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Romance - Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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(1)

REVISTA POPULAR HISPANOAMERICANA * MEXICO, D. F., 15* DE MARZO DE 1941

R BC

ISTRA DO COMO ARTICULO DE SEGUNDA CLASE, EN LA ADMINISTRACION DE CORREOS DE MEXICO, D

* AÑO II. NUMERO 22

AMYERMARIOK

1W8 - MARZO - 1M1 - MARZO - 1941

SH CVMPIÆN KN RSTE MES LOS ANI­

VERSARIOS LXXVIII y LXXIII, res­ pectivamente, ORI. NACIMIENTO DE CN C.KAN PORTA, OaBRIKL D'ANNUN­

ZIO, Y OK UN GRAN ESCRITOR» MAXIMO Gorki. Elprimero, para quienlo ESENCIAL EN LA VIDA ERA EL ARTE, O MAS BIEN, LO ARTISTICO, ACABO, EN POS DE LA REALIZACION ARTISTICA DE UNA TRAYECTORIA NACIONAL, CON­

VIRTIENDOSE EN EL CANTOR DEL FAS­

CISMO, QVK NIEGA LAS MEJORES CALI­

DADES DKI» HOMBRE. El OTRO, HU­

MANO POR ENCIMA DE TODO, AJENO A TODO ARTE QVK NO TIENDA A SACAR A LUZ LO MAS NOBLE DE I^A HUMANIDAD, SUPO ASCENDER DESDE LOS MAS HU­

MILDES MENESTERES DE LA VIDA, NUNCA REÑIDOS CON SU VOCACION, HASTA CIMAS DESDE DONDE LA PALA­

BRA BAJA COMO UN ALIENTO PARA QUE EL HOMBRE ELEVE AL HOMBRE.

YALE EL HOMBRE LO QUE SABE * EL CANCILLER DE VERULAMIO

Grabado tpu ilustraba el programa de los Bailes de Máscara celebrados en el Teatro Nacional el martes Iff y et domingo J5 de febrero de fffffff. (En la página il: Los Bailesbe Carnavalen México, por Armando

de María y Campos.)

ARTE

de

R uben D arío ™

- POR

Z. GONZALEZ X-

CARA es la gloria, y hay que pagarla temprano o tar­

de, en la vida o en la muer­

te; Se hastían los hambres

<fc mantenerse en gmu- fhaáta ante d ídolo, y al 4el monumento de ana heroica, arrojan lejos sí el úuxastño para em­

puñar la piqueta demole­

dora. Hay en ello a veces un ansia de rectificación, un intento noble y puro de fijar valores definitivos; pero la acti­

tud rebelde que abomina de lo que ha adorado es casi siempre el cansancio de aceptar lo in­

discutible, la fatiga del ateniense que no quiere seguir llamando a Aristides “el justo”.

No se dispersaba todavía el cortejo que acompañó al Panteón los restos mortales del poeta que escribió “La Leyenda de los Siglos", cuando ya la crítica agazapada e impaciente se ensañaba contra él. Incapaz de echar por tierra de un solo golpe al triunfador que en­

traba armado de punta en blanco en el templo de la inmortalidad, buscaba afanosamente los resquicios de la coraza, los puntos vulnerables, para hundir en ellos el estilete silencioso o la emponzoñada saeta. ¿Qué importaba que aquel

(Continúa en la página ?)

Cubierta de una nueva biografia de Carlos V. (En la página XIX: Ciencia, Historia, Sociología.)

Perfil. Oleo por Carlos Orozco Romero. (En ¡a página 7: Crónica de Arte.)

F., CON FECHA 7 DE FEBRERO DE

1940

Irina Baranova, primera bailarina del Original Ballet Russe. (En la página 17: Lavidade los Ballets Rl-

» soj^por José Barros Sierra.)

SUMARIO:

ARTE DE RUBEN DARIO,’

Enrique Gonzá­

lez Martínez

• ALEJANDRO HAMILTON,

SONATA, POEMA de Salomón de la Selva •

LEON TOLSTOI Y MAXIMO GORKI,

D.

de P. •

GRANDEZA Y SERVIDUMBRE DEL OFICIO LITERARIO,

Juan José Do- menchina

. ORLANDO EL PACIFICO

(cuento), Benjamín Jarnés

IMAGINERIA

COLONIAL,

Juan de la Encina "

APUNTES AFORISTICOS SOBRE EL MATRIMO­

NIO,

Paulino Alasip

• BAILES DE CARNA­

VAL,

Armando de Alaria y Campos

• EL TEATRO DE LOS BURIATO-MONGOLES,

D. Polianski

• ARTE:

exposiciónde Carlos

Orozco Romero

. EL TEATRO,

Julio Acos­

ta '

LA MUSICA,

José Barros Sierra •

ES­

PEJO DE LAS HORAS,

la posición de Me­

xicoante la guerra

• LOS LIBROS POR

DENTRO,

notas de Ermilo Abreu Gómez, Rodolfo Usiyll, efe. ■

CIENCIA, HISTORIA, SOCIOLOGIA,

NOTAS DE Ernestina de Cham- pourcin, Daniel Tapia Bolívar, etc. '

BIBLIO­

GRAFIA DE MEXICO, ESTADOS UNIDOS Y EUROPA . BIBLIOGRAFIA HISPANO­

AMERICANA • INFORMACION CIEN­

TIFICA - REVISTA DE REVISTAS • L

as secciones “a laderiva", “en acecho", “lo­

curas de cada día" • PAGINA DE CINE

A PARTIR DE ESTE NUMERO

ROMANCE

'COSTARA EN TODA LA REPUBLICA $0.50.

PARA EL PRECIO DEL NUMERO SUELTO EN OTROS PAISES V PARA EL IMPORTE DE LAS SUSCRIPCIONES EN MEXICO Y EN EL EXTRANJERO VER LA PAGINA 24

San Dif.gg de Aecaiá, escultura policromada, de me­

diados del siglo X Vil. (En ¡a página 12: Sobre Ima­

ginería Colonial, por Juan de la Encina.

(2)

EL ARTE DE RUBEN...

(Signe de la página I ;

hombre hubiera escrito "Las Contemplaciones’’

y e! único intento logrado de epopeya en la moderna poesía de Francia? Había que re­

cordar, con Remy de Gourmont, que Hugo ha­

bía sido en alguno de sus libros más orador que poeta, y, con otros, que había profesado una filosofía vacilante y una política incohe­

rente; había que olvidar toda una vida au­

gusta de creación pura y de ímpetu renovador.

Si me viene a la memoria el caso de Víctor Hugo en este homenaje a! gran poeta hispano­

americano, es porque hallo entre él y el poeta francés más de un punto de semejanza. Artista de sensibilidad multiforme, Darío pudo decir como Hugo que su alma era un alma de mil voces colocada por Dios en el centro del mundo como un eco sonoro. Ambos tuvieron el es­

píritu abierto a todos los estímulos, a todas las solicitudes de la vida; todo produjo en ellos vibraciones imperativas para el canto, impul­

sos irresistibles para la creación de la belleza:

el amor, el dolor, el hondo misterio de la muer­

te y el triunfo jubiloso de la vida, sus luchas interiores y los sucesos circundantes de la visión exterior, color y línea, carne y psiquis, recuer­

do y esperanza.

Como Hugo, tuvo Darío la potencia verbal, el ritmo alado y misterioso, la musicalidad exquisita, la fuerza y la gracia, la virtuosidad suprema capaz de encubrir en ocasiones el prosaísmo del asunto con el suntuoso ropaje de la forma.

De la captación incesante de la hora que pasa, surge de vez en cuando la poesía impura y circunstancial. Pero ¿no decía Goethe —aun­

que con alcance diverso— que toda poesía es de circunstancias? También es verdad que no todas las circunstancias son propicias a la ver­

dadera poesía, y entonces es cuando ia crea­

ción estética falla y la obra de arte se malogra.

Como Victor Hugo, tuvo Darío precursores y secuaces de genio; como él dejó a sus póste­

ros rico legado, y los herederos de ambos se olvidaron con frecuencia del testador para hin­

car el diente en las entrañas de aquel a quien debieron su opulencia. Los dos pasaron —si se me permite recordar un beHo poema de José Juan Tablada— con la pompa de proce­

sión de un pavo real entre los asombros in­

comprensivos del gallinero. Contra los dos la crítica malintencionada esgrimió como arma prohibida, la obra misma de sus continuadores liberados para lanzarla a la frente del renova­

dor. Y para que la comparación sea más per-

ALAD

EL POETA Y EL BOLERO

ANL'EL y Antonio. Antonio y .Manuel.

Fue una clara tarde del lento verano...”

Manoliyo y Antoñiyo. Antoñito y Manole­

te. Los dos niños, los dos nacidos y mecidos entre las húmedas hierbas de Andalucía, los dos poetas.

Quiere decirse descendientes por linea directa —no hay linea más directa ni tajante, pues en la inspira­

ción no hay relativismo— del Creador, hijos de Adán, habitantes privilegiados de una Andalucía primitiva, exuberante y bíblica.

hs la clase. Cn un cartel se representa a Cain fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha carmín.

Es un recuerdo escolar. La vida se les ofrece aún en estampas y en recitaciones. Las recitaciones son exactas, matemáticas, yertas. Las imágenes trá­

gicas, poéticas. Dos y dos son cuatro. ¿Cuántos son uno y uno? Uno y uno son una mancha carmín.

Ln mismo candor ilumina los cromos y las me­

jillas de los niños poetas. Pero una maldición bí­

blica ensombrece sus párpados. De la noche a la mañana en ia estampa se enciende el coágulo san­

griento.

¿Qué pasa en Castilla? ¿Dónde está España?

El poeta —ya no hay más que un poeta: Antonio—

abre sus ojos atónitos ante la traición consumada.

Caín ha mirado aviesamente a su hermano, a su compatriota; se precipita sobre él. Un Cid apó­

crifo. oriundo del Ferrol, emprende porque sí una reconquista de signo contrario. España entera es una mancha carmín.

"¿Recuerdas, hermano? Fué una clara tarde del lento verano".

Por esta vez el poeta no puede alegar sorpresa.

Corresponde la profecía a un bolero. Copiamos aquí la frase textual y atinada, tal como fué susurrada en los oídos de Don Abel Machado, pocos días antes de convertirse España en ascua:

—En España, Don Antonio, se van a armar las Catacumbas...

fecta, en favor de ambos se inicia ya la reac­

ción justiciera y definitiva.

Acabó Hugo su vida cargado de años y de gloria, con cuerpo sano y mente lúcida que se rinde a la necesidad inevitable de la muerte.

Darío cae prematuramente herido por el mal de Musset, de Poe y de Verlaine; pero su obra dura, y no puede negarse que desde Góngora hasta nuestros días no ha tenido la lengua es­

pañola poeta de mayor alcurnia. Desaparece la leyenda del poeta afrancesado cuando se sa­

be cómo resucitó la poesía del nicaragüense ritmos y formas de la vieja poesía castellana, y cuando se advierte que las influencias ex­

tranjeras no fueron para

él

sino estímulo fe- cundador del genio.

ERIVA

EL DOCTOR Y EL ERUDITO

Y

tas Catacumbas se armaron. Y ai convertirse en hoguera el suelo y el cielo de España huyeron con pie ligero, abandonando el bello país de íus lectores, quienes pertenecían a la rama de caines en la generación del 93.

Una humareda —olor a azufre, olor a pajuela quemada— y Baroja se ausenta de ia compañía del aventurero Zalacaín. Vuelan en corro de aspa­

vientos alrededor de la hoguera quienes no se atre­

ven a consumirse en ella. Hay quien lo duda. In­

cienso en el aire. Asustado de su propio Tigre Juan, que supo ser hombre, huye el zorro con el rabo entre piernas: Volpone embajador. Política y Toros; él se puso unas medias de torero para asistir a una recepción diplomática. Ni topes ni política: pan.

Pan con pan. comida de tontos. Se desgaja co­

mo fruto podrido de la rama de los Caines, Don Caín María Salaverría, sordo por los cuatro costa­

dos, duro de oído y de alma, ausente de todas las Españas: lelo.

En las prisas de la despedida, Marañón y Me­

néndez Pida! dejáronse a Alio Cid a solas con su diagnóstica Don Gregorio —doctor en sexos exac­

tos—, contaba después la anéctoda increíble y ve­

rídica. Una tarde se había presentado Pidal en su consulta. Por su prestigio y su desazón hubo que anteponerle a las otras visitas. ¿Qué dolor, aque­

jaba al erudito? Dolor ninguno, pero una angustia mortal oprimía su alma.

—Dígame, doctor, en un pasaje del Romancero he leído que al Cid, antes de entrar en combate,

se le agitaba la mandíbula y le rechinaban los dien­

tes. ¿Qué enfermedad tendría? Es preciso aclarar­

lo cuanto antes.

A lo que el médico, con sonrisa maquiavélica, repuso;

—Miedo, algo de miedo, Don Ramón.

Tiempo es ya de que callen las voces de los que, al presenciar su derroche de arte en cuanto salió de la pluma de Darío, dan en llamarlo artificioso; de los que al ver cómo derramó sobre “Prosas Profanas" ¡a más ad­

mirable virtuosidad de que haya ejemplo, lo tachan de superficial decorador; de los que, impotentes para forjar el verso, que es acero para el profano y cera para el artista, le tra­

tan de ripioso y anticuado, sólo porque tuvo el don musical en grado heroico y manejó la rima con opulencia de gran señor. Ellos no entienden lo que encierra de hondo temblor aquella poesía magnífica, cristalizada en su libro culminante de "Cantos de Vida y Espe­

ranza", y se indignan de su aristocracia supre­

ma, porque ignoran que el arte es llamamiento de ascensión para los que se mueven en planos inferiores de la vida.

Es penoso hablar de sí mismo en ocasión como la presente; pero siento una necesidad imperiosa de aclarar un hecho no sé si falsea­

do adrede y que la malevolencia ha tomado por cuenta propia, ignoro con qué fin. Me re­

fiero al poema mío, escrito hace seis lustros y que ha llegado a tomarse como un ataque a la estética del poeta a quien siempre he admira­

do, y más y más a medida del correr de los años. Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que cuando escribí aquellos versos es­

taba muy ajeno de pensar en el autor de "Pro­

sas Profanas’’. Quise en aquel entonces con­

traponer dos símbolos; el de la grada que no siente el alma de las cosas, personificada en el cisne, y la meditación interrogativa del buho ante el silencio de la noche. Nada más. El cisne, por más grato que haya sido a Rubén Darío, no es de su exclusiva propiedad. Des­

de remotos tiempos ha tomado la poesía al ave de Leda como tema lírico, y cada poeta le ha prestado la significación que ha creído más oportuna. El mismo Rubén simboliza en el cisne, ya la gracia, ya la sensualidad, ya la interrogación ante el enigma indescifrable.

Con el buho pasa lo mismo y creo el caso tan notorio, que sólo la insistencia de la torada interpretación me mueve a romper mi prolon­

gado silencio. Si erré en la elección de mi acti­

tud poética, es cosa que sólo a mí atañe; pero

¿qué motivo habría para una agresión, asi sea en verso, contra el alma de Darío, siempre in­

quieta frente ai misterio universal, siempre sa­

cudida de temblor ante el silencio de la es­

finge?

¿Cómo había de pensar en él, de cuya obra parten tantas direcciones y cuya huella está visible aun en aquellos de sus continuadores que más parecen contraponérsele? El fué el li­

berador y su poesía es y será siempre emula­

ción y ejemplo.

Cantan en la obra de Darío alondras y ruiseñores; pero si queréis que en su blasón lírico navegue el cisne sobre campo de azur, aquí traigo a mi ave agorera para que le rin­

da el culto que siempre le ha profesado y que se hace más fervoroso cada día, y a que borré aun

sombra del agravio que el pobre buho no tuvo la intención de inferir al príncipe de la poesía hispanoamericana.

