…una violinista tímida y solterona. Los hombres no reparaban en ella y se había resignado a vivir sola el resto de su vida. Hasta que un día un director de orquesta le dirigió una sonrisa y la invitó a cenar. Ella rechazó su ofrecimiento, pero su mejor amiga, su única amiga, la animó a que lo pensara mejor. Así que se dejó maquillar por ella, se fueron a comprar un vestido y un nuevo perfume y telefoneó al apuesto director para aceptar su cita. Se enamoró al instante. A partir de ese momento, su vida cambió.
Pero no como ella esperaba. Su amado era un hombre famoso, atractivo, muchas mujeres reclamaban su atención. Descubrió sentimientos anexos al
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amor en los que no había reparado nunca: los celos, la incertidumbre, la inseguridad en sí misma. El director de orquesta jugaba con sus sentimientos, pero ella no se daba cuenta. Le perseguía sin obtener la atención merecida. Dejaba que él la utilizara sexualmente para satisfacerle y conseguir así su aprobación. Él desaparecía a menudo por varios días de su vida. A ella le llegaban rumores de otras aventuras, pero no quería hacerles caso. Eran eso, rumores propiciados por la envidia.
Hasta que un día sorprendió a su amiga, su única amistad en este mundo, aquella que la animó a salir con él, besando a su amado. Se encaró con los dos, ofreciendo un espectáculo en mitad de la calle. Para su propia sorpresa, al descubrir la mentira que había estado viviendo, se dio cuenta que el dolor que sentía no provenía del engaño. No conseguía el verdadero respeto ni el verdadero amor de los demás. El verdadero problema, aquello por lo que siempre le había faltado amor, estaba dentro de ella. No podía sentirse amada con plenitud si primero no se amaba, no se respetaba a sí misma.
Comenzó entonces a investigar el porqué de esta carencia. Descubrió que siempre había sido una persona retraída, con dificultad para hacer amigos. Tenía una gran inteligencia y una sensibilidad tal vez excesiva. En la escuela se reían de ella y por eso se refugiaba en la música. Llegó a ser una buena intérprete de violín gracias al impulso de la rabia, por demostrar a los demás que era mucho más que una niña tímida y llorona. Necesitaba la aprobación ajena, su motor era la rabia que sentía cuando la rechazaban, porque en el fondo de su ser sabía que merecía ese amor y ese respeto.
Y gracias a esa rabia redescubierta, se enfrentó a sus propios temores. Dejó la orquesta donde se sentía infravalorada e inició una nueva carrera como concertista. Hizo nuevos amigos. Conoció a un hombre que la admiraba por su talento y poco a poco surgió un sentimiento. Pero a ella le costaba abrir de nuevo su corazón. No podía considerarle más que un buen amigo. Él aceptó esta condición de amistad con la esperanza de ser amado alguna vez.
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Un día cualquiera, su antigua pasión se vio puesta a prueba. Apareció de nuevo el director de su anterior orquesta, arrepentido, pidiéndole perdón y diciéndole que la amaba. Una tormenta de emociones la invadió, entre la ternura, el odio más profundo, la pasión más arrebatadora. Sintió un poderoso impulso de perdonarle. Ya se había abrazado a él y casi estaba a punto de dejarse besar cuando olió el perfume de su antigua amiga.
Aquello, lejos de enfurecerla, le hizo reír. Nunca se había reído tanto se sí misma en toda la vida. Por fin tenía claro su lugar en el mundo y el lugar de aquel hombrecillo patético del cual se compadecía. Se compadecía porque era incapaz de amar. No como ella. Se había dado cuenta de que estaba enamorada perdidamente de un hombre, un buen amigo que la admiraba y respetaba y… amaba. Se había dado cuenta de que tenía buenos amigos, que la apreciaban por cómo era en realidad: una buena persona capaz de albergar los mejores sentimientos, apasionada, vital, una excepcional concertista de violín.
Con el tiempo aquella violinista tímida y solterona se casó con su gran amigo. Reunió a su alrededor a un grupo de buena gente, amistades fuertes, leales e intensas. Se convirtió en una reputada solista cuyas grabaciones se vendían bien. La reclamaban en todo tipo de conciertos, las orquestas más prestigiosas se disputaban su participación en galas como invitada de lujo… incluso su antigua orquesta le ofreció dar un recital.
Aceptó. Su antigua amiga había pasado a ser primer violín. A pesar de haberla perdonado hacía tiempo, no pudo evitar una ligera punzada de satisfacción al ver su protagonismo desplazado por una noche. Del antiguo director poco se sabía. Decían que daba clases de música en un instituto de secundaria, no se había casado y sufría episodios de depresión. Se compadeció, una vez más, de él.
Ofreció el mejor recital de toda su carrera. Tras el concierto todo el mundo la felicitó, incluso la que fue su única amiga en un tiempo ya lejano se abrazó a ella llorando, arrepentida, pidiéndole perdón. Por supuesto, lo hizo sin sombra de duda ni rencor. También la compadecía. En el cóctel en su honor, pudo comprobar como sus ex colegas buscaban su compañía, su
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aprobación. Se sentían orgullosos de contarse entre sus conocidos. Algunos incluso le pedían consejo profesional.
Ella, halagada y sintiéndose admirada, se sorprendió de la naturalidad con que aceptaba esos cumplidos. Porque no le importaban ya los halagos, ni la admiración, ni el respeto. Ya no era una niña tímida y llorona, deseosa de la aprobación ajena. Le importaba el respeto que sentía hacia ella misma, le importaba el hombre al que amaba, le importaba la música. Al mirar aquel auditorio donde tanto había buscado la admiración y el respeto, sentía que ni uno ni otro importaban de no sentirlos plenamente hacia uno mismo.
Y se sintió feliz cuando lo abandonó, sin despedirse de nadie, para regresar a su verdadero hogar con el hombre al que amaba con toda su fuerza.
Fin
¿Te suena esta historia? Por supuesto que sí. No habla de espadas mágicas, ni dragones enfurecidos, ni sabios misteriosos, ni duendes traicioneros, ni caballeros negros… pero ¿verdad que la forma de contarlo es parecida?
Sigue la estructura clásica y toca los temas principales de casi toda historia contada a día de hoy. El amor, la amistad, la traición, el perdón, la superación de obstáculos, el crecimiento personal, el éxito, la búsqueda de la felicidad… y está deliberadamente llena de tópicos para que te des cuenta de algo:
¡¡NO IMPORTA TANTO LO QUE CUENTAS SINO
CÓMO LO CUENTAS!!
Por una sencilla razón: la humanidad lleva contando las mismas historias desde siempre. Los temas de toda historia contada son comunes. Lo que hace que las historias sean únicas e irrepetibles es cómo las construimos:
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los pequeños detalles, los matices de los personajes y su interacción, las frases, las palabras elegidas, las imágenes que seas capaz de crear en la mente del lector.
A eso me refería cuando decía: