas gracias por hacerme el desayuno —dije sonriendo.
—Ah, no ha sido por ti, tenía hambre y todavía no he ido a hacer la compra. Te he usado para que me abastezcas —me dijo en broma.
—Mujeres, me usan y abusan de mí y luego me lo comen todo. En sentido figurado, por supuesto. —Le devolví la sonrisa.
—Por supuesto —dijo ella, siguiéndome el juego. Me pasó el plato, que ahora estaba lleno de beicon y bollos con jalea de uvas.
—Ooh, qué manera de mimarme. Tiene un aspecto genial, Crystal, gracias — dije, sentándome y empezando a devorar mi comida.
—Ya era hora de que alguien te diera algo decente de comer. No puedes pasarte la vida entera a base de hamburguesas y patatas fritas.
—¿Quién lo dice? La carne es parte importante de los grupos alimenticios, lo mismo que el pan, las patatas y el queso de mis hamburguesas y
especialmente la leche con que me las trago. Creo que es muy saludable —dije burlándome.
—Oh, eres incorregible —dijo, lanzando las manos al aire y luego poniéndose en jarras.
—Sí, pero me quieres. —Le guiñé un ojo.
—Sí, por Dios santo, te quiero. —Me guiñó un ojo a su vez—. Bueno, Frankie, me voy a ir a casa para ducharme y hacer cosas. Tengo una cita a mediodía. Que tengas un día estupendo —dijo, dándome un beso en la coronilla—. Y por favor, ten cuidado hoy, ¿eh? No quiero que esta semana te des más golpes en la cabeza, ¿vale?
—Te prometo que tendré cuidado. Hoy estaré pendiente de por dónde voy en todo momento. Palabrita del niño Jesús —dije, trazándome una X imaginaria sobre el pecho.
—Bueno, tienes suerte de que no tenga agujas, porque te las clavaría en el ojo. —Mala.
Hizo un mohín.
—Bueno, Frankie, me largo. Le diré a Nonnie que estás mejor. Estaba preocupada por ti, ¿sabes?
—Lo sé, vosotras habéis sido mi familia desde que me acuerdo. Dile que me pasaré para verla esta noche después del trabajo —dije con sinceridad. —Vale, lo haré. Hasta luego, cielo.
—Gracias otra vez por el desayuno, Crystal, y por todo lo de ayer.
—No hay de qué, me alegro de que estés mejor. Cuídate —dijo, bajando las escaleras para volver a casa.
—Adiós.
Cuando se fue de mi casa, me quedé sentada contemplando el vacío que me rodeaba.
Caray, esto está muy silencioso cuando no hay nadie. La verdad es que tengo que salir más.
Capítulo 4
Llegaron las diez como siempre, justo a su hora. Abrí la puerta y di la bienvenida a otro día de trabajo haciendo lo que me gustaba. Tenía unos cuantos maniquíes que vestir, de modo que incluí esa tarea en la lista de cosas que hacer para ese día. Entré en el almacén para coger ropa para los
maniquíes y en ese momento oí la campanilla de la puerta que me hacía saber que había entrado alguien.
Asomé la cabeza y no vi a nadie. Miré por toda la tienda y decidí que debía de habérmelo imaginado. Cogí la ropa que necesitaba y me dispuse a hacer mi trabajo. No me gustaba nada tener que ponerles camisas a los maniquíes, porque últimamente son tan anatómicamente correctos que casi resulta embarazoso cuando la gente entra y me encuentra con unas tetas de plástico en la cara.
Casi había terminado con el primer maniquí cuando me di cuenta de que le había tirado la mano. Bajé la vista y no la vi por ningún lado.
¿Dónde demonios se ha metido? No es que haya podido levantarse y marcharse de aquí.
Me puse a cuatro patas y empecé a arrastrarme como un animal en busca de la mano.
Dios, esto es ridículo.
—Está ahí, debajo de la mesa —dijo ella.
Yo estaba debajo de un muestrario y me soprendí tanto al oír la voz de alguien que me estampé con la cabeza en el estante que tenía encima.
—¡Ay! Maldita sea —maldije por lo bajo mientras me frotaba la cabeza—. Gracias, he estado buscándola por todas partes —dije, agarrando la mano y levantándome para darle las gracias a mi clienta—. No puedo creer que no pudiera encontrar... —empecé a hablar en la dirección de la voz y entonces me di cuenta de que la tienda estaba vacía. Me giré frenética, buscando a la dueña de esa voz. Pensándolo mejor, caí en la cuenta de que ya había oído esa voz... en mis sueños—. Oh, Dios mío. ¡Era ella! Era la misma voz. —Me agarré a una de las estanterías para no volver a caerme de cara.
Dios, ¿qué demonios está pasando? Si se trata de una especie de broma, ojalá los bromistas dieran la cara. No me está haciendo la menor gracia.
Ya estaba harta. Me estaba empezando a cabrear de verdad. —¡Si sigues aquí, sal! ¡Esto ya huele! —grité en la tienda vacía.
Me quedé ahí esperando durante lo que me pareció una eternidad antes de volver al trabajo.
—Esto ya se está pasando... como siga así, tendré que contárselo a Crystal. Oh, le va a encantar. Dios, jamás me dejará olvidarlo. —Solté un suspiro—. Ayer me debí de dar fuerte de verdad en la cabeza. Tiene que ser eso. Tiene que serlo... Sacudí la cabeza y me puse a trabajar esforzándome más de lo que lo había hecho en mucho tiempo. Necesitaba mantenerme concentrada.
Si vuelvo a encontrarme con esta voz, le preguntaré a Crystal qué cree que puede ser. Podría hacerle una pregunta hipotética, así no sabrá que se trata de mí. Sí, ya, como que yo me voy a sacar sin más una pregunta sobre fantasmas. Se daría cuenta inmediatamente. Me conoce demasiado bien. Ah, mierda. Esto es un asco.
Me pasé todo el día dándole vueltas a la molesta pregunta de "¿Quién es la dueña de esa voz?" Ojalá lo supiera.
Miré el reloj y vi que otra vez me había saltado la comida. Si nadie me lo
recordaba, parecía que siempre me olvidaba o que tenía demasiado que hacer para ir a prepararme algo. Crystal solía recordarme mi mala alimentación, pero hoy tenía una cita a la hora del almuerzo y no apareció. Siempre me apetecía mucho comer juntas.
—Ah, bueno, ya cenaremos o algo —le dije a uno de los maniquíes—. Dios, de verdad que tengo que salir más —dije, regresando a mi mesa de trabajo. Miré a mi alrededor y sentí una soledad que nunca hasta entonces había sentido. Notaba un tirón en las entrañas que no podía explicar. No me dolía ni me producía nada físico de ese estilo, era simplemente algo que me resultaba muy ajeno.
—Creo que necesito vacaciones. —Suspiré y apoyé la cabeza en las manos.
Crystal entró dando botes en la tienda a las 5:45 con una enorme sonrisa en la cara. Hacía años que le había dado una llave de la tienda. Era mucho más cómodo que entrara por su cuenta. No paraba de dar golpes en la puerta hasta que la dejaba entrar. Eso no tardó en convertirse en una auténtica molestia. —¡Hola, colega! ¿Has acabado ya? ¡Me muero de hambre! —exclamó.
Levanté la vista del papeleo y le sonreí. Costaba mucho no hacerlo cuando aparecía de este humor.
—Sí, sólo me quedan unas pocas cosas más que terminar. Yo también tengo mucha hambre. Hoy se me ha vuelto a olvidar comer. —Sabía que se iba a enfadar por esto.
—¡Maldita sea, Frankie! ¡Eso no es bueno para ti! ¿Cuántas veces tenemos que hablar de tu mala alimentación? Menos mal que te he cebado esta mañana — dijo con tono muy serio y las manos apoyadas en las estrechas caderas. —Crystal, lo siento. —Me encantaba que se preocupara tanto—. Hoy no ha venido mi alarma de costumbre para recordármelo.
—¿Qué harías sin mí? —me preguntó con aire burlón.
—La verdad es que no quiero saberlo, cariño —le dije con sinceridad. Me sonrió y me cogió de la mano.
—Está bien, dame dos segundos que acabe con esto —dije, disponiéndome a terminar el resto del papeleo de las ventas del día.
Entramos en casa de Crystal y nos encontramos a Nonnie esperándonos en el sofá. Su casa no tenía nada que ver con lo que la mayoría de la gente habría esperado de ellas. Vivían de una forma muy normal, si es que se puede usar esa palabra. Tenían un sofá, un par de lámparas, cuadros bonitos en las paredes, la decoración habitual de un cuarto de estar.
Nonnie levantó la vista de su crucigrama y nos sonrió. —Hola, chicas, ¿tenéis hambre? —preguntó.
—Ésta se ha vuelto a olvidar de comer, así que vamos a ver si la cebamos a base de bien —dijo Crystal, señalándome con un gesto.
—Ah, ya. Bueno, a ver si conseguimos que se coma mis espaguetis.
—Oh, Nonnie, sabes que nunca he podido resistirme a eso —dije, con la boca hecha agua sólo de pensar en comer su pasta. Si Nonnie se dedicara a eso por dinero, dejaría sin negocio al Chef Boy Ardee.
Sí, así de buena es.
Cenamos en silencio, ya que era de mala educación hablar con la boca llena. Los espaguetis de Nonnie siempre tenían ese efecto en mí. Por lo general comía y comía hasta que ya no me sabía bien. Esta noche no fue una excepción.
Crystal se levantó y entró en la cocina para empezar a fregar los platos. Yo me di unas palmaditas en la tripa y me recliné en la silla.
—Dios, Nonnie, lo has conseguido de nuevo. Ha sido lo más rico que he comido desde hace semanas.
—Ooh, gracias, hija. Lo dices sólo porque no comes con regularidad —dijo sonriéndome.
—No, no es eso para nada. Me encanta cómo cocinas. Se puede saborear hasta el último gramo del tiempo que le dedicas. Gracias otra vez por invitarme a cenar con vosotras —dije, controlando el aire que intentaba escaparse por mi garganta.
—De nada. Me voy a mi cuarto a hacer unas llamadas. Buenas noches —dijo levantándose.
—Buenas noches, Nonnie. —Me levanté para ir a ayudar a Crystal en la cocina —. ¿Necesitas que te ayude a recoger? —pregunté, asomando la cabeza en la cocina.
—Coge un paño. Yo friego si tu secas —dijo sonriendo.
—Tía, tenéis lavaplatos, ¿por qué no metes todos los platos ahí? —pregunté, señalando el electrodoméstico.
—Nonnie odia el olor del detergente. Prefiere que sus vasos huelan a Palmolive —dijo con una sonrisa burlona.
—Oh, venga ya, ¿me estás diciendo que si metes unos vasos en el lavaplatos, se va a dar cuenta?
—Ya te digo si se da cuenta. Luego la que tiene que aguantarla soy yo, así que ni lo intentes —me dijo con tono acusador.
—Vale, vale —dije riendo.
Estaba intentando pensar en una forma de preguntarle a Crystal sobre la voz que tenía en la cabeza sin que le diera un jamacuco. Lo cierto es que nunca hasta entonces me había mostrado interesada por estos temas. Seguro que le daba un ataque al corazón. Decidí que tenía que lanzarme y hacerle la
pregunta sin más. En el momento en que tomé esta decisión, sus ojos se clavaron en mí con una mirada interrogante.
—¿Qué? —pregunté nerviosa.
—¿Me vas a hacer tu pregunta o no? Llevas quince minutos con una cara rarísima. Tiene que ser una buena, porque no eres capaz de hacerla sin más. Dios, qué bien me conoce.
—Pues... la verdad es que tengo que hacerte una pregunta más bien rara. —Pues suéltala. Das la impresión de que vas a echar toda la comida que Nonnie ha hecho para ti.
—No voy a vomitar, Crystal. —Eso esperaba. Dios, qué nerviosa estaba. ¿Y si cree que me estoy volviendo loca? Dilo de una vez, maldita sea. Respiré hondo y volví a mirarla a los ojos.
—Crystal, ¿alguna vez has tenido la sensación de que te estaban observando, o sea, no por una presencia física...? O sea... oh, Dios, ¿sabes a qué me refiero? Crystal me tocó el brazo y me llevó a la mesa de la cocina.
—Ven aquí, siéntate e intenta contarme qué está pasando, ¿vale?
—Vale. —Volví a tomar aliento—. Anoche, vale, tuve un sueño, ¿te acuerdas? Bueno, tuve un par.
—Lo recuerdo. ¿Qué pasa con esos sueños? —dijo, suavizando el tono.
—Pues esta mañana cuando estaba en el baño preparándome para ducharme, habría jurado que había alguien observándome mientras me lavaba los dientes. Cuando me volví, no había nadie, pero te juro que vi algo en el espejo. Por eso me atraganté, no fue culpa del cepillo de dientes, es sólo que me pegué un susto horrible. Luego, cuando me pasaste la toalla, pensé que iba a
encontrarme con una persona desconocida en el baño.
—¿Qué oíste? ¿Oíste algo? —Estaba auténticamente preocupada.
—No, esa vez no. Lo único que sé es que me entró una sensación rarísima en la tripa y luego se me puso el pelo de la nuca totalmente de punta. Luego se me pasó. —Respiré hondo y la miré a los ojos. No podía créermelo, pero no me iba a despellejar.
—¿Qué más, Frankie? Tengo la impresión de que tienes más que contarme. Mierda, ¿cómo lo hace?
—Hoy en la tienda. Oí la campanilla cuando estaba en el almacén. Miré y allí no había nadie. Así que seguí con mi trabajo. Estaba vistiendo a uno de los
maniquíes. Le tiré una mano y no la encontraba por ningún lado. Me puse en el suelo y empecé a buscarla. Entonces alguien dijo: "Está ahí, debajo de la
mesa". Del susto que me llevé al oír la voz, me di un golpe en la cabeza con el estante que tenía encima. Cogí la mano y me levanté para darle las gracias a mi clienta por dar con la mano escurridiza, pero no había nadie.
—¿Estás segura de que oíste a alguien decir eso, que no te lo imaginaste? — preguntó.
—No, Crystal, lo oí con mis propios oídos. Y además no era una voz cualquiera, era la misma voz de mis sueños. No sé qué está pasando, pero está
empezando a ponerme muy nerviosa —confesé.
—Sí que debe, dado que me lo estás contando. Sé lo que sientes con respecto a todos estos temas. —Y lo sabía muy bien.
—¿Qué crees que significa todo esto, Crystal? ¿Son alucinaciones por culpa del porrazo que me di ayer en la cabeza? —Necesitaba saberlo de verdad.
—Bueno, ¿y qué crees que es? No puedo aguantarlo mucho más. Puede que a ti estas cosas te ocurran todos los días, pero no es lo mío para nada.
Dios, esto es rarísimo.
—Frankie, hazme un favor, ¿vale? —Crystal me miró de frente con una expresión absolutamente seria.
—Vale, ¿el qué?
—Esta noche, cuando te acuestes, si tienes otro sueño como los que has tenido, escribe todo lo que recuerdes de él cuando te despiertes.
—¿Y eso de qué va a servir?
—Cuando te despiertes del sueño, todos los detalles seguirán frescos en tu mente. Quiero hacerme una idea mejor de lo que está pasando. Puede que alguien esté intentando ponerse en contacto contigo desde el otro lado.
—Me estás tomando el pelo. ¿Por qué yo? ¿Qué he hecho yo para merecer eso? —dije, subiendo el tono más de lo que pretendía.
—No lo sé, Frankie, pero parece que te está buscando. Haz lo que te pido, por favor. Si no ocurre nada, podemos desecharlo como algo raro que te ha
pasado. Si ocurre de nuevo, a lo mejor Nonnie y yo podemos ayudar a esa persona a descubrir porqué está aquí.
—Oh, Dios, no se lo irás a decir a Nonnie, ¿verdad? Jamás me permitirá olvidarlo. Siempre me ha llamado descreída.
—Esto no es algo con lo que Nonnie vaya a jugar. Créeme. Se lo toma muy en serio y no se va a dedicar a gastarte bromas —dijo con la cara muy seria—. ¿Dónde está Nonnie?
—Se ha ido a su cuarto para hacer unas llamadas —contesté.
—Ah, bueno. Pues esta noche intenta escribir todo lo que recuerdes —me repitió.
—Vale, Crystal... si esta noche ocurre algo, escribiré todo lo que consiga recordar —asentí.
—Así me gusta. Vamos a tu casa a ver una película —propuso. —Vale, me parece muy bien —dije sonriendo.
—¿Qué quieres ver? —preguntó. —Te toca elegir a ti.
—Oooh, Frankie, ya elegí anoche —se quejó.
—Vale, vale, ¿qué tal Matrix? —pregunté, sabiendo que no iba a querer. —Muy bien.
—¿Cómo, sin discusiones? —No podía créermelo, siempre discutía cuando se trataba de esa película. ¿A mí qué más me da si ya la he visto veinticinco veces?
—No, he dicho que te toca elegir a ti, así que tú eliges. —Vale, ahora tengo miedo.
—No tengas miedo, pero tampoco te sorprendas cuando la próxima película que veamos sea algo que no te gusta.
—Oh, no, otra comedia romántica no. —Ésas me las temía. Se me ponía toda llorosa y sentimentalona.
—Espera y verás.
—Qué intriga —dije, mientras salíamos por la puerta de su cocina, que daba a las escaleras de mi casa.
La película terminó con Crystal totalmente dormida apoyada en mi hombro. ¿Cómo podía quedarse dormida durante una película como ésa? En la última media hora los tiroteos podrían despertar a un muerto. Pero ahí estaba, dormida como un ángel en mi hombro. Pero era tarde y yo misma necesitaba dormir.
—¿Crystal? Crystal, cielo, despierta. —La sacudí ligeramente. —Mmm, ¿ya se ha acabado? —dijo, estirándose en el sofá. —Sí... y te la has perdido.
—Lo siento, Frankie, supongo que tenía sueño.
—Siempre tienes sueño, pero es una cualidad muy tierna.
—Vaya, gracias. —Sonrió y volvió a frotarse los ojos con los puños. Dios, qué encanto.
—Bueno, dormilona, creo que yo también tengo que irme a la cama. ¿Quieres que te acompañe abajo? —dije, levantándome. La cogí de la mano y la ayudé a levantarse.