¿MrtiZLu ItUti ftr el doctor EiñM Gpapfbr ea I» etrnttm con <pu lt UiiorrntUi Naritml i» Inúrto

anuueuwrt ti XXV emurt^m ir 1» ufútrt*

A

JtaMf CpüW:

’'UNION DISTRIBUIDORA DE

Se ha encargado de la distribución, entre otras, de las obras que se citan, editadas por las casas que se mencionan. Podemos servirle cualquier otra publicación editada en díéxico

RAEDERAS 50 - P APARTADO 2915. MEXICO, D. F. TELEFONOS: ERIC. 12-27-13. MEX. J-56-88

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DESCUENTOS ESPECIALES A LIBREROS

(3)

H A6JS ttd« 4e dxottenia años, por la« vattaa extensio­

nes de Rusia vagaba «» jove» desconocido, Alexei Ptahkov. Caminaba con la» botas destrozadas y ana asoeAila da libros o la espalda. Por el camino trabajaba pa­

ra panarae la vida, yo «fe jornalero, ya como cargador, bien en la construcción de una carretera o extrayendo sal de las minas, cortando teña o guardando almacenes de pan.

Sn el otoño de 1889 el joven Peskkov llegó a Moscú.

Poco tiempo antes, trabajando como encargado de la ba­

lanza en la pequeña estación de Krutaia, Peskkov leía a la juventud local las obras de Tolstoi; ahora, al encontrarse en Moscú, quería verse, costara lo que costara, con el mag­

nífico artista y pensador.

Para ello tenía también una razón especial. Estaba entusiasmado entonces con la idea de organizar, con un grupo de empleados de ferrocarriles, una colonia agrícola al estilo “tslstmano”. “A lo largo de más de mil kilóme­

tros —recordaba posteriormente Gorki— no tenia ya otro sueño qsm el poder disfrutar una vida independiente, con amiga, en una tierra que yo mismo cultivara y sem- y con una cosecha recogida con mis propias manos”.

Pero aquella vez no encon tró a Tolstoi en cosa y solamente le dejó una carta.

Pasados

diez años, en enero de 1900, Gorki visita de

nuevo Moscú.

Esta vez también el objeto de

su

viaje era

poder entrevistarse

con Tólstoi.

En aquellos tiempos era yo un escritor conocido. Los héroes, fuertes y orgullosos, de sus relatos, habían sabido Ucger al corazón de los lectores. Las miradas de los hom­

bres vanguardistas rusos se dirigían esperanzadas hada ef joven escritor. Entre ellos se encontraba la de León Tols­

toi. Mostraba un gran interés hacia la personalidad y el talento insólito de Gorki. Después de sus conversaciones von Tolstoi, A. P. Chejov escribía a Gorki en el año de 1899: “Tolstoi me ha interrogado largamente sobre usted;

la despertado usted su curiosidad; por to que parece, está voatatnoúlo”. En la misma carta,Chejov añade: “Le alabó a usted -Muchísimo y dijo que era usted un escritor magnifi­

co. Le gusta su Peris y En la estepa, pero no le gusta Malva”.

La primera entrevista de Gorki con Tolstoi se efectuó en Moscú él 18 de enero de 1900. El ilustre escritor acogió con alegria a su colega y los dos conversaron largamente sobre Vaiwika Okeora y Veintiséis y una. Tolstoi interro­

gaba atentamente a su interlocutor sobre su manera de vi­

vir, «« estudiaba, y qué leía.

“Dicen que es usted muy erudito, íes verdad! ...¡Es '■‘usted úa auténtico mujik! Tendeó usted dificultades al en- aontrarse «a uñ ambiente de escritores, pero no hay que

«mer miedo; diga usted siempre lo que sienta, y si resulta bruteó, ¡no importa ! Los inteligentes lo comprenderán”.

¿«Ó» Tolstoi hcdldba de un modo sincero y franco. El joven Gorki tuvo que escuchar no pocas observaciones aeer-

■bas-sobpé nlgutum partiauhuñdadesde suobra. Pero Gorki ' un él un tobado grands y nueve,

.^epsdnmdospúioron, Tolstoi le abrasó y le besó msdytíle^

..etomía. en -/^^¡À^^^'Cpè^.Qoió^Msmnmdcmascsado muy agro-

iabismmtr j* me ha gastado. Es un auténtico hombre del Gorki salió entusiasmado de su visita. Al volver a su tierra, escribió a Tólstoi una carta llena de gratitud y de admiración. “León Eikólaievich: Le doy las gracias, sí, muchas gracias, por todo lo. que me ha dicho usted. Me alegro de haberle visto y me enorgullezco con ello. Sabía que, en general, trata usted a la gente con mucha sencillez y mucha cordialidad; pero no esperaba, lo reconozco, que me acogiera usted tan cariñosamente, precisamente a mi".

Tolstoi contestó a la carta de Gorki con una satisfac­

ción evidente: “Estoy contento, muy contento de conocerle y de que me haya gustado. Aksakov decía (y con mucha inteligencia) que hay gente que es mejor en su vida que en

su

obra y otra que es peor.

A

mi me gustaba su obra, pero le he encontrado a usted mejor que a sus escritos. ¡Fíjese qué cumplimiento le hago! Su mérito principal está en la sinceridad. Por hoy, nada más. Estrecho su mano cordial- mente”.

En el otoño de este mismo año, Gorki y Tolstoi se vol­

vieron a ver. El joven escritor llegó a la casa de Tolstoi en Yasnaia Poliana. Hacía un dia nublado de otoño, llovizna­

ba; León Tolstoi acogió cordialmente al amigo y, ponién­

dose el

abrigo, salió con él a dar un paseo por el bosquecillo de abedules.

Contentos de su nueva entrevista, los dos escritores ha­

blaron largamente sobre la literatura y la vida social, con­

fiándose mutuamente y con mucho gusto sus proyectos lite­

rarias. La franqueza en las opiniones expresadas permitió a los escritores aclarar sus principios artísticos, sus sim­

patías y antipatías. Tolstoi, como una sombra de reproche, le dijo a Gorki que en su obra faltaba un poco la senci­

llez; no le gustaba tampoco que tratara caracteres heroicos.

Gorki, por su parte, no siempre estaba de acuerdo con las apreciaciones de Tolstoi. Asi, por ejemplo: no compartía su opinión negativa respecto a Shakespeare, Dostoïevski, Turgucnev; pero la diferencia de posiciones ideológicas y artísticas no impidió el que las relaciones entre ambos es­

critores se hicieran en seguida cordiales c íntimas.

En 1901 Gorki fué detenido y enriado a la cárcel de Xizhni-Novgorod. AI enterarse Tolstoi, se dirigió al príncipe Sriatopolk-iliraki, compañero del ministro del Interior de Rusia, con la petición de poner en libertad a Gorki, te niendo en cuenta el mal estado de su salud. Escribía al príncipe: “Yo conozco personalmente a Gorki y le quiero, no sólo coma escritor de talento apreciada en Europa ente­

ra, sino también como hambre inteligente, simpático y bueno’’.

A instancias de Tolstoi, Gorki fué, efectivamente, pues­

to en libertad. Poco después marchó a Crimea para mejorar su salud. No lejos de Oléis, donde se estableció, vivía en­

tonces León Tolstoi, gravemente enfermo. En aquellos días

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LEON

TOLSTOI y

M aximo G orki

ROMANCE

Entrevistas y Correspondencia

Lcon Tolsto»

ío enfermedad del viejo escritor se agravó muchísima y Gorki iba diariamente a Gaspra o enviaba a alguno de los suyos a preguntar por su salud, esperando lleno de impa­

ciencia las malas o las buenas noticias.

Vencida la enfermedad, Tolstoi empezó a visitar a Gor­

ki en Oléis. Los dos amigos paseaban juntos; Gorki, a petición de Tolstoi, leía escenas de su obra dramática Bajos fondos, hablaba de cosas que había visto en su vida, de sus peregrinaciones; recordaba las gentes con quienes había errado a lo largo de las orillas del Mar Negro y por las montañas del Cáucaso.

A menudo se unía a ellos Anton Chejov. Los tres iban de paseo al jardin de'Yusopov. Tolstoi contaba maravillo­

samente a sus colegas la vida y las costumbres de ¡a aristo­

cracia moscovita; hablaba de su juventud, de sus encuen­

tros con mucha gente rusa. Las charlas se prolongaban hasta bastante entrada la noche en casa de Tolstoi, en Gaspra, donde a veces escuchaban al pianista Coldenreiscr.

Después de una de aquellas conversaciones, Tolstoi, antes de acostarse, escribió en su diario: “Me siento contento de que Gorki y Chejov me gusten, sobre todo el primero”.

Al despedirse de Tolstoi, Chejov Je dijo una vez a Gor­

ki, como lamentándose:

—De cada palabra de Goethe se puede sacar algo, pero los pensamientos de Tolstoi se pierden en el vacío. Esto, querido amigo, es terriblemente ruso. Después vendrá el arrepentimiento, se empezarán a escribir recuerdos y ten­

drán que inventarse mentiras”.

Viviendo en Oléis, Gorki satisfizo en gran medida las exigencias de Chejov. Empezó a escribir pensamientos suel­

tos y aforismos de Tolstoi. Después incluyó estos apuntes en sus propios recuerdos sobre Tolstoi, admirables por su sinceridad y maestría. En el mes de junio de 1902 Tolstoi volvió de Crimea a Yasnaia Poliana, El 6 de octubre del mismo año Gorki visitó por última vez a Tolstoi. En los años siguientes los dos escritores no lograron verse, pero Tolstoi, hasta el fin de su vida, se interesó por Gorki, y leía con atención las nuevas obras de éste.

Ei las primeras entrevistas fueron seguidas de una se­

rie de apreciaciones positiras de Tolstoi sobre Gorki, en años posteriores este sentimiento se fortaleció, como se atestigua en las notas que figuran en el diario del propio Tolstoi. Asi, por ejemplo, hay una que dice: “El mérito de Gorki consiste hi que ha sabido revelar la psicología de los desheredados de la fortuna describiendo su vida con amor, y aunque a veces no es exacta, nos muestra las lados bue­

nos de sus almas”. Un año antes de Ja muerte de Tolstoi encontramos en su diario una nota diferente: “Esta tarde íte acabado de leer a Gorki. Todos sus sentimientos son imaginarios, heroicos y falsos: pero tiene un gran talento”.

Estos juicios contradictorios expresados por Tolstoi a propósito de Gorki, es cosa que perciben también muchos de los amigos del primero. La dualidad se puede explicar por la diferente manera en que ambos escritores interpreta­

ban la realidad rusa. Reconociendo un gran talento a Gor­

ki, Tolstoi mantenia una actitud de crítica sobre algunas de las manifestaciones de aquél. En esto influyó poderosa­

mente el que Tolstoi conocía con preferencia las obras ro­

mánticas de Gorki. La manera de sacar al primer plano el heroísmo de la libertad y de la lucha, la grandeza de la protesta revolucionaria, todo lo que destacaba en las obras de Gorki en vísperas del año 190Ò en Rusia, era ajeno a los principios políticosociales de Tolstoi. El camino revo lucionario de Gorki era distinto del camino literario de “no resistencia” de Tolstoi.

Por otra parte, si bien las relaciones personales con Tolstoi dejaron en Gorki recuerdos luminosos “sobre los días felices por el gran honor de haber conocido a León Tolstoi”, distaba mucho de aceptar sin discusión su obra y, sobre todo, sus ideas sobre la teoría de la “no resistencia”.

Aun admitiendo a Tolstoi como un gran escritor, atacaba siempre a los que le querían transformar en ídolo. Todas las notas de Gorki sobre el gran escritor revelan admiración ante su genio y su personal idad, y su obra de 1919, sobre los recuerdos tolstoianos, aspira a mostrar la grande y vital individualidad de León Tolstoi.

En estos recuerdos, Gorki subraya el carácter contra­

dictorio del gran escritor. Su tendencia reaccionaria al ra­

tificar la filosofía de la “no resistencia”, de poner la vida del hombre al servicio de Dios, es completamente ajena a Gorki; pero, en cambio, compartía el sentimiento de las nobles pasiones humanas que conmovían a Tolstoi. Las fuentes del humanismo de Tolstoi las veía Gorki en profun­

dísima relación con el pueblo.

. .En su curso Historia de la literatura rusa, Gorki ca­

racteriza detalladamente la obra de Tolstoi: “Durante se­

senta años he soñado con su voz severa y franca, que acusaba a todo y a todos; él nos ha hablado sobre la vida rusa tanto como toda nuestra restante literatura. La significación his­

tórica de la obra de Tolstoi se comprende ahora como el resultado de todo lo sobrevivido por la sociedad rusa du­

rante el siglo XIX, y sus obras permanecerán a través de los siglos como monumentos, producto de un trabajo tenaz ejecutado por un genio. Rus libros son narraciones docu­

mentales de toda la dase de búsquedas que acometió en el siglo XIX una potente personalidad, con el fin.de encon­

trar en la historia de Rusia su puesto y

su

significación.

No debemos detenemos en las deducciones de Tolstoi, en su predicación marcadamente tendenciosa de “pasividad”. Sa­

bemos por sus deducciones finales que esta predicación es profundamente tendenciosa; sabemos también que podía ocasionar perjuicios e, incluso, que los ocasionó. Todo esto es cierto; pero por encima de todo esto, quedan en su obra cuadros vivos e inolvidables de la vida rusa en todos sus

aspectos, quedan

relatadas sencilla, profunda y

sinceramen­

te, las vidas humanas,

g esta

obra es de un valor incompá- ' rabie, coloeal; es algo con que podemos enorgullecemos, algo que puede enseñarnos a respetar al hombre, a compren­

der la vida y a pensar sin miedo sobre todas las cuestiones”.

Los pensamientos de Gorki sobre Tolstoi presentan in­

terés, no sólo por ser las expresiones de un escritor sobre otro, sino por haber sido marcados en ella con gran vera­

cidad literaria muchos rasgos característicos de la persona­

lidad de Tolstoi. Recordando sus conversaciones con Tols­

toi, Gorki escribía en una ocasión a Chejov: “Todo lo que él decía era sorprendentemente sencillo, pero terriblemente bueno. Lo importante es la enorme sencillez. En fin de cuentas, él representa una orquesta, pero no todas sus trom­

petas suenan acorde. Y esto, precisamente, está muy bien, porque es muy humano, es decir, muy propio del hombre”.

El genio de Tolstoi entusiasmaba a Gorki, despertando en él, literalmente, un estado de ánimo poético. “En reali­

dad, es estúpido —afirma Gorki— llamar genio al hombre, es completamente incomprensible. ¡Qué es un genio! Mu­

cho más fácil sería viecir: León Tolstoi es conciso y origi­

nal, es decir, no parecido en absoluto a, nadie, y, además, esto suena fuerte, singularmente fuerte”.

Tolstoi, a pesar de sus relaciones contradictorias con Gorki y con la literatura revolucionaria democrática que éste encabezaba en sus manifestaciones, le reconocía como jefe literario y aun criticándole por “bi negación absoluta de todos los princijáos morales”, decía de él al mismo tiempo:

—“Me impone, sin embargo, el que Europa le traduce y le lee; hay en él, indudablemente, algo nuevo”.

Tolstoi comprendía muy bien que esto “nuevo” en Gor­

ki, era, ante todo, la ligazón de su arte con el proletariado revolucionario, con- el pueblo ruso.

En cuanto a Gorki, a pesar de su amor y admiración ante el ilustre genio de Tolstoi, luchaba incesantemente eontra “el tolstoianismo”, eontra la predicación de la “no resistencia”, que turo indudablemente un papel reaccionar rio.' Gorki, escritor que. afirmaba la concepción efectiva y activa de la vida, no podía eonciliarsc con la filosofía de Tolstoi. Esto le permitió cxcribir sobre él su magnífico li­

bro de recuerdos.