—Qué va, no hace falta. Buenas noches, Frankie, y recuerda lo que hemos hablado —dijo, dándome un abrazo.
—Sí, lo recuerdo. Esta noche me iré a la cama con un cuaderno y un lápiz. —La abracé a mi vez.
—Bien, estoy deseando que me lo cuentes todo mañana. Adiós —dijo, guiñándome un ojo y volviendo a su casa.
—Adiós, cielo. —Agité la mano y avancé por el pasillo para prepararme para acostarme.
Apagué todas las luces y entré en mi cuarto. Fui al baño, y me lavé la cara y los dientes. Apagué la luz del baño y me dirigí a la cama.
Me desnudé y me metí entre las frescas sábanas. Maldición, me he olvidado del papel. Me levanté y entré desnuda en la cocina. Cogí un cuaderno y un lápiz y volví a mi habitación.
Puse las dos cosas en la mesilla de noche y volví a acomodarme.
—Bueno, quienquiera que seas, ahora ya estoy preparada. Ven por mí. —No sabía si ésas eran las palabras más adecuadas, teniendo en cuenta que no sabía lo que estaba ocurriendo ni de quién era esa voz. Bueno, a lo hecho, pecho.
Cerré los ojos y esperé a que mi cuerpo se rindiera de nuevo al sueño. No tuve que esperar mucho.
Capítulo 5
Ayúdame, creo que me estoy enamorando demasiado deprisa. Ahora tengo esperanza en el futuro y me preocupa el pasado. Porque he visto grandes fuegos convertirse en humo y ceniza. Nos encanta nuestro amor, pero no tanto como nuestra libertad...
Mis ojos se abrieron despacio cuando oí que se conectaba la alarma.
—Maldita sea, otra vez Joni Mitchell. Tienen que cambiar al pinchadiscos de esta emisora. —Alargué la mano para apagar el despertador, pero no estaba ahí.
La leche, ¿dónde diablos está? Ahora me estaba empezando a entrar el pánico. Anoche tiene que haberse metido alguien en mi casa. ¿Por qué demonios se han llevado mi despertador? ¿Por qué no para de sonar esta canción? ¿De dónde viene la música?
Me froté los ojos de nuevo y me acerqué a la ventana. Miré abajo y noté que me quedaba boquiabierta al tiempo que apretaba la cabeza contra el cristal. —¿Pero qué...? —Mis ojos no daban crédito a lo que veían. Estaba viendo mi barrio, pero tenía el aspecto que había tenido en los años setenta.
Jesús, ¿qué está pasando? Dimensión Desconocida terminó hace años, pero que me ahorquen si no es como si estuviera ahí ahora, pensé para mí.
Me había acostado desnuda, pero ahora estaba vestida y con una ropa que no recordaba haber comprado, eso seguro. Llevaba pantalones largos de campana y una camiseta gris con una gran flor en medio.
Creo que necesito tomar el aire. Voy a dar una vuelta ahí fuera para pensar y tratar de aclararme las ideas. ¿De dónde demonios sale esa música? No podía parar los pensamientos que pasaban por mi mente.
Al acercarme a la puerta de mi cuarto, la música pareció aumentar de volumen.
Mierda, quien me haya robado el despertador está jugando con mi cadena y sigue en la casa.
—Vale, Frankie, tú puedes con esto —resoplé y agarré el picaporte.
Crucé despacio el umbral y tuve cuidado con todos los puntos que crujían en el suelo de madera. Me sentía como un ladrón moviéndome furtivamente por mi propia casa.
—¡Jesús! —susurré. En la pared se proyectaba la sombra de una persona. Tenía el corazón totalmente desbocado, pero ahora necesitaba llamar a alguien, a quien fuera, pidiendo ayuda. Entonces habló.
—Cariño, ¿me puedes ayudar un momento? —Oí la voz, pero no pude dar crédito a mis oídos. Este hombre sonaba igual que mi padre.
—Un minuto, Frank, ahora mismo acabo aquí —oí que decía una mujer. Apoyé la cabeza en la pared para sostenerme. ¿Pero qué clase de broma pesada es ésta? Necesitaba verlo con mis propios ojos. Intenté controlar la respiración y hacer acopio de valor para echar un vistazo dentro del cuarto de estar.
—Vamos, Frankie, puedes hacerlo —me susurré a mí misma para animarme. Me deslicé por el pasillo, en el que ahora ya no había ninguna de mis fotos. Estaba tan cerca del salón que apenas podía respirar. Oí que la canción terminaba y volvía a empezar. Creo que me voy a morir sólo con esto.
Ayúdame, creo que me estoy enamorando otra vez... Joni seguía cantando sin una sola preocupación en el mundo.