Las relaciones entre estos dos grandes escritores se es­

tablecieron por una vía compleja. Tolstoi daba fin a una amplia etapa de desenvolvimiento de la literatura rusa;

Gorki iniciaba otra nueva. Las entrevistas y la correspon- dencia entre los dos escritores servían de gran satisfacción a ambos, pero sus misiones históricas y sus tendencias lite­

rarias fucrftn distintas. De aquí todas los desacuerdos, to­

das las contradicciones en las velaciones de estos do» gran­

des artistas, que nunca dejaron de estimarse mutuamente.

D. de P.

__ ____________________ P

agina

3

(4)

E

STE oficio —sin beneficio— de la pluma, que sólo es maléfico cuando se desperdicia en el fraude, cuando suplanta con veleidades tene­

brosas o aspaventosas la carencia de vocación y de aptitud legitimas, tiene su decoro —su honor emancipado y su eficacia para exornar decentemen­

te, sin abuso, lo usadero— en la independencia del espíritu. La independencia del espíritu es inalie­

nable. El escritor que transfiere a otro o a otros su facultad —privativa o exclusiva— de expresión, tras de perder el libre arbitrio, queda al arbitrio ajeno, y como amanuense, aun como sicario de la malevolencia extraña. Ya sin poder —y en poder de sus adquisidores—, está vendido. Pero —y no es juego paradójico— nadie compra de buena fe una gracia que se vende... al mejor postor o im­

postor ocasional. Porque las conciencias de ocasión

—de segunda mano—■ sólo son útiles en las tran­

sacciones o trueques de los mercachifles.

Ocurra lo que ocurra, un escritor legítimo no se apea de su orgullo. El orgullo del escritor legíti­

mo reside en la soberbia potestad que le corrobora:

en la potestad de escribir —esto es, de inscribir— en lo futuro, y con tinta indeleble, sus hallazgos ge- nuinos. No hay escritor que renuncie a esta sun­

tuosa prerrogativa. El fugaz usufructo de los pri­

vilegios terrenales, que desala y descabala a los hombres '‘sensatos", no inquieta al escritor. Este sólo reputa indispensable que le asista la fe —in­

mensa y ácrona— de sus creaciones y atisbos; que no le encelajen con nubes o nieblas la limpidez de su futuro.

El escritor, que depende por lo exclusivo de sí y de sus dioses, rinde culto a la proba e ímproba inmutabilidad de la consecuencia. Perseverando, aprende a corregirse —pero no a mentirse o des­

mentirse— en el curso de las vicisitudes literarias.

No muda de opinión ni de plumón, como los sabios y las aves que pelechan. Más aún: rara vez se somete al empirismo folklórico de los proverbios o refranes. Porque dice y siente que "si es de sabios el mudar de opinión”, la sabiduría suprema ha de residir forzosamente en el espíritu veleidoso y aco­

modaticio del tránsfuga y del renegado. No. La consecuencia de un escritor es su patrimonio. Y el testimonio de su autenticidad : los bienes raíces de una obra y las raíces de un carácter. Desconfiemos del escritor que no exhume con ufanía sus opiniones añejas. Quien prefiere escamotear el desarrollo de su pensamiento, denuncia un temor harto signi­

ficativo. Dice, a las claras, que’ le intimida el con­

traste —tan retrospectivo como actual— de su ser

—o parecer— de ayer con su ser —o aparentar—

de hoy. Es decir, que no arrostra la prueba decisiva, porque no se halla en posesión de un pasado sol­

vente.

La grandeza y servidumbre del oficio —de este oficio netamente oficioso que constituye el menes­

ter literario— radica en la propia esencia común del material primigenio que trabaja el artista. La can­

tera originaria está al alcance de todos. Todos los hombres, artistas o no, se sirven de la materia prima que allí se les ofrece. Pero no vale decir que se trata de yacimientos de material en bruto. No vale decirlo. Porque lo que allí yace es enjundia ardua­

mente trabajada por sucesivas generaciones. No existe, por tanto, la tosquedad ingénita del material, sino la rudeza o la desmaña del inexperto y del burdo que osan separarlo o arrancarlo inadecuada­

mente de su entrañable criadero.

Insinuar por lo elegiaco, y entre plañidos, que el poeta, el novelista, el dramaturgo y el filósofo sólo disponen de las palabras para la creación de su obra, es obtuso perjurio, flagrante desvergüenza. Por­

que a este aserto mendaz cabe oponer que el poeta, el novelista, el dramaturgo y el filósofo tienen a su merced o disposición libre nada menos que la ciclópea existencia varias veces secular de “todo un idioma".

No. El artista y el hombre de negocios no se valen, en rigor, genuinamente, de materiales idén­

ticos cuando utilizan los mismos vocablos. El idio­

ma, lo que tiene de sagrado y de imperecedero el idioma, se ofrece a entrambos por igual, indiscuti­

blemente. Pero, en el trance de adquirir el discer­

nible tesoro, se evidencian, como inefable paradoja, la destreza y avidez del artista y la manquedad y desgana del hombre de negocios.

La odiosidad que suscita el arte del escritor

—cuando este arte es auténtico y entraña señorío absoluto del idioma— es evidente, y su origen, harto palpable y obvio. No incurre en suspicacia Duha­

mel al afirmar que en los bolsillos de toda criatura humana cuya edad rebase los doce años se encuen­

tra siempre un escritor, un poeta, que se logra o se frustra. El hombre que se logra como escritor, como poeta, se abisma en su quehacer, o se ensi­

misma. y, atendiéndose, ateniéndose sólo a su ser, a su solo existir, que es el ser o existir del poeta, vive o “se vive” esto es, escribe siempre de acuerdo, aunque en perpetua lucha, con el acervo esencial que su idioma le suministra. Pero los malogrados y frustrados, que suelen enconarse y escomerse a causa de su frustración, se obstinan y retestinan en la vergonzante contumacia de escribir a hurtadi­

llas, desazonándose en ese lecho de Procusto que es el anonimato, y de malsinar verbalmente, en pú­

blico. a costa de los escritores genuinos.

El arte de escribir noblemente es, sin duda jfe ningún género, la sumidad del arte, el arte sumo.

En un principio fué el verbo, que es substancia evi­

terna. Habla y escribe precisamente, exactamente, auien de manera exacta o precisa concibe su pen­

samiento. Hay oue huir de las plumas fáciles o desi­

diosas que se producen con celeridad, pero a trancas y barrancas, por aproximaciones, inexactamente.

Urge evitar el resabio, pero no el escrúpulo. No existe paridad entre el escritor resabiado v el es­

critor escrupuloso, antes son antitéticos. Hoy por hoy. no se atribuye gran importancia al dominio del lenguaje. Se sujxme que es cosa adventicia, y más que secundaria, supernumeraria, i I lorror de horrores! Mal que les pese, "forma’’ es también

"esencia", y vale igual que “fondo". Decir exacta­

mente una cosa es, en rigor, crearla. Las preocu­

paciones estéticas son preocupaciones ideológicas, i Menguado escritor aquel que desdeñe o finia des­

deñar el lenguaje! Para escribir noblemente, exac­

tamente, hay que sentir la emoción etimológica de los vocablos. La expresión directa —auténticamen­

te directa— rara vezóla produce el vulgo: la crea el pueblo, que no es vulgo iletrado. Tal vez deba instalarse una dictadura filológica. El idioma no se puede dejar a merced de los tragavirotes, que sienten la ufanía de su ignorancia y que nos hacen el honor de saturarnos jactanciosamente de su bes­

tialidad satisfecha. Ahora se estila decir —lo dicen, con zafia pedantería, todos los herejes o heresiar- cas de las bajas letras, los frustrados sin remisión—

que sólo hay un numen fecundo: el del interés.

La eficacia del escritor contemporáneo, «egún ellos, estriba en decir cosas interesantes y útiles, a la bue­

na de Dios o a la pata la llana. .'El matiz? -Qué cosa es el matiz? Un buen chafarrinón vale por in­

Grandeza y Servidumbre

DEL

OFICIO LITERARIO

POR

JUAN JOSE DOMENCHINA

números matices y es realidad más pronta y expe­

ditiva.

Bien. No es posible rebajarse a contradecir ta­

mañas mentecateces. La verdad es una e irreba­

tible. “Ln libro bello es —según Valéry— aquel que nos da una idea más noble y más profunda del lenguaje”. Y no hay escritor que no suscriba vehe­

mentemente esta delicada "absoluta”. Por que hay que oponerse al auge de la desfachatez y de la estupidez y a la boga de lo mugriento. Un mínimo de decoro. Una pizca de reflexión. El idioma no es el “ajo arriero” de las ventas, ni la equívoca exquisitez plurilingüe de las mansiones pseudo- aristocráticas, cursis. El idioma, para el escritor, es su bien único. Y no puede consentir sin protesta que este bien único, que constituye su gloria, se lo manoseen y percudan, con regodeo y saña, los iletrados mercaderes de las letras.

El día que los poetas mozos se persuadan de que el conocimiento exacto del idioma es el más rico venero de poesía que tienen a su alcance, la enjuta paramera lírica —ese sector pedregoso y estéril, co­

lindante con el edén poético, que la holganza y el desamor mantienen infecundo— se poblará amena­

mente de una copiosa vegetación paradisíaca. Lo que se alumbra y fluye en la falda del Helicón, aunque se conozca con el rótulo mítico de fuente Hipocrene, no es sino el inagotable manantial de la lengua nativa.

Todos los grandes poetas han sentido con dolo- rosa intensidad el culto del vocablo. La determi­

nación. la precisión, la concisión, no son graciosas dádivas, ni trucos fáciles que se improvisan. "El poeta nace”; pero una glándula poética en bruto sólo rezuma secreciones inertes. Como ya hemos visto, Valéry dice; "J’appelle un beau Úvre celui qui me donne du langage une idée plus noble et plus profonde’’. Y Thibaudet, en su copioso estudio sobre la poesía de Stéphane Mallarmé, nos recuerda que éste, "s’atacha avec ferveur a connaître sa lan­

gue”, y que "la parole fut vraiment le soleil de son monde intelligible”. Y, únicamente porque no es cosa de multiplicar las citas, nos abstenemos de seguir parificando con ejemplos ilustres. Aunque, por esta vez, se nos' habrán de permitir retiradas incursiones en los dominios del prójimo, especial­

mente en los de Valéry, cuyo cercado se nos antoja más bien gavilla o espicilegio irreprochable de cla­

rividentes atisbos.

En poesía, toda concepción viable es hija dolo- rosa de la inteligencia. Y aquel poeta que, despojan­

do a la inspiración de su atuendo de aparición fugaz y súbita, y de su prestigioso prestigio de gracia o privilegio que otorgan los dioses, tal cual vez, a los poetas, la identificó resueltamente con el trabajo asiduo, puso el dedo en la llaga., Ins­

piración, en efecto, es trabajo. Como perfección es trabajo, según Valéry, Entendiéndose que con esta indole de esfuerzo o de ejercicio no se alude a eso que alguien llama jactanciosamente y en provecho propio "capacidad de trabajo”, y que no es, por lo común, otra cosa que grafomanía, contumacia, obstinación de posaderas y resistencia acemilar.

Pero es indudable que los partos del ingenio adquieren dignidad por el dolor, como los de la hembra, Claro está que los poetas inmorales, sin enjundia, los poetas del ruido, eluden el atroz des­

garramiento valiéndose del truco, añagaza o cloro­

formo de la técnica. Pero, como ya hemos dicho en más de una ocasión, de nada les sirve esa ar­

gucia; de nada que no sea el escamoteo de la difi­

cultad. Porque producirse sin pena equivale a pro­

ducirse sin pena ni gloria. Anodino --"sin dolor”, etimológicamente— vale tanto como insubstancial, insípido, sin gracia. Y esto no quiere decir, natu­

ralmente, que el dolor y el trabajo por sí solos garanticen la autenticidad del fruto. Una gestación laboriosa no es nuncio infalible de parto feliz. A lo peor, como cuando' la tierra bramaba, "parturient montes, nasceur ridiculus mus".

Pero hay algo más que inapetencia lingüistica en determinado sector de la mocedad literaria. El desafecto por la exactitud del idioma corre parejas entre los jóvenes fabricantes de poesía social y pura _cuyo saber puramente facial no consigue exone­

rarlos de supersticiones— con el odio hacia la inte­

ligencia; odio que contrahacen o simulan por livia­

nos motivos estratégicos; pero que, a la postre, llegan a sentir. Indudablemente, según el criterio de esos mozos, la obra poética debe ser segregada por el páncreas o el cuerpo tiroides, y no producto de la inteligencia condicionado por la sensibilidad.

Porque apenas atisban una insinuación de pensa­

miento en el logro artístico, cuando ya lo diputan de mazacote o grupo ázimo indeglutible. Y lo cu­

rioso es que no existe fermento que así esponje y preste ingravidez a la materia del idioma como la levadura mental. Lo que no hace la inteligencia es producir esa hinchazón, tumefacción o embotamiento que origina la sensibilidad en bruto a que los ri­

madores estólidos se aficionan, y que constituye precisamente la masa amorfa y sin leudar que re­

pugnan los paladares exquisitos. "Un poème doit être une fête de l’intellect. 11 ne peut être autre chose”, dice Paul Valéry. Y nuestro Juan Ramón Jimenez descubre, en un poema inolvidable, que "la frente es el cielo del corazón”. Claro está que, como dice el primeramente citado, "la pensée doit être cachee dans les vers comme la vertu nutritive dans un fruit. Un fruit est nourriture, mais il ne paraît que délice”. Evidentemente. Esta es la sa­

zón de todo fruto poético. Y cuando un fruto sobre­

pasa ¡a madurez se convierte en colgajo serondo.

Pero, aunque el pensamiento vaya perfectamente disimulado en el gusto o aroma de la creación poé­

tica. los lechuguinos poetizantes —que yo llamaría, utilizando un retruécano lícito, poetimetres. de no tener a mano el memorable cognomen de poetisos, que tan precisamente les cuadra—• repugnan tal con­

dumio. Porque hay palabras de precisión, científi­

cas, que descubren en el trozo de pulpa inviscado

incluso la índole y serie de las vitaminas que lo integran. Estos paladares los usufructúan, según es notorio, los críticos filoneistas y ¡os cazurros “snobs”, indigestos de modernidades.

De todo lo anteriormente escrito no debe cole­

girse que desdeñemos la sensibilidad. Sopesando la exhortación baudelairiana, es preciso que no se des­

deñe la sensibilidad de nadie. Pero también es pre­

ciso no suponer, como Baudelaire supuso, que la sensibilidad de cada cual es su talento. No. La sen­

sibilidad no es el talento. Ni la hiperestesia la genialidad. Y la simulación de hiperestesia, que ahora tanto se estila, es, además de cínica impos­

tura, mentecatez insigne.

El afán de exactitud, de precisión rigorosa y casi científica, que obsede al creador auténtico, debe ser estímulo que aguije a todos los poetas. Este afán, llevado a su colmo, puede conducir a extremos de apoteosis lingüistica que algunos juzgan censurables.

Mal menpr, que no empece. Es preferible incurrir en rebuscamiento o cataglotismo culterano, cargante profusión terminológica, e incluso en sibilina inacce­

sibilidad, que no caer en greñuda y zafia negli­

gencia. La vaguedad u obscuridad por insuficiencia de recursos es lo que debe considerarse como pa­

tente de ineptitud literaria.

"intuición rara, palabra sencilla: la suma belle­

za”, dice Juan Ramón. Claro atisbo. Pero ocurre, en ocasiones, que la intuición rara exige como ve­

hículo idóneo e insubstituible la palabra inaudita, y en semejantes coyunturas el Solo intento de subs­

titución, de vulgarización, es maniobra fraudulenta.