Bueno, con lo de "ayúdame" ha acertado... Ahora mismo sí que me hace falta. Un paso más y podría estirar el cuello para ver a mis indeseados invitados en el cuarto de estar.
Al mirar, los ojos se me llenaron de lágrimas al instante. Ahí estaba mi padre, sentado ante la mesa de la cocina intentando arreglar algo. Me apoyé en la pared para intentar sostenerme en pie. Volví a echar otro vistazo rápido para ver que mis muebles habían desaparecido y habían sido sustituidos por el mobiliario que recordaba de mi infancia. Vi el tocadiscos, ya sabéis, del tipo ése que si dejabas que el brazo llegara hasta el final, se volvía a poner el disco. Tío, hacía siglos que no veía un disco de 45 revoluciones.
—¿Cielo? Un segundito, ¿vale? —La mujer asomó la cabeza desde detrás de una de las encimeras. Jesús, María y José... ¡ésa es mi madre! Dios, está más guapa que en las fotos que tengo. Ya veo por qué papá se enamoró de ella. Esto era demasiado. Noté que me empezaban a fallar las rodillas, de modo que me agarré a la pared con todas mis fuerzas.
¿Qué demonios está ocurriendo? Esto ya no tiene gracia. He visto lo suficiente como para saber que tengo que salir pitando de aquí... YA.
Volví despacio a mi cuarto, en el que ahora no había ninguna prueba de que alguna vez hubiera estado allí. Mi cuarto estaba vacío, salvo por algunas cajas de cosas sueltas en una esquina.
—Tengo que salir de aquí —me dije. Fui a la ventana y la abrí despacio. Trepé por la salida de incendios a la escalera, como cuando era adolescente y me escapaba con Crystal.
Conseguí que mi cuerpo atontado bajara cada peldaño de la escalera. Cuando llegué a la acera, eché otro vistazo a mi alrededor. La tienda de mi padre seguía allí y al mirar al otro lado de la calle vi la carnicería del señor Hooper, pero todo era distinto. La tienda de quiromancia de la abuela de Crystal ni siquiera estaba allí.
Dios, esto es rarísimo.
Oí un movimiento encima de mí y vi la cabeza de mi padre asomando por la ventana. Me lo quedé mirando, pero él no me vio. Sacudió la cabeza y cerró la ventana.
—¿Qué demonios voy a hacer ahora? —pregunté en voz alta, con lo que los que pasaban se me quedaron mirando, preguntándose con quién estaba hablando.
Cuando bajaba por Sheridan Road, vi que iba apareciendo el campus universitario. Sabía que allí habría gente a la que no le importaría que estuviera chiflada y viera gilipolleces de hacía casi treinta años.
Tío, el Parque Rogers era muy agradable. Ahora está fatal con el crimen... o entonces... o... joder, esto es ridículo.
—Estoy en el país de Oz, con ropa que no reconozco, sin dinero en el bolsillo... bueno... —Me metí la mano en el bolsillo y descubrí un billete de veinte dólares —. Vale, con veinte pavos en el bolsillo, que no sé de dónde he sacado, pero ya no voy a plantearme nada. —Sabía que cualquiera que me oyera me agarraría y me ingresaría en el hospital psiquiátrico más cercano.
Caminé un poco más y descubrí un café minúsculo. Creo que un pelotazo de cafeína me vendría de perlas.
Tiré del picaporte y en cuando se abrió la puerta, percibí unos aromas
estupendos que salían del local. Mi estómago rugió muy animado, de modo que pensé que ya que estaba aquí, iba a comer algo. Fui a la barra y me senté. La camarera me daba la espalda, pero me di cuenta de que era joven. Tal vez fuera una estudiante de la universidad.
—Ahora mismo le atiendo —le oí decir.
Parpadeé dos veces cuando la cabeza me empezó a dar vueltas de incredulidad.
Esa voz... ¡es ella! ¡Jesús!
Se volvió despacio y me perdí en los ojos más verdes que había visto nunca. Mis ojos absorbieron despacio la visión que tenía delante. Pelo largo y rubio apartado de la cara en una coleta. Labios generosos con apenas un toque de pintalabios. Preciosa estructura ósea de mejillas y mandíbula. Dios, era la cara más angelical que había visto en mi vida. Su piel era como de porcelana, sin un solo defecto.
—¿Querías pedir algo, cielo? —volvió a preguntar con esa voz preciosa. —Mm... —contesté con gran inteligencia. Dios, no sentía la lengua—. Sí, eso quiero. —Por fin conseguí hacer una frase entera. No era gran cosa, pero qué diablos, en ese momento me sentí llena de orgullo.
—¿Qué te pongo? —dijo, echándome una sonrisa absolutamente pasmosa. Dios, a ver si para de hacer eso para que pueda volver a respirar.
Maldita sea, ¿y qué no me pone? —¿Me das la carta, por favor? Guau, muy bien, Frankie.
—Claro, cielo, aquí tienes —dijo, pasándome la carta. —Gracias. —Le sonreí nerviosa.
—Llámame cuando estés lista, ¿vale? —me pidió.
—Sí, gracias —contesté. Gracias a Dios que se alejó. Necesitaba calmarme. No creía que pudiera comer en esos momento aunque quisiera. Seguro que lo volvía a echar todo en cuanto me lo comiera.
Ojalá supiera qué está pasando.
Miré a mi alrededor y vi un periódico en el asiento al lado del mío. Vi que era el Tribune y lo cogí. Bebí un trago de agua de mi vaso y lo escupí en cuanto la fecha pasó ante mis ojos.
22 de abril, 1974.
Me atraganté y me puse a toser cuando me entró más agua en los pulmones. La camarera se plantó a mi lado al instante.
—¿Estás bien? Respira por la nariz y echa el aire por la boca despacio —dijo mientras me frotaba la espalda suavemente. Es curioso cómo eres
extremadamente consciente de cosas así cuando te estás ahogando.
Poco a poco se me normalizó la respiración y volví a mirarla a los ojos. Dios, podría haberme perdido en ellos.
—Gracias. Creo que se me ha ido el agua por donde no era. —Sonreí débilmente.
—Bueno, qué alivio. No me gustaría que uno de mis clientes muriera atragantado —dijo, sonriendo a su vez.
—Creo que ya voy a pedir.
—Vale —dijo, regresando al otro lado de la barra—. ¿Qué va a ser? —Dios, había vuelto a ese pésimo anuncio de cerveza Pabst Banda Azul con ese imitador de Elvis. Fíjate... viaje en el tiempo.
—¿Algo de beber? —Sí, una Coca Light.
—Será Pepsi Light, ¿no? —me corrigió.
—No, Coca Light —la corregí yo a mi vez. Hay una enorme diferencia.
—Mmm... no creo que tengamos algo así. Pero sí que tenemos Tab y el nuevo Sprite sin azúcar —me ofreció.
—No, necesito cafeína... que sea una Pepsi Light.
Dios, ¿todavía se hace el Tab? Tío, me pregunto si la Coca Light se ha inventado aún. Tengo que tener cuidado de ahora en adelante.
Colocó la bebida delante de mí y me di cuenta de que llevaba una placa con su nombre. "Annie". Qué nombre tan perfecto para ella. Observé cómo se
relacionaba con los demás clientes del café. Todo el mundo parecía quererla. Estaba hablando con un señor mayor que no paraba de sonreírle. Ella le dio unas palmaditas en la cabeza y le acarició la mejilla al tiempo que le quitaba la cuenta.
Me pregunto por qué habrá hecho eso.
Oí que sonaba el timbre de la cocina y Annie fue a la ventana para recoger lo que parecía mi pedido. Se acercó a mí y colocó el plato delante de mí.
—Tú no eres de por aquí, ¿verdad? —dijo sonriendo.
—¿Qué te hace pensar eso? —Mi ceja se alzó por su propia cuenta.
—Es que pareces un poco nerviosa, nada más. Calo a la gente bastante bien. — Hizo un gesto señalando el resto del café—. Cosa del trabajo, supongo.
—Dios, seguro. —Le sonreí—. Supongo que se podría interpretar así. Antes vivía aquí, pero ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí.
Eso no es una mentira, ¿verdad?
—El barrio está cambiando mucho. Pero parece que para mejor —dijo sonriendo.
Me metí un tenedor de comida en la boca y me puse a canturrear de placer. Parecía que habían pasado siglos desde la última vez que comí algo. Levanté mi vaso de bebida y me lo bebí casi entero de un solo trago.
—Tranquila, cielo, que te va a doler la tripa —me calmó—. ¿Y qué estás haciendo aquí? ¿Visitando a la familia?
—Sí, eso podríamos decir. Acabo de ver a mis padres esta mañana —dije con una sonrisita.
—Oh, por tu cara, no parece que haya sido una buena visita —replicó suavemente.
—Bueno, digamos que no me esperaban. —Guiñé un ojo. —Ya entiendo, ¿una especie de visita sorpresa?
—Sí, justo —contesté.
Aunque la sorprendida he sido yo y no ellos.
Sonreí de nuevo a su adorable cara y seguí comiéndome hasta las últimas migas del plato.
—Bueno... mm... —empecé nerviosa—. ¿Llevas mucho trabajando aquí? —Unos dos años. Estudio en la universidad y esto me ayuda con los gastos. —¿Qué estudias?
—Escritura creativa.
—Toda una William Shakespeare, ¿eh? —dije en broma.