Hay que tener el valor de imponer el sacratísimo derecho a la vida que poseen los vocablos exentos de gracia eufónica y de simpatía corriente y mo­

liente. No es una simple cuestión de buen gusto, de estética; es una cuestión ética, de probidad lite­

raria. En último caso, y con objeto de evitar la sustitución y hacerse, no obstante, entender de los menos cultos, resulta licito acudir a ia enumeración o empaste de sinónimos, voluptuosidad que todo trabajador del idioma conoce, y que conduce, con parsimonia gradual y experta, poco menos que a la traducción del vocablo infrecuente. Sin embargo, y aunque ya es un disminuido y manido lugar co­

mún eso de que la sinonimia absoluta es pura su­

perstición de gramáticos o prejuicio de remendones burdos, chapuceros, que sólo corcusen chafallos an­

drajosos y “Metes” del idioma, el empaste de sinó­

nimos —ardid no solamente lícito, sino plausible, por ser regalada fruición de matices lingüísticos y bordón de lectores bisoñes— se toma zafiamente por alardosa exhibición de léxico, o por perplejidad y falta de tino en la elección de vocablos.

Lucha sin tregua, agonia sin término: así es la creación. “La guerra —-llegó a decir Nietzsche, re­

firiéndose a la pugna de la prosa con la poesía- es la madre de toda buena prosa”. Y de toda poesía, añadimos nosotros. El fervor idiomático se nos an­

toja también, y sobre todo, atalaya de altanería, insuperable para otear y descubrir desde lejos las más larvadas ingerencias. Trabajar el estilo es algo más que pulir la forma. Por ejemplo: al escritor escrupuloso que procura evitar una asonancia —y una asonancia, según Flaubert, debe siempre evi­

tarse— se le plantea una cuestión agónica. En buena ley, los vocablos que suscitan el conflicto

— "no hay sinónimos"— son insustituibles. Por ende, de no transigir con la asonancia, y en la imposi­

bilidad de avenirse al cambalache fraudulento, sólo queda un camino: imponerse una nueva redacción del período "dañado". Pues bien: esta agonía y elaboración de la materia artística nos lleva no pocas veces hasta el logro perfecto. El fondo exige buenas formas.

En'rigor, el conocimiento del idioma es aprendi­

zaje a ultranza, menester arduo que coexiste con el individuo, quien alcanza saber magistral sin perder afán inquisitivo y fervor de aprendiz. Bien está, por ejemplo, la iconomanía de los jóvenes icono­

clastas. Pero el poeta ha de ser, para ser, elocuente, convincente, suasorio. Hay que retorcer el cuello a la pseudo-retórica o retórica, a la fluencia verbal inmotivada, bizantina; pero no a la elocuencia. El poeta que es, es diserto y suasorio; habla un idioma de precisión que siempre persuade. Y cuando no acierta a hablar ese idioma de precisión, escupe despropósitos y dice,, sin querer decir tal cosa, por supuesto, "que hay que retorcerle el cuello a la elocuencia".

El creador de poesía debe atender siempre a la norma o canon del interés, sin pasarse jamás, sin desaforarse ni aun intelectualmente, porque esto puede ser prurito de recoger la racima por obsesión de dejar las cepas mondas. Debe asimismo nutrir­

se de lecturas enjundiosas, suculentas; es decir, no sólo impregnarse en ese halo o aura espiritual que envuelve a cada libro, sino también anotar, desen­

trañar y desmenuzar la significación exacta de los vocablos cuyos sentidos no posea con absoluta pre­

cisión. No se trata de la numerosidad del léxico tan sólo: se trata especialmente de la eficiencia y precisión del verbo, que encama en la verdad, cuando encarna. Por lo demás, nada imjxrrta que en esta tarea el escritor tome y aún exhume direc­

tamente del diccionario alguna palabra que logre subyugarle. Teófilo Gautier dijo que no conocía libro más digno de ser leído por un poeta que el diccionario.

La poesía también es oficio. Todo aprendizaje vive la fruición y superación de la dificultad. Ante todo, hay que hacerse con la técnica, esforzarse en la doma de los vocablos. El Poeta —con mayús­

cula— ha de señorear las huestes de su idioma, la rebeldía del ritmo y la repugnancia al cabal mari­

daje que manifiesta la rima. Ningún molde tradi­

cional. clásico, —soneto, décima, octava real, cuar­

teto. lira— es recusable. Al aprendiz inteligente no le es lícito fingir ese cómodo desdén que los burri­

ciegos de la falsa modernidad simulan hacia esos moldes o continentes clásicos, arquetipos de los que ellos no saben obtener ni desmedradas réplicas. Las maestria no se logra con jactancias e ignorancias.

Ante todo, hay que saber, y luego, en sazón opor­

tuna, olvidarse de lo sabido, saber olvidar. El sa­

rampión de la retórica se ha de pasar a tiempo, en ios días fervoróse» de la iniciación literaria. Ur­

ge, pues, adquirir cuanto antes esa pericia retórica

—impersonal decir perfecto— que es legítimo usu­

fructo de la belleza múltiple, y eliminarla después en coyuntura propicia, esto es, cuando el autor se jsosesione, con títulos válidos, de su lograda indi­

vidualidad poética. Los prolegómenos del oficio tienen también su parte árida, difícil, sobremanera penosa. Hay que dejarse poseer para poseer luego.

Voluntaria o involuntariamente, los iniciales conatos de expresión propia no nos pertenecen: son afanosos ejercicios de sugestión mimètica, decir reminiscente, puros ecos. Se aprende a escribir, como se aprende a hablar: repitiendo y deformando las palabras ajenas.

El poeta bisoño no debe tender, naturalmente, a la copia servil ni al pastiche vergonzante. No debe moverle el propósito de remedar a sus maestros.

Pero como, fatalmente, y en contra de su propósito, los remeda, el comercio de los clásicos, y no la frui­

ción exclusiva de los modernos es necesidad peren­

toria en la formación o integración de todo numen.

El don poético por excelencia es el don de la nitidez o de la precisión. Porque nitidez vale tanto como precisión. <• Vaguedades? Vagancias. Me im­

porta repetir algo que ya dije: "La vaguedad poé­

tica es vagancia. Un poeta vago es siempre un poeta vago. Y viceversa”. Pero ahora se estila eso de la vaguedad. Lo inefable se confunde con lo borroso. No hay mozalbete que no aspire a detentar como escritor el título de "Príncipe de las Tinie­

blas”. Pues bien: hay que sacarse a luz siempre que sea posible.

La labor de un poeta es cosa harto más ardua de lo que suponen las gentes, incluso individuos que se creen de excepción, y que se imaginan ver­

sados en el secreto y pormenor de las letras por el solo hecho de ejercer de críticos, ignoran profun­

damente las vicisitudes entrañables de un poema que aspira a ser perfecta No creo que huelgue transcribir someramente esas vicisitudes.

Por lo común, el poeta lírico, demasiadamente dócil a las insinuaciones de su musa o consueta, se limita en su actuación inicial a transcribir, valién­

dose de signos ortográficos, el soplo sutil, ahiladí­

simo, que su numen —digamos numen— le insufla.

En tal sazón, el poeta es un simple amanuense. Sin embargo, a seguida, descontentadizo, suele volver sobre este monstruo inicial, aherrojado en sus pro­

pias miserias, para manumitirlo, y para manumi­

tirse él, al propio tiempo, de la obsesionante cus­

todia. Veamos cómo se desembaraza el poeta de este engendro primitivo, cómo lo humaniza, cómo le dota de viabilidad humana, transferible.

En principio, un poema es siempre una intuición cabal; nace, por ende, irréprochable, perfecto. De­

purar un poema no es, pues, perfeccionar intrínse­

camente un hallazgo, sino prescindir de las impu­

rezas que 1a transcripción precipitada de tal hallazgo impuso. En rigor, el logro auténticamente poético es siempre una intuición o sorpresa personal inco­

municable. El poeta, al crear, se cree a sí propio, sin necesidad de exegesis ni réplicas ulteriores. Pero el poeta no es —ni debe ser— sólo poeta: al tiempo que poeta, es hombre, y, como hombre, se ve en el trance de distentir, de aprehender y de aislar su hallazgo: en el trance de escribir o transcnbir lo sorprendida Al llegar a este punto, el poeta no atxhca de su rango, pero se sitúa al margen de sí mismo y cede su {tuesto al escritor. Y el escritor Mtúa como escritor y como lector coajontanrante.