—Bueno, todavía no, pero a lo mejor algún día —me dijo, guiñándome un ojo. Dios, creo que me voy a desmayar. ¡A ver si te calmas, Frankie, por Dios! Por suerte, la llamó otro cliente y ahora podía dedicarme a intentar digerir la comida. El reloj de la pared indicaba que eran cerca de las doce del mediodía. Me pregunté cuánto tiempo podría quedarme aquí sin llamar la atención. No quería perderla de vista, jamás. Necesitaba averiguar más cosas sobre ella. ¿Por qué oía su voz en sueños? Ella no parecía reconocerme en absoluto. Es que no entiendo cómo encajamos. Sé cómo me gustaría que encajáramos. Eh, echa el freno, tigre, ni siquiera sabes nada de esta chica.
—Termino dentro de media hora. ¿Tienes planes para el resto de tu estancia...? —Se quedó callada.
Supongo que ahora es cuando le digo cómo me llamo. Buah... —Frankie. —Alargué la mano para estrechar la suya.
—Yo... mm... pues la verdad es que no, no tengo planes para hoy. ¿Qué se te había ocurrido? —pregunté.
—Pues iba a dar una vuelta por la playa. No hay muchos días de abril en Chicago con temperaturas por encima de los veinte grados.
—Muy cierto. ¿Quieres que te espere?
—Si quieres. Mi novio va a venir a recogerme. Seguro que no le importa llevarte.
¿Novio? Maldita sea, fue bonito mientras duró.
—Si no vas a tener problemas con el jefe, claro, esperaré. —Sonreí, tratando de disimilar mi desilusión.
—Genial. Bueno, si ves a un tipo grande y fuerte de pelo castaño tirando a largo, ése es Billy. Dile quién eres y podéis esperarme. ¿Te parece bien? —dijo esperanzada.
—Sí, claro. ¿Por qué no? —dije sonriendo. Tío, hace meses que no sonrío tanto.
—Genial. Nos vemos dentro de un rato. Tengo que atender a varias personas más y luego habré terminado —dijo con una gran sonrisa.
—Hasta ahora. Estaré al tanto para ver a Billy.
—Estupendo. Adiós —dijo y desapareció en la cocina. No sé por qué acepté salir con ella y su novio. Siempre me puede una cara bonita y la de ella entraba claramente en esa categoría. Vamos allá. Un tipo alto de pelo largo entró en el café.
Ése tiene que ser Billy.
Me miró y yo le sonreí y me acerqué. —¿Eres Billy? —le pregunté.
—Puedo ser quien tú quieras que sea, nena —dijo y yo me tragué la bilis que me subió a la garganta.
—Bueno, Annie me ha dicho que alguien con tu aspecto iba a venir aquí. He supuesto que eras tú. Te pido perdón si me he equivocado —dije con los dientes apretados.
—¿Dónde está Annie? Más le vale no salir tarde otra vez. Tengo cosas que hacer —rezongó él.
—Bueno, no ha dicho que vaya a salir tarde. Si te importa tan poco, yo no voy a ningún sitio —dije con tono desafiante.
—Bueno, le daré cinco minutos... después me largo —afirmó. Qué gilipollas.
Hice una mueca y observé el reloj que estaba encima de las puertas de la cocina.
Dios, por favor, que salga a la hora. No quiero cometer asesinato en primer grado con un gilipollas en segundo. ¿Qué demonios significa eso? Dios, Annie, sal a tiempo.
Justo cuando iba a tener que controlarme, Annie salió por las puertas con treinta segundos de sobra.
—Chica, qué suerte has tenido de salir a la hora. —Se acercó a ella y la agarró del brazo con bastante brusquedad—. Dijiste a las doce y media. Sabes que odio que me hagan esperar. —Vi que el miedo se apoderaba de aquellos claros ojos verdes que hacía media hora habían brillado tanto.
—Lo siento, Billy. La próxima vez no llegaré tarde. —Sonrió débilmente.
—Más te vale o no estaré aquí cuando salgas. —Le soltó el brazo y se encaminó hacia la puerta—. Bueno, ¿vienes o qué? —volvió a rezongar.
—Sí, vamos, Frankie. No malgastemos este día tan maravilloso. No te importa que la haya invitado, ¿verdad, Billy? —preguntó vacilante.
—Me da igual, vámonos —dijo él, saliendo a toda prisa por la puerta. Dios, me cae fatal.
Sonreí a Annie levemente y por puro reflejo le froté la espalda. —Vaya, qué agradable.
—Es que hay que conocerlo. La verdad es que es muy cariñoso —lo defendió ella.
—Ah, seguro. Espero encontrar a alguien como él para que sea el padre de mis hijos —dije secamente, esperando que no se ofendiera.