Ea tal coyuntura, ya se discierne y se opta. Es'el momento critico de la estancia critica: instante impuro de ia transacción. Porque se tra** de uta transacción- El poeta no datuficat pero transige aviene a una fórmula. Se resigna a que su sacras o alter ego, el escritor, aplique su oficio improvisando una paráfrasis. Porque el creador, al margen, tiene ante sí el esquema poético esencial, sólo para él asequible, y tiene, al propio tiempo, en sí y sobre si, aguijándole, el deber, la comezón y aun diríamos la urgencia de transferir su hallazgo. En esta co­

yuntura —realmente trágica— se hraojau los sober­

bios ímpetus del liró¡oro superhombre, y el poeta divino se trueca en escritor humano, y humana­

mente escribe, como mejor se le alcanza, jpero a sabiendas de que lo que produce es sólo una ver­

sión aproximada, una facticia réplica del logro cabal que aún le estremece. Está tragedia íntima, que acongoja y entenebrece el ánimo del lírico veraz, ha de tener —y tiene— una compensación, que nadie que no sea absolutamente obtuso se resolverá a discutirle: el derecho a decir exactamente lo que en un principio intentó y no pudo expresar de ma­

nera inconcusa, esto es: el derecho a corregir o depurar infinitamente, si así lo estima oportuno, la versión escrita de sus creaciones poéticas. Dere­

cho que es, además, un deber, y un deber ineludible, y que no menoscaba ni en un ápice, contra lo que se afirma, la autenticidad del acento ni la esponta­

neidad de la creación. ■

Por desdicha, no todos los cultivadores de las letras comparten este criterio riguroso. La técnica holgazana de “la inspiración intangible" cuenta, na­

turalmente, con muchos adeptos. “La vida no ad­

mite correcciones”, aseguran, con prestanciosa su­

ficiencia, los sapientes y negligentes varones, que son, según confesión propia, incorregibles. Allá ellos.

Pero conste que la infalibilidad no es atributo hu­

mano. Y que esa tesitura, esencialmente antipoé­

tica, que adoptan los conspicuos de la haraganería, sólo es parangonable con el concepto burgués de ia caridad. Una y otro, en efecto, dan por buena y entrañan idéntica pretensión: la pretensión —ho­

rrenda— de que no se desperdicien los desperdicios.

En poesía hay que establecer distancias; a ser posible, distancias inmensurables. Una cosa es el la­

tido cordial, que la inteligencia recoge, purifica y consagra, y otra, el corcovo del instinto, que la rutina aprovecha de oído con un consonante, in­

flándolo de retórica y dejándolo a la pública ver­

güenza rematado —esto es, exánime— en gerundiada o pampirolada insigne. El afán de precisión no es, a la postre, sino afán de verdad. Y de nada valen los subterfugios, más o menos cómodos, de la sino­

nimia. Una rima difícil exige una única verdad, sea o no consonante, y no un ripio. La poesía no es el reino de las hormigas blancas.

* « *

Se dice por ahí —en un "por ahí” que a todos nos embarga— que actualmente, por instinto y gusto de todos, todo es política., Y que lo demás, lo que no es política, lo que a nadie importa, es literatura.

Pues bien: el escritor que no se pronuncie inequí­

vocamente en favor de eso que huelga, de lo que está de más, de lo que vino a menos, de lo que con él decae y se moteja de supernumerario, pondrá con su silencio la apostilla final a la peyorativa e infeliz especie que "por ahí” se propala. El escritor tCtnttmiu n ta fitina ¡4)

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1941 ROMANCE P

agina

5 I. ANDANTE

_ Al nombre de los Adams, en Basto», como al sonido de ta lira de Orfeo

en los llanos pantanosos de Beocia, surgen maravillosas estructuras, puertas abiertas a todos los caminos:

Mont Saint Michel en peligro del mar

(piedra sobre piedra sostenidas par milagrosos arbo­

tantes) que un sol de nueve siglos roe en vano

y lamen los aullidos de un viento sin fin, podría ahora derribarse al abismo 00» sólo un leve susto de gaviotas;

y Chartres con sus flechas impecables g el portal de la Virgen filósofa

reina de Salomón g de Aristóteles, con el vitral glorioso del Arbol de Jesé

g el júbilo de arcos iris en danza * . . que cantan en colores por sus naves, .

ga puede ser el blanco de las Berthas monstruosas,

Porque en el libro de un Adams —Henry Adams—

dora g precisa, áurea g preciosa minucioso g magnifica como una abeja en ámbar, su belleza está a salvo hecha palabras.

Y Henry es sólo un Adams: ¡Bag docenas!

La estirpe de los Adams es edificio fuerte:

Cinco generaciones como cinco moradas, como orneo torreones de castillo,

como torres g cúpulas de un templo, g la basa del todo aquel zorruno puritano manido g presuntuoso que fué el primer

Ad

a

ms

presidente, fundamento de granito recio g duro, acantilado de prejuicios basálticos, que ajeno a las ensoñaciones sutiles

de que sólo so» capaces los hombres prácticos, a stdvo ooutra el usar fuerte g contra el viento, sordo ai contrapunte florentino,

muí entendía g mal quería a Hamilton.

USCHERZO

■ . fniMimÍ nffríifiim ialó.

áe los flacos áesüozz áe s» madre, /oeríe <e ewta p**» oer eí toí encabriólas de bao sobre las olas, supo mirer, sin deslumbrarse, el alba del Día Yanqui, g al claror primero se puso a trabajar hablando océanos

—Neptuno mismo— para edificar Troya donde, eternal Helena, la belleza,

del mundo hila raptada g teje tela de oro.

Y

era orgullo de océano él de Hamilton

—Neptuno mismo—

terco para batir acantilados,

raudo para mover arenas crepitantes,

de empuje brioso g de fatal resaca:

Por quítame esas pa jas, en un llano de gerbo seca, envuelto en gris nebltna, se dió de tiros con rival político

(enemigo de México, por cierto) g así murió. En Wall Street descansa.

Antes había dicho

Washington de él, viéndolo en los combates:

—Es el enamorado de la muerte.

Y

este bravo

de voz de mar y de alma tempestuosa palidecía, sin embargo,

y la soberbia boca suya se amargaba

caída

de los lados,

y la sal de su sangre fluía en amargura, y en el fondo de su ser seres lamosos de escames verdes se envolvían fríos y ateridos en vidriosas fosforescencias lívidas

cuando el Adams primero de los Adams famosos, zorro bien informado, cdUadito

le decía al oído: —Hijo de puta!

Igual que el padre murió el hijo, en duelo, y no hay familia Hamilton. Con el nieto finó el linaje que en las Islas Vírgenes inició la hugonota desdichada

que fué burla de amor entre marinos.

Cierto que abuela puta no es lo mismo que puta madre, y bisabuela es menos, y «i hubiera descendientes de Hamilton

ya delante de los Adams no se pondrían pálidos.

ALEJANDRO

Hamilton

SONATA

POR

SALOMON DE LA SELVA

SaLOMOÓHE LA So-sí

¡Pero considerad ti

fondo de vergüenza de Hamilton el único!

Su mujer, que era Schuyler, criada en muelle tradición de limpiezas holandesas,

con alma de interior de Van der Meer, hecha a colchones suaves y sábanas aseadas donde el amor se hunde y reblandece, era poco dulzor para aquel temple fundido en fuegos acres.

Los frescos muslos y los brazos frescos en rosicler que de ellos mismos mana, los pechos blancos de azuladas venas con transparencias como de porcelana, no pudieron, es claro, ama

Figure

taba muy ajeno de pensar en el autor de &#34;Pro­
foto de los árboles, y, antes, escógelos bien... Ya  sabes que conferencias sin fotos son conferencias  perdidas...
table honestidad. Y el critico entonces viene a sabet  que, en el transcurso de unas horas, dejó de ser ilustre  para ser deslustrado; que ya no es en modo alguno  insigne, sino insignificante; que su mentalidad de  primér orden degeneró estólidamente en a

